jueves, 6 de julio de 2017

EXPOSICIÓN: HIJO DEL LAOCOONTE. Alonso Berruguete y la antigüedad pagana


Ayer día 5 de julio se inauguró una de las exposiciones del año en Valladolid, y seguramente en España. En ella se analiza la figura de Alonso Berruguete, una de las denominadas “Águilas del Renacimiento Español” (los otros fueron Pedro Machuca, Bartolomé Ordóñez y Diego Siloé), así como uno de los tres grandes genios de la escultura vallisoletana (Berruguete, Juni y Gregorio Fernández).
 
Momento de la inauguración, el comisario Manuel Arias en el centro
La exposición no es una de esas muestras al uso en el que se sigue un recorrido cronológico tanto por la vida como por la obra del artista. No. En este caso, la exposición, comisariada por el mayor experto en Berruguete, y uno de los grandes sabios del renacimiento y de la escultura que tenemos la suerte de tener en Valladolid, Manuel Arias, ha decidido incidir en el aprendizaje de Berruguete en Italia, del cual, por otra parte, no tenemos apenas datos. El palentino llegó a Roma en 1506, año en el cual tuvo lugar uno de los descubrimientos arqueológicos más importantes de la histórica, desde el punto de vista artístico, y asimismo fue la obra que más impacto a Berruguete, cuyos efectos los dejaría sentir numerosas veces tras su regreso a España. Esta obra no es otra que el monumental grupo del Laocoonte (245 cm), el cual fue descubierto el 14 de enero de 1506 en una viña cercana a la Basílica de Santa María Maggiore. La escultura fue realizada en el siglo I a. C. por los maestros helenísticos Agesandro, Polidoro y Atenodoro de Rodas. El grupo representa la muerte del sacerdote troyano Laocoonte, castigado por los dioses a morir estrangulado por serpientes marinas junto a sus dos hijos. Hasta el año 1506 el grupo escultórico se creía perdido y tan solo era conocido por descripciones antiguas. Se sabe que en su tiempo formó parte de la Domus Aurea de Nerón y que posteriormente estuvo en el palacio del emperador Tito.
 
MARCO DENTE. El Laocoonte tal y como fue encontrado en la excavación
La escultura original del Laocoonte, conservada en los Museos Vaticanos
Laocoonte realizado por el escultor renacentista Baccio Bandinelli, quien le talló hasta el brazo perdido en el original. Se conserva en el Galería Uffizi de Florencia
Pero Berruguete no solamente puso sus ojos en el Laocoonte, sino en otras muchas esculturas y motivos de la antigüedad conservados en la Ciudad Eterna: mascarones, ménades, putti, grutescos, esculturas griegas y romanas clásicas, elementos renacentistas extraídos de Rafael, Miguel Ángel, Bramante (a los cuales conoció), etc… A mí, la influencia directa que más me ha impresionado ha sido la tomada de una escultura del Dios Pan con flauta travesera para diseñar su famoso Ecce Homo.
 
La exposición está compuesta de cinco áreas temáticas (“La luz de la Antigüedad en Roma”, “Sarcófagos y lecciones”, “Bajo la influencia del Laocoonte”, “Tomando el agua de la fuente”, y “A la sombra de una gran venera”) en las cuales se aborda el aprendizaje y las fuentes de inspiración de ese Berruguete profano que de regreso a España tuvo que adaptar estos motivos a los encargos religiosos que le llegaban. Como bien dice la nota de prensa: “Cuando regresó a España, le acompañaba un aura de vanguardismo, de europeo avanzado. En su maleta italiana “traía” ménades, grutescos, escenas de tragedias griegas o mitos romanos y, en particular, un mármol espléndido de cuyo hallazgo y fama fulgurante había sido espectador, el Laocoonte. La exposición revela cómo reinventó y entrelazó ese universo clásico con nuevas interpretaciones y significados, y cómo erigió sobre ese inconsciente antiguo una obra independiente, desmedida, llena de emoción y vehemencia; una obra que le convertirá en el primer “moderno” de la escultura española”.
 
Dicho todo esto, quizás la pieza estrella de la exposición sea la gigantesca venera que remataba el retablo mayor del Monasterio de San Benito el Real, y que a su vez servía de asiento a las potentes esculturas del Calvario: Cristo Crucificado, la Virgen y San Juan. Asimismo me gustaría señalar la delicadeza y belleza que guardan un magnífico Cristo atado a la columna de Diego Siloé, el retablo de Santa Ana que Berruguete talló para la capilla de Juan Pablo Oliveiro del Monasterio de San Benito el Real de Valladolid, o los espectaculares relieves que se han traído del retablo de la Epifanía que Berruguete talló para la capilla de don Diego de la Haya en la iglesia de Santiago. De los dos relieves de este retablo es especialmente impactante el San José del Nacimiento de Cristo ya que viene a ser la trasposición del Laocoonte: es una copia directa del famoso grupo profano puesto al servicio de un asunto religioso. Además, y quizás sea algo descabellado, en la Virgen de este mismo relieve podemos observar ya elementos que anticipan el movimiento romanista. Cuan interesante sería ver este retablo completamente restaurado, sería sin lugar a dudas una de las piezas señeras del renacimiento vallisoletano.
 
A continuación, se insertarán los textos que presiden cada uno de los capítulos de la exposición, así como diferentes frases que pronunciaron famosos historiadores sobre Berruguete y la importancia que tuvo en su época. Mis más sinceras felicitades a cuantos han contribuido a elaborar esta magna exposición, y especialmente a Ana, a la cual conozco personalmente. Ójala este fuera un comienzo para recuperar la memoria de los grandes escultores de la escuela castellana, de la cual Berruguete fue su "fundador".
“Como Prometeo en la fábula fue el que trajo del cielo a la tierra el fuego, así en la historia del Renacimiento de las artes en España brilla Berruguete como el primero y más sabio artista que trabajo la luz de Italia a nuestro terreno”. ISIDORO BOSARTE
“La excelencia de la escultura del sarcófago de Husillos se puede sumar con lo que dijo Berruguete habiendo estado gran rato como atónito mirándola: “Ninguna cosa mejor he visto en Italia, dijo con admiración, y pocas tan buenas”. AMBROSIO DE MORALES
“Los adornos que trajo Berruguete de Italia han tenido tal felicidad que ha pasado, como en denominación proverbial, a decirse de ellos: estos adornos son de la escuela de Berruguete, adornos por el gusto de Berruguete, esto tira al estilo de Berruguete”. ISIDORO BOSARTE
“Berruguete es un pintor nuestro español y asimismo escultor que vive en Valladolid y es tan gran autor en su arte que en estos tiempos en España y fuera de ella es tenido por uno de los más estimados hombres que hoy viven de su oficio y oficios, porque si en la pintura es excelente en la escultura es perfectísimo”. GONZALO FERNÁNDEZ DE OVIEDO

1- LA LUZ DE LA ANTIGÜEDAD EN ROMA
Desde el siglo XV, Italia había reanudado lazos duraderos con su cultura antigua, dotada de un inmenso prestigio. El gusto de los hombres cultos empezó a alimentarse de restos arqueológicos y tomó vuelo una nueva vida de los clásicos. Surgió sobre todo en Roma, porque era allí donde los creadores tenían ante sus ojos esos relieves, capiteles y fragmentos de estatuas.
Al principio, fue una revolución artística local, luego un modelo consciente de los más adelantados, y, hacia 1500, alcanzó fama europea atrayendo a jóvenes artistas extranjeros para quienes el viaje a Italia cumplió un papel iniciático. Entre ellos, Berruguete será uno de los que más fortuna obtenga de esa estancia. El contacto personal con la Antigüedad marcó su obra, así como la de otros artistas españoles: Machica, Siloé, Ordóñez.
En este “pozo de materiales” que era el suelo romano -seleccionando aquí un gesto, allí una escena-, los artistas crearán un léxico figurativo que resultará “nuevo” porque reinterpreta uno “clásico”. De manera que, como pronto comprendió Berruguete, “ser antiguo” será la mejor manera de “ser moderno”.

ANÓNIMO MADRILEÑO. El fuego o Prometeo (1675-1700). Museo Nacional del Prado. Madrid
GIOVANNI BATTISTA FOGGINI. Laocoonte y sus hijos (h. 1720). Palacio Real. Madrid
PIETRO MARTIRE FELINI. Tratado nuevo de las cosas maravillosas de la alma ciudad de Roma (1610). Biblioteca Nacional. Madrid
ALONSO BERRUGUETE. Ecce Homo (h. 1525). Museo Nacional de Escultura. Valladolid. ANÓNIMO ROMANO. Joven Pan con flauta travesera (150-175 d.C.). Museo Nacional del Prado. Madrid

ALONSO BERRUGUETE. San Pedro y San Pablo del Retablo de la Epifanía (1537). Iglesia de Santiago. Valladolid
FRAY RODRIGO DE HOLANDA. Retrato de Michelangelo Buonarroti (h. 1550). Museo Nacional de Escultura. Valladolid
DIEGO DE SILOE. Cristo atado a la columna (h. 1530). Museo Nacional de Escultura. Valladolid

2- BAJO EL INFLUJO DEL LAOCOONTE
En medio de este entusiasmo por la Antigüedad, el hallazgo fortuito en 1506 del grupo de Laocoonte y sus hijos se vivió eufóricamente, como una revelación “milagrosa”. El mármol describe un trágico hecho de la guerra de Troya, dramáticamente narrado por Virgilio en la Eneida. Plinio el Viejo, por su parte, había elogiado, por encima de cualquier pintura o bronce, la excelencia y el virtuosismo técnico de una escultura sobre dicho episodio en el palacio de Tito. El hallazgo confirmaba la información de Plinio, mostraba el interesante cruce entre fuentes poéticas y obras de arte y exhibía su deslumbrante calidad.
El Laocoonte desencadenó súbitamente una literatura de elogios y, entre los artistas, un sinfín de lecturas y variaciones, acreditando las muchas sugerencias que los antiguos ofrecían a los modernos. Se convirtió en un exemplum doloris que alimentará el imaginario del dolor cristiano; y en un exemplum artis inspirador para maestros como Miguel Ángel o Tiziano.
Berruguete, que participó en un concurso organizado por Bramante para modelar la copia de la estatua, quedará impregnado de su huella para siempre.

J. TRILLES. Laocoonte y sus hijos (1887). Museo Nacional de Escultura. Valladolid
MARCO DENTE. Laocoonte (1517-1519). Colección Furió
ALONSO BERRUGUETE. Sacrificio de Isaac, procedente del Retablo mayor del Monasterio de San Benito el Real (1526-1532). Museo Nacional de Escultura. Valladolid
ALONSO BERRUGUETE. Anunciación del Retablo de la Epifanía (1537). Iglesia de Santiago. Valladolid
ALONSO BERRUGUETE. Natividad del Retablo de la Epifanía (1537). Iglesia de Santiago. Valladolid


3- SARCÓFAGOS Y LECCIONES
Se ha dicho acertadamente que “el Renacimiento tuvo su cuna en una tumba”. En efecto, los sarcófagos romanos y sus relieves eran una escuela visual en la que los antiguos exhibían lo mejor de su dominio plástico. El relieve es un medio muy singular, que combina las cualidades de la pintura y de la escultura: dominio del volumen, profundidad espacial, efectos atmosféricos y composición de las escenas. Posee, además, una alta eficacia narrativa y dramática.
En los sarcófagos, asociados a la muerte, sobrevive el gesto antiguo, el pathos, un recurso retórico destinado a emocionar al espectador, a conmoverle. Berruguete exploró a fondo las formas de lo patético trasladado la expresividad del alma a la expresividad del cuerpo. Llevó al límite la exageración gestual, la mímica del rostro, el movimiento de los cuellos, el vuelo de los vestidos por un vendaval imaginario. El patetismo de Berruguete devuelve al Renacimiento su violencia, la agitación de las pasiones, y le aleja de su altura ideal.

ANÓNIMO ROMANO. Sarcófago de la Orestíada (siglo II), descubierto en Husillos (Palencia). Museo Arqueológico Nacional. Madridd
JUAN DE VILLOLDO. Llanto sobre Cristo muerto (h. 1550). Iglesia parroquial. Lantadilla (Palencia)
ALONSO BERRUGUETE. Entierro de Cristo (1530-1540). Iglesia parroquial. Fuentes de Nava (Palencia)

4- TOMAR EL AGUA DE LA FUENTE
Los objetos del mundo antiguo eran tesoros muy apreciados: dignificaban las casas patricias y evocaban un pasado ideal, pero también servían de modelo y se imitaban sus gestos y motivos. Los vestigios esparcidos por el paisaje romano regalaban recursos formales que enlazaban con un pasado glorioso que reverdecía.
El universo de Berruguete se constituyó “tomando el agua de la fuente”. Es decir, no a través de estampas o de fuentes indirectas, sino paseándose entre sarcófagos y columnas, copiando ruinas, imitando arquitecturas y quién sabe si reptando por los huecos de la Domus Aurea para dibujar sus monstruos y droleries.
Este método de absorción del inmenso imaginario clásico se evidencia en esta sala, tanto en las figuras como en las ornamentaciones de retablos. Berruguete tomaba ideas, observaba los originales, diseccionaba sus formas y movimientos y estudiaba a fondo gestos y posturas, para luego rehacer las composiciones, invertirlas y especular con variaciones, según la doble forma de la copia literal o de la inspiración libre. Amorcillos, sibilas, sirenas y grutescos eran imitados escrupulosamente o reelaborados a capricho.

ANÓNIMO ROMANO. Musa pensativa (mediados del siglo II a.C.). Museo Nacional del Prado. Valladolid


5- A LA SOMBRA DE UNA GRAN VENERA
El encargo a Berruguete del retablo de la iglesia de San Benito fue una apuesta innovadora de la orden benedictina, que dejó al artista una libertad infrecuente en estos contratos. Lo más radical era su coronamiento, una gigantesca concha (asociada al mito marino de Venus) sobre la que reposaba el Calvario, formando un imponente conjunto, de dificultosa plasmación conceptual y complejas exigencias constructivas.
En un golpe de efecto casi extravagante, el escultor piensa como un arquitecto y hace un edificio dentro de otro. Concibe el retablo, un mueble de madera ornamental, mediante soluciones estructurales propias de edificios de piedra o ladrillo, como las medias cúpulas de la Domus Aurea o de las basílicas romanas.
Es un capriccio visual y constructivo muy del gusto manierista, que se hace aún más audaz cuando la venera, lejos de acoger la escena del Calvario, se mantiene deshabitada y el grupo escultórico queda suspendido, e inestable, sobre el borde exterior semicircular.
Su ornamentación está cargada de referencias anticuarias, provenientes una vez más de la admirada Domus Aurea de Nerón.

ALONSO BERRUGUETE. Venera del Retablo mayor del Monasterio de San Benito el Real (1526-1532). Museo Nacional de Escultura. Valladolid
GEORGES CHEDANNE. Reconstrucción de la sala del Laocoonte en la Domus Aurea de Nerón. Musée des Beaux-Arts. Rouen
GUIOT DE BEAUGRANT. Traza del retablo mayor de Santiago de Bilbao (1533). Colección BBVA

6- UN ARTISTA “TOTAL”
Aunque Berruguete se formó en Italia como pintor, por exigencias de la clientela hispana, se dedicó preferentemente a la talla, arte en el que alcanzará una singular e insólita posición. A pesar de su fama como escultor, fue un maestro como arquitecto de retablos y nunca abandonó totalmente la pintura. Pero, por encima de todo, fue un creador integral, siguiendo la estela de sus maestros italianos y de las nuevas teorías sobre el arte.
Aquí, un mismo tema, la Circuncisión, es tratado como escultura, en el relieve del retablo de San Benito, o como pintura, en la tabla del colegio salmantino.
Todas las artes -arquitectura, decoración, pintura, relieve- tienen su matriz intelectual en el dibujo, práctica que adquirirá una consideración superior, en tanto que expresión intuitiva de la mente del artista, de su pensamiento más libre. Esta fue una de las lecciones italianas: que el arte no es un mero oficio artesanal sino la plasmación de un disegno interno, en el que la primacía del “proyecto” introduce un cambio radical en la idea de creación.

ALONSO BERRUGUETE. Circuncisión (h. 1530). Galería Uffizi. Florencia
ALONSO BERRUGUETE. Circuncisión del Retablo mayor del Monasterio de San Benito el Real (1526-1532). Museo Nacional de Escultura. Valladolid
ALONSO BERRUGUETE. Circuncisión (1529-1531). Colegio Mayor del Arzobispo Fonseca. Salamanca


7- CÓDIGOS RELEÍDOS Y PROLONGADOS
El “archivo” grecorromano de Berruguete es inmenso. Aunque sus doce años en Italia sean un enigma -y resulte difícil poner nombres y fechas a su aprendizaje-, basta contemplar sus obras, a gran tamaño o a minúscula escala, para admirarse del acervo de formas, figuras y escenas que acopió, en una enciclopedia riquísima, fruto de una curiosidad obsesiva y de una prodigiosa capacidad de observación.
Se convirtió en un artista muy respetado. Se decía ya en 1553 que quienes querían ser artistas se acercaban a su casa vallisoletana “para oír plática y tomar doctrina de él”. Es cierto que tuvo un abultado número de seguidores de reconocida pericia en la talla en madera y dominio del oficio, pero ninguno alcanzó su nervio ni su originalidad.
Además, el clima de crecientes tensiones religiosas imponía unos gustos más empeñados en la difusión del mensaje contrarreformista que en la libertad inventiva Para esas fechas, la Roma que Berruguete conoció apenas existía: el ambiente se había vuelto hostil a las aficiones paganas, antihumanista y severo.

ALONSO BERRUGUETE Y TALLER. Lápida de Juan Pablo Oliveiro (1540). Ayuntamiento. Valladolid
ALONSO BERRUGUETE Y TALLER. Retablo de Santa Ana (1540). Museo Nacional de Escultura. Valladolid
ALONSO BERRUGUETE. San Marcos Evangelista (1526-1532). Museo Nacional de Escultura. Valladolid
ALONSO BERRUGUETE. Mascarones del Retablo mayor del Monasterio de San Benito el Real (1526-1532). Museo Nacional de Escultura. Valladolid

A modo de apéndice os recomiendo el libro monográfico “Alonso Berruguete. Prometeo de la escultura”, realizado por Manuel Arias, comisario de la exposición, el cual contiene de forma pormenorizada la vida y obra del genial artista paredeño.
Asimismo os dejo aquí unos links acerca de las obras de Berruguete, o relacionadas con él, sobre las que hemos tratado en el blog. Nada más, espero que os acerquéis a ver la exposición.

No hay comentarios:

Publicar un comentario