martes, 16 de diciembre de 2014

ARTISTAS VALLISOLETANOS ACTUALES: Félix Cano Valentín


Hoy os presento a un pintor que desconocía pero que después de haber leido sobre él y visto obras suyas me ha acabado gustado, y mucho. Me encantan esos pintores y escultores que no se limitan a seguir unas pautas comunes sino que crean un mundo y unas iconografías propias, de esos que ves una obra y dices: ¡es inconfundible! Creo que este es el caso del Félix Cano. Como en otras tantas ocasiones, pienso que sería más que merecida para estos grandes artistas vallisoletanos más exposiciones en las salas municipales, similares a la grandiosa muestra reciente de Cuadrado Lomas. Nació en la capital del Pisuerga el 22 de enero de 1930. Aunque desde pequeño se sintió atraído por la pintura estudió Químicas e Ingeniería Técnica Mecánica. La atracción por la pintura era tal que entre 1940 y 1946 estudia dibujo y pintura con Pedro Collado, Valentín Orejas y Eugenio Ramos, recibiendo también orientación artística con Constantino Candeira. Este último, director del Museo Nacional de Escultura, le recomendó que dibujara las obras de la colección permanente. Félix aceptó la propuesta y estuvo dibujando estas durante casi dos años, hasta que terminó el bachillerato. Sobre todo le gustaba Diego de Siloé, aunque posteriormente su interés se dirigió hacia Juan de Juni y Alonso Berruguete.
En 1948 ingresa en la Escuela de la Academia de San Fernando de Madrid, donde estudia un solo curso. Por entonces se encontraba en Madrid preparando el ingreso en Ingeniería, el cual suspendió. No le quedó otra que contárselo a su padre, quien le permitió seguir con la pintura siempre que lo compaginara con sus otros estudios: “En casa nunca se opusieron a mi vocación, todo lo contrario, me animaron, pero con la condición de que no abandonara todo lo demás”.

Durante un tiempo compaginó las mañanas en la Academia de San Fernando con las tardes de estudio de las matemáticas. En la Academia tuvo como profesor de dibujo de primer año a Daniel Vázquez Díaz, a quien no le gustaba nada la rapidez con que los hacía el alumno vallisoletano y estaba continuamente insistiendo en que los trabajara más. En cambio, el de color, que era Benjamín Palencia, si los apreciaba. Palencia le aconsejó “estudia y pinta lo mejor que puedas, porque cuando sepas pintar muy bien podrás hacer lo que te parezca”.
Posteriormente comenzó a frecuentar el taller de restauraciones del Museo del Prado para copiar, y sobre todo, pintar.  Estaba a cargo de Seisdedos, quien le dio un gran consejo: “lo que no conserve la memoria no merece la pena pintarlo”. Con Seisdedos aprendió a poner color al dibujo y conocer lo que son empastes, mezclas o veladuras. Además, le descubrió a Cennino Cennini y su Tratado de la Pintura, un libro que pronto se convirtió en el de cabecera para Cano, porque, dice, “es fundamental, te lo explica todo en cuanto a técnica”. Allí también se ganó la amistad del director del museo, Sánchez Cantón, y obtiene todo género de facilidades para estudiar la técnica de la pintura en las salas de restauración del museo.

A la puerta
Apunte para el retrato de Godofredo Garabito
Boceto para retrato de Jesús Zarzuela
Buscando la pela
Dedicó mucho tiempo a la pintura y muy poco al examen de ingreso de Ingeniería, con lo cual lo volvió a suspender. Por eso, de acuerdo con su padre, decidió volver a Valladolid y estudiar al tiempo Ciencias Químicas y Peritaje Industrial. Acabó las carreras, se puso a trabajar como jefe de obra en la empresa Agroman.
En 1951 acude a una exposición colectiva en el Colegio Mayor de Santa Cruz, una muestra que ahora describe como un revoltijo con mucho de todo y en la que no vendió un solo cuadro. Vienen a continuación otras exposiciones, como la de 1954, celebrada en el pabellón de oficiales de aviación de la base aérea de Tablada (Sevilla).
En Agroman le delegaron para trabajar en el Instituto Eduardo Torroja, donde aprendió todo sobre el hormigón y además le salió la oportunidad de trabajar en Brasil con la empresa americana Johns-Manville International Corporation. Se marchó para un año, aunque la estancia se prolongó nueve (1959-1968). Allí en Brasil recuperó su afición por la pintura, no abandonándola desde entonces. Acostumbrado a la línea clásica, salen a su encuentro mil inéditos colores, entonaciones y cadencias. Se diría una liberación lujuriosa del color. No solamente se renueva la paleta, sino que brota vigoroso el gusto de pintar. Además, le dio ese color tan personal, tan único, que seguramente es la mezcla de la exuberancia del país sudamericano con la austeridad y sencillez castellana.

Cabeza de estudio
Concierto de piano
Dawn by the riverside
De retirada
De vuelta a casa
Todo comenzó además casi por casualidad, por el deseo de colgar cuadros en las paredes de la casa amueblada que la empresa puso a su disposición y a las que, incluso, vistió con un mural. Allí conoció a Arnaldo Pena e Costa, importante galerista que le convenció para que mostrara su obra y le organizó exposiciones en la Galería Nacional y la de Giovanna Bonnino, de Río de Janeiro. También expuso en la Sala de Arte Giorgio Cazini de Belo Horizonte, Museo Nacional de Arte Moderno y Contemporáneo de Río de Janeiro y en la Casa de España de esta última ciudad. En Venezuela lo hará en la Casa de Cataluña de Caracas.
Fue una época intensa en la que el pintor, mientras seguía trabajando con el hormigón, reflejaba en sus cuadros lo que le rodeaba, un mundo distinto del que surgían constantemente ideas y motivos que, como siempre hace, transformaba después en sus cuadros. Porque Cano contempla la vida y sus personajes y posteriormente la describe con los pinceles –o con las espátulas, con trapos o con los dedos, dice él–, pero no como un notario, sino como un artista que expresa lo que siente y, por eso, transmite emociones y sensaciones a quien contempla sus obras. En Brasil dejó importantes obras, como Boyadeiros en la Galería Nacional de Río de Janeiro, o el mural A vida, en TV TUPI.

El coloquio de los perros
El coro de las bodas de oro
El II Marqués de la Vega Inclán
La bodega del mesón
La vida. Estudio para el mural del hall de los estudios de TV TUPI
Durante su estancia brasileña conoció además a Cándido Portinari, del que dice que aprendió el valor de la pintura de empaste, y a Siqueiros, ya que el trabajo le obligaba a viajar con frecuencia a México. Cuenta que siempre le iba a ver a la cárcel, donde el creador revolucionario, pasaba la mayor parte de su vida.
En 1967 se halla de regreso en España, instalándose al año siguiente en Barcelona, estancia que dura hasta 1980. Allí el artista trabaja en la empresa Miró Trepat y continuaba pintando, aunque seguía mandando toda la obra a Brasil, a Giovanna Bonnino, su marchante y galerista. Por eso conserva muy pocos cuadros de esa época, aunque sí hay fotografías y catálogos para seguir su trayectoria.
Su actividad pictórica se multiplica. La clientela catalana es exigente, sobre todo cuando descubre que el artista ofrece realidades. En 1973 realizó su primera exposición en la Galería Febo, de San Cugat del Vallés (Barcelona). Asimismo expondrá en la sala de arte del palacio de la Torre Vella, de Salou; Caixa d´Estalvis de Pedralbes (Barcelona); y aquí mismo en Valladolid se presenta en la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Salamanca. Acude a Medina de Rioseco, ofreciendo una muestra en 1968, en el Casino; a Palencia, donde expone en la sala de la Delegación del Ministerio de Información y Turismo. En 1984 se presentó una retrospectiva, en el salón del Círculo de Recreo de Valladolid. La crítica recogió con los mayores elogios la obra del pintor, que ya había mostrado con éxitos en salones de América y Barcelona. En 1985 se presentaba ante el público madrileño, en la sala de Mayte Muñoz.

Orquesta callejera a la puerta de una iglesia en Baton Rouge
Plegaria a la guitarra
Primer violín
Retrato de Alejandro Rojas Marcos
Retrato de Juan Antonio Ruiz -Espartaco-
En 1975 le dio el primero de los dos infartos que ha sufrido y, puesto a elegir entre el hormigón y la pintura, se quedó, lógicamente, con la segunda. Cuatro años después, la familia se instaló definitivamente en Valladolid.
En 1985 fue nombrado académico de número de la Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción de Valladolid. Además de en esta institución, tiene obra permanente en la Galería Nacional de Rio de Janeiro, el Museo de la Casa de Cervantes de Valladolid, Colegio de Santa Cruz, Ateneo de Sevilla, Galería de Rectores de la Universidad de Valladolid, Galería de Presidentes de la Junta de Castilla y León, The Florida Museum of Hispanic and Latin American Art, etc…
Desde 1998 es miembro de honor del The Florida Museum of Hispanic and Latin American Art, lo que significa que no sólo tiene allí obra permanente sino que participa en muestras colectivas que se organizan cada cierto tiempo y para las que envía cuadros recientes. Son, además, una ocasión para regresar a América y escuchar ese jazz improvisado que tanto le gusta.

Retrato de Nicomedes Sanz y Ruiz de la Peña
Retrato de Pedro Zuloaga
Retrato de Pere Blanch Torres
Retrato de Santiago López González
Retrato del Dr. Joan Pla i Guixart
Entre los premios recibidos destaca la Medalla de Oro de la Unión Artística Vallisoletana, una de esas distinciones que acepta de buen grado porque llegan sin tener que competir, ya que sería incapaz de presentarse a un concurso.
Cano Valentín es pintor de paciente estudio, de concepción elaborada. No se pueden omitir recuerdos del pasado. Su admiración por la pintura holandesa, y especialmente por Rembrandt, está patente. Ni oculta su entusiasmo por Goya, tanto por su pastosa técnica, como por el misterio en que envuelve a sus lienzos. Su arte ha nacido con la disciplina del dibujo. De éste saltó al grabado. Pero es el óleo su medio de expresión habitual, aplicado sobre tela. En su pintura se dan cita evocaciones, fantasías, paisajes (de tierra y mar), pero sobre todo retratos. Son obras tomadas del natural, donde ha de liberar al personaje de la atadura de la posesión. Allí son frescos de composición, variados en actitudes, en encuadres, en entonaciones y colores.
Su obra, decididamente expresionista, aborda principalmente la figuración humana en el vivir cotidiano. En sus cuadros se muestra como un entrañable cronista de la realidad actual, sencilla y emotiva, fruto de su convivencia con el campesino y el hombre del pueblo. Cultiva asimismo el retrato y ocasionalmente el paisaje.

Retrato del ganadero Victorino Martín
Sintiendo el violoncello
Sra. de Pestaña
Es un pintor de luces y sombras, un creador de ambientes en los que cobran vida sus personajes, algunas veces solitarios, como el bebedor sin futuro o el que contempla cómo se extingue una vela. Pero casi siempre forman parte de una escena, de antiguos compañeros de colegio o universidad que improvisan un coro en las bodas de oro, de frailes que leen el periódico en un claustro, de jugadores de carta, de monaguillos o de mendigos.
Crea en sus cuadros, llenos de fuerza, volúmenes y espacios y destaca en ocasiones algunas zonas, las que ocupan los personajes, para convertir los fondos en trazos de color. Se acerca así a la abstracción, lo mismo que en algunos de sus paisajes, bellísimos, aunque sólo los pinte cuando recuerda un lugar que le impactó especialmente, porque prefiere añadir figuras y convertirlos en el sitio al que regresa, por ejemplo, un pastor con sus ovejas. Es capaz tanto de transmitir la emoción de una procesión de Semana Santa como de criticar con humor y sutil ironía todo lo que no le agrada del mundo que le rodea. Es el mejor crítico de sí mismo y cree que la variedad y la sinceridad son las cualidades que más destacan en su obra. Entiende la pintura con una forma de comunicación: “Es el cable que une al pintor con el espectador. Cada cuadro, por malo que sea, tiene su espectador. ¿Y quién decide si un cuadro es bueno o malo? Yo diría que un cuadro es malo cuando está sobado, sometido, cuando no responde a la personalidad de quien lo ha pintado”.

Torero jubilado
Un solitario
Otra de sus aficiones son los toros, pero se acerca a ellos de una manera tan personal como a todo lo demás, para representar, por ejemplo, la soledad del banderillero jubilado o la plaza vacía. Ha mostrado también el tinglado  de la antigua farsa, ha pintado castillos e iglesias, ha hecho algunos bodegones, tan originales como el resto, y ha expresado el dolor de “La hora nona”. A veces ha rozado lo macabro a través de un verdugo, se ha acercado a la historia en una talla, se ha dejado arrastrar por la fantasía o ha plasmado la alegría del baile o de un encierro festivo.
Sin embargo su género pictórico favorito es el de los retratos. Así ha perpetuado las imágenes de famosos representantes de la música, la cultura, la política, el deporte o la empresa. Desde rectores de Universidad y presidentes de Comunidad hasta mesoneros tan populares como Cándido, pianistas como Miguel Frechilla o Pedro Zuloaga o toreros como Roberto Domínguez. Para hacerlos casi siempre en casa del retratado, en su ambiente, tiene además su propio método, basado en una larga charla con el protagonista mientras él va tomando apuntes y haciendo bocetos. Luego, con ellos y la idea de la composición comienza el cuadro y todavía antes de terminarlo tiene otra entrevista y una nueva conversación.

Uno de sus lugares animados por la vida cotidiana
Viernes Santo en Castilla [A mi me parece Rioseco]
Y cuando se apague... ¿Qué?
¡A la suya!
Ha hecho también ilustraciones, como las del libro Portugal, la bella desconocida, de José Delfín Val, el relato de un viaje publicado en el año 2001, y en el que, a través de sus dibujos, es posible contemplar el barrio de Alfama, recordar a Pessoa o asistir a la Batalla de Toro con un abanderado manco. También ha ilustrado la novela Aquellos días azules, del mismo autor, que refleja sus vivencias infantiles de la posguerra en Salamanca.
Según Martín González, Félix Cano es “temperamento abierto, sobrio en el gesto, medido en la expresión, sin límites en la generosidad. Su brillante mirada no da opción a la duda. Ante él, surge espontánea la charla. Hombre culto, le gusta escuchar y sólo dice lo que al interlocutor pueda interesar. Hay en él el instinto de la prudencia”.

Félix Cano leyendo su discurso de ingreso en la Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción de Valladolid

BIBLIOGRAFÍA
  • CANO VALENTÍN, Félix: Por qué y cómo del cuadro presentado a esta Real Academia y otras reflexiones de taller, Real Academia de la Purísima Concepción, Valladolid, 1986.
  • PLAZA SANTIAGO, Francisco Javier de la y ORTEGA COCA, María Teresa: “La pintura del siglo XX, en Valladolid”. En LÓPEZ ANTUÑANO, José Gabriel: Valladolid, arte y cultura: Guía cultural de Valladolid y su provincia (2 tomos), Diputación de Valladolid, Valladolid, 1998.
  • VILORIA, María Aurora: “Félix Cano”. En DELFÍN VAL, José: Personajes vallisoletanos, III, Valladolid 2008, pp. 157-171.
  • VV.AA.: Dibujos [Exposición de pintores y escultores de la Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción], Caja España, Valladolid, 1993.
  • VV.AA.: Pintores y escultores de la Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción [Sala de Exposiciones Palacio de Pimentel, del 21 de marzo al 9 de abril de 1996], Diputación Provincial de Valladolid, Valladolid, 1996.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

MONUMENTOS DESAPARECIDOS: LA CASA DEL REGIDOR DON FRANCISCO RUBÍN DE CELIS


Hasta su desaparición en la década de 1960 a causa de la apertura de la horripilante calle de Felipe II, posiblemente una de las mayores monstruosidades de la ciudad, la Casa de los Rubín de Celis Cosío estaba situada en el número 4 de la calle de San Blas. La casa, que fue construida a comienzos del siglo XVI, llegó a ser descrita minuciosamente por Martín González:
“Consta de sótano, entresuelo y primero. La portada cae a un lado de la fachada, con arco de medio punto, suavizado por baquetones, basas y capitelitos góticos. Las puertas de la calle tienen escudos, imitación de los que probablemente se hicieron desaparecer de la fachada. El zaguán es rectangular, de puertas desenfiladas. De él sale una pequeña pieza, la cochera, donde se guardaría la carroza del señor. La puerta de salida al patio presenta los mismos caracteres góticos que la principal. A un extremo de la fachada se encuentra una reducida puerta de arco, correspondiéndose con otra del patio, y que son las entradas de la bodega. Las columnas del patio son muy altas, dóricas y sostienen, mediante zapatas, la galería arquitrabada. Se distribuyen por los cuatro lados del patio, el cual tiene forma irregular, de trapezoide. La escalera principal, de tipo claustral, se dispone en un ángulo, como es costumbre mudéjar, y se entra  ella por dos arcos de medio punto. A su terminación hay un mirador de arcos, para darle luz por arriba.

En el centro del patio hay un pozo con su armadura metálica. Las ventanas, sobre el patio, no sobresalen fuera del arquitrabe, como sucede en los patios mudéjares. Hay otra escalera de ida y vuelta en otro ángulo del patio y que recibe la luz por medio de una linterna. Por un pasadizo se entra en la parte posterior de la casa, donde estaba el jardín y al que daba una segunda galería, apoyada en columnas igualmente toscanas. Por esta parte hay una escalera para bajar al sótano de la casa. En una ventana se ve una reja gótica. Pero sobre todo son interesantes dos artesonados que hay en dos pequeñas habitaciones del piso bajo. Son de disposición plana, de grandes vigas, que sostienen otras más pequeñas, con sus canes de corte mudéjar, como asimismo lo son unas estrellas de ocho puntas decoradas con rayitas blancas y negras, alternando con cuadros de idéntica decoración. Se les puede fechar, como toda la casa, a principios del siglo XVI, pues carecen en absoluto del más somero atisbo renaciente”.

Canesi cita las casas de don Francisco de Celis Cosío, a quien corresponden los escudos de las puertas. El primero es el de los Rubín de Celis Cosío: la mitad, el de los Rubín de Celis tiene nueve estrellas y tres lises encima de una torre colocada sobre aguas, y un león subiéndose a un árbol. La otra mitad es de los Cosío, que representa dos torres y un árbol en medio de ellas, saliendo de la izquierda una bandera con el nombre Cosío, yendo todo ello sobre aguas. El otro escudo es de los Calderón y Noriega (un ángel con la cruz de Pelayo y un caballero, y el lema: “Angelus Pelagro et suis victoriam”).
La primera referencia que poseemos de la casa es cuando los herederos del doctor Bernardo de Torres, que había muerto en 1554, alquilaron “las casas nuevas que ahora han acabado” en la calle de la Misericordia,  Diego de Ávila, andante en Corte. Lindaban por su derecha con casa de Alonso Villegas y todavía en 1601 continuaban siendo de la familia Torres.

Plano del libro Valladolid forma urbis
Desconocemos las circunstancias que hicieron que estas casas pasaran a ser propiedad de los Rubín de Celis, familia que vivía en la parroquial de San Miguel al menos desde 1715 cuando don Francisco Rubín de Celis Cossío, caballero de Alcántara, administrador de la encomienda de Azcue, pagador de la Real Chancillería, regidor perpetuo, tesorero general de rentas reales y servicios de millones, se casó en aquella iglesia con doña Úrsula María Catalina de la Puebla Rubín de Celis.
Su hija doña Gabriela Rubín de Celis y la Puebla se desposó con don Francisco Manuel Calderón, caballero de Calatrava, regidor y pagador de la Chancillería, quienes en 1752 eran los poseedores de este edificio que se describe con piso bajo, principal y bodega; medía 34 x 40 varas (28,22 x 33,20 m.) y confrontaba con casas del marqués de San Vicente y con otra de los herederos de Francos. El dueño poseía además una casa de campo llamada “el caserío de Rubín” y un lagar asimismo titulado “de Rubín”.

Reconstrucción 3D de la casa aparecida en el libro Valladolid forma urbis
Don Braulio Enríquez Calderón Rubín de Celis, residente en Villanueva de Duero (Valladolid), arrendó en 1787, por cuatro años, a los marqueses de Ordoño su casa de la calle de San Blas, que lindaba entonces con casa del marqués de San Vicente y “otros (linde) notorios”, reservándose en el contrato “todos los cuartos entresuelos de la casa a excepción de tres piezas que tienen la entrada por la primer escalera del patio conforme se entra a la izquierda y dan sus ventanas a la calle”, además de la bodega.
Las casas que poseía junto  éstas el marqués de San Vicente eran las mismas que edificaba en 1537 su antepasado el mercader Pedro Hernández de Portillo, proponiéndose el cantero Ortuño de Marquina como modelo para los arcos de su fachada los de la vecina casa de Juan de Villasante; el edificio subsistió íntegro hasta 1860 en que fue dividida su propiedad en dos mitades.

Artesonado de una de las salas
Dibujo de una de las rejas de la casa

BIBLIOGRAFÍA
  • MARTÍN GONZALEZ, Juan José: La arquitectura doméstica del renacimiento en Valladolid, Imprenta Castellana, Valladolid, 1948.
  • URREA, Jesús: Arquitectura y nobleza: casas y palacios de Valladolid, IV Centenario Ciudad de Valladolid, Valladolid, 1996.

jueves, 4 de diciembre de 2014

Dos esculturas de San Francisco de Juan de Juni en el Convento de Santa Isabel


En el bello Convento de Santa Isabel de Valladolid se conservan muchas obras de artes de primera categoría, hechas por algunos de los más excelsos artífices que moraron en la “capital” del Pisuerga: Diego Valentín Díaz, Juan de Juni, Gregorio Fernández, Juan Imberto, Isidro Villoldo, etc… Otro día hablaremos de los tesoros que custodia este cenobio, hoy nos centraremos en las dos imágenes de San Francisco de Asís con que Juan de Juni cuenta en este convento: una en la iglesia y otra en la clausura, presidiendo una capilla intitulada “de San Francisco”, una de las más bellas capillas claustrales con que aún cuenta Valladolid.


San Francisco arrodillado (h. 1560)
Preside un retablo ubicado en el muro del evangelio de la iglesia, obra también realizada por Juan de Juni. Antes estuvo situado en el lado de la epístola, donde lo vio Bosarte al iniciarse el siglo XIX y todavía seguía en la década de 1960. Lo enmarcaba entonces, al igual que a otro dedicado a la Inmaculada situado en el lado del evangelio, un arco de medio punto de escaso resalte, adornado en el fondo con pinturas fingiendo mosaico.
La arquitectura del retablo muestra una concepción general alejada de sus propuestas más manieristas en favor de un mayor clasicismo pero, a pesar de ello, son reconocibles elementos decorativos muy personales de Juni. Se organiza con banco y cuerpo único, ambos divididos en tres calles, más el ático. Se compartimenta el banco con cuatro ménsulas: las extremas llevan calaveras y tiras textiles mientras que las centrales son robustos angelitos atlantes que juguetean con telas, “el que se pone el brazo delante de la frente –dice Bosarte–es de una belleza inexplicable” Entre las ménsulas hay pequeñas pinturas representando a San Francisco en oración, La toma del hábito por el San Francisco y la Muerte de San Francisco. Sobre las ménsulas se alzan las cuatro columnas corintias, entorchadas, que estructuran el cuerpo. En los intercolumnios laterales hay pinturas de San Bernardino, en el lado del evangelio, y de los santos Pedro y Pablo, en el de la epístola, obra del pintor Jerónimo Vázquez. Sobre ellas reaparecen ángeles retozones levantando un cortinaje que recurre la anchura de las tres calles, por detrás de la figura en bulto de San Francisco, situada en el intercolumnio central. Remata el cuerpo un friso de serafines, de mofletudos y sonrientes rostros, dos de los cuales, los situados en el medio se besan graciosamente. El ático se forma por una caja central, que alberga la pintura de la Estigmatización de San Francisco, coronada por un frontón cuyo vértice se incurva hacia abajo para acoger un medallón con inscripción alusiva a las indulgencias otorgadas al altar. A los lados hay aletones decorados con puntas de diamante y bolas.

Como es habitual en Juni, la escultura de San Francisco (1,38 m.) sobrepasa el espacio en que se halla colocado buscado ese voluntario agobio espacial. Está arrodillado pero en postura tan poco convencional que ha atraído hacia la escultura los más encendidos elogios y también algunas críticas. Desde luego su más ardiente defensor fue, una vez más, Bosarte aunque en su descripción se incluyen también las posibles objeciones: “Está la efigie de San Francisco arrodillado contemplando un Crucifijo que tiene en la mano izquierda, y la derecha al pecho. El diseño de esta figura es de tanta ferocidad, que sobrepuja toda comparación. Su tamaño es del natural; pero reducido a tan breve espacio, que es un ejemplo inimitable de lo que se llama ordenanza. Los rigoristas del decoro podrán oponer a esta figura que su actitud o postura es violenta. Semejantes cargos ya se los harían a Juni cuando vivía. No sabemos lo que él respondería a sus críticos…”. Tras alabar entusiasta los detalles de la decoración del retablo, añade: “Aunque cada parte de esta obra es maravillosa, todo cede a la cabeza de San Francisco. Parece que se propuso emular la del Laoconte”. Pero Juni va más allá de los modelos clásicos y debe “recurrir al fondo de todo su talento” para lograr que el rostro del santo exprese “la profunda humildad, la compunción, el abatimiento del ánimo, en desprecio de sí mismo, y la más ardiente devoción”.

La figura se vuelve sobre sí misma en forzadísima serpentinata que discurre desde el expresivo rostro, vuelto a la izquierda hasta el pie de ese lado, en forzada posición. Los pliegues del hábito, el cordón franciscano y la disposición de los brazos subrayan el mismo movimiento. La mano derecha, nervuda y expresiva, se crispa sobre el pecho en actitud de entrega; sobre el antebrazo izquierdo descansa un libro abierto mientras que con la mano sujeta el Crucifijo. Es muy interesante esta escultura, “cuadro dentro del cuadro” podría decirse, el más pequeño crucificado hecho por Juni pero verdadera obra maestra, de corrección anatómica no igualada en las piezas mayores. La figura está encarnada a pulimento en tanto que la policromía del hábito franciscano, repintada probablemente en el siglo XVIII, es plana con motivos de florones dorados.

San Francisco de Asís de pie (¿Hacia 1560?)
San Francisco (1,38 m.) aparece representado de pie, con sólo un ligero movimiento insinuado por avance de la pierna izquierda y el leve giro de la cabeza; es en realidad una de las más estáticas figuras de su autor. La mano izquierda, nerviosa y expresiva, sostiene abierto el libro de la Orden y un Crucifijo (hoy perdido), en tanto que la derecha gesticula comedida. Grave y solemne es también la expresión del noble rostro, que mira de soslayo con cierta melancolía. La policromía, que corresponde a un momento posterior, se adorna con grandes y aisladas piñas doradas.

Se encuentra en un pequeño retablo de una capilla, situada en el claustro bajo pero comunicada con la iglesia a través de una reja, que en 1550 vendió el convento al matrimonio formado por el doctor Francisco de Espinosa y doña Juana de Herrera. Dos años después, muerto don Francisco, recayó el patronazgo en su hijo mayor el doctor Jerónimo de Espinosa, dos de cuyas hermanas eran, respectivamente, abadesa y monja en el propio cenobio. Él se encargaría de adornar la capilla y, seguramente, de costear la escultura.
Considerado por Martín González como obra hecha por Juni en el último decenio de su vida, recientemente Urrea ha sugerido una fecha más temprana y próxima al San Francisco arrodillado de la misma iglesia.


BIBLIOGRAFÍA
  • FERNÁNDEZ DEL HOYO, María Antonia: Juan de Juni: escultor, Universidad de Valladolid, Valladolid, 2012.
  • MARTÍN GONZÁLEZ, Juan José y DE LA PLAZA SANTIAGO, Francisco Javier: Catálogo Monumental de la provincia de Valladolid. Tomo XV. Monumentos religiosos de la ciudad de Valladolid (2ª parte), Institución Cultural Simancas, Valladolid, 2001.