lunes, 15 de octubre de 2018

EL RETABLO MAYOR DEL CONVENTO DE SANTA ISABEL (Francisco Velázquez, Juan Imberto y Gregorio Fernández, 1613-1614 y 1621)


El Convento de Santa Isabel de Valladolid, fundado en 1472 como un beaterio por iniciativa de doña Juana de Hermosilla, posee un hermosísimo retablo de traza clasicista que fue contratado el 21 de junio de 1613 por el prestigioso ensamblador Francisco Velázquez (ca.1550-1616), quien se obligaba a tener el “primer cuerpo de este retablo para el día de Santa Isabel que viene de este presente año de mil seiscientos y trece”, y a “dar acabada y asentadas en la capilla mayor y puesta en toda perfección todas las obras a contento y satisfacción de dos maestros peritos en el arte nombrados por cada una de las partes el suyo para ocho días del mes de mayo de mil y seiscientos y catorce”. Unos meses después, Velázquez, que se encontraría agobiado trabajando en otros encargos, decidió subcontratar un tercio de la obra del retablo con un ensamblador de su confianza, Melchor de Beya (ca.1567-1640), que se comprometió a ejecutar “la tercia parte del dicho retablo de ensamblaje y capiteles de tallar y aparejar las tres historias y poner madera para ellas que esta tercera parte ha de ser el segundo cuerpo del retablo”. Por su parte, la escultura corresponde a dos momentos diferentes: el segoviano Juan Imberto (ca.1580-1626) se encargó en 1613 de la totalidad de las esculturas y relieves del retablo (en total ocho esculturas y numerosos relieves tanto en el banco como en los dos cuerpos), con la excepción del grupo central de Santa Isabel y el pobre, obra realizada en 1621 por Gregorio Fernández (1576-1636) para sustituir a la tallada por Imberto. Finalmente, todo el conjunto fue bañado de color por el policromador Marcelo Martínez, que el 26 de agosto de 1621 se ajustó para “dorar, estofar y encarnar” el retablo. En dicho documento se refiere “que la imagen de nuestra madre Santa Isabel que ahora está en el retablo, en cuyo lugar se ha de poner la que hace el señor Gregorio Hernández, la tiene de estofar, pintar y encarnar muy ricamente, cada cosa como mejor parezca, con sus guarniciones y aderezos, para que se pueda poner en otro altar”.

El retablo posee una traza clasicista, esquema que surgió en Castilla en el retablo de la Colegiata de Villagarcía de Campos, y que en último término procede del retablo mayor del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial (Madrid). Como bastión clasicista, esta traza se utilizó bastante en Valladolid y en su área de influencia, así, por ejemplo, serán similares los del Monasterio de las Huelgas Reales o el de la actual iglesia de San Miguel, antiguo Colegio de San Ignacio. Así, el retablo está distribuido en un estrecho banco, sobre el que apean dos cuerpos articulados por columnas corintias acanaladas y un ático rematado en un frontón triangular sujetado por pilastras. Ambos cuerpos, separados por finas bandas con roleos vegetales, se distribuyen en tres calles centrales (las de los lados ocupadas por relieves) y dos entrecalles más estrechas divididas en una hornacina con una escultura y encima una pequeña tarjeta efigiando a las Virtudes.
En el banco se han representado diferentes episodios y santos. En los extremos aparecen dos santos penitentes: Santa María Magdalena y San Jerónimo, mientras que los otros dos espacios, que se corresponden con las calles ocupadas por relieves, presentan la Adoración de los pastores y la Epifanía. En los netos se incluyen figuras de santos: San Diego de Alcalá, Santa Rosa de Viterbo, San Gregorio o San Ambrosio, San Pedro, San Pablo, San Ambrosio o San Gregorio, Santa Clara y San Agustín. Es decir, aparecen tres Padres de la Iglesia (el cuarto, San Jerónimo, ya le hemos visto en relieve), los dos santos más importante de la Cristiandad y una serie de santos franciscanos. La identificación de cada uno de ellos no entraña dificultad puesto que portan sus atributos más significativos, así, por ejemplo, San Diego de Alcalá lleva en su manto las flores en las que se convirtieron, según su famoso milagro, los panes que llevaba a los pobres. En el centro del banco debía labrarse un “pedestal” por detrás tabernáculo (primer cuarto del siglo XVII), pero no éste ya que el convento tenía uno de plata. Por encima de él, ya en el primer cuerpo, se coloca un Ecce Homo que también existía con anterioridad en el convento. Este zócalo debía tener “dos ángeles con insignias de la Pasión como lo muestra la traza”, que serán dos ángeles de relieve que también se hayan colgados de las paredes de la iglesia.

San Diego de Alcalá
La Magdalena penitente
La Adoración de los Pastores
Santa Clara
San Jerónimo penitente
La Epifanía
San Agustín
Tabernáculo
Busto de Ecce Homo
Ángeles que en un origen se hallarían en el zócalo
Pasando al primer cuerpo, en las hornacinas extremas encontramos a los Santos Juanes, San Juan Bautista a la izquierda y San Juan Evangelista a la derecha. Están representados con sus atributos más característicos: el Precursor con la piel de camello y el Agnus Dei a sus pies, mientras que el Evangelista figura con la copa de veneno en la mano. Sobre ambas hornacinas se hallan dos pequeños relieves que efigian a sendas Virtudes: la Prudencia, que porta un espejo en la mano izquierda, mientras que en su brazo derecho se enrolla una serpiente; y la Fortaleza, acompañada por un león a sus pies, y sosteniendo sobre el hombro una gruesa columna. En cuanto a las tres calles centrales, la media va desierta por cuanto contendría el tabernáculo con los ángeles, mientras que las laterales acogen dos grandes paneles en altorrelieve que efigian la Anunciación y la Visitación.

San Juan Bautista
San Juan Evangelista, y arriba la Fortaleza
La Visitación
La Anunciación
Ya en el segundo cuerpo, que tiene una distribución semejante a la del primero, encontramos en las entrecalles extremas otras dos hornacinas, que en este caso acogen a San Antonio de Padua, al que le acompaña el Niño Jesús sobre el libro, y a San Bernardino de Siena, si bien le falta su característico disco de llamas con el trigrama “IHS”. A sus pies aparecen tres mitras, como símbolo de renuncia a las sedes episcopales de Siena, Ferrara y Urbino. Encima de ambos santos figuran sendos relieves con las otras dos Virtudes: la Justicia, portando su clásica balanza y una espada; y la Templanza, que porta un jarrón y una copa. Los cuatro relieves, de formato rectangular apaisado, presentan a las Virtudes recostadas y con sus atributos característicos. En origen, estuvo previsto que los nichos de San Antonio de Padua y San Bernardino de Siena los ocuparan San Miguel y el Ángel de la Guarda (según el contrato suscrito por Francisco Velázquez, “en el tablero principal de este segundo cuerpo se hará una figura de Santa Isabel (…) y en los dos nichos colaterales a estas historias se harán dos figuras redondas de cinco pies y tres cuartos de alto, la una figura de esta ha de ser San Miguel Ángel y la otra del Ángel de la Guarda”), esculturas que actualmente vemos que flanquean la capilla mayor del monasterio, y que también se deben a las gubias de Juan Imberto.

San Antonio de Padua
San Bernardino de Siena
San Miguel Arcángel
Ángel de la Guarda
Completan este segundo cuerpo otros dos grandes paneles rectangulares, del mismo tamaño que los del primer cuerpo, que narran en altorrelieve la Aparición de Cristo Resucitado a su Madre, episodio sacado de la Leyenda Dorada de Santiago de la Vorágine, y la Asunción; y un espectacular grupo de Santa Isabel con el Pobre, la titular del convento, en la calle central. Se la representa según su iconografía más habitual, vestida de terciaria franciscana y no de princesa como ocurre en otros casos –no debemos olvidar que en sus orígenes el monasterio fue un beaterio de terciarias–. Sobre la cabeza lleva una corona que nos indica su origen real, ya que fue hija del rey Andrés II de Hungría. En su mano izquierda sostiene un libro cerrado sobre el que se encuentra otra corona. A sus pies aparece un pobre, al que la terciaria franciscana entrega una moneda. Según suele ser habitual en esta iconografía el pobre aparece a los pies de la Santa, agachado. Esta escultura, realizada por Gregorio Fernández en 1621, vino a sustituir a la Santa Isabel tallada por Juan Imberto en 1613, que no llegaría a gustar, ya no solo por su limitada calidad artística, sino, como señala Vasallo, “por la iconografía tradicional utilizada, donde unos ángeles en presencia de un Dios Padre en lo alto se disponían a coronarla. Esta modalidad iconográfica, además de provocar equívocos interpretativos, no se acomodaba a la más habitual representación contrarreformista que buscaba en la expresión de las obras de misericordia una contestación a las doctrinas protestantes de la justificación por la fe”. La efigie tallada por Imberto, que sería una “figura de Santa Isabel de seis pies de alto y de más de medio relieve y ha de tener una corona encima de un libro y dos ángeles con una corona cada uno y Dios Padre Arriba”, sería relegada a un altar secundario del templo, hasta que, como señala Urrea, fue vendido al cercano Monasterio de San Benito, en cuya iglesia se exhibe como Santa Teresa de Jesús, después de haber sido transformada al quitársele el libro con la corona, los ángeles y el Dios Padre. Actualmente, este grupo se encuentra expuesto en la exposición de las Edades del Hombre de Aguilar de Campoo, titulada “Mons Dei”, por lo tanto es una magnífica oportunidad para ver de cerca la que es una de las obras maestras de Gregorio Fernández.

Aparición de Cristo Resucitado a su Madre
La Asunción
Santa Isabel de Hungría y el pobre (Gregorio Fernández, 1621)
Santa Isabel de Hungría (Juan Imberto, 1613), actualmente transformada en Santa Teresa
Finalmente, en el ático hallamos a San Luis, rey de Francia y a San Buenaventura, escoltando el Calvario que se halla en el edículo central. Cuando se trazó el retablo se pensó en colocar a los cuatro santos franciscanos (San Antonio, San Bernardino, San Luis y San Buenaventura) del retablo en el ático; sin embargo, en las condiciones del dorado, estofado y encarnado, se nos habla de una colocación diferente, correspondiendo a la que ha llegado hasta nuestros días. Por su parte, el Calvario, que es un grupo reutilizado, exhibe un estilo romanista que nos indica que se realizaría a finales del siglo XVI.

San Luis, rey de Francia
San Buenaventura
Calvario

BIBLIOGRAFÍA
  • ANDRÉS GONZÁLEZ, Patricia: “Gregorio Fernández, Imberto y Wierix y el retablo mayor de las “Isabeles” de Valladolid. Precisiones documentales y fuentes compositivas”, B.S.A.A., Nº 65, 1999, pp. 263-282.
  • GARCÍA CHICO, Esteban: Documentos para el estudio del arte en Castilla. 3, Pintores I, Universidad de Valladolid, Valladolid, 1946.
  • HERAS, Felipe: “Marcos de Garay, Juan Imberto y el retablo de Matilla”, B.S.A.A., Nº 39, 1973, pp. 261-268.
  • LÓPEZ BARRIENTOS, María del Pilar: “El retablo mayor del Convento de Santa Isabel de Valladolid”, B.S.A.A., Nº 8, 1941, pp. 243-257.
  • MARTÍN GONZÁLEZ, Juan José: El escultor Gregorio Fernández, Ministerio de Cultura, Madrid, 1980.
  • MARTÍN GONZÁLEZ, Juan José: Escultura barroca castellana, Fundación Lázaro Galdiano, Madrid, 1959.
  • URREA, Jesús: “Escultores coetáneos y discípulos de Gregorio Fernández en Valladolid”, B.S.A.A., Nº 50, 1984, pp. 349-370.
  • VASALLO TORANZO, Luis: “Santa Isabel y el mendigo”. En VV.AA.: Las Edades del Hombre. Mons Dei, Fundación Las Edades del Hombre, Valladolid, 2018, p. 362.

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