lunes, 6 de octubre de 2014

PINTORES VALLISOLETANOS OLVIDADOS. El pintor y dibujante art decó José Loygorri


José Loygorri nació en el seno de una adinerada familia vascongada-vallisoletana en Valladolid el 4 de julio de 1884 Sus padres, Benito Fernández Magna y Loygorri y María del Carmen Prado-Pimentel Alonso le bautizaron en la iglesia de Santiago el día 16 de ese mismo mes.  La acomodada posición económica de sus padres facilitó al futuro pintor y a su hermano Benito –luego ingeniero y arriesgado aviador– realizar cumplidamente sus aspiraciones y ensueños. Como años más tarde escribió José Francés en La Esfera: “El hermano estaba enamorado de las rutas del cielo, como José había de amar las líneas y los colores de los seres y las cosas terrenales. Pudo aquél lanzarse a los aires, sobre su aeroplano (el clavileño de los modernos soñadores); pudo también el pintor correr mundo y saciar la sed contemplativa de las bellezas contemporáneas y de las otras pretéritas que permanecen perdurables y sonrientes en los salones de las pinacotecas”.
Joven bohemio y de mundo, José Loygorri, si bien comenzó la carrera de ingeniero de minas, muy pronto la abandonó para consagrarse a su vocación por el dibujo y la pintura. Artista autodidacta se instaló en un elegante estudio en un ático frente al teatro Calderón. En esos primeros años su interés se vuelca hacia Castilla, recorriendo las tierras y caminos de los pueblos vallisoletanos, en los que, preocupado por reflejar los caracteres de la raza, pinta los típicos lienzos de mozas y campesinos, austeros y recios tipos castellanos, pintados con fondos sombríos y en un estilo realista que evoca ligeramente el de los pintores vascos (Ignacio Zuloaga y sobre todo los hermanos Ramón y Valentín Zubiaurre). De esta manera describía sus primeras obras José Francés en el artículo anteriormente mencionado: “Primero pintó los tipos cenceños de Castilla con sus carnes pardas, sus trajes pardos y sus pardos paisajes. De cuando en cuando detonaba un refajo amarillo, verde o rojo; alguna vez el cielo se sonreía con finas opalescencias, o sobre el rostro terroso de una mocita los ojos inesperadamente azules tenían una mortecina suavidad de zafiros”.

José Loygorri (1916)
Retrato de José Loygorri (Julio Moisés, 1915)
A finales de mayo de 1912 inaugura su primera exposición importante, que celebra “en un distinguido establecimiento” de la Carrera de San Jerónimo, de Madrid. Expuso 31 cuadros, la mayoría de asuntos castellanos, siendo unánimemente elogiados los que tenían por escenario los pueblos de Simancas, Laguna de Duero, Zaratán y Tordesillas. En 1913 expuso en el Fayans Catalá de Barcelona una colección de dibujos y varios óleos. Entre ellos, la crítica destacó sus estudios de tipos característicos castellanos pintados con tonalidades graves, como el titulado Salustiano. También llamó la atención el retrato de su amigo Francisco de Cossío, fechado en 1912.
Poco después decide ampliar horizontes y dar el salto a París, adonde viaja en 1913. Allí –según informa José Francés– “el alma de París le envolvió como el amor vicioso de una “cocotte” ¡Quedaba muy lejos el arte austero, las visiones serenas de los campos españoles y la reciedumbre áspera de los españoles tipos! Durante esa estancia en la Ciudad del Sena, desde donde viajó también a Londres, inició su actividad de dibujante e ilustrador. De entonces datan sus primeras “acuarelas galantes de parisinas siluetas de mujer con los rostros artificialmente embellecidos, con las modas de hoy que recuerdan orientales voluptuosidades o románticas estampas de otro tiempo, con los hombros y los deseos desnudos…”.

Busto de mujer con pañuelo a la cabeza y las manos juntas
Busto de viejo con sombrero
Dos mujeres con un niño en brazos
En París el joven Loygorri queda cautivado por el ambiente refinado y vanguardista que allí se vivía por esos años, entrando en contacto con las últimas corrientes artísticas (además del interés por las primeras vanguardias le seduce especialmente el art Nouveau, ya en retirada por entonces y dejando paso paulatinamente a la estética Art Déco). Al estallar la Primera Guerra Mundial, sin embargo, París –según sus propias palabras– “perdió sus encantos y la manera da ganar dinero con la pintura”, por lo que regresa a España y según él mismo afirmaba empieza “a trabajar seriamente en el dibujo”.
Tras su estancia parisina, de la que volvió proviso de un considerable número de acuarelas y apuntes de frívolas escenas de la vida parisiense, y después de haber recorrido buena parte de España, Loygorri retorna por algún tiempo a Valladolid y vuelve a pintar en los primeros meses lienzos de tipos castellanos, observándose en su obra un reencuentro con los valores espirituales y eternos de la raza fruto de sus andanzas por los pueblos vallisoletanos. Por esas mismas fechas da a conocer otra faceta nueva y de indudable repercusión para el futuro de su carrera: los aguafuertes, tal vez lo más sobresaliente de su producción por entonces y la especialidad que más notoriedad y prestigio le proporciona por esos años.

Mujer con dos jarrones sobre las caderas
Mujer con niño en brazos
En 1915 abandona la pintura de tipos y paisajes castellanos, abre un aristocrático estudio en Madrid y comienza a dedicarse preferentemente al dibujo y la ilustración gráfica, al mismo tiempo que toma contacto con el mundo de la publicidad, en auge por esos años en los diarios y revistas ilustradas. De entonces datan sus anuncios para las conocidas firmas de jabones y perfumería Flores del Campo y Heno de Pravia, cuyos dibujos de sugerente frivolidad evocan los de otros célebres dibujantes de la época, como Penagos, Max Ramos, Varela de Seijas o Bartolozzi. Por esos años inicia también sus numerosas colaboraciones ilustrando un buen número de novelitas eróticas: “Ilustré con bello desenfado desenfrenado muchas novelas picarescas, al tiempo que dirigía la imprenta católica “Voluntad”, de la cual salían los volúmenes más solemnes…”.
Al año siguiente, en el mes de enero de 1916, celebra una importante exposición en el prestigioso Salón Vilches, de Madrid, muestra que supone prácticamente su presentación en la capital de España y en la que se revelaron plenamente sus dotes artísticas. En ella dio a conocer sus refinadas acuarelas de mujercitas parisinas. Se trataba en su mayor parte de exquisitos desnudos, de un estilo deliberadamente sensual y decadente, que reflejaban un gusto y una estética muy próxima ya al Art Déco. También llamaron la atención sus bellos aguafuertes, modalidad en la que al decir de la crítica le situaba entre los mejores grabadores españoles del momento.

Tres meses después José Francés publica en La Esfera un artículo en el que se hacía una semblanza del joven artista, al que se describe como un “dandy” elegante y con un cierto aire lánguido y decadente: “Es un mozo alto, delgado, pálido, con las negras pupilas escondidas y fulgurantes entre el oscuro livor de las orejas. Aún resalta más la palidez del rostro por el pelo negro y brillante. Tiene unas pulidas y cuidadas manos de dedos largos, puntiagudos. Todo en él da la sensación de un descendiente de razas depuradas. Es un representante de sutiles y elegantes decadencias de otro tiempo. Hijo de su siglo y hermano de su arte, tan refinado, tan impregnado de cerebral sensualismo, José Loygorri añora otros siglos… Siente la nostalgia de joyeles, y encajes y terciopelos a los que han sustituido los “jaquetes” y los relojes de pulsera… Y sin embargo, no todo es decadencia y languidez en este mozo que las gentiles damitas cercan sonrientes y parlanchinas, cuando él enseña sus acuarelas de mujeres artificiales”.
Dentro de su producción pictórica al óleo, en esos primeros años y llevado de su admiración por su paisano Anselmo Miguel Nieto, además del género costumbrista y de tipos populares castellanos dedica su atención también al retrato. Además del que realiza en 1912 del escritor y crítico de arte vallisoletano Francisco de Cossío, en 1916 recibe el encargo de realizar el del político y ministro de Hacienda, el también vallisoletano Santiago Alba Bonifáz.

Paisaje de Tudanca. Colección de Iñigo Pérez de Rada, marqués de Jaureguizar
Retrato de Francisco de Cossío (1912)
Retrato de Santiago Alba Bonifaz (1916)
En 1917 y 1918, entre los meses de febrero y marzo, participa en Madrid en el III y IV Salón de Humoristas, respectivamente. En febrero de ese último año se presenta también a la exposición de aguafuertes convocada por el Ateneo de Madrid, con su grabado ya citado de la Catedral de Salamanca. Este mismo aguafuerte, una de las mejores y más conocidas obras de Loygorri, aparece reproducido en fototipia en el libro titulado Aguafortistas, de la editorial madrileña Estrella, publicado con prólogo de Manuel Abril y que constituye una antología de estampas de los más prestigiosos grabadores españoles de la época. Cinco meses después, concretamente en julio, lo hayamos formando parte del II Salón de Humoristas de Barcelona, y al año siguiente, en julio de 1919, concurre al V Salón de Humoristas con los dibujos Una monada y Rosas de Francia.
Su creciente notoriedad como acuafortista se ve ratificada en 1920, cuando se presenta por primera y única vez en las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes de Madrid. Allí figura en la sección de grabado con dos aguafuertes, apuntes de arquitectura religiosa, exactamente los titulados Torre de la iglesia de Sant Feliú (Gerona) y el ya conocido de La catedral de Salamanca desde San Esteban. Por esos mismos años logra afianzar su prestigio en el campo de dibujo, alcanzando cada vez más renombre como ilustrador y dibujante de revistas (Blanco y Negro y La Esfera), libros, novelas cortas eróticas y anuncios publicitarios (especialmente de algunas importantes firmas de perfumería).

Alcázar de Segovia (xilografía)
Castillo de Almansa (Albacete) (xilografía)
Castillo de La Mota. Medina del Campo (Valladolid) (xilografía)
Castillo de Turégano (Segovia) (xilografía)
Desde 1916 había hecho ya populares sus gouaches aparecidas en las páginas de Blanco y Negro, colaboraciones en portadas e ilustraciones que se extienden hasta 1930, teniendo su momento de mayor éxito a finales de esa década y primera mitad de la siguiente. Asimismo su firma iba a destacar en las dos importantes exposiciones que en mayo de 1927 y febrero de 1928 organizó la Unión de Dibujantes Españoles en Nueva York. Aprovechando la repercusión de la celebración de ambas muestras, en 1929 Loygorri visita los Estados Unidos, permaneciendo varios meses en Nueva York. Allí la prensa neoyorquina le dedica atención y elogios, regresando de la ciudad de los rascacielos el 28 de noviembre de 1929 a bordo del St. Louis.
Así hablaba Loygorri sobre su experiencia americana al periódico La Prensa en su edición de Nueva York “… se trata de uno de los más afamados y mejor cotizados dibujantes jóvenes de España (…) En la exposición que hace tres años realizara aquí la Unión de dibujantes españoles, la firma de Loygorri se destacó firmemente (…) y durante su estancia aquí importantes firmas le han hecho encargos de consideración (…). Ha trabajado aquí con especial intensidad en el ámbito de la publicidad moderna para conocidas casas comerciales (…), así ha hecho dibujos para la Internacional Telephone and Telegraph, destinados a sus folletos de propaganda española. La revista Cine Mundial le encomienda también otros trabajos y una cubierta…”.

Año y medio después –concretamente en la primavera de 1931– viaja de nuevo a Nueva York, donde pasa varios meses estudiando el arte de la creación publicitaria y en concreto la especialidad de los anuncios en periódicos y revistas. Según la noticia que da ABC, trabaja entonces “en las dos o tres principales agencias de publicidad neoyorquinas”, habiendo publicado The Mentor un artículo elogioso sobre él y los anuncios en la prensa española. Tras esos largos meses, Loygorri regresa de Nueva York, según declaraba él mismo, con un tesoro de nuevas ideas y de experiencias allí reunidas, llevando bastantes encargos para su estudio de Madrid.
Loygorri no se olvida de su ciudad natal y así lo vemos participando en la exposición que en octubre de 1928 había organizado la Real Academia de Bellas Artes, muestra a la que concurrieron los principales artistas de la ciudad. En ella Loygorri, al que la prensa local llama “prestigioso dibujante”, presentó La catedral de Gerona, obra con la que obtuvo diploma de segunda clase.

En los años previos a la guerra continúa colaborando con sus dibujos en la ilustración de novelas eróticas para la serie que publicaba Prensa Moderna, si bien conforme pasan los años entra paulatinamente en declive esa dedicación, abandonándola al dejarse de publicar esas novelas por causas obvias en los años de la posguerra. En 1934 publica en la revista madrileña Nuevas Formas un artículo titulado “Publicidad y decoración”, en el que vierte sus opiniones y experiencias acerca del arte publicitario, faceta que, como ya hemos visto, había cultivado ampliamente hasta esos años.

Al estallar la Guerra Civil, y al igual que algunos otros compañeros dibujantes como Penagos, Bartolozzi, Bardasano o Sancha, le vemos en Madrid como miembro de la sección de Pintura y Dibujo de Altavoz del Frente, colaborando en esta asociación en labores de propaganda antifascista. En los comienzos de la contienda es militarizado, permaneciendo en el transcurso de la misma en Madrid como jefe de un departamento de Intendencia encargado en un laboratorio de dentífricos para el ejército, ubicado en el Palacio de Longoria.
En los años de la posguerra, atraído cada vez más por la fotografía, abandona prácticamente su carrera como dibujante, para pasar ya a partir de la década de los 40 a trabajar como fotógrafo profesional en una agencia de publicidad de Madrid. Como artista fotógrafo destacó muy pronto por sus fotos y tarjetas postales de monumentos y castillos españoles, fruto de sus peregrinaciones sobre todo por tierras de Castilla. Su interés y afición por los castillos venía de unos años atrás y se habría de materializar poco tiempo después en una espléndida serie de xilografías de los más célebres castillos españoles, grabados por Loygorri realizó en exclusiva para la publicidad de los laboratorios farmacéuticos Medix.

Además de sus fotografías de castillos, se conocen otras muchas de famosos monumentos de ciudades españolas (Toledo, Segovia, Ávila…), fotografías artísticas con las que ilustró libros y revistas. Así, entre otras colaboraciones, se han de recordar las fotos que ilustran el libro Así es España, publicado por el Instituto Nacional de Estadística en 1957, publicación en las que también colaboró el fotógrafo húngaro establecido en España Nicolás Muller, con el que mantuvo buenas relaciones de amistad.
En esa dedicación como fotógrafo artístico lo vemos a comienzos de los años 60 asociado con Javier Fernández-Lapuente McFerson, formando parte del equipo de los estudios fotográficos Ballesta de la casa Hauser y Menet (así llamado porque estaba en el número 28 de la calle de  la Ballesta, primitiva sede de la famosa imprenta).
De esos años, concretamente de 1962, conocemos una fotografía-felicitación navideña de Año Nuevo de los estudios Ballesta en la que se ve en el centro, sentado y apoyado en un televisor a nuestro artista con su socio Javier Fernández-Lapuente McFerson a su izquierda, el director del estudio a su derecha y un joven que se halla más a la derecha, que era el aprendiz del equipo. De su veteranía y prestigio como fotógrafo documentalista y creativo en relación con el grupo de fotógrafos madrileños de la denominada Escuela de Madrid, da fe el hecho de que detentase el cargo de presidente de la Real Sociedad Fotográfica de Madrid entre 1954 y 1960.

Felicitación de Año Nuevo de los estudios fotográficos Ballesta (1962). Loygorri es el segundo por la derecha
Loygorri vivía por entonces en Madrid en la casa conocida como “de los Lagartos” (calle Mejía Lequerica, nº 1-3), así conocida popularmente a causa de la presencia de esos grandes saurios en lo alto de su fachada, sujetando la cornisa. Nada más se conoce de sus años posteriores, debió de fallecer en la década de 1970.

LOYGORRI Y LA ILUSTRACIÓN GRÁFICA EN BLANCO Y NEGRO Y LA ESFERA
Dentro de las revistas de más tirada aparecidas a finales del siglo XIX y principios del XX que más contribuyeron a la divulgación de las corrientes modernistas y Art Déco, destacan sin lugar a dudas Blanco y Negro y La Esfera, por las relevantes colaboraciones no sólo literarias sino artísticas que aparecieron en ambas publicaciones. Sin temor a exagerar se puede hablar de una edad de oro del diseño gráfico español, cuyos protagonistas pasaron por las páginas de Blanco y Negro y La Esfera.
La sociedad Prensa Española se constituyó en 1909, en una etapa de pleno desarrollo de la empresa fundada por Torcuato Luca de Tena merced a las excelentes tiradas de Blanco y Negro, la publicación más influyente en el proceso de modernización del sector de las revistas gráficas y pionera en la introducción de las nuevas técnicas de impresión (utilización del fotograbado mediante primero la bicromía –1897– y dos años después la tricromía).

El primer número del semanario salió a la calle el 10 de mayo de 1891 y desde el primer momento obtuvo gran éxito y aceptación, no sólo por el prestigio de los colaboradores literarios habituales de la revista (Juan Ramón Jiménez, Antonio y Manuel Machado, Francisco Villaespesa, Enrique Díez-Canedo, Rafael Lasso de la Vega, Ramón Goy de Silva y Emiliano Ramírez Ángel, entre otros), sino sobre todo por la importancia de su contribución gráfica, reflejada fundamentalmente en el atractivo de sus bellas y cuidadas portadas e ilustraciones debidas al buen oficio de sus excelentes dibujantes.
Los primeros dibujantes e ilustradores –una extensa nómina entre la que se pueden destacar nombres como Francisco Sancha, Narciso Méndez Bringa, Adolfo Lozano Sidro, Inocencio Medina Vera, Ángel Díaz Huertas, Santiago Regidor, Carlos Vázquez, Juan Gris, Mariano Benlliure, Ramón Casas, Alejandro Ferrant, Cecilio Plá, Emilio Salas o Eulogio Varela y Sartorio–, mantuvieron su jerarquía y vigencia en los primeros años de la publicación, y sólo en los años veinte tomaron el relevo dibujantes de una orientación más innovadora, algunos de los cuales enlazan ya con el Art Déco que impera desde los años veinte hasta los primeros años treinta, como Max Ramos, Echea (pseudónimo de Enrique Martínez de Tejada Echeverría), Francisco Hohenleiter, Ramón Machón, Rafael de Penagos, Salvador Bartolozzi, Enrique Ochoa, Federico Rivas o José Loygorri. La guerra civil y los avances técnicos fueron cediendo terreno a la fotografía, y a que fuera desapareciendo paulatinamente la nómina de ilustradores.

Fue decisiva también la aportación del semanario La Esfera, fundado en 1914 y editado por la sociedad Prensa Gráfica bajo la dirección de Francisco Verdugo Landi con la asesoría artística del prestigioso crítico y secretario de la Academia de Bellas Artes de San Fernando José Francés, quien, como ya se ha mencionado, desempeñó un papel muy importante en el incipiente movimiento asociativo en defensa de la profesión de dibujante.
Desde su aparición, La Esfera se convirtió en una de las revistas de mayor calidad en cuanto a papel, impresión, maquetación y diseño, contando desde el primer momento con la colaboración de una esmerada selección de colaboradores literarios y gráficos. El semanario abarcó un extenso período que fue desde 1914 hasta 1931. Entre los muchos ilustradores y dibujantes a la vanguardia que en la revista desplegaron todo su talento e inventiva cabría destacar, entre otros, a Enrique Ochoa, Roberto M. Baldrich, Salvador Bartolozzi, Manuel Bujados, Dhoy, Enrique Echea, Juan José, Ramón Manchón, Ricardo Martín, Moya del Pino, Cerezo Vallejo, Rafael de Penagos, Federico Ribas, Máximo Ramos, Regidor, Francisco Sancha o Enrique Varela de Seijas.

Por lo que respecta a la labor de Loygorri en ambas revistas, su participación fue mucho mayor e importante en Blanco y Negro que en La Esfera, publicación en la que sólo colaboró muy esporádicamente dibujando sobre todo anuncios del jabón Flores del Campo.
Por el contrario, la aportación de Loygorri como dibujante en Blanco y Negro fue una de las más interesantes dentro del rico panorama de artistas ilustradores que en las primeras décadas del siglo XX enriquecieron con su talento artístico las páginas del semanario. Más de ochenta ilustraciones realizadas al gouache o a la aguada sobre cartulina o papel pegado sobre cartón, principalmente portadas a toda plana, dan cuenta de la intensa actividad  desplegada en la revista, para la que trabajó entre 1916 y 1930.
La aparición en Blanco y Negro de sus primeros anuncios para el jabón Flores del Campo y de sus viñetas para cuentos y relatos data de fines de 1916 y comienzos de 1917, años dominados todavía por las ilustraciones y portadas de toda una brillante generación de pintores y dibujantes ilustradores, nombres tan familiares en la revista como Méndez Bringa, Medina Vara, Enrique Marín, Carlos Vázquez, Ángel Díaz Huertas o Lozano Sidro.

Sin temor a la exageración puede decirse del conjunto de portadas e ilustraciones de Loygorri, que con regularidad se suceden en Blanco y Negro hasta finales de los años veinte, que integran uno de los capítulos más notables dentro de la amplísima, variada y rica producción de aquellos grandes dibujantes que por esos años llevan a su período de mayor vitalidad y madurez la ilustración de la revista.
Su estilo como dibujante va evolucionando a lo largo de esos años, y si algunas de sus primeras ilustraciones ofrecían aún ciertas reminiscencias del tipo de ilustración característico de la etapa anterior, más “pictoricista”, las que se fechan ya en la década de los años veinte, conforme el artista se vaya perfilando como un firme valor entre los ilustradores de la revista, muestran una estética más avanzada y de un mayor grado de modernidad, especialmente sus celebradas portadas de esos años con sus habituales mujercitas vestidas y peinadas a la moda parisina, imágenes que muestran un exquisito sentido de esnobismo y una seducción del más sugestivo Art Déco.

Por otro lado, y dentro también de su producción en ambas revistas –tanto en Blanco y Negro como en La Esfera–, habría igualmente que resaltar a la labor publicista de Loygorri, faceta a la que nuestro artista se incorporó desde los mismos comienzos de su dedicación como dibujante en esos dos grandes semanarios ilustrados. A ese respecto, su contribución con un buen número de anuncios, principalmente para las campañas llevadas a cabo mediada la segunda década del siglo XX por las perfumerías madrileñas Casas Floralia y Gal, y más en concreto para publicitar los jabones Flores del Campo y Heno de Pravia respectivamente, vino a sumarse a lo que ha sido calificado como una verdadera eclosión y edad de oro del anuncio y el cartel como obra de arte.
Al igual que la mayoría de los firmados por sus colegas, los anuncios de Loygorri suelen recurrir al estereotipo de la mujer moderna y seductora como reclamo habitual a la hora de publicitar los productos de perfumería. Otras veces, sin embargo, las imágenes escogidas para esos anuncios tienen por protagonistas a sensuales tipos femeninos del siglo XVIII, jóvenes damiselas cortejadas por caballeros con pelucas recargadas que componen refinadas escenas galantes de la época de Luis XV. No falta tampoco el prototipo de la mujer española con despliegue de mantillas, peinetas y manolas, sin olvidar en otros casos los anuncios que ponen en evidencia la influencia del japonesismo. A este propósito en la obra de Loygorri, como en la de otros dibujantes de las revistas ilustradas de la época, se aprecia de forma bien patente este estilo denominado “japonista”, corriente puesta de moda ya con el Art Nouveau y el Simbolismo y que tiene su prolongación en el gusto por el exotismo de la estética Art Déco.


JOSÉ LOYGORRI, ILUSTRADOR DE NOVELAS ERÓTICAS
Una de las facetas más interesantes y atractivas de Loygorri como dibujante fue su amplia dedicación a la ilustración de novelas cortas eróticas. Desde su época parisina Loygorri cultivó ampliamente el dibujo frívolo, colaborando profusamente en este tipo de publicaciones. En ellas se hicieron muy populares sus ilustraciones y portadas a color firmadas habitualmente con el pseudónimo “Eros”.
A este propósito hay que recordar que la producción de novelitas cortas de tema erótico alcanzó extraordinaria popularidad y pujanza en la España de los años 20, convirtiéndose en un género de gran éxito y demanda. De entre las numerosas colecciones que aparecieron en el Madrid de los años veinte destacaron las series que publicó Prensa Moderna, especialmente los 186 títulos de la colección La Novela Pasional, publicada entre 1924 y 1928.

A pesar de su falta de pretensiones literarias, esas obritas, de pequeño formato (17 x 12 cms.) y de unas sesenta páginas cada una, solían estar muy bien escritas, por lo que eran de rápida y fácil lectura para todo tipo de lectores. Los textos ofrecían atrevidos argumentos en los que nunca faltaba una buena dosis de sal y pimienta, picardía y carga erótica, por lo común hábilmente mezcladas con una buena ración de desenfado e ingenioso sentido del humor. En la colección autores tan conocidos como Ramón Gómez de la Serna, Enrique Gómez Carrillo, Enrique Jardiel Poncela, Emilio Carrère, Alberto Insúa o Carmen de Burgos Colombine, si bien muchos optaron por firmarlas con pseudónimo debido a lo popular del género.
Al igual que otros prestigiosos ilustradores de la época, como los ya citados Penagos, Durán, Varela de Seijas o Reyes, Loygorri no sólo se encargaba de los dibujos intercalados en las páginas de las novelas, sino que también era autor de los numerosos frontispicios, colofones, historiadas capitulares y sobre todo de las atractivas portadas en cuatro colores de sus cubiertas.

Sus ilustraciones a toda página del interior, así como otras de pequeño tamaño intercaladas en el texto de estas publicaciones de género verde, sorprenden por la modernidad de su factura, sentido de la gracia y capacidad de síntesis, así como por un sentido cosmopolita y frívolo que responde a una estética ya muy Art Déco. Son cientos los dibujos y portadas que han llegado hasta nosotros de Loygorri destinados a ilustrar este tipo de obritas, en las que hace gala de su versatilidad y dominio del oficio.
Pero con ser ésta una de sus principales dedicaciones y la que más renombre le dio, el dibujante vallisoletano a lo largo de su carrera artística no sólo se dedicó a la ilustración de estas colecciones de novelitas eróticas, sino que también realizó, si bien más esporádicamente, dibujos y portadas para obras literarias, en especial para algunos libritos de poemas.


BIBLIOGRAFÍA
  • BRASAS EGIDO, José Carlos: José Loygorri: dibujante Art Decó, Diputación de Valladolid, Valladolid, 2010.

2 comentarios:

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  2. Tengo una importante colección de revistas antiguas españolas -¡qué revistas!- (también tengo extranjeraS, soy un gran amante de las artes gráficas), y ya conocía a Loygorri, pero no sabía casi nada de él, de su biografía, así que muchas gracias por su información, y por admirar a nuestros grandes ilustradores, dibujantes y diseñadores gráficos, se merecen más reconocimiento del que tienen.

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