miércoles, 26 de agosto de 2015

LA YESERÍA EN LA PROVINCIA DE VALLADOLID II: La bóveda de los Corral de Villalpando en la iglesia parroquial de Rodilana


En la iglesia parroquial del pequeño pueblo de Rodilana, localidad muy cercana a Medina del Campo, se halla una de las bóvedas de yesería más espectaculares de cuantas se conservan hoy día en nuestra querida provincia. Me gustaría señalar que la gran mayoría de los textos han sido obtenidos del magnífico libro de Teresa Gómez Espinosa que trata sobre los Corral de Villalpando. También apuntaros que si os gusta el tema de las yeserías, ya tratamos en una anterior entrega las de la iglesia de Santiago de Alcazarén y la de San Martín de Valladolid capital.
La iglesia no es la primitiva puesto que, de esta, de raigambre mudéjar, tan solo se conservan los dos cuerpos inferiores de la torre, y una portada de ladrillo, descubierta hace tan solo unos pocos años. La cabecera del templo, un gran ábside poligonal con largo tramo presbiteral flanqueado por dos estancias cuadradas, fue levanta en la década de 1550. Con posterioridad se procedió a construir el cuerpo de la iglesia; éste consta de tres naves, más ancha y alta la central que las laterales, separadas por grandes arcos diafragma de medio punto sobre pilares. La bóveda que nos ocupa se halla sobre el tramo central de la cabecera. Esta se cubre con una cúpula ovalada sobre trompas en los ángulos posteriores, con una riquísima decoración de yeso en parte policromado dorado, cuya labor atribuyó Pérez Villanueva a los hermanos Villalpando (Juan, Jerónimo y Ruy), fechándose su elaboración hacia 1563 por las afinidades que presenta con una de sus obras postreras, la decoración de la Casa Blanca de Medina del Campo.

La bóveda, encamonada, se compone de dos cascarones –bóveda de horno– unidos por un tramo central rectangular; esta planta tan peculiar es la que denomina Fernando Checa de “circo o hipódromo”. Por el lado del arco triunfal que da acceso al presbiterio la bóveda arranca a partir de dos trompas, mientras que en el lado opuesto se adapta al perfil poligonal del ábside. La decoración de yesos policromados abarca toda la superficie de la cúpula, así como las trompas y el intradós del arco toral. La ornamentación se dispone en tres cuerpos sucesivos que, a su vez, se subdividen en registros. En el primer cuerpo aparecen las figuras de los Evangelistas, los Padres de la Iglesia y los ángeles, incluyéndose una imagen de la Virgen Dolorosa en el nicho central, de mayores proporciones que el resto, y que h quedado oculta tras el ático del retablo que se colocó posteriormente.

A partir de este nicho central y hacia la derecha, las imágenes se suceden como sigue: San Juan Bautista, San Hilario, San Jerónimo, un ángel sedente sobre el arco que cierra uno de los dos vanos del presbiterio, San Agustín, San Ambrosio, un ángel con signos de la Pasión situado encima de la trompa que sostiene la Fe, tres ángeles portadores de otros tantos símbolos pasionarios –pueden apreciarse claramente una columna y una escalera–, pero de tamaño mayor que el anterior y que situado encima de la Sinagoga, y a continuación Santiago peregrino, San Lucas, un ángel turiferario –sobre el otro vano–, San Mateo, San Marcos y San Juan Evangelista. Todas estas figuras constituyen bajorrelieves inscritos en hornacinas rematadas en veneras que se separan a través de columnas pareadas de fuste estriado, salvo en su tercio inferior, dispuestas sobre mensulones profusamente decorados con bustos alados, angelotes y máscaras, lo mismo que el entablamento que corre entre ellos y bajo el cual se disponen guirnaldas con floreros.

El segundo cuerpo se separa del primero por medio de un entablamento similar al descrito anteriormente, aunque más sencillo, y en el que las máscaras de felinos se han sustituido por bucráneos. Ocupando el registro central, sobre la Virgen, la imagen en relieve de Cristo Triunfante, mientras que en el resto de los registros se suceden las grisallas que componen quince escenas de la vida de Cristo y dos del Paraíso terrenal: la Virgen, la Ascensión, la Bajada a los Infiernos, el Santo Entierro, el Descendimiento, la Crucifixión, el Cirineo, Ecce Homo, la Coronación de Espinas, la Flagelación, la Oración en el huerto, el Nacimiento, la Anunciación, el Pecado, la Creación de Eva y San Juan Bautista, todos ellos en un formato cuadrangular y separados por estípites antropomorfos; en la zona inferior de cada composición aparecen un par de “putti”, sedentes sobre el entablamento, sosteniendo un haz de frutos. Un nuevo entablamento da paso al tercer y último cuerpo, el de menor altura, en el que van alternándose bustos de la Vida y de la Muerte, en un ritmo reiterativo, separados por figuritas humanas, mujeres vestidas y niños desnudos, en actitudes muy variadas que imprimen cierto movimiento a este cuerpo, el más estático de todos. De nuevo, aparece una constante de la obra de los Corral: la Muerte, aquí representada como un busto togado sobre fondo de guirnaldas, en contraposición a la Vida, un busto masculino tocado con turbante y atavío de inspiración militar.
Otro entablamento sencillo, de simples molduras, constituye la transición entre el último cuerpo y la cúpula gallonada que cierra el conjunto. La sobriedad del fondo blanco queda realzada por el dorado de las aristas en esta cúpula de cuyo centro pende una clave en el más característico estilo de los Corral: un círculo de cabezas barbadas entre acantos y volutas en el que se inscribe el pinjante adornado por estípites alados, cabezas de angelotes y máscaras felinas, todo policromado y abundantemente dorado. Precisamente en este cuerpo se insertan parcialmente los dos vanos abocinados a los que hemos aludido. Se adornan con relieves de máscaras femeninas y mascarones felinos de los que penden motivos florales y frutales, así como finos grutescos que se localizan en las jambas. El tema principal del programa iconográfico de Rodilana gira en torno a la figura de Cristo como Redentor del género humano.

La cúpula arranca de las figuras simbólicas de la Fe. Por un lado, la antigua, personificada por la matrona que representa la Religión Judaica; por otro la nueva, es decir, la Fe Cristiana; ambas situadas en el plano más inferior y al parecer cumpliendo el cometido de sustentar el programa desarrollado en la cubierta.
En las trompas se sitúan dos figuras alegóricas: la Fe y la Sinagoga o la Religión Judía, ambas inscritas en óvalos. La Fe cristiana, además de llevar la inscripción “Fides” sobre su cabeza, se representa como una mujer joven vestida de blanco, con cuello de gola –un detalle anecdótico que refleja el gusto por esta moda importada de Francia a mediados del siglo XVI–, y cabello dorado parcialmente velado por un tocado en el que destaca un broche, también dorado, sobre la frente. Porta alguno de sus atributos característicos: un copón con la Sagrada Forma en su mano derecha, que simboliza la fe en el sacramento del altar, y una vara en la mano izquierda, que corresponde al larguero de la cruz, hoy parcialmente perdida, simbolizando la creencia en la Crucifixión. La otra figura representa la Religión Judaica: una mujer madura con los ojos vendados, vestida de blanco, tocada con turbante y portando en la mano derecha una vara escuadrada que debe corresponder a la del legislador hebraico, mientras que con la izquierda sostiene las Tablas de la Ley. En los fondos, adornando la figura de la Fe unas guirnaldas de frutos, y unos drapeados en la Sinagoga. En el intradós de los arcos corre una leyenda en cada lado: “OVI TIMET DEUM FACIET BONA” en la Sinagoga y “OB(….)NONNOBIS SED NOMINE TUOD” en la Fe.

Cabe destacar las rosetas del intradós de los arcos de las trompas presentan el mismo diseño que los que ocupan el mismo lugar en el arco de acceso a la capilla de la Casa Blanca de Medina del Campo, éstos, al parecer, sin policromar, aquellos con ciertos detalles resaltados en oro sobre el fondo blanco. Cabría pensar en el mismo molde para los dos casos, o moldes muy similares, ya que el relieve es idéntico, con la salvedad de una ligera diferencia en los pétalos de las pequeñas rosetas que conforman las uniones angulares de los casetones.
Sin duda, lo más logrado de esta cúpula son las figuras en relieve que se distribuyen en el primer cuerpo, personajes vigorosos dispuestos en actitudes bastante movidas, que se acentúan especialmente en el caso de los Evangelistas al adoptar éstos las más variadas posturas, así como en los ángeles pasionarios, constituyendo un rico repertorio que se ve realzado por la prolija decoración arquitectónica.
En el primer cuerpo aparecen los Evangelistas junto a los Padres de la Iglesia, estos últimos comentaristas de las Sagradas Escrituras y defensores acérrimos del dogma ortodoxo. La presencia de la Virgen en el registro central pudiera aludir, en este contexto, a la Iglesia personificada en la Madre de Dios. San Juan Bautista, a la derecha de la Virgen, y sosteniendo el cordero, representa el papel del precursor del Mesías, a la vez que el de enlace entre Antiguo y Nuevo Testamento. La presencia de Santiago el Mayor se justifica al ser este apóstol el evangelizador de la península ibérica. Los ángeles pasionarios servirían aquí de enlace con las escenas que se desarrollan en el anillo superior.

En el segundo cuerpo el Juicio Final constituye el tema central: Cristo Triunfante –destacado al representarse en relieve policromado ante el resto de las escenas compuestas en grisalla– flanqueado por la Virgen, a la derecha, y San Juan Evangelista, a la izquierda, como intercesores. Ambos personajes se disponen arrodillados sobre un lecho de nubes, dirigiéndose suplicantes hacia Cristo Juez. A la izquierda de la Virgen, e inscritos en una convencional aureola nimbada, aparece un grupo de figuras humanas desnudas y, al parecer, semidesnudas –el mal estado de conservación de la grisalla impide precisar más detalles–, que deben representar a las ánimas del purgatorio. A su vez, a la izquierda de San Juan, se perfilan –también en lamentable estado de conservación– las siluetas de varias figuras humanas desnudas en agitadas posturas, convulsionadas, algunos de cuyos brazos parecen querer aferrarse a una larga vara dramáticamente, y revueltas entre una monstruosa figura demoníaca con aspecto de dragón, quizás aludiendo a la bestia apocalíptica de siete cabezas, que debe representar al infierno. En relación con esta escena del Juicio Final quizás cabría situar a los ángeles turiferarios que se disponen sobre las ventanas del primer cuerpo.
En las grisallas se desarrolla el ciclo de la Vida de Cristo, aunque de manera parcial: de la Anunciación y la Natividad se pasa directamente a la Pasión, Muerte y Resurrección. Las dos primeras escenas citadas se justifican como iniciadoras del ciclo que finaliza con la Muerte y Resurrección. La presencia de las composiciones del Antiguo Testamento, como son las citadas del Paraíso Terrenal, deben interpretarse como alusivas a la Redención, Adán es el primer personaje bíblico que prefigura a Cristo, aquel perdió a la humanidad con su pecado, pero Cristo aparecerá como un nuevo Adán para salvar al género humano a través del sacrificio de su propia vida. La creación de Eva, representada aquí en vez de la de Adán, simboliza el nacimiento de la Iglesia: tal como Eva surge del costado de Adán, surge la Iglesia del costado de Cristo crucificado. Hay que recordar que, tal como señala Santiago Sebastián, ya en la Capilla de los Benavente se dio más importancia a la creación de Eva que a la de Adán.

En el último nivel la alternancia de la Vida y la Muerte, plasmada esta última a través de uno de sus atributos más significativos, la calavera, queda perfectamente encajada en el programa iconográfico descrito. Este tema quizás deba interpretarse desde el punto de vista cristiano, advirtiendo que el alma ha de prepararse ante el trágico destino humano. Aunque la representación de la Muerte suele identificarse con contextos de carácter funerario –que no es este caso–, no resulta extraña en absoluto esta iconografía en decoraciones de conjuntos monumentales ajenos a aquellos.
El zócalo de este ábside estuvo originalmente alicatado, al estilo de lo que aún se conserva –aunque sea parcialmente– en la Capilla de los Reyes de la Catedral de Palencia, pero ahora solo pueden apreciarse ligeros vestigios de aquella decoración ocultos tras el retablo dieciochesco que, por otro lado, esconde el nicho central del primer cuerpo, ocupado por la Virgen, y parte de la decoración que lo rodea.

Pérez Villanueva apuntaba la posibilidad de que en Rodilana interviniesen los dos hermanos Corral, haciéndose cargo, por tanto, de la labor arquitectónica Juan, así como la idea de que las grisallas pudiesen atribuirse al propio Jerónimo. En este sentido, y poniendo de manifiesto sus dudas y el hecho de que cualquier contestación categórica sería aventurada al carecer de fundamento, argumentaba que ciertos detalles de la composición y estilo ponen estas pinturas en relación con Jerónimo del Corral, no obstante, el hecho de que en una obra fundamental de estos dos autores como es la Capilla de los Benavente esté documentada la participación de pintores como policromadores de sus yeserías, al no entrar en esto los Corral “por no ser esto de su arte”, se opone a dicha hipótesis, pero otras circunstancias parecen indicar que dicha hipótesis puede resultar verosímil, pues en Rodilana se trata de grisallas, de diseños mucho más simples que admiten ciertas ligerezas de ejecución, pues quedarían disimuladas por el propio lugar que ocupan en la altura de la bóveda, y, en definitiva, entre las pinturas de Rodilana y las de Rioseco no pueden establecerse comparaciones. Además, cabría la posibilidad de que los Corral contasen con colaboradores para este tipo de trabajo.
Las grisallas de Rodilana denotan una fuerte influencia italiana y su manierismo es patente. Aunque no pueden considerarse una obra de calidad notable, no cabe duda de que dentro de su sencillez se aprecia cierta corrección formal, no exenta de defectos, y, desde luego, nos parecen de mayor interés que las de la iglesia de la Magdalena de Medina del Campo, con las que las relaciona Pérez Villanueva. A pesar de todo, parece que unas y otras no se deberán al mismo autor, pues se aprecian notables diferencias, aunque, eso sí, en ambas el manierismo es muy acentuado.

BIBLIOGRAFÍA
  • GÓMEZ ESPINOSA, Teresa [et. al.]: La obra en yeso policromado de los Corral de Villalpando, Instituto de Conservación y Restauración de Bienes Culturales, Madrid, 1994.
  • MARCOS VILLÁN. Miguel Ángel y FRAILE GÓMEZ, Ana María: Catálogo Monumental de la provincia de Valladolid. Tomo XVIII. Antiguo partido judicial de Medina del Campo, Diputación de Valladolid, Valladolid, 2003.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada