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viernes, 25 de septiembre de 2015

EL MONUMENTO AL CONDE DON PEDRO ANSÚREZ, SEÑOR DE VALLADOLID


El emblemático Monumento al Conde Ansúrez que preside nuestra Plaza Mayor y al que cada año se le coloca una pañoleta morada el día en que se lee el pregón de las Ferias y Fiestas de Nuestra Señora de San Lorenzo, fue realizado en el año 1903 por el que se ha considerado, y de hecho es, el “Padre de la Escultura Urbana Vallisoletana”: Aurelio Carretero. A pesar de que la escultura fue hecha por este prestigioso escultor, las raíces de este monumento se hunden casi medio siglo antes, cuando surgieron los primeros intentos de dedicarle un Monumento al fundador de la ciudad: don Pedro Ansúrez.
En el año 1864 se sucedieron diversos intentos de levantar monumentos a grandes personalidades que tuvieron relación con Valladolid, entre ellos Cristóbal Colón y, por supuesto, el Conde Ansúrez. Tras debatir en el Ayuntamiento sobre el posible monumento a Cristóbal Colón, se pasó a tratar sobre la posibilidad de levantar una estatua al Conde Ansúrez. Sin embargo, una serie de avatares políticos y problemas económicos retrasaron tales propósitos. En aquel momento se acordó que la Comisión de Obras se sirva instruir el expediente oportuno para poder elevar esta estatua que, colocada en sitio conveniente, “atestigüe lo imperecedero que es en esta población el agradecimiento a que se hizo acreedor”. El lugar elegido para el emplazamiento de esta estatua sería en la plaza de San Miguel, algo bastante lógico si tenemos en cuenta que fue el núcleo fundacional de la ciudad. En ese mismo momento se decidió abrir una suscripción popular, sin duda debida a la mala situación económica del Consistorio.

Poco antes, el escultor municipal Nicolás Fernández de la Oliva había presentado un diseño de la escultura que llegó a ser aprobado, pero después la empresa se paralizó. Dos años más tarde el Ayuntamiento retornó el asunto, tras presentar este mismo escultor dos proyectos para el monumento, procediéndose entonces a la reforma del entorno de su emplazamiento, ahora trasladado a la Plaza Mayor, lugar donde en 1867, comenzaron los trabajos de formación de un pequeño jardín que habría de ir en derredor de la estatua, así como los de colocación de hiladas de piedra que servirían de asiento a una reja de hierro para su protección. Fernández de la Oliva presentó a la Academia de Bellas Artes de la ciudad para su examen el modelo del pedestal y de la estatua aprobado en 1866 por el Ayuntamiento. La estatua sería de mármol y el pedestal de orden bizantino, figurando en los costados de su segundo cuerpo las representaciones alegóricas de La Inteligencia y La Lealtad.
La revolución de 1868 y las difíciles circunstancias económicas por las que atravesaba entonces la ciudad aconsejaron olvidar dicho proyecto del que, no obstante, subsistía en 1879 el pedestal ofrecido, pero no utilizado dos años antes para el monumento a Cervantes. Efectivamente en 1877 se hace referencia en un Libro de Actas del Ayuntamiento a una propuesta de construcción de una fuente monumental en la Plaza Mayor, indicando la conveniencia de trasladar el “pedestal que existe, con destino a una estatua al Conde Ansúrez, a la Plazuela de Santa María”.

La idea de tributar un homenaje al Conde Ansúrez no vuelve a surgir en el seno de la Corporación hasta el año 1900; en agosto se recibe una instancia de Aurelio Rodríguez Carretero haciendo un ofrecimiento de construcción de un monumento para dicho personaje, ofrecimiento que, tras el informe favorable de la Comisión de Obras, se acepta. En la Memoria que el escultor presenta manifiesta el haberse ceñido a las posibilidades económicas del momento “conteniendo los vuelos de la imaginación para no presentar un modelo irrealizable por su coste y sujetado a lo que realmente puede llevarse a cabo sin sacrificio, procurando que dentro de su sencillez reúna todas las condiciones de Monumento y a la vez tenga sabor de época. No me he atenido estrictamente al estilo reinante de aquel siglo, pero he trazado líneas vigorosas para que sin rodeos ni distracciones destaque la noble figura del Conde que es lo que se quiere perpetuar”. Señala el profesor Cano de Gardoqui que “Carretero concibió un proyecto caracterizado por su austeridad, lo que determinó al fin y a la postre su materialización, pero también una clara desproporción del pedestal y del inmenso espacio de la Plaza Mayor en detrimento de la solitaria figura del Conde”.

Boceto del Monumento
El 23 de enero de 1901 se tiene noticia de que Carretero había comenzado a esculpir la estatua: “El distinguido escultor señor Carretero, por encargo del Ayuntamiento de Valladolid, ha comenzado la estatua de Pedro Ansúrez, el fundador de la ciudad castellana. La tiene ya abocetada, en todo su tamaño, y el trabajo realizado hace esperar que el Sr. Carretero alcanzará un triunfo tan legítimo como el que ha obtenido con el monumento a Zorrilla. Dicho señor saldrá esta noche para Valladolid con objeto de recibir y comenzar las obras del panteón de vallisoletanos ilustres” (Diario oficial de avisos de Madrid. 23 de enero de 1901). En abril de ese mismo tenía previsto el haberla acabado: “Se encuentra en esta capital el laureado escultor don Aurelio Carretero, quien en el próximo mes de abril dejará terminada por completo la estatua del conde de Ansúrez” (Noticiero salmantino: diario imparcial de la tarde. Año IV. Número 1.100, 29 de marzo de 1901).
En este año de 1901 se aprobó su instalación en la Plaza Mayor, pero hubieron de transcurrir dos años más para su inauguración; retraso que se debió tanto a los problemas que surgieron respecto al suministro del bronce, como a los debates creados en torno a la autoría del pedestal, pues a pesar de que la memoria de Carretero contenía su proyecto, se apuntó en 1900 la posibilidad de que fuera el arquitecto municipal quien lo realizara. Respecto al bronce, había sido solicitado por el Ayuntamiento en marzo de 1901 al Ministerio de la Guerra. Habiendo sido denegado, es el mismo autor del Monumento el que se ofrece para donarlo. El Ayuntamiento en sesión del 19 de abril acepta y agradece esta donación y sólo un mes más tarde ya se están finalizando los trabajos de fundición.

Los problemas surgidos con el pedestal serán un poco más lentos de solucionar. En 1900 se apunta la posibilidad de que sea el Arquitecto Municipal quien lo realice, pero inmediatamente surge la oposición de algunos Concejales que sostienen que ambas cosas deben ser obra de un solo artista. En la Memoria del proyecto, Carretero, describe, juntamente con la concepción de la estatua, la del pedestal, para él proyecta “unos pilarotes que sujeten las cadenas propias de los puentes levadizos hasta la coronación almenada. En el frente la figura simbólica de Castilla narrando a unos niños la Historia del Conde, y los hechos de sus mayores; los laterales ostentan dos escudos orlados, ambos de laurel y roble, conteniendo el uno un castillo y el otro un cebú, reuniendo así gloria, firmeza, nobleza y fuerza”.
A pesar de ello este pedestal no será el que se realice ya que, el mismo Carretero, cuando en mayo de 1901, comunica la marcha de las tareas de fundición de la estatua, presente a la par las bases para la construcción del pedestal, incluyendo en la primera, junto a la indicación de hacerlo con piedra de Campaspero, el que se construya bajo el proyecto del Arquitecto Municipal. Especifica también que “la parte de adorno y talla será de hierro oxidado por ser más consistente y las columnas en lugar de piedra serán de mármol para darle más riqueza; la inscripción del frente y los lados las designará el Excmo. Ayuntamiento”.

El expediente de Agapito y Revilla para la construcción del pedestal se inicia en 1903, siendo aprobado su proyecto en febrero de este año. Unos meses más tarde el arquitecto solicita al Ayuntamiento que determine los relieves de la obra para encargar la remodelación de Aurelio Carretero; se aprueban los motivos indicados por el autor: en la parte de la acera de San Francisco, año de 1903 y una inscripción que pone: “La ciudad de Valladolid erige este monumento a la memoria de su protector y magnánimo bienhechor el Conde D. Pedro Ansúrez. Siglos XI-XII”, frente a la Casa Consistorial una placa con el escudo actual de la ciudad y en los costados dos relieves que presentan uno el acto conocido de la vida del conde de presentarse ante el rey, marido de doña Urraca con soga al cuello y otro representando las obras de la iglesia de Santa María la Mayor de Valladolid, con la torre de la Antigua al fondo; “ambas fundaciones más artísticas que hizo el Conde de esta villa”. En la realidad lo que destaca el primer relieve es la figura del Conde a caballo, (apenas si resalta el detalle de la soga) y en el segundo no se identifican por ningún rasgo las obras del fondo, apareciendo también el Conde en primer plano y en altorrelieve, revisando algo que parecen ser unos planos. Todos los relieves van firmados por su autor: “A. Carretero”.

El pedestal es de base cuadrada, pero adopta forma piramidal el basamento y el soporte de la estatua. El cuerpo principal lleva en sus esquinas columnas pareadas que apoyan capiteles vegetales de inspiración románica que a su vez sostienen arcos lobulados con escudos ladeados en su interior. Los cuatro frentes ostentan sendos relieves en bronce. En la parte de la acera de San Francisco, el relieve muestra un escudo coronado con el lema Año de 1903 y la inscripción dedicatoria del monumento: “La ciudad de Valladolid erige este monumento a la memoria de su protector y magnánimo bienhechor el Conde D. Pedro Ansúrez. Siglos XI-XII”, así como una figura femenina sentada. Frente a la Casa Consistorial, una placa con un escudo actual de la ciudad con hojas de recuerdos goticistas. Los dos relieves restantes narran escenas de la vida del Conde. Escenifica el primero la presentación de Ansúrez ante el Rey, montando a caballo y con soga al cuello. En el segundo debían figurar las obras de la iglesia de Santa María la Mayor con el perfil de la torre de la Antigua al fondo; no obstante, la escena de las obras no remite a un edificio en concreto, y el relieve se reduce a la figura del Conde en primer plano y en altorrelieve examinando lo que pueden ser unos planos; un cantero labrando a su derecha y una escalera tras la que puede verse un edificio en construcción.
La inauguración tuvo lugar a mediodía del 30 de diciembre de 1903. El periódico “El Imparcial” daba así noticia de aquel momento: “La comitiva trasladóse después a la plaza Mayor, para inaugurar la estatua del conde Ansúrez, fundador de Valladolid. Cuando la comitiva llegó a la plaza, en la acera de San Francisco y en los balcones de la plaza esperaba a presenciar la ceremonia un gentil inmenso. La estatua modelada por el escultor señor Carretero, se halla emplazada en el centro de la plaza, mirando hacia la calle de Santiago. El pedestal, obra del arquitecto municipal, Sr. Revilla, mide seis metros de altura, y le adornan cuatro bajo relieves, representando dos de ellos al conde Ansúrez en los principales episodios de su vida, y ostentando en los otros dos la dedicatoria y el escudo de Valladolid, respectivamente. Protege el monumento un jardincillo provisional con cerca de alambre. Al descubrirse la estatua a los acordes de la Marcha Real, apareció la efigie del Conde Ansúrez, en arrogante postura, traje guerrero y empuñando en la diestra mano el pendón de Castilla. Por desgracias de familia no ha podido asistir al acto el arquitecto Sr. Carretero. Repútanse los actos reseñados como un magnífico término de la gestión del Ayuntamiento, cuyo actual presidente Sr. Queipo, al cesar mañana en su cargo deja memoria tan grata entre los vallisoletanos, que solo puede compararse a la del inolvidable Miguel Íscar”.

Desde su inauguración, el entorno del monumento ha sufrido diversas reformas paralelas a las de la Plaza. En 1906 se colocó una verja de hierro dulce que lo acotaba, pero fue sustituida más tarde por unos jardincillos que rodeaban la estatua, a su vez suprimidos en fecha reciente. En 1991, estatua y pedestal fueron sometidos a un cuidadoso proceso de limpieza y restauración por parte de la empresa E. Capa S.A.A, bajo la supervisión de la Dirección General de Patrimonio y Promoción Cultural.
El Conde Ansúrez es una escultura trazada con líneas vigorosas. Tiene una sencilla concepción, apenas hay elementos que distraen su observación. Viste a la usanza de la época de Alfonso VI y va armado con espada y escudo. Se trata de una figura retórica, muy didáctica en el sentido del narrativismo decimonónico, con el cuerpo echado hacia atrás y la pierna derecha algo adelantada. Porta en la mano derecha el pendón de Castilla, mientras que con la izquierda mantiene enrollado el documento de fundación. La figura es reposada y tranquila, con el pendón castellano en una mano y recogiendo con la otra el manto condal, signo de nobleza. En líneas generales el Monumento resultará discreto y a nuestro parecer excesivamente sencillo en orden a la importancia que el personaje representado tuvo para Valladolid.

El modelo del Conde Ansúrez tuvo mucho éxito, tal fue así que Carretero regaló sendas copias en miniatura al rey Alfonso XIII (“El escultor Sr. Carretero regaló al Rey un proyecto y modelo de la estatua del conde Ansúrez, que se inaugurará durante la próxima feria”) y al Museo de Arte Moderno de Madrid (“Real orden disponiendo se acepte, con destino al Museo de Arte Moderno, la estatua titulada D. Pedro Ansúrez, de D. Aurelio R. V. Carretero”).

Ya en el pedestal, en sus cuatro lados figuran relieves en bronce. El 1º es un escudo de Valladolid con hojas de recuerdos goticistas. El 2º es un escudo coronado que tiene una banda con la leyenda “Año de 1903”; en la parte baja figura la dedicación del monumento: “La ciudad Valladolid erige este monumento a la memoria de su protector y magnánimo bienhechor el Conde D. Pedro Ansúrez. Siglos XI-XII” y una figura femenina sentada con ropajes semitransparentes. El 3º representa el momento en que Ansúrez se presenta al Rey con una soga al cuello, apenas perceptible en el relieve, en el que destaca la movida postura del caballo montado por el conde. Y en el 4º se estipulaba que figuraran las obras del templo de Santa María y al fondo la torre de la Antigua, aunque en la realidad quedó reducido a una escena de obras en la que, en primer plano, aparece Ansúrez contemplando lo que pueden ser unos planos y a la derecha un cantero labrando; en el lado opuesto, una escalera que indica el fondo en el que parece verse un edificio en obras.


BIBLIOGRAFÍA
  • CANO DE GARDOQUI, José Luis: La escultura pública en la ciudad de Valladolid, Universidad de Valladolid, 2000.
  • VIRGILI BLANQUET, María Antonia: Desarrollo urbanístico y arquitectónico de Valladolid (1851-1936), Ayuntamiento de Valladolid, Valladolid, 1979.

viernes, 18 de septiembre de 2015

EXPOSICIÓN: ÁLVARO DELGADO. Fabulador del Hombre


Durante todo el mes de septiembre tenemos la suerte de contar en la Sala de Exposiciones de la Diputación de Valladolid (Palacio de Pimentel) con una muestra de uno de los pintores españoles más destacados de la segunda mitad del siglo XX y también de la actualidad. Por suerte, aunque se trata de un pintor de avanzadísima edad, sigue produciendo obra y con unas cotas de calidad bastante altas como podréis comprobar dado que la mayoría de la obra es de estos últimos años.

El pintor en cuestión es el madrileño Álvaro Delgado, cuya obra ha estado expuesta en nuestra ciudad en numerosas ocasiones. Como podréis comprobar, se trata de un pintor que conjuga en sus obras un fuerte expresionismo y un maravilloso uso del color. A veces sus cuadros parecen sinfonías de color, en los cuales el tema es una mera excusa para desplegar las más diversas tonalidades, no le asusta ningún color. Magníficos ejemplos de esto son los cuadros titulados Leda (2014), Mendigo carolingio (1991) o Pelayo con el Rey (2014). En la primera de las tres obras citadas es impresionante la manera de incluir fuertes morados y verdes fosforitos sin que desentonen en absoluto. Sinceramente, es de esos pocos pintores actuales de los que me encantaría poseer un cuadro, sus colores me transmiten optimismo y luz.

Leda (2014)
Mendigo carolingio (1991)
En cuanto a los retratos propiamente dichos, los cuales se hayan todos ellos agrupados en una especie de “muro” de grandes figuras del siglo XX, solo se puede decir una cosa: con pocos trazos, a su manera, logra captar perfectamente el físico y la psicología de sus personajes. No se equivocan los que dijeron de Delgado que es uno de los renovadores del género del retrato en España.

Felipe II (2015)
Dalí (2014)
Picasso con gato (2012)
Stalin (2010)
Gadafi (2013)
Si os interesa esta exposición podéis leer una visión más personal en el blog amigo “La Manzana de la Discordia", realizado por Noelia, una gran historiadora del arte.
A continuación, se inserta el texto con el que se publicita la exposición en su folleto. Finalmente, hablaremos brevemente del pintor y de su estilo, cuyo grueso ha sido extraído de Wikipedia. Nadie la nombra y casi todos la utilizamos cuando no tenemos otra fuente.
Álvaro Delgado regresa de nuevo a Valladolid para mostrar su trazo nervioso que se convierte en el silencio que vive en los espacios de Castilla, su rompedor carácter que exagera los rasgos físicos y el alma de sus retratos.
Ocho años después, la Sala de Exposiciones del Palacio de Pimentel vuelve a encontrarse con esa visión tan particular del arte que Álvaro Delgado viene desarrollando desde hace más de 75 años y que se podría resumir en sólo tres premisas: la lucha antiacademicista, la renovación del arte sin romper con la tradición y un acercamiento permanente a las nuevas formas de expresión, aunque manteniéndose siempre en continua evolución dentro de las diferentes corrientes de la figuración expresionista.
Pero además, en su obra, hay otra constante permanente. Pese a su gran diversidad temática, siempre muestra una corriente humanística que se convierte en el denominador común que unifica y da coherencia a su obra y a los diferentes géneros que aborda.
Es por ello que dentro de su obra destaca, sobre todo, el retrato, con el que bucea dentro del ser humano para descubrir sus inquietudes, su tiempo, sus menajes. El artista es, en el fondo, cómplice de sus personajes, del ser humano en general, lo que le permite mostrar todos los matices del hombre. Y son esa complicidad y la profundidad de su mensaje las que hacen de Álvaro Delgado un referente imprescindible en la pintura española del último siglo”.

BIOGRAFÍA
Álvaro Delgado Ramos nació el 9 de junio de 1922 en Madrid. A pesar de estar más interesado en la figura y el retrato que en el paisaje, se acercó al grupo de pintores conocidos como segunda Escuela de Vallecas, reunidos por Benjamín Palencia y Francisco San José, embrión de la Escuela de Madrid, de la que también formó parte, como protagonista e impulsor.
Pintor de paisajes, bodegones y especialmente retratos de un amplio círculo de pintores, críticos de arte y personalidades de la vida cultural española, o de monografías temáticas como sus series sobre Los fusilamientos del tres de mayo de Goya (1960), o los campesinos de La Olmeda. Con un trazo nervioso y fuertemente expresionista, Delgado exagera los rasgos físicos y el alma del personaje. El género del retrato fue tan decisivo para él que le dedicaría su discurso de ingreso en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en 1974. El haber pertenecido a la Escuela de Madrid, que supuso una rebeldía contra los academicistas, se interpretó en los primeros años de la transición como haber estado comprometido con el franquismo. Todo lo contrario.
Inició estudios de comercio, en los primeros meses de 1936, en la Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País, pero al estallar la Guerra Civil se vio obligado abandonarlos para trabajar en los almacenes donde su padre era encargado.

Ramirense con pájaro (2007)
Ramiro I (2000)
Camino de Luarca (2014)
Al conocer que comienzan las clases de la escuela de Artes y Oficios, se matriculó en dibujo de estatua, disciplina en la que obtendría el Premio Extraordinario. Posteriormente, se matriculó en la Escuela Superior de Bellas Artes de Madrid y entre 1937 y 1939 asistió a los cursos libres que impartía Daniel Vázquez Díaz, del que tomará su admiración por las nuevas corrientes pictóricas que en ese momento venían de París, en particular el cubismo, presente en su primera etapa.
Los estudios realizados durante la contienda no le fueron convalidados, por lo que Álvaro Delgado tuvo que realizar una prueba de ingreso en la Escuela de San Fernando, la cual no superó. En el examen teórico había sostenido que el Greco era mejor que Velázquez, algo imperdonable en la Academia, en ese momento. Pero él consideró que también tuvo importancia su procedencia de una familia comprometida con la causa republicana.
Entre 1939-1942 reanuda junto a Benjamín Palencia la Escuela de Vallecas. Esta experiencia cobra una importancia vital en la trayectoria artística de Álvaro Delgado, como refugio, impulso y continuidad en su formación una vez paralizados los estudios junto a Vázquez Díaz. Acompañaban a Álvaro Delgado, Gregorio del Olmo, Francisco San José, Carlos Pascual de Lara y Enrique Núñez Castelo. Estos jóvenes vieron en Benjamín Palencia la persona indicada para guiar sus pasos, puesto que ya había sentido junto al escultor Alberto Sánchez, durante la República, los mismos deseos de renovación artística. Benjamín Palencia en 1939 intentaba evitar que los postulados de la primera experiencia vallecana se perdieran, salvando así el vacío de la Guerra. Sus seguidores buscaban la liberación de la ciudad, y el campo se les presentaba como el paraíso perdido. Allí entraban en contacto directo con el hombre y la tierra que les suministraba temas, y motivos. El paisaje castellano se constituye en eje entorno al cual giran las ideas que van hacer posible la renovación del arte, con una clara intención antiacademicista y una apuesta por las aportaciones vanguardistas, en particular el cubismo, la pintura matérica y el fauvismo.

Mendigo ramirense con búho (1997)
Paisaje de la Braña (2004)
Álvaro Delgado abandona la aventura vallecana en 1942. En 1945 realiza su primera exposición individual en la Galería Clan. En el mes de noviembre de este mismo año, Álvaro Delgado participa en la “Exposición de la Joven Escuela madrileña” en la Galería Buchholz, origen de la Tercera Escuela de Madrid. Tres son los maestros reconocidos unánimemente por críticos, historiadores y artistas: Vázquez Díaz, Benjamín Palencia y Pancho Cossío, a los que muchos suman a Gutiérrez Solana. De ellos aprendieron más que un estilo, la manera de enfrentarse al arte con una nueva visión. Vázquez Díaz y Benjamín Palencia coincidían en un marcado antiacademicismo, amor a la tradición y en su interés por las vanguardias. De Cossío aprendieron la importancia de la técnica en la pintura y la sensualidad con que trataba la materia, tratamiento con el que podían conseguir diversos efectos, entre ellos el sentido intimista, dotando a sus obras de un particular lirismo. Finalmente, de Solana toman la tendencia hacia la monocromía. Todas estas enseñanzas constituyen los pilares sobre los que se asienta “La Joven Escuela de Madrid”. Las influencias de estos maestros, que con el tiempo se dejan ver claramente, en principio no lo eran tanto ya que el grupo presentaba un panorama muy heterogéneo y ecléctico.
El año 1947 fue emblemático para Álvaro Delgado. El impulso vendría de la mano de Eduardo Llosent, director del Museo de Arte Moderno, quien le presentó en el IV Salón de los Once, de la Academia Breve de Crítica de Arte y le abrió las puertas para que realizara una exposición individual en el Museo de Arte Moderno que se celebraría del nueve al veinticuatro de junio del mismo año.
En 1949 fue becario del Gobierno Francés en París. Vivió en la Rue Mazarine, nº 9, barrio de Saint Germain, en el estudio del pintor Marcel Bouissou. Allí, se dejó conquistar por Picasso, y se acrecentó su interés Rouault, Derain y Cézanne.

Músico del renacimiento (2010)
La década de los cincuenta supuso Álvaro Delgado el reconocimiento de su obra no sólo a nivel nacional sino también internacional. En 1950 repitió exposición en el Museo Nacional de Arte Moderno. A partir del verano de 1955 se instaló en Navia, donde pasó con frecuencia largas temporadas. Ese mismo año obtuvo el Gran Premio de pintura en la Bienal de Arte del Mediterráneo en Alejandría por la obra Bodegón (Taberne). A la Bienal se habían presentado artistas de la talla de Derain, Chagall y Dufy.
En la década de los sesenta, Álvaro Delgado alternó su actividad entre Asturias y Madrid. Los éxitos obtenidos le afirmaban en su postura figurativa, ahora plenamente expresionista y de fuertes raíces hispánicas. Parte de vivencias personales que se han ido gestando en su interior -La Guerra Civil española, la posguerra, la Segunda Guerra Mundial- y que necesita exteriorizar, por eso su actitud va a ser de protesta y su pintura una especie de rebelión frente a la violencia.
En 1960 obtuvo una Beca de la Fundación March que había solicitado para realizar cuadros de gran formato sobre la obra de Goya que toma como referente y recrea Los fusilamientos del dos de Mayo.
En 1965, Álvaro Delgado se establece en la Villa de la Olmeda de las Fuentes (Madrid). Para el artista supondría una fuente inagotable de inspiración, que le ayudó a afianzarse en un expresionismo que venía proyectando desde inicios de la década.

Eros y Thanatos (2013)
Judith y los viejos (2013)
En 1968 expone en Nueva York, en la Galería Barbisson y en Barcelona, en la Sala de Conciertos y el Camarote Granados, del Hotel Manila. La muestra marca la línea ascendente en el tema del retrato. Otro acontecimiento potenciaría su éxito en este género. A través de una llamada del Ministerio de Asuntos Exteriores se le propuso hacer un retrato de Haile Selassie, Emperador de Etiopía. El artista aceptó entusiasmado, trasladándose a Mallorca donde se alojaba. Álvaro Delgado realizó sobre este personaje 5 dibujos y 4 óleos que supusieron un gran impulso para su carrera. A partir de este momento, el Cuerpo Diplomático y el Gobierno le hacen encargos y así comienza su época de retratos oficiales y aparece como indiscutible en este campo.
En 1970 presenta en Madrid, en la Galería Richelieu, una exposición monográfica de retratos. Hombres de negocios, políticos, intelectuales, religiosos, entre otros, entran a formar parte de su dossier. En 1971 expone en Madrid en el Museo Español de Arte Contemporáneo "La crónica de La Olmeda". En 1973 ingresa, como miembro de número, en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Lee su discurso el 16 de julio de 1974 bajo el título "El retrato como aventura polémica". Este mismo año expone en Madrid, en el Club Urbis "30 retratos" que marcan, sin lugar a duda, un hito en el retrato español del siglo XX. En 1974 presenta en Madrid, en la Galería Columela, su apostolado, “Doce hombres de la Olmeda”, el Cristo y “La Guerra”. El artista ahora profundiza en el conocimiento del hombre al que ve como un ser enigmático y contradictorio. Haciendo suya la pregunta del grabado de Goya "¿Por qué?”, se cuestiona ¿Por qué el hombre tiene que construir su historia matando, torturando, humillándolo o destruyendo al prójimo?
Álvaro Delgado, tras instalarse en La Olmeda, continúa visitando esporádicamente Navia. En 1975 sus habitantes quisieron agradecerle la labor divulgativa nombrándole "Hijo Adoptivo". Desde este momento tanto su vida, como su obra se desdobla entre ambos lugares. Entrado el S. XXI la labor de Álvaro Delgado sigue siendo reconocida con premios y distinciones. Su obra se expone dentro y fuera de España. En el 2002 recibe la Medalla de Honor de la Real Academia de Bellas Artes Santa Isabel de Hungría de Sevilla. En el 2003 es seleccionado por el Ministerio de Asuntos Exteriores dentro del programa “Arte español para el Exterior” y recorrerá, desde Valladolid, con su serie “¿Por qué?” varios países americanos durante el 2004: Museo Alejandro Otero de Caracas (Venezuela). Sala de Exposiciones del Malecón 2000 de Guayaquil (Ecuador); Museo Nacional de Ecuador en Quito. Y en el 2005 en Spanish Institute, Nueva York (USA). En el 2009 recibe el Homenaje a “La Antigüedad Académica” de la Real Academia de San Fernando y en el 2011 expone en la Fundación Díaz Caneja, como homenaje a este artista, compañero y amigo.

Tañedora de gaita (2013)
Cisneros (2014)

ESTILO
El centro de la obra de Delgado es el retrato, justamente la temática que aborda la presente exposición. El pintor presenta al hombre de forma individual, como reto y aventura, y de forma anónima, expresando toda su problemática, en las figuras. Álvaro Delgado renueva el tema del retrato, tradicional en el arte español, liberándole de la sumisión al modelo y de las limitaciones que imponía el ideal clásico, para centrarse en el estudio psicológico de sus personajes. En sus lienzos ha inmortalizado desde las personas más próximas, a las más altas esferas del poder.
En general, su pintura destaca por un fuerte dominio de la técnica, en la que se impone la estructura cubista, el valor gestual y la fuerza del color. Aunque Álvaro Delgado también es muy reconocido por su renovación temática, en particular la del género del retrato. Así como por su fuerte personalidad dentro de las corrientes expresionistas. Y es que en la trayectoria artística de Delgado, que se debate entre la figuración y la abstracción, el expresionismo siempre ha estado presente, tanto por su pensamiento comprometido como por su carácter vitalista.

Mendigo carolingio tocanto la armónica (1992)
El caballero (1998)
Entre 1957-1968 se acerca al expresionismo. Éste se le presenta como solución, frente al triunfo de la abstracción, permitiéndole mantenerse fiel a sus principios figurativos, enlazar con la tradición y conectar arte y vida. De 1970-1980, Álvaro Delgado alcanza su madurez estilística. Podemos hablar de expresionismo pleno, tanto en las formas como en el contenido. Gaya Nuño le incluye en la figuración desfigurada, entendiendo como tal aquella figuración que está muy próxima a la abstracción. Efectivamente, la forma de hacer deshaciendo, de dibujar pintando y pintar dibujando se impone como nota distintiva en su estilo. En los bodegones es donde mejor se aprecia la distorsión expresionista: los objetos se amontonan, se entrelazan, o se superponen, parecen perderse en un aparente caos, pero las rígidas estructuras geométricas se imponen a base de unos trazos maestros, que dirigen y ordenan la composición. Entre 1980-1987 la figuración expresionista de Álvaro Delgado pone su acento en el aspecto cromático. La gama castellana asciende hasta los tonos rojos que, colocados junto a los verdes, actúan como complementarios potenciando la luminosidad y el dramatismo. El negro se interpone entre el fondo y las figuras.
En los últimos años, Álvaro Delgado sigue tensando la cuerda de la figuración dando un paso más en su trayectoria expresionista que se manifiesta en una libertad absoluta en cuanto al uso del gesto y el color que llegan adquirir autonomía propia. El tema o el motivo pasan a un segundo plano, dejándose intuir por la carga emocional del color o el ritmo de las líneas que el artista deja reducidos a sus esencias. No obstante, también se aprecia de nuevo un deseo de regresar a formas más hechas, a una revalorización del vacío, en suma, a una depuración.

Pelayo con el Rey (2014)
Campesino estupefacto (2013)


Información de utilidad:
Sala de Exposiciones Palacio de Pimentel
Del 1 al 30 de septiembre de 2015
Calle Angustias, 44. Valladolid
Laborables de 12 a 14 h. y de 19 a 21 h. Lunes cerrado
Domingos y festivos de 12 a 14 h y de 19 a 21 h.
Visitas guiadas: Jueves, Viernes y Sábado a las 19:30 h.