viernes, 23 de agosto de 2019

EL RETABLO BARROCO EN VALLADOLID ENTRE 1650-1750


Después de un tiempo de descanso retomamos la actividad en el blog con una entrada que creo que puede ser interesante pues vamos a analizar de forma sucinta la época dorada del retablo barroco vallisoletano, aquella que comprende los años 1650-1750. Hemos decidido no incluir la primera mitad del siglo XVII pues, aunque también el retablo que se desarrolla en esta época pertenece al “Barroco”, en realidad estamos ante un retablo clasicista deudor de la retablística de finales del siglo XVI y que tiene como uno de sus principales modelos el retablo mayor del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial.
A lo largo del siglo en el que vivieron y trabajaron los tres miembros de la familia Ávila se sucedieron en Valladolid, según propuso Martín González, tres tipologías de retablos: prechurrigueresco (1650-1690 aprox.), churrigueresco (1690-1740 aprox.) y rococó (1740-1780 aprox.). Entre los maestros que laboraron durante estos años hay de todo, desde los que evolucionaron y participaron de sucesivos estadios, pasando por los rezagados que tardaron en asumir los nuevos postulados estéticos, hasta los conservadores que no se movieron un ápice de sus propuestas artísticas a lo largo de toda su trayectoria.

A- EL RETABLO “PRE-CHURRIGUERESCO” (aprox. 1650-1690)
El retablo “prechurrigueresco” se caracteriza por ser el primero con singularidades netamente barrocas, de lo cual tuvieron buena culpa Alonso Cano o Sebastián de Herrera Barnuevo. Así, acontece una resurrección de la ornamentación, la cual se multiplica, y adopta un mayor naturalismo y carnosidad; asimismo, aparecen las tarjetas cactiformes, los marcos de tarjetillas y los colgantes de frutas. Todos estos elementos aportan al retablo unos juegos de claroscuros que potencian sus volúmenes escultóricos. Sin embargo, el elemento que marcó el cambio fue la sustitución de la columna tradicional por la salomónica, si bien su uso se verá compartido con la de fuste estriado y los machones, reservados fundamentalmente para el ático. Los retablos más descollantes de este periodo son los del convento de Jesús y María, la iglesia de San Martín, la iglesia de Santa María de Tordesillas, y la iglesia penitencial de Nuestra Señora de la Pasión. Este último retablo, realizado en 1657 por los ensambladores Alonso y Antonio de Billota y el escultor Francisco Díez de Tudanca, tuvo una importancia capital dado que en él se utilizó por primera vez la columna salomónica en Valladolid. Se trata de una aparición tardía puesto que en España las primeras fueron las utilizadas por Bernardo Cabrera en el retablo de las Reliquias (1625) de la catedral de Santiago de Compostela. El retablo de la penitencial vallisoletana tendría seis columnas salomónicas gigantes y seguiría fielmente las trazas del retablo mayor de la iglesia del Buen Suceso de Madrid (1637), ciudad que por entones era la principal difusora de modelos para retablos; sus tracistas gozaban de gran prestigio, y de hecho dos de sus grandes exponentes trabajaron para Valladolid: Pedro de la Torre (ca.1596-1677) y Sebastián de Benavente (ca.1620-1689).

JUAN VELÁZQUEZ (traza de Sebastián de Benavente). Retablo mayor del Convento de Jesús y María (1658)
PEDRO DE CEA. Retablo mayor de la iglesia de San Martín de Valladolid (1672-1674)
JOSÉ DE ARROYO (traza de Pedro de la Torre). Retablo mayor de la iglesia de Santa María de Tordesillas (1655)
Pedro de la Torre fue uno de los grandes renovadores de la retablística barroca. En 1655 diseñó la traza para el retablo mayor de la iglesia de Santa María de Tordesillas, de cuya construcción se ocupó el segoviano José de Arroyo. La obra se ejecutó según el modelo imperante en la escuela madrileña: monumentalización del cuerpo principal, que se alza sobre un gran banco, ornamentación prolífica, marcos adornados con tarjetillas, tarjetas cactiformes, etc. También es genuinamente madrileña la preferencia por la pintura en detrimento de la escultura, la cual queda relegada a la hornacina principal y al ático. El influjo madrileño también está presente en el retablo mayor del convento de Jesús y María (1658), realizado por Juan Velázquez, hijo de Francisco Velázquez, siguiendo la traza del madrileño Sebastián de Benavente. El retablo se articula con columnas corintias de fuste estriado en su cuerpo principal y dos machones decorados con múltiples festones en su ático, que adquiere forma semicircular y cierra con una jugosa tarjeta cactiforme. Nuevamente observamos la preferencia por la pintura, la cual se debe al burgalés Mateo Cerezo (1637-1666). Por su parte, el retablo mayor de la iglesia de San Martín de Valladolid (1672-1674), que representa un primer estadio hacia la configuración del retablo-camarín, fue construido por Pedro de Cea. Está formado por un potente banco en el que sobresalen las ménsulas pobladas de decoración vegetación muy jugosa, un único cuerpo recorrido por seis columnas salomónicas de orden gigante, y un ático hipertrofiado. La profundidad, y por ende los efectos claroscuristas, se ven garantizados por la disposición escalonada de las columnas, las cuales sostienen entablamentos recurvados.
Los principales artífices de este periodo son: Cristóbal Ruiz de Andino (ca.1625-d.1690), Antonio Billota (ca.1630-1687) y Pedro de Cea (1633-d.1684).

CRISTÓBAL RUIZ DE ANDINO (ca.1625-d.1690)
Cristóbal Ruiz de Andino nació en la localidad burgalesa de Barruelo hacia 1625. Muy joven vino a Valladolid, ciudad en la que se formaría como ensamblador y en la que ya le tenemos documentado en 1650 actuando como tasador por parte del ensamblador José Castilla en un pleito que este mantenía con la Cofradía de Mancebos Sastres del Convento de San Francisco a cuenta de un retablo que les había fabricado. En 1656 contrajo matrimonio con Beatriz Corona. Sus obras más destacadas son el retablo mayor (1665) y los retablos colaterales de la capilla del Relicario (1669) de la Colegiata de San Luis de Villagarcía de Campos (Valladolid), el retablo mayor (1666-1670) de la parroquial de Cevico de la Torre (Palencia), y el retablo de Nuestra Señora del Rosario (1667) de San Cebrián de Campos (Palencia).

Retablo mayor de la capilla del Relicario de la Colegiata de Villagarcía de Campos (1665) (Traza de Lucas González)
Retablo colateral de la epístola de la capilla del Relicario de la Colegiata de Villagarcía de Campos (1669)

ANTONIO BILLOTA (ca.1630-1687)
Antonio Billota fue miembro de la saga de ensambladores más importantes del barroco vallisoletano. Iniciada por Alonso Billota, le sucedieron su hijo Antonio y su nieto Francisco. Antonio debió de nacer en Valladolid hacia 1630, si bien su padre, con el que se formaría, y cuyo taller heredaría tras su muerte, era natural de Saldaña (Palencia). La mayor parte de su obra ha desaparecido, si bien por lo conservado observamos que no se apartó de las líneas generales de la retablística de este momento. Fue un maestro prestigioso como así lo indica los comitentes que le solicitaron obra: la catedral, el Convento de San Francisco, el Monasterio de Nuestra Señora de Prado, el Colegio de San Ambrosio, diversas cofradías penitenciales, etc. En diversas ocasiones le encontramos asociado con Juan Guerrero de Horna (1639-d.1702), con quien debió de formar compañía. De su catálogo podemos destacar el desaparecido retablo mayor (1657) de la penitencial de Nuestra Señora de la Pasión, realizado conjuntamente con su padre y con Francisco Díez de Tudanca; el retablo mayor (1666-1670) de la parroquial de Cevico de la Torre (Palencia), realizado conjuntamente con Cristóbal Ruiz de Andino, o el retablo mayor de la Capilla de la V.O.T. (1675) del Convento de San Francisco.

Retablo mayor de la iglesia de San Martín de Cevico de la Torre (1666-1670). Realizado conjuntamente con Cristóbal Ruiz de Andino

PEDRO DE CEA (1633-d.1684)
Aunque alguna vez se le ha supuesto oriundo de Galicia, Pedro de Cea Gutiérrez nació en la localidad palentina de Torremormojón a mediados de marzo de 1633. Una vez establecido en tierras vallisoletanas, a donde vendría a aprender el oficio, contrajo matrimonio en 1663 con Manuela de Medina Argüelles, hermana del ensamblador riosecano Juan de Medina Argüelles, con quien pudo formarse, en la iglesia de Santa María de la Antigua. Colaboró en diversas ocasiones con su cuñado, siendo la más destacada el suntuoso retablo mayor de la iglesia de Santiago de Cigales (Valladolid). Martín González define a Cea como “entregado a un barroquismo más acentuado (…) por lo que se refiere al ensamblaje, de violento claroscuro”. En el último periodo de su vida pudo establecerse en Tordesillas ya que trabajó bastante tanto para esta localidad como para otras cercanas. Desconocemos cuándo y dónde aconteció su óbito, teniéndose como última noticia la traza y condiciones que diseña para realizar el retablo mayor de Villavieja del Cerro (1684). Sus obras más descollantes son el referido retablo mayor de Cigales (Valladolid) (1666), el retablo mayor de la iglesia de San Martín de Valladolid (1672), el retablo de la capilla de los Gaitán (1677) de la iglesia de San Pedro de Tordesillas (Valladolid), y el retablo de San Fernando (1680) de la seo vallisoletana.

Retablo mayor de la iglesia de Santiago de Cigales (1666)
Retablo mayor de la iglesia de la Asunción de Villavieja del Cerro (1684)
Retablo de la capilla de los Gaitán de la iglesia de San Pedro de Tordesillas (1677)
Retablo de San Fernando de la catedral de Valladolid (1680)

B- EL RETABLO “CHURRIGUERESCO” (aprox. 1690-1740)
En este periodo se ven culminados los cambios iniciados en la etapa anterior. Como bien indica el nombre asignado a esta etapa, buena culpa de las transformaciones acaecidas en el campo de la retablística durante este momento la tuvieron los Churriguera. Especial relevancia poseyó también en esta evolución la actividad del salmantino Cristóbal de Honorato “el Joven”. Son instantes en los cuales la decoración forra por completo los retablos, “haciéndose, en cambio, muy menuda y nerviosa de factura”. La columna salomónica continúa gozando de gran salud, aunque en ocasiones su utilización se combina con la de los estípites, cuyo uso impera en estos momentos. Según Martín González el empleo de la columna salomónica decae a partir de 1710, siendo sustituida por otra columna “recubierta de colgantes y cabezas pequeñas de serafines”. Domina el retablo de un solo cuerpo, con cuatro o seis columnas salomónicas y ático semicircular. Por su parte, la escultura queda reducida a la hornacina principal, a las laterales, al Calvario del ático y a los ángeles del cierre. Los ejemplos que mejor ilustran el churriguerismo son los retablos mayores de la iglesia de Santa María de Pozaldez (Valladolid), de Villanubla (Valladolid), de Fuente de Valdepero (Palencia), de la parroquia de Santiago de los Caballeros de Medina de Rioseco (Valladolid) y el de Santiago Apóstol de Valladolid. El periodo culmina con el retablo mayor de la iglesia de San Miguel de Reoyo de Peñafiel (Valladolid), y el de la Buena Muerte de la iglesia de San Miguel de Valladolid.
El retablo mayor de Santa María de Pozaldez, realizado entre 1685-1690 por Francisco Billota, Blas Martínez de Obregón y Gregorio Díez de Mata, supuso un paso más en el proceso de acrecentamiento de la ornamentación, acercándose poco a poco al “horror vacui”. La talla es tan incisiva que ha provocado la desaparición de las formas carnosas del retablo prechurrigueresco, la tarjeta cactiforme ha dado paso a una tarjeta crespa donde no existe la línea recta. Los machones del ático se han visto sustituidos por columnas salomónicas. Es el retablo barroco en todo su esplendor. Un nuevo hito lo representa el retablo mayor de Villanubla (1694), labrado también por Francisco Billota y Gregorio Díez de Mata. Fue el primero en el que se utilizó un nuevo tipo de estípite “constituido por un tronco de pirámide invertida y dos fragmentos de entablamento superpuestos, con numerosos adornos”. El estípite alcanza su mayor monumentalidad en el gigantesco retablo mayor de la parroquial de Fuentes de Valdepero (Valladolid), realizado en 1711 por Alonso Manzano siguiendo las trazas dadas por Lucas Ortiz de Boar. En esta ocasión, la columna salomónica ha sido relegada a los laterales de la hornacina principal y de las calles laterales. La decoración cubre la totalidad de la superficie arquitectónica.

FRANCISCO BILLOTA, BLAS MARTÍNEZ DE OBREGÓN Y GREGORIO DÍEZ DE MATA. Retablo mayor de la iglesia de Santa María de Pozaldez (1685-1690)
El retablo más gigantesco del churrigueresco vallisoletano es el proyectado en 1703 por Joaquín de Churriguera para el ábside mayor de la iglesia de Santiago de los Caballeros de Medina de Rioseco, y que fue materializado por los ensambladores Diego de Suano y Francisco Pérez. La escultura corrió a cargo del prolífico artífice riosecano Tomás de Sierra. El retablo debía adaptarse a un ábside tan sumamente alto que era imposible utilizar el orden gigante por lo que el tracista recurrió a dos cuerpos articulados mediante columnas corintias de tercio tallado y con los otros dos tercios decorados con colgantes. Este tipo de columna tendrá gran predicamento en las últimas décadas del churrigueresco. El retablo trajo consigo otras novedades como las cartelas decoradas con niños atlantes y la utilización de marcos ovalados “forma tan unida al rococó”.

DIEGO DE SUANO Y FRANCISCO PÉREZ (traza de Joaquín de Churriguera). Retablo mayor de la iglesia de Santiago de los Caballeros de Medina de Rioseco (1703-1705)
La apoteosis de la columna salomónica tiene lugar en el retablo mayor de la iglesia de Santiago Apóstol de Valladolid (1698-1702), realizado en su parte arquitectónica por Alonso Manzano y en la escultórica por Juan de Ávila. La planta es semicircular para adaptarse al ábside gótico. Sobre grandes ménsulas con decoración vegetal se levantan cuatro columnas salomónicas de orden gigante que están rematadas por entablamentos sobre los cuales se asientan unos ángeles. El ático remata en un cascarón semicircular que termina por forrar el ábside. Según Martín González “debe considerarse este retablo como uno de los más espléndidos del Barroco”.

ALONSO MANZANO. Retablo mayor de la iglesia de Santiago de Valladolid (1698-1702)
Los dos retablos que culminan este periodo son el de San Miguel de Peñafiel (1729) y el de la Buena Muerte de San Miguel de Valladolid (1738). El primero de ellos, tallado por Tomás Ruiz, “constituye la más deslumbrante gruta que se pueda imaginar”. A pesar de la gran altura que debía salvar utilizó columnas de tercio inferior tallado y en los extremos estípites de orden gigante. Todo ello condujo a un ático extremadamente amplio pero que no rompe la armonía general. La planta “resulta articulada en profundidad, semejando una portada de iglesia medieval”. El otro retablo está considerado como el punto culminante de la exaltación del estípite y pertenece ya, según Martín González, a una “fase de ornato apretadísimo, ofuscante, donde el efecto de conjunto lo es todo, si bien el detalle está soberbiamente tratado. Los retablos se hacen para ser contemplados de lejos. No atraen en rigor por la imaginería, como en las obras del Gótico y el Renacimiento, sino por la caligrafía y el arabesco”. El retablo lo componen multitud de cuerpos prismáticos decorados con placas recortadas y superpuestas. El dorado y el nicho central, que se encuentra completamente decorado con espejos, contribuyen a darle aires de magnificencia.

TOMÁS RUIZ. Retablo mayor de la iglesia de San Miguel de Reoyo de Peñafiel (1729)
Los ensambladores más destacados de este periodo son Gregorio Díaz de Mata (ca.1645-1720), Blas Martínez de Obregón (ca.1650-1716), Francisco Billota (1656-1728), Alonso Manzano (1656-1720), Juan Correas (1660-1732) y Pedro Correas (1689-1756).

GREGORIO DÍAZ DE MATA (ca.1645-1720)
Gregorio Díez de Mata nació en Valladolid hacia el año 1645. Desconocemos en que taller se formó, y sus retablos no poseen ningún elemento distintivo que nos permita identificarlo, si bien por lo general adolecen de cierta planitud en la labor de la talla, la cual no es tan exuberante como la demostrada por otros artífices como Martínez de Obregón o Manzano. En 1681 casó con María Teresa Valcárcel, con la cual tuvo tres hijos, entre los cuales destaca José (1684), el futuro ensamblador. Falleció a mediados de 1720, entre el 25 de marzo en que otorga un codicilo y el 30 de julio en que ya consta su óbito. Sus obras más descollantes son el retablo mayor (1696-1702) de la parroquial de Villanubla (Valladolid), realizado conjuntamente con Francisco Billota; los retablos colaterales y tres marcos de la capilla de la Virgen de las Angustias y los Siete retablos (1710) del camarín de la misma capilla, todos ellos radicados en la iglesia penitencial homónima; el retablo mayor (1712) y los retablos colaterales de la parroquial de Casasola de Arión (Valladolid), y los retablos colaterales (1714) de la parroquial de Torrecilla de la Abadesa (Valladolid). En buena parte de ellos colaboró con su hijo José.

Retablo del Ecce Homo de la capilla de Nuestra Señora de las Angustias de la iglesia penitencial homónima de Valladolid

BLAS MARTÍNEZ DE OBREGÓN (ca.1650-1716)
Blas Martínez de Obregón, que quizás nació en la Trasmiera, según el parecer de Martín González, fue uno de los artífices más destacados del foco vallisoletano, como así lo indica la ingente cantidad de obra contratada y la dispersión de la misma. Además de ensamblador se le denomina maestro arquitecto, como así figura en las condiciones que diseña para el retablo mayor de la iglesia de San Pedro de Villalón de Campos (1693) o cuando se presenta al concurso para ejecutar la fachada de la Universidad de Valladolid (1716). Por citar tan solo algunos ejemplos de su excelente producción podemos mencionar el retablo mayor (1677) del Colegio de los Ingleses; el Túmulo de la reina María Luisa de Orleans promovido por el Ayuntamiento de Valladolid (1689), realizado conjuntamente con el ensamblador Antonio Álvarez; el retablo mayor (1689) de la iglesia de Nuestra Señora del Rosario; el retablo mayor (1691) de la parroquial de Villalba de los Alcores (Valladolid); los retablos colaterales (1693-1694) del Monasterio de San Quirce; o el retablo mayor (1697) de Villanueva de Duero (Valladolid).

Retablo mayor de la iglesia de Santiago de Villalba de los Alcores (1691)
Retablo mayor del Monasterio de San Quirce de Valladolid (1697)

FRANCISCO BILLOTA (1656-1728)
Francisco Billota nació en Valladolid en 1656. Fue cofrade de la Penitencial de las Angustias, templo para la cual realizó el Tabernáculo de la capilla de Nuestra Señora de las Angustias (ca. 1710). En sus últimos años, llevado por sus fervores religiosos, solicitó el ingreso como bienhechor en la Congregación de San Felipe Neri fundando una capellanía y entregando como muestra de profundo agradecimiento por tan singular favor una fuente de plata labrada. Según Martín González, Billota es “quien mejor contribuye a la implantación del churriguerismo”, además “crea un tipo de retablo que tiene una gran difusión por la comarca vallisoletana, y cuyo prototipo es el mayor de la parroquial de Pozaldez. También fue él quien utilizara por vez primera el estípite barroco constituido por varios cuerpos superpuestos”. Falleció el 2 de agosto de 1728, siendo sepultado en el Oratorio de San Felipe Neri. Para el referido Oratorio ejecutó el retablo mayor (1689-1691), los retablos colaterales (1698-1699) y los retablos de las seis capillas (1719-1722). Otras obras destacables son el retablo mayor y los colaterales (1698) del Monasterio de Santa Brígida, el retablo mayor (1712) de la parroquial de Serrada (Valladolid).

Retablo mayor del Oratorio de San Felipe Neri de Valladolid (1689-1691)
Retablo colateral de la Epístola del Oratorio de San Felipe Neri (1698-1699). Originariamente dedicado a San Francisco de Sales
Retablo mayor de la iglesia de San Pedro de Serrada (1712)

ALONSO MANZANO (1656-d.1721)
Es, a no dudarlo, el mejor representante del retablo churrigueresco, en su aspecto florido. Hermosea gallardamente la columna salomónica, que alcanza límites de primor inigualable en el retablo mayor de Santiago, de Valladolid”. Con estas palabras definió Martín González al brillante ensamblador Alonso Manzano, que nació en Padilla de Duero (Valladolid) a comienzos de 1656. Aún sin haber contraído matrimonio, el 9 de abril de 1707 nace su hijo Alonso, fruto de la relación que mantenía con Bárbara González. Además de ensamblador y tracista pudo practicar la escultura, como así lo dejan entrever las esculturas de San Miguel y San Rafael (1717) que le paga en 1717 la parroquia de Villavieja del Cerro (Valladolid). Desconocemos la fecha de su fallecimiento, el cual quizás se produjo mientras trabajaba en alguna obra fuera de la ciudad. De su extensa producción descuellan el retablo mayor (1685-1696) de la parroquial de Villavieja del Cerro (Valladolid); el desaparecido retablo mayor (1687) del Hospital de San Juan de Dios, realizado junto a Juan Correas; el retablo mayor (1683-1699) de la iglesia de San Pedro de Villalón de Campos (Valladolid); los retablos colaterales (1693) de la iglesia Penitencial de la Santa Vera Cruz; el retablo mayor, retablos colaterales y retablo de la Virgen de la Calzada (1696) de la parroquial de Brías (Soria); el retablo mayor (1698-1702) de la iglesia de Santiago Apóstol de Valladolid; la Estantería de la Biblioteca (1705) del Colegio de Santa Cruz, y el retablo mayor (1711) de la parroquial de Fuentes de Valdepero (Palencia).

Retablo colateral de la epístola de la iglesia penitencial de la Santa Vera Cruz (1693). Dedicado a Cristo atado a la columna
Retablo mayor de la iglesia de Nuestra Señora de la Antigua de Fuentes de Valdepero (1711). Traza de Lucas Ortiz de Boar

JUAN CORREAS (1660-1732)
Juan Correas nació en Peñafiel en 1660. Siendo todavía un niño sus padres se trasladaron a Valladolid en busca de mayor prosperidad, adquiriendo unas casas en el barrio de San Andrés. El aprendizaje de Correas tendría lugar en uno de los numerosos talleres de ensambladores, entre los cuales sobresalían por entonces los de Cristóbal Ruiz de Andino, Antonio Billota y Pedro de Cea. En 1686 contrajo matrimonio con Ana Teresa Calderón de la Barca, con la cual tuvo seis hijos, entre ellos el futuro ensamblador Pedro Correas, uno de los más prestigiosos de su tiempo. Tras fallecer su esposa contrajo matrimonio en segundas nupcias con Paula Díez de Perales, una viuda con un hijo a su cargo, Melchor García, que con el tiempo se convertiría en uno de los escultores y ensambladores más destacados de la Tierra de Campos durante los años centrales del siglo XVIII. Correas falleció en 1732, siendo sepultado en la iglesia de San Lorenzo. De su catálogo podemos citar el retablo mayor (1687) del Hospital de San Juan de Dios, realizado conjuntamente con Alonso Manzano; el retablo mayor (1713) de la iglesia de la Vera Cruz de Nava del Rey (Valladolid); el retablo de San José (1717) de la parroquial Nava del Rey (Valladolid), el retablo del Santo Sepulcro (1719) del Hospital de la Resurrección y el retablo de la Dolorosa (1728) de la iglesia de N. P. Jesús Nazareno.

Retablo del Santo Sepulcro del Hospital de la Resurrección, hoy en la iglesia de la Magdalena de Valladolid (1719). Realizado conjuntamente con su hijo Pedro Correas
Retablo de San José de la iglesia de los Santos Juanes de Nava del Rey (1717)

PEDRO CORREAS (1689-1756)
Pedro Correas fue el ensamblador más brillante del segundo cuarto del siglo XVIII, de hecho, Martín González aseveró que sus empresas artísticas “nos le permiten imaginar como el más importante” del foco vallisoletano del momento, cultivando sobre todo el retablo de tipo hornacina que ocupa todo el fondo de las capillas. Además de ensamblador fue escultor, realizando buena parte de las imágenes que pueblan sus retablos, aunque otras las subarrendó a algunos miembros de la familia Sierra, como José y Pedro. Su estilo escultórico es una solución de compromiso entre los de Pedro de Sierra y Pedro de Ávila; además, Martín González vislumbró ciertos rasgos de estirpe juniana que bien pudieran proceder de los Sierra. Debió de mantener estrechos lazos con los franciscanos ya que trabajó para numerosos comitentes, conventos y parroquias relacionadas con esta Orden.
Hijo del ensamblador Juan Correas, nació en Valladolid en 1689, y contrajo matrimonio en dos ocasiones: en 1720 con la genovesa María Ana Penco y en 1725 con Ana María de Mendiguren. En la madrugada del 25 al 26 de septiembre de 1736 se desató un espantoso “incendio y fuego en la casa del mayorazgo de velón intitulada del padre Galván”, viviendas en las cuales Correas tenía instalados tanto la vivienda como el taller. El obrador sufrió graves desperfectos, perdiéndose buena parte de las obras en las que se hallaba trabajando por entonces. Falleció el 6 de febrero de 1752. De su dilata trayectoria sobresalen los retablos mayores del Convento de Santa Clara (1730) y de la iglesia de San Andrés (1741) de Valladolid, o el retablo mayor de la iglesia de Mucientes (Valladolid) (1740-1742). También destacamos, por su calidad, una interesante escultura de Nuestra Señora de la Paz (1736) que realizó para la ermita homónima de Cáceres.

Retablo mayor del Convento de Santa Clara de Valladolid (1730)
Retablo mayor de la iglesia de San Andrés de Valladolid (1741)
Retablo de la iglesia de San Pedro de Mucientes (1740-1742)

C- EL RETABLO “ROCOCÓ” (aprox. 1740-1780)
Hacia el año 1740 comienza un repliegue decorativo. Los retablos ya no exhibirán el movimiento en sus elementos sustentantes sino en las plantas y en los alzados, los cuales “se mueven agitadamente, imperando una ágil articulación borrominesca”. Las influencias provendrán de la familia Tomé y de la Corte. La columna salomónica y el estípite se ven sustituidos por la columna clásica acanalada. En un primer momento la decoración característica se basó en las “cabezas de serafines dispuestas sobre placa adventicia, motivo que ya había aparecido unos años antes”, si bien con el tiempo apareció la rocalla. La escultura, que había sido relegada, vuelve a retomar importancia. Son característicos de estos momentos los áticos con rompimientos de gloria presididos por el Padre Eterno, por el Espíritu Santo, o por ambos. Los tres grandes hitos de este momento son los retablos mayores del Monasterio de Santa María de Valbuena de Duero (Valladolid), de la parroquial de Rueda (Valladolid) y de la parroquial de Cabezón de Pisuerga (Valladolid). También queremos reseñar por su belleza el espectacular retablo mayor de la iglesia del Salvador de Valladolid (ca, 1747-1753), obra del burgalés Fernando González, formado en Pucela con Pedro de Sierra y que con el tiempo se convirtió en su discípulo más destacado.

PEDRO CORREAS (atrib.). Retablo mayor del Monasterio de Santa María de Valbuena (ca. 1750)
FERNANDO GONZÁLEZ. Retablo mayor de la iglesia del Salvador de Valladolid (ca. 1747-1753)
El retablo del Monasterio de Valbuena inaugura la tipología de “retablo-tabernáculo” que en años posteriores contaría con un ejemplar en Valladolid: el tristemente desaparecido retablo de la Congregación del Amante Corazón de Jesús de la iglesia de San Julián. El retablo en sí es una ampliación de la custodia, sobre la cual acontece la coronación de la Virgen por un teatral ángel que la sobrevuela. Se puede deambular alrededor de la custodia, en la que están dispuestos diversos santos y entre ellos una serie de alabanzas que loan a la Virgen. Las columnas están decoradas con numerosas cabezas de ángeles y elementos pegajosos. Se piensa que el autor de tan soberbia máquina fue Pedro Correas.
Uno de los retablos más novedosos de estos momentos fue el construido por Pedro de Sierra para la iglesia de la Asunción de Rueda (Valladolid) (1741-1746). La planta es mixtilínea, mientras que las tres calles se alabean creando una sensación de movimiento a la manera de la fachada de San Carlo alle Quattro Fontane (Roma) de Borromini. El retablo se articula a través de un único cuerpo formado por cuatro columnas acanaladas de orden gigante, cuyos fustes se hallan recorridos por cabezas aladas “sobre placas recortadas de blanda consistencia”, que a buen seguro procederán de Narciso Tomé y de los tegumentos con que decoró su Trasparente de la catedral de Toledo. Sobre el entablamento asientan los cuatro Evangelistas, mientras que el ático lo ocupa un majestuoso grupo de la Trinidad coronando a la Virgen, la cual preside la hornacina principal de la máquina. Es un mundo irreal y fantasioso.

PEDRO DE SIERRA. Retablo mayor de la iglesia de la Asunción de Rueda (1741-1746)
El último de los ejemplos elegidos es el retablo mayor de Cabezón de Pisuerga (Valladolid) realizado en 1751 por Bentura Ramos. En él se dan cita ya todas y cada una de las características de este periodo: columnas acanaladas de orden gigante con el fuste decorado con angelotes, rocalla, y decoración menuda; aparición del Padre Eterno en el remate del ático, etc. Además de Pedro de Sierra, el ensamblador y/o tallista más destacado de esta etapa es, precisamente, Bentura Ramos. Todavía queda mucho por investigar sobre este periodo, quizás uno de los más interesantes y peor conocidos de la retablística vallisoletana.

BENTURA RAMOS (1703-1756)
Apenas poseemos información acerca de la vida y obra de Bentura Ramos, a excepción de su testamento fechado en 1756. En él declaraba que varias personas le eran deudoras de diferentes cantidades, entre ellos don Joseph Ubago y Busto “colegial de Santa Cruz (…) de resto de un retablo que de su orden hice en el Convento de Santa Clara de la villa de Cuellar” y la Cofradía de la Consolación de Valladolid “de resto del retablo que tengo concluido”. Falleció tan solo cinco días después, siendo enterrado según su deseo en San Lorenzo. De su exiguo catálogo podemos citar el retablo de Nuestra Señora del Carmen (1739) de la iglesia de la Asunción de Melgar de Fernamental (Burgos); el retablo mayor (1749) y los retablos colaterales (1753) de Cabezón de Pisuerga (Valladolid); el Armazón del carro triunfal del Corpus de la catedral de Palencia (1754); y el retablo mayor del Convento de Agustinas Canónigas de Palencia (1755-1756).

Retablo mayor de la iglesia de la Asunción de Cabezón de Pisuerga (1749)
Retablo mayor del Convento de Agustinas Canónigas de Palencia (1755-1759). Finalizado por Domingo de Ondátegui, Juan Manuel Becerril y Manuel Ramos

BIBLIOGRAFÍA
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