martes, 22 de agosto de 2023

Retablos vallisoletanos reconstruidos I

 

El patrimonio vallisoletano ha sido y aún es muy rico en el arte de la retablística desde el Renacimiento hasta el Neoclasicismo, pasando por el Barroco y el rococó. A pesar de ello la retablística vallisoletana ha sufrido numerosísimas pérdidas debido a diferentes avatares históricos, como guerras, revoluciones, cambios de gusto, razones económicas, etc. Por su parte, entre los retablos conservados se ha dado la situación de los cambios de imágenes y devociones, apartándose o perdiéndose las efigies con las que fueron concebidos originalmente. En las próximas líneas nos hemos propuesto reconstituir una serie de retablos conservados en diferentes templos de la capital, alguno de los cuales se conservan actualmente en un ámbito desacralizado, caso de la iglesia del ex monasterio de Santa Cruz de las Comendadoras de Santiago, hoy en día sala de exposiciones de Las Francesas.

Nuestro propósito es el de reconstruir virtualmente una serie de retablos, volviendo a unir sus arquitecturas con las imágenes que los compusieron. El recorrido que vamos a emprender consta de cinco hitos: las iglesias de San Andrés Apóstol, de San Miguel y San Julián, del Santísimo Salvador, la penitencial de la Santa Vera Cruz, y de una sala de exposiciones que antaño fuera el opulento monasterio de la Santa Cruz de las Comendadoras de Santiago.


Este texto fue publicado en un artículo en el nº 11 de la revista Read & Made (2023).

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1- Iglesia de San Andrés Apóstol

Retablo mayor de la capilla de las Maldonadas (Melchor de Beya y Francisco Alonso de los Ríos, 1631)

El primero de los retablos que vamos a abordar es el mayor de la capilla de Nuestra Señora de los Ángeles [Fig. 1], también conocida como de las Maldonadas por ser sus fundadoras las hermanas Isabel y doña Catalina Enríquez Maldonado, las cuales no escatimaron recursos para erigirla y amueblarla con retablos, esculturas, pinturas y bultos orantes con sus retratos y los de otros dos familiares. Del retablo mayor se ocupó Melchor de Beya (ca. 1567-1640), célebre ensamblador que formó parte del círculo laboral de Gregorio Fernández (1576-1636), el escultor Francisco Alonso de los Ríos (ca. 1585-1660) y el pintor Diego Valentín Díaz (1586-1660), tres de los mejores artífices que por entonces trabajaban en la ciudad. Así, el 12 de abril de 1631 los patronos de las memorias de las hermanas Maldonado se concertaron con Melchor de Beya para que construyera el retablo mayor y los colaterales, los cuales se concibieron en armonía con la arquitectura de la capilla. Ese mismo día también contrataron con Francisco Alonso de los Ríos la ejecución de las esculturas que debían de ornar el retablo, que debían esculpirse en madera de Cuéllar «escogida y seca a satisfacción del dicho Melchor de Beya y huecas por dentro». Desconocemos el nombre del dorador y policromador, aunque a buen seguro sería el pintor Pedro Fuertes (a. 1605-d. 1604) dado que figura como fiador en el contrato.

El retablo presenta una traza clasicista basada en un banco, un único cuerpo con tres calles y ático rematado en frontón triangular. Tanto el cuerpo como el ático se estructuran a través de columnas compuestas con el fuste estriado. La separación entre ambos espacios se realiza por medio de un entablamento que lleva pintado un friso con decoraciones vegetales. En los extremos del ático se sitúan pedestales que sostienen las típicas bolas herrerianas, tan en boga durante el clasicismo. El retablo combina a la perfección la escultura y la pintura. Así, en el banco encontramos cuatro pinturas a cada lado de la custodia, la cual no deja de ser una micro arquitectura presidida por la efigie en relieve de la Fe en la puerta del sagrario, y dos imágenes de San Pedro y San Pablo que la flanquean. Las pinturas que caen justo debajo de las columnas representan a San Antonio de Padua, Santo Domingo de Guzmán, San Jerónimo y San Antonio Abad, por su parte las dos grandes pinturas de los netos efigian la Anunciación y la Adoración de los Reyes Magos, finalmente las adyacentes al sagrario son la Circuncisión y el Nacimiento. Como vemos, todas estas imágenes hacen referencia al ciclo de la infancia de Cristo, tema al que también alude la «pala de altar» que preside el retablo: Nuestra Señora de los Ángeles, obra debida a los pinceles de Diego Valentín Díaz. Flanquean la pintura dos efigies de San Juan Bautista y San Esteban, cuya presencia en el retablo se explica por cuanto dos de los patronos de las memorias de las Maldonadas se llamaban fray Juan de Torreblanca, prior del monasterio de San Pablo, y don Esteban Sarmiento Maldonado. Ambos santos aparecen con sus atributos más célebres: el precursor con un libro sobre el que asienta el Agnus Dei, mientras que el protomártir exhibe la palma del martirio y sujeta un libro sobre el que irían las piedras de su martirio. Finalmente, en el ático se dispuso un Calvario y a los lados Santa Isabel de Hungría y Santa Catalina de Alejandría, santas patronas de las Maldonadas (Isabel y Catalina Enríquez Maldonado).

Desconocemos el momento en el que se retiró el Calvario, que recaló en la capilla del Seminario Mayor Diocesano, inaugurado en 1965. Para sustituirlo se trajo un Crucifijo de Pedro de la Cuadra (ca. 1572-1629) de la iglesia parroquial de La Cistérniga (Valladolid). En la reconstrucción virtual hemos procedido a sustituir el crucifijo por el  calvario original, con el cual el retablo recupera todo el empaque con el que fue concebido y que con la solitaria presencia del crucificado quedaba desvirtuado.

 

Retablo de San Severo (anónimo vallisoletano, ca. 1747)

Señala José Colón de Larreátegui en su Informe sobre los gremios de Valladolid (1781) que la Cofradía de San Severo «se erigió en 1647, y se aprobó en dicho año por el provisor, los cofrades, son de la parroquia». Por entonces la hermandad debió de encargar una escultura del santo a la que dar culto, disponiéndola en un humilde altar, tal y como se desprende de la visita parroquial efectuada el 13 de septiembre de 1699: «Altar de San Severo. Ítem visitó su merced el altar de San Severo y asimismo se halló con su ara, sábana y frontal con decencia».

El origen del retablo [Fig. 2] lo encontramos en un memorial presentado a la junta de fábrica de la parroquia celebrada el 26 de diciembre de 1746. En él se señala que «la Cofradía de San Severo por memoria que presentó a la dicha fábrica, como tenía determinado hacer un retablo decente a su patrono San Severo y el sitio que pareciese más conveniente; a cuyo memorial y representación se respondió por todos que se les concedía el mismo sitio y lugar para erigir el nuevo retablo en que está el antiguo que es al salir de la sacristía sobre mano derecha, en el frontis de la capilla que llaman de las Maldonadas». El retablo se construiría por entonces, y también se renovaría la efigie del santo, desconociéndose que se haría con la primitiva. Una vez acabado, se doraría a lo largo de 1758, al mismo tiempo que el retablo mayor del templo, cuyo dorado lo ejecutó Gabriel Fernández de Tobar (a. 1716-1795) entre el 2 de mayo y el 6 de septiembre. Quizás este maestro fuera también el artífice del dorado del retablo de San Severo, que se realizó «a expensas de Isidro Amaya y su mujer». El 8 de septiembre, según relata Ventura Pérez en su Diario de Valladolid, se celebró una procesión con motivo de la colocación del Santísimo Sacramento en el retablo mayor de San Andrés, «nuevamente dorado». En dicha procesión participaron «todas las cofradías de la parroquia, con muy lucidos claros; asistió la cofradía de la Santa Veracruz con un claro de cien hombres, con sus hachas; se la dio el sitio delante de la sacramental, las demás cofradías por sus antigüedades: llevaron en la procesión a San Andrés, el mismo que se colocó en el retablo, a Nuestra Señora de las Nieves y San Severo, que también a un mismo tiempo doraron su retablo y le sirvió de colocación».

El retablo, actualmente bajo la advocación de la Virgen del Carmen, es un estimable ejemplar protorrococó que destaca por el movimiento de su planta con las calles laterales dispuestas de forma oblicua. El retablo consta de un estrecho banco, un cuerpo con tres calles y otras tantas hornacinas, separadas por columnas compuestas con el fuste estriado y decorado por rocallas y otros elementos, que acogen, de izquierda a derecha, a San Blas (anónimo vallisoletano, ca. 1640), la Virgen del Carmen (anónimo, ca. 1900) y San Sebastián (atribuido a Alejo de Vahía, ca. 1500), y un ático compuesto por un gran cuerpo central con dos columnas compuestas que sujetan un entablamento partido. Dicho cuerpo, flanqueado por dos volutas sobre las que montan sendos ángeles, está presidido por una efigie de San Isidro (anónimo vallisoletano, ca. 1725) que viene a recordar que la cofradía vallisoletana homónima se fundó en esta parroquia. Por Casimiro González García-Valladolid sabemos que, a comienzos del siglo XX, el retablo presentaba «las efigies de Nuestra Señora del Carmen, San Blas Obispo, San Francisco Javier y San Isidro Labrador, todas de talla». Desconocemos tanto al autor del retablo como al de la escultura de San Severo, que bien pudieron ser la misma persona y que esta hubiera sido Pedro Correas (1689-1752) o algún maestro de su entorno.

Asimismo, ignoramos el momento en el que fue retirado San Severo de su retablo. Quizás acaeciera cuando en la parroquia se estableció, hacia 1861, la devoción a la Virgen del Carmen, que es quien actualmente preside el retablo. Sea como fuere, San Severo se mantuvo desplazado en dependencias parroquiales hasta que se fundó en el barrio de las Delicias la iglesia de Santo Toribio de Mogrovejo, momento en el que la escultura fue trasladada allí y reconvertida en el citado santo mayorgano.

 

Retablo del Cristo del Consuelo (anónimo vallisoletano, ca. 1772-1776)

Señala el libro de becerro antiguo que la parroquia se «fundó en su principio en ermita, por los años de 1236 y entonces colocaron en una pequeña capilla un Cristo Crucificado con el título del Consuelo, a quien todos los vecinos de esta Ciudad (en aquel tiempo Villa) devotamente se encomendaban a su patrocinio por sus continuas maravillas». Este primitivo Cristo del Consuelo debía de encontrarse muy deteriorado ya que, a finales del siglo XV, la parroquia decidió renovarlo, siendo el que actualmente se conserva. Quizás esta renovación se llevó a cabo en 1482 con motivo de la conversión de la ermita en parroquia «ya era muy numeroso el vecindario de sus nobles feligreses, y honrados labradores, y resolvieron condecorarla con el título de parroquia, y lo consiguieron del Ilustrísimo obispo de Palencia». Tiempo después, y según da a conocer Colón de Larreátegui en su Informe sobre los gremios de Valladolid (1781), se fundó la Cofradía del Santísimo Cristo del Consuelo: «se erigió en 1624, y se aprobó su regla por el visitador eclesiástico en 14 de diciembre de 1652».

Antes de tener capilla propia ocupó un simple altar, tal y como se desprende de la visita parroquial efectuada el 13 de septiembre de 1699: «Altar del Santo Cristo del Consuelo. Ítem el altar del Santo Cristo del Consuelo que también halló su merced con ara, sábana y frontal con decencia». Cinco lustros después se le dispuso en un retablo, según relata Ventura Pérez: «Año de 1749, día 26 de mayo, colocaron al Santísimo Cristo del Consuelo en San Andrés, en el retablo nuevo y dorado: hubo procesión por la parroquia, que fue por la Mantería, calle de Zurradores y por la calle frente de la Cruz de piedra de los Panaderos a casa: salieron todas las cofradías de la parroquia». En ninguno de ambos casos se llega a detallar su localización dentro del templo, que por entonces poseía unas dimensiones mucho más reducidas.

Entre los años 1772 y 1776 fray Manuel de la Vega y Calvo, hijo de pila de la parroquia y por entonces comisario general de Indias de la orden franciscana, realizó numerosos obsequios a la iglesia, entre ellos la construcción de los últimos dos tramos del templo, así como el amueblamiento de las cuatro nuevas capillas que se abrieron. La segunda del lado del evangelio se dedicó al Santísimo Cristo del Consuelo, y allí acertó a verle Floranes: «el Santísimo Cristo del Consuelo que estaba ya en esta iglesia cuando era ermita y entierro de ajusticiados, efigie antigua; y encima Santo Domingo de Guzmán, y a los lados en los rincones el del Evangelio San Francisco Javier y en el otro Santa Teresa de Jesús». El retablo [Fig. 3] fue realizado en un momento de transición entre el rococó, presente en detalles como las rocallas o el ligero movimiento de la planta, y el Neoclasicismo, con la recuperación de los elementos arquitectónicos clásicos y la casi total desornamentación. La calle central está dominada por una gran hornacina que acogería al Cristo del Consuelo, sustentada por dos columnas clásicas, mientras que en los extremos de las entrecalles el anónimo ensamblador ha utilizado pilastras cajeadas. El ático, al que se accede a través de un entablamento muy sencillo y desornamentado, se compone de un gran cuerpo central con una hornacina en la que apea Santo Domingo, y rematado por un frontón curvo partido en cuya parte central exhibe el emblema franciscano de los brazos cruzados de Cristo y san Francisco sobre una cruz. A los lados del ático, para cerrar la composición, se ha dispuesto un frontón triangular partido.

Ignoramos en qué momento fue desplazado de su retablo el Cristo del Consuelo por el fantástico Calvario (1606) de Gregorio Fernández que actualmente lo ocupa y que procede del desaparecido retablo mayor de la primitiva iglesia de San Miguel Arcángel. Nuestro crucificado pasó a ocupar un sencillo retablo de piedra en la aneja capilla de San Antonio de Padua, cambio que también afectó a su advocación que pasó a ser la de Cristo del Refugio. Esta es nuestra hipótesis puesto que en los libros parroquiales no se habla de la capilla del Refugio hasta 1794. Teniendo en cuenta este hecho, el de que el Calvario de la iglesia de San Miguel llegaría probablemente tras el cierre de aquella parroquia en 1775, y de que en el templo solo existió desde sus orígenes un único Cristo —amén del que formaba parte del Calvario del retablo de las Maldonadas—, podemos colegir que el Cristo que nos ocupa es el del Consuelo y, quizás, el del Refugio fuera el que preside el Calvario de Fernández. Como se puede observar en la reconstrucción virtual, se ha procedido a restituir al Cristo del Consuelo a su retablo original, tal y como lo concibió fray Manuel de la Vega.

 

2- Real Iglesia de San Miguel y San Julián

Retablo de Nuestra Señora del Rosario (Juan Saco, 1744-1745; y Juan Obispo, 1762-1763)

El retablo que la Cofradía de Nuestra Señora del Rosario [Fig. 4] de la iglesia de San Miguel construyó en el primitivo templo resulta ser el conservado en el lado de la epístola del crucero de la actual parroquia de San Miguel y San Julián. En origen, la cofradía dispuso su retablo en la pared del lado del evangelio de la primitiva iglesia, lugar que ocupó muy poco tiempo puesto que, en 1775, se trasladó al nuevo templo parroquial. La pista clave para su identificación ha sido un grabado anónimo del mismo realizado en 1809.

La historia constructiva del retablo (1744-1763) comienza el 23 de agosto de 1744 cuando la Hermandad de Nuestra Señora del Rosario encarga su ejecución al ensamblador Juan Saco (1719-1781), que debía realizarlo según la planta, traza y condiciones diseñadas por el escultor y tallista Pedro Bahamonde (1707-1748). Asentado en el mes de febrero de 1745, su dorado no se efectuó hasta 1751 por el pintor y dorador Mateo Prieto (1722-1772). Ignoramos si el retablo tuvo algún percance o si simplemente no agradó su aspecto, pero el caso es que, el 18 de abril de 1762, la hermandad se concertó con el ensamblador Juan Obispo (1709-d. 1762) para «la obra de ensanche y compostura del retablo de Nuestra Señora del Rosario [...], y la hechura y asiento de una mesa de altar a la romana». Obispo, que debía ajustarse a la traza diseñada por Antonio Bahamonde (1731-1783), tenía que tenerlo acabado para finales de julio. Unos meses después se procedió al dorado definitivo del retablo. Así, el 18 de marzo de 1763 el pintor y dorador Manuel de Urosa (1720-d. 1780) se comprometió a efectuar «la obra del dorado, que se ha de hacer de todo lo añadido y saltones, que tenga el retablo de Nuestra Señora del Rosario».

El resultado fue un retablo rococó de traza muy movida tanto en planta como en alzado, de suerte que la planta marca un juego de curvas y contracurvas. El retablo se estructura en un banco, un cuerpo con una calle y dos entrecalles, y un ático muy desarrollado. El cuerpo se articula por medio de cuatro columnas compuestas y con el fuste estriado y decorado con elementos vegetales estilizados. Las columnas centrales, así como los trozos de entablamento que apean sobre ellas y sus ménsulas, están colocadas en esviaje, proporcionando un juego de curva y contra curva que da al retablo un aspecto alabeado. La hornacina central queda enmarcada por otras dos columnas idénticas, aunque de menor tamaño, que a su vez sujetan un arco apuntado que se incrusta en el ático. Abajo, dos ángeles en ademán de haber portado algún atributo. Por su parte, las hornacinas laterales tienen escasa profundidad, siendo apenas unos simples marcos compuestos a partir de dos sencillas pilastras que sujetan un arco de medio punto con decoraciones mixtilíneas y vegetales. Finalmente, el ático se compone de un gran cuerpo central flanqueado por sendas volutas que permiten salvar la anchura entre el cuerpo principal del retablo y el ático. En el centro figura una hornacina con la parte superior avenerada, y encima de ésta un frontón curvo partido, en cuyos extremos campean ángeles con las palmas del martirio. En la parte central remata en una airosa peineta de caprichosas formas vegetales que contiene un anagrama de la Virgen: «A.M.». Toda la superficie está decorada con festones de frutas, ornamentaciones vegetales y geométricas, y pseudo rocallas.

Originariamente el retablo lo presidió una Virgen del Rosario (atribuida a José de Rozas, ca. 1700) de vestir y de bastidor, actualmente conservada en el relicario y a la cual restituimos a su lugar primigenio en la reconstrucción virtual. Tan solo tiene talladas la cabeza y las manos. Se encuentra muy dañada, tal es así que le falta un ojo, exhibe numerosas rozaduras en el rostro y está manca del brazo izquierdo. Gracias al grabado sabemos que, en su mano izquierda, sujetaba a un Niño Jesús que bendecía y agarraba un orbe terráqueo. Es probable que este Niño (35x16 cm.) sea el que se conserva también en el relicario. Sin embargo no se trataría del original sino que, vistas sus características estilísticas, sería uno nuevo realizado durante la época en que se construyó el retablo. Completan el conjunto las esculturas de Santo Domingo y San Pedro Regalado en las hornacinas laterales, y de San Miguel venciendo al demonio en el ático, todas ellas atribuibles a Pedro Correas.

Desconocemos el momento en el que se desplazó a la Virgen del Rosario de su retablo. Cuando se redactó el Catálogo Monumental de Valladolid su lugar lo ocupaba una Inmaculada Concepción, y con posterioridad llegó la Virgen del Desconsuelo (Ángel Trapote, 1979), imagen que, tras diversos avatares, fue cedida a la parroquia por la hija del escultor.

 

3- Iglesia del Santísimo Salvador

Retablo de San Francisco de Paula (Anónimo, 1792)

La capilla hornacina del segundo tramo del muro del evangelio cobija un retablo neoclásico [Fig. 5] que en origen acogió a San Francisco de Paula y que en la actualidad hace lo propio con la Virgen del Buen Suceso (anónimo vallisoletano, ca. 1649). La efigie de San Francisco de Paula preside desde un momento que no podemos concretar —en 1838 aún seguía en su retablo— el retablo colateral de la epístola. Anteriormente a este ejemplar neoclásico existió otro barroco erigido en 1715, año en el que también fue labrado el San Francisco de Paula (atribuido a Pedro de Ávila, 1715). Dicha fecha figuraba escrita en una de las seis tarjetas que Floranes llegó a observar en esta capilla, llamada de San Francisco de Paula y Nuestra Señora de la Valvanera —por entonces no se había construido la capilla de la Valvanera y el citado altar poseía esa doble advocación—. Ese retablo, al igual que las seis tarjetas, desaparecerían tras el remozamiento de la capilla en época neoclásica, momento en el que se dispusieron dos lápidas a los lados. La de la izquierda reza así: «Jesús, María, y José. Año de 1792. Reinando en España por el año de 1504 los Reyes Católicos Don Fernando y Doña Isabel; se erigió la Cofradía de Ánimas, y San Ildefonso sita en esta parroquia de El Salvador dueña de esta capilla y retablo de San Francisco de Paula y de dos sepulturas para los cofrades y sus mujeres». El año 1792 es una fecha que concuerda a la perfección con el estilo del retablo, por lo que es plausible que el remozamiento de la capilla realizado en dicho año trajera consigo la fabricación del retablo. Se trata de un mueble muy sencillo compuesto por una hornacina de remate semicircular flanqueada por pares de columnas corintias, las extremas retranqueadas, que sostienen un entablamento clásico que remata en un ático triangular decorado con tres jarrones. A pesar de estar labrado en madera está policromado, según la doctrina neoclásica de imitar materiales nobles como mármoles y bronces.

 

CONTINUARÁ...

 

BIBLIOGRAFÍA

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