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lunes, 27 de noviembre de 2017

"LA RENDICIÓN DE GRANADA" (1882) DE FRANCISCO PRADILLA


La rendición de Granada resulta ser una de las obras claves de la pintura española del siglo XIX, y su autor, el maño Francisco Pradilla, uno de los pintores más dotados de su época, y para mí uno de los mejores de la historia de España; asimismo, tuvo el honor de ser director tanto de la Real Academia de España en Roma como del Museo del Prado.

Francisco Pradilla nació el 24 de julio de 1848 en Villanueva de Gállego (Zaragoza), formándose en la capital maña con el escenógrafo Manuel Salvador. Francisco quiso picar más alto y por eso decide trasladarse a Madrid e ingresar en la Real Academia de San Fernando. Obtiene en 1874 una pensión para trasladarse a la Academia Española de Bellas Artes, fundada en Roma por Emilio Castelar, y continuar su aprendizaje, quedándose en tierras italianas unos diez años.
Su primer cuadro de importancia para las oposiciones a la pensión de la Academia española en Roma fue El rapto de las sabinas (1874). En 1878 envió su Doña Juana la Loca a la Exposición Nacional de ese año, obteniendo una Medalla de Honor gracias a la brillantez y la fuerza de su estilo realista, en el que las pinceladas de óleo vibran y se aprecian claramente en el lienzo. El éxito obtenido motivó que el Senado le encargara el cuadro de La rendición de Granada (1882). Un año este de este logro obtuvo otro: fue nombrado director de la Academia Española en Roma, cargo que abandonó después de dos años para regresar a Madrid. Se piensa que esta renuncia se produjo al decepcionarse por los engorrosos trámites burocráticos que dificultaban la gestión y le impedían dedicarse a pintar. Sin embargo, el 3 de febrero de 1896 aceptó el cargo de director del Museo del Prado, siendo sustituido dos años después por el hasta entonces subdirector, el pintor Luis Álvarez Catalá, que contaba con el apoyo institucional de la reina María Cristina.

FRANCISCO PRADILLA. Autorretrato (1917)
FRANCISCO PRADILLA. El rapto de las sabinas (1874)
FRANCISCO PRADILLA. Doña Juana la Loca (1878)
Francisco Pradilla consiguió situar a las grandes composiciones históricas, que tanto éxito tuvieron en el siglo XIX español, en lo más alto de la pintura europea. Su Doña Juana la Loca bien puede considerarse como una de las mejores obras del siglo, obteniendo con ella un clamoroso éxito, no sólo en España sino en las capitales artísticas del viejo continente. Entre su amplia producción destacan los cuadros de género y los retratos, así como la decoración del madrileño Palacio de Linares. Pradilla falleció en Madrid en 1921.

FRANCISCO PRADILLA. La reina doña Juana la Loca, recluida en Tordesillas con su hija, la infanta doña Catalina (1906)

HISTORIA DEL CUADRO Y PREPARACIÓN
El éxito que obtuvo Francisco Pradilla en la Exposiciones Nacionales hizo que el Senado, por medio de su presidente, el Marqués de Barzanallana, un encargo formal de pintar uno de los sucesos más trascendentales de la historia de España, lo que le obligara en 1879 a ausentarse a Roma para documentase y conocer in situ los parajes donde ocurrieron los hechos. El tema que le solicitaba el Senado era “La Rendición de Granada”, de gran complejidad por las numerosas figuras necesarias en la composición y que Pradilla abordó con gran ambición.
En los primeros días del mes de julio del mismo año partía de Roma rumbo a Madrid, viajando desde allí a varias ciudades de Andalucía, visitando particularmente Granada, ciudad en la que estudia y toma apuntes, y pinta acuarelas con los más bellos paisajes granadinos y vistas de la Alhambra, el Generalife y el Albaicín. Le interesa el estudio de los pormenores, el cual debía ser necesariamente ímprobo y extenso, al tratarse de un asunto concreto en época y lugar conocidos y en el que figuraban muchos personajes históricos.

En estos primeros momentos visita la catedral, donde estudia y copia el relieve de madera pintada del altar de la Capilla de los Reyes, obra de Felipe Bigarny, realizada en 1521 en el zócalo del retablo en una de cuyas escenas se interprete el instante que Pradilla traslada al lienzo: Bigarny coloca a la reina Isabel en el centro, al cardenal Mendoza a su derecha y al Rey Fernando a su izquierda; y Pradilla en cambio, sitúa a Fernando en el centro y a la derecha a la reina Isabel. También en la catedral copia los retratos de los Reyes Católicos pintados por Leal, tomando también apuntes de los cetros y coronas de los monarcas, que se hallan conservados en la Capilla Real de la catedral granadina. En la Alhambra toma notas de sus muros y relieves, de los distintos tipos de escritura y signos arabescos.
El ansia de perfección le hace buscar fuentes más auténticas y reales, para ello se desplaza a Marruecos. Allí busca los rasgos físicos de sus habitantes, sus formas de vestir y sus costumbres, lo que posteriormente utilizará en la composición de la corte mora. Para dar mayor fidelidad a los personajes del cuadro pinta retratos de sus amigos, trasladándolos más tarde a la composición definitiva. Como el de don Benito Hernando (catedrático de terapéutica) que aparece vestido de monje. 

FRANCISCO PRADILLA. La toma de Granada (1882)
A lo largo de todo el año 1880 y hasta octubre de 1881, se dedicará única y exclusivamente a la ejecución de su boceto granadino, realizando numerosos bocetos y estudiando cada una de sus partes, tanto en la configuración de la escena y el realismo de los personajes como en la adecuación del paisaje en los que se enmarca, realizando estudios aislados de cada uno de los personajes que configuran la escena. Tras acabarlo, lo expuso en Roma y el éxito fue rotundo, tal es así que pronto se hizo sentir en Madrid al ser expuesto en el Palacio del Senado. A este éxito se sumó la Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica que Alfonso XII otorgó a Pradilla.
La composición es un segmento de semicírculo en el que representa al ejército cristiano desplegado, paralelo a la carretera. En medio del semicírculo están colocados los caballeros, teniendo en medio a las damas de la Reina, también el rey y sus dos hijos mayores que están situados delante y en el centro del radio con los pajes y reyes de armas a los lados. Se estructura a través de una diagonal de derecha a izquierda, quedando el espacio central libre para poder contemplar al ejército. La perspectiva está conseguida gracias a las ruedas de los carruajes.
Boabdil avanza ligeramente inclinado al trote de su caballo negro por la carretera hasta llegar a la presencia de los Reyes Católicos, aparece en ademán de bajarse del caballo y hacer la entrega de las llaves de la ciudad. Junto con Boabdil vienen a pie los caballeros de su casa y el paje negro que guía su caballo camino inclinado confundido ante la grandeza de los Reyes cristianos. Esta disposición permite ver a los tres reyes de manera más visible, a ello contribuyen también las notas de color: el blanco-azul-verdastro de la Reina y su caballo; el rojo del rey Fernando y el negro de Boabdil. Corta la composición cerca de los reyes, el resto de los personajes se presenta según su importancia: primero, un macero de tamaño natural, figura de gran volumen ataviada con sayal y dalmática.

Sigue el paje que sujeta el caballo árabe de la reina, el cual es blanco. La reina viste saya de brocado verde-gris forrados de armiño, manto real y brocado azul y oro con orlas de escudos y perlas, ciñendo la tradicional toca y la corona de plata dorada que se conserva en Granada. Sigue su hija mayor Isabel que viste de negro a causa de su reciente viudedad con el Rey de Portugal, monta en una mula.
Después el Príncipe Don Juan sobre caballo blanco y coronado de diadema, sigue Don Fernando cubierto con manto veneciano de terciopelo púrpura y montando en un potro andaluz, su paje contempla a Boabdil. Después aparece el rey de armas y detrás aparece Torquemada y varios prelados (los cuales tienen ya disminución perspectiva).
Los caballeros que hay al margen del cuadro son: el Conde de Tendilla, cubierto de hierro; el Gran Maestre de Santiago; Gonzalo de Córdoba; el Conde de Medina-Sidonia y otros caballeros. Detrás de la reina coloca unos cipreses para destacarla por claro y también para caracterizar el país. Aparecen también timbaleros en el ala cristiana que a lo lejos se divisa entre Boabdil y el Rey Fernando. Al fondo se divisa la Antequeruela con sus muros, parte de Granada, las torres bermejas de la Vela que con parte de los adarmes es lo único que se divisa de la Alhambra.
El realismo define esta escena, tanto en el color como en el dibujo o la estructura compositiva, empleando una factura suelta de gran belleza.

BIBLIOGRAFÍA
  • RINCÓN GARCÍA, Wifredo: Francisco Pradilla, 1848-1921, Antiquaria, Madrid, 1987.
  • GARCÍA LORANCA, Ana: Vida y obra del pintor Francisco Pradilla Ortiz, Caja de Ahorros de Zaragoza, Aragón y Rioja, Zaragoza, 1987.

lunes, 20 de noviembre de 2017

LA CAPILLA DE LAS MALDONADAS O DE NUESTRA SEÑORA DE LOS ÁNGELES DE LA IGLESIA DE SAN ANDRÉS


La iglesia de San Andrés conserva de forma más o menos intacta uno de los numerosos espacios barrocos con los que contó Valladolid, los cuales por desgracia han sido reducidos con el paso de los siglos a la mínima expresión. Se trata de la capilla de Nuestra Señora de los Ángeles, conocida vulgarmente como "capilla de las Maldonadas" dado que fueron dos hermanas apellidadas Maldonado, doña Isabel y doña Catalina Enríquez Maldonado, las fundadoras y quienes pusieron todo el dinero para la erección de la capilla y la construcción de los retablos, esculturas y efigies orantes que las retrataban a ellas y a otros dos familiares. Como bien dice Urrea: “Su conjunto espacial y artístico es uno de los mejor conservados de la ciudad, a través del cual podemos tener perfecta idea del ambiente espiritual y artístico de las “fundaciones privadas”.

Antes de nada, hemos de tener en cuenta que en el momento de comenzar a edificarse la capilla en el año 1631 la iglesia de San Andrés no era tal y como la conocemos hoy. Era mucho más reducida, no existía ni las actuales portada y torre y tampoco se habían edificado los dos tramos de capillas de los pies, es decir las capillas de San Antonio de Padua y del Cristo del Refugio en el evangelio, y de San Francisco de Asís y de la Virgen de Guadalupe en el de la epístola. Todo esto fue construido un siglo y medio después, entre 1772-1776, gracias a las generosas donaciones de un hijo de la pila de la parroquia: el franciscano Fray Manuel de la Vega y Calvo, Comisario General de Indias.
Es decir, la pequeña parroquia tan solo contaba con la capilla mayor (que tampoco mostraba el retablo que actualmente existe sino uno gótico procedente de la capilla mayor del Convento de San Pablo), el crucero y dos capillas: la de la Inmaculada y la de la Virgen de la Soledad, y a los pies el coro. Como vemos todavía no existía ni la capilla que nos compete, la cual se abrió en el muro del evangelio del crucero y se edificó sobre los terrenos del cementerio parroquial.

Planta actual de la iglesia de San Andrés tal y como quedó tras las reformas finalizadas en 1776
Las dos hermanas Isabel y Catalina Enríquez Maldonado no escatimaron gastos para la erección y amueblamiento de su capilla funeraria. Tal es así que contaron para ello con algunos de los más prestigiosos artistas del momento. Así, la traza de la capilla la suministró el ilustre Francisco de Praves, última gran figura del clasicismo vallisoletano, y asimismo arquitecto del Duque de Lerma y Maestro Mayor de Obras del rey Felipe IV. En su haber cabe el honor de haber sido el traductor del primero de los Cuatro libros de la arquitectura de Andrea Palladio (Valladolid, 1625). De la materialización de las capillas se ocupó el maestro de obras Juan del Valle. En cuanto al amueblamiento, el autor de los retablos fue el ensamblador Melchor de Beya, quien había trabajado en varias ocasiones con Gregorio Fernández (por ejemplo, colaboraron en la ejecución del retablo de la Sagrada Familia de la Cofradía de San José de Niños Expósitos en la iglesia de San Lorenzo, Beya realizó el retablo y Fernández el grupo escultórico), mientras que las esculturas corrieron a cargo de Francisco Alonso de los Ríos, el gran, y casi único, "rival" de Gregorio Fernández. Su gubia talló tanto las imágenes del retablo mayor, algunas de las cuales se encuentran entre las más exquisitas de su producción, y los burdos retratos orantes de las Maldonadas y sus familiares que se disponen a ambos lados de la capilla, sin duda lo más vergonzante de su escasa obra documentada.
La capilla, que como dijimos se abre en el lado del evangelio del crucero del templo, la conforman dos ámbitos que enlazan visualmente a la perfección. Es un pequeño “reino” del clasicismo: uniformidad, ausencia de decoración (los únicos motivos decorativos que observamos se encuentran en las yeserías de las bóvedas), pureza de líneas… El primero sería una especie de crucero cuyo centro se cubre mediante una cúpula rebajada encamonada, y lo que es propiamente la capilla mayor que termina en testero plano. Además, en el lado de la epístola del crucero existe una puerta que da acceso a la sacristía propia de la capilla que no es más que un rectángulo.

La capilla se comenzó a construir 1631 por mandato de los patronos de las memorias que fundaron por doña Isabel y doña Catalina Enríquez Maldonado. Para ello se solicitaron las trazas al referido Francisco de Praves, si bien de su ejecución material se ocupó el maestro de obras Juan del Valle, aunque sabemos que también participaron en su construcción los arquitectos Felipe de Ribera y Dionisio de Praves (¿hijo de Francisco de Praves?). En este mismo año, concretamente el 12 de abril, los referidos patronos se concertaron con el ensamblador Melchor de Beya para que ejecutara tanto el retablo mayor como los colaterales, los cuales están en completa consonancia con la arquitectura de la capilla. Tan presente se encuentra el clasicismo en estos retablos que el propio Beya en el contrato de ejecución refiere que lo ejecutaría conforme a Vignola (el famoso arquitecto y tratadista italiano Jacopo Barozzi da Vignola o “Jacopo Vignola”). Ese mismo día en que Beya contrató los retablos, el escultor Francisco Alonso de los Ríos hizo lo propio con las esculturas que debían ornar el retablo mayor de la capilla:unas serían de menor tamaño (San Pedro, San Pablo y la Fe) y otras de tamaño casi del natural (San Juan Bautista, San Esteban, Santa Isabel de Hungría, Santa Catalina de Alejandría y un Calvario). Alonso de los Ríos debería esculpirlas en madera de Cuéllar “escogida y seca a satisfacción del dicho Melchor de Beya y huecas por dentro y que tengan el relieve perteneciente para las cajas o nichos”, asimismo, las diez esculturas debían estar inexcusablemente “muy bien hechas y acabadas perfectamente y con mucho arte bien movidas a contento y satisfacción de los dichos señores patronos y de los maestros y oficiales que ellos nombraren”. En total percibiría por su ejecución 3.800 reales; a saber, 500 reales por cada una de las efigies grandes y 100 reales por las pequeñas de la custodia. Desconocemos el nombre de policromador, aunque a buen seguro fue Pedro de Fuertes, quien aparece como fiador en el contrato de las esculturas. Su labor fue excelente ya que contribuyó a realzar la calidad de las imágenes.
Finalmente, nos queda por saber quien fue el autor de las pinturas que exhiben tanto el retablo mayor como los colaterales. Por su calidad y estilo parece más que probable que fuera de Diego Valentín Díaz, con aportación de su taller en alguna de las pinturas del banco.

Hubieron de pasar casi veinte años para que se finalizara de alhajar el interior de la capilla. Así en 1653 se contrataron con Francisco Alonso de los Ríos los cuatro bultos orantes de las fundadoras y sus familiares, a razón de 300 reales cada uno. Los encargados de policromarlos a imitación del alabastro fueron Jerónimo de Calabria, que se ocupó de los que representan a doña Catalina Enríquez Maldonado, don Gonzalo Enríquez Maldonado y doña Isabel Enríquez su mujer, y Jerónimo Morán que se hizo lo propio con el cuarto. Finalmente entre 1653-1655 se adquirieron una serie de objetos de plata: al platero Juan Duque se le compró una lámpara, mientras que al platero Andrés de Campos Guevara se le encargó “la hechura de las cadenas y manípulos y lamparil, y por el valor de ciento y diez y nueve reales de plata que puso para dichas cadenas y lamparil”, así como un incensario y una naveta.
Una vez que sabemos quiénes fueron los artífices que trabajaron en esta capilla pasamos a explicar brevemente los retablos y las esculturas orantes de las fundadoras y sus familiares.

RETABLO MAYOR (1631)
Empezando por el retablo mayor, vemos que se trata de una traza clasicista muy sencilla basada en un banco, un único cuerpo con tres calles y ático rematado en frontón triangular. Tanto el cuerpo como el ático se estructuran a través de columnas compuestas con su fuste estriado. La separación entre ambos espacios se realiza por medio de un entablamento en el que se haya pintado un friso con decoraciones vegetales. En los extremos del ático se sitúan pedestales que sostienen las típicas bolas herrerianas tan en boga durante el clasicismo. El retablo combina a la perfección tanto la escultura como la pintura.

Retablo mayor de la capilla de Nuestra Señora de los Ángeles o de las Maldonadas
Así, en el banco encontramos cuatro pinturas a cada lado de la custodia, la cual no deja de ser sino una micro arquitectura presidida por la efigie en relieve de la Fe sobre la puerta del sagrario, y dos imágenes de San Pedro y San Pablo que la flanquean desde sus hornacinas de remate semicircular. Las pinturas que caen justo debajo de las columnas del cuerpo del retablo son más estrechas y representan a San Antonio de Padua, Santo Domingo de Guzmán, San Jerónimo y San Antonio Abad, por su parte las dos grandes pinturas de los netos efigian la Anunciación y la Adoración de los Reyes Magos; finalmente, las adyacentes al sagrario son la Circuncisión y el Nacimiento. Como vemos todas estas imágenes hacen referencia al ciclo de la infancia de Cristo, tema al que también alude “la pala de altar” que preside el retablo: Nuestra Señora de los Ángeles. Esta gran pintura de bellísima factura presenta a la Virgen María sentada, sobre cuyas piernas se halla el Niño Jesús jugueteando con su madre. Completa la composición una serie de santas en la tierra (podemos ver a Santa Cecilia tocar el órgano), y el Padre Eterno en el cielo rodeado de ángeles, algunos de los cuales sirven de trono a la Virgen y el Niño. El cuadro se halla enmarcado por el típico marco que se desarrolló únicamente en la escuela vallisoletana del primer cuarto del siglo XVII: el de piedras y gallones. Como anécdota os diré que hay dos cuadros casi exactos de Nuestra Señora de los Ángeles en otras tantas iglesias céntricas de Valladolid, a ver si las localizáis.

DIEGO VALENTÍN DÍAZ (atrib.). Nuestra Señora de los Ángeles
Flanquean la pintura dos efigies de San Juan Bautista y San Esteban, cuya presencia en el retablo quizás se pudiera explicar por cuanto dos de los patronos de las memorias de las Maldonadas se llamaban Fray Juan de Torreblanca, prior del Monasterio de San Pablo, y don Esteban Sarmiento Maldonado. Ambos santos aparecen con sus atributos más conocidos: San Juan Bautista porta un libro sobre el que asienta el Agnus Dei, mientras que San Esteban con una mano sujeta la palma del martirio mientras que con la otra hace lo propio con un libro sobre el que seguramente irían las piedras de su martirio. Finalmente, en el ático se sitúan Santa Isabel y Santa Catalina (las cuales son las patronas de las Maldonadas: Isabel y Catalina Enríquez Maldonado) y un Crucifijo que nada tiene que ver con el retablo. El Calvario original se conserva en la capilla del Seminario Diocesano y el Crucifijo que le ha sustituido procede de La Cistérniga, y es obra de Pedro de la Cuadra. Sería deseable que el Calvario regresase al retablo para el que fue fabricado y así volviera a recomponerse tan excelente conjunto.


FRANCISCO ALONSO DE LOS RÍOS. San Juan Bautista
FRANCISCO ALONSO DE LOS RÍOS. San Esteban
FRANCISCO ALONSO DE LOS RÍOS. Santa Isabel
FRANCISCO ALONSO DE LOS RÍOS. Santa Catalina de Alejandría
FRANCISCO ALONSO DE LOS RÍOS. Calvario del retablo, actualmente conservado en el Seminario Diocesano
Señala acertadamente Urrea que “las figuras se mueven con soltura y elegancia y dejan entrever un gusto por la composición y una habilidad escultórica que sobresale de la escultura de taller, réplica o copia de originales de Fernández. En todo momento, ante ellas, representaríamos una personalidad que se aparta de la monotonía de la repetición. El estudio de plegados, siempre con un matiz carnoso, pesado, huyendo de las angulosidades y quiebros hojalatosos típicos de Gregorio Fernández, insistió en plegaos amplios, solamente unos ligeros cortes interrumpen las estudiadas dobleces de los mantos”. “Todas ellas conservan el movimiento gracioso. El tratamiento de los cabellos, tremendamente personal, aparece aquí totalmente caracterizado. El lenguaje de las manos, resulta también característico de este escultor. Siempre gesticulantes, agarrotadas o crispadas y subrayando en sus palmas las rayas de la vida”.

RETABLOS COLATERALES (1631)
Los retablos colaterales poseen una traza similar aunque simplificada del mayor. Así, también constan de un estrecho banco, una única calle flanqueada por columnas compuestas en los extremos y dos medias columnas “cerrando” el lienzo que la preside, a continuación un entablamento similar al del retablo mayor con la misma decoración, y un ático –en cuyo interior figura un círculo pintado– rematado en un frontón triangular con dos bolas herrerianas en cada extremo y en el superior tan solo una. Asimismo, de los laterales del frontón, que se prolongan levemente, caen dos guirnaldas o festones de frutas. Para finalizar hay que señalar que el ático lleva en sus extremos dos pirámides, otro de los clásicos elementos de la arquitectura herreriana.

Retablo colateral dedicado a San Jerónimo
El retablo del evangelio se halla dedicado a San Jerónimo en oración, encima del cual se sitúa San Francisco recibiendo los estigmas. En el banco se hallan otras tres pinturas, a los lados dos reinas santas y en la central dos angelotes sosteniendo una cartela que con la leyenda: “Hoc et enim corpus meum…”. Por su parte, el retablo del evangelio está presidido por un lienzo que efigia la La lactación de San Bernardo, mientras que en el ático encontramos a Santo Domingo flagelándose ante el Crucifijo. En el banco hallamos otras tres pinturas: las laterales son dos santas dominicas y la central con la misma composición que en el retablo frontero (dos ángeles sosteniendo una cartela con la misma leyenda). Como detalle podemos observar que los cuatro grandes lienzos que componen ambos retablos se hallan enmarcados por los antedichos marcos de piedras y gallones.

Retablo colateral dedicado a la Lactación de San Bernardo

BULTOS FUNERARIOS (1653)
La fundación patrocinada por las hermanas Enríquez Maldonado todavía no había sido totalmente cumplida. Es por eso por lo que en 1653 los patronos de las memorias gestionan la realización de los bultos funerarios de las fundadoras y de dos de sus descendientes. Francisco Alonso de los Ríos se encarga de realizarlos por la cuantía de 1.200 reales, cantidad bastante baja, pero en consonancia con la escasa calidad de los mismos. El escultor “se obliga a hacer cuatro figuras de bulto de escultura la una de hombre con la insignia y encomienda de señor Santiago… a la cual a de poner con su espada en la cinta y las otras tres figuras y bulto han de ser de mujer la una con habito de monja y las dos con su traje en traje antiguo y con cuellos abiertos… y ha de hacer cuatro almohadas de madera con sus borlas sobre las cuales sean de poner y fijar de rodillas”. Previamente Francisco Alonso había ejecutado dos bocetos, uno en barro colorado y otro en madera blanca.
De no haber encontrado el contrato de ejecución de las esculturas hubiera sido imposible asignar estas obras tan toscas a Francisco Alonso de los Ríos. Señala Urrea que “la tosquedad con que están trabajando nos habla de una marcada decadencia en el escultor fruto quizás de su avanzada edad. Las figuras, orantes, resultan rígidas, envaradas. La manera, tan personal, de hacer del escultor ha desaparecido totalmente y apenas merecen otro comentario”. Como se dijo anteriormente, fueron realizadas en madera y policromadas imitando el alabastro.

FRANCISCO ALONSO DE LOS RÍOS. Bultos orantes de las Maldonadas y dos familiares

PINTURAS DE LAS PECHINAS
Aún queda por analizar de manera sucinta un elemento al que anteriormente no nos hemos referido. Se trata de las pinturas de las pechinas de la cúpula de la capilla, las cuales fueron llevadas a cabo en 1636 por el pintor berciano Francisco Velázquez Vaca, más conocido por los dos cuadros de Vanitas que conserva el Monasterio de San Quirce y que hace poco pudieron ser vistos en una exposición. Las pinturas representaban a los cuatro Padres de la Iglesia, de los que han subsistido San Jerónimo y San Gregorio, amén de otro que ha sido desastrosamente restaurado. Señalan Urrea y Valdivieso que “el análisis de estas pinturas revela a Velázquez Vaca como un artista menor dentro del panorama de la pintura vallisoletana de ese momento. Su dibujo es discreto y algo duro y la expresividad de sus figuras, un tanto convencional”.

FRANCISCO VELÁZQUEZ VACA. San Gregorio
Para finalizar os dejo con un breve extracto de la fundación de la capilla:
"En el nombre de la Santísima Trinidad eterna unidad padre hijo y espíritu santo tres personas distintas y un solo Dios verdadero que vive y reina para siempre sin fin y de la bienaventurada Virgen Santa María madre de Dios reina de los ángeles y abogada de los pecadores y a gloria y honra suya: sea notorio y manifiesto a todos los que vieren la presente pública escritura como en la Muy Noble y Leal Ciudad de Valladolid a nueve días del mes de abril de mil seiscientos y treinta y un años teniendo la silla apostólica nuestro muy santo padre Urbano Octavo y reinando en estos reinos de España la católica majestad del rey don Felipe nuestro señor Cuatro de este nombre en presencia y por ante mí Andrés Rodríguez Asprilla escribano del rey nuestro señor del número rentas y alcabalas reales de esta ciudad (...) ambas las dichas partes dijeron que las dichas doña Catalina y doña Isabel Enríquez Maldonado por los dichos sus testamentos y codicilos debajo de cuya disposición murieron dejaron dispuesto y ordenado que de la renta y usufructo del residuo y remanente de todos sus bienes y hacienda se fundase y edificase desde sus principios una iglesia en las casas principales que dicha señora doña Catalina tenía y dejó a la puerta de Teresa Gil de esta ciudad en el nombre y advocación de Nuestra Señora de los Ángeles poniendo su santa imagen en el altar mayor con sus altares colaterales de la advocación de San Jerónimo y San Bernardo con su coro y sacristía y que se adornase de los ornamentos y demás cosas necesarias para la celebración de los divinos oficios y que estando acabado se nombrasen capellanes conforme alcanzase la renta de su hacienda que fuesen clérigos presbíteros para que sirviesen la dicha iglesia y dijesen cada día su misa cantada y cinco rezadas cada uno en cada semana y su salve cantada los sábados con el adorno y autoridad que se hace en las iglesias parroquiales de esta ciudad y que hubiese un capellán mayor que tuviese el gobierno y suprutencia de la dicha capilla e iglesia a quien los demás estuviesen subordinados (...) Y nombraron por patronos cumplidores y ejecutores de todo lo referido al padre prior que es o fuere perpetuamente de dicho monasterio de señor San Pablo de esta dicha ciudad y a los dichos señores don Esteban Sarmiento Maldonado su sobrino y a sus hijos y descendientes y a falta de ellos al padre guardián que es o fuere del monasterio de señor San Francisco de esta dicha ciudad y al dicho señor don Fernando Bañuelos su prior y a todos los sucesores en su mayorazgo con pleno poder y facultad para todo lo referido fundar las dichas memorias y capellanías y para las demás cosas que se ofrecieren tocantes a ellas declarando la dicha señora doña Isabel Enríquez Maldonado que su voluntad era que siendo posible se comprase la capilla mayor de la dicha iglesia de señor San Andrés concertándose con el cura y parroquianos de ella como todo lo susodicho más particular se declara en los dichos testamentos y codicilos que pasaron ante mí el escribano en trece de octubre y trece de noviembre del año pasado de mil y seiscientos y veinte y siete (...) Y después de esto trataron de comprar la dicha capilla mayor de la dicha iglesia del señor San Andrés y no tuvo efecto por ciertos inconvenientes que hubo de la parte de los parroquianos de ella y también han tratado de comprar iglesias y capillas mayores y con ninguno ha tenido efecto respecto de lo cual y que la voluntad de las dichas señoras difuntas como lo manifestó la dicha señora doña Isabel fue que se comprase la dicha capilla mayor para la devoción particular que tenía en la dicha iglesia los dichos señores patronos han tratado con el dicho señor cura, mayordomo de la dicha fábrica y parroquianos de la dicha parroquia de hacer y edificar una capilla con sus altares mayor y colaterales coro y sacristía correspondiente al arco que está en la dicha capilla mayor del lado del evangelio por donde se ha de abrir tomando el sitio que está en las espaldas que hoy es cementerio y es propio de la dicha fábrica para que en ella se cumplan las dichas memorias y capellanías por el precio y condiciones que en esta escritura irán declaradas”.

BIBLIOGRAFÍA
  • MARTÍN GONZÁLEZ, Juan José y URREA, Jesús: Catálogo Monumental de la provincia de Valladolid. Tomo XIV. Monumentos religiosos de la ciudad de Valladolid (1ª parte), Institución Cultural Simancas, Valladolid, 1985.
  • MARTÍN GONZÁLEZ, Juan José: “Atribuciones al escultor Pedro de la Cuadra”. B.S.C.E., 1954, ff. 291-292.
  • URREA, Jesús y VALDIVIESO, Enrique: Pintura barroca vallisoletana, Editorial Universidad de Sevilla y Universidad de Valladolid, Sevilla, 2017.
  • URREA, Jesús: “El escultor Francisco Alonso de los Ríos (¿-1660), B.S.A.A., Tomo XXXVIII, 1972, pp. 355-369.