lunes, 2 de diciembre de 2019

Breve Historia de la Escultura Barroca en Valladolid (Parte 1/2)


Desde comienzos del siglo XVI Valladolid se había configurado como uno de los centros escultóricos más potentes del país, así como un importante centro de producción y consumo de la misma. A lo largo de la centuria se ubicaron en la ciudad diversos talleres aunque siempre existió una figura que ejerció un liderazgo indiscutible sobre el resto: el primer gran maestro fue Alonso Berruguete, al que sucedió Juan de Juni, para a finales de la centuria contar con figuras tan relevantes como Juan de Anchieta, Esteban Jordán o Adrián Álvarez, representantes ya de un manierismo romanista que perdurará hasta comienzos del siglo XVII, momento en el que la escuela logró considerar su esplendor, e incluso aumentarlo gracias a la estancia de la Corte en Valladolid entre 1601-1606. Durante este lustro, la monarquía y los cortesanos exigen la mayor exquisitez y refinamiento, motivos por los cuales llegará Pompeyo Leoni con sus oficiales Milán Vimercato y Baltasar Mariano para ocuparse de las esculturas del retablo mayor del convento de San Diego (1606-1607), y también de los bultos funerarios de los Duques de Lerma (1601-1608), cuya fundición en bronce dorado correría a cargo de Juan de Arfe y su cuñado Lesmes Fernández del Moral. Sería, por lo tanto, en estos años de la Corte, cuando termine por asentarse la prestigiosa “escuela vallisoletana de escultura”, de la mano de Gregorio Fernández, pero también de Francisco del Rincón, como veremos a continuación. Este prestigio no solamente se fundamentó en la máxima calidad de las obras que se ejecutaban en estos talleres sino también en que estas se exportaron a gran parte del territorio peninsular e incluso a las colonias americanas. Es por ello que podremos encontrar obras fernandescas en Galicia, Asturias, Cantabria, País Vasco, Aragón, Madrid, Extremadura, Portugal o Valencia.

POMPEYO LEONI. Estatua orante del Duque de Lerma (1601-1608). Museo Nacional de Escultura, Valladolid
POMPEYO LEONI. Estatua orante de la Duquesa de Lerma (1601-1608). Museo Nacional de Escultura, Valladolid
POMPEYO LEONI Y TALLER. Esculturas del retablo mayor del Convento de San Diego (1606-1607). Museo Nacional de Escultura, Valladolid. Fotografía tomada de http://domuspucelae.blogspot.com/2015/06/theatrum-retablo-de-san-diego-restos.html
Reconstrucción del retablo mayor del Convento de San Diego de Valladolid según José Miguel Travieso. http://domuspucelae.blogspot.com/2015/06/theatrum-retablo-de-san-diego-restos.html


1-1 EL NATURALISMO: FRANCISCO DEL RINCÓN Y GREGORIO FERNÁNDEZ (1600-1636)
A pesar de su temprana muerte, Francisco del Rincón (h. 1567-1608) tiene el honor de ser el precursor o “iniciador” de la escuela barroca vallisoletana, si bien él nunca fue en rigor un escultor barroco. A él se debe el decisivo paso del manierismo romanista al Barroco, etapa que se viene denominando como “Naturalismo” debido a que la intención de los escultores ya no es idealizar la naturaleza y a los personajes sino mostrarles de la manera más fidedigna y realista posible. Trabajó con igual maestría tanto la madera como la piedra, materiales ambos en los que dejó obras maestras. En piedra destacan las esculturas de la fachada de la iglesia penitencial de las Angustias (1605-1606), y en madera una de las obras claves de la escultura española puesto que en 1604 ideó y labró para la Cofradía de la Pasión el “paso” de La Elevación de la Cruz, que venía a sustituir al primitivo realizado en papelón. Su importancia es total puesto que fue el primer paso procesional con varias figuras de tamaño natural realizadas en madera policromada, además de presentar una calculada puesta en escena.
Fachada de la iglesia penitencial de Nuestra Señora de las Angustias y las esculturas que FRANCISCO DEL RINCÓN talló entre 1605-1606
Piedad
San Pablo
FRANCISCO DEL RINCÓN. La Elevación de la Cruz (1604). Museo Nacional de Escultura, Valladolid

En el taller de Rincón trabajó como oficial, y no como discípulo, la personalidad más descollante de la escultura vallisoletana y una de las cimas del barroco patrio: Gregorio Fernández (1576-1636). Además de todo ello fue el culmen del naturalismo castellano debido a su virtuosista técnica extremadamente realista, la cual además se veía apoyada por la cuidadosa incorporación de una serie de postizos que aumentaban aún más el verismo: ojos de cristal o de pasta vítrea, dientes de marfil, uñas de asta de toro, corcho para las heridas, cristal para las gotas de sangre que manan del pecho, etc. Influido por Pompeyo Leoni, Francisco del Rincón, e incluso Juan de Juni, cuya casa-taller llega a comprar para instalar la suya, configurará un estilo muy personal que irá evolucionando y en el que primará ante todo la mística, el sufrimiento y el dolor frente a la sensualidad más propia de la escuela andaluza. Interesado por el desnudo desde sus comienzos, en los que aún se observan caracteres propios del manierismo, como son las composiciones elegantes o el alargamiento de los miembros del cuerpo, con el paso del tiempo prenderá en él un naturalismo que llevará hasta el extremo. Este virtuosismo le proporcionó tal fama que el propio rey Felipe IV al ver el San Miguel que hizo para la Colegiata de Alfaro refirió que era “de mano del escultor de mayor primor que hay en estos mis reinos”, y, además se atrevió a pronosticar que “muerto este hombre no ha de haber en este mundo dinero con qué pagar lo que dejare hecho”.
GREGORIO FERNÁNDEZ. San Miguel (1635). Colegiata de San Miguel, Alfaro (La Rioja)
Su extraordinario conocimiento de la anatomía le llevó a ejecutar verdaderos estudios anatómicos en los cuales se aprecia la blandura de las carnes, la presencia de vasos bajo la piel e incluso cómo se marcan en la piel algunos huesos. Los dos rasgos definitorios de su plástica son la utilización de pliegues rígidos y acartonados denominados “plegados metálicos” y el especial cuidado que pone en la labra de las manos y la cabeza para potenciar la expresividad de sus imágenes.
Fernández regentó un taller muy amplio y bien organizado que funcionaba con un sistema casi empresarial puesto que era él el que firmaba los contratos, hacía los dibujos y modelaba en cera o arcilla, mientras que los oficiales se encargaban de desbastar y ejecutar las esculturas según los modelos que el propio maestro les proporcionaba. El después las perfeccionaba ocupándose de las partes más delicadas: las cabezas, las manos y los cabellos, si bien en algunos casos los clientes llegaban a exigirle que toda la labra fuera obra personal. Su taller estaba en la Acera del Sancti Spiritus (actual Paseo de Zorrilla) en unas casas que habían pertenecido a Juan de Juni. Antes de esta compra, Fernández vivía en las inmediaciones, pues consta que se trasladó desde la calle del Sacramento (actual de Paulina Harriet). Conocemos los nombres de algunos de sus colaboradores, siendo los más destacados Andrés de Solanes, Manuel del Rincón, Miguel de Elizalde, Agustín Castaño, Antonio de Ribera, Francisco Fermín o Juan Antonio de Estrada.
GREGORIO FERNÁNDEZ. Ecce Homo (h. 1612-1615). Museo Diocesano y Catedralicio, Valladolid
El mayor mérito de Fernández, aparte de cantidad y de la calidad de su obra, y de formar un amplísimo taller que expandió su estilo por todo el noroeste peninsular, fue la creación de una serie de iconografías o tipos que gozaron de gran éxito tanto en vida del escultor como después. De hecho, algunas de estas iconografías siguieron repitiéndose hasta casi finalizado el siglo XVIII. Las más populares fueron las de Cristo atado a la columna, el Crucificado, el Cristo Yacente, la Virgen de la Piedad, la Inmaculada, la Virgen del Carmen, Santa Teresa, San Francisco Javier, San Ignacio, San José, etc. Su producción es extremadamente prolífica y plagada de obras maestras, como el Ecce Homo del Museo Diocesano de Valladolid (h. 1612-1615), pero hay que destacar que se aplicó sobremanera a la imaginería de retablo, tanto en bulto redondo como en relieve, y también a la escultura procesional, en la cual dejó alguna de sus grandes aportaciones a la historia de la escultura española. Para la Cofradía de la Vera Cruz ejecutó el Descendimiento (1623), la Flagelación (1619) y la Coronación de Espinas (1620). De estos dos últimos pasos actualmente tan solo procesionan las figuras principales: Cristo atado a la columna y el Ecce Homo. Asimismo, para la Cofradía de la Pasión realizó el Camino del Calvario (1614), para la de las Angustias el denominado como Sexta Angustia o también el Descendimiento (1619), y, finalmente, para la de Jesús Nazareno el denominado de Sed Tengo (1612-1616). También abordó otra serie de pasos procesionales no pasionistas, caso del San Martín partiendo la capa con el pobre (1606) para la iglesia dedicada al santo, y la Sagrada Familia (1620-1621) para la Cofradía de San José de Niños Huérfanos.

GREGORIO FERNÁNDEZ. La Flagelación (1619). Cofradía de las Angustias y Museo Nacional de Escultura, Valladolid
GREGORIO FERNÁNDEZ. La Coronación de Espinas (h. 1620). Iglesia de la Santa Vera Cruz y Museo Nacional de Escultura, Valladolid
GREGORIO FERNÁNDEZ. El Descendimiento (1623). Iglesia penitencial de la Santa Vera Cruz, Valladolid
GREGORIO FERNÁNDEZ. Camino del Calvario (1614). Museo Nacional de Escultura, Valladolid
GREGORIO FERNÁNDEZ. Sed Tengo (1612-1616). Museo Nacional de Escultura, Valladolid

1-2 DISCÍPULOS DE GREGORIO FERNÁNDEZ Y OTROS MAESTROS CONTEMPORÁNEOS (1600-1660)
Por las mismas fechas en que trabajó Fernández y hasta pasada la mitad de la centuria laboraron sus discípulos más inmediatos, así como otros maestros contemporáneos que a pesar de tener un estilo propio al final se vieron también influidos por el del genio gallego. Al haber carecido este de un alumno aventajado el panorama de la escuela se integra por seguidores adocenados y meros copistas. En estos momentos apenas existen obras que acusen una personalidad independiente puesto que los comitentes demandaban modelos fernandescos y los artífices se doblegaban a ello. Efectivamente, se utilizaban los modos de Fernández… pero no eran Fernández. Todo ello condujo a una monotonía y similitud de estilos que hace que sea muy complicada la clasificación y atribución de multitud de obras anónimas.
A pesar de esta escasa originalidad Valladolid no perdió la condición de centro de la escultura barroca castellana tanto como punto de encargo de obras de cierta calidad como por ser polo de atracción de maestros foráneos. En opinión de Martín González esto se debía a “la existencia de buenos talleres, de ambiente artístico y de trabajo, pues, aun contando con la decadencia de la ciudad, precisa saber que las poblaciones de la periferia vivían una vida más lánguida”. Esta etapa se prolongaría aproximadamente hasta 1660, año en el que acaecen los fallecimientos de Francisco Alonso de los Ríos y Bernardo del Rincón, últimos competidores y discípulos del gran maestro.
Entre sus discípulos y colaboradores más cercanos descuella Andrés de Solanes (h. 1595-1635), que sigue puntualmente el estilo del maestro. Por desgracia apenas sabemos nada de su vida, y su catálogo productivo también es bastante escueto, si bien su merecida fama se debe a la ejecución del paso de la Oración del Huerto (1629-1630) para la Cofradía de la Vera Cruz de Valladolid, compuesto originalmente por Cristo, el Ángel, Judas y un par o tres de sayones. Además de copiar el estilo del maestro también hizo lo propio con sus modelos, lo que debió de conferirle prestigio. Buen ejemplo de ello son las efigies pasionistas que talló para la capilla del relicario del Monasterio de la Santa Espina, de la que restan unas buenas imágenes de Cristo atado a la Columna, el Ecce Homo y el Cristo Yacente (1634), conservadas respectivamente, tras la Desamortización, en Urueña, Villabrágima y San Cebrián de Mazote.
ANDRÉS DE SOLANES. La Oración (h. 1629-1630). Cofradía de la Vera Cruz y Museo Nacional de Escultura, Valladolid
ANDRÉS DE SOLANES. Ecce Homo (1634). Iglesia de Santa María, Villabrágima (Valladolid)
También cabe destacar entre sus discípulos, aunque no lo fuera directo, a Bernardo del Rincón (1621-1660), que debe toda su fama al magnífico y devoto Cristo del Perdón (1656) de la Cofradía de Nuestra Señora de la Pasión. Se trata de una de las imágenes más impresionantes de la Semana Santa vallisoletana debido a la crudeza del dolor que provoca su descarnada espalda. Bernardo fue hijo de Manuel del Rincón y a su vez nieto de Francisco del Rincón.
BERNARDO DEL RINCÓN. Cristo del Perdón (1656). Iglesia de San Quirce, Valladolid
En cuanto a maestros contemporáneos se pueden destacar a tres: Juan Imberto, Pedro de la Cuadra y Francisco Alonso de los Ríos. El primero de ellos, Juan Imberto (h.1580-1626), fue hijo del escultor segoviano Mateo Imberto y trabajó fundamentalmente por tierras segovianas, aunque también dejó su huella en Valladolid capital ya que corrió a cargo de la parte escultórica del retablo mayor del Convento de Santa Isabel (1613-1614), en la cual se muestra como un fiel seguidor del primer estilo de Gregorio Fernández, aquel caracterizado por la huella manierista. Sus personajes poseen un canon alargado y rostro inexpresivo.
Relieve de la "Aparición de Cristo Resucitado a la Virgen" del retablo mayor del Convento de Santa Isabel (1613-1614), obra de JUAN IMBERTO
El segundo maestro que hemos citado, Pedro de la Cuadra (h.1572-1629) es un escultor más tosco que transitó desde el manierismo romanista hacia un estilo claramente influido por Fernández, cuya popularidad le arrastrará y le obligará a irse adaptando a él hasta el punto de copiarle servilmente, como queda claro en sus Crucificados, y también en los dos pasos procesionales que ejecutó para Grajal de Campos: un Atado a la columna y un Nazareno. No deja de ser curioso que un escultor que copiara tanto a Fernández en vida con el paso de los siglos lograra que una imagen suya, el primitivo Nazareno de la Cofradía de Jesús Nazareno, presidiera un paso de aquél, como es el del Camino del Calvario. Cuadra principalmente se aplicó a la escultura funeraria en alabastro y a la imaginería de retablo. Entre los retablos en los que participó hemos de destacar el retablo mayor del Hospital de Simón Ruiz de Medina del Campo (1597), el retablo mayor de la iglesia del Salvador de Valladolid (1603), del que tan solo resta el grupo principal de la Transfiguración, y el retablo mayor de Velilla (1613), en el que la copia de los modelos de Fernández es también muy clara, especialmente en las imágenes de la Asunción, San Pedro y San Pablo. Por su parte, entre la escultura funeraria destacan las estatuas orantes de don Antonio Cabeza de Vaca y su mujer doña María de Castro (1607) en la capilla mayor del clausurado Convento de Santa Catalina.
PEDRO DE LA CUADRA. Cristo atado a la columna. Iglesia parroquial. Grajal de Campos (León)
PEDRO DE LA CUADRA. Esculturas del retablo mayor (1613-1614). Iglesia de la Asunción, Velilla (Valladolid)
 El tercer maestro contemporáneo de Gregorio Fernández, y sin lugar a dudas el mejor de todos ellos, es Francisco Alonso de los Ríos (h.1595-1660). Parece ser que fue discípulo de Pedro de la Cuadra debido a las concomitancias que posee su primer estilo con el de aquel, si bien con el paso del tiempo adquirió una maniera personal, aunque influenciada en determinados aspectos por Gregorio Fernández. Sus figuras son carnosas, con pliegues duros que conforman grandes claroscuros. Su obra maestra es la parte escultórica del retablo mayor de la capilla de las Maldonado de la iglesia de San Andrés de Valladolid (1631) a excepción del Crucificado, obra de Pedro de la Cuadra, que viene a sustituir al Calvario original que actualmente se conserva en el Seminario Diocesano.

FRANCISCO ALONSO DE LOS RÍOS. Esculturas del retablo mayor de la capilla de las Maldonado (1631). Iglesia de San Andrés, Valladolid
Detalle de ¿San Esteban?

1-3 LOS PRIMEROS MAESTROS “BARROCOS” (1661-h.1685)
Entramos en una época en la que ya han desaparecido todos los protagonistas de la escuela vallisoletana que convivieron con Gregorio Fernández, por lo que ya tan solo queda de él su estilo e iconografías. Aparte de la inexistencia de una gran figura que hiciera olvidar a Fernández aún seguía vigente otro problema. Se trata del hecho de que los propios comitentes que les solicitaban obra seguían demandando los modelos popularizados por Fernández, y cuánto más se pareciera a ellos mejor. Si esta clientela no podía conseguir un original suyo al menos aspiraban a tener “algo” que se le pareciera. Como vemos, aún existe “una verdadera fiebre por copiar a Fernández”. Sin embargo, “algunas copias son tan hábiles que han pasado frecuentemente por originales de aquél, caso del Nazareno (h. 1667) de la localidad palentina de San Cebrián de Campos, obra que actualmente se adscribe a Alonso de Rozas. En todos los escultores de este periodo se aprecia un incremento de las quebraduras, lo que aumenta el “carácter pictórico del paño barroco y del movimiento”.
 
ALONSO DE ROZAS (atrib.). Jesús Nazareno (h. 1667). Iglesia de los santos Cipriano y Cornelio, San Cebrián de Campos (Palencia)
Uno de los motivos por los cuales la escuela vallisoletana de estos momentos mantuvo el prestigio y una nutrida clientela fue, además de por la demanda de copias de Gregorio Fernández, por la fabricación de pasos procesionales, a imitación de los vallisoletanos, para diferentes puntos de la actual comunidad de Castilla y León. Los más generalizados fueron la Oración del Huerto, Cristo atado a la Columna, el Ecce Homo, el Camino del Calvario, el Despojo, el Descendimiento y el Santo Entierro.
La ciudad de Valladolid contaba por entonces con muy pocos artífices, siendo sus mayores figuras Francisco Díez de Tudanca y Alonso de Rozas. Francisco Díez de Tudanca (1616-1689) fue un maestro mediocre que fundamentó su supremacía en el mercado artístico en lo económico de sus precios. Su popularidad llegó a tal extremo que no solamente fue uno de los maestros más solicitados en cuanto a obra, sino que además se trata del maestro del que se han localizado más contratos de aprendizaje. Formado con algún discípulo directo de Gregorio Fernández, de él tomó tanto su estilo como sus modelos (Inmaculada, Cristo Yacente, etc.). Descolló por ser un especialista de la escultura procesional ya que le demandaron numerosas copias de los pasos procesionales vallisoletanos. Debido a este hecho tuvo que estudiar pormenorizadamente los realizados por Fernández, pero también el Cristo del Perdón de Bernardo del Rincón, del cual llegó a esculpir al menos tres copias para otros tantos conventos de Trinitarios Descalzos en Valladolid (h. 1664), Pamplona (1664) y Hervás (1677). Otros pasos procesionales fueron el Paso del Azotamiento para la Cofradía de la Pasión de Valladolid (c. 1650) (realizado junto con Antonio de Ribera), los Pasos del Descendimiento y del Santo Sepulcro para Medina de Rioseco (Valladolid) (1663), este último desaparecido, o el Cristo atado a la columna de Mojados (1672), que viene a ser una réplica del que hizo años atrás para el “paso” del Azotamiento que acabamos de ver. Otra obra importante fue el retablo mayor de la iglesia de la Asunción de Bercero (1657), en el que se repartió la escultura del mismo a partes iguales con Juan Rodríguez. Sin embargo, de todo, su mayor logro fue adiestrar en el oficio a José Mayo y sobre todo a Juan de Ávila, una de las figuras descollantes de la escuela vallisoletana de finales del siglo XVII.

FRANCISCO DÍEZ DE TUDANCA Y ANTONIO DE RIBERA. Paso del Azotamiento de la Cofradía de la Pasión (h. 1650). Iglesia de San Qurice y Museo Nacional de Escultura, Valladolid
FRANCISCO DÍEZ DE TUDANCA. Cristo del Perdón (h. 1664). Museo Diocesano y Catedralicio, Valladolid
FRANCISCO DÍEZ DE TUDANCA. Paso del Descendimiento (1663). Capilla de los Pasos Grandes, Medina de Rioseco
FRANCISCO DÍEZ DE TUDANCA. Cristo atado a la columna (1672). Ermita del Cristo, Mojados (Valladolid)
Por su parte Alonso de Rozas (h. 1625-1681) fue en términos artísticos el gran maestro del tercer cuarto de siglo de la escuela vallisoletana. Nacido en Galicia hacia 1625 le encontramos ya avecindado en 1654 en Valladolid y formando parte del círculo del escultor Juan Rodríguez, con quien pudo aprender el oficio dadas las concomitancias estilísticas entre ambos. En Valladolid se encontró un ambiente totalmente impregnado por la “maniera” de Gregorio Fernández, y ese será el punto de partida desde el que desarrollará el suyo, que se definirá por un progresivo barroquismo palpable tanto en el dinamismo de las poses como en el movimiento de las ropas, singularizado en la multiplicación de los pliegues. La Asunción (1660) que talla para el retablo mayor de la iglesia de Santa María de Tordesillas, da buena muestra de ello. Entre sus logros se encuentran la creación de un modelo escultórico del rey San Fernando, del que realizó al menos cuatro ejemplares con motivo de la canonización del monarca en 1671. Actualmente se conservan los de las catedrales de Palencia, Zamora y Valladolid, habiéndose perdido el que ejecutó para el Santo Tribunal de la Inquisición de esta última ciudad. Su obra más célebre es el “paso” del Santo Sepulcro, también apodado “el de los Durmientes” de la Cofradía de Nuestra Señora de las Angustias de Valladolid (1674). Actualmente son suyos las figuras de los soldados romanos puesto que los dos ángeles sufrieron un accidente y tuvo que realizarlos de nuevo su hijo José de Rozas.
ALONSO DE ROZAS. Asunción (1660). Iglesia de Santa María, Tordesillas (Valladolid)
ALONSO Y JOSÉ DE ROZAS. Paso del Santo Sepulcro (1674 y 1696). Museo Nacional de Escultura, Valladolid
ALONSO DE ROZAS (atrib.). San Fernando (1671). Catedral, Valladolid
Otro escultor a destacar es el salmantino Juan Rodríguez (a.1616-d.1674), que dejó en la ciudad muestras de su buen hacer hasta que marchó a Salamanca en 1661, como por ejemplo el grupo de la Virgen con el Niño (1658) del retablo mayor del Convento de Jesús y María, o la réplica en piedra que esculpió para la desaparecida portada del cenobio primigenio. Fue un artista fecundo y con una clientela bastante distinguida, como por ejemplo la Marquesa de Astorga. Ya en un plano inferior se sitúan otros maestros más mediocres apodados “fernandescos” que se caracterizan por realizar copias mediocres de modelos iconográficos creados por Gregorio Fernández. Entre ellos tenemos a José Mayo (1642-1679/1680), discípulo de Díez de Tudanca; a Pedro Salvador “el joven” (1635-1684), hijo y sobrino de oficiales de Gregorio Fernández; o a Andrés de Oliveros (1639-1689), del que cabe destacar el “paso” del Longinos (1673) que realizó para Medina de Rioseco y cuya importancia reside más que en la calidad en el hecho de que copia el perdido paso homónimo de la Cofradía de la Piedad de Valladolid que fue el prototipo. De este último, del que tan solo se conservan las imágenes de Longinos, San Juan y la Virgen, se sabe que fue realizado por un escultor anónimo a mediados del siglo XVII.

JUAN RODRÍGUEZ. Virgen con el Niño del retablo mayor (1658). Convento de Jesús y María, Valladolid
ANDRÉS DE OLIVEROS, TOMÁS DE SIERRA Y FRANCISCO DÍEZ DE TUDANCA. Paso del Longinos (1673). Capilla de los Pasos Grandes, Valladolid

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