lunes, 13 de marzo de 2017

LA CAPILLA DEL CRISTO DE LOS DOLORES DE LA V.O.T. DE MADRID


Aunque este blog habla en exclusiva de obras de arte y artistas relacionados con Valladolid, y tras darle muchas vueltas, he decidido que en ocasiones puntuales trataremos de manifestaciones artísticas “foráneas”. Esta idea me surgió durante el último viaje a mi querido Madrid, después de visitar uno de los lugares que más deseaba conocer de la Villa y Corte. Ese impresionante y recoleto recinto no es otro que la Capilla del Cristo de los Dolores de la Venerable Orden Tercera, también conocida como “San Francisquín” por hallarse aneja a la Basílica de San Francisco el Grande.
La Tercera Orden, llamada de Penitencia, surgió por efecto de la renovación evangélica, suscitada en los seglares, por la predicación de San Francisco. Suele considerarse como fecha de fundación el año de 1221, en que fue organizada y canónicamente erigida. En Madrid, la Tercera Orden permanece establecida en Madrid desde tiempo inmemorial y puede creerse que data del mismo tiempo en que el santo estuvo en esta villa ya que, generalmente, al lado de una residencia de la primera Orden, surgía la asociación de los seglares franciscanos. Ahora bien, la residencia de los franciscanos en Madrid, según relata el cronista de la villa Pedro de la Répide, “era fundación del seráfico Patriarca que, llegando a Madrid por los años de 1217, los moradores de la villa le ofrecieron como limosna un sitio fuera de los muros”. La V.O.T. contó entre sus miembros a figuras tan ilustres como Cervantes, Lope de Vega, Calderón de la Barca y Francisco de Quevedo.

En 1617 la V.O.T. se embarcó en la construcción de una capilla propia, separada del convento, por lo que el día 11 de junio adquirió a los frailes franciscanos el terreno necesario, contiguo al enterramiento de los religiosos. Esta primera capilla, iniciada en 1623, fue dedicada a Nuestra Señora, cuya imagen fue colocada en un retablo construido por Sansón de Velasco sobre trazas de Carducho (1635). Sin embargo, hubo de ser derribada al poco tiempo para la ampliación del convento. Entre 1638-1662 la Tercera Orden adquirió nuevos terrenos para construir la actual capilla, sita en el nº 1 de la calle de San Buenaventura.
La capilla es un templo independiente construido por el hermano jesuita Francisco Bautista (h.1594-1679), quien acababa de finalizar la construcción de la Colegiata de San Isidro. Las obras fueron llevadas a cabo por el maestro Marcos López, firmando los planes con Francisco Bautista el pintor y escultor Sebastián de Herrera Barnuevo. La Hermandad impuso a López la colaboración de Luis Román, que, con Juan Delgado, fueran sus concursantes. A Marcos sucedió en la obra Mateo López, acaso hijo suyo. Las obras fueron a buen ritmo ya que el 3 de mayo de 1668 se inauguró, trasladándose “con gran fiesta” la imagen del Cristo de los Dolores.

Desde el año de 1760 la capilla fue iglesia conventual de los frailes franciscanos, mientras duraban las obras de construcción de la nueva basílica de San Francisco el Grande, la cual fue inaugurada en 1784. Por Real Orden de 1888 se dispuso el derribo de los edificios que rodeaban a San Francisco el Grande y se ordenó también la demolición de esta capilla. Salvada de la demolición, la capilla se salvó de los incendios y devastaciones de 1936. Sin embargo, en 1968 la V.O.T., dependiente de la comunidad franciscana de San Francisco el Grande, acometió una desatinada reforma, para “adaptarla a las modernas exigencias litúrgicas”: se eliminó la decoración barroca con los lienzos, imágenes, retablos y baldaquino, e incluso se varió la orientación del altar. La reforma se llevó a cabo sigilosamente, pero su denuncia promovió una agria polémica en el diario “Madrid” con la comunidad de San Francisco. La dirección de Bellas Artes intervino sancionó a la V.O.T., ordenándola restituir la capilla a su antiguo ser, ya que, al ser declarada Monumento Nacional, caía bajo la directa intervención del Estado y el Servicio de Monumentos se hizo cargo de la restauración. Se reconstruyó el derribado coro, y, sobre todo, se rehízo el baldaquino que cobija la imagen del Cristo de los Dolores, cuyo basamento de mármoles y jaspes yacía destrozado en el exterior, y el templete de madera policromada, deshecho en la trastera. Por Decreto del 13 de noviembre de 1969 fue declarada Monumento Histórico-Artístico.
Según Elías Tormo, esta capilla es la más típica iglesia de Madrid y la más sencillamente bella del barroco madrileño de época de Felipe IV, por su arquitectura y decoración. Se ha logrado en ella, en un alarde de sobriedad, graduar el espacio mediante tres compartimentos -la nave, la cúpula-crucero y el presbiterio- en los que la luz se manifiesta suavemente para alcanzar mayor esplendor en el último de ellos, donde se recorta la oscura silueta del elegante baldaquino. La decoración es severa y geométrica, dominando las aristas, rica y discreta al mismo tiempo; las pilastras son de orden toscano. A lo largo de los muros corre un entablamento soportado por modillones; la cúpula se voltea sobre una cornista también con modillones a modo de Vignola. Las pechinas presentan, en una rica enmarcación de yesería, cuatro emblemas franciscanos: las cinco llagas de San Francisco, la cruz con los brazos de Cristo y San Francisco, las cinco cruces de Tierra Santa y las letras griegas iniciales del nombre de Jesús (IHS). La bóveda baída está cubierta también por decoración de yesería, que traza dibujos geométricos muy ponderados.


Baldaquino
Lo que más llama la atención al entrar en el templo es el hermosísimo baldaquino situado en la capilla mayor, bajo la cúpula del crucero. En su interior se halla la preciosa y milagrosa imagen del Cristo de los Dolores, quien da nombre a la capilla. El baldaquino fue proyectado por el referido Francisco Bautista, aunque llevado a cabo por el “carpintero de lo blanco” Juan Ursularre Echevarría, Ignacio de Tapia y Baltasar González en 1664. Consta de basamento de mármoles y jaspes que muestra un movimiento barroco iniciado ya por Herrera en el templete de los Evangelistas del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial.  Sigue un cuerpo de madera con columnas y encima una cúpula que remata con una linterna coronada por la Fe. A los costados del basamento se exhiben los escudos en alabastro del ilustre madrileño Lorenzo Ramírez de Prado y su esposa Lorenza de Cárdenas, cuya ayuda económica fue muy eficaz para la construcción tanto de esta capilla como del Hospital de la V.O.T.; sus restos mortales yacen bajo el altar.

El Cristo de los Dolores que preside el baldaquino es una imagen anterior, ya que está documentado que se encontraba en la anterior capilla que regentaba la Orden, en la que fue colocada según las crónicas “cortando el palo del a cruz” para adaptarla al retablo entonces existente. Aunque hasta hace poco tiempo se consideraba obra anónima, en la actualidad no cabe duda de que fue realizada por el escultor Domingo de la Rioja, quien unos años antes, en 1635, realizó una imagen similar puesta bajo la advocación de “Cristo de la Victoria”, aunque de mayor calidad, para la localidad cacereña de Serradilla. Lo que si se encuentra documentado es que fue policromada en 1643 por el pintor Diego Rodríguez, por lo que su ejecución rondará los años 1642-1643.
Es curiosa la leyenda que se cuenta acerca del Cristo de la Victoria del Santuario de Serradilla (Cáceres): se dice que Domingo de la Rioja la esculpió en Madrid hacia 1635 a instancias de la piadosa señora Francisca de Oviedo y Palacios, natural de Plasencia. La imagen fue expuesta durante algún tiempo en la parroquia de San Ginés, el rey Felipe IV se encaprichó de ella y decidió trasladarla a la capilla del Palacio Real. Tras varios años el monarca decidió devolverla a su propietaria, por lo que la imagen prosiguió su camino hasta Serradilla. Sin embargo, no llegaría por entonces ya que fue nuevamente retenida por el obispo de Plasencia Plácido Pacheco, quien la “liberó” años después. Tras varias vicisitudes e incluso milagros, la imagen llegó a Serradilla el 13 de abril de 1641.
 
El Cristo madrileño, como el cacereño, aparece de pie, sujetando con el brazo y la mano izquierda la cruz como símbolo de su victoria sobre el pecado y la muerte; con la mano derecha se señala el corazón, queriendo significar que fue el amor a los hombres quien le obligó a abrazarse con la cruz y la muerte. Su rostro tiene una serena expresión de dolor; aparece ensangrentado, mejilla, frente y barba. La corona de espinas de tal modo penetra en su cabeza que por todas partes brotan hilos de sangre. Ojos velados por la sangre, labios amoratados, costado abierto por la lanza, espalda y piernas llenas de heridas. Su pie izquierdo descansa sobre la calavera y la cruz se apoya sobre la cabeza del dragón infernal, aplastándola, en alusión al protoevangelio del Génesis. A pesar de estos símbolos de triunfo y de victoria sobre la muerte y el pecado, los franciscanos seglares decidieron proclamaron esta imagen titular de su capilla como el “Cristo de los Dolores” en consonancia con el tema devocional de la preferencia franciscana, la Pasión de Cristo, tema que se repite también en los cuadros encargados a Cabezalero.


Otras esculturas y pinturas
Aunque en origen la capilla poseyó muchas más imágenes, en la actualidad se conserva una serie de buenas esculturas y pinturas de escuela madrileña de los siglos XVII y XVIII. Empezando por las esculturas, en los ángulos del presbiterio se encuentran cuatro santos terciarios franciscanos que fueron esculpidos entre 1664-1668 por el imaginero Baltasar González, y policromados por Juan de Villegas. Se trata de Santa Margarita de Cortona, el rey San Fernando, Santa Isabel de Portugal y San Roque. Se trata de imágenes bastante secas, siendo quizás las de mayor empeño las que efigian a San Fernando y a San Roque. No se conservan todas las esculturas que González se comprometió a realizar. Efectivamente, el 3 de septiembre de 1664 González, fiado por el escultor portugués Manuel Pereira se concertó con Íñigo López de Zárate, Ministro de la V.O.T., para fabricar ocho esculturas que habrían de representar a San Luis rey de Francia, San Roque, Santa Isabel de Portugal, Santa Margarita de Cortona, Nuestra Señora de la Concepción, San Francisco y San Antonio, “cada uno con los atributos que van señalados: San Luis, rey de Francia, a sus pies la herejía; San Roque con el ángel y el perro; Santa Isabel de Portugal, en el escapulario unas rosas que significan el milagro; Santa Margarita de Cortona con una calavera en la mano y a sus pies una breta representando las galas del mundo”. No debieron cumplirse todos estos detalles a juzgar por el estado actual de las imágenes.

En el ámbito anterior, el que cae justo bajo la cúpula, y rodeando al baldaquino, se encuentran también en los ángulos otras cuatro esculturas de diferentes épocas y autoría: así, tenemos dos imágenes de mediados del siglo XVII que efigian a Santa Isabel de Hungría y a San Luis rey de Francia, y que quizás sean obra del referido Baltasar González; y otras dos ya de comienzos del siglo XVIII: San Zacarías y Santa Isabel, los padres de San Juan Bautista, las cuales, aunque ennegrecidas, presentan una fastuosa policromía y un movimiento nervioso. Ambas parejas se complementan entre sí.

Actualmente desaparecida, tras el baldaquino se hallaba en una urna una Cabeza de San Anastasio que ha sido atribuida a Juan Alonso Villabrille y Ron. Por fortuna, se conserva un testimonio fotográfico de ella.

JUAN ALONSO VILLABRILLE Y RON (atr.): Cabeza de San Anastasio. Fotografía tomada de la Fototeca del Patrimonio Histórico
En cuanto a pintura, los lienzos que cuelgan de las paredes de la nave de la capilla se deben a uno de los grandes maestros con los que contó Madrid durante el segundo tercio del siglo XVII. Se trata de Juan Martín Cabezalero (h.1634-1673) que, nacido en Almadén, fue discípulo de Juan Carreño de Miranda (1614-1685), quien junto a Francisco Rizi (1614-1685) guio los designios de la pintura barroca madrileña durante buena parte de la segunda mitad del siglo XVII. Viendo la excelsa calidad que poseen las escasas pinturas que se conservan de Cabezalero es una verdadera lástima pensar a qué nivel habría llegado de no haber muerto con tan solo 40 años. La muerte prematura de los mejores pintores españoles de finales del siglo XVII fue un hecho muy habitual, a la par que trágico.
Cabezalero, aunque discípulo de Carreño de Miranda, tomó para sí las enseñanzas de Velázquez y Van Dyck. En la composición, dibujo y colorido aventajó a todos sus contemporáneos; durante su corta carrera pintó varias obras muy celebradas por los críticos de su tiempo. Es, sobre todo, en esta capilla de la V.O.T. donde Cabezalero despliega sus dotes de realismo y de interés dramático. Cabezalero se obligó a “hacer cuatro pinturas grandes de la Pasión de Cristo, en precio de 1.500 reales cada uno; uno del Ecce Homo, otro de la Crucifixión; otro Ya crucificado dándole Longinos la lanzada y otro de la Descensión de la Cruz (que se cambió por el Encuentro o Calle de la Amargura)”, comprometiéndose a entregarlas a finales de 1668. Estos lienzos fueron sustraídos por los franceses por orden de Napoleón durante la Guerra de Independencia, y transportados al Louvre. El 15 de mayo de 1819 fueron devueltos por el gobierno francés, teniendo que abonar la Orden 9.830 reales por gastos de flete, reparación y conservación.

JUAN MARTÍN CABEZALERO. Ecce Homo
JUAN MARTÍN CABEZALERO. Camino del Calvario
JUAN MARTÍN CABEZALERO. Preparativos para la Crucifixión
JUAN MARTÍN CABEZALERO. La lanzada de Longinos
Además de estas pinturas se conservan otros cuatro cuadros colgados de la nave. Se trata de obras del siglo XVII y de autor desconocido. Estos efigian el Lavatorio, Cristo injuriado, la Flagelación, y la Coronación de Espinas.

El Lavatorio
Cristo injuriado
La Flagelación
La Coronación de espinas
Como dijimos anteriormente, tras la reforma llevada a cabo en 1966 se eliminó buena parte de la decoración barroca de la capilla, entre ellos cuatro hermosos retablos churriguerescos.

Fotografía tomada de la Fototeca del Patrimonio Histórico
Fotografía tomada de la Fototeca del Patrimonio Histórico
Sacristía y antesacristía
En la antesacristía posee mucho interés la pila para lavatorio de manos, con el escudo franciscano en alabastro, realizado en 1676 por el arquitecto Rodrigo Carrasco Gallego; así como dos lienzos: uno de San Francisco liberando ánimas del purgatorio, y otro de la Virgen del Arco.
 
San Francisco liberando ánimas del purgatorio
Virgen del Arco
La sacristía, muy típica e interesante, fue construida en 1685 por Juan de Arroyo según las trazas de del arquitecto, escultor y pintor Teodoro Ardemans (1661-1726), quien asimismo pintó los frescos del techo en el cual aparece representado el Arrebato de San Francisco. Ardemans expresa apasionadamente la ascensión de San Francisco sobre un torbellino de nubes, donde destacan las poderosas figuras de dos caballos blancos. En la parte inferior del fresco expresa la continuación del espíritu franciscano, animando a religiosos y seglares que se inspiran en su ejemplo. Dos ángeles sostienen el escudo del movimiento franciscano con la TAU, letra bíblica con la que San Francisco firmaba sus escritos. Teodoro Ardemans, nació en Madrid en 1664, siendo hijo de un alemán que servía en las Guardias de Corps. Estudió pintura con Claudio Coello (1642-1693) y al mismo tiempo siguió los cursos de arquitectura y matemáticas.

En la sacristía, asimismo, hallamos tres interesantes esculturas: un Busto de Dolorosa, una Virgen del Rosario y un San Antonio de Padua; además de una lápida dedicada a los insignes literatos que pertenecieron a la V.O.T.: “La Venerable Orden Tercera Franciscana de Madrid a sus insignes hijos Cervantes, Lope de Vega, Calderón de la Barca, Francisco de Quevedo”.

Busto de Dolorosa
Virgen del Rosario
San Antonio de Padua

BIBLOGRAFÍA
  • ERRASTI, Fermín: Capilla del Cristo de los Dolores de la Venerable Orden Tercera. Descripción histórico-artística, Editorial Cisneros, Madrid, 1982.
  • TORMO, Elías: Las iglesias del antiguo Madrid, Instituto de España, Madrid, 1985.

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