lunes, 6 de abril de 2015

MONUMENTOS DESAPARECIDOS: LA CASA DE LAS ALDABAS


En plena calle Teresa Gil, junto al Convento de Porta Coeli y casi frente al Oratorio de San Felipe Neri se encontraba uno de los palacios más recordados por los vallisoletanos, uno de aquellos que NUNCA debió ser derribado, pero una vez más los especuladores ganaron la batalla, como no en la década de 1960.

Ubicación de la "Casa de las Aldabas" en el mapa de Ventura Seco (1738)
Según una cita tomada de Martí y Monsó, el origen de la Casa de las Aldabas se remonta a la época de Fernando IV, siendo fundada por Fernán Sánchez de Valladolid. La importancia de estas casas se deduce del hecho de que pertenecieron al contador mayor de Enrique III, Diego Sánchez Manuel de Valladolid, y en ellas nació el 5 de enero de 1425 el infante que llegaría a reinar con el nombre de Enrique IV. En agradecimiento a esta circunstancia, este mismo monarca, en 1469, otorgó a la familia el privilegio de que “por ninguna causa le fuesen echados huéspedes en ellas y que todas las personas que se acogiesen a ellas, por cualquier causas o delitos no les pudiesen sacar de ellas ningunas justicias”.
Las casas fueron reconstruidas por don Cristóbal de Santisteban, comendador de Viezma, de la Orden de Santiago, caballerizo de Carlos I y regidor de Valladolid, hijo a su vez de don Francisco de Santisteban comendador de la misma Orden, en los últimos años del siglo XV o comienzos del XVI, a juzgar por las características que ofrecían los pilares de su patio. Durante los alborotos de la Guerra de las Comunidades, el 21 de agosto de 1520, los religiosos de San Francisco “revestidos como para celebrar y con el Santísimo Sacramento en las manos” las defendieron impidiendo que fuesen incendiadas, contentándose los comuneros con su saqueo.
 
En el mayorazgo que correspondió a su hijo don Alonso, paje del infante don Fernando, se incluían entre otros muchos bienes “las casas principales en que moramos en esta dicha villa de Valladolid, en la calle de Teresa Gil, con todo lo alto y bajo de ella, con huerta y corrales, con su bodega y cubas, con todas sus entradas y salidas y derechos  y servidumbres, con las casas que están junto con ellas en la dicha calle de Teresa Gil, en que vive por arrendamiento al presente Juana Rodríguez, costurera, de las cuales dichas casas principales tienen por linderos de la una parte casas de los hijos de Juan de Santisteban, nuestro hermano que Dios haya y de la otra las casas del comendador Diego de Rivera…”.
Perteneciendo la casa a su nieto y homónimo don Cristóbal de Santiesteban se concertó en 1574, con Juana de Arana, vecino de Peñaranda de Duero, para que trajese a su casa, por 1.900 reales “cuatro asientos de jaspe… otras cuatro piedras para el estanque… y una piedra para en medio” todas ellas de jaspe. Se trataba de construir una fuente para el jardín, cuyas “molduras que han de llevar las dichas piedras han de ser conforme a una traza… firmada de Juan de Juni”.
En el mayorazgo y, por consiguiente, en la propiedad de “las casas de las Aldabas que está en la dicha villa en la calle de Teresa Gil”, sucedió don Francisco Manuel López y Santisteban, biznieto de don Cristóbal de Santisteban quien, por no tener “con qué vivir ni con que poder sustentar las dichas casas”, solicitó autorización al rey, en 1591, para poderlas vender en pública almoneda.
 
Intentó adquirirlas el licenciado Gil Ramírez del Arellano, del Consejo de Su Majestad y oidor de la Chancillería, quien ofreció por ellas 9.000 ducados; sin embargo su oferta fue rechazada por el propietario “por ser poca cantidad respecto del precio que la casa vale y hecha por persona tan cualificada que no habrá quien puje ni sobre ella haga otra”. También acudió a la subasta el depositario general de la Corte y Chancillería, don Juan Bautista Gallo, quien ofreció igualmente 9.000 ducados “más la mitad de todo aquello que montare la alcabala de las dichas casas”. Por fin, se remataron en él “las dichas casas de las Aldabas, con su jardín, corrales, casa de cochera, fuentes, asientos, bodegas, subterráneos, caballerizas, cocinas y con todo lo demás a ella perteneciente, desde lo alto a lo bajo, así por la puerta delantera como por la trasera  con todas sus entradas y salidas, luceras y ventanas, aguas corrientes y vertientes, estantes y manantes y con todo lo demás que a las dichas casas de las Aldabas pertenece, puede y debe pertenecer”, por la cantidad de 9.500 ducados, el día 16 de julio de 1594, “dadas las tres horas de la tarde del reloj de San Francisco”.
Don Juan Bautista Gallo era regidor de Valladolid desde 1548. Al fallecer en 1601 sus acreedores embargaron sus bienes pero la viuda logró retener en su propiedad las casas principales “en la calle de Teresa Gil que se dicen de las Aldabas”. Tenían por linderos “por la una parte casas de Alonso de Verdesoto y por la otra (izquierda) casas de dicho Juan Bautista Gallo que se compraron de los testamentarios de doña Isabel de Santisteban”. Precisamente en éstas últimas y en otras que daban a la calle de Olleros (hoy c/ Duque de la Victoria) doña Mariana, viuda del regidor, edificó una iglesia y monasterio de monjas franciscanas concepcionistas, fundado y dotado por ella aquel mismo año. La delicada situación que atravesaba la viuda, doña Mariana, le obligó a desprenderse paulatinamente de la propiedad de la casa y, seguidamente, del convento y patronato que había fundado. El 12 de enero de 1605 la llamada casa de las Aldabas ya pertenecía a don Rodrigo Calderón, el cual había pagado por ella 17.000 ducados, cantidad a la que sumó el 6 de octubre de 1606 otros 8.000 ducados por el patronazgo del monasterio y sus casas, suelos y edificios, huerta y casillas.
 
La personalidad y actuación pública de don Rodrigo Calderón (1576-1621) son sobradamente conocidas. Basta recordar que trabajó como secretario del duque de Lerma y se valió de su gran influencia para acaparar una inmensa fortuna que obtuvo fomentando el cohecho sin apenas disimulo. Entre sus títulos reunía el de caballero de la Orden de Santiago, comendador de Ocaña, marqués de Siete Iglesias y conde de la Oliva de Plasencia; y sus cargos públicos más destacados eran los de capitán de la Guardia Alemana, contino de la casa de Aragón, alguacil mayor y registrador de la Chancillería de Valladolid, mayordomo de obras, arquero y alcaide de la Cárcel real de esta misma ciudad, además de su correo mayor y regidor; ostentando también regidurías en los ayuntamientos de Plasencia y Soria. Después de la marcha de la corte a Madrid, don Rodrigo Calderón se trasladó a la capital del reino. Sin embargo su padre, don Francisco Calderón, comendador mayor de Aragón, se retiró a Valladolid y durante una visita de don Rodrigo a esta ciudad, hacia 1613, escribió una carta dirigida al conde de Gondomar diciéndole que “mi padre se está aquí gozando en las casas de las Aldabas, del más regalado lugar del mundo que, afirmo, le tengo envidia”.
 
No podemos precisar cuándo se iniciaron las obras de reforma del palacio, que debieron de ser dirigidas por el arquitecto Diego de Praves, responsable de la obra del convento de Portaceli cuyo patronato ostentaba don Rodrigo y encargado durante muchos años de certificar todas las partidas de gastos de materiales y obreros. Por ejemplo, en 1618 Marcos Fernández, vecino de Talavera de la Reina, entregaba 8.236 azulejos “para gastar en las obras del dicho marqués”, que serían colocados por el solador Juan Fernández Marqués. Estas obras debieron de afectar fundamentalmente a la fachada del edificio y a su decoración interior. En aquélla el arquitecto regularizaría sus vanos, efectuando a lo largo de su paramento una serie de ajeados o huecos ligeramente rehundidos que alternaban con los vanos de sus balcones, todo ello dentro de un diseño muy geométrico y una gran portada lineal en consonancia con gustos manieristas.
 
Destruida, por desgracia, en la década de 1960, sin embargo la casa de las Aldabas fue descrita minuciosamente, a comienzos del siglo, por Martí y Monsó y Agapito y Revilla. Este último señaló que:
La fachada es extensa: los huecos se han modernizado; a la derecha, se ve medio oculta por una portada de tienda, una puerta de arco semicircular con dovelas de gran altura; la puerta de hoy para entrar a la casa es de grandes proporciones, rectangular, un huequecito con reja sobre los del piso principal, acusa aquellas irregularidades en la ordenación de las fachadas antiguas, que a veces las daban simpático aspecto, que aquí falta. No hay ningún escudo de armas en la fachada que notase los timbres heráldicos de don Rodrigo Calderón, que campean bien ostensiblemente en la fachada de la iglesia del convento adyacente. En cambio, empotradas y sujetas en el muro de la fachada hay unas once aldabas de hierro, redondas, pendientes de siempre por una anilla alta, sin poderse mover después por impedirlo alcayatas puestas en lo bajo. Son las aldabas de unos 20 cms. de diámetro; está colocadas a lo largo de la fachada; el portón de la gran puerta rectangular, tiene en una hoja otra aldaba más decorada que las del muro, completamente lisas… Por la puerta semicircular citada, penétrase en una tienda, que no hace observar nada de particular; en otro tiempo debió ser la puerta principal de la casa. La otra grande, la rectangular mencionada, da acceso inmediato a un patio teniendo una ancha y diáfana escalera a la derecha, apoyándose en la fachada. El patio era cuadrado; tres de sus lados conservan aparentes; en la planta baja, los pilares de sección octogonal y arcos de medio punto los lienzos normales a la fachada; el lienzo del fondo y el inmediato a la fachada, oculto este último por construcciones agregadas que estrechan el patio, tienen también pilares ochavados, de mayor altura que los otros dos, y sustentarían carreras con fuertes zapatas. Cada lado tiene cuatro arcos o vanos; los pilares son de corte semejante a los de los patios del Colegio de Santa Cruz y Audiencia. Nada he visto en las habitaciones de la casa… que merezca la pena de decirse, más que el salón del piso principal que corresponde al segundo balcón de la izquierda de la fachada. Su eje longitudinal es normal (perpendicular) a ésta, por lo que resulta oscuro hoy ya que no tiene huecos a la galería”.
 
Este salón fue descrito también por Martí y Monsó que lo calificó de “verdaderamente regio, de muy grandes dimensiones y cubierto con magnífico artesonado que doraron y pintaron Jerónimo de Calabria y Tomás de Vallejo… Aún brilla el oro del techo en toda su pureza, como se conserva también el friso que rodea las paredes con decoración de azulejos al parecer italianos… los marcos de la puerta son de mármol verde”.
En el contrato de dorado del artesonado se especifica que los pintores se obligaban, el 21 de junio de 1618, a que “dorarán y pintarán en la forma y con las condiciones y a la traza que de yuso se contendrá el techo de artesones de la sala primera de las casas”, de acuerdo con lo que les señalase “Jerónimo de Angulo, veedor de las obras reales de S.M. y Diego de Praves maestro de la dicha obra… siendo los colores el azul fino y si llevare bermellón que lo colorado ha de ser muy bueno y el blanco ha de ser alabastro quemado por el albayalde se vuelve negro con el invierno”. En la sala y techo se pintarían escudos de armas, cobrando por todo el trabajo 5.000 reales incluyéndose en esta cantidad los materiales”.
El fin de la privanza del duque de Lerma, el 4 de octubre de 1618, y su inmediato destierro alejaron a don Rodrigo de la corte, recluyéndose en Valladolid. En su casa de las Aldabas se le prendió –por orden real– durante la noche del 19 a 20 de febrero de 1619, siendo el oidor, don Fernando Ramírez Fariñas, el encargado de ejecutar su prisión. Trasladado a Madrid y hallándosele culpable, fue condenado a muerte y degollado en la Plaza Mayor el día 21 de octubre de 1621. En Valladolid, el día 23 de octubre de aquel año se hizo pública subasta de las joyas y alhajas que le habían pertenecido las cuales se tasaron en 770.000 ducados, no incluyéndose en esta cifra la ropa blanca, pinturas y armas. Toda su hacienda montó 1.947.708 ducados.
Todos sus bienes fueron confiscados y la casa de las Aldabas pasó a ser propiedad del Rey. En 1622 Felipe IV concedió al padre de don Rodrigo “el lugar de Sieteiglesias sin título” devolviéndole además “las casas que éste tenía en Valladolid y el patronazgo de Portaceli y que le suceda en todo su nuera…”. En las casas se habían alojado durante un tiempo don Iñigo Vélez Tasis y Guevara, conde de Oñate y Villamediana y su esposa doña Antonia de la Cerda, marquesa de Lisera.
 
En 1674 el hijo mayor de don Rodrigo, Francisco, caballero de Alcántara y II conde de Oliva, escribió una carta a su hija doña Inés de los Santos, monja en Porta Coeli, refiriéndose al estado ruinoso de su palacio vallisoletano: “que se ha de caer más aprisa la casa y que cayéndose ha de hacer mucho daño y falta a Portaceli, lo que es menester ir haciendo es ir descolgando todos los retratos, pinturas, imágenes y que se lleven a tu celda o a la parte más desocupada y segura que hubiera en el convento y que hagas una memoria de cuántos son…”.
Al comenzar el siglo XIX continuaba siendo propiedad de la familia y se hallaba con urgente necesidad de reparos. Al ser derribada la casa en la década de 1960 logró rescatarse parte de la arquería de su patio y en la actualidad se halla instalada en los jardines del Museo Nacional de Escultura mientras que en el Alcázar de Segovia encontró acomodo el artesonado del salón principal de esta vivienda.
 
BIBLIOGRAFÍA
  • AGAPITO Y REVILLA, Juan: “La Casa de las Aldabas”. Revista Castellana, Tomo I, pp. 26, 65 y ss.
  • MARTÍN GONZALEZ, Juan José: La arquitectura doméstica del renacimiento en Valladolid, Imprenta Castellana, Valladolid, 1948.
  • URREA, Jesús: Arquitectura y nobleza: casas y palacios de Valladolid, IV Centenario Ciudad de Valladolid, Valladolid, 1996.

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