miércoles, 12 de septiembre de 2018

EL PINTOR Y DECORADOR SALVADOR SEIJAS GARNACHO (1837-1913)

Salvador Seijas Garnacho es uno de los muchos estimables pintores con los que contó Valladolid durante la segunda mitad del siglo XIX y comienzos del XX. Popularmente conocido por las pinturas murales que decoran el techo del Pasaje Gutiérrez su obra conocida, no muy extensa por desgracia, también cuenta con lienzos e incluso con caricaturas.
Salvador Seijas hacia 1906
De su biografía tampoco son demasiadas las noticias que tenemos. Nacido en Fuentes de Nava (Palencia) en 1837, siendo hijo de Eustaquio Seijas y Romualda Garnacho, se trasladó muy joven a Valladolid donde llegaría a ser uno de los pintores de mayor prestigio, especialmente en el campo de la pintura decorativa. Entró a estudiar en la Escuela de Bellas Artes, en donde fue discípulo de Agapito López San Román, y en la que llegó a ser profesor de dibujo, primero interinamente, ocupando en 1878 la plaza del escultor Pablo Santos de Berasategui, en 1900 fue nombrado ayudante meritorio, y en 1911 profesor de Entrada. El 20 de enero de 1865 contrajo matrimonio en la iglesia de Nuestra Señora de la Antigua con María Rosa Aparicio, con la que tuvo, al menos dos hijos: Eustaquio Pascual (1867), Eustaquio Enrique Francisco (1869), ambos bautizados en la iglesia de San Miguel. Posteriormente, el 30 de octubre de 1879 casó en la iglesia de San Martín en segundas nupcias con Modesta Díaz, con la que procreó a Telesforo Antonio (1882), bautizado en la iglesia del Salvador. Señala Brasas Egido que “a pesar de sus cualidades, su dedicación a la docencia limitó sus posibilidades en el campo de la creación, pues como afirmaba Ortega y Rubio "no se cuidaba de los trabajos de importancia, y sólo atendía a enseñar a sus numerosos discípulos", en su academia de dibujo situada en el número catorce de la calle de Malcocinado”. Como hijo de su tiempo, acudió, aunque con escasa fortuna, a las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes. Así, en 1871 presentó Fantasía de Dante, y en la de 1878 las pinturas tituladas La celda del prior, Florero, La madre y Cristo muerto. También compareció a la Exposición Pública de Valladolid de 1871, presentando un lienzo titulado La conversión de San Pablo. En 1912 quedó casi paralítico e imposibilitado para el cultivo del arte, falleciendo el 2 de enero de 1913.
La Agricultura (1886). Pasaje Gutiérrez
Apolo y las Bellas Artes (1886). Pasaje Gutiérrez
La Primavera (1886). Pasaje Gutiérrez
La Industria (1886). Pasaje Gutiérrez
El Comercio (1886). Pasaje Gutiérrez
Su fama en la ciudad se la ganó como decorador de techos. Así, en 1876 realizó unos vistosos transparentes en uno de los salones de la antigua Academia de Caballería, y las decoraciones del Café Imperial (1877), del Pasaje Gutiérrez (1886) y las del Círculo de la Victoria (1887). Para el primero, que fue considerado como la más elegante galería comercial de la ciudad, pintó cinco hermosas composiciones al fresco que representan las alegorías del Comercio, la Industria, la Primavera, la Agricultura, y Apolo y las Bellas Artes. Por su parte, el desaparecido portal del Círculo de la Victoria se adornaba con una serie de lienzos que representan escenas del Quijote. En una colección particular vallisoletana se conserva un boceto de otra de estas decoraciones, seguramente de un techo, en la que se representa una Alegoría de las Bellas Artes. Piensa Urrea que tal vez fue pensado como proyecto para el techo del palacio municipal de Valladolid (1907) o bien para el techo del Círculo de Recreo (1901). Quizás también sea obra de Seijas una pintura conservada en el techo del portal Nº 3 de la calle de la Pasión que representa a Apolo en una composición muy semejante a la del Pasaje Gutiérrez. Si tenéis foto de este último os la agradecería, así como si conocéis alguna otra pintura de las que seguro existente en los numerosos portales novecentistas de Valladolid.
Boceto de la Alegoría de las Bellas Artes
Retrato de Miguel Ángel en el Boceto de la Alegoría de las Bellas Artes
Retrato de Rafael en el Boceto de la Alegoría de las Bellas Artes
Seijas cultivó otros géneros, como la pintura religiosa, la caricatura y el retrato. De pintura religiosa podemos señalar La Aparición de la Virgen a San Antonio de Padua que se conserva en el Monasterio de San Benito, un lienzo de tamaño colosal representado a la Inmaculada Concepción que pintó para la capilla del Convento de María de las Madres Cristianas, o el retrato de San Agustín que ejecutó para el Convento de los Agustinos Filipinos, institución para la que también pintó el Escudo de Armas de la Orden, y una Alegoría de la conquista de las Filipinas. En cuanto al retrato contamos con el de Don Acisclo Piña, conservado en el Asilo de Nuestra Señora de las Mercedes de Carrión de los Condes (Palencia), que fundara este mismo. Finalmente, debió ser un hábil caricaturista, colaborando en ocasiones en el periódico satírico Mefistófeles y en el semanario La Mar Azul.
 
Grabado de su cuadro "Covadonga"
Retrato de Acisclo Piña. Asilo de Nuestra Señora de las Mercedes. Carrión de los Condes (Palencia)
San Antonio de Padua. Monasterio de San Benito. Valladolid
En la Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción de Valladolid se conserva un dibujo a carbón titulado Friso de Apolo y Dafne (1893), que era una copia del relieve en “estilo de renacimiento italiano”, firmado y fechado en 1892, donado a la Escuela por el escultor y profesor Ángel Díaz y Sánchez, aceptado por ésta el 24 de enero de 1893.
Friso de Apolo y Dafne (1893). Real Academia de BB.AA. de la Purísima Concepción. Valladolid

BIBLIOGRAFÍA
  • ANÓNIMO, Catálogo de la Exposición de Bellas Artes de 1878, Tipografía Estereotipia Perojo, Madrid, 1878.
  • BRASAS EGIDO, José Carlos: La pintura del siglo XIX en Valladolid, Institución Cultural Simancas, Valladolid, 1982.
  • ORTEGA DEL RÍO, José Miguel: El siglo en que cambió la ciudad. Noticias artísticas de la prensa vallisoletana del XIX, Ayuntamiento de Valladolid, Valladolid, 2000.
  • OSSORIO Y BERNARD, Manuel: Galería biográfica de artistas españoles del siglo XIX, Madrid, 1883-1884.

martes, 21 de agosto de 2018

EL RETABLO DE LOS ÁVILA-MONROY DE LA IGLESIA DEL SALVADOR DE ARÉVALO (Juan e Isaac de Juni, 1573-1581)


El otro día estuve visitando la maravillosa villa de Arévalo de la mano de su cronista, Ricardo Guerra, y entre las numerosas obras de arte que me impresionaron sobresalieron dos, una magnífica escultura románica pétrea que representa a San Zacarías (siglo XII) realizada por algún maestro borgoñón, y que parece que pudo llegar a contemplar el mismísimo Maestro Mateo; y el retablo de la capilla de los Ávila Monroy de la iglesia del Salvador (1573-1581), obra de Juan e Isaac de Juni. Hoy me propongo dar a conocer esta segunda obra, aunque no con mis palabras, sino explicada por una de las grandes expertas en el genial escultor franco-pucelano, María Antonia Fernández del Hoyo, texto que podéis encontrar en su libro sobre Juan de Juni, y que desde aquí recomiendo a todo el mundo.
Comenzamos:
Fue el propio Juni, en su testamento otorgado dos días antes de morir, quien dio noticia de que tenía “comenzado a hacer un retablo” para la capilla que don Alonso de Ávila Monroy y doña Luisa de Briceño poseían en la iglesia de San Salvador, de Arévalo (Ávila), añadiendo que “hasta agora está hecha más de la mitad de la talla y escultura” y que había recibido 750 ducados a cuenta del total de 2.000 que debía pagársele, en que se comprendía también la pintura, y mandado “que se prosiga y acabe” y se cobre el resto. Es probable que el escultor estuviese retrasado en la entrega de la obra porque el retablo no es muy grande y el contrato se había firmado el 27 de 1573.

A pesar de ello todavía pasarían tres años más hasta que el 24 de agosto de 1580 su hijo Isaac de Juni firmase una nueva escritura dada a conocer parcialmente por Martí y Monsó. Por este documento sabemos que el 1 de abril de 1579, a requerimiento del dicho don Alonso, se habían declarado “todas las piezas que dejó hechas el dicho Juan de Juni a su muerte” aunque -añade Isaac- “yo he acabado y puesto en perfección algunas de ellas y principalmente hice del todo una figura de San Andrés e una caja donde se ha de asentar la historia d San Ildefonso”. Deseando el comitente se finalizase la obra, Isaac de Juni se comprometió a “acabar el dicho retablo en lo que toca a ensamblaje talla y escultura en todo lo tocante a madera en blanco” conforme a la traza y modelos de la primera escritura, pero dejando la policromía a costa y voluntad de don Alonso de Ávila. Asimismo se excluían de su trabajo “las dos historias de sacrificios que para las dos pechinas de la capilla se habían de hacer de madera”. En buena lógica al ser considerablemente menor el trabajo el precio disminuyó hasta 1.030 ducados lo que, teniendo en cuenta los 750 ya cobrados por su padre, dejaba la suma que debía percibir Isaac en 280 ducados.
 
Inmaculada Concepción
Se comprometía Isaac de Juni a asentar el retablo provisionalmente en el lugar de Montejo de la Vega, pueblo de la provincia de Segovia pero limítrofe a las de Ávila y Valladolid, donde sería tasado por dos expertos, y “después que esté dorado y pintado” a acudir allí, desarmarlo y volverlo a asentar en la capilla de Arévalo; el transporte entre estos lugares correría por cuenta de los comitentes. Entretanto, declaraba que “toda la obra contenida en el dicho requerimiento -es decir la hecha por su padre- y lo que más yo he hecho para el dicho retablo queda en mi poder”, obligándose a no darlo a nadie- Además apartaba a los demás hijos y herederos de Juni de cualquier reclamación por lo que su padre dejó hecho. Por sus fiadores en el cumplimiento de todo lo acordado daba al pintor Gaspar de Palencia y al escultor Sebastián de Burgos, vecinos de Valladolid. Todos ellos suscribieron como plazo de entrega del retablo, asentado en Montejo, el día de Navidad de 1581.

San Pedro
Cumplió el escultor su parte acabando el retablo en la fecha estipulada pero no así los comitentes. Así se refleja en los requerimientos que desde la muerte del escultor, a fines de 1597, realizó su viuda Juana Martínez para intentar cobrar los 250 ducados que todavía le adeudaban y, sobre todo, para lograr que doña Luisa Dávila Briceño, monja en el monasterio de Santa Catalina de Ávila, única hija y heredera de don Alonso de Ávila Monroy de doña Luisa Briceño, reclamase la obra para hacerle dorar y asentar en la iglesia de Arévalo. Alegó la viuda las veces que el propio Isaac intentó en vano entregar el retablo y cómo éste se hallaba todavía en su casa, con el consiguiente perjuicio para la familia y con peligro de deterioro, amenazando incluso con vender la obra a tercero. En 1598 la propia Juana Martínez se trasladó a Ávila presentando requerimiento ante la heredera y sus administradores, con escaso éxito. Las gestiones se repitieron en 1601, comisionando entonces la viuda a su yerno, el ensamblador Juan de Muniátegui para representarle en su justa reclamación. La respuesta fue desalentadora: los bienes de la familia Ávila estaban embargados y la heredera no podía cumplir lo concertado. A pesar de tan malas perspectivas, se llegaría a una solución satisfactoria, como evidencia que el retablo esté colocado en la capilla para la que fue hecho.

San Andrés
De todo lo anterior podría deducirse que la traza del retablo y parte de su escultura fueron hechas personalmente por Juan de Juni pero, admitiendo su diseño par la primera es claro que la segunda parece obra de otras manos, por lo que hay que suponer que el maestro confió la ejecución de las figuras a su taller, en especial, como se ha visto, a su hijo Isaac.
La arquitectura del retablo muestra claramente la evolución hacia el clasicismo manifiesta ya antes en otras obras suyas como el retablo de San Francisco, en el Convento de Santa Isabel de Valladolid, o el retablo de la capilla de la Piedad, de la catedral de Segovia. Se mantienen sin embargo algunas de las constantes propias de su peculiar concepto como la tendencia a utilizar formas próximas a la serliana, la diferencia de altura entre la calle central y las laterales, la presencia de motivos decorativos como las volutas, los mascarones y, especialmente, los angelitos, que en este caso se distribuyen en el entablamento que separa el primer y segundo cuerpo con posturas de clara influencia miguelangelesca.

Es extraña la composición del primer cuerpo de la calle central, bajo la escultura de la Inmaculada, que sigue toscamente modelos de Juni y está escoltada por relieves representando un árbol y una palmera, se dispone la caja horizontal que hizo Isaac de Juni para contener el relieves de la Imposición de la casulla a San Ildefonso -que sin embargo no parece obra suya-, alusivo sin duda al nombre del comitente; quizá, como sospecha Martín González, sustituiría a un tabernáculo proyectado inicialmente por su padre. En las hornacinas de las calles laterales se sitúan esculturas de San Pedro y San Andrés; Isaac de Juni se declara en 1580 autor de la segunda y lo será también de la primera dada la identidad de su factura.
 
Imposición de la casulla a San Ildefonso
Más próximas a Juni está la escultura del segundo cuerpo que se organiza con el Calvario ocupando la gran caja central, y las imágenes de Santa Ana con la Virgen y San Antonio con el Niño Jesús en las cajas laterales. Todas ellas responden a modelos juniano aunque no sean de su mano.

Calvario
Santa Ana enseñando a laeer a la Virgen
San Antonio con el Niño
Rematando el conjunto se dispone un ático en cuyo encasamiento hay un relieve del Bautismo de Cristo, muy lejano del maestro. Sin embargo el frontón que lo cobija y que se rompe caprichosamente para albergar la representación del Espíritu Santo participa de la fantasía juniana.

Bautismo de Cristo

BIBLIOGRAFÍA
  • FERNÁNDEZ DEL HOYO, María Antonia: Juni de Juni, escultor, Universidad de Valladolid, Valladolid, 2012.