sábado, 21 de junio de 2014

LOS RETABLOS DEL CONVENTO DE SANTA CLARA DE VILLAFRECHÓS: Un árbol genealógico franciscano


Aunque la casa franciscana de Villafrechós inicia su andadura en 1406, con la donación generosa de la señora de la villa, Urraca de Guzmán, la certera noticia de dos importantes incendios que, en 1515 y 1704, arrasaron el convento, esta es la razón de la principal escasez de bienes muebles conservados en la casa. Ambas catástrofes aparecen distanciadas en el tiempo, pero los datos documentales vienen a confirmar la desaparición de elementos del mobiliario litúrgico y de los objetos de devoción que caracterizarían a una fundación de notable antigüedad en el panorama monástico vallisoletano.
El convento de Santa Clara es un edificio gótico del XVI, construido en tapial y ladrillo. La iglesia consta de una sola nave de un tramo, que sólo dibuja un brazo del crucero. Va cubierta con crucería estrellada de combados en la capilla mayor, y de nervios rectos en el cuerpo de la iglesia. La plementería es de ladrillo. Se accede a la capilla mayor por arco triunfal apuntado apoyado en pilastras cajeadas con decoración de dentellones, con una hornacina alta con venera en cada una de aquéllas. Presenta escudos de los Duques de Osuna. Tiene decoraciones de medallones de buena calidad, de un seguidor de los Corral de Villalpando, en los muros de la capilla mayor y en los del tramo de la nave. Todo el interior fue pintado en 1973, como indican algunas inscripciones de los muros. A los pies, se encuentra el coro bajo, al que se accede por arco guardado por buena reja del siglo XVI. En la embocadura del arco, zócalo con decoraciones de azulejos del siglo XVI. La puerta se halla en el lado del Evangelio y se organiza por pequeño arco carpanel. La torre, de tres cuerpos, se construyó en ladrillo, con los dos superiores abiertos en arco de medio punto. Remata en chapitel. Los edificios conventuales se organizan en torno a un sencillo patio.

Vista exterior del convento
Vista exterior de la iglesia, en la que se aprecia claramente la pequeña nave de gran altura
La iglesia aparece amueblada con un conjunto uniforme de retablos dieciochescos que habrían de sustituir a los anteriores, destruidos en el incendio de 1704. No obstante las crónicas aseguran que de esta circunstancia se salvaron coro, iglesia y sacristía, por lo que bien el alhaja miento de la etapa inicial era escaso o las circunstancias favorecieron una renovación integral en unos conjuntos que se juzgarían pasados de moda. Respecto a los actuales retablos, se han señalado en otras ocasiones su uniformidad estilística y su clara vinculación con un avanzado barroco, diferenciando el mayor de los laterales, más evolucionados en el tiempo y expresión de una sensibilidad artística muy lejana de los rigores fundacionales franciscanos.

Los cinco retablos de la iglesia presentan un gran árbol genealógico de la Orden Franciscana. En pocas ocasiones se podrá hallar en menos espacio un número más grande de santos de una misma Orden. Además están representadas devociones de carácter más general como la Inmaculada y San José con el Niño o de la tradicional representación de Santo Domingo, aludiendo al hermanamiento entre las dos órdenes que nunca falta en los conventos franciscanos, la exaltación de la familia seráfica convierte a la iglesia en un catálogo de su santoral. Santos y santas de la orden se exhiben en las hornacinas como ejemplo de conducta y como lección plástica y visual, entre emblemas, cabezas de querubines, medallones y rocallas.

RETABLO MAYOR
La escasa documentación del monasterio permite fechar la obra del retablo mayor entre 1723 y 1733, con un coste de 15.008 reales. Se trata de una máquina de considerables dimensiones y extraordinaria monumentalidad, seguramente la obra de algún maestro ensamblador riosecano, al igual que las esculturas que lo componen. Destaca por su sensación de verticalidad, con tres calles, banco, cuerpo central y ático cubiertos por entero de profusa ornamentación vegetal crespa a trépano. El retablo tiene similitudes con los creados por la familia de los Correas. El retablo mayor no se iba a policromar hasta 1764, como señala una inscripción en el mismo, cuando se está completando la ornamentación del templo.

En el banco destaca la Virgen de los Ángeles, obra de hacia 1500 repolicromada en el siglo XVIII, atribuida a Alejo de Vahía, y que procederá de un antiguo retablo. El Niño está desnudo y se sienta en su rodilla izquierda. Ambas figuras tienen una composición elegante y estilizada. Se completa con dos ángeles en actitud de coronar la cabeza de la Virgen. También en el banco encontramos una buena escultura de Santa Teresa, del siglo XVII, que sigue los modos de hacer de Gregorio Fernández.

Virgen de los Ángeles
Santa Teresa
En el cuerpo se encuentran los cuatro pilares ideológicos del franciscanismo, esculturas contemporáneas a la ejecución del retablo: en las calles laterales San Buenaventura y San Antonio de Padua; en la calle central, Santa Clara y San Francisco. En el ático encontramos un Crucificado gótico, de los de tipología de anatomía naturalista, propia del primer tercio del siglo XIV, pero algunos detalles como las manos ligeramente curvadas en torno a los clavos llevan a Ara Gil y considerar la posibilidad de que sea de mediados del siglo XIV. Tiene corona y el cabello cae hacia la espalda. El rostro es apacible con los ojos cerrados. El perizonium forma duros pliegues trapezoidales. Los pies se cruzan en rotación externa. Se piensa que pueda procede der de la iglesia de San Martín de Zalengas.

San Antonio de Padua
San Buenaventura
San Francisco de Asís
Santa Clara
Crucificado gótico
RETABLOS DE LA NAVE
Encontramos cuatro retablos, dos en el lado del Evangelio y otros dos en el de la Epístola. Todos ellos son idénticos dos a dos. No sabemos a cuál de los dos tipos de retablos hará referencia la escritura que en el año 1765 firmaba el ensamblador y tallista riosecano Sebastián de la Iglesia, actuando como fiador Manuel Recamán Llanos, ambos “de la facultad de la madera”. En la escritura se concertaban en que realizarían dos retablos colaterales “de la propia forma y con la misma arquitectura, altura y diseño que lo están otros dos retablos o colaterales que se pusieron en dicha iglesia el año próximo pasado…” como para hacer “quattro santtos, para cada uno de dichos dos retablos”.

LADO DEL EVANGELIO
Retablo rococó del tercer cuarto del siglo XVIII, con banco, un cuerpo organizado por cuatro columnas decoradas con rocallas y ático semicircular, con esculturas de San Juan Capistrano, San Antonio de Padua (muy bien policromado), San Juan de la Marca y Santa Rosa de Viterbo en el ático, todas del mismo momento. Encima de las hornacinas laterales, hay dos bustos de la Virgen y Jesús dentro de medallones con decoraciones de rocallas.

San Juan Capistrano
San Antonio de Padua
San Jacobo de la Marca
Santa Rosa de Viterbo
Medallón de Jesús
Medallón de la Virgen
El otro retablo, también rococó, y del tercer cuarto del siglo XVIII, posee un esquema arquitectónico mixtilíneo, con un cuerpo y ático. Contiene las esculturas de San Ramón Nonato, San José, San Luis Obispo y ¿Santa Inés de Asís o Santa Catalina de Bolonia?

¿San Ramón Nonato?

San José con el Niño
San Luis Obispo
¿Santa Inés de Asís o Santa Catalina de Bolonia?

LADO DE LA EPÍSTOLA
Retablo barroco del tercer cuarto del siglo XVIII, de traza similar al frontero, con esculturas de San Francisco Solano, Santo Domingo y San Benito de Palermo. En el ático, escultura de Santa Isabel de Hungría.


San Francisco Solano
Santo Domingo de Guzmán
San Benito de Palermo
Santa Isabel de Hungría
Retablo rococó del tercer cuarto del siglo XVIII, de traza similar al catalogado en el lado del Evangelio, con esculturas de la Inmaculada, San Fernando, Santa Coleta y Santa Catalina de Bolonia, de la misma época del retablo.

San Fernando
Inmaculada Concepción
Santa Coleta
Santa Catalina de Bolonia

SILLERÍA
Aunque ya no entra dentro del propósito de este post, no quería terminarlo sin hablar brevemente sobre su curiosa sillería. A los pies del templo y tras la reja, el interés de la sillería coral ha supuesto una verdadera sorpresa en el panorama castellano de este género de mobiliario. A pesar de los incendios, la sillería se conservó y hasta el presente ha pasado desapercibida en el silencio de la clausura, datada en la época a la que corresponde la última intervención.
A finales del siglo XVIII varió el aspecto de la misma con policromías de imitación de jaspes y adornos de rocallas en los remates, lo que ha provocado que siempre se haya considerado a la sillería como obra rococó. Una revisión más concienzuda, por debajo de los repintes y añadidos de épocas posteriores, muestra con claridad un auténtico conjunto contemporáneo de la fundación monástica, en los primeros años del siglo XV, siguiendo modelos arquitectónicos de un depurado gótico civil traspuestos a la ebanistería.

La arquitectura se desarrolla en planta en este ámbito, convertido en una prolongación acotada de la nave del templo. El acceso al mismo desde el claustro conventual, se realiza a través de un vano rematado en un arco túmido fabricado en ladrillo y de clara tradición mudéjar, posiblemente correspondiente a la construcción del palacio preexistente sobre el que fundó la comunidad Urraca de Guzmán en 1406. El conjunto está compuesto de 34 sillas a la que hay que añadir la abacial, de doble anchura y dispuesta en el centro de la tradicional colocación en forma de U, para distinguir la dignidad de la prelada. La simplicidad con la que se concibe el diseño de las sillas corresponde con la autoridad reclamada por la doctrina franciscana, a la vez que se encaja con una sencillez formal en boga que se detecta en otras facetas de la creación artística. El único ornamento se reduce a los elementos arquitectónicos que realizan las funciones correspondientes a esta idea original de convertir al coro en un reservado templo dentro del templo.
Cada silla se estructura con un concepto de extremada simplicidad, evitando cualquier intento ornamental figurativo que pudiera suponer enriquecimiento decorativo alguno. La parte inferior de la silla se articula entre dos pilastras de fuste fasciculado que rematan en un sencillo capitel compuesto por una moldura anular inferior y una prolongación de las facetas del fuste ensanchadas hacia arriba, para terminar en un cimacio en forma de sencillo paralelepípedo. Con este remate se evita la realización de un apoyamanos, un recurso que fue muy empleado en las diversas tipologías de sillerías de coro durante largos siglos. El asiento propiamente dicho es un sencillo tablero abatible en el que no se coloca misericordia alguna, de manera que también así se evita aumentar los espacios susceptibles de mostrar decoración en relieve.

BIBLIOGRAFÍA
  • PARRADO DEL OLMO, Jesús María: Catálogo Monumental de la provincia de Valladolid. Tomo XVI. Antiguo partido judicial de Medina de Rioseco, Diputación de Valladolid, Valladolid, 2002.
  • VV.AA.: Clausuras: el patrimonio de los conventos de la provincia de Valladolid. 3, Medina de Rioseco – Mayorga de Campos – Tordesillas – Fuensaldaña y Villafrechós, Diputación de Valladolid, Valladolid, 2004.

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