jueves, 24 de diciembre de 2015

"ORO DE NÁPOLES". El nuevo montaje del Belén Napolitano del Museo Nacional de Escultura para la Navidad del año 2015


Hace dos días, el 22 de diciembre se estrenó una de las grandes superproducciones vallisoletanas de este invierno: Oro de Nápoles, el nuevo montaje del Belén Napolitano que conserva el Museo Nacional de Escultura. Pero no se trata de un mero cambio de instalación puesto que se ha querido recrear un paisaje con el Nápoles de la época, en el que no puede faltar el guardián de la ciudad: el Vesubio. El encargado de este nuevo e innovador montaje ha sido el escenógrafo Ignasi Cristiá, el cual ha explicado que se han “utilizado recursos de perspectiva que ya se encuentran en el teatro clásico, hemos captado escenas, momentos y personajes que reflejan toda una realidad que aún sigue viva".
Esta pequeña gran maravilla, cuya visita es gratuita, estará abierta al público hasta el día 3 de enero. Para verla tendréis que ir hasta la sede del Museo en el Palacio de Villena y al entrar subir las escaleras del lado derecho. Una vez que lo hayáis visto podéis comentar vuestros pareceres en Twitter con el hashtag #OroDeNápoles. Si queréis echar un vistazo a como se encontraba antes el Belén Napolitano no tenéis más que clickear aquí. La siguiente información está tomada de los diferentes paneles que se han hecho para esta exposición.
 

EL BELÉN NAPOLITANO EN EL SIGLO XVIII
La escenificación del nacimiento de Jesús en un establo de Belén es una tradición de origen medieval que, en los siglos siguientes, arraigo en la piedad popular y se convirtió en un rito doméstico.
En la Nápoles del siglo XVIII el belén vive su edad de oro, por el esplendor que alcanza y la pasión que despierta. Siendo rey de Nápoles, el español Carlos de Borbón (futuro Carlos III) se consagra junto con su esposa, Amalia de Sajonia, a esta afición, como lo hará luego su hijo, Fernando IV. La moda del “presebbio” también prenderá entre las clases distinguidas y, cada Navidad, aristócratas y ricos burgueses rivalizarán en ingenio y fastuosidad, ampliando los escenarios, añadiendo figuras, cambiando vestimentas y enseres. La construcción del belén, supervisada por un escenógrafo, atrae a célebres escultores, pintores, así como a toda una industria manufacturera de lujo –seda, porcelana, orfebrería–, promovida por los ilustrados monarcas para impulsar la prosperidad del reino.
Este divertimento reúne dos aspectos del espíritu del siglo XVIII: por un lado, el gusto por un arte ligero y mundano, hecho de juguetes y caprichos; y por otro, los afanes eruditos de la ilustración.
El belén napolitano es, pues, distinto del pesebre de las iglesias: la Nápoles moderna y festiva sustituye a la Belén bíblica. Sobre el fondo del Vesubio, una cuidada escenografía de plazas y rincones urbanos acoge el cotidiano ajetreo de artesanos, vendedores y gente ociosa como la fantasía oriental del séquito de los Reyes Magos, todos ellos acompañados de un desbordante surtido de animales, comestibles y objetos en miniatura. En medio de tanto bullicio y animación vital, apenas resulta distinguible la escena de la Natividad.
 
Un rasgo propio de la cultura napolitana es su inclinación por una representación verista de los tipos humanos. Napolitano fue el autor del primer tratado europeo de Fisiognomía (1586), el erudito Giovan Battista della Porta, quien relaciona rostro y carácter. Y fue en esta capital donde se desarrolló la escuela tenebrista barroca, encabeza por el español José de Ribera. A comienzos del siglo XIX, el etnógrafo A. de Jorio estudió por primera vez la gestualidad napolitana, cuyas raíces se hunden en la mímica griega.
Heredero de esa tradición, el Belén ahonda en esa vena naturalista y representa a la gente común –pastores, artesanos, vendedoras, mendigos–, con sus fisionomías gesticulantes, a veces grotescas o deformes, en busca de una exageración cómica.
 
En el Belén, Nápoles se representa a sí misma. La variedad de personajes traduce la complejidad social de la ciudad, con sus usanzas, oficios y diversiones, su patrimonio de gestos y dialectos: tiendas y vendedores ambulantes, artesanos ocupados en su labor, tabernas llenas de clientes, pastores en sus tareas agrícolas, músicos y mendigos.
Mención especial merece la documentación etnográfica de la indumentaria de las provincias del Reino, un proyecto ilustrado encargado por Fernando de Borbón. El Belén acogió este repertorio (sobre todo en el traje femenino) con gran riqueza de tejidos, colores, guarniciones y joyas. Su elegancia contrasta con las pobres condiciones de vida de la población, pero debe entenderse como un ensalzamiento de la identidad local, presentada en su máxima dignidad.
En este siglo que tanto apreciaba lo diminuto, la fabricación de vajillas, instrumentos musicales o herramientas de trabajo en miniatura (“finimenti”) fomentó una artesanía de gran virtuosismo. Llama la atención la abundancia de alimentos, pues no en vano, en el siglo anterior, Nápoles había sido un activo taller de pintura de bodegones.
 
El Belén se presenta como una coreografía en miniatura donde una multitud de actores y figurantes improvisan sus escenas. Esta caja mágica es una prueba de la supremacía que las artes escénicas adquirieron en Nápoles. La capital mantuvo viva la riqueza local de sus cantos y danzas populares y su teatro callejero, y los fundió con sus innovaciones teatrales y musicales, que se impusieron en toda Europa.
Fue en Nápoles donde nació la “opera buffa”, género que Mozart llevará a su máximo prestigio. Protagonizada por plebeyos en situaciones cómicas, y escrita en el chispeante dialecto “napulitano”, encontró enseguida una gran acogida popular.
Asimismo, muchos personajes belenísticos parecen extraídos de la “Commedia dell´Arte”. Nápoles aportó a este género un tipo de gran fortuna, Pulcinella (Polichinela): un criado, avispado y tramposo, antagonista de Arlequín. Muy amado por el pueblo napolitano por su filosofía de vida, figuraba con frecuencia, entre los personajes del Belén.
 

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