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viernes, 10 de junio de 2011

LA IGLESIA DE SANTIAGO I: El Retablo mayor (Alonso Manzano y Juan de Ávila, 1698-1702)


Después de algunas semanas sin actualizar, en las que he ido preparando futuras entradas, me propongo comenzar una serie de cuatro capítulos dedicados otras tantas magníficas obras de arte que se conservan en la iglesia de Santiago de Valladolid, sin lugar a dudas una de las más completas de la ciudad. La mayoría de ellas son de primer nivel, ya sean por su excelsa calidad o por la escasez de su tipología en la ciudad y provincia. El primer capítulo lo dedicaremos al mueble más importante conservado en su interior, el retablo mayor. El retablo mayor está dedicado, como no puede ser de otra forma, al apóstol Santiago, titular del templo. Santiago el Mayor era hijo de Zebedeo, y hermano primogénito de San Juan Evangelista. El epíteto de “El Mayor” le viene por ser uno de los primeros apóstoles.
La iglesia de Santiago, una de las más antiguas de Valladolid, tuvo su origen en la llamada Ermita del Cristo de Escobar. Dicha ermita estaba servida por una Cofradía que en torno a 1360 se colocó bajo la protección del Apóstol Santiago, convirtiéndose en iglesia parroquial dedicada a dicha advocación. Ni la ermita ni la parroquia debieron tener excesiva importancia arquitectónica. Fue uno de sus ricos parroquianos, el mercader D. Luis de la Serna, quien decidió reedificar el cuerpo de la iglesia, el cual se concluyó en 1490. Posteriormente, en 1497, debido a que se cayó la torre y la capilla mayor, y viendo además la posibilidad de adquirir el patronato de la misma y de conseguir asimismo un lugar para su enterramiento y el de sus familiares, D. Luis se comprometió a su reconstrucción. La obra la realizó el arquitecto Juan de Arandia, el cual la realizó con piedra de Fuensaldaña, acabándola en la navidad del año 1500.
Con anterioridad al retablo actual, la capilla mayor, tenía otro, el cual había sido regalado por el sobre citado D. Luis de la Serna. Este primitivo retablo lo mandó traer desde los talleres florentinos, era de barro vidriado, quizás similar a los que realizaban los hermanos Della Robbia. En los inventarios antiguos se le describía como “de talabera fina, y en el primer cuerpo sobre la custodia del Ssmo. esta una ymaxen de Santiago de bulto y en el segundo cuerpo un Sto. Xpto con la Virgen y San Juan a los lados también de bulto”. Éste retablo, debido a lo débil del material fue reparado en multitud de ocasiones, una de ellas llevada a cabo por el escultor vallisoletano Francisco Alonso de los Ríos en 1650. Esta fragilidad sumada al cambio de gusto llevó a que la iglesia se decidiera a encargar uno nuevo para sustituirle. Canesi indica que “en 1698 quitaron el antiguo retablo que tenía de azulejos… y en su elebado espacio construieron otro muy primoroso… según la práctica y estilo de oy". Se encargo de quitar este delicado retablo el ensamblador Pedro de Ribas. Quizás fue en ese mismo año que habla Canesi cuando se comenzó a realizar el nuevo retablo, ya más acorde con los gustos de la época. La obra fue costeada por la parroquia, por varias cofradías sitas en la iglesia, por el patrono de la capilla mayor y hasta por la ciudad, lo cual nos indica la magnitud y la importancia de dicha obra. No se sabe exactamente cuando se comienza a construir, pero sí que estaba acabado y asentado 1702.
El cambio de retablo lo vemos perfectamente reflejado a través de dos visitas, una realizada en 1693, y la otra en 1704. En la primera se habla sobre que el altar mayor “es patronazgo de Luis de la Serna de que al presente es patrón D. Alonso Aguayo caballero del orden de Calatrava vecino y regidor perpetuo de esta ciudad y está dotada (…) en cada un año y el retablo de dicha capilla es de Talavera fina y en el primer cuerpo sobre la custodia nueva del Santísimo está una imagen de Santiago de bulto y en el segundo cuerpo un Santo Cristo con la Virgen y San Juan a los lados”; mientras que en la segunda se habla ya de “el retablo de dicha capilla es nueva, y está por dorar y del coste que tuvo y en qué caudal se fabricó está firmada cuenta en éste libro por el dicho Juan Fernández de Salazar cura de esta iglesia en la cual parece que alcanza a dicha fábrica en diez y seis mil y noventa reales”.

Para éste nuevo retablo se pidieron trazas a varios ensambladores, la primera traza la dió Blas Martínez de Obregón, que aunque quedaría desestimada, cobró por ella 600 reales. Finalmente la obra fue a parar a manos del ensamblador Alonso de Manzano, que cobró por la obra la cantidad de 25.000 reales. De la escultura se encargó Juan de Ávila, el cual percibió por las diferentes hechuras la nada despreciable cantidad de 11.000 reales de vellón. Manuel de Estrada se encargaría de dorar las imágenes, cobrando por ello 500 reales; finalmente, del dorado del retablo se encargaría su hermano Cristóbal de Estrada. El retablo se inauguraría el 8 de septiembre del año 1729, fecha en que se colocó el Santísimo Sacramento nuevamente, con motivo de esto se celebró una gran procesión y hubo función religiosa por espacio de tres días: “salieron los gigantones; hubo danza de volantes y cinco altares, uno en el Ochavo, que le hizo la cofradía de Jesús, otro a la puerta de San Francisco, que le hizo la cofradía de San Antonio de mancebos sastres: estuvieron las calle y plaza muy colgadas y adornadas, en especial la plaza que la colgaron uniforme el primer alto de balcones de tapices, el segundo de varias colgaduras y el tercero de tafetanes. En la calle de Santiago pusieron su toldo; la pusieron también uniforme de abanicos y casa de Austria, igualando con maderos las casas que eran bajas para que estuviesen con simetría”.
Otra versión de la inauguración del retablo, ya dorado, lo da el cronista vallisoletano Ventura Pérez: “Año de 1729, día 8 del mes de septiembre, se trasladó y colocó el Santísimo Sacramento en el retablo dorado nuevamente en la parroquia de Santiago, como asimismo colocaron de nuevo a S.M. en la iglesia de Jesús Nazareno. Celébrose una procesión a dos intentos, y fue  que de camino pusieron el Sacramento en Jesús Nazareno. Hubo soldadesca de los de la manzana; salieron los gigantones; hubo danza de volantes y cinco altares, uno en el Ochavo, que le hizo la Cofradía de Jesús, otro a la puerta de San Francisco, que le hizo la cofradía de San Antonio, de mancebos sastres. Al llegar S.M. a éste altar vino una recia tempestad de agua, y se metió la procesión debajo de los portales de la Acera y allí se cantó el villancico, y después que se sosegó prosiguió la procesión por la Lencería al Ochavo, Especería y a Jesús, y pusieron allí a S.M., y prosiguieron por el peso a la Pasión, donde a la ouerta había otro altar de la cofradía, y de allí a Santa Ana, donde había otro altar, de allí a Santa Cruz, en donde había a la puerta de la iglesia otro altar y bajaron por la calle del Campo a su casa”.
Hablando ya en un plano puramente artístico, el retablo es de planta semicircular, adaptándose perfectamente al ábside. La arquitectura del mismo se organiza mediante cuatro columnas salomónica de orden gigante repletas de pámpanos y racimos de uvas, las columnas van apoyadas sobre cuatro grandes ménsulas decoradas con una ornamentación muy carnosa. En el banco aparecen además de las ménsulas, dos puertas, sobre cuyos dinteles hay tallados dos espejos, cada uno sostenido por dos ángeles. El cuerpo principal posee entre las columnas tres hornacinas, las dos laterales resguardan las tallas de San Juan Bautista y de San José, y la hornacina central, mucho más grande, el motivo principal del retablo, el cual sobresale de dicha hornacina. El remate del retablo es avenerado, y también con una decoración muy profusa, casi da la impresión de un horror vacui, con motivos vegetales y angélicos. Éste ático posee una sola hornacina, que representa la aparición de la Virgen del Pilar a Santiago y sus discípulos, a los lados de la hornacina aparecen cuatro ángeles que debido a la posición que se encuentran crean cierta inestabilidad, parece que se van a lanzar en cualquier momento a volar, los dos más cercanos a la hornacina se encuentran sentados sobre volutas, y los dos más lejanos se sientan sobre unos trozos de entablamento que se sitúan sobre las columnas más extremas. El retablo poseía un tabernáculo barroco, aunque fue sustituido en 1883 por un altar y expositor blanco de mármol de Macael.
El retablo tuvo una modificación unos pocos años después. En las cuentas de los años 1728-1729 se anota un pago al ensamblador y escultor vallisoletano Pedro Correas por “la obra que hizo en el cascarón del retablo mayor”. No se especifica que obra puede ser, y tampoco hay que nada en el conjunto del cascarón que destaque como obra posterior.
La escultura, obra de Juan de Ávila, comprende las tallas de San Juan Bautista con el cordero, San José, cuatro ángeles, la escena de la Aparición de la Virgen del Pilar al Santo y a sus discípulos, y el grupo central de Santiago Matamoros.

APARICIÓN DE LA VIRGEN DEL PILAR
La escena la compone Santiago, dos discípulos de éste, y la Virgen del Pilar con el Niño en brazos. Santiago viste de peregrino y con un bastón en la mano izquierda, seguramente lleve algún atributo más de peregrino, como puede ser un zurrón. Aparece semiarrodillado, con la mano derecha extendida en actitud de sorpresa ante dicha aparición.
GRUPO DE SANTIAGO MATAMOROS 
A pesar de que en los libros de cuentas de la iglesia aparece como obra de Juan de Ávila, Casimiro Gonzalez García-Valladolid y otros eruditos creían que la imagen ecuestre de Santiago no ofrecía la menor duda de que era debida a la gubia de Gregorio Fernández. Esto nos demuestra las altas cotas a las que llegó Juan de Ávila.
El tipo de Santiago que se representa es el de Santiago Matamoros, modelo difundido durante la Reconquista y por la Orden de Santiago. Santiago aparece representado atacando en el aire sobre un caballo blanco, y derrotando a los moros en la batalla de Clavijo. La leyenda de Santiago en la batalla del Clavijo cuenta que el Rey Ramiro I ve a Santiago en sueños en vísperas de una batalla contra los moros. Monta en un caballo blanco, arremete contra los moros con una espada en la mano, los derrota y los pone en fuga. Existen dos versiones de este tema, según el santo cabalgue sobre la tierra o en el cielo, en éste caso lo hace sobre el cielo.
En el centro aparece el monumental conjunto de Santiago Matamoros, es una imagen de lo más teatral, como por otra parte corresponde al barroco, seguramente en la escuela vallisoletana sea el culmen de este período en cuanto a movimiento y teatralidad. La composición ha sido hábilmente trazada, posee un gran dinamismo. Juan de Ávila ha tenido la osadía de colocar a Santiago con el busto en un violento escorzo. Santiago aparece con la espada en todo lo alto dispuesto a dar el golpe de gracia a sus enemigos, que aparecen en el suelo descabalgados e intentando defenderse como pueden. La capa aparece volando, lo que da a la escena un plus de espectacularidad. Con la mano izquierda sujeta un estandarte.
Los moros ocupan la parte baja de la escena, visten ropa militar, coraza, calzas y turbante en la cabeza, los dos aparecen descabalgados, uno de ellos todavía con una pierna cayendo de la silla de montar, lo que le da mayor teatralidad a la escena. El otro intenta rechazar la acometida del santo intentándole dar un estoque desde el suelo. Los moros no hacen sino completar uno de los mejores ejemplos españoles de escena teatral de finales del siglo XVII y principios del XVIII. Completa el conjunto el fondo, que aparece pintado, en el se representan más moros y caballos, completando con ello la batalla de Clavijo que representa. El modelo usado para realizar estas esculturas de Santiago Matamoros en la Batalla de Clavijo lo tenemos en una hornacina de la sacristía, el cual seguramente fuera el que se utilizó para realizar el grupo de Santiago Matamoros del retablo mayor de la iglesia del Convento de las Comendadoras de Santiago, atribuido a Pedro de Ávila.
Santiago Matamoros que pudo ser el modelo del del retablo mayor, conservado en la sacristía
Santiago Matamoros del retablo mayor de la iglesia del ex convento de las Comendadoras de Santiago (Francesas)
ÁNGELES
Los ángeles se sitúan dos a la izquierda del relieve de la Aparición y los otros a la derecha. Los dos más cercanos al dicho grupo se sitúan sobre una especie de gigantescas volutas, y los dos más lejanos sobre unos trozos de entablamento, que se encuentran en la vertical de las columnas más extremas del retablo. Aparecen sentados, se les representa con las alas desplegadas a los dos más cercanos al grupo de la Aparición, mientras que los otros dos las llevan recogidas. Todos visten de la misma manera, con una túnica de color rojizo que se abre en las dos rodillas, dejando las piernas al descubierto. La tipología general de los ángeles así como las cabezas y sus ensortijadas cabelleras recuerdan en gran medida al Ángel de la Guarda que se conserva en esta misma iglesia.
SAN JOSÉ Y SAN JUAN BAUTISTA
San Juan Bautista se sitúa en la hornacina del lado izquierdo del retablo, mientras que San José aparece en la de la derecha. Ambas son hornacinas flanqueadas por estípites y con remate en forma de venera.
La escultura de San Juan Bautista tiene una gran similitud a la talla del mismo nombre que realizó Ávila para la iglesia de San Felipe Neri. Durante un tiempo la escultura no estuvo en el retablo sino que se la ubicó en la capilla del bautisterio, encontrándose entonces en la hornacina central de un retablo renacentista, obra de Gaspar de Tordesillas.
San José se nos presenta de pie, con una pierna adelantada, agarrando con una mano la vara florida, típico de su iconografía y que alude a su matrimonio virginal con María. La elegante forma en que su mano sujeta la vara florida recuerda a Gregorio Fernández, concretamente a en su escultura de San Rafael ubicada en uno de los lados del altar mayor de la iglesia de San Miguel. Al igual que ocurriera con la escultura de San Juan Bautista, durante algún tiempo San José estuvo ubicado en la hornacina principal del retablo colateral del evangelio. La presente talla de San José debió de ser la titular de la Cofradía de San José, fundada en esta iglesia por los Maestros de Obras en 1614.

Imagen de San Juan Bautista cuando se encontraba en el Bautisterio


SI TE INTERESÓ ESTA ENTRADA, CONTINÚA EN:
LA IGLESIA DE SANTIAGO II: El retablo de la Epifanía, de Alonso Berruguete
LA IGLESIA DE SANTIAGO III: Esculturas yacentes de la familia de D. Luis de la Serna
LA IGLESIA DE SANTIAGO IV: El relieve de Santiago Matamoros


BIBLIOGRAFÍA
  • CANESI ACEBEDO, Manuel: Historia de Valladolid (1750), Grupo Pinciano, Valladolid, 1996.
  • GONZÁLEZ GARCÍA-VALLADOLID, Casimiro: Valladolid, sus recuerdos y sus grandezas, 3 tomos, Imprenta de Juan Rodríguez Hernando, Valladolid, 1900-1902.
  • URREA, Jesús: La iglesia de Santiago de Valladolid, Parroquia de Santiago, Valladolid, 1977.