jueves, 17 de abril de 2014

COFRADÍA DE NUESTRO PADRE JESÚS NAZARENO: El "Paso" SED TENGO (Gregorio Fernández, 1612-1616)


El presente conjunto es el paso más antiguo de Semana Santa que conocemos de Gregorio Fernández. Tan solo conocemos un paso procesional anterior a este: San Martín y el pobre, aunque en este caso no era utilizado para la Semana Santa. El paso se custodia durante todo el año en la “Sala de Pasos” del Museo Nacional de Escultura, desfilando en la mañana del Viernes Santo en el Sermón de Las Siete Palabras y por la tarde en la Procesión General de la Sagrada Pasión del Redentor.
Este paso supuso un paso más dentro del camino de renovación de los pasos procesionales vallisoletanos comenzado por Francisco del Rincón en la Elevación de la Cruz. Si Rincón había introducido las figuras de tamaño natural completamente talladas en madera, Gregorio Fernández con Sed Tengo revoluciona el mundo de los pasos vallisoletanos, puesto que realiza unas esculturas notablemente mayores que las realizadas por Rincón, además de introducir un plus de atrevimiento al situar una figura en lo alto de la escalera por encima de la cruz. El “teatralismo” barroco ha llegado a las calles de Valladolid, unos años después éste llegará a su cénit con el Descendimiento de la Cofradía de la Vera Cruz.

El grupo presenta una composición piramidal, centrada en Cristo Crucificado, uno de los mejores que salieron del taller de Gregorio Fernández. La composición se continúa con el sayón de la esponja, una de las mejores piezas de este tipo realizadas por Gregorio Fernández, y un soldado vestido con armadura, al que se llama sayón del caldero por el recipiente que lleva en su mano izquierda para contener el vinagre con que se impregnó la esponja. Los brazos levantados de ambas figuras y los instrumentos que sujetan, respectivamente la caña con la esponja y una lanza, enmarcan y conducen visualmente al espectador hacia el Crucificado, coronando la composición la figura de otro sayón encaramado a una escalera para colocar el letrero del INRI.

Por otra parte, en primer término se desarrolla el sorteo de las vestiduras, escenificado a través de dos sayones que se juegan a los dados las vestiduras del Crucificado. Estos personajes de caricaturescas fisionomías, torvos gestos e indumentaria a la moda de la época, evidencian una alta calidad artística, reflejada en dinámicas pero equilibradas actitudes, inmejorable tratamiento anatómico y acertada expresividad.
El que se encuentra rodilla en tierra está lanzando los dados con un cubilete, es denominado en la documentación como el descalabrado, por la gran herida que muestra en la parte posterior de su cabeza con la que se trata de reflejar el carácter pendenciero y la brutalidad de los personajes que maltrataron a Cristo. En el lado izquierdo, la figura encorvada señalando los dados, con el jubón a medio poner tras acabar su trabajo en la Crucifixión, muestra una mayor calidad en la definición del rostro y en la disposición de la figura, probablemente inspirada en un grabado como el de Johan Sadeler del Camino del Calvario, en el que aparece en primer plano un sayón con el mismo tipo de gorra y una actitud similar.

Desde el punto de vista iconográfico interesa destacar el momento concreto elegido por la cofradía para representar la escena. Se trata del instante posterior a la Elevación, con Cristo aún vivo, con las manos crispadas tras ser clavadas a la cruz y acompañado por cinco sayones que realizan diferentes acciones recogidas en los Evangelios. No es casual que en una Cofradía de Jesús Nazareno los únicos que rodean a Cristo, tanto en este paso como en el del Redopelo, son sus verdugos, contradiciendo a la inmensa mayoría de representaciones artísticas en las que aparecen la Virgen y San Juan al pie de la cruz. Si a esto sumamos que el otro paso que poseía la cofradía era el de Jesús Nazareno, nos lleva a pensar que todo el culto estaba centrado en el Nazareno.

HISTORIA
En cabildo celebrado por la Cofradía de Jesús Nazareno el 17 de abril de 1612 Pedro Márquez, maestro pasamanero, en nombre de los maestros de su gremio, ofrece a la cofradía como limosna un paso compuesto por tres figuras (un Crucificado y dos sayones). Gracias al acta del cabildo anterior, de 14 de abril, sabemos que este nuevo paso se estrenaba en la procesión de ese mismo año.
Todo indica que desde el primer momento se pensó en un conjunto de mayores dimensiones, que posteriormente se terminaría completando. No resulta lógico que se estimara suficiente un paso compuesto solamente por tres figuras, cuando se contaba en la ciudad con precedentes inmediatos tan numerosos como el paso de la Elevación, realizado por Francisco Rincón para la cofradía de la Pasión. De la lectura de un acta del cabildo de 27 de febrero de 1616, parece deducirse que en los años inmediatos se continuó trabajando en el paso: “que en el año seiscientos y doce los señores pasamaneros desta ciudad abian dado de limosna a esta santa cofradía el paso de cristo con dos sayones y que para efecto de lo acabar esta santa cofradia les abia prestado setecientos reales y que rrespeto de tienpos tan esteriles no podían cumplir y hera bien desde luego se les perdonase a los dichos señores pasamaneros lo que esta santa cofradia les abia prestado”.

No queda claro en este documento si el paso tenía ya más figuras o sólo estas tres, o si el préstamo había sido para terminar de pagar el paso o para completarlo ampliándolo con más sayones; esto es así, porque en 1662 se le llama “Paso Grande”, lo que indica claramente que debía contar con más figuras.
En 1676 la cofradía se traslada desde el Convento de San Agustín, donde había nacido la Hermandad, a su propia iglesia penitencial, momento en el cual los frailes Agustinos reclaman la propiedad de los “pasos”, iniciándose un pleito ante el Nuncio Apostólico, quien finalmente ordenó la devolución de los pasos al convento.
Al no tener Crucificado, la cofradía decide encargar al escultor Juan Antonio de la Peña “hacer una hechura de un Santo Cristo de bulto al expirar, desnudo, de dos varas y cuatro dedos de alto”, contrato que se firmó el 10 de febrero de 1684. Esta imagen es la hoy conocida como Santísimo Cristo de la Agonía.

Junto con el Cristo, tenemos también constancia que se devolvieron al convento los sayones del rótulo y de la esponja. Gracias a la investigación de Filemón Arribas, se conocen las largas gestiones que fructificaron en 1717 con la nueva adquisición de ambas esculturas al boticario Andrés Urbán, a quien se las había entregado el convento a cambio de la condonación de una deuda. Como se ha observado en diferentes ocasiones, estas dos figuras ofrecen un estilo diferente al resto de los sayones (tienen proporciones más alargadas, con cabezas más pequeñas y rasgos más marcados y expresivos; igualmente presentan poses más rebuscadas) lo que unido a su mayor calidad, particularmente notable en el elegante sayón de la esponja, invita a pensar que fueron las piezas que acompañaron al Crucificado desde el primer momento y también las más cercanas a la labor personal del maestro.
De esta manera el paso contó desde este momento con la composición que actualmente vemos: el Crucificado, en este caso el de Juan Antonio de la Peña, y los cinco sayones.

Los indicios documentales parecen señalar que la cofradía no fue obligada a devolver los otros tres sayones. Al menos tenemos certeza que en 1699 se encontraban en la cofradía, donde fueron reparados recomponiendo diferentes partes y recibiendo nueva policromía en las encarnaciones por parte del pintor José Díez de Prado. Probablemente, el hecho de que la cofradía perdonara al gremio de los pasamaneros un préstamo para terminar el paso, les confirió unos derechos de propiedad que mantuvieron tras la escisión del convento. El aspecto menos estilizado de estas tres figuras con respecto a los dos sayones anteriores y la menor expresividad de sus rostros, particularmente notable en los sayones de la lanza y el descalabrado, se han justificado con una mayor colaboración del taller, que por otro lado es habitual en otros pasos realizados por Gregorio Fernández.
En el año 1842 se retiran de la iglesia de Jesús ocho figuras de sayones que son trasladadas al actual Museo Nacional de Escultura y aunque no se detallan, se supone que fueran las que componían el “Paso Grande” (5) y el del Despojo (3).
Recapitulando:
Esculturas realizados en 1612: Crucificado, Sayón del rótulo, Sayón de la esponja. Esculturas realizadas en 1616: Sayón de la lanza, Sayón de los dados, Sayón “descalabrado”

PROBLEMAS
Dos problemas se plantean en relación a este paso:
¿En qué fecha se hacen las otras tres figuras?
Filemón Arribas fue el primero en relacionar este paso con Gregorio Fernández, opinión que a día de hoy es incuestionable. Jesús Urrea aporta un dato que lo refuerza: el 14 de agosto de 1612, varios pasamaneros, entre los que se encuentra Pedro Márquez, reconocen una deuda de 50 ducados a favor de Gregorio Fernández; aunque no se indica el motivo de dicha deuda, Urrea supone que se refiere al pago del paso que los del gremio habían ofrecido a la cofradía de Jesús Nazareno. Las dos figuras entregadas en 1612 deben ser el sayón del rótulo y el de la esponja, pues estilísticamente corresponden a la labor de Gregorio Fernández en estas fechas.
Las otras tres esculturas poseen un estilo algo más evolucionado dentro de la producción de Fernández; no se cree que, en ningún caso, se pueda considerar que son obras posteriores a 1678, y quizá, haya que relacionar con ellas el perdón de la cofradía, en 1616, de la deuda de los pasamaneros, en razón a que el préstamo se había hecho “para efecto de lo acavar”, entendiéndose que era para acabar el paso. Aunque se haya hecho este grupo en dos momentos, el conjunto presenta unidad de composición.

¿Cuál era el Crucificado que presidia el paso?
El Crucificado realizado en el año 1612 siguió siendo procesionado en el paso hasta su pérdida por la sentencia favorable al Convento de San Agustín; por este motivo se encargó a Juan Antonio de la Peña, en 1684, otra imagen que lo sustituyera. De este modo, la talla de Cristo en la cruz, a la que la comunidad agustina siempre tuvo una particular devoción, quedó en el convento hasta su traslado al Museo después de la desamortización, donde curiosamente al cabo del tiempo volvió a ser incorporado a su destino original.
En la Historia de Valladolid redactada por Manuel Canesi en 1750 se alude al Crucificado cuando habla de que los religiosos habían vendido las figuras de los pasos a la cofradía, “y solo una se alla en el Claustro que la Cofradía ya la avia hecho nueba”. Dicho Cristo estaba en una capilla junto al púlpito. Del Convento de San Agustín se desamortizó, en 1836, entre otras cosas, “un Crucifijo grande de tamaño natural”, que con toda probabilidad fuera el Crucificado primitivo del paso.

Cristo de la Agonia (Juan Antonio de la Peña, 1684)
Cuando Agapito volvió a montar de nuevo el grupo procesional, como el Cristo tallado por Juan Antonio de la Peña seguía en la iglesia de Jesús Nazareno, lo sustituyó por otra imagen que había en el Museo y que pensaba erróneamente que procedía del paso del Longinos de la cofradía de la Piedad. El error era iconográfico, puesto que Cristo está representado vivo y cuando le clavaron la lanza había muerto ya. Esta forma de representación no es usual en Castilla, como señala Martín González, refiriéndose al Crucificado de Juan Antonio de la Peña, imagen que, con muchas simplificaciones, recuerda el modelo de la escultura que actualmente está colocada en el paso.
Finalmente se comprobó como la imagen custodiada en un principio en el Convento de San Agustín y posteriormente en el Museo Nacional de Escultura es la original del paso. Para llegar a dicha conclusión se realizó un estudio estilístico, comprobándose que la fecha en que pudo ser tallada y la gubia que insinuaba coincidían con el del resto de imágenes del conjunto.

ESCULTURAS QUE LO INTEGRAN
Cristo Crucificado (CE0525) 2,16 m. x 1,71 m. x 0,50 m.
Siempre se ha considerado como obra relacionada con el maestro, en mayor o menor grado. En la actualidad no hay dudas acerca de su autoría. Su ejecución se fecha en torno a 1610-1612, puesto que su anatomía es aún blanda, con pelo y barba de rizos suaves, y el paño de pureza no está dominado por los pliegues acartonados. Técnicamente parece próximo al Crucificado de Laguna de Duero (no posterior a 1610).
La figura de Cristo es una imagen llena de plasticidad, de tamaño mayor al natural (1,90 m.), con un cuerpo bellamente modelado y con abundancia de sangre sobre todo en rodillas y cara. En aquéllas presenta, además, grandes moratones. Encarnación mate, ojos de cristal, heridas con pellejos; paño de pureza de color verde.
Su cara tiene una expresiva mirada de dolor, su pelo es caído sobre los hombros, pelo y barba de rizos suaves. La corona de espina es natural, sin estar tallada sobre la cabeza. De piel bastante blanca, tiene el importante rasgo de ser un Cristo vivo, es decir, no tener atravesado el costado derecho por la lanza. Tiene los dedos claramente abiertos y en tensión, en clara convulsión de dolor. El paño de pureza posee ligeros pliegues y el nudo con los bordes sueltos al aire, está anudado a la cadera derecha. Tiene muy marcadas las señales de las cuerdas en muñecas y tobillos. La cabeza la tiene ladeada hacia el lado derecho y mira hacia abajo a la esponja que le presenta uno de los sayones.


Sayón del rótulo o de la escalera (CE0526) 1,80 m. x 0,88 m. x 1 m.
Se encuentra encaramado a la escalera, en posición movida y atrevida. Con su mano derecha en alto sostienen un martillo con el que está clavando en la cruz el letrero con el motivo de la condena, INRI. Presenta la boca entreabierta denotando esfuerzo, nariz corva. Gorro rojo y borde de dos vueltas, de perfil recortado, en color blanco. Jubón verde y debajo chaleco rojo, ajustándose con cintillo. Desnudo el brazo derecho, que sostenía el martillo. Calzón verde, con acuchillados. Botas altas, ceñidas a la forma de la pierna.
Cuando Agapito y Revilla realizó la reconstrucción del paso lo colocó en una escalera baja y apoyando un pie en el suelo. Como ya supuso Arribas, y comprobó Martín González por la descripción de Canesi (“y un judío clavando el rótulo en lengua hebrea, griega y latina, y dos sayones partiendo la túnica y jugándose los dados”), su situación correcta es asomando por encima del Crucificado.

Sayón de la esponja (CE0527) 2,34 m. x 0,72 m. x 0,96 m.
Situado a la derecha de Jesús, le acerca una esponja clavada en la punta de una lanza, lo que da lugar al nombre de la escena “Sed Tengo”. Este sayón mide 2,34 m. Con una mano sostiene la lanza, cuya punta sujeta la esponja, hacia lo alto.
Estupenda cabeza, de blando modelado. Ceñudo aspecto, nariz corva, mostacho de puntas recurvadas. Mira con fijeza a Cristo. Tiene bigote y perilla.  Gorro rojo, con borde dentado y borlas en la parte posterior.  Jubón de color ocre y camisa blanca asomando por la abertura delantera. Calzón verde, sujeto con agujetas al jubón; baja hasta la media pierna y luce acuchillados. Botas altas, caídas, luciendo las piernas desnudas. Mangas acuchilladas y brazos desnudos.


Sayón de la lanza o del caldero (CE0528) 2,20 m. x 0,62 m. x 1,08 m.
Aparece de pie, con la pierna izquierda adelantada con una lanza en su mano derecha que alza hacia Jesús, mientras en la mano izquierda sostienen un caldero con la “posca” o líquido con vinagre, para impregnar la esponja. Se cubre con gorra. Tiene mostacho, perilla y un mechón en la frente. Coraza verde con hombreras. Mangas verdes, con acuchillados de color rojo y botones muy prominentes. Calzón rojo, con acuchillados y borde denticular. Bragueta con botonadura prominente. Calza botas altas y calzas verdes dejando éstas la entrepierna al descubierto.


Sayón descalabrado (CE0529) 1,37 m. x 0,58 m. x 1,50 m.
Se le llama de esta suerte en los papeles de la cofradía, debido a una herida cicatrizada que presenta en la parte posterior de la cabeza, con pérdida de masa del cabello. Está con la rodilla derecha en tierra, en la misma actitud del sayón anterior, repartiéndose la túnica. Con la mano izquierda sostienen el cubilete de los dados, mientras que con la derecha señala la suerte. Grandes mostachos. Lleva calzones verdes acuchillados hasta las rodillas. Calza botas que dejan ver las piernas desnudas. Jubón rojo sujeto con correa; grandes hombreras.



Sayón de los dados (CE530) 1,88 m. x 1,10 m. x 1,07 m.
Aparece en primer término, a la derecha de Cristo, está de pie con su brazo y mano extendida en clara intención de lanzar los dados. Figura de elegantísima composición. Rostro ceñudo, pero blando. Soberbias manos, en actitud expresiva. Magnifico equilibrio de la figura, colocada de forma inestable. Pese a la vulgar condición del personaje, ennoblecido con elegantísima composición.
La cabeza la cubre con un gorro verde con adornos rojos. Tiene gran actitud expresiva y presenta un magnífico equilibrio en la figura al tirar los dados al suelo, sorteándose la túnica de Jesús. El imaginero ha querido acentuar el gesto del sayón incrustándole una cicatriz en su mejilla derecha. Destaca la diferencia que guarda su desaliñado atuendo con la elegancia y bizarría de su oponente en el juego.
Viste gorra, jubón, con la espalda al aire y un brazo descubierto. Calzón hasta media pierna y sandalias. Gorro verde, a modo de birretina, con adorno de acuchillados de color rojo. Jubón de color marrón con hombreras. Cuelga la manga derecha y asoma la camiseta. Calzón de color verde, con abundantes acuchillados. Encarnación mate.


BIBLIOGRAFÍA
  • ARRIBAS ARRANZ, Filemón: La Cofradía Penitencial de N.P. Jesús Nazareno de Valladolid, Imprenta y librería Casa Martín, Valladolid, 1946.
  • MARTÍ Y MONSÓ, José: Estudios histórico-artísticos relativos principalmente a Valladolid: basados en la investigación de diversos  archivos, Imprenta de Leonardo Miñón, Valladolid, 1898-1901.
  • MARTÍN GONZÁLEZ, Juan José: El escultor Gregorio Fernández, Ministerio de Cultura, Madrid, 1980.
  • WEB DEL MUSEO NACIONAL DE ESCULTURA

miércoles, 16 de abril de 2014

SEMANA SANTA EN RIOSECO. El Descendimiento "La Escalera"


Hoy trataremos sobre el paso del Descendimiento de Medina de Rioseco, conocido cariñosamente como “La Escalera”. Para no repetir nada, puesto que es idéntico al paso del Descendimiento de Valladolid, no entraré a describir el paso ni analizar las diferentes imágenes que lo componen, en este caso nos dedicaremos a hablar sobre las vicisitudes del paso riosecano que es lo que nos incumbe ahora. Así que, os recomiendo que antes echéis un vistazo a este post para comprender mejor el ejemplar riosecano: http://t.co/x6RSneXv También os recomiendo el post sobre “El Longinos”, puesto que ambos pasos son los “pasos grandes” de la Semana Santa de Medina de Rioseco: http://t.co/RBIIByy8HJ
El 26 de marzo de 1663 Francisco Díez de Tudanca accede a los ruegos de don Francisco Vázquez Céspedes, Antonio de Aguilar Carrera y Francisco Santos “vecinos de la ciudad de Rioseco”, los cuales “le han pedido y rogado con mucha instancia y movidos de santo celo les haga para la Cofradía de la Soledad de Nuestra Señora” un paso del Descendimiento de la Cruz “a imitación del que tiene la Cofradía de la Santa Vera Cruz de esta dicha ciudad de Valladolid que hizo Gregorio Fernández”. Asimismo se obligaba a realizar “cuatro figuras de cuatro sayones para el Sepulcro de Cristo, una urna y tablero con dos ángeles que llevan el sepulcro a imitación de los que están en el paso del Entierro de Cristo” de la Cofradía Penitencial de Nuestra Señora de las Angustias de Valladolid. Es decir, una vez más Tudanca debía de ejecutar copias de esculturas vallisoletanas afamadas, en este caso de pasos procesionales. Salieron como fiadores de Tudanca en la presente escritura de obligación su suegro Francisco Ezquerra y los doradores y estofadores Pedro Mondragón y Lucas de Ávila.
Este paso, que copia puntualmente el original de Fernández, nos volverá a mostrar dos hitos importantes: por un lado el trabajo como copista del escultor, y, por otro, como los pasos vallisoletanos seguían siendo muy cotizados y demandados. Que un artista como Tudanca, en su plena madurez como artista , cargado de encargos, se avenga a llevar a cabo un trabajo semejante puede revelar, además de profunda admiración por Fernández, cierto conformismo o la conciencia de sus propias limitaciones. El corto período de tiempo que se le impuso, así como la escasa cantidad que cobraría, pudo influir en la calidad del resultado final, que nos muestra unas tallas sumamente bastas.

Según apunta Pérez de Castro: “Las delicadas expresiones del paso de la Vera Cruz vallisoletana se tornan en el conjunto riosecano mucho más toscas, especialmente en algunas figuras como San Juan o la Magdalena. Fernández se había convertido en un modelo a imitar y como tal existía una conciencia de que era insuperable. Lo más acertado del grupo riosecano pudiera ser el Cristo y José de Arimatea”. Asimismo afirma que “toda la teatralidad y los elogios que se han vertido sobre el conjunto vallisoletano se pueden reutilizar para la copia riosecana: composición diagonal y dinámica, propiamente barroca, creación de dos focos de atención en una misma escena (grupo del Descendimiento y grupo de la Virgen, ambos enlazados), adaptación del conjunto a múltiples puntos de vista. Todo parece inestable, de un realismo dramático: Cristo está suspendido en el aire, Nicodemo y Arimatea se sostienen a la escalera, la figura de la parte trasera gira en un gran escorzo, completamente abierto. Es, desde luego, una de las mejores composiciones del barroco castellano. La escultura está hecha por y para verla en la calle, en las procesiones, que es donde cobra su auténtico valor”.
El paso del Descendimiento tendría siete figuras “Cristo y su madre, Abad y Matías, la Magdalena, San Juan y un mozo que desclava los clavos”, además de “la cruz, escaleras, un calvario al pie de la cruz, todas las insignias, tornillos y hierros que han de asegurar las figuras a su tablero de forma que vayan firmes”. Cabe hacer varias aclaraciones: por Abad y Matías “Arimatea” se refería a José de Arimatea y a Nicodemo; por otra parte, la escultura de la Virgen desapareció del conjunto en el siglo XVIII desconociendo el motivo que llevó a quitarla del conjunto así  como el paradero de la misma, el caso es que la actual fue hecha en 1985 por el escultor y restaurador vallisoletano Mariano Nieto. Tudanca también entregaría “los demás herrajes y clavazón necesaria y sus ruedas por bajo para que entre y salga el paso en las iglesias que le tocare andar todo muy seguro”.


Como ya hemos referido, y la escritura vuelve a recordar, el “paso, cruz, figuras, calvario y tablero y demás insignias ha de ser a imitación del paso del Descendimiento de la cruz que tiene la Cofradía de la Vera Cruz de esta dicha ciudad de Valladolid que hizo Gregorio Fernández y de la misma perfección y tamaño y figuras”. Todas las esculturas, que llevarían ojos de cristal, se ahuecarían para que fueran más ligeras y de esa manera no pesaran “cada una de una arroba arriba de fuerte que todo el paso no pase todo su peso de veinte y cuatro”. Pero no solo se habría de copiar el paso tal cual, también se imitaría la pintura, el encarnado, el estofado, el dorado y el colorido del paso vallisoletano. Seguramente todo ello correría a cargo de los referidos Pedro de Mondragón y Lucas de Ávila.
Ambos pasos debía de darlos acabados “en lo tocante a madera en toda perfección y a vista y satisfacción de personas peritas en el arte que se hayan de nombrar por ambas partes para fin del mes de septiembre venidero de este presente año de mil y seiscientos y sesenta y tres”. Una vez finalizados se habría de avisar a los comitentes para “que vengan a ésta ciudad de Valladolid y lo vean con las personas que se nombraron como va dicho y cotejen el paso con el otro a cuya imitación lo ha de hacer para lo cual tendrá armados los pasos de ambas partes (…) y si pareciere quitar o enmendar algo como sea cosa que convenga lo ha de hacer al punto”.

Si los comitentes daban el visto bueno el paso pasaría a manos del pintor “para que lo adorne y ponga en toda perfección en lo tocante a pintura tres meses delante de forma que esté acabado de todo punto para el día de navidad fin de este presente año de mil y seiscientos y sesenta y tres”.
Por cuenta de los comitentes quedaría el llevar las esculturas a Medina de Rioseco, mientras que Tudanca se encargaría de “poner las figuras en los carros con el cuidado que conviene para que vayan bien y no se maltraten e ir en persona a la dicha ciudad de Rioseco a asentarlas en su sitio y habiendo pasado la procesión ha de desarmar el paso y numerar los tornillos y las figuras con sus señales para que en adelante cualquiera persona con facilidad pueda armarle y desarmarle”. La Cofradía también se encargaría de poner en el paso “las toallas y paños con que descienden los santos a Cristo”.
Por todo el trabajo desarrollado por Díez de Tudanca en “el dicho paso y demás figuras que van referidas así de escultura como pintura y todo lo demás necesario hasta quedar en toda perfección” se le habrían de abonar la escasa cantidad de 6.000 reales. Entre los testigos firmantes de la escritura figura Bernardo Rincón, aprendiz de Díez de Tudanca y asimismo hijo del homónimo escultor vallisoletano.

Dos días después de la contratación de ambos pasos, el 28 de marzo, se firma una nueva escritura ante el escribano riosecano Manuel de Sandoval. En ella salen como fiadores de Tudanca el arquitecto “vecino de la villa de Tordesillas” Francisco Cillero. Pocas novedades o diferencias encontramos en este nuevo documento: tan sólo se amplía el plazo para su entrega, que será el día de Navidad de ese mismo año. Asimismo se le abonaban en ese mismo acto de la firma de la escritura los primeros 1.500 reales de la cantidad total pactada. La última paga se le daría “estando acabado en toda perfección y asentado dicho paso y figuras para que sirva en la procesión de disciplina de la Semana Santa del año que viene de seiscientos y sesenta y cuatro”.

El Descendimiento en la Procesión de la Soledad del año 1902
El 20 de julio de 1665 se vuelven a concertar los diputados de la Cofradía de Nuestra Señora de la Soledad y Quinta Angustia y Francisco Díez de Tudanca. En esta ocasión la cofradía le prestó 3.300 reales de vellón “porque viniese  a esta ciudad [de Medina de Rioseco] a enmendar el paso del descendimiento y acabar lo demás que estaba obligado”. Efectivamente así lo hace y, al año siguiente, tras haber realizado unas mejoras sobre lo estipulado en “la urna, ángeles y sayones y guantes que se le tenían ofrecidos acordaron el que se remitiesen y perdonasen al dicho Francisco Díez de Tudanca los dichos tres mil y trescientos reales por las razones arriba declaradas” con la condición de que el escultor “haya de venir desde donde se hallare a volver a armar los dichos pasos para que estén en la parte y lugar donde está señalado y aderezarles y componerles si estuvieren maltratados por su cuenta sin que por ello la dicha cofradía le haya de dar cosa alguna”. Si Tudanca no lo cumplía, la cofradía podía requerirle judicialmente y volvería a estar en vigor esa deuda de 3.300 reales. Francisco Díez de Tudanca acepta estas mejoras y se obliga a no pedir ni cobrar ningún maravedí por razón de mejoras o arreglos de los pasos. 


Estas tres fotos han sido tomadas de: http://blogmorado.blogspot.com.es/
Sin duda estamos ante un paso magnífico aún cuando la diferencia con el original es sideral. El encanto de este paso se ve incrementado cuando discurre por las calles de Rioseco con sus soportales, mientras que la gente saliendo a los balcones a tocar las esculturas y sus sombras, proyectadas en las fachadas, que se mueven fantasmagóricas.
BIBLIOGRAFÍA
  • GARCÍA CHICO, Esteban: Documentos para el estudio del arte en Castilla. 2, Escultores, Universidad de Valladolid, Valladolid, 1941.
  • ALONSO PONGA, José Luis (coord.): La semana santa en la tierra de campos vallisoletana, Grupo Página, Valladolid, 2003.
  • PÉREZ DE CASTRO, Ramón y GARCÍA MARBÁN, Miguel (coord.): Cultura y arte en Tierra de Campos. I Jornadas Medina de Rioseco en su historia, Diputación Provincial de Valladolid, Valladolid, 2001.