lunes, 17 de noviembre de 2014

PINTORES VALLISOLETANOS OLVIDADOS: José Luis Capitaine (1925-2001)


El caso de José Luis Capitaine es otro similar al acontecido con Ángel DíazDionisio Pastor ValseroGabriel Osmundo GómezAntonio Maffei, entre otros, se trata de artistas que sin haber nacido en Valladolid desarrollaron la mayor parte de su carrera, si no toda, en nuestra ciudad. Y es que José Luis Capitaine nació en Lesaca (Navarra) el día 19 de abril de 1925, siendo el quinto de los siete hijos del matrimonio formado por Raúl Félix Capitaine (nacido en Bilbao) y María Inchauspe Aramburu (natural de San Sebastián). El apellido francés, Capitaine, procede de un antepasado del artista que entró en España formando parte del ejército de invasión napoleónica.
Con apenas cuatro años de edad se traslada con su familia a Francia. Desde pequeño mostrará su gran habilidad para el dibujo y hará retratos a sus compañeros. Sin embargo, su padre se opone rotundamente a que el hijo sea pintor. A pesar de ello, el futuro artista compaginará el bachillerato impuesto con su formación artística por vía libre, y a la vez captará de compañeros, talleres exposiciones y museos todo lo que su excelente intuición artística le dicta.

Capitaine pintado frente a la Universidad
Capitaine junto a Gloria Fuertes y otros artistas en el Club de Arte de Madrid
Por los días en que la Alemania Nazi ocupaba Francia, José Luis Capitaine celebraba con sus compañeros franceses la finalización de sus estudios de bachillerato. Y fue entonces, en 1943, cuando la peligrosa situación política de aquella invasión hizo que la familia Capitaine, excepto el padre, que estuvo retenido en un campo de concentración, huyera de Francia y se refugiase en España, donde contaban con antiguos vínculos familiares. La madre del artista y los antecesores de ella, naturales del País Vasco, poseían un confortable caserío en las proximidades de San Sebastián. Y en cuanto al abuelo paterno del pintor, un enólogo francés que a finales del XIX se nacionalizó español, había contraído matrimonio con una joven de la acomodada burguesía vallisoletana. Es así como, el influjo tanto del País Vasco como de la ciudad castellana, se hiciera sentir en la nueva ubicación de la familia Capitaine en el exilio.
A principios de los años cuarenta, una vez liberado el padre del artista, Raúl Félix Capitaine, también enólogo, se estableció en Valladolid y desde esta ciudad colaboró en la replantación de viñedos a la par de ejercer como profesor de enología en la Granja Escuela José Antonio. Valladolid será también el lugar donde nuestro pintor reanuda su vida y cumple entonces con el obligatorio servicio militar, realizándolo como delineante en el Alto Estado Mayor.

Autorretrato (1953)
Torero
Retrato (¿Su padre?)
Retrato de su madre
Retrato del pintor Daniel Vázquez Díaz
A finales de los cuarenta, en Madrid, después de estudiar a los grandes maestros del Museo del Prado y dibujar incansablemente en el Casón del Buen Retiro, Capitaine se vinculó a Valladolid, localidad desde la que viajaría posteriormente a otras capitales con el fin de exponer su obra: Oviedo, Pamplona, Cuenca, Salamanca, Segovia, Sevilla, Valencia, Madrid, y, sobre todo, París.
Durante estos años coincidió en Valladolid con un momento verdaderamente crítico de la economía nacional y con un público visitante de exposiciones muy minoritario. Fue todo un reto para el entonces Rector Cayetano Mergelina, el que se facilitara un espacio para las muestras de pintura y escultura contemporáneas, y que también cediera dependencias universitarias para debates artísticos, como los que sobre la abstracción mantuvieron los, entonces, recién fundadores del grupo abstracto vallisoletano "Pascual Letreros": Lorenzo Frechilla, José Parrilla, Alma Castillo, Cabrera y Wifrido.
La Universidad de Valladolid contribuyó decisivamente a que el ambiente artístico en Valladolid, a partir de la creación de su sala, fuera bastante prometedor, aunque todavía casi se mantengan en el olvido las primeras exposiciones allí celebradas, como por ejemplo la primera realizada por Capitaine y reseñada por Félix Antonio González en El Norte de Castilla.

Autorretrato con capea al fondo
Autorretrato a al sanguina (1978)
Plaza del Rosarillo
Paisaje del Campo Grande
Natividad Capitaine (1952)
Capitaine encontró en la burguesía coleccionista de los cincuenta una buena acogida. Culturalmente se iniciaba, desde finales de la década anterior, un tímido pero creciente interés por lo relacionado con el Arte.
En 1952 el artista volvió a exponer en la sala de Santa Cruz donde por aval se requería el visto bueno universitario. Por entonces sus retratos, paisajes y bodegones, habían alcanzado un excelente nivel. Su trayectoria, eso sí, situaba casi al margen de la vanguardia abstracta y desde entonces continuaría absolutamente invariable en su especial realismo. Ese mismo año, 1952, poco después de su segunda exposición, el artista regresó de nuevo a París, donde amplía conocimientos y continúa estudios en la Escuela Superior de Bellas Artes. Participa entonces en varias exposiciones colectivas y asiste a conferencias y tertulias con filósofos, literatos, músicos y artistas. Este tipo de relaciones ejercerán siempre un especial atractivo sobre Capitaine quien en su estancia en Madrid acudiría frecuentemente a las tertulias del Café Gijón, donde se relacionará no sólo con artistas sino también con científicos –como Marañón o López Ibor– y cuando se asiente definitivamente en Valladolid, le veremos en las reuniones interdisciplinares semejantes que tuvieron lugar en El Corcho con asistencia de conocidos personajes de la ciudad como los Catedráticos de la Universidad Ángel Torío y Alfonso Candau; el Magistrado de lo contencioso Federico Sáenz de Robles, o importantes pintores como Francisco Sabadell, y Capuletti.

José Luis Capitaine era sin duda un personaje indefinible, un románico, –como diría en un artículo J. Manuel Parrilla–. Según Ortega Coca, era un hombre fuera de tiempo, que igual pudiera convenir a una velada del Moulin Rouge de Toulouse Lautrec, que, sin su impecable bufanda blanca, asistir como lo hizo a charlas filosófico-artísticas del existencialismo parisino de Sarte, en la orilla izquierda del Sena en Saint Germaine-des-Prés. De hecho Capitaine mantuvo buena amistad con Simón de Beauvoir. Una vez llegó a decir: “que se hubiera enamorado de ella si él hubiera tenido entonces veinte años más”.
Este artista, en cuanto a imagen: unas veces con su capa tradicional y otras con su gabán largo negro, bufanda blanca y sombrero de ala ancha, pudiera ser un modelo perfecto para los dibujos al carbón de Ramón Casas, cuando las tertulias de Els Quatre Gats. Ortega Coca piensa que pudiera ser el más típico representante de la bohemia artística del Valladolid de los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Y aunque curiosamente a contrapelo, este interesante pintor constituyó un típico personaje inseparable de este paisaje urbano. Falleció el 29 de diciembre de 2001.

OBRA DEL ARTISTA
Aunque Capitaine tuvo una dedicación primordial para el retrato, género bastante marginado en el siglo XX, también realizó interesantes paisajes y bodegones. Son numerosos los personajes retratados por él y entre los principales se pueden recordar: el Conde de Casa Rojas, que fue embajador de España en París y que patrocinó la exposición de Capitaine celebrada en París en la “Galerie du XVI”; a Germán Balaibar, embajador de España en Colombia, o al conocido compositor y musicólogo Harry Colet; in olvidar a Jaime de Borbón.

Bodegón con limones
Bodegón de taberna
Bodegón
Entre los personajes religiosos son de destacar por su corrección técnica y perfecta factura los retratos del Papa Pío XII, el del Arzobispo de Valencia D. José María García Lahiguera y el del Arzobispo de Valladolid D. Antonio García, investido con los ricos ornamentos de pontifical. Todas estas obras fueron realizadas conforme a un estilo muy realista, pero captando no sólo un momento en el tiempo sino la profundidad psicológica característica de cada personaje como resultado de una vida. Dentro de esta misma forma de hacer estuvo también el extraordinario Cristo encargado para la iglesia de Santa Rita de Madrid. El artista comentaba sobre esta obra: “He pintado este Cristo con toda mi alma”. Federico Wattenberg, en uno de sus escritos, comentó sobre su novedad e interés, definiéndole como: “un atrevido y enérgico grito que pudiera por su hondura anunciar una nueva mística pictórica española”. Con una exposición de Capitaine, en la que figuraba como pieza clave este formidable Cristo, se inauguró en noviembre de 1962 la Sala Iris, situada en la Plaza Mayor vallisoletana.
Desde los años sesenta, las exposiciones de Capitaine que se celebraron siempre con gran éxito de público, en ocasiones fueron motivo de polémica en el Valladolid de la época. Y es que el arte, entrada esa década, pasó a ser un gran objeto de interés entre los espectadores, de discusiones en la sociedad, y de entrevistas inteligentes en los periódicos, los que además de informar de sucesos expositivos, frecuentemente, enseñaban “a saber ver”.

La cocina encendida
Mujer española
Mme. Claudine Forugëres

EL “REALISMO” DE CAPITAINE
En una exposición en abril de 1967, presentada por el entonces Rector de la Universidad de Valladolid, D. Alfonso Candau, dijo brevemente y de manera casi enigmática que la pintura de Capitaine era producto de un realismo “sí, pero no”.
En el comentario crítico que realizó Ortega Coca para el Diario Regional, interpretó la frase no explícita del inteligente filósofo en el sentido de que algunas voluntarias imperfecciones del naturalismo realista de Capitaine, tanto en paisaje, como en retratos  o bodegones, le aportaban una originalidad casi “naif” y que en este “sí es no es” y no es un “es del todo”, radicaba perfectamente la interesante esencia de su obra. Según el parecer de Ortega Coca, cuando el pintor pretende copiar las cosas, “tal como son”, a lo sumo sólo realiza un pequeño esquema de la realidad, capta sólo parte de ese infinito, que es lo real.

Crepúsculo en Castilla
Desde la Casa de Campo
En la terraza del estudio
Los hombres de otras épocas no exigieron que el arte fuera un espejo de sus cosas. El afán de naturalidad arranca del Renacimiento, agudizándose en la segunda mitad del siglo XIX. Muchos siglos quedan atrás en los que el arte nunca fue copia de lo que se ve, “tal cual es”. Desde uno a otro continente hasta la isla de Pascua, pasando por el arte negro e incluso sin olvidar el arte primitivo flamenco, gran parte del producto artístico constituye un testimonio en el mismo sentido.
Ahora bien, tampoco Capitaine pinta la realidad “tal cual es”. Con frecuencia en su pintura vemos que la seguridad espacial de lo real cede el puesto a la incertidumbre de lo imaginado. Como ejemplo, a veces un utensilio en sus bodegones puede no descansar cómodamente sobre el plano soporte que no le corresponde, o incluso invadir el espacio de otro objeto limítrofe. Eso no puede ser calificado de torpeza, pues Capitaine, cuando quiere, dibuja con absoluta perfección. Un ejemplo de esto pueden ser algunas de sus excelentes sanguinas.

La Alberca
Marina
Su forma siempre es un realismo. Pero según Ortega Coca, quizás por hastío de lo actual, hace uso en algunos paisajes y bodegones, de una construcción gozosamente primitiva. Esta cuestión origina que ante sus cuadros tomemos conciencia de una realidad otra, que no es la ruidosa y cotidiana nuestra, sino la del arte o la de los sueños. Por eso, a veces una iluminación intencionadamente errónea en cuanto al foco de procedencia, consigue, que los objetos duros vibren, o que en un gran silencio leviten, como si la gravedad en sus cuadros funcionara en otro espacio no nuestro.
Según el parecer de Ortega Coca: “Capitaine, aún en su acabado naturalismo realista, también parece pensar que la exactitud no es exactamente la verdad, y que cuando el artista se conforma con menos, como plasmar únicamente su idea de las cosas, obtiene más (…) ya que la infinitud de lo real marca el límite de lo imposible”.

BIBLIOGRAFÍA
  • ORTEGA COCA, María Teresa: “José Luis Capitaine”. En DELFÍN VAL, José: Personajes vallisoletanos, III, Valladolid 2008, pp. 271-285.
  • PLAZA SANTIAGO, Francisco Javier de la y ORTEGA COCA, María Teresa: “La pintura del siglo XX, en Valladolid”. En LÓPEZ ANTUÑANO, José Gabriel: Valladolid, arte y cultura: Guía cultural de Valladolid y su provincia (2 tomos), Diputación de Valladolid, Valladolid, 1998, pp. 933-966.

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