lunes, 17 de junio de 2019

EXPOSICIÓN: "ALMACÉN. El lugar de los invisibles"


Hace apenas dos semanas que se inauguró la última exposición del Museo Nacional de Escultura, sin duda una de las más importantes que ha ideado durante los últimos años. Titulada “Almacén. El lugar de los invisibles” es una magnífica y única oportunidad para hacernos una idea de la cantidad de maravillas que se guardan en el almacén del museo. A pesar del altísimo número de obras presentes en la muestra al parecer tan solo se está exponiendo alrededor del 15% del total. Si bien la exposición se centra casi exclusivamente en el mundo de la escultura, el museo también posee una extensa colección pictórica compuesta por algunos nombres de relumbrón.
 
En esta ocasión no vamos a desgranar la exposición sino que vamos a centrarnos en mostrar fotos de algunas de las obras más destacadas pues esta vez la muestra es más para disfrutarla visualmente que para entenderla pues tampoco tiene un nexo común más allá de la agrupación de las piezas en una serie de apartados. Llaman especialmente la atención la sala dedicada a conocer cómo son las esculturas y retablos por su parte trasera, esto es los vericuetos del ensamblaje e incluso comprobar como muchas imágenes están ahuecas o simplemente se han dejado sin tallar por su parte trasera ya fuera para aligerar el peso o porque como eran imágenes de retablo tampoco importaba tanto que estuvieran tallados en todo su alrededor; la sala dedicada a los Crucificados, en la que hay un verdadero horror vacui en el que Crucifijos de todos los tamaños, épocas y materiales tapizan las paredes; y por supuesto la sala dedicada a exponer multitud de esculturas de santos y sayones en una serie de gradas, que constituye un verdadero acierto museográfico. Justo delante de esta grada se haya la que sea una de las piezas estrellas de la exposición, y quizás la que más atraiga para hacernos una foto con ella. Se trata de una imagen gigantesca, de casi 3 metros de altura, de Santa Clara de Montefalco procedente del desaparecido retablo mayor del Convento de San Agustín, obra tanto en su parte arquitectónica como escultórica de Pedro Bahamonde (1707-1748). También se presta para selfies el gran mural de relicarios del inicio de la exposición y en el cual queda un hueco para que podamos mostrarnos por el a la manera de busto relicario de carne y hueso.
PEDRO BAHAMONDE. Santa Clara de Montefalco (segundo cuarto del siglo XVIII). Procede del Convento de San Agustín
PEDRO DE SIERRA. Un remate de la sillería del Convento de San Francisco de Valladolid (1735)
ANÓNIMO. Santiago el Mayor (mediados del siglo XVIII). Procede del Convento de Nuestra Señora de la Merced
PEDRO DE LA CUADRA. La Justicia (ca. 1599). Procede del Convento de Nuestra Señora de la Merced
ANÓNIMO. Señores de Mogrobejo (ca. 1500-1525)
ANÓNIMO MADRILEÑO. Caballero (comienzos del siglo XVII)
ANÓNIMO VALLISOLETANO. Virgen Comendadora de la Merced (ca. 1750-1800). Procede del Convento de Nuestra Señora de la Merced

A pesar de supuestamente las obras de almacén no son de tanto mérito como las que componen la colección permanente este hecho no es así puesto que tendremos la oportunidad de ver en la exposición, entre otras piezas, un Crucificado de Juan de Juni, las excelsas efigies de San Agustín de Hipona y Santa Rita de Casia de Juan Alonso Villabrille y Ron, una serie de santos realizados por Pompeyo Leoni y su taller (más bien diseñados por el italiano y ejecutados por su taller) para el retablo mayor del desaparecido retablo mayor del Convento de San Diego de Valladolid, cuatro sayones que formaron parte de tres “pasos” de la Cofradía de la Santa Vera Cruz (a saber: la Oración del Huerto, La Flagelación, y la Coronación de Espinas) -no quiero dejar pasar la oportunidad para desear que algún día esos pasos vuelvan a desfilar tal y como los idearon Gregorio Fernández y Andrés de Solanes-, los magníficos retablos gemelos dedicados a la vida de San Juan Bautista tallados por Esteban de Rueda para el Convento de San Juan de Tordesillas, la delicada Virgen Niña del grupo de “la Familia de la Virgen” que realizó el ilustre escultor sevillano José Montes de Oca para el Hospital de Venerables Sacerdotes de Sevilla, el San Bruno atribuido a Gregorio Fernández -seguramente será obra de taller o de su yerno Juan Francisco Iribarne- que procede del retablo mayor de la Cartuja de Aniago, los tres delicados y pequeñitos Profetas atribuidos a Pedro de Sierra, o el San Francisco de Borja atribuido indubitablemente a Pedro de Ávila. Especial ilusión me ha hecho ver una imagen que creí desaparecida o destruida, se trata de una expectacular Virgen de la Merced de progenie rococó que procede del desaparecido Convento de San José de Mercedarios.
 
JUAN ALONSO VILLABRILLE Y RON. San Agustín (ca. 1701-1733). Procede del Convento de la Magdalena de Alcalá de Henares
JUAN ALONSO VILLABRILLE Y RON. Santa Rita de Casia (ca. 1701-1733). Procede del Convento de la Magdalena de Alcalá de Henares
JOSÉ MONTES DE OCA. Virgen Niña (ca. 1740). Procede del Hospital de Venerables Sacerdotes de Sevilla
JUAN DE JUNI. Crucificado (ca. 1550)
PEDRO DE ÁVILA. San Francisco de Borja (ca. 1738). Procede del Convento de las Comendadoras de Santiago de Valladolid
ANÓNIMO. San Juan Bautista (ca. 1750-1800). Procede del Convento de Nuestra Señora del Carmen
PEDRO DE LA CUADRA. Abrazo ante la Puerta Dorada (ca. 1599). Procede del Convento de Nuestra Señora de la Merced
ESTEBAN DE RUEDA. Retablos del Bautismo y La Degollación de San Juan Bautista (1621-1622). Procedente del Convento de San Juan Bautista de Tordesillas
PEDRO DE SIERRA. Isaías, Moisés y otro profeta (segundo cuarto del siglo XVIII). Procede del Monasterio de San Benito el Real
PEDRO DE SIERRA. Santos franciscanos doctores (segundo cuarto del siglo XVIII). Procede del Convento de San Diego
FRANCISCO SALZILLO (atrib.). San Félix de Valois
CÍRCULO DE GREGORIO FERNÁNDEZ. San Bruno (ca. 1634). Procede de la Cartuja de Aniago
ANÓNIMO. Virgen de la Merced (mediados del siglo XVIII). Procede del Monasterio de San José de Mercedarios
La Virgen del Carmen cuando se depositó brevemente en la desaparecida iglesia de San Ildefonso. El retablo se conserva en el Santuario Nacional de la Gran Promesa
En el fondo se observan un sayón de la Coronación de Espinas y otro del Azotamiento de Cristo
También en el fondo tenemos a un sayón del paso de la Oración del Huerto y a su derecha otro perteneciente al Azotamiento

Finalmente, como curiosidad no quiero dejar de resaltar un busto relicario napolitano en cuya base figura junto a la leyenda “Pusosele en el 1765 un hueso de quixada de Sto. no conocido con otro de la quantidad de un piñón de Sta. Deodata M” y a su lado fue pintado un curioso monigote; y un formidable Crucificado que a pesar de pasar desapercibido formó parte de la Semana Santa de Valladolid procesionando como la Segunda Palabra: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”. Procedente de un Calvario que perteneció al Convento de San Juan de Jerusalén de Zamora, se fecha hacia 1540 a pesar de su factura gótica.
 
ANÓNIMO NAPOLITANO. Busto relicario de San Simón Apóstol (ca. 1600). Procede del Convento de San Diego o del Convento de San Pablo de Valladolid

miércoles, 29 de mayo de 2019

EL MECENAZGO DE FRAY MANUEL DE LA VEGA EN LA IGLESIA PARROQUIAL DE SAN ANDRÉS DE VALLADOLID


El siguiente post, que quiero dedicar a María por su ayuda para que pudiera realizar algunas de las fotografías que hice hace un año por estas fechas, viene a ser en cierta manera una continuación del anterior en el que atribuíamos la magnífica escultura de San Antonio de Padua existente en la iglesia de San Andrés al escultor genovés Agostino Storace. Pues bien, la presencia de esta excelsa imagen en la referida parroquia plantea un interesante interrogante sobre ¿cómo pudo hacerse una humilde parroquia de una ciudad que había perdido el esplendor artístico tiempos pasados con una escultura italiana de tal calidad y nobleza? Hagamos un poco de historia. Hasta finales del siglo XVIII la iglesia no destacó ni por su tamaño ni por la entidad de las obras artísticas que atesoraba en su interior. Se trataba de un pequeño templo formado por una nave con una capilla a cada lado, un crucero al que se abría en el lado del Evangelio la capilla de Nuestra Señora de los Ángeles (o de las Maldonadas, que era de patronato privado) y una cabecera poligonal. Llegada la década de 1770 y, más concretamente, el año 1772, un hijo de pila de la parroquia, el franciscano fray Manuel de la Vega y Calvo, quien ostentó entre otros cargos el de Comisario General de las provincias de Indias de la Orden de San Francisco, patrocinó las obras de ampliación de la iglesia y la reconstrucción de su torre, actuaciones, ambas, que corrieron a cargo del arquitecto académico Pedro González Ortiz (1740-1796). El libro becerro explica de manera entusiasta las obras acometidas por el franciscano en su amada parroquia: “El Reverendísimo padre maestro fray Manuel de la Vega de la regular observancia de San Francisco e hijo del Real Convento de esta ciudad pobre de nacimiento pero honrado, pobre fraile pero de corazón magnánimo, nobles y católicos pensamientos que habiéndose anunciado en su puericia religiosa (pudiera decirse que proféticamente) había de concluir la iglesia (…) promovido cuasi maravillosamente al ministerio de comisario general de las Indias (…) concluyose por fin la iglesia con el aumento de cuatro capillas a dos por banda, con sus retablos ricamente dorados, colocose la soberana efigie del Cristo del Consuelo en el mismo sitio donde antes tenía su capilla oscura y reducida, y enfrente una admirable pintura de Nuestra Madre y Señora de Guadalupe de México con la historia de la aparición, y en las dos capillas siguientes se han colocado dos efigies de San Francisco y San Antonio las que forman competencia entre sí sobre la admiración del arte; la hizo su torre a fundamentis tan fuerte, y agradable a la vista.
Las fiestas para conmemorar la conclusión de las obras se celebraron prematuramente (la torre estaba sin rematar, por lo que las campanas no pudieron ser volteadas sino repicadas) los días 14, 15 y 16 de junio de 1776 para aprovechar que el padre De la Vega se encontraba de paso por la ciudad, camino de un Capítulo de su Orden en Medina de Rioseco. El franciscano tuvo un papel activo en estos fastos puesto que fue el encargado de efectuar la predicación del día 15 “acompañado de los dos padres provinciales presente y pasado, y de otros muchos religiosos de su orden”. Los sermones de los otros dos días los realizaron el licenciado don Francisco Joaquín Cano, a la sazón párroco, provisor y vicario general del obispo, y el Ilustrísimo señor obispo don Antonio Joaquín Soria “a quien asistieron varios señores dignidades y canónigos de la santa iglesia, a las que concurrió con su destreza la música de la catedral”.
Dicen las crónicas que asistieron a los festejos tantas “personas, clérigos, religiosos, caballeros y multitud de gentes de todos estados de uno y otro sexo en tanto grado que con ser la iglesia tan capaz y espaciosa era poco ámbito su pavimento para comprenderlas”; por su parte, el retablo mayor “se convirtió en un cielo de luminosas antorchas, como así bien los colaterales, y demás altares”. Las celebraciones no fueron solamente religiosas, ya que también tuvieron sus elementos profanos. Así, sabemos que los propios feligreses: “dispusieron un víctor compuesto de 50 parejas con las que representaron las cuatro partes del mundo con toda propiedad, empezaba con un estandarte en el que iba pintada por una parte la divisa de San Andrés, y la de San Francisco por otra, y concluyeron las cuadrillas con el propuesto víctor guardado de varios sujetos vestidos a la española antigua; llevaban las cajas de la milicia con los pínfanos que componían una música bélica muy concertada”. Esta misma celebración es narrada por el cronista Ventura Pérez en su Diario de Valladolid: “asistió la música de la Santa Iglesia, y los feligreses hicieron un poco de mojiganga, vestidos unos de ángeles, a caballo, otros de turcos, otros de indios, otros de moros; de modo que aunque llevaban volantes con hachas todo era un batorrillo sin pies ni cabeza”.

Las obras y preseas con las que el franciscano favoreció a la iglesia en la que fue bautizado fueron muy numerosas. Así, en el campo arquitectónico, se ocupó de agrandar el templo mediante la construcción de dos capillas a cada lado de la nave y un coro a los pies; asimismo, corrió con el gasto del nuevo pavimento, erigió una nueva fachada y reconstruyó la torre. Pero la generosidad del religioso no quedó ahí, puesto que también obsequió a la parroquia con una serie de esculturas y retablos que enriquecieron notablemente el templo. Para cada una de las cuatro capillas que mandó levantar costeó un retablo (todos ellos exhiben en el ático el clásico emblema franciscano de los brazos cruzados de Cristo y San Francisco sobre una cruz), además de las imágenes titulares de los mismos (con la excepción del crucifijo gótico intitulado Santísimo Cristo del Consuelo, obra de hacia el año 1500) y de las que exhiben sus áticos. Así, en los retablos se colocaron “la imagen del Santísimo Cristo del Consuelo en el mismo sitio que ocupaba siendo ermita, en otra la de San Antonio, en otra la de San Francisco, y en la siguiente una pintura asombrosa de la imagen de María Santísima de Guadalupe, que hizo traer de México”. Señala el libro de becerro antiguo que la parroquia se “fundó en su principio en ermita, por los años de 1236 y entonces colocaron en una pequeña capilla un Cristo Crucificado con el título del Consuelo, a quien todos los vecinos de esta Ciudad (en aquel tiempo Villa) devotamente se encomendaban a su patrocinio por sus continuas maravillas”. El primitivo Cristo del Consuelo debía encontrarse muy deteriorado y a finales del siglo XV la parroquia decidió renovarlo por el que actualmente se conserva. Quizás esta renovación se llevó a cabo con motivo de la conversión de la ermita en parroquia en 1482. A finales del siglo XVIII o comienzos del XIX el Cristo fue retirado de su retablo y colocado en su lugar el que fuera Calvario del retablo mayor del desaparecido templo parroquial de San Miguel, obra de Gregorio Fernández.

Cristo del Refugio o del Consuelo
Retablo de San Antonio de Padua
San Simón de Rojas
Retablo del Calvario (antiguo del Cristo del Consuelo)
Por su parte, las esculturas que presiden los áticos de los retablos son San Simón de Rojas, Santo Domingo, Santa Clara y San Miguel. La elección de estos santos no sería baladí puesto que de esta manera se venía a representar a las tres grandes órdenes religiosas (Santa Clara a los franciscanos, Santo Domingo a los dominicos y San Simón de Rojas a los trinitarios) y, además, San Miguel sería seleccionado por cuanto fue patrón de la ciudad hasta el año 1747, momento en el que le sustituyó en tal dignidad San Pedro Regalado. Sin lugar a dudas las dos obras más sobresalientes de todo este conjunto sufragado por el franciscano fueron las efigies titulares de los retablos de las capillas de los pies: San Francisco en oración ante el Crucifijo y la Aparición del Niño Jesús a San Antonio de Padua. Que fray Manuel de la Vega mandara esculpir estas dos magníficas efigies de San Francisco de Asís y San Antonio de Padua no parece casualidad puesto que se trata de los dos santos más importantes de la Orden Franciscana. Además, la elección del santo lisboeta estaría relacionada con el hecho de que el religioso vallisoletano había desempeñado el cargo de prior de los Terceros de San Antonio. Por su parte, el lienzo de la Virgen de Guadalupe evocaría su dignidad de Comisario General de Indias.

Retablo de la Virgen de Guadalupe
San Miguel
FELIPE ESPINABETE. San Francisco en oración ante el Crucifijo
Por si fuera poco, el padre De la Vega también entregó a su parroquia: “una custodia muy grande, guarnecida toda de coral, y caja para el viático de lo mismo, dos cálices muy exquisitos, platillo con vinajeras, y campanilla de hechura muy extraña (…), un terno de tisú, capa pluvial, y banda de lo mismo; tres albas de Indias muy finas para el terno, seis casullas con sus albas para de común tan buenas, como las mejoras de algunos otros templos de esta ciudad y (…) otra casulla de tisú sumamente especial”.
A todo ello hemos de sumar los 26.000 reales que el franciscano envió en enero de 1785 “para hacer el órgano y terno negro de damasco”. Tras la adquisición de ambos elementos sobraron 13.400 reales, de los cuales 12.600 se depositaron en el Banco Nacional y los 800 restantes se gastaron “inmediatamente en la obra más precisa que se ofrezca en el tejado y bóvedas”. Finalmente, también se deberá a la generosidad del padre De la Vega una preciosa Cabeza decapitada de San Juan Bautista y un Cristo Yacente. Ambas imágenes, que se instalaron en retablos anteriores, fueron esculpidas por Felipe Espinabete (1719-1799), a quien asimismo corresponde la referida escultura de San Francisco en oración ante el Crucifijo.

FELIPE ESPINABETE. Cabeza decapitada de San Juan Bautista

FELIPE ESPINABETE. Cristo Yacente
Ante la mayúscula dadivosidad demostrada por fray Manuel de la Vega para con la parroquia en la que fue bautizado, los feligreses de la misma, reunidos en junta el 17 de abril de 1774, acordaron agradecérselo grabando en la fachada del templo “las armas o insignias del mencionado patriarca San Francisco”. Eso sí, se dejaba constancia de que la presencia del escudo de la Orden de San Francisco en la fachada era: “sólo efecto de una sincera gratitud ahora ni en ningún tiempo sea visto que la citada fábrica o su feligresía dé ni quiera dar ni conceder derecho alguno de patronato u otro civil, que en lo sucesivo pueda o quiera deducirse de dicho escudo de armas o insignias ni a dicho Reverendísimo Padre Maestro Fray Manuel de la Vega religión o comunidad de San Francisco ni a otra comunidad ni persona particular”.

Además de las referidas armas de la orden franciscana, en la fachada se tallaron dos tarjetas, en una de las cuales puede leerse una inscripción conmemorativa. Actualmente se halla muy deteriorada, sin embargo Floranes acertó a verla completa: “Año 1776. Esta iglesia en que fue bautizado la hizo concluir el Reverendísimo padre fray Manuel de la Vega del orden de Nuestro Padre San Francisco de la observancia, y comisario general de Indias, a honra y gloria de Dios y de su amado apóstol San Andrés”.

Pero, ¿quién fue exactamente este religioso? Fray Manuel de la Vega y Calvo nació en Valladolid el 31 de diciembre de 1705, siendo sus padres Ambrosio de la Vega y Catalina Calvo, quienes lo llevaron a bautizar a la iglesia de San Andrés el 10 de enero de 1706. Siendo joven ingresaría en el convento de San Francisco en el que, según Agapito y Revilla, debió de ser lector de Prima. Asimismo, el historiador vallisoletano señala que “consta que predicó mucho y en el Salvador el día de la Virgen de agosto de 1747, en la fundación de la cofradía de maestros de obra prima de Nuestra Señora del Buen Suceso”. Desconocemos la fecha de su marcha al convento de San Francisco de Madrid, cenobio desde el que desempeñó los cargos de Definidor de su religión, en 1758, y el de Comisario General de Indias, entre 1768 y 1785, año este último en el que falleció en el referido convento madrileño el 27 de octubre, sucediéndole en el cargo Fray Manuel María Trujillo. Ocupó otros muchos cargos como “lector jubilado padre de la santa provincia de Aragón, Santiago y Terceros de San Antonio, teólogo de la Real Junta de la Purísima Concepción” y “ex-definidor padre de esta provincia de la Concepción”, tal y como puede leerse en el retrato que le hizo Ramón Canedo y que se conserva en la iglesia de San Andrés. La relación con su parroquia debió de ser siempre muy cercana ya que, por ejemplo, cuando el 11 de septiembre de 1758 se procedió a colocar la imagen de San Severo en su “nuevo dorado altar”, él fue el encargado de realizar la predicación. Como nota anecdótica, en los libros de acuerdos de la parroquia se indica que a Fray Manuel se le apodaba “Chapelo”.

RAMÓN CANEDO. Retrato del padre fray Manuel de la Vega
Desconocemos el motivo que llevó al franciscano a querer donar a la parroquia un grupo de San Antonio de Padua realizado por un taller genovés –posiblemente el de Agostino Storace– y no por el del más destacado de los ubicados en la ciudad como era el de Espinabete y al que, como ya hemos visto, solicitó tres obras, incluido el San Francisco de Asís frontero. Partiendo del hecho de que en Italia tuvo que conocer un grupo de San Antonio similar que le llamara la atención –seguramente el conservado en la iglesia de San Francisco de Rapallo que más adelante analizaremos– y que le impulsara a encargar uno de similares características para “su” iglesia, quizás en esta elección tuvo bastante importancia su gusto e interés por las obras en madera policromada y por la “proximidad con los modelos escultóricos de su nación de origen y en la frescura que imprimía la influencia ejercida por el ámbito romano en toda la Península Itálica, lo cual contrastaba con cierto agotamiento de los obradores españoles”. Pero no solo eso, puesto que también en su ánimo se encontraría el deseo de obsequiar a “su” iglesia con una pieza de exquisito valor artístico y que tenía el mérito añadido de ser italiana, lo cual no era poco dado que la mentalidad de la época asociaba las obras italianas a una categoría superior y perteneciente “a una cultura exquisita y magnificente”.