lunes, 2 de noviembre de 2015

EXPOSICIÓN: ALBERTO MACÍAS PICAVEA (1861-1947) Y SUS AMIGOS ARTISTAS


Entre el 16 de septiembre y el 11 de noviembre de este año se celebra en la sede de la Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción una modesta, aunque excelente exposición, que recoge obras de pintura y escultura de alguno de los mejores artistas que vivieron y trabajaron en el Valladolid de fines del siglo XIX y comienzos del XX. La exposición lleva por título “Alberto Macías Picavea (1861-1947) y sus amigos artistas” y, efectivamente, trata la figura del referido Alberto Macías Picavea, una personalidad totalmente desconocida. Este hombre, médico de profesor y hermano del prestigioso periodista y escritor Ricardo Macías Picavea, desde pequeño compaginó su formación académica con la artística, llegando a destacar en su especialidad: la acuarela. A raíz de acudir a la Escuela de Bellas Artes conoció a las grandes figuras del arte vallisoletano de la época. Esta amistad le llevó a coleccionar algunas de las obras de estos, ya fuera comprándoselas o recibiéndolas como regalo, tal y como se puede ver por la dedicatoria que hay en alguna de ellas.
La exposición, como dije, es modesta, pero no por la categoría de las obras, puesto que vemos nombres como los del escultor Dionisio Pastor Valsero o los pintores Gabriel Osmundo Gómez, Anselmo Miguel Nieto o Antonio Maffei, sino por el pequeño espacio que ocupa. Esto no es un reproche a la Academia, la cual hace todo lo que puede y le hemos de estar totalmente agradecidos por dar a conocer estas piezas, que de otra manera no se verían. Bravo por ella. Este motivo enlaza con un pensamiento que llevo teniendo durante mucho tiempo: es una pena que las salas municipales de exposiciones, preferentemente las de la Casa Revilla o las Francesas (dado que la de San Benito está dedicada al mundo de la fotografía y la de la Pasión a las “exposiciones estrella”) no dediquen un ciclo de exposiciones a esta serie de artistas, totalmente desconocidos, que trabajaron en nuestra ciudad entre finales del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX. Estos artistas merecen ser conocidos, ya no solo porque son un pedacito de nuestra historia sino porque algunos de ellos, tanto pintores como escultores, lograron importants galardones, muchos de ellos de carácter nacional: Aurelio Carretero, Dionisio Pastor Valsero, Ángel Díaz, Antonio Vaquero, Anselmo Miguel Nieto, Aurelio García Lesmes y un sinfín más… La única manera de valorar algo es conocerlo, y una de las maneras de conocerlo es dedicarles exposiciones. Ojalá algún día estas grandes figuras reciban de esa manera el reconocimiento que merecen y al mismo tiempo podamos completar esa laguna de nuestra historia del arte, de la cual hay, pese a las investigaciones de Jesús Urrea y José Carlos Brasas Egido, aún bastante poca información. Nuevamente hay que agradecer a la Academia sus esfuerzos por organizar estas exposiciones, ojalá no sea la última, a muchos nos encantan.
A continuación, se inserta un texto extraído del catálogo de la exposición, realizado por Jesús Urrea, en el que se traza un somero perfil biográfico de Alberto Macías Picavea, magnífico acuarelista y a quien se dedica la exposición.
HORARIO: Sábados, Domingos y Festivos, de 12 a 14 h.

Alberto Macías Picavea, nació en la ciudad de León en 1861. Fue el quinto hijo del matrimonio formado por Francisco Macías, miembro de la guardia de corps y luego capitán del arma de Infantería, y Saturnina Picavea. Instalada su familia en Valladolid, se matriculó en 1873 para cursar el bachillerato en el Instituto Provincial que luego se dedicaría al poeta José Zorrilla, y el 18 de junio de 1878 hizo los dos ejercicios necesarios para obtener el título de Grado de Bachiller, obteniendo en ambos la calificación de Sobresaliente.
Su vocación, pese a simultanear el bachillerato con los estudios en la Escuela de Bellas Artes de la Academia vallisoletana, se decantó por seguir los estudios universitarios de Medicina en la Facultad de Medicina y Cirugía. La única calificación que obtuvo a partir fue “Sobresaliente”, a excepción de un “bueno” y dos “notables”. Su aplicación e interés se recompensaron también con tres premios y una mención. El título, empleo y sueldo de “Alumno Interno”, primero interino y por oposición en febrero de 1881, completaron su brillante expediente.
Precisamente en aquel momento carecía de cédula personal “por estar declarado soldado en el reemplazo del corriente año”, pero la obligación de cumplir el servicio militar la solucionó su hermano Ricardo (1846-1899) pagando la suma de 1.250 pesetas a un sustituto que le permitiese librarse de ir al ejército en unos momentos en que, además, se hallaba afectado por la enfermedad del tifus.

Gabriel Osmundo Gómez. Barco en el muelle
Gabriel Osmundo Gómez. Pintando el mascarón de proa
Gabriel Osmundo Gómez. Barcos
Dionisio Pastor Valsero. Santa Eulalia
Con 22 años y “aprobadas todas las asignaturas que prescriben las disposiciones vigentes para aspirar al Grado de Licenciado”, solicitó el 13 de junio de 1883 ser admitido a los ejercicios necesarios para lo cual se le señaló día y hora. Superado el 25 de junio el primer ejercicio de examen, el tribunal le citó al día siguiente para efectuar el segundo. Este consistió en el reconocimiento del “enfermo número 2 de la Clínica Quirúrgica de hombres que previamente le había caído en suerte”, al cual diagnosticó como afectado por “una úlcera escrofulosa”. El tribunal le concedió la calificación de “Sobresaliente” en ambos ejercicios y así obtuvo el Grado de Licenciado universitario.
Primero desempeñó su actividad profesional como médico general en Villanueva de Duero y Geria (Valladolid) y también en Navas de Oro (Segovia), después como médico 1º de visita en la Beneficencia municipal de la que llegó a ser su decano y también como director de la Casa de Socorro. Dirigió entre 1896 y 1898 el Boletín del Colegio Provincial de Médicos de Valladolid, institución de la que fue vocal y tesorero de su junta directiva. Con los doctores Andrés Teruel y Muñoz Ramos redactó una memoria sobre La sueroterapia (1896), calificada entonces como uno de “los más completos y sesudos estudios que del suero antidiftérico se han hecho en España”.
Acostumbró a veranear en la costa cántabra y hay constancia de que lo hizo en Suances y en Laredo (1890) circunstancia que aprovechaba por pintar acuarelas con paisajes de la costa.
Cuando se matriculó en su carrera universitaria continuó asistiendo a la Escuela Especial de Bellas Artes que por entones se hallaba instalada en el antiguo Colegio de Santa Cruz, sede de la Academia y también del Museo Provincial. Como materia de estudio eligió la asignatura de Dibujo de Figura cuyo profesor era el pintor D. José Martí y Monsó auxiliado por sus ayudantes Cástor Simón Toranzo y Pedro González Moral, matriculándose por vez primera en el curso 1873-1874.

Anselmo Miguel Nieto. Jardines del palacio de Luxemburgo
Pedro Collado Fernández. Vista de Valladolid con la catedral
Antonio Maffei. Retrato de Alberto Macías Picavea
En ella siguió todos los pasos necesarios para alcanzar una buena formación y dejó constancia de ello en las aulas gracias a los premios que recibió en las modalidades de extremos (1874-1875), cabezas (1875-1876), figuras (1876-1877), cabezas de antiguo (1877-1878) y principios de acuarela (1878-1879 y 1879-1880) habiendo participado en el de 1878 en el concurso académico con dos acuarelas: Una odalisca y Paisaje de las cercanías de Valladolid momento en que como discípulo de la Academia se le reconoce haber aprobado cinco cursos en ella.
De nuevo concurrió al de 1880 obteniendo premio de 2ª clase por la acuarela titulada Un estudio del natural en la huerta del Sr. Garaizabal y en 1882 alcanzó otro premio de 2ª por su acuarela Orillas del Esgueva en una tarde del mes de Agosto, volviéndose a repetir idéntico galardón en 1883 por su acuarela titulada París, sin duda inspirada en alguna litografía. Aquel curso 1882-1883 se había inscrito otra vez en la asignatura de Dibujo de figura, paisaje y acuarela.
La enseñanza de la asignatura se impartía a diario, desde 1871, en el recinto de la antigua capilla del Colegio, en horario de 6 a 8 h. de la tarde. Sin duda, recibiría con agrado las novedades que en el curso 1878-1879 se introdujeron en la clase, “atendiendo a las aspiraciones y deseos de los alumnos”, como, por ejemplo, la ejecución a la acuarela del modelo vestido en la cpita del natural. A partir de 1882 la asignatura se denominó “Dibujo de Figura, de Paisaje y Acuarela”.

Alberto Macías Picavea. Paisaje con árboles
Alberto Macías Picavea. Otoño (a orillas del río)
Después de este último curso Alberto no volvió a matricularse ni acudió a otro certamen académico. Concluida su carrera de medicina y ejerciendo su profesión no lo consideraría apropiado ni tampoco tendría tiempo para continuar recibiendo nuevas enseñanzas de sus maestros. Tan solo se conoce su participación con seis acuarelas [Paisaje, El Reto, Las últimas hojas, Lagunas, Recuerdos de Laredo y La tarde] en la exposición de bellas artes organizada en 1890 por el Círculo de Calderón de la Barca, de Valladolid. Desde entonces, esta técnica pictórica se convertiría para él en una afición privada, íntima conocida por sus antiguos compañeros de escuela y motivo de admiración para sus amigos.
No se sabe cuándo abandonó su afición por la acuarela. Su obra conocida más tardía Sol de otoño está fechada en 1925. No aspiró a conseguir reconocimiento público, sino que lo entendió como una diversión, un entretenimiento, puro disfrute. Ni siquiera llegó a exponer sus obras de forma individual.
En cambio, estuvo pendiente del éxito que alcanzaba alguno de sus amigos, como Gabriel Osmundo Gómez, al que describía en 1887 como “el único pintor vallisoletano, después de muerto Montero y Calvo, que han producido las últimas generaciones”. Demostró que la crítica de arte no le era ajena en diversos artículos publicados en el periódico La Libertad cuando lo dirigía su hermano y también en El Norte de Castilla donde se le tenía “por uno de sus colaboradores predilectos”. Incluso, entre los años 1883-1888, entró a formar parte como dibujante del periódico La Ilustración castellana.

Ramón Núñez Rubio. Dos majas con abanico
Isidro González-García Valladolid. Escena de saltimbanquis
Carlos Brasas señala la posible influencia de Macías Picavea sobre el pintor Maffei en cuanto a su interés por el paisaje castellano y es que, a no dudar, Alberto se encontraría imbuido también del sentimiento castellanista que comenzaba a extenderse entre los intelectuales de la región. Incluso llegó a suscribir en 1918, junto con Narciso Alonso Cortés, Francisco Antón, Pedro Miñón, Jacinto Ruiz Manzanares y otros, el manifiesto que propugnaba la defensa de los intereses regionales frente a los ataques que se producían desde Cataluña.
Su cultura, preocupación por el arte y reconocida capacidad de acuarelista, fueron los motivos por los que, en 1931, siendo presidente Narciso Alonso Cortés, se le eligió, junto con el escultor Darío Chicote, el arqueólogo Saturnino Rivera Manescau y el músico Félix Antonio González, académico de la Purísima Concepción, aunque nunca llegó a tomar posesión de su sillón. Su avanzada edad y los acontecimientos que se sucedieron con la proclamación de la República, la guerra y la postguerra, que tanto afectaron el desarrollo normal de la vida académica, no fueron los momentos más propicios para su incorporación.
Óscar Pérez Solís en la monografía que escribió en 1947 de Ricardo le describe todavía vivo, como “un viejecito afable y sencillo, como su hermano, don Alberto, que fue médico de la Beneficencia Municipal y acuarelistas de muy buen gusto, al que debo muchos datos de la vida de don Ricardo”. Por su parte, el doctor Vicente González Calvo en la necrológica que dedicó a Emilio Zapateo en 1987 recordaba que: “La incorporación de Emilio Zapatero a la Beneficencia Municipal colmó de satisfacción a su Decano, don Alberto Macías Picavea, prócer médico en saber general y cultura humana, gran señor que paseaba la ciudad con ritmo lento, el bastón bajo el brazo derecho y a través de una barba nívea y muy cuidada, exhibía un semblante sonriente, que proyectaba la gozosa paz interior de que disfrutaba y la satisfacción del deber cumplido”.

Francisco García de la Cal. Maja andaluza tocando la bandurria (una sevillana)
Siendo ya viudo, falleció en su domicilio, a los 86 años, el jueves 20 de marzo de 1947. Por entonces ya había muchos años que habían desaparecido sus antiguos compañeros de Escuela, interesados como él en el estudio y la práctica de la acuarela.
El recuerdo vivo de algunos de sus amigos le acompañó hasta el final de sus días porque en su domicilio conservó pinturas y esculturas que constantemente le evocarían sus años de juventud en los que la acuarela y el dibujo compartieron su vocación por el estudio y la medicina. Las dedicatorias visibles en algunas de las obras muestran la amistad que mantenía con ellos y se puede pensar que quizás fueran el motivo de regalos cruzados, favores reconocidos o, tal vez, adquisición para remediar alguna necesidad.
Aunque pintó alguna de asunto orientalistas o del norte de África, extraídos, sin duda, de litografías contemporáneas, serían productos de su etapa de aprendizaje. Después se decantó por el tema paisajístico copiándolo directamente del natural, acercándose con sus cuadernos o papeles a la orilla de los ríos o a las charcas, para buscar los reflejos del agua, los efectos estacionales de la luz, la sensación de fluidez, el tapizado otoñal del suelo repleto de hojas, la desnudez invernal de los árboles, las transparencias primaverales de la naturaleza o la cegadora luz de los veranos.
Su soltura y rapidez técnicas no se sintieron atraídas por el paisaje urbano, en todo caso el caserío como punto de referencia, algún elemento arquitectónico planeado en la lejanía o entre el espesor de la arboleda. La ausencia de la figura humana tiñe aún más la mirada solitaria del artista de un sentimiento romántico no exento de tristeza o pesimismo. Con el tiempo, su poética se iría abriendo a una realidad más llena de luz y color dando paso sus tonos malvas, grises y pardos a una paleta de verdes, azules, dorados y rojos más ardientes cuando ya estaba a punto de dejar los pinceles y cerrar para siempre su caja de colores.

Gabriel Osmundo Gómez. El Jardín Botánico de la Universidad
Dionisio Pastor Valsero. Retrato de Alberto Macías Picavea
BIBLIOGRAFÍA
  • BRASAS EGIDO, J. C.: “Las artes plásticas en Castilla y León hasta la posguerra”. En ARRECHEA MIGUEL, J., BRASAS EGIDO, J. C., HERNANDO CARRASCO, J. y ÁLVAREZ MOTA, A.: Historia del Arte de Castilla y León. Tomo VIII. Arte Contemporáneo, Ámbito, Valladolid, 2000.
  • BRASAS EGIDO, José Carlos y URREA, Jesús: Pintura y escultura en Valladolid en el siglo XX (1900-1936), Ateneo de Valladolid, Valladolid, 1988.
  • URREA FERNÁNDEZ, Jesús: Alberto Macías Picavea (1861-1947) y sus amigos artistas, Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción, Valladolid, 2015.
  • URREA FERNÁNDEZ, Jesús: Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción. Pinturas y Esculturas, Diputación de Valladolid, Valladolid, 1998.
  • URREA, Jesús: La escultura en Valladolid (1850-1936), Caja de Ahorros Popular de Valladolid, Valladolid, 1984.

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