sábado, 10 de enero de 2015

EL ARQUITECTO MODESTO LÓPEZ OTERO: Un vallisoletano al frente de las obras de la Ciudad Universitaria de Madrid


En el post de hoy vamos a tratar una de las últimas “relaciones” artísticas que ha habido entre Madrid y Valladolid: el arquitecto Modesto López Otero. En el pasado fueron innumerables estos intercambios: de Madrid llegaron numerosas trazas de retablos, mientras que de aquí partieron grandes pintores y escultores (Antonio Pereda, Alejandro Carnicero, Luis Salvador Carmona, Pedro Alonso de los Ríos, Alonso de Grana, etc…) y hermosísimas obras del gran imaginero del barroco castellano: Gregorio Fernández.
Antes de comenzar a tratar el tema quiero dedicarle este post a Lucía, mi twittera madrileña predilecta. Sigue escribiendo así de bien en la revista, me declaro admirador. ¡Va por ti! ;)
Uno de los arquitectos más importantes de la España del siglo XX fue el vallisoletano Modesto López Otero. Nacido a orillas del Pisuerga el 24 de febrero de 1885 sus padres, Juan López Núñez y Amalia Otero Seijas, lo bautizaron cuatro días después en la iglesia de Santiago Apóstol, parroquia en cuya pila fueron bautizados numerosos artistas en siglos precedentes. Me gustaría señalar que en esta ocasión las imágenes no son mías, la inmensa mayoría han sido obtenidas de http://open.ieec.uned.es/HussoDigital y www.madrid1936.es
Sus estudios de bachillerato los cursó en el Colegio de los Escolapios, pasando posteriormente en el año 1902 a Madrid para realizar el curso preparatorio en la Escuela de Agrónomos e ingresar posteriormente en la Escuela de Arquitectura. En 1910 se graduó como arquitecto como el número uno de su promoción. Sus comienzos están íntimamente unidos a los de su amigo y compañero José Yánoz Larrosa. Juntos obtuvieron diversos galardones: el primer premio del concurso para el Monumento a las Cortes de Cádiz y la Medalla de Oro en el Concurso para la Exposición Nacional de 1912. Asimismo, a título individual, López Otero obtuvo el premio del Primer Salón de Arquitectura de la Sociedad de Amigos del Arte en 1911 y la beca Hans Peschl que concedía cada año la Real Academia de Bellas Artes a alumnos destacados para realizar estudios en Viena. En 1915 su currículum se vio ampliado con la obtención de sus dos primeros encargos como arquitecto (ambos premios del Ayuntamiento de Madrid a los mejores edificios construidos en la capital durante ese año): una vivienda-estudio para el escultor y académico Miquel Blay y un edificio de viviendas en la calle de Fortuny, nº 35, este último aún en pie. A partir de entonces los reconocimientos fueron una constante en su vida.

Imágenes del proyecto para el Monumento a las Cortes de Cádiz (1915)
Su vocación docente le llevó a presentarse a la oposición para la cátedra de proyectos de tercer curso de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid en 1916 y a ser elegido director de la misma por unanimidad en 1923, tras el fallecimiento de Luis Landecho. Por su cátedra pasaron algunas de las grandes figuras de la arquitectura española del siglo XX: Fernando Chueca Goitia, Francisco Carvajal, Francisco Javier Sáenz de Oíza, Miguel Fisac, Francisco de Asís Cabrero, etc…
López Otero permaneció veinte años al frente de la dirección de la Escuela, durante los cuales llevó a cabo importantes cambios para su evolución y modernización. Ante todo, el traslado de la Escuela desde el antiguo pabellón de la calle de San Bernardo hasta el moderno edificio proyectado por su alumno Pascual Bravo en la Ciudad Universitaria de Madrid. Sin embargo, su privilegiada posición como arquitecto-director del proyecto de la Ciudad Universitaria permitió, por fin, que los arquitectos madrileños alcanzarán tan ansiado cambio. También modificó y renovó el plan de estudios con la incorporación de nuevas materias, ya que la enseñanza mantenía, en aquellos primeros años del siglo XX, un anticuado plan de estudios basado principalmente en materias de dibujo, restando importancia a las asignaturas técnicas –estructuras, construcción, instalaciones–, las cuales resultaban ya imprescindibles para el ejercicio de la profesión. También puso gran interés en la actualización y ampliación de los fondos de la Biblioteca, hecho conseguido gracias a la incorporación de los 3.000 ejemplares de libros y revistas donados por Juan Luis Cebrián, un ingeniero militar emigrado a California.

Modesto López Otero
Sus discípulos y compañeros hablaron de él destacando su extraordinaria calidad humana, además de su demostrada valía profesional. Existe unanimidad para definir su carácter como bueno, grato y conciliador, trasluciéndose un general sentimiento de agradecimiento de sus discípulos más directos hacia su persona. En cuanto a su faceta como profesor, muchos de sus antiguos alumnos coincidieron en alabar la libertad con que les permitía trabajar, sin marcar estilos ni tendencias, permitiendo al alumno encontrar su propio camino en el mundo arquitectónico. Estos testimonios ayudan a componer su personalidad, reflejando su sentido del humor, su carácter sociable y su capacidad de adaptación a las diversas circunstancias, por lo que resulta fácil comprender por qué tan admirado y alabado.

Modesto López Otero al tiempo de ser Director de la Real Academia de San Fernando de Madrid
LA CIUDAD UNIVERSITARIA DE MADRID
Su trabajo más significativo y aquél por el que es más recordado y reconocido dentro de la historia de la arquitectura española es el realizado en la Ciudad Universitaria de Madrid. Su nombramiento fue realizado por el rey Alfonso XIII en unanimidad con la Junta Rectora de la Ciudad Universitaria en 1928. Dicha Junta se fundó en 1927 tras ceder el Rey los terrenos de la Moncloa, propiedad hasta entonces de la corona española, para dar una ubicación a tan magno proyecto y poder comenzar a desarrollarlo. Así lo expresó públicamente en su primer encuentro con un grupo de arquitectos y profesores universitarios en julio de 1924: “Yo he pensado en la necesidad de emprender la construcción de edificios de una gran Universidad que no fuera solamente nacional”. Ya por entonces se habían alzado muchas voces para criticar el lamentable estado en que se hallaban los edificios universitarios madrileños, distribuidos son orden por la ciudad en inmuebles anticuados y obsoletos.
El primer paso de la Junta fue nombrar una comisión que investigase y conociese los campus universitarios más avanzados del mundo. Elegido miembro de dicha comisión a instancia de Luis Landecho, el cual alegó razones de salud para ser sustituido, López Otero formó parte del viaje, lo cual sería además una magnífica oportunidad para conocer la arquitectura norteamericana, tanto la de vanguardia como la perteneciente a la época de la colonización española.

Proyecto ideal de la Ciudad Universitaria de Madrid (1928)
La Ciudad Universitaria en la actualidad
Elegido por unanimidad arquitecto-director del proyecto en la Junta General celebrada el 25 de abril de 1928, rápidamente organizó una oficina técnica, para la cual reunió un equipo de profesionales compuesto en su totalidad por jóvenes promesas de la arquitectura que comenzaban a destacar a finales de los años veinte: Miguel de los Santos, Agustín Aguirre, Luis Lacasa, Manuel Sánchez Arcas, Pascual Bravo…
El planteamiento básico del proyecto se basaba en la creación de un campus integrado en la naturaleza, donde el estudiante se viese rodeado de un entorno sosegado y tranquilo, y en el que el paisaje natural apoyase un ambiente de paz y tranquilidad. Este aspecto era el que más había gustado a la comisión en su viaje. López Otero escribió un importante número de notas acerca de las directrices a seguir y del objetivo a lograr para obtener “un refugio como era el claustro de la edad media para el estudio y la mediación”.
Comenzó, entonces, a plantear grandes espacios ajardinados que conectaban las diferentes facultades agrupadas por especialidades. Así la primera fase correspondió a la urbanización del conjunto y a la construcción del primer grupo de facultades: Medicina –que abarcaba Farmacia y Estomatología–, Filosofía, Derecho y Arquitectura, entre otras, además de algunas residencias de estudiantes. La urbanización dio lugar al primer problema técnico: el gran desnivel del terreno. Los desniveles  se salvaron mediante la inclusión de diversos viaductos en los puntos más conflictivos. Se contó para ello con la colaboración con Eduardo Torroja, joven ingeniero de Caminos, cuya labor en esta primera fase fue determinante y comenzó a proporcionarle los primeros reconocimientos profesionales. Fruto de la colaboración profesional entre Torroja y López Otero nacería una profunda y duradera amistad. Sus comunes inquietudes les llevaron a fundar, junto a otros compañeros, el Instituto de la Construcción en 1934, gracias a la cual mejoró de forma ostensible la calidad de la construcción española.

Vista de las facultades denominadas como "Grupo Médico"
Facultad de Medicina
Facultad de Farmacia
Facultad de Filosofía
La segunda fase la contemplaban la facultad de Bellas Artes, el conservatorio, el paraninfo, la biblioteca y el templo. Una tercera base abarcaba las instalaciones deportivas, los museos y otros edificios complementarios. La concepción formal de los edificios pretendía ser moderna, basada en la arquitectura madrileña compuesta por ladrillo visto, granito y piedra blanca, pero la Junta Constructora quiso una imagen más monumental por lo que finalmente en esas primeras fases se utilizó el aplacado de piedra y los accesos porticados con grandes columnas.
Las obras se ejecutaron a buen ritmo hasta que en 1931, con la llegada de la República, se produjo un cambio de responsables al frente de la Junta Constructora. Sin embargo todo el equipo técnico, con López Otero al frente, sería ratificado en su cargo, hecho que políticamente causó gran sorpresa, aunque cargado de lógica y sentido común. Superándose, en ocasiones con dificultad, el problema económico que planteaba una inversión de tal magnitud, se logró inaugurar en los años siguientes los primeros edificios, pero la llegada de la Guerra Civil en 1936 resultaría terrible para la construcciones universitarias, ya que fue precisamente esta zona un frente de batalla durante meses, llegando incluso a darse la circunstancia de ocupar ambos bandos distintas zonas de un mismo edificio.
Una vez finalizada la guerra, se constituyó una nueva Junta Constructora, esta vez dependiente de la recién creada Dirección General de la Arquitectura con Pedro Muguruza al frente, la cual ratificaría por tercera vez a López Otero en su puesto, demostrándose nuevamente la importancia que su terminación había adquirido para el interés nacional. Dado que el recinto universitario había quedado casi irreconocible, se comenzó rápidamente a planificar la reconstrucción de aquellos edificios que aún podían ser salvados, otros hubieron de ser derribados y construidos de nuevo.
Iniciadas las reconstrucciones se diseñó un nuevo plan de actuación en 1943, tras el cual vendría otro en 1948 que trataría de buscar solución a un tema hasta entonces poco considerado y que sin embargo terminaría por ser el mayor problema de la Ciudad Universitaria: el tratamiento vial, los accesos de vehículos y los aparcamientos, además de completar la necesidad de ampliación con nuevas edificaciones como la del Instituto de Psicología, la facultad de Ciencias Políticas y la de Ciencias Biológicas y el aumento del número de residencias estudiantiles.
A partir de los años cincuenta comenzó a permitirse la construcción de edificios no previstos en el proyecto general, lo cual implicaba la intervención de arquitectos ajenos a la Junta Constructora y por tanto desligados de los principios estéticos de ésta. Se trató de luchar contra estas actuaciones que distorsionaban claramente el conjunto y su entorno, pero su número se descontroló y terminaron por hacerse dueñas del recinto universitario.

Facultad de Derecho
Campo de Deportes
Campos de Fútbol y Rugby
Lógicamente este crecimiento desordenado afectó considerablemente al conjunto que iba paulatinamente perdiendo su homogeneidad y, aunque la labor de López Otero al frente del proyecto continuó durante toda su vida profesional, resultó imposible impedir la disgregación del conjunto.
Los proyectos llevados personalmente por López Otero en la Ciudad Universitaria fueron los viaductos del Aire y de los Quince Ojos y las instalaciones deportivas del suroeste en colaboración con Eduardo Torroja; la iglesia de Santo Tomás de Aquino en 1942, realizada finalmente con un proyecto distinto del suyo; el Arco de la Victoria, realizado en colaboración con Pascual Bravo, y el paraninfo, ninguno de los cuales fue ejecutado. Sería ésta la gran decepción de López Otero, ya que además de considerar dicho edificio como el remate fundamental del proyecto universitario consideraba su existencia como fundamental para el funcionamiento de la Universidad.

Complejo Deportivo Zona Sur en en el Plano ideal de la Ciudad Universitaria (1928)
Viaducto del aire
Viaducto del Aire en primer término y al fondo el Viaducto de los Quince Ojos
Viaducto de los Quince Ojos
Arco de la Victoria
Proyectos y alzados del Paraninfo y Rectorado
OTROS PROYECTOS
En Madrid por entonces se potenciaba el neoclasicismo. La influencia extranjera, muy escasa, provenía de Viollet-le-Duc, arquitecto francés de tendencia medievalista, con lo que se produjeron mezclas de estilos que no permitían definir una trayectoria clara para los recién titulados. A ello se unió el temprano éxito de Antonio Palacios, cuyo proyecto de Palacio de Cibeles causó verdadera conmoción entre los profesionales de la época. Este arquitecto, con quien al parecer colaboró brevemente López Otero, influyó inicialmente en él.
Unida a este panorama artístico se hallaba la circunstancia de la conocida revolución industrial, que supuso un vertiginoso avance de las técnicas constructivas con la inclusión de materiales como el hierro y el hormigón armado en la construcción de las obras arquitectónicas. En el caso concreto de López Otero, y sin olvidar que él mismo se calificó como “arquitecto ecléctico”, su capacidad de adaptación y creación a partir de los más variados lenguajes arquitectónicos sorprende sobremanera.
Así, al estudiar sus obras, además de los comienzos ya mencionados del Monumento a las Cortes de Cádiz, la vivienda para Miquel Blay y el edificio de la calle de Fortuny, llevó a cabo otros como un hotel particular para promoción en la calle de Álvarez de Baena, hoy desaparecido, y obras de gran tamaño como fueron el Hotel Nacional en el Paseo del Prado esquina a la calle de Atocha; el Hotel Gran Vía; el Gran Hotel, de Salamanca, muy cerca de la Plaza Mayor de esta ciudad; la Casa de Ejercicios de los PP. Jesuitas en Chamartín de la Rosa; la sede de la Unión y el Fénix de la calle de Alcalá, el Colegio de España en París y la iglesia-convento de los PP. Capuchinos en Pamplona, entre otros.
El estudio de estas obras permite comprobar cómo a la gran diversidad tipológica de sus obras, algo bastante peculiar en la trayectoria profesional de un arquitecto, se ha de añadir una amplia diversidad de respuestas formales, quedando reflejada su personalidad arquitectónica de forma inigualable.
Dentro de la línea ecléctica comendada, López Otero no definió un proceso formal con el que desarrollar una trayectoria estética en todos sus proyectos, sino que dio a cada proyecto una respuesta singular, en algunos casos tan distinta que resulta difícil considerar que pertenecen a un mismo autor. Es ello, sin embargo, la demostración de su espíritu creador, la demostración de su espíritu creador, representando cada obra un testimonio personal y único.
La vivienda de Miquel Blay (1915), sin embargo, presenta un aspecto brutalista mucho más moderno, en el que se intuye una influencia del Hospital de Mahúdes de Antonio Palacios, por los grande almohadillados de la piedra y los juegos volumétricos en busca de contrastes de claroscuro.

Vivenda del escultor Miquel Blay
Es también en 1915 cuando proyecta el Hotel de la calle Álvarez de Baena, encargado por los promotores Torán y Harguindey. En él retorna en cierta manera a la línea historicista de los primeros concursos incluyendo detalles afrancesados propios de edificios como el Casino de Madrid de José Luis Salaberry o el Hotel Palace de Eduardo Ferrés Puig.

Hotel de la calle Álvarez de Baena



De ese mismo año, sin embargo data el Edificio de viviendas de la calle de Fortuny, en el que la influencia de la arquitectura vienesa, personalizada en Otto Wagner, es clarísima, tanto en la formación de los huecos como en la decoración de las fachadas, incluyendo piezas cerámicas con motivos florales y en la utilización del hierro en rejas y barandillas.

Y sin embargo, en 1917 proyectó la Casa de Ejercicios de los PP. Jesuitas en el más puro estilo neomudéjar con ladrillo visto y piedra. Este estilo estaba en pleno auge a principios del siglo XX merced a arquitectos como A. González y E. Rodríguez Ayuso, entre otros, que inundaron, primero, Sevilla y, después, Madrid de ricas fachadas de ladrillo visto formando todo tipo de ornamento.

Fotografía tomada de http://www.fuenterrebollo.com/recuerdos/chamartin-rosa.html
Fotografía tomada de http://www.fuenterrebollo.com/recuerdos/chamartin-rosa.html
En 1919 López Otero sorprende al proyectar dos hoteles, Nacional y Gran Vía, y un edificio de oficinas, la Sede de La Unión y el Fénix, bajo las premisas de la arquitectura norteamericana del edificio en altura. En ellos es evidente la interpretación de los cánones de la arquitectura de Adler y Sullivan, que sembraron Chicago de fachadas de grandes huecos en dos planos de acentuada verticalidad y rotundos remates de coronación. El propio arquitecto habla en la memoria del proyecto de la necesidad de una disposición eurítmica que divida la fachada en distintos cuerpos de la debida proporción.

Hotel Nacional
Hotel Gran Vía
Sede de La Unión y el Fénix


Sin embargo, tras éstos, y una vez conocidas las obras de estos arquitectos americanos “in situ” merced al viaje que realizó con la Comisión de la Ciudad Universitaria, desarrollaría su siguiente obra, el Hotel Cristina, de Sevilla, en un claro estilo colonial, incluyendo detalles ornamentales dibujados por el arquitecto en dicho viaje.

Fue esta influencia bastante pasajera, ya que sus obras posteriores, el Gran Hotel de Salamanca, única obra que mantiene el interior original, y el Colegio de España en París, responden a una estética mucho más clásica y contenida, cercana al neoclasicismo de Villanueva. La solemnidad y la majestuosidad de la obra parisina, con revestimiento en granito y sus torres rematadas con pináculos y adornadas con los escudos universitarios, son un retorno a la más clásica de las fuentes de creación.
No se debe olvidar, pese a la escasa incidencia que tuvo, la intervención de López Otero en la restauración de la catedral de Cuenca, labor iniciada por su maestro Vicente Lampérez, tras el derrumbe de la fachada barroca de siglo XVIII, en 1902. Fue esta desgracia el detonante para que la catedral fuera declarada monumento nacional y se encargara al prestigioso arquitecto su completa restauración. Redactó Lampérez un proyecto basado en las iglesias anglonormandas, compuesto por grandes arcos y rosetones, el cual se ejecutó hasta su fallecimiento. Fue entonces, en 1923, cuando se solicitó a López Otero la continuación de los trabajos de restauración, los cuales llevó a cabo con total respeto del proyecto de su antecesor hasta que los problemas de financiación terminaron por paralizar las obras, las cuales nunca fueron continuadas.

Colegio de España en París
Unos años después, en 1939, realizó el proyecto de la iglesia de los PP. Capuchinos de Pamplona, proyecto en el que el lenguaje moderno comienza a irrumpir. Hay en éste y en el último proyecto, ya mencionado, del paraninfo de la Ciudad Universitaria, una clara adaptación del estilo que él mismo denominó nueva arquitectura. La combinación del ladrillo visto y la piedra, ya utilizados con anterioridad en la Casa de Ejercicios, se utiliza en este caso para resolver los elementos de interés, rosetón y acceso, a la vez que remata ventanas y cornisa.

Del análisis de estos proyectos surge su principal característica como creador, la del arquitecto investigador, estudioso de los diversos estilos y tendencias que componían el panorama arquitectónico del momento. Ya se ha mencionado que el propio autor asumió su eclecticismo como consecuencia lógica de su formación academicista. Ahora bien, definido el eclecticismo como el estilo resultado de la mezcla de elementos diversos de variada procedencia, es evidente que la composición y adaptación de dichos elementos se convierte en sus obras en creaciones únicas por la destreza en el manejo de dichos elementos. Gustó de experimentar su capacidad de interpretación en los proyectos, y los resultados sorprenden por su personalidad. Ya sea empleando un estilo moderno, clásico, neogótico o neomudéjar, sus obras logran una singularidad propia demostrando en ellas un gran dominio de los estilos arquitectónicos y de la retórica compositiva.

LÓPEZ OTERO, ACADÉMICO Y CONFERENCIANTE
Además de su trabajo de arquitecto, López Otero mantuvo una amplia actividad intelectual, sobre todo, debido a su elección como miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y por su dedicación docente. Su relación con la Real Academia comenzó en 1923 cuando es elegido miembro de la institución en sustitución del fallecido Ricardo Velázquez Bosco. Su discurso de ingreso, leído el 26 de mayo de 1926, fue contestado por Miquel Blay y versó sobre “La influencia española en la arquitectura norteamericana”, tema que trababa sobre la arquitectura de las misiones del siglo XVI, aquellas que fueron primeras edificaciones occidentales en Norteamérica.
Entre los compañeros que tuvo en la Academia se encuentran Luis Moya, Teodoro Anasagasti, Leopoldo Torres Balbás, el marqués de Cubas y, más tarde, sus antiguos alumnos Pascual Bravo y Luis Gutiérrez Soto, entre otros.
Su labor en la Academia se dirigió principalmente hacia la defensa del patrimonio histórico artístico español, permaneciendo siempre vigilante acerca del estado de la arquitectura española y denunciando en muchos casos el abandono y olvido de que era objeto. Tras ocupar el puesto de secretario de esta institución durante varios años, fue elegido director por unanimidad en 1955, cargo que le enorgulleció sobremanera, por ser el primer arquitecto en la historia de la Academia que recibía tal distinción, cuestión que le obligó a ampliar considerablemente su dedicación a la institución.
Escribió algún artículo, como “El II centenario de la Real Academia de Nobles Artes de San Fernando”, y pronunció algunos discursos como “Los académicos en el tiempo de Goya”, además de contestar a un importante número de nuevos miembros en sus discursos de ingreso.
Su interés por la historia de la arquitectura española le valió igualmente su elección como miembro de la Real Academia de la Historia en 1932, disertando esta vez sobre “La técnica moderna en la conservación de monumentos”. Para la Academia de la Historia redactó varios informes sobre monumentos españoles como el monasterio de San Pedro de Arlanza, la Casa del Nuevo Rezado (actual sede de la Academia), el palacio de Medina Azahara, la mezquita de Córdoba, etc…


BIBLIOGRAFÍA
  • SÁNCHEZ DE LERÍN GARCÍA-OVIES, Teresa: Modesto López Otero vida y obra, Universidad Politécnica de Madrid, Madrid, 2000.
  • SÁNCHEZ DE LERÍN GARCÍA-OVIES, Teresa: “El arquitecto y académico Modesto López Otero”, Boletín de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, 2000, núms. 94-95, pp. 59-78.

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