viernes, 25 de noviembre de 2011

MONUMENTOS DESAPARECIDOS: La Puerta del Campo o Arco de Santiago


La Puerta del Campo fue elemento urbanístico de capital importancia para la historia del Campo Grande. Situada en la calle de Santiago, en su confluencia con las actuales de Doctrinos, entonces de la Boariza, y Claudio Moyano, en otros tiempos Alfareros, recibió su nombre del Campo al que daba acceso; pero, al mismo tiempo, su presencia caracterizó todo el lugar. Al menos hasta el siglo XVIII, todo el entorno del Campo Grande fue conocido con el nombre genérico de “Puerta del Campo, afueras de la Puerta del Campo, etc…".

La puerta se sitúa allí en el primer tercio del siglo XIV, cuando la segunda muralla de la ciudad alcanza esa latitud por el lado sur. Las primeras noticias sobre su existencia proceden de la Crónica de Alfonso XI, que menciona la Puerta y puente del Campo. A ella llegaban todos los caminos del sur y por ella se salía de la ciudad, a través de la calle de Santiago, vía de importancia creciente en la vida urbana y que se dividía entonces en dos tramos con denominación diferente: “Santiago”, desde la Plaza Mayor hasta el cruce con la calle de Zúñiga, y “del Campo”, desde la calle Zúñiga hasta la misma Puerta.
No existieron hasta el siglo XV fuera de ella construcciones dignas de mención, tan sólo huertas y tierras de labranza. La Puerta era verdadero límite de la ciudad y poseía además un carácter defensivo. Era junto con la situada en el Puente Mayor, una de las dos principales de la villa, lo cual se justifica por su inmediata situación junto al Camino de Madrid. Esta circunstancia determinaría que ya desde el filo del siglo XVI desempeñara una actividad fundamental como lugar de recepción de personajes ilustres. Por esta época ya existían diversas edificaciones fuera de la muralla, incluso una fuente pública. Con el tiempo, la Puerta perdió su carácter de barrera, de límite de ciudad, para quedar reducida a la importante función honorífica y decorativa.
Es probable que la primera puerta, almenada y torreada, se mantuviera hasta mediados del siglo XVI. Al parecer, en ese momento se hizo una reforma en la zona que debió alcanzar también a la Puerta. Pudo ser una remodelación puramente urbanística de lugar, al que se dotaría de una mayor amplitud, o quizás se tratara de una transformación arquitectónica de la propia puerta, que perdería entonces su aspecto defensivo medieval. Según informaba un corregidor, en la segunda mitad del siglo XVI, no existía ya ninguna torre en la cerca.

Localización de la Puerta del Campo según el mapa de Diego Pérez (1787)
No se vuelve a saber nada de la Puerta hasta 1565, momento en que, con motivo del paso por Valladolid de la Reina Isabel de Valois, esposa de Felipe II, camino de Francia para entrevistarse con su madre Catalina de Médicis, la ciudad hizo grandes agasajos entre los que destacó el adorno y  decoración de la dicha Puerta del Campoo, lugar en donde debía realizarse la recepción oficial en la ciudad según era costumbre. En esta ocasión las obras fueron importantes desde el punto de vista decorativo, alcanzando el más alto interés por la participación en ella de Juan de Juni. El arco decorativo de la Puerta del Campo, no fue un arco erigido de nueva planta, sino una fábrica de madera y otros materiales con la que se la recubrió por sus dos caras, añadiendo además un cuerpo de altura y dos corredores laterales que enmarcaban su fachada sur, que miraba al Campo Grande. La arquitectura seguiría, según Martín González “líneas de inspiración escurialenses, con el empleo de pirámides y bolas”. Todo el conjunto se recubrió por pinturas, dispuestas sobre los vacíos destinados a ellas o bien sobre las paredes, obra de los pintores Benito Rabuyate, Mateo Espinosa y Antonio de Ávila. Las pinturas además de representar a los Reyes y a otros miembros de la familia real, representaban temas mitológicos, alegóricos e incluso alusivos a la villa. La reina hizo su entrada en la ciudad el 3 de mayo de dicho año 1565. Son numerosos los relatos que existen sobre este acontecimiento. Por uno de ellos sabemos que “las 42 ventanas colaterales de un arco que se levantó en la puerta del Campo estuvieron pobladas de músicos que al pasar la Reina tañeron todas arpas, vihuelas de arco, dulzainas y otros muchos instrumentos”.
Pasados los festejos el arco no se desmontó inmediatamente, El 16 de mayo se formó una comisión “para que hagan vender los lienzos y despojos del arco de la Puerta del Campo”, pero el 2 de julio todavía se daba orden de “que se vendan los lienzos que están en la Puerta del Campo en el arco de ella, y la clavazón y madera de dicho arco”.
Más de veinte años después, en 1589, volvemos a tener noticias de la puerta por motivo muy similar. Esta vez se esperaba en la ciudad a Felipe II, y entre agasajos y mejoras que se dispusieron se acordó “que la puerta del Campo se aderece atento a que el remate y el tejado de ella está muy feo y se haga un remate como mejor pareciere a Diego de Praves, maestro mayor de las obras de esta villa”. En 1592, ante el viaje del propio Felipe II, que sería el último que hiciera a Valladolid, se mandó aderezar de nuevo la Puerta del Campo y “quitar los letreros que tiene y poner otros y pintarlos”. En este momento ya aparece la Puerta con la dedicación que tendrá en adelante y que será característica del Arco de Santiago, la de servir de elemento decorativo, arco triunfal y gran cartel que se decora una y otra vez con pinturas y leyendas alusivas a las glorias el monarca reinante.
Para la historia de la Puerta del Campo fue muy importante el primer tercio del siglo XVII. Algunos historiadores locales afirman que la Puerta desapareció cuando dejó de tener vigencia la segunda cerca de la ciudad, siendo sustituida por el Arco de Santiago, erigido en su mismo lugar, en 1626, por Francisco de Praves. En mayo de 1628 se formó una comisión “para aderezar y  reparar el arco y torrecilla del de la Puerta del Campo”. Las reparaciones debieron ser de poca entidad pues en septiembre estaban acabadas, por fin el 20 de noviembre se encomienda a Francisco de Praves –regidor de la ciudad desde aquél mismo año– “que tantee lo que podía costar el hacer dos imágenes y ponerlas para que estén con toda decencia y ornato en el Arco de la Puerta del Campo, la una al Campo, la otra a la calle del, y que han de ser la una de la Resurrección de Nuestro Señor y la otra de Nuestra Señora de la Concepción”. No hay constancia de que estas imágenes llegaran a hacerse, pero la noticia tiene interés por cuanto es la única vez en que se documenta el nombre de Francisco de Praves unido al Arco. Indica, además, que ya en esta fecha el Arco debía tener la disposición que luego mantendrá, con su lugar reservado para colocar imágenes en sus dos fachadas.
Escultura de San Miguel de la Puerta de Santiago. Iglesia de Santiago
En 1655 se decidió adornar el arco mediante dos lienzos con los retratos de Nuestra Señora de San Lorenzo y el Arcángel San Miguel, los cuales estarían acabados el 3 de abril de 1656. Desde este momento, las imágenes de la Virgen de San Lorenzo y del Arcángel San Miguel serían las permanentes guardas y ornatos del Arco –ahora en lienzo, más tarde en bulto– hasta su derribo. Es muy posible que las pinturas ocuparan la misma disposición que luego tuvieron las esculturas, sobre el ático del edificio, la Virgen en la fachada norte y el Arcángel en la sur, mirando hacia el Campo.
Durante las décadas siguientes se fueron colocando a lo largo de arco diferentes retratos de los monarcas que fueron reinando. Por ejemplo en 1690 se pintaron los retratos de Carlos II y su esposa Mariana de Neoburgo, los cuales fueron sustituidos en 1707 por los retratos ecuestres de Felipe V y María Luisa de Saboya.
Virgen de San Lorenzo. Un retrato suyo presidió una de las caras de la Puerta del Campo
De la apariencia que el Arco tuvo durante el siglo XVIII poseemos dos testimonios gráficos debidos al pintor y grabador Diego Pérez Martínez, fechable hacia 1759 el primero y después de 1788 el segundo. La apariencia del Arco en uno y en otro dibujo no difiere en las líneas fundamentales de su arquitectura, pero sí en su decoración. En el primero el Arco aparece profusamente decorado con placas recortadas y abundantes bajorrelieves o yeserías de estilo barroco. Sobre la clave del Arco figura una especie de mascarón, adornado con guirnaldas que se conservará aunque ligeramente transformado. El ático, flanqueado con balaustres, grandes aletones y pirámides, y rematado con un frontón decorado con un estuco, alberga una escultura, quizá la de San Miguel, aunque no puede apreciarse. El en segundo dibujo se aprecia que la decoración del arco era mucho más severa, persistiendo algunos adornos de placas rehundidas en el primer cuerpo de las pilastras. La guirnalda que adorna su clave y enjutas es la misma que se mantendrá hasta que el Arco sea derribado. Es indudable que entre ambas fechas el Arco fue objeto de una reforma que adecuó su aspecto a las nuevas corrientes neoclásicas, sin que se sepa el año en que se llevo a cabo, aunque bien pudo ser en 1774, año en que el maestro de obras de la ciudad, Francisco Pellón, reconoció el Arco por mandato del corregidor. Durante el resto del siglo XVIII se sucedieron los reparos, ya en el siglo XIX la tónica de las obras varía, puesto que se hacen menos frecuentes pero más completas.
En 1858, con motivo de la visita de Isabel II y la real familia a Valladolid, se estuco el Arco, que se decoró además con escudos e inscripciones alusivos a los hijos gloriosos de Valladolid y a los monarcas españoles que habían llevado el nombre de Alfonso. En 1861 Isabel II realizaría una nueva visita, siendo esta quizá la última ocasión en que el Arco fue decorado para festejar un acontecimiento semejante. Su situación a la salida de la calle Santiago, cuyo tráfico había aumentado considerablemente, sobre todo a partir de la inauguración del ferrocarril, y el hecho de que el Arco se ciñese a las paredes colindantes cubriendo toda la anchura de la calle y reduciendo el paso a tan sólo su luz, iban a ser la causa de su desaparición. Además, se estudiaba en esos años una nueva alineación de las calles de esta zona –Alfareros concretamente–  y dentro de ella se consideraba la posibilidad de la demolición del Arco.
En los primeros meses de 1864 se clama de nuevo por el derribo diciendo que “No hay nada más detestable y de peor aspecto que este celebérrimo monumento”. En junio se aprobó su demolición y las condiciones de ésta.
El problema de las imágenes instaladlas en la capilla del Arco se solucionó con una comunicación del Municipio al Arzobispo para que se hiciera cargo de ellas. El Arzobispo encargó de ello al párroco de Santiago. De la imagen de la Virgen, que debía ser pequeña, nada conocemos. García-Valladolid dice que la conservó un particular. En cuanto a la del Arcángel San Miguel, el mismo cronista refiere que se instaló en la iglesia de Santiago, en la capilla del Baptisterio. En el año 2013 cambio de ubicación, encontrándose en la actualidad en el coro, aunque se ve desde la nave de la iglesia. lugar en el que se encuentra en la actualidad. Finalmente, el 29 de agosto de 1864, comenzó el derribo del Arco y el 14 de septiembre era sólo historia. 
El testimonio quizás más veraz, o acaso el más explicito acerca de la última apariencia del Arco de Santiago es el que proporciona Antonio Villar y Miguel en 1888: “… El Arco de Santiago era esbelto en sus proporciones y elegantes en su decoración: los materiales, ladrillos ordinarios, revestido de yeso y revocado con fajas de colores, molduras y mascarones por ambos lados: los qe formaban la clave del Arco por una y otra fachada simulaban sostener unas guirnaldas de hojas, flores y frutos, bastante bien modeladas en yeso, que iban a parar a otros mascarones que había en los extremos debajo de unas ménsulas desde donde pendían hasta muy cerca de la imposta o cornisa, que coronado los pilastrones de ambos lados servía de punto de arranque del arco. Tendría éste unos 7 metros de luz entre muros por 15 de elevación y la bóveda se hallaba decorada figurando casetones cuadrangulares. Encima del Arco y su cornisamento, figurando un segundo cuerpo había una especie de capilla con su correspondiente balcón a la calle y en ella se veneraba una imagen de la Virgen que representaba la Patrona de la ciudad y que cuando el derribo fue trasladada a la parroquia de Santiago igualmente que la del Arcángel San Miguel, patrón entonces de la ciudad hasta que fue reemplazado por San Pedro Regalado en el siglo anterior…”.

BIBLIOGRAFÍA
  • FERNÁNDEZ DEL HOYO, María Antonia: “Desarrollo urbano y proceso histórico del Campo Grande de Valladolid”, Ayuntamiento de Valladolid, Valladolid, 1981

miércoles, 28 de septiembre de 2011

MONUMENTOS DESAPARECIDOS: La Puerta del Carmen o de Madrid


Sobre el solar de la primitiva Puerta del Carmen o de Puente Duero, erigida a mediados del siglo XVII, se levantó durante el reinado de Carlos III una nueva puerta monumental que, por su situación, fue conocida indistintamente con los nombres de “Puertas del Carmen” o “Puertas de Madrid”. En menos ocasiones se la mencionó como “Puerta del Campo” o “Puerta del Campo Grande”, confundiéndose de esta manera con el Arco de Santiago, situado a comienzo de esa calle. Su situación en la actualidad sería en el Paseo Zorrilla a la altura del antiguo Hospital Militar.

Las primeras noticias acerca de su construcción datan de 1758, fecha en la que los Libros de Actas municipales recogen las primeras gestiones encaminadas a edificar una puerta, contigua al Convento del Carmen Calzado, correspondiente a lo que se merecía esta ciudad, con sus casas de registro, dado que la que existía allí entonces se encontraba en muy mal estado. Sería el gremio del vino, según costumbre, el encargo de costear la obra, para la que había adelantado ya 100 doblones. En octubre de ese año había comenzado ya el señalamiento de línea, puesto que se solicitaba permiso para cortar el Pinar de Antequera 150 machones de 18 pies (3,78 m.) necesarios “para la obra que se está trazando en las Puertas del Carmen".

Puertas del Carmen. No recuerdo de donde la tomé, créditos a quien corresponda
Situación de la Puerta de Madrid según el plano de Ventura Seco (1738)
Situación de donde estaría la Puerta de Madrid en la actualidad. Según la web www.valladolidweb.es
Desde este momento hasta 1774 hay absoluto silencio acerca de la marcha de estos trabajos, por lo que debió existir una paralización en los mismos. En esta fecha los Procuradores del Común de Valladolid solicitaron de la Hacienda Real se les concediera, “para continuar la obra de la Puerta que dice del Campo Grande, ciertas porciones de ladrillo y piedra de que están revestidas las paredes interiores de dos antiguos pozos que hay fuera de la ciudad y sirvieron para encerrar nieve” y que se consideraban de propiedad real.
De nuevo se produce el silencio hasta 1776. En agosto de este año, por una cuestión de pagos, aparece por primera vez el nombre del autor de la obra. Se trata de Anacleto Tejeiro, maestro de obras, “con quien se remató la de los Arcos de la Puerta el Carmen”. El Concejo debía tener dificultades para financiar la prosecución de la obra, porque los Diputados y Procuradores del Común solicitaron permiso para aplicar el producto de las Comedias “en las dos temporadas de Pascua de Resurrección de este año hasta la Cuaresma del próximo, a fin de concluir la obra principiada de la Puerta del Carmen”.

Aunque los problemas financieros parece que se solucionaron y la obra prosiguió su marcha, dos años más tarde, en abril de 1778, se plantearon otros de índole técnica. El Municipio no debía estar satisfecho de la labor de Tejeiro porque encargó a los arquitectos Francisco Álvarez Benavides y Pedro González Ortiz que reconocieran la obra de la puerta. Su informe fue desfavorable pues consideraron que “la mayor parte de la fábrica que tiene asentada se halla sin arreglo al proyecto, por no haber hecho montea general”, instándose a que la hiciera, “de la misma magnitud que ha de quedar la obra”. Se ignora si Tejeiro se ajustó a lo indicado.

Situación de la Puerta de Madrid en el plano de Diego Pérez (1787)
En junio de 1779 notificó el ayuntamiento “que sólo faltaba para la conclusión de la obra de la Puerta del Campo el poner la suscripción”. En vista de ello el Ayuntamiento decidió un nuevo reconocimiento, que fue realizado también por Francisco Álvarez Benavides, acompañado ahora por el arquitecto Juan Manuel Rodríguez. Sus declaraciones fueron discordantes y hubo de acudirse a un tercero, Juan de Sagarvinaga, “maestro arquitecto de los Reales Cuarteles de Medina del Campo”. Se debió de aceptar la obra después de escuchar a los tres peritos, ya que la inscripción de la puerta se consignó el año de 1780 como fecha de su terminación. Todavía en abril de 1781 hubo una última declaración de dos maestros de obras, Manuel Rodríguez y Gabriel Mozo, que informaron favorablemente acerca de la construcción, por lo que recomendaron se pagase “al dicho Anacleto el resto que alcanza en la obra principal y accesoria”.
En enero de aquel año estaban hechas las puertas de madera que habían de cerrar los arcos pero faltaba colocar los sillares sobre los que debían jugar y también “la coronación y adorno que es preciso sobre ellas”. Fue Juan Abella, maestro carpintero, quien hizo la obra de madera, reconocida por el citado Manuel Rodríguez. En abril se mencionada a José Miguel, pintor, que pide 447 reales “por haber pintado las Puertas del Carmen”, y a José Terán, maestro herrero, “por la obra ejecutada” en ella. Nada se dice sin embargo, del maestro que llevó a cabo la parte escultórica, tan importante por otra parte. Así se concluye la construcción. La inscripción se hará en letras fondeadas rellenas de betún negro para que se pueda percibir con toda nitidez.
Ya en el siglo XIX, en 1808 según los cronistas, se sustituyeron las puertas de madera de los tres arcos, por verjas de hierro dulce procedentes del Convento de San Pablo, ante cuya capilla mayor habían estado colocadas.
Fotografía de B. Maeso (1865)
Quedan abundantes testimonios gráficos y documentales sobre este edifico que no llegó a alcanzar el siglo de vida. Constituyó en su momento una de las puertas municipales y sin duda la más monumental de la ciudad. Fue estimada por casi todos los historiadores locales como una muestra arquitectónica de correcta factura neoclásica, reflejo, a nivel provincial, de la que por aquellos mismos años se habían en Madrid, donde en el siglo XVIII surgieron o se reformaron una serie de puertas como las de Atocha, Recoletos, San Vicente y Alcalá. Idéntico sentido tuvieron otras construcciones levantadas en provincias como el Arco del Mercado en Palencia, un poco más tardío.
La del Carmen de Valladolid tenía tres entradas dispuestas bajo arcos de medio punto, ligeramente de mayor luz y altura el central; construida con sólida fábrica de sillería; su fachada principal, de orden dórico, miraba al camino de Madrid. Los pilares entre los arcos se adornaban con pilastras rehundidas. Un entablamento adornado con triglifos y cornisa sobresaliente soportaba un ático abalaustrado en sus lados y macizo en el centro, donde se situaba un frontón conteniendo un gran escudo real, con las armas de Castilla y León, orlado de carnosas guirnaldas. El ático se rematada por doce floreros colocados a plomo sobre las pilastras y un gran pedestal central sobre el que se erguía la estatua de Carlos III, a cuyos pies, entre trofeos militares, descansaba el león español. En su pedestal se leía la inscripción conmemorativa: “Reinado Carlos III, año MDCCLXXX, a costa de los caudales de los propios”.
Vista de Valladolid según Alfred Guesdon. En la parte inferior la Puerta de Madrid

La opinión de Antonio Ponz, que vio la puerta tres años después de ser construida, es la primera vez que conocemos y, seguramente, por su exigencia, fue la menos favorable. La calificó de poco apropiada para su función de carecer de la robustez que, a su parecer, debían tener estos edificios de entrada a las ciudades, juzgando además que la estatua real que la remataba no era el elemento decorativo más idóneo para este tipo de construcciones en las que, según él, deberían colocarse “figuras alegóricas, representaciones de ángeles, etc.”. Ciertamente, su remate se apartaba de la imagen habitual en este tipo de construcciones. Sangrador y González Moral alabaron la solidez de su fabricación y lo proporcionado de sus dimensiones. Alonso Cortés la reputó como la más notable de la ciudad; Agapito y Revilla consideró que en realidad se trataba de un monumento en homenaje a Carlos III, reconociendo su monumentalidad y valor decorativo, aunque calificó de “no bella” su línea arquitectónica; Gaya Nuño la ha comparado con las puertas monumentales de Madrid, ensalzando el perfecto dibujo clásico del friso de triglifos y del frontón en que se situaba el escudo.
A ambos lados de la puerta se alzaban sencillas tapias, y junto al Convento de Sancti Spiritus se encontraba la casilla del fielato. Esta fue, como hemos señalado, la principal entrada de la ciudad, cuya existencia, sin embargo, iba a resultar efímera.
Ya en 1844 fue reparada y un año después, con motivo de la apertura de la nueva carretera de Madrid, se pretendió trasladarla a la entrada de ésta. Pero fue en 1854 cuando se propuso el derribo de “todo el edificio de piedra que constituye la entrada por la carretera antigua dejando sólo un portillo bien decorado”. A pesar de esta amenaza, todavía sobrevivió unos años hasta que en 1873, por motivos supuestamente “urbanísticos”, en los que no es difícil percibir un trasfondo político, se decidió hacerla desaparecer. Efectivamente, el 4 de noviembre de este año, el ayuntamiento republicando presidido por Manuel Pérez Terán acometió una política de amplias transformaciones urbanísticas acordando varias disposiciones relativas a obras públicas, solares, construcciones, etc., entre las que se presentó la proposición, suscrita por varios regidores, de derriba “la parte de muralla y fachada del Hospital Militar”. Por fin, el 17 de noviembre comenzó el derribo de las tapias colindantes para continuar después con la puerta.

BIBLIOGRAFÍA
  • AGAPITO Y REVILLA, J., Las Calles de Valladolid: Nomenclator histórico, Tip. Casa Martín, Valladolid, 1937
  • GAYA NUÑO, J.A., La arquitectura española a través de sus monumentos desaparecidos, Madrid, 1961
  • FERNÁNDEZ DEL HOYO, María Antonia: Desarrollo urbano y proceso histórico del Campo Grande, Ayuntamiento de Valladolid, Valladolid, 1981
  • SANGRADOR, Matías, Historia de Valladolid (1851), tomo I, Grupo Pinciano, Valladolid, 1979

jueves, 8 de septiembre de 2011

COFRADÍA DE LA SANTA VERA CRUZ: La Oración en el Huerto (Andrés Solanes, ca. 1628-1630)


El paso de la Oración del Huerto, obra del escultor vallisoletano Andrés de Solanes, no sería el primero que poseería de la ciudad sobre esta iconografía. En 1605, Pinheiro da Veiga mencionó la existencia de un paso de papelón de la Oración del Huerto, “con ángel en un árbol, soldadesca y desorejamiento de Malco”. La segunda versión es a la cual nos referimos, tallada por Solanes para la Cofradía de la Santa Vera Cruz en madera tallada. La autoría durante mucho tiempo había recaído en la Escuela Castellana, retrotrayendo su elaboración hasta mediados de siglo y que por la fuerte quebradura de los pliegues se puso en relación con las obras de seguidores de Gregorio Fernández, como Alonso de Rozas y Juan Rodríguez, hasta que sedocumentó como obra de Andrés Solanes. El encargo de este nuevo conjunto procesional llegaría a Solanes a los pocos años de haber comenzado su andadura como maestro, posiblemente entorno al año 1627. Este dato nos hace pensar en que por aquel entonces Gregorio Fernández debía de actuar, no solo como escultor, sino también como intermediario entre clientes y buenos colaboradores, a los que hacía llegar aquellos encargos que el no se comprometía a realizar directamente, aunque hiciera un seguimiento de los mismos.


Pues bien, según un documento, Solanes recibió diversos pagos durante 1629-1630 por “el passo que hiço del prendimiento y oración del guerto para esta sancta cofradía como consta de librança y carta de pago”. Las cantidades pagadas a otros individuos nos permiten comprobar que el citado paso, armado sobre un tablero (plataforma) pintado por Gregorio Guijelmo el año 1628, poseía más figuras que las del Ángel y Cristo con que cuenta en la actualidad. La intervención de Jacinto Rodríguez, Francisco García –que policromó la figura del Ángel–, Martín López de Vallejo, Pedro Carrillo y el mismo Gregorio Guijelmo, que pintó “el peñasco del passo”, confirman que disponía al menos de cinco esculturas, algunas de las cuales serían los soldados. que se suprimieron de la composición de este “paso” en 1769, además de Judas, actualmente en el Museo Nacional Colegio de San Gregorio.
La descripción que en 1675 hizo Moreno de la Torre, facilita la relación de personajes y recursos escénicos: “un paso de La Oración del Huerto, con ángel y Judas, prendimiento, bosque, Pedro, Juan y Diego, de muchos personajes el de la linterna”, elementos necesarios en estos episodios nocturnos, especificando también que lo llevaban sesenta personas. También por Ventura Perez sabemos que este paso debió de ser uno de los más amplios de los que desfilaban en la Semana Santa de Valladolid en el siglo XVII.

Montaje parcial del paso realizado para ser el escenario de uno de los últimos pregones de Semana Santa
En la Semana Santa de 1993, se hizo un reconstrucción parcial del conjunto, puesto que se sumaron a las figuras de Jesús y el Ángel, la figura de Judas, anteriormente identificada con San Juan, en el Museo y el sayón conocido como del farol. La presencia tradicional del olivo contribuía a separar los dos momentos, aunque realmente no se llega a apresar a Jesús, únicamente y cómo podemos observar por la actitud de Judas, se señala hacia aquél que deberá ser prendido. Asimismo existe entre los fondos del Museo una tercera figura del grupo de la soldadesca, se trata de un sayón con coraza rayada en blanco y negro, portando lanza. Esta figura desfiló durante algún tiempo en uno de los pasos de la Cofradía de las Siete Palabras, como se podrá ver más adelante. Ya para finalizar, señalar que en los últimos años se ha indicado como perteneciente al "paso" otra figura, se trata de un sayón con lanza y turbante.

La Oración del Huerto restaurada parcialmente durante su regreso efímero a mediados de la década de 1990
El paso, encargado a Andrés de Solanes, llegó a tener una gran incidencia en la iconografía castellana, siendo repetido en su disposición más simple (Cristo y Ángel) por las otras Cofradías de la Vera Cruz de la provincia, como en Nava del Rey, Medina del Campo, Medina de Rioseco, Tordesillas, etc... La dependencia de los modelos utilizados por Solanes con respecto a las creaciones originales de Gregorio Fernández resulta muy estrecha, pero sus figuras adoptan formas más pesadas y anchas, y también menos emotivas en expresiones y gestos. Ofrecen a su vez un canon menos esbelto. Las tallas muestran un estilo coherente y bien definido; son tallas de actitudes enérgicas, gesticulantes, cubiertas con telas de pliegues rígidos, que adquieren gran volumen; las cabezas de Cristo y Judas tienen el cabello y la barba muy compactos y con rizos de pequeño tamaño, la minuciosidad de cabellos y traducción de expresiones están resueltos con verdadera maestría.




Cristo y el Ángel
Los historiadores más destacados en imaginería castellana siempre han coincidido en señalar y ensalzar lo bien trabajada que está la cabeza de Cristo, reveladora de una terrible angustia que nos muestra a un Jesús en actitud de esperar con energía y fuerte sufrimiento, el cáliz de la amargura que le ofrece el ángel.


Judas Iscariote
La gesticulante figura de Judas Iscariote, le muestra señalando hacia el frente con el índice de su mano izquierda, una prueba más de que el paso de Solanes contendría originalmente un número indeterminado de soldados a los que el discípulo indicaría con ese gesto quién era el que tenían que apresar. La indudable relación estilística que presenta la figura de este Judas con la del Cristo del paso de la Oración del Huerto, con cabellos y barba distribuidos en finos mechones muy pegados a la piel, ropajes dispuestos de tal manera que ambas figuras presentan un amplio volumen mucho más acusado que las obras de Gregorio Fernández, e incluso la semejanza en los rasgos faciales, hablan sin lugar a dudas de la intervención en ambas piezas de una misma mano.
Después de ingresar en el Museo se debió olvidar la iconografía y el origen de esta figura, pues no se cita ningún Judas en ninguno de los Inventarios o Catálogos; una fotografía de 1904 nos indica la causa: aparece flanqueando la Piedad de Gregorio Fernández, junto con la escultura de la Verónica; deben ser, por tato, als tallas citadas erróneamente como San Juan y la Magdalena en toda la documentación del siglo XIX, que completaban en el Museo, el grupo procedente de las Angustias, al faltar las dos imágenes originales, que habían quedado en su iglesia. Actualmente se conserva en la sala de pasos del Museo Nacional Colegio de San Gregorio.


Sayón del farol
Se trataría de uno de los componentes de la soldadesca del Prendimiento. Es un soldado de arriesgada postura, individualizado por el bruñido casco con forma de cabeza de cánido; lleva la marca de la procedencia de la Vera Cruz, (actualmente cubierta por la reintegración de la policromía) y encaja en el conjunto tanto estilística como iconográficamente; la posición de su mano izquierda parece dispuesta a sujetar un farol o linterna, tal vez la que diera sobrenombre al paso a mediados del XVII.

Sayón del casco bicorne
Actualmente compone el historiado del paso “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”. Se trata de un soldado vestido con un gorro estrambótico de color blanco con rayas negras, colores que comparte la coraza, mangas y calzas acuchilladas de color verde y rojo, viste botas negras altas. Lleva una especie de faldín. En su mano derecha porta la lanza que le da nombre, en la mano hace ademán de sujetar una espada, aunque actualmente no lleva nada en ella. El rostro es grotesco, como solía ser habitual en los sayones de la época, y sobre todo los salidos de la “factoría Fernández".

Sayón de lanza y turbante
Este sayón que sujetaba una lanza con su mano izquierda, perteneciente a uno de los pasos de la Cofradía de la Vera Cruz como demuestra la marca que tiene en el pecho, fue adjudicado a la escena del Azotamiento. Sin embargo, en una revisión más reciente de los conjuntos se ha propuesto su probable procedencia del paso de la Oración en el Huerto, tanto por la calidad de la talla como por el tamaño de la pieza y el tipo de policromía.


BIBLIOGRAFÍA
VV.AA.: Gregorio Fernández y la Semana Santa de Valladolid, Ministerio de Cultura, Madrid, 1986.
VV.AA.: Pasos restaurados, Ministerio de Educación y Cultura, Valladolid, 2000.