lunes, 16 de noviembre de 2020

CASAS Y PALACIOS CONSERVADOS: El Palacio de los Marqueses de Valverde de la Sierra, una mansión 'a la italiana' en Valladolid

 

En la esquina que une las calles San Ignacio y Expósitos nos encontramos con uno de los palacios más monumentales que se construyeron en Valladolid y que, por fortuna, aún se conserva a pesar de las modificaciones sufridas. Estamos hablando del Palacio de los Marqueses de Valverde de la Sierra. La localización elegida para su construcción no podía ser mejor puesto que se haya rodeado de numerosos palacios, destacando el de Fabio Nelli, y justo enfrente tenemos la Casa Profesa de San Ignacio (actual iglesia de San Miguel) y el Convento de la Concepción. Este palacio es sin duda el que más recuerda a los Palazzi d´Italia, sobre todo por ese soberbio almohadillado que recorre sus puerta y ventanas.

Según relata el historiador local Manuel Canesi, el palacio fue comenzado a construir en el año 1503 (“frente del Colegio de San Ignacio de la Compañía de Jesús fabricado con exquisitas labores año de mil quinientos y tres (sic), como se ve en una piedra de ella”), fecha que figuraba en una piedra que se conservaba en el patio. Sabemos que en el siglo XVI era propiedad del matrimonio formado por don Juan de Figueroa, oidor de la Real Chancillería, y María Núñez de Toledo, fundadores en 1521 del frontero Convento de la Concepción. Tras la muerte de ambos pasó a su hija, doña Antonia de Figueroa y Leiva (m. 1617), señora del mayorazgo de Figueroa y patronato del monasterio de Nuestra Señora de la Concepción; y, a continuación, a su nieto, el hijo del matrimonio formado por doña Antonia y don Sancho de Tovar Enríquez de Castilla (m. 1631), VIII Señor de la Tierra de la Reina y Villamartín, corregidor y capitán a guerra de Asturias: don Fernando de Tovar y Enríquez Cañas y Silva, caballero de la orden de Calatrava (1669), XI señor de Tierra de la Reina, y marqués de Valverde de la Sierra, título nobiliario creado por el rey Carlos II en 1678 y con el que se conocería desde entonces el palacio.

Don Fernando, que estuvo casado con su prima doña Antonia Enríquez de Porres y Quiñones, señora de las villas de Rioseco y Tapia, falleció sin sucesión en Valladolid el día 25 de diciembre de 1712. Urrea ha dado a conocer el inventario de los bienes y adornos de que constaba el palacio cuando murió su viuda, todos los cuales se encontraban repartidos por los diferentes aposentos: antesala del corredor, sala de estrado o de la esquina, “sala que mira frente a la iglesia de San Ignacio que tiene su chimenea francesa”, dormitorio, sala pequeña de estrado, cuarto de las doncellas y antecocina. Entre sus pinturas, tasadas por el pintor Ignacio de Prado, se enumeran: “tres países grandes, el uno de la Justicia, otro de los Sentidos y otro de un milagro de Cristo”, diversas fábulas y representaciones de los meses del año, además de pinturas religiosas (entre otras: la Adoración de los Reyes, Nuestra Señora de la leche, La Virgen, San Juan y el Niño, San Antonio Abad, Santo Cristo de Burgos, Santo Domingo en Soriano), cuatro fruteros, una batalla, Orfeo, diversas perspectivas, una escultura de la Asunción, dos reposteros con las armas de Tovar y una tapicería de ocho paños de arboledas y aves. También se inventariaron diversos muebles: entre ellos dos escritores grandes de concha colocados sobre bufetes de nogal y encima dos esculturas pequeñas, de yeso, de la Virgen y San Antonio; dos mesas de jaspe, un escritorio contador de concha embutido en marfil, etc.

Fue con la III marquesa de Valverde de la Sierra, doña María Fausta del Pilar Urbina Velandia Tovar Enríquez de Castilla, cuando se procedieron a reparar “las casas principales que tiene al Colegio de San Ignacio de dicha ciudad, que son de las mejores que hay en ella”. Esta reforma, que finalizó en 1763 -año que figura en la cartela colocada sobre la ventana-, y que quizás estuvo propiciada por el incendio acaecido el 14 de julio de 1736 cuando posaba en la casa el Conde de Orgaz, se acometió con el dinero obtenido por la venta de tres casas ruinosas que poseía en la esquina de la Zapatería -para cuya enajenación obtuvo licencia del rey Carlos III- y en las que era preciso gastar más de 15.000 reales ya que hacía muchos años que no se alquilaban. La reforma fue muy importante aunque no le hizo perder su primitivo aspecto pues se respetaron los elementos más particulares, caso de la portada y ventanas almohadillas de influencia florentina.

Llegado el siglo XIX el palacio adquirió otros usos, si bien tenemos noticia, por Ventura Pérez, que ya en 1743 albergó a unos religiosos:en estos días [hacia el 30 de julio de 1743] vinieron unos frailes agustinos a fundar un colegio para las Filipinas. Se hospedaron frente de San Ignacio, en la casa del marqués de Valverde”. Cuando en 1844 fallece el IV marqués de Valverde, don Joaquín Félix de Samaniego y Urbina, en la casa se encontraba instalado el Liceo Artístico Literario. En el inventario realizado tras el óbito del noble se dice lo siguiente: “una casa palacio sita en esta población en su calle de San Ignacio señalada con el nº 1 titulada la del Liceo Artístico Literario, lindante por un costado con otra de la Señora Condesa de Fuentenueva, y por otro, que forma esquina, con la Plazuela de los Toros, que consta de habitaciones bajas, altas, segundas, últimas, bodegones, cuadras, patio, corral, pozo de aguas claras y demás, la que lleva en renta por 1.825 reales anuales el presidente y consiliarios de dicho Liceo que son 5 reales diarios cuya corta estipulación se estimó así S.E. difunto, en justa consideración a las grandes obras que el Liceo ha hecho en beneficio de dicha finca y hace… cuya casa palacio deslindada calculo yo el administrador que vale a no dudar, según el brillante estado en que se encuentra su buena fábrica, órdenes de balcones de hierro, rejas, puertas, ventanas y vidrieras 140.000 reales”. Tras perder esta dedicación cultural sirvió de cuartel de la Guardia Civil, luego de residencia de los padres Carmelitas Descalzos y, finalmente, en 1983 fue remodelado por Manuel Finat para adaptar su uso al de un edificio de viviendas y de locales comerciales. Unos años antes, en 1967 había sido declarado Bien de Interés Cultural.


El palacio es una imponente mole de cuatro alturas (piso bajo, primer y segundo pisos y ático, mientras que las tres primeras alturas se resuelven con grandes ventanales o puertas, el ático recibe la iluminación a través de pequeños ventanales cuadrangulares y circulares dispuestos alternativamente y separados por ménsulas de talón) labrada al gusto florentino que impresionó profundamente en la época de su construcción, tal es así que cuando Fabio Nelli decidió levantar el suyo puso a este de modelo. Al exterior, el palacio muestra un diálogo equilibrado entre sus dos elementos principales: la fachada y el balcón quebrado en esquina, ambos realzados mediante el uso de un almohadillado rústico-.

La fachada es una de las más hermosas conservadas en la ciudad. Está compuesta en su parte inferior por una típica puerta del Renacimiento, de medio punto con almohadillado que sigue los gustos de la arquitectura florentina, con la rosca del arco de medio punto que presenta dovelas con el almohadillado retallado con numerosas molduras, lo que da rica plasticidad. Sobre el arco viene un antepecho decorado con los escudos de la familia Figueroa (cinco hojas de higuera) y Tovar (banda engolada en dragantes) y en el centro una cartela de cueros recortados sobre la que se inserta una cabeza de león de bronce sosteniendo una argolla en su boca, motivo que se repite sobre su dintel. Entre el antepecho y el dintel se abre una ventana flanqueada por pilastras decoradas por dos enormes Termes, un hombre y una mujer. Señala Martín González que se trata de una ventana típicamente renaciente que recuerda la obra de los Corral de Villalpando, pero que pudiera haber sufrido cambios durante el periodo barroco.




 

Sobre las referidas figuras masculina y femenina existe una lúbrica leyenda, que ha tenido eco en la literatura: en el Drama Universal, de Campoamor y en el poema La Marquesa de Valverde, de Emilio Gante. Efectivamente, Ramón de Campoamor la incluyó en la citada obra Drama Universal -en la Escena XXXV, que lleva por título “El pecado de la impureza”-, que es un poema narrativo en el que se encuentran sintetizadas las pasiones humanas a través del recorrido por distintos astros de una pareja, Paz y Honorio, donde les son ofrecidos relatos moralizantes en la línea de la Divina Comedia de Dante. A continuación, ofrecemos los versos dedicados a la Marquesa de Valverde:

Cuenta de ellos la historia vergonzosa,

mirando, mientras habla, al matrimonio,
con ojeadas de sátiro a la esposa, 
y al hombre con sonrisas de demonio.

Se alzó en Valladolid un edificio,

de Fabio Nelli en la plazuela un día,
y desnudo, en el ancho frontispicio,  
el cuerpo de la dueña se veía.

Creyó, haciendo la impúdica escultura,

este Marqués celoso y delirante,
vil castigar la vil desenvoltura
de esa adultera esposa y del amante.

Ciego, al llenar a su mujer de lodo,

no ve el Marqués que su deshonra sella,
publicando el imbécil de este modo
la infamia de él y la vergüenza de ella.

Y ¿qué diréis del escultor impío?

No supo, al retratarla, el miserable, 
Que si el mundo perdona un extravío 
Siempre es con la bajeza inexorable.
 
Este fue el escultor que hizo el retrato,
Ese el marido fue, la mujer esa,
¿Cuál tuvo de los tres menos recato,
El artista, el marqués o la marquesa?

Corriendo uno detrás y otro delante,

Sigue el marido a la mujer perjura, 
y detrás de los dos marcha jadeante,
cargado el escultor con la escultura

Y -¡Malvado!- al Marqués, ya arrepentido,

dice el artista, de furor cegado; 
-¡Malvada!- a la mujer grita el marido, 
y le responde la mujer: -¡Malvado!-.

Y el esposo a la esposa por la falda

la agarra airado, cuando huir porcura, 
mientras, fuero, al marido por la espalda, 
le pega el escultor con la escultura.

Y deshonrando al grupo sin decoro,

mientras la infame procesión seguía, 
la deshonra también, silbando a coro,
 un pueblo más infame todavía. 

El putrefacto sol por fin dejando,

arrebatada Paz de un santo celo, 
-¡Dichosos -exclamó, la vista alzando,- 
los que aman sólo lo que aprueba el cielo!- 

Y al dejar aquel astro maldecido,

estas frases sobre él Honorio lanza: 
-¡Cuán infelices son, pues no han sentido 
la dicha del amor sin esperanza! 

¡Nunca el sol con sus rayos esplendentes,

astro de maldición, tu fango dore! 
¡Dios quiera, abrevadero de serpientes, 
que un diluvio de rayos te evapore!-

Si queréis profundizar sobre esta leyenda os recomiendo la pormenorizada narración que hace de la misma mi admirado José Miguel Travieso en el estudio que le dedicó en Domus Pucelae: “Historias de Valladolid. El criado y la marquesa, historia de una infidelidad”.


Por su parte, en la esquina encontramos una balconada quebrada que enlaza con una de las tradiciones de la arquitectura del Renacimiento en España: la ventana en esquina -podemos recordar la cercana del Palacio de Pimentel, posiblemente uno de los detalles más característicos de la ciudad-. En este caso no se trata de una simple ventana, sino que tenemos dos superpuestas y que cuentan con la particularidad, al igual que la portada, de ir decoradas con almohadillado rústico. Es de advertir que pese a entrar estas ventanas en esa modalidad tan española, el arquitecto cargó el esquinal con un sólido pilar. En la parte superior campean dos medallones, en cuyo interior se alojan sendas figuras femeninas, separados por el escudo de los Tovar que se sitúa justo en la esquina. Sobre el escudo de la corona figura un ser mitad mascarón y mitad rocalla que luce un rostro burlón y que nos saca la lengua. Estas imágenes, quizás Virtudes, transmiten las cualidades evocadoras del ornamento renacentista, poseedor de un lenguaje preciso en su simbología que se refiere a la tradición neoplátónica recuperada en ese siglo en Valladolid y a su discurso sobre el amor, tan discutido en los debates filosóficos del pensamiento neoplatónico. A pesar de que Martín González señaló que “Es también decoración renaciente, como lo prueba su similitud con la decoración del Palacio de Butrón (convento de las Brígidas). Pero hay no obstante también aquí obra dieciochesca, figurando el guarismo 1763 como indicador de una reforma”, lo más seguro es que tanto la hilera de ventanas superiores, alternando formas cuadradas y redondas, así como los medallones y el escudo pertenezcan a la reforma dieciochesca.





Pasando al interior del palacio, el zaguán se dispone de tal modo que crea un recorrido coincidiendo con la galería orientada al Este y que prolonga la perspectiva del zaguán desde la calle hacia el interior palaciego. El patio, verdadero centro del palacio y corazón de la vida cortesana que se desarrollaba en su interior, aparece porticado en tres de sus cuatro lados, faltando el del lado Norte como es habitual. En cada lado encontramos tres arcadas proyectadas según un elegante uso de los tradicionales arcos de medio punto apoyados sobre columnas toscanas de piedra. Las columnas originales han sido sustituidas en la reciente restauración, habiéndose perdido las buenas proporciones que tenían sus fustes, coincidentes con las reglas clasicistas difundidas, posteriormente, por Vignola.


BIBLIOGRAFÍA

AGAPITO Y REVILLA, Juan: Las calles de Valladolid: Nomenclátor histórico, Tipografías Casa Martín, Valladolid, 1937.

ARNUNCIO PASTOR, Juan Carlos (dir.): Guía de arquitectura de Valladolid, IV Centenario Ciudad de Valladolid, Valladolid, 1996.

MARTÍN GONZÁLEZ, Juan José: Catálogo Monumental de la provincia de Valladolid. Tomo XIII. Monumentos civiles de la ciudad de Valladolid, Diputación de Valladolid, Valladolid, 1983.

MARTÍN GONZÁLEZ, Juan José: La arquitectura doméstica del renacimiento en Valladolid, Imprenta Castellana, Valladolid, 1948.

PÉREZ, Ventura: Diario de Valladolid (1885), Grupo Pinciano, Valladolid, 1983.

URREA, Jesús: Arquitectura y nobleza: casas y palacios de Valladolid, IV Centenario Ciudad de Valladolid, Valladolid, 1996.

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