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viernes, 29 de enero de 2021

El retablo mayor de la iglesia del Salvador de Simancas (Juan Bautista Beltrán, Inocencio Berruguete, Juan de Anchieta y Francisco de la Maza, 1562-1571)

 

Hoy nos vamos a trasladar a unos pocos kilómetros de la capital, concretamente a Simancas, para descubrir uno de los múltiples tesoros que custodia su iglesia parroquial. Se trata de su retablo mayor, posiblemente una de las máquinas lígneas más impresionantes del momento, pero a la vez una de las que poseen una historia constructiva más enrevesada. El retablo fue contratado el 8 de agosto de 1562 por el sobrino de Alonso Berruguete, Inocencio Berruguete, y Bautista Beltrán por la cantidad de 600 ducados. Aunque se comprometieron a fabricarlo entre ambos en el plazo de dos años, el 27 de enero de 1563 subcontrataron la fabricación del ensamblaje con Cristóbal de Umaña y Blas de Arbizu. Como se introdujeron mejoras en el retablo el precio se incrementó desde los 600 ducados referidos hasta los 800 ducados al verificar la tasación efectuada en 1566. Fue ya en 1567 cuando se arreglaron las cuentas, llamando la atención que la mayor parte de los pagos se abonaran a favor de Juan Bautista Beltrán, quizás por su mayor dedicación en el encargo. A partir de entonces Inocencio Berruguete abandonó la obra, en la que permaneció sólo Bautista Beltrán cobrando una demasía de escultura, que el obispo de Palencia había valorado en 200 ducados más, como ya hemos visto. En 1569 falleció Beltrán, de suerte que su viuda siguió percibiendo las cantidades adeudadas a su marido.

Sería por entonces cuando se desarmó el retablo para que el pintor Jerónimo Vázquez procediera a su policromado. Asimismo, aprovechando esta circunstancia se añadieron en el basamento cuatro relieves con los Padres de la Iglesia y también los escudos de Simancas y de Castilla y León, estos dos últimos labrados por el notable escultor Francisco de la Maza, de quien se conserva en la iglesia una de sus obras maestras, el retablo de la Piedad. Tras finalizar el proceso de policromado, en 1571 Umaña volvió a asentar el retablo, dando así por concluida definitivamente la obra. Como anécdota, el retablo viejo fue vendido a la parroquial de Puente Duero, desapareciendo en fecha desconocida.

Escudo de Simancas
San Gregorio y San Jerónimo

El retablo, que adopta la forma de “tríptico”, posee planta poligonal que se adapta perfectamente a la forma angulosa de la cabecera. Se estructura en basamento, un estrecho banco, un solo cuerpo con tres calles y un ático con un banco estrecho en los laterales -al igual que el basamento- y abierto y más desarrollado en la parte central. A los lados el retablo se ve cerrado por sendos guardapolvos con prolija decoración vegetal, figurativa y de cueros recortados, todo muy del gusto de la época. En el basamento encontramos en los extremos los citados escudos de Simancas y de Castilla y León, obra de Francisco de la Maza, y en la vertical de las columnas centrales dos pares de relieves que representan a los cuatro padres de la Iglesia. Ascendemos ya hacia el retablo propiamente dicho. En el banco se disponen las ménsulas sobre las que asientan las cuatro columnas que articulan el cuerpo principal y único del retablo. Entre las ménsulas, en las calles laterales, sendos relieves apaisados representando la Adoración de los Reyes Magos (evangelio) y el Juicio Final (epístola) -este último sorprende por su dinamismo y por la proliferación de desnudos- y en el espacio central una custodia flanqueada por dos relieves del Encuentro de Melquisedec y Abraham. La custodia realizada en aquellos momentos, de la que tan solo queda el relieve de la puerta, una Resurrección, ha desaparecido, como también la que vino a sustituirla y que fabricó el tallista y escultor vallisoletano Pedro Bahamonde en 1735.

Adoración de los Reyes Magos

El Juicio Final

El cuerpo del retablo presenta en su parte central un gigantesco tablero con la Transfiguración que ocupa la totalidad de la calle y cuya composición se divide en dos espacios claramente diferenciados: la tierra y el cielo. En la parte celestial aparecen suspendidos en el aire Cristo flanqueado por los profetas Moisés y Elías, mientras que en la tierra, concretamente en el Monte Tabor, encontramos a los tres discípulos predilectos: San Pedro, Santiago y San Juan.

La Transfiguración

Por su parte, en las calles laterales encontramos otros dos relieves de menor tamaño y metidos en cajas rematadas por un frontón triangular sobre el que se recuestan una serie de personajes y que nos recuerdan a las Tumbas Mediceas que construyó tiempo atrás Michelangelo Buonarroti para la Basílica de San Lorenzo de Florencia y que en España hicieron acto de aparición en el retablo mayor de la catedral de Astorga, al frente de cuya obra se encontró Gaspar Becerra, introductor del romanismo en España. En la calle del lado del Evangelio tenemos Pentecostés y en la del Evangelio a Cristo predicando. Posiblemente este último episodio se trate del Sermón de la montaña (Mt. 5, 1; 7, 28), uno de los momentos más trascendentes del Nuevo Testamento dado que durante el mismo Cristo transmite enseñanzas tan fundamentales como las Bienaventuranzas, el Padrenuestro e incluso propugna el rechazo a la ley del talión. Narrado por San Mateo, el resto de evangelistas omiten este pasaje salvo San Lucas que lo cita de pasada, si bien localiza el sermón en un llano a orillas del lago de Genesaret.

Pentecostés
Cristo predicando

Y, finalmente, llegamos al ático, en el que observamos cuatro figuras sobre los trozos de entablamento que soportan las columnas del cuerpo. Sobre los entablamentos exteriores asientan los profetas Moisés y Aarón, mientras que sobre las interiores campean la Virgen y San Juan flanqueando la figura del Crucificado, formando, por lo tanto, un usual Calvario. La figura de Cristo se recorta sobre una pintura que completa la escena de la Crucifixión y que se debe a los discretos pinceles de Jerónimo Vázquez tal y como lo denota su estilo y el hecho de que se le contratara para policromar el retablo. Remata este gigantesco medallón un grupo escultórico compuesto por el Padre Eterno bendiciendo y sujetando el orbe y bajo él dos jóvenes angelotes en elegantes disposiciones. En lo que sería la prolongación de las calles laterales en el ático encontramos dos relieves apaisados con los episodios de Cristo con la cruz a cuestas (Evangelio) y el Prendimiento (Epístola). Por lo demás, toda la superficie arquitectónica del retablo está profusamente decorada con los repertorios ornamentales típicos de este momento: angelotes en las más diversas posiciones, tarjas o cueros recortados, otras figuras míticas o bíblicas, elementos vegetales, etc.

Moisés
Aarón

Hemos visto quienes fueron los encargados de la construcción del retablo en su parte arquitectónica, también en la pictórica, tanto en su policromía como en la pintura en tabla situada tras el Crucificado, pero ¿quién fue el escultor o los escultores que labraron las imágenes y relieves que exhibe la gigantesca máquina? Pues bien, la respuesta nos la dio hace no muchos años Luis Vasallo, profesor del Departamento de Historia del Arte de la Universidad de Valladolid y uno de los máximos expertos en Juan de Anchieta, el escultor vasco a quien se atribuyen sin lugar a dudas la totalidad de la escultura del retablo. Atribución por cuanto no se ha encontrado el contrato de ejecución de las mismas puesto que dudas para su asignación hay pocas, por no decir ninguna. Antiguamente se había venido asignando la ejecución de las esculturas al desconocido Bautista Beltrán ya que, como vimos, Inocencio Berruguete se marchó con la obra aún en marcha. Señala Vasallo que Bautista Beltrán debió ser más un entallador ocupado en labores decorativas que un verdadero escultor, por lo que todo indica que la parte escultórica se encargó a un oficial solvente, y efectivamente así fue puesto que de ella se ocupó el joven Juan de Anchieta. Aunque la asignación definitiva de la parte escultórica a Anchieta fue dada por Vasallo, ya anteriormente varios autores habían observado algunas similitudes entre la imaginería de este retablo y la obra de Anchieta. Son los casos de Azcárate, Echeverría Goñi y Vélez Chaurri.

Como señala Vasallo: “Los tipos humanos pertenecen al universo de Anchieta (…) el retablo de Simancas, exponente del momento crucial vivido por la escultura castellana después de 1560 -donde se combinan composiciones a la moda astorgana con otras basadas en la tradición narrativa anterior- es una obra compleja, donde se describe la mano de un joven artista, todavía en formación, abierto a múltiples influencias y en busca de un estilo propio. Ese artista no fue otro que Juan de Anchieta, que se afirma como el principal escultor de esta empresa (…) El conjunto es un buen ejemplo del grado de introducción de las novedades romanistas inmediatamente después de la finalización de la máquina de Astorga. En la arquitectura se incluyeron claros modismos becerrescos en forma de mensulones de talla vegetal, frontones decorados con parejas de ignudi recostados, espejos con el marco decorado con niños y frutas, así como el característico remate horizontal con imágenes sobre columnas. Los grandes tableros del cuerpo principal recuerdan inmediatamente las soluciones en pro de la claridad argumental adoptadas en Astorga, donde las imágenes ganan en monumentalidad y se subraya su volumetría, al tiempo que los tableros atienden a composiciones sencillas que favorecen la asimilación y correcta interpretación de las escenas. Todo ello se compensa con una enorme proliferación de grutescos al gusto de Inocencio, donde proliferan los desnudos. Se logra con todo ello un evidente equilibro entre imaginería y arquitectura, una de las principales aportaciones del arte de Becerra. Juan de Anchieta aplicó por primera vez en esta obra las novedades formales asimiladas en Astorga, aderezadas por los modismos berruguetescos y juniano aprendidos durante su etapa de formación. Así, por ejemplo, junto a relieves en los que predomina el relato prolijo, con abundancia de figuras de pequeño formato que llenan casi completamente la composición, como los de la predela y ático, aparecen otro –precisamente los del cuerpo principal– que se asocian claramente a la obra asturicense en su grandiosidad y en el tratamiento estereotipado de composiciones, figuras y expresiones”.

Cristo con la cruz a cuestas

El Prendimiento

 

BIBLIOGRAFÍA

MARTÍN GONZÁLEZ, Juan José: Catálogo Monumental de la provincia de Valladolid. Tomo VI. Antiguo partido judicial de Valladolid, Diputación de Valladolid, Valladolid, 1973.

VASALLO TORANZO, Luis: Juan de Anchieta. Aprendiz y oficial de escultura en Castilla (1551-1571), Universidad de Valladolid, Valladolid, 2012.