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lunes, 4 de diciembre de 2017

LAS ESCULTURAS DE PEDRO DE ÁVILA PARA LA CATEDRAL DE VALLADOLID


En el año 1714 el cabildo catedralicio encomienda al insigne escultor Pedro de Ávila (1678-1755) uno de los encargos más importantes de su carrera: la realización de cinco esculturas que debían presidir otros tantos retablos, cada uno en la capilla de su advocación: cuatro de ellas se ubicaban en capillas del lado de la Epístola (Santa María Magdalena, San Pedro, San José y San Miguel), y la quinta en la capilla de los pies del Evangelio (San Juan Evangelista). Ávila percibió por cada una de ellas 1.600 reales de vellón, lo que hizo un total de 8.000 reales. El cabildo, al encomendar las esculturas a Pedro de Ávila, no se las encargaba a un escultor cualquiera, sino que lo hacía al que por entonces era el maestro más prestigioso del panorama vallisoletano. Si queréis conocer al profundidad al escultor, y o más datos sobre este encargo, podéis consultar mi tesis pinchando en este enlace.

La realización de estas cinco esculturas se vio acompañada por la construcción de otros tantos retablos, los cuales albergarían dichas efigies. De su ejecución se ocupó el polifacético Pedro de Ribas, y del dorado de estos Santiago Montes. Los cinco retablos, de los cuales tan solo se conservan tres, los de San Pedro, San José y San Miguel, no fueron del gusto del implacable ilustrado Antonio Ponz, el cual cada vez que tenía ocasión no podía por menos que demostrar su aversión al barroco. Los calificó como “ridículos maderajes, e invenciones, que dicen peor con el edificio (…). Si lo que se gastó (…) en aquellos, se hubiera invertido también en la continuación de la obra, ya puede usted ver adonde podría haber llegado. El caso es, que si aquella prosigue, y se concluye, como espero, es necesario que se quiten con el tiempo las expresadas fealdades”. Esta amplia “remodelación” barroca fue la más importante que se llevó a cabo en Valladolid en la primera mitad del siglo XVIII, conjuntamente con la de los retablos y esculturas que se realizaron para el Oratorio de San Felipe Neri.

SAN JUAN EVANGELISTA
Comenzando ya a analizar las imágenes, la escultura del Discípulo Amado es la más enigmática. La capilla que presidió, y que durante siglos ejerció la función de parroquia catedralicia, se sitúa a los pies de la nave del Evangelio y sobre ella se levantaba la antigua torre. El retablo realizado por Pedro de Ribas desapareció tras el hundimiento de la torre a media tarde del 31 de mayo de 1841. De esta desgracia parece que tan solo se salvó la escultura titular tallada por Ávila, aunque, como veremos, parece que esta afirmación no es del todo correcta. Esta desgracia se encuentra perfectamente reflejada por Pedro Alcántara Basanta en su Libro de curiosidades relativas a Valladolid (1807-1831): “En 31 de mayo de 1841 que fue 2º día de Pascua de Pentecostés entre 4 y 5 de su tarde se arruinó la torre de la Santa Iglesia Catedral sin que sucediese desgracia alguna, ni en personas ni en los edificios contiguos, sólo si se arruinó la capilla de San Juan Evangelista, inclusa en la Santa Iglesia y era la parroquia así titulada y habiéndose hundido la habitación del campanero cayó su mujer entre las ruinas en la cama donde estaba durmiendo la siesta debajo (…) se la sacó viva con algunas lesiones y leves heridas que sanó completamente quedando un poquito coja”. Tras el desastre el cabildo se apresuró a rehacer la bóveda de la capilla, “imitando su aspecto primitivo”, y a proporcionarla un retablo nuevo.

Grabado tomado de http://vallisoletvm.blogspot.com.es/2009/11/el-derrumbe-de-la-torre-de-la-catedral.html
Fotomontaje del derrumbe de la torre de la catedral de Valladolid. Realizado por Juan Carlos Urueña Paredes y tomada de https://www.valladolidweb.es/valladolid/sucedio/derrumbretorrecatedral.htm
La escultura de San Juan no agradó al historiador local decimonónico Casimiro González García-Valladolid, el cual la definió como “muy regular”. Y tiene toda la razón puesto que la talla del cuerpo es muy grosera, realizada por un maestro de tercera fila: los pies apenas están desbastados y los pliegues son muy secos, sin orden ni concierto y carentes de cualquier impulso naturalista. Siempre tuve la sensación, la cual se acrecentó tras la reciente restauración de la imagen llevada a cabo en 2015 por la Escuela de Arte de Valladolid, de que la cabeza no pertenecía a ese cuerpo. Mi teoría es que el derrumbe de la capilla no solo destruyó el retablo sino también la escultura de San Juan Evangelista. Si lo pensamos bien hubiera sido algo extremadamente milagroso que tras tan pavoroso accidente la estatua hubiese quedado intacta. El cuerpo del santo debió quedar tan afectado que no se pudo restaurar, debido a lo cual, y teniendo en cuenta que la cabeza sí que se conservó intacta, se procedió a dotarle de un cuerpo nuevo. Desconocemos el nombre del escultor que lo llevó a cabo, sea quien fuera se trató de un maestro poco diestro.

La realización del nuevo cuerpo trajo consigo un cambio iconográfico. Tenemos algunas pistas que nos hacen pensar que el primitivo San Juan no portaría la copa de veneno, sino que habría sido concebido en su faceta de Evangelista. Para ello me baso en la existencia de dos imágenes idénticas entre sí y que vendrían a reflejar como fue la de la catedral. Estas dos esculturas son las que elaboró su hermano Manuel de Ávila para el retablo mayor de Fuentes de Valdepero y otra que esculpió el propio Manuel o Pedro para el retablo mayor de la iglesia de Santa María de Colaña de Castromocho (Palencia). Como hemos dicho, ambas son idénticas entre sí, y además sus cabezas son prácticamente exactas a la del San Juan catedralicio. Por todo ello, el San Juan de la catedral en origen estaría representado como un Evangelista, pero no solo eso sino que además, si nos atenemos a la cronología de las tres esculturas, colegimos que fue el prototipo de las otras dos tallas. En definitiva, San Juan aparecería de pie, con la pierna derecha levemente adelantada. En su mano izquierda portaría un libro abierto, y en la derecha una pluma. Los rasgos faciales son los típicos en Ávila. Llama la atención la exquisita policromía del rostro, en especial la que simula la incipiente barba. Vestiría una túnica verde hasta los pies y un manto rojo que le cubriría buena parte del cuerpo y le caería por el hombro y el brazo izquierdo. A sus pies se situaría un águila con la cabeza elevada y las alas extendidas. Cabe señalar que desde el año pasado San Juan es alumbrado por la Cofradía del Discípulo Amado en la Procesión General de la Sagrada Pasión del Redentor.

Manuel de Ávila (atrib.). San Juan Evangelista. Iglesia de Santa María de Colaña. Castromocho (Palencia)
MANUEL DE ÁVILA. San Juan Evangelista. Iglesia de Santa María la Antigua. Fuentes de Valdepero (Palencia)

SANTA MARÍA MAGDALENA (1714)
La actual capilla de San Pedro Regalado (la primera del lado de la Epístola), estuvo anteriormente puesta bajo la advocación de Santa María Magdalena; siendo, además la única de las cinco capillas para las que Pedro de Ávila talló una imagen que tenía patronato privado. Concretamente pertenecía a doña Magdalena de Salcedo, esposa del Secretario de cámara don Juan de Santisteban. Cuando en 1605 dicta testamento la capilla se estaba comenzando a fabricar, sin embargo pronto sobrevino un parón. Hubo que esperar hasta comienzos del siglo XVIII para que las obras se volvieran a reanudar. Así, entre los años 1708 y 1709 se construyeron las bóvedas de las capillas de la nave de la Epístola, terminándose la que nos ocupa en 1712. Por último se contrató la ejecución del retablo que debía presidir la Magdalena de Pedro de Ávila. El retablo no se ha conservado puesto que al llegar la época neoclásica el cabildo catedralicio decidió “poner al día” la capilla.
Por otra parte, en el año 1843 se cambió la advocación de la capilla. Santa María Magdalena dejó paso al que hacía ya casi un siglo que era el patrón de la ciudad: San Pedro Regalado. Desde entonces el lugar de la escultura de la Magdalena lo ocupó un magnífico lienzo del pintor italiano Plácido Constanzi que representa a San Pedro Regalado resucitando para dar de comer a un pobre y que fue regalo del Convento de San Francisco. Fue entonces cuando la escultura pasó a ocupar una hornacina lateral de la capilla y posteriormente otra similar de este vestuario de canónigos.

PLÁCIDO CONSTANZI. San Pedro Regalado resucitando para dar de comer a un pobre. Catedral. Valladolid
Entre documentadas y atribuidas, tenemos relacionadas con Pedro de Ávila un total de tres Magdalenas, todas ellas similares entre sí pero con ligeras variantes. La Magdalena que nos ocupa presenta dos atributos que parecen fundir sus dos iconografías más extendidas: así, el vaso de perfumes con el cual se apresuró a embalsamar el cuerpo de Jesús alude a la muerte y resurrección de Cristo; mientras que la calavera refleja su faceta de anacoreta y asceta meditabunda. Asimismo, la calavera es un elemento muy característico del barroco y que invita a la melancolía y a una reflexión sobre la fugacidad de la vida. Claro ejemplo de ello son los vanitas.

Pedro de Ávila dispone a la santa con la pierna derecha levemente adelantada formando un leve contrapposto. Viste ricos atavíos compuestos por túnica y manto, ambos policromados con colores planos y ricas cenefas con decoraciones vegetales. Dispone los pies en una posición muy característica: en un ángulo de 90º y separados por una porción de túnica con los pliegues muy afilados. Estos dos detalles los veremos continuamente a lo largo de su obra. Con la mano izquierda, y ayudada por el antebrazo, sujeta elegantemente una calavera muy realista situada sobre un paño de movidos pliegues. Es decir, la santa no llega a tocarla directamente. La otra mano tiene algunos dedos quebrados, lo que le impide seguir sujetando el vaso de perfumes, el cual actualmente tiene colocado a sus pies. En una fotografía podemos ver el aspecto original de la escultura antes de que se le rompieran los dedos.


SAN JOSÉ CON EL NIÑO (1714)
En la capilla adyacente a la de la Magdalena tenemos a San José. Esta preciosa imagen, que fue erróneamente calificada por Chueca Goitia como una “talla del siglo XVIII, de poco valor”, es a no dudarlo una de las obras maestras del escultor, ya que en ella demuestra una técnica, un virtuosismo y una elegancia muy difícil de ver por estas fechas en otro lugar que no fuera la Corte. Muchos detalles parecen remitirnos a ella: el uso de ropas lujosas, la delicadeza de los gestos o el incipiente influjo del rococó europeo singularizado en la utilización de una policromía con tonalidades planas y colores pálidos.

Este ejemplar debe ser considerado como su prototipo de San José, ya que desde entonces todos los que salieron de su gubia son casi exactos, apenas les introducirá novedades. Además, este modelo alcanzó tal popularidad que tanto su hermano Manuel como otros escultores lo tomaron para sí. Una de las copias más curiosas es la que realizó Pedro Correas para el retablo mayor de la iglesia de San Andrés de Valladolid. También podemos citar el excelente, aunque muy maltratado, San José que se conserva en la iglesia parroquial de Villanueva de Duero, el cual seguramente procederá de la cercana Cartuja de Aniago, y otro conservado en la parroquial de Curiel de Duero. Aunque este San José sea el modelo, no fue el primero que realizó, de hecho conocemos algunos ejemplares anteriores.
PEDRO CORREAS. San José (1740). Iglesia de San Andrés. Valladolid
Ávila nos presenta al santo de pie, ejerciendo un contrapposto con el adelantamiento de la pierna derecha, movimiento muy elegante acrecentado por la abertura de la parte inferior de la túnica. El santo gira levemente el rostro hacia abajo, mirando amorosamente a su hijo, el cual se encuentra tumbado sobre un paño que San José agarra con ambas manos. El Niño adopta una posición muy perezosa, no parece estar dispuesto a levantarse. Las manos del santo son un prodigio naturalista puesto que se curvan para acreditar el esfuerzo, lo que además incide en la morbidez de la carne. Como de costumbre están perfectamente talladas con todas sus venas y huesos. El rostro del santo, que acusa blandura en las mejillas y morbidez en los labios, es el típico que utiliza el escultor para las representaciones tanto de San José como de Cristo. Tiene bigote y barba bífida construida a base de pequeños mechoncitos recurvados. A los lados del rostro se despliegan grandes melenas con ondas.


SAN PEDRO APÓSTOL (1714)
También es bastante interesante su imagen de San Pedro, al cual representa en una posición similar al del resto de esculturas que hemos visto. Ávila ha introducido un escorzo, puesto que mientras que el santo parece dirigirse hacia la izquierda, gira el torso y la cabeza hacia la derecha. En este santo, Ávila opta más por el carácter descriptivo que por la elegancia de la figura, aunque tampoco carece de ella. Es por ello que introduce buena parte de los atributos consustanciales al primer Papa. Así, en las manos porta las típicas dos llaves y el libro que alude a su condición de apóstol; mientras tanto dos angelitos que juguetean a sus pies asen la tiara pontificia y la cruz patriarcal.

El rostro es el usual que el artista utilizó para sus representaciones de San Pedro, como por ejemplo el de las Lágrimas de San Pedro y el San Pedro del retablo mayor de San Felipe Neri. Sin embargo, muchos detalles los ha tomado prestados de su padre. Así la concepción de la cabeza y la forma de disponer la barba, a base de numerosos caracolillos simétricos y uniformes, nos remite a la barba del San Pedro en Cátedra que Juan de Ávila talló de magistralmente para la colegiata de Lerma (Burgos). El rostro está tallado mórbidamente, acusando bien las calidades de la piel. La blandura del rostro la comprobamos en las arrugas, las cuales acreditan la avanzada edad del santo y la destreza del escultor para simularlas con verosimilitud.
Como todas las esculturas “catedralicias” viste doble indumentaria: por debajo una amplia túnica azul hasta los pies, cuyos pliegues caen rectos; y un manto marrón que desciende por el hombro izquierdo y se enrolla en la cintura y en la pierna derecha, creando líneas diagonales y ensanchando la figura.



SAN MIGUEL ARCÁNGEL (1714)
Finalmente tenemos la imagen de San Miguel, que resulta ser una copia casi exacta del existente en la parroquial de Castil de Vela (Palencia). San Miguel se encuentra bajo un pequeño pabellón que descorren un par de angelotes. Pedro de Ávila ha concebido la escena como un instante congelado, retratando el justo momento en el que el Arcángel se dispone a dar el golpe de gracia a Lucifer. Pero no solo eso, sino que también ha sabido otorgar a la escena dinamismo mediante la inclusión de la banda que le rodea el cuello, que parece agitarse violentamente por efecto del viento. Eleva el brazo derecho de una manera muy elegante, teniendo las mangas recogidas. En esa mano empuñaría una afilada lanza que se dispondría a clavar al demonio, mientras que con la otra agarra una cadena con la que le sujeta del cuello. Viste como un guerrero, con túnica y coraza thoracata de la que penden una serie de pulseras o “torquex”, a la manera del ejército romano. A sus pies se sitúa el demonio, un espantoso ser que resulta ser una combinación de cabeza humana con cuernos, cuerpo animal y cola de serpiente. El rostro muestra un gesto amenazador.

Pedro de Ávila podría haberse inspirado para realizar su Arcángel en el San Miguel (1606) que Gregorio Fernández ejecutó para la parroquia homónima. Sin duda Ávila conocía la talla puesto que llevaba viviendo en esa colación muchos años. Las similitudes con este grupo las vemos en la indumentaria y en la forma de disponer el brazo derecho. También está íntimamente ligado con el San Miguel (1613) que Juan Imberto talló para el convento de Santa Isabel; en este caso las similitudes se reflejan en la posición de las piernas.

PEDRO DE ÁVILA. San Miguel (1714). Iglesia de San Miguel. Castil de Vela (Palencia)
JUAN IMBERTO. San Miguel (h. 1613). Convento de Santa Isabel. Valladolid
GREGORIO FERNÁNDEZ. San Miguel (1606). Iglesia de San Miguel. Valladolid

miércoles, 12 de abril de 2017

SEMANA SANTA EN VALLADOLID: SAN JUAN EVANGELISTA "El Discípulo Amado"


La imagen de San Juan Evangelista que durante todo el año se conserva en su capilla de la catedral fue la primera imagen que procesionó la Cofradía del Discípulo Amado y Jesús de Medinaceli. Esta escultura, que en origen fue concebida como imagen de retablo, y no para procesionar, fue la elegida por la más reciente de las cofradías vallisoletanas (fundada en 2011) para participar en la Procesión General de la Sagrada Pasión del Redentor en la tarde del Viernes Santo. La primera vez que desfiló fue en la Semana Santa del año 2015.
Procesión General de la Sagrada Pasión del Redentor 2016
Procesión General de la Sagrada Pasión del Redentor 2016
Procesión General de la Sagrada Pasión del Redentor 2015. Primera vez que la imagen participó en el desfile
La efigie de San Juan Evangelista, que está documentada y perfectamente fechada, por lo que extraña que año tras año en ciertas publicaciones vuelvan a errar en los datos (y no solamente en el caso de esta pieza, sino en otras muchas, por ejemplo el Crucificado que procede de Bercero), fue realizada entre los años 1714-1715 por Pedro de Ávila, siendo parte de un encargo mucho mayor que le efectuó el cabildo catedralicio. Efectivamente, a finales del año 1713, o comienzos de 1714, el cabildo de la catedral vallisoletana encomienda a Pedro de Ávila uno de los encargos más importantes de su carrera: la realización de cinco esculturas que debían presidir otros tantos retablos, cada uno en la capilla de su advocación: cuatro de ellas se ubicaban en las capillas del lado de la Epístola (Santa María Magdalena, San Pedro, San José y San Miguel), y la quinta en la situada a los pies del Evangelio (San Juan Evangelista). Por entonces, encima de esta última capilla se erguía la torre catedralicia, llamada “la buena moza”. De todas ellas tan sólo una tuvo como destino una capilla de patronato privado, la de la Magdalena, por lo que el resto tuvieron que ser dotadas por el propio cabildo catedralicio.

El cabildo al encomendar las esculturas a Pedro de Ávila no se las encargaba a un escultor cualquiera, sino que lo hacía al que por entonces era el maestro más prestigioso del ámbito vallisoletano, y por lo tanto de gran parte del noroeste español. Esta importancia está en consonancia con la alabanza que le dedicó años después su amigo el historiador Manuel Canesi en su Historia de Valladolid: “estatuario insigne”. Este encargo y el que le realizó la Congregación de San Felipe Neri (le comisionó la ejecución de las esculturas de San Pedro y San Pablo para el retablo mayor y las de la Magdalena, Crucificado e Inmaculada para las capillas del cuerpo del templo) fueron los dos más importantes que recibió a lo largo de su vida, siendo, además, las empresas de amueblamiento y decoración más importantes que se llevaron a cabo en Valladolid durante la primera mitad del siglo XVIII. En esta tarea catedralicia colaboró con otros dos artífices: los retablos corrieron a cargo del ensamblador Pedro de Ribas, mientras que el dorado de los retablos y, quizás, el policromado y encarnado de las esculturas fue llevado a cabo por el dorador Santiago Montes. Sin lugar a dudas la catedral contó con parte de los mejores artífices con que contaba la ciudad.
Pedro de Ávila percibió por la ejecución de las cinco esculturas 8.000 reales de vellón, es decir 1.600 reales por cada una de ellas, la cantidad más alta que tenemos documentado que se le pagara por una sola imagen; le sigue a la zaga los 1.400 reales del San Miguel de Castil de Vela. No cabe duda de la alta estima, y con razón, que tenía el cabildo catedralicio por nuestro escultor, el cual sin lugar a dudas echó el resto a la hora de fabricar las imágenes, alcanzando unas cotas de calidad que nos llevan a afirmar con rotundidad que algunos de ellas figuran entre sus obras maestras, casos del San Pedro y San José. La escultura de San Juan Evangelista ha sido la que ha padecido una historia más azarosa y confusa de las cinco que talló para la catedral. La capilla, que durante siglos ejerció la función de parroquia catedralicia, se sitúa a los pies de la nave del Evangelio; era la de menores dimensiones, sin duda debido a que sobre ella se levantaba la antigua torre de la catedral.

El retablo primitivo ejecutado en 1714 por Pedro de Ribas y dorado en 1721 por Santiago Montes desapareció tras el hundimiento de la torre a media tarde del día 31 de mayo de 1841. De esta desgracia parece que tan solo se salvó la escultura titular del retablo, tallada por Ávila, aunque, como veremos, parece que esa afirmación no es del todo correcta. Pedro Alcántara Basanta en su delicioso Libro de curiosidades relativas a Valladolid (1807-1831) nos describe muy pormenorizadamente aquella desgracia: “En 31 de mayo de 1841 que fue 2º día de Pascua de Pentecostés entre 4 y 5 de su tarde se arruinó la torre de la Santa Iglesia Catedral sin que sucediese desgracia alguna, ni en personas ni en los edificios contiguos, sólo si se arruinó la capilla de San Juan Evangelista, inclusa en la Santa Iglesia y era la parroquia así titulada y habiéndose hundido la habitación del campanero cayó su mujer entre las ruinas en la cama donde estaba durmiendo la siesta debajo de las cuales estuvo 22 horas que a puro celo y vigilancia de las autoridades, trabajo infatigable de los presidiarios y otras personas piadosas se la sacó viva con algunas lesiones y leves heridas que sanó completamente quedando un poquito coja. Y el marido tuvo el arrojo de bajarse de su habitación por una escalera de mano. Son muchas las circunstancias que se reunieron con esta desgracia por haber caído todo el campanario con el reloj; causando una explosión y ruido extraordinario, tomando toda la población de esta ilustre ciudad el mayor interés para acudir al alivio de tan grande desgracia y el Ilmo. Cabildo en unión con el Noble Ayuntamiento dispusieron a pocos días empezar la obra de desmonte de mucha parte de la torre que estaba ruinosa y todo se hizo sin que sucediese desgracia alguna más que haber caído un operario sin que se hiciese más daño que algunas contusiones, especialmente en el pecho el que sanó completamente a pocos días. Y constante el venerable cabildo en no perdonar fatiga hasta que se hallase el Copón con el Santísimo Sacramento de la parroquia que había quedado entre las ruinas, hallado este en la forma más admirable y sobre el Ara, dispuso hacer en acción de gracias una solemne procesión con asistencia de todas las Penitenciales, Cofradías Sacramentales, Clero, Autoridades local y provincial, Excmo. e Ilmo. Sr Obispo que llevaba el Santísimo en sus manos en el mismo Copón estando tendida toda la tropa de la guarnición de Infantería, Caballería y Artillería y la de la Milicia Nacional, saliendo la procesión de dicha santa iglesia por la plazuela de Sata María, estando formada la Universidad en sus balcones de toda ceremonia y habiendo un hermoso altar en la puerta principal; continuando por la calle de la Librería, Plazuela del Colegio Mayor, calle de la Cárcava, Orates, Fuente Dorada, Platería, Cantarranas, Cañuelo hasta llegar a la Penitencial de las Angustias, donde se colocó el Santísimo Sacramento y en toda la carrera hubo muy hermosos altares y un concurso de gentes grandísimo y piadoso, cuya procesión se verificó el día Domingo 18 de junio a las 10 de su mañana y el venerable cabildo continuó sus obras para habilitar la Santa Iglesia, y el día Domingo 2 de enero de 1842 tuvo la dicha e indecible gozo de hacer una solemne función e indecible gozo de hacer una solemne función de gracias con misa, sermón y Te-Deum y asistencia de todas las autoridades”.

Inmediatamente el cabildo se apresuró a rehacer la bóveda de la capilla, “imitando su aspecto primitivo”, y a construir un nuevo retablo mayor, el cual fue llevado a cabo en 1846 en estilo neoclásico por el prestigioso ensamblador vallisoletano Jorge Somoza; se trata del que actualmente sigue presidiendo la capilla. Casimiro González García-Valladolid nos plantea ciertas dudas acerca de su fecha de ejecución y sobre su posible confusión con otro traído desde el Monasterio de Nuestra Señora de Prado. Señala que el “retablo corintio que tiene le hizo Jorge Somoza, y fue colocado en ella el año 1841, trasladado de la iglesia conventual de padres jerónimos de Nuestra Señora de Prado”. Es decir, según el erudito el retablo no fue realizado en 1846 bajo los auspicios del cabildo, sino que se trajo en 1841 desde el referido monasterio desamortizado; en lo único que coincide es en la autoría del mismo.

La escultura de San Juan Evangelista no gustó para nada al referido Casimiro González García-Valladolid: “la efigie del Santo titular, escultura en madera de tamaño un poco mayor que el natural y de cuerpo entero, es muy regular”; pero no es para menos puesto que la talla del cuerpo es muy basta, realizada por un maestro de tercera fila: los pies planos, casi sin desbastar; y los pliegues muy secos, sin orden ni concierto y carentes de cualquier impulso naturalista. Hace tiempo tuve la sensación, la cual se acrecentó tras la reciente restauración de la imagen llevada a cabo en 2015 por un grupo de restauradores de la Escuela de Arte de Valladolid, capitaneados por Andrés Álvarez Vicente, de que la cabeza no pertenecía a ese cuerpo. Pienso que, tras el derrumbe de la capilla, los únicos afectados no fueron el retablo y la capilla en sí, sino que también se destruyó la escultura de San Juan Evangelista tallada por Pedro de Ávila. Parecería algo extremadamente raro y milagroso que tras tan pavoroso accidente la estatua hubiera quedado intacta. El cuerpo del santo quedaría tan afectado que no se pudo restaurar debido a lo cual, a la vista de que la cabeza sí que se conservó intacta, se contactaría con un escultor que tallara nuevos tanto el cuerpo como las manos, amén del cáliz que sostiene en una de ellas. Como podemos observar por los ropajes, el escultor en cuestión, del cual carecemos de cualquier pista para averiguar su identidad, no se nos muestra demasiado diestro a la hora de tallar los pliegues: las quebraduras bastas y sin sentido son la constante, sin nada que ver con el estilo elegante y refinado de nuestro escultor. Es extraño que no se haya reparado en esta diferencia de calidad entre el horroroso cuerpo y la estupenda y magnífica cabeza, que seguramente se encuentre entre las más bellas salidas del taller de Ávila.

Detalle de los pies, antes de la restauración
La escultura a medio restaurar
La realización del nuevo cuerpo trajo consigo un cambio en la iconografía del santo puesto que tenemos algunas pistas que indican que no representaría, como ocurre ahora, el milagro de la copa de veneno, sino que en realidad Pedro de Ávila habría concebido al santo en su calidad de Evangelista. Para ello me baso en el hecho de que hay dos imágenes de este mismo santo que son idénticas entre sí. Se trata de la que hizo su hermano Manuel de Ávila para el ático del retablo mayor de Fuentes de Valdepero (Palencia) y otra que hemos descubierto en el retablo mayor de la iglesia de Santa María de Colaña de la localidad de Castromocho (Palencia), esta última sin autor concreto pero cuya autoría basculará entre el propio Pedro de Ávila y su hermano Manuel. Como hemos dicho, ambas son idénticas entre ellas (nos presentan al santo de pie, con la pluma en su mano derecha, el libro de su Evangelio en la izquierda y el águila de su Tetramorfos a los pies; es decir, estamos hablando que el santo aparece en el pasaje en el que escribe su Evangelio en la Isla de Patmos), pero no solo eso, sino que el rostro, el pelo y la mirada elevada del santo también coincide con la del San Juan Evangelista que Pedro de Ávila talló para la catedral vallisoletana. En definitiva, este San Juan que estamos tratando, que en origen se le representaría en condición de Evangelista (seguramente también a sus pies se encontraría un águila puesto que la actual parece tallada también a mediados del siglo XIX), vendría a ser el modelo que sirvió años después a su hermano para tallar el San Juan de Fuentes de Valdepero y quizás el de Castromocho.

MANUEL DE ÁVILA. San Juan Evangelista del retablo mayor de Fuentes de Valdepero (Palencia)
PEDRO o MANUEL DE ÁVILA. San Juan del retablo mayor de la iglesia de Santa María de Colaña de Castromocho (Palencia)
En definitiva, que el San Juan Evangelista tallado por Ávila para la catedral se nos presentaría de pie, con la pierna derecha levemente adelantada. En su mano izquierda portaría un libro abierto, con la derecha agarraría una pluma, mientras que el santo elevaría el rostro hacia el cielo buscando la inspiración divina. El santo vestiría una túnica verde hasta los pies y un manto rojo que le cubriría buena parte del cuerpo y le caería por el hombro y el brazo izquierdo. A sus pies se situaría un águila con la cabeza elevada mirando al santo y con las alas extendidas. No nos hemos referido antes a este detalle, pero es que las dos esculturas aludidas copian fielmente hasta las secuencias de rizos de la cabellera del original, motivo que ya hemos visto en los dos ejemplares de San Miguel Arcángel.

Por contra, el San Juan que actualmente vemos se nos presenta también erguido, con los dos pies bastante mutilados, y como pegados al inmenso bloque sin desbastar que conforman las vestimentas del santo (en la parte donde se unen los pies con el cuerpo se observa que el bloque de madera se encuentra totalmente macizo, sin desbastar ni policromar, algo totalmente impensable en Pedro de Ávila). Viste unos ropajes similares, signo de que el escultor se pudo guiar por los restos del cuerpo destrozado del santo: túnica larga verde y manto rojo recogido a la cintura. Como vemos es una simplificación, tanto de la manera de los ropajes como de los pliegues. En su mano izquierda sujeta el cáliz venenoso que, como hemos dicho, modifica el sentido e iconografía de la primitiva imagen, mientras que con la derecha hace un gesto como de agarrar algo.

El cáliz venenoso alude a un acontecimiento sucedido en Éfeso tras el fallecimiento del emperador romano Domiciano (51-96). Relata Réau que Aristodemo, a la sazón sumo sacerdote del templo de Diana en Éfeso, quiso poner a prueba a San Juan: “Si quieres que crea en tu Dios, te daré veneno a beber y si no te hace daño alguno es que tu dios es el verdadero Dios”. Tras moler “reptiles venenosos en un mortero, en principio ensayó los efectos del veneno sobre dos condenados a muerte que sucumbieron de inmediato. Entonces llegó el turno del apóstol que tomó la copa, y después de hacer la señal de la cruz, se bebió el veneno de un trago sin experimentar mal alguno. Luego resucitó a los condenados extendiendo su manto sobre ellos”. Sea como fuere la iconografía presente en la escultura estaría incompleta puesto que se suele colocar un pequeño dragoncillo saliendo del cáliz para indicaros que el líquido de su interior era veneno.
El rostro es brillante, precioso, parece reflejar la angustia del escritor que busca la inspiración divina para plasmar las palabras en el Evangelio. Nos presenta a un hombre joven que dirige sus ojos, realizados en tapilla, hacia el cielo. El gesto de angustia/sorpresa se ve acompañado por la boca entreabierta, de la cual podemos ver una estrecha franja de sus dientes superiores y la punta de la lengua. Los rasgos fisionómicos son los típicos en Ávila. Llama la atención la exquisita policromía, en especial la que nos muestra la incipiente barba. La caballera con amplios bucles que denota su manejo excepcional del trépano nos remite a las ya vistas en las efigies de San Miguel. El rostro parece emparentar con el del San Juan que probablemente talló su padre Juan de Ávila para el Calvario del Colegio de los Ingleses; además, este mismo rostro lo volverá a utilizar Ávila para la Magdalena que hizo para otra de las capillas de la catedral e incluso en la Virgen del grupo de la Anunciación conservado en la parroquial de Renedo, amén de otras muchas más.

¿JUAN DE ÁVILA o JUAN ANTONIO DE LA PEÑA?. San Juan Evangelista. Colegio de los Ingleses
Desconozco el tamaño que posee el referido San Juan del Calvario del Colegio de los Ingleses, pero sería interesante, si tuviera la altura necesaria, que fuera el elegido para procesionar, en sustitución del de Ávila, ya que su iconografía concuerda más con el Discípulo Amado en tiempos de Pasión, además de poseer una calidad más que exquisita. Ahí lo dejo.


BIBLIOGRAFÍA
  • ALCÁNTARA BASANTA, Pedro: Libro de curiosidades relativas a Valladolid (1807-1831), Tipografía del Colegio Santiago, Valladolid, 1914.
  • BALADRÓN ALONSO, Javier: Los Ávila: una familia de escultores barrocos vallisoletanos (Tesis Doctoral), Universidad de Valladolid, Valladolid, 2016.
  • DE CASTRO ALONSO, Manuel de: Episcopologio vallisoletano, Tipografía y casa editorial Cuesta, Valladolid, 1904.
  • MARTÍN GONZÁLEZ, Juan José: “Noticias documentales sobre la Catedral de Valladolid”, B.S.A.A., Tomo XXVI, 1960, pp. 188-196.
  • URREA FERNÁNDEZ, Jesús: “Noticias documentales sobre la Catedral de Valladolid”, B.S.A.A., Tomo XXXVI, 1970, pp. 529-537.
  • URREA FERNÁNDEZ, Jesús: “Reflexiones sobre la Catedral de Valladolid y noticia de algunas de sus pinturas”, II Curso de patrimonio cultural (2008-2009), Ayuntamiento de Valladolid, Valladolid, 2009.