sábado, 2 de agosto de 2014

PINTORES VALLISOLETANOS DESCONOCIDOS: Francisco Galicia, un pintor de la "Escuela de París"


Francisco Galicia Estévez nació el 4 de junio de 1895 en el portal nº 23 de la vallisoletana calle de Santa María. Sus padres fueron el pintor Leónides Galicia y Gratiniana Estévez, naturales de Zaratán y Valdenebro de los Valles, respectivamente. Leónides, aunque no pasó de ser un modesto pintor y escenógrafo del Teatro Calderón, fie siempre guía y entusiasta animador de su hijo.

Leónides Galicia
El jóven Francisco Galicia
El mismo Francisco Galicia contaba que siendo aún muy niño, al tiempo que asistía a la escuela, frecuentaba el taller de escenografía que tenía su padre en el citado teatro, en donde contemplaba admirado los decorados que allí se realizaban para las diferentes compañías que en él actuaban a comienzos de siglo. Comentaba Galicia: “Recuerdo con emoción que en el año 1903, cuando yo tenía ocho años, mi padre pintaba por entonces el telón de boca de dicho teatro que representaba un tapiz con una escena del Alcalde de Zalamea…, dicho telón estaba clavado en el suelo y se pintaba andando por encima de él, y ¡cómo me gustaba a mí entonces pasearme por él de un lado para otro!”. El telón al que se refiere el pintor es el que aún conserva el teatro. Se pintó en recuerdo del día de la inauguración del edificio, en que se interpretó dicho drama, y es una de las pocas obras conocidas de Leónides Galicia.

Teatro Calderón. Telón de boca (1903) Leónides Galicia
En el taller de su padre se despertaría su vocación artística, ayudándole en sus trabajos de escenografía. También por entonces se matricula y asiste a las clases de la Escuela de Bellas Artes de Valladolid, por esos años bajo la dirección de José Martín y Monsó.
Con algunos jóvenes valores locales competiría Galicia en certámenes y concursos convocados por instituciones y organismos públicos de la ciudad. Así en noviembre de 1911 participó en el celebrado por el Ayuntamiento de Valladolid, en colaboración con la Real Academia de Bellas Artes vallisoletana, para el disfrute de una beca de pintura en el extranjero. Integraron el jurado los académicos y profesores de la Escuela Martí y Monsó, Sánchez Santarén y el escultor Ángel Díaz. Los aspirantes admitidos fueron Raimundo de Castro Cires, Valentín Orejas, Francisco Galicia, Vicente Feliú Lorenzo y Eduardo García Benito. Todos ellos hubieron de superar las diferentes pruebas, consistentes en los siguientes ejercicios: dibujar al carbón una estatua clásica, pintar al óleo y al natural un modelo clásico (una “Academia”), una cabeza y un boceto de una procesión de pueblo, así como contestar a tres temas teóricos de Historia de la Pintura, Perspectiva y Anatomía.

Parque de Montsouris (París)
Patio de Montrouge (París)
Pueblo de la Provenza
Tienda de París
Espoleado por el ejemplo de sus compañeros de la Escuela vallisoletana, el joven Galicia soñaba con trasladarse a Madrid para conocer ampliar sus horizontes. En 1912 tiene lugar el deseado viaje. En la capital de España entra a trabajar con el más conocido decorador de entonces, Amalio Fernández, escenógrafo del Teatro Real y amigo de su padre, quien le coloca en su taller como ayudante, obteniendo al mes siguiente el grado de oficial. Galicia alterna este oficio con sus estudios de pintura matriculándose en las clases de la Escuela de Bellas Artes de San Fernando. Aunque su dedicación profesional a la decoración absorberá a partir de entonces buena parte de su tiempo, simultáneamente se va forjando también en él una intensa vocación pictórica, y más concretamente, un acusado interés por el paisaje, tanto campestre como urbano.

Taller de Amalio Fernández
Amalio Fernández
En los ratos libres que le dejaban las clases y su trabajo de ayudante de escenógrafo aprovechaba el tiempo yendo al Casón del Buen Retiro, antigua sede del Museo de Reproducciones Artísticas, en donde dibujaba incansablemente las estatuas clásicas allí reunidas que servían de modelo a los jóvenes artistas. También por estos años, fascinado por la pintura de los grandes maestros, frecuenta el Museo del Prado, en donde se ejercita pintando copias de los cuadros más famosos que vende a turistas para ayudarse en su maltrecha economía.
Su carácter cordial y extrovertido le lleva a vivir con intensidad el animado y pintoresco ambiente de la bohemia madrileña de los años 20. Se relaciona con un buen número de artistas y escritores, y ya por estos años frecuenta con asiduidad algunas de las más célebres tertulias y cenáculos artístico-literarios de los cafés madrileños. En el “Levante” hace amistad hace amistad con Valle Inclán y Ramón Pérez de Ayala, pero sobre todo se relaciona con su paisano Anselmo Miguel Nieto, con Julio Romero de Torres y el dibujante Penagos, congeniando de una manera especial con Aurelio Arteta, el gran pintor vasco cuya primera formación tuvo lugar en Valladolid.
Por estos años trabaja asimismo como ilustrador en algunas editoriales madrileñas, sobre todo en la editorial Renacimiento, cuyos directores, Ricardo León y Víctor de la Serna, le encargan dibujos para portadas, iniciales, cabeceras y colofones de libros. Precisamente, gracias a esta dedicación como dibujante va a hacer posible la realización de ese sueño acariciado por todos los jóvenes artistas de su tiempo consistente en poder viajar a París. Su primer contacto con la ciudad del Sena tuvo lugar en 1924, cuando fue pensionado por la Editora Nacional en su sección de Artes Gráficas. Allí permaneció alrededor de dos años, integrándose en el activo grupo de compatriotas que por entonces trabajaban en la capital francesa y que constituían por esos años uno de los núcleos más vitales y de vanguardia de la denominada Escuela de París.

Vista de un pueblo
Lo que atrajo a Francisco Galicia de París fue, sobre todo, el paisaje urbano. Ningún otro tema llamó prácticamente su atención. Desde sus primeros lienzos es patente la absoluta fascinación que ejercieron en su ánimo las silenciosas calles y solitarios rincones de un París íntimo y sereno.
Aunque se interesó por Cézanne y por el Cubismo, fue especialmente Utrillo, el pintor de moda por entonces y ya plenamente aceptado, quien más llamó su atención. Tras sus penosos comienzos de artistas maldito y rechazado, Maurice Utrillo llegó a convertirse en uno de los pintores más cotizados del momento, cuyo estilo sencillo e ingenuo fue seguido por multitud de imitadores que repitieron hasta la saciedad sus características vistas urbanas de la pintoresca bohemia parisina. Si bien Galicia se dejó llevar por esta corriente, su pintura logró liberarse de esa excesiva sujeción, mostrando su obra indudable personalidad.
Tras esta primera estancia en París regresa a Madrid donde gana una plaza de profesor de dibujo en el Instituto de Tarancón (Cuenca), que compagina con su dedicación a las tareas decorativas. Su prestigio en este oficio se va afianzando por estos años, abriendo en Madrid un taller de decoración.

Granada
Pocos años después vuelve a París, donde pinta una larga serie de lienzos con vistas de la ciudad, encontrándose a comienzos de la década de los 30 de vuelta en Madrid. Por entonces frecuenta el Círculo de Bellas Artes y el Ateneo madrileño, en donde conoce a don Manuel Azaña, con el que le va a unir a partir de entonces una profunda y leal amistad. Galicia se convirtió en uno de sus más fieles seguidores y componentes de su círculo. Hombre liberal, progresista y republicano convencido, la personalidad del eminente político sedujo a Galicia hasta el punto de llegar a ser uno de sus más íntimos amigos e incondicional “azañista”.
Frecuenta las tertulias del Ateneo madrileño, bajo la presidencia de Azaña, conocen su época dorada. Por entonces el Ateneo no solo era un centro científico, literario y artístico de primer orden sino también un reducto político donde buena parte de sus socios trabajaban por la implantación de la República. Rodeado de este ambiente de agitación política, Francisco Galicia estuvo al lado de don Manuel tan sólo como amigo incondicional y entusiasta admirador, sin llegar a detentar nunca ningún cargo ni responsabilidad política. Por amistad hacia Azaña se afilió por estos años a su partido –Acción Republicana–, haciéndolo más tarde al de Izquierda Republicana.

Manuel Azaña
El tiempo libre que le dejaba su trabajo como decorado y las tertulias y discusiones políticas, lo dedicaba a pintar, interesándose cada vez más por el paisaje urbano de Madrid, que constituyó otro de sus temas predilectos.
En 1925 contrae matrimonio con Luisa González Fanlo, joven de familia adinerada. Fruto de esa unión serán los nacimientos de sus hijos, Francisco, José Luis y Mari Luz. Veranea por estos años en San Sebastián. Ello le permite entrar en contacto con el paisaje del País Vasco, cuya pintura tanto habría de influirle.
En 1936 concurre por primera vez a las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes, certamen éste que hubo de clausurarse a los pocos días de inaugurarse al estallar el alzamiento. En dicha exposición presentó dos cuadros pintados en Guipúzcoa titulados Motrico y Calle de Alza. Ese mismo año, unos meses después de iniciarse la Guerra Civil se traslada a París. El ambiente de inseguridad y continua pesadilla, así como los horrores de la contienda, hacen que su esposa e hijos se reúnan con él en la capital francesa, una vez que es evacuado su domicilio en Madrid. En compañía de su familia y de su fiel sirvienta Josefa, alquilan unas habitaciones en un modesto hotel –el de los Estados Unidos–, en Montrouge, en la banlieu de París. Allí compagina su trabajo como decorador con el cultivo de la pintura. De estos años datan algunas de sus más características vistas urbanas de París, que son bien acogidas y logra vender con facilidad.

Cercedilla (Madrid)
En 1937, formando parte del equipo del dibujante y cartelista valenciano José Renau, colabora en el montaje de la Sección de Información del Pabellón Español de la Exposición Internacional de París, junto a Gori Muñoz, Félix Alonso y Javier Colmena. En el célere Pabellón realizaría un fotomontaje o collage sobre los bombardeos de la guerra de España, panel no conservado, que asimismo se expondría más tarde en los Campos Elíseos. También y en el mismo lugar, tendría ocasión de colaborar con Joan Miró en su famoso mural El payés catalán en revolución, de dimensiones colosales, e igualmente desaparecido. En el momento de la liquidación del Pabellón se le entregarían a Galicia, para su custodia, algunos documentos y un buen número de ejemplares de los grabados Sueño y mentira de Franco que no habían sido vendidos durante la exposición.
En París revive de nuevo el inquieto ambiente artístico de Montparnasse y reanuda sus contactos y viejas amistades con el grupo español de la Escuela de París. Además de su trato y relación con Picasso y su amante Dora Maar –fotógrafa y pintora vinculada a los surrealistas–, también le unieron lazos de compañerismo y amistad con el malagueño Joaquín Peinado y con el madrileño Juan Esplandiú, entre otros muchos.
Francisco Galicia
Al finalizar la Guerra Civil española, se inicia una nueva odisea para el pintor y su familia. Comienza la Segunda Guerra Mundial, y ante la invasión alemana de París en junio de 1940, temerosos de represalias, deciden abandonar precipitadamente la capital francesa. Salen de París clandestinamente y sin equipaje, pretextando que van a despedir a la estación a unos amigos. En el viaje, el tren que les llevará a Burdeos, en la zona libre bajo el régimen de Vichy, es bombardeado y ametrallado por los alemanes.
Sin embargo a los dos días de establecerse en dicha ciudad, en la que creían estar a salvo, Burdeos es intensamente bombardeada, siendo alcanzadas varias casas contiguas a la que habitaba el pintor y su familia. Es entonces cuando deciden trasladarse a Montauban con el fin de reunirse con su amigo el presidente Manuel Azaña quien, junto con su esposa Dolores Rivas Cherif y unos pocos seguidores incondicionales, vivía ya por entonces muy enfermo las amarguras y soledad del destierro en dicha localidad francesa.
Allí le acompañaría en sus días finales, siendo una de las cuatro personas que se encontraban en la alcoba de Azaña cuando éste falleció en noviembre de 1940. Fue, asimismo, Paco Galicia quien diseñó e hizo labrar, por encargo de la viuda de don Manuel, la sepultura que ocupó el Presidente en el cementerio de la citada localidad francesa. El pintor recibió de manos de Dolores Rivas Cherif el vestuario de su querido amigo quien quiso, en aquellos días de penuria, que Galicia aprovechara sus trajes y abrigos. Testigo presencia de sus últimas horas, años más tarde Galicia haría un puntual y emocionado relato del calvario y muerte del político.

Tumba de Azaña
Haciendo caso de las últimas recomendaciones de Azaña, Francisco Galicia decidió a fines de 1940 enviar a España a su mujer y tres hijos, quienes se reunieron en Santiuste (Burgos) con los suegros del pintor. Este tardaría aún tres años en volver a España. El temor a que su íntima amistad con Azaña le llevara a prisión, le hizo demorar su regreso, viviendo en Marsella hasta que en 1943 y gracias a su amigo Víctor se la Serna se le permitió tornar a España.
A su regreso a España en 1943, el pintor se instala en Madrid reanudando su actividad profesional como decorador. Abre su estudio en el número 5 de la calle Estanislao Figueras, y en estos años apenas si se dedica a la pintura, volcando sus esfuerzos en sacar adelante a su familia con su trabajo. La pintura se convierte cada vez más en su refugio, en algo íntimo que oculta con pudor a todos. En este sentido, Galicia seguía siendo un pintor inédito y prácticamente desconocido. Su producción, dejada en depósito en París al cuidado de Christian Zervos, Dora Maar y del pintor cubano Wifredo Lam se perdió casi en su totalidad en los días de la invasión alemana. Años después, lograría recuperar una mínima parte de esos cuadros pintados en París, que guardaría desde entonces como un preciado tesoro.
Su vida transcurre sin acontecimientos dignos de reseñar a excepción del accidente de automóvil que sufrió en 1954, cuando regresa de Barcelona con el escultor Ángel Ferrant de visitar a Eugenio D´Ors, en Vilanova i la Geltrú. Sigue no obstante pintando en la soledad de su estudio y para su recreo. Obligado materialmente por sus amistades, que le reprochan su voluntario apartamiento del público y exagerados escrúpulos, presenta dos pequeños cuadros de sus años parisinos a la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1957, titulados Avenida de Montrouge (Seine) y Canal de San Martín. Por éste último obtuvo del jurado una de las ocho medallas de tercera clase, dotadas con diez mil pesetas.

Calle de Madrid
A pesar de su relativo reconocimiento que supuso este premio, que le valió elogiosos comentarios de la crítica especializada así como la aparición de algún que otro artículo, incluyendo la publicación a toda página y en color de su cuadro en la conocida revista Blanco y Negro, Francisco Galicia consideró este pequeño triunfo como algo episódico, negándose a partir de entonces a toda exhibición pública de sus obras.
Durante los últimos años de su vida se encerró en su estudio, dedicándose por completo al cultivo de su auténtica vocación. Es entonces cuando, cansado de su profesión como decorador, cierra su taller y solo vive para la pintura, consagrándose a pintar de memoria paisajes urbanos de París que realiza con ayuda de antiguos dibujos y viejas notas tomadas del natural. En 1973 hace un último viaje a París, en donde vive su hijo mayor, también llamado Francisco. A su regreso refleja sus impresiones en una magnífica serie de lienzos con sus características vistas de la ciudad del Sena. Son todos ellos, cuadros de una dramática soledad que nos muestran calles silenciosas y rincones solitarios, desvelándonos una ciudad de avenidas desiertas, viejas tiendas y ambientes recoletos que el pintor acierta a captar en mudas y sobrias composiciones, de un sentido cada vez más hiperrealista.

Calle de México (Madrid)
En los meses postreros de su vida, sus amigos, y en especial Fernando Chueca Goitia y Joaquín Peinado, lograron convencerle de que mostrara sus obras en público, dándolas a conocer en una exposición antológica en la sala de Santa Catalina del Ateneo Madrileño. Cuando preparaba la inauguración de la muestra, un mes antes, un fallo cardiaco acabó con la vida del pintor el 14 de marzo de 1976.
Curiosamente, tras esta larga vida, su producción como pintor estaba aún por desvelar, y Galicia seguía siendo un artista prácticamente desconocido. Su familia y amigos, abrumados por el terrible golpe de su desaparición, continuaron adelante con el proyecto de su exposición, que se convirtió al mismo tiempo en un homenaje póstumo. Inaugurada en mayo de ese mismo año, la muestra constituyó un rotundo éxito y fue considerada como uno de los acontecimientos artísticos más destacados de la temporada. La crítica alabó unánimemente su estilo sobrio y conciso, así como el encanto lírico y poética atmósfera de sus lienzos que hicieron de su pintura una verdadera revelación.

PERFIL HUMANO
Todos los testimonios que se conocen sobre la personalidad de Francisco Galicia coinciden en destacar su calidad humana y extraordinaria bondad de carácter. Según los que le conocieron, era un hombre jovial y extrovertido. Amante de la vida, poseía una enorme capacidad para hacer amigos. Leal, comprensivo y afectuoso, cuantos le trataron apreciaron siempre su talante magnánimo, su cortesía y caballerosidad. No tuvo enemigos, y a pesar de que en su trayectoria vital hubo también dolor y amargura, su rectitud de conducta le impidió enzarzarse en polémicas y discusiones. Nunca se encrespaba, nunca perdía su proverbial humor, nunca hacía blanco de su ironía las flaquezas y debilidades de los demás, cerrando los chismes con inocentes bromas. Su gran amigo, el periodista Luis Calvo lo describía físicamente como un hombre alto, corpulento, de nobles facciones y rostro bondadoso y amable.

Francisco Galicia
Su afán fue siempre pasar inadvertido, aunque para ello tuviera que sacrificar su reconocimiento público como pintor. Paco Galicia quiso siempre vivir en la sencillez y en la modestia. Incapaz de abrirse camino a costa de los demás, no conoció ni la envidia ni la ambición. De todos era conocido su sentido de la generosidad, que le llevaba en todo momento a pensar en los demás por encima de sus propios intereses.
Entre sus amigos no faltaron grandes artistas, como José Frau, Juan Manuel Díaz Caneja, Cristina Mallo, Angel Ferrant, Francisco Mateos, Eduardo Vicente o el ya citado Juan Esplandiú. No solo buscó sus amistades entre pintores y escultores, también conoció y tuvo por amigos a un sinfín de escritores, periodistas, arquitectos, médicos, actores, directores de cine o toreros. Sería interminable la lista de sus amigos. Entre los más fieles se pueden recordar a Luis Calvo, Víctor de la Serna, Gerardo Diego, Melchor Fernández Almago, Fernando Chueca Goitia, Josefina Carabias, José María Cossío, Pepín Bello, Alfonso Buñuel, García Mercadal, Suárez Carreño, Carlos Arniches, Alfonso Sánchez y otros muchos.

PAISAJES URBANOS DE PARÍS
Dentro de su producción, uno de los conjuntos más atractivos de su obra lo integran, sin duda, los paisajes urbanos pintados durante su estancia en Francia, y especialmente sus admirables lienzos de calles parisinas.
En 1924, a los veintinueve años de edad, llega por primera vez a la Ciudad del Sena. Le interesa de manera especial el paisaje urbano de París: sus calles silenciosas, sus recoletas platas, sus solitarios rincones y desiertas esquinas. En este sentido, su pintura refleja evidentes contactos e inspiración en la obra de Maurice Utrillo, cuya figura, por esos años, se había convertido ya en un mito entre los artistas del círculo parisino. Sus características vistas urbanas de un París inédito y profundamente amado habían terminado por obtener un clamoroso éxito entre críticos y marchantes.
Galicia no nos muestra en sus cuadros el París tópico y pintoresco, la ciudad turística y bulliciosa. No le interesa el París de la Plaza de la Concordia, ni de la Torre Eiffel ni del Sacre Coeur. No le atraen los célebres “Moulins” de Montmartre ni los animados y ruidosos cafés del Barrio Latino. Por el contrario, nos descubre en sus telas rincones inéditos y solitarios de los barrios populares, calles desiertas y desnudas avenidas, espacios tranquilos, ordenados y totalmente vacíos de personajes.

Boulevard Raspail (París)
Caffe de París en día lluvioso (Montrouge)
Calle de Marsella
Calle de Montauban
Su París predilecto es el de las humildes tiendas de comestibles con sus cajones de mercancías en la puerta, el de vulgares casas de blancas paredes en callejas o en mudos patios de los suburbios de la banlieu en donde residió, o el de las viejas barcazas amarradas a las orillas del Sena. El modesto pero lírico ambiente urbano de Montrouge en donde vivió es el protagonista de sus estáticas y sobrias composiciones. Un paisaje intimista, puro y sin ornamentos, que el pintor sabe impregnar de melancolía y soledades, creando verdaderos remansos urbanos.

Calle de París (Boulangerie)
Calle de París
Canal de Saint-Martin (París)
El viejo puerto de Marsella
De entre la sugestiva serie de paisajes franceses pintados por Galicia también habría que recordar algunos pintados en Marsella y sobre todo en Montauban, a donde le llevó su amistad con don Manuel Azaña. Ante ellos de nuevo se comprueba su preferencia por los amplios espacios deshabitados, por los ambientes solitarios siempre de una pureza, lirismo y fragilidad extraordinarios.
Lamentablemente el conocimiento de los cuadros pintados en sus largas estancias en Francia es hoy bastante incompleto. En la precipitada fuga del artista de París, al ser ocupada la capital por los alemanes, se perdió la mayor parte de su producción parisina, de la que el pintor solo pudo salvar posteriormente unas cuantas obras.

Le Lapin Agile (Montparnase)
Le Sacre-Coeur
Montmartre (París)
Montmartre
 
EL MADRID DE FRANCISCO GALICIA
Aunque nacido en Valladolid, nuestro pintor siempre se consideró madrileño de adopción. Su compenetración e identificación con la ciudad, que le acogió como suyo en su juventud, fue completa. Madrid fue el escenario de sus vivencias, marco de sus afanes cotidianos, de sus triunfos y sinsabores. En ella desarrolló su trayectoria profesional, vio crecer a su familia y ensanchó el círculo de sus amistades.
Conoció primero el bullicio y la vitalidad del Madrid de los años 20, y luego, tras el paréntesis de la Guerra Civil, el Madrid, ruidoso y en creciente desarrollo, de la postguerra. Asiduo de tertulias y cafés, conoció y trató prácticamente a todas las figuras relevantes del Madrid de su tiempo. En este sentido, Francisco Galicia fue uno de los últimos representantes de ese Madrid amable y placentero, un Madrid que ya por entonces se recluía nostálgico en sus recuerdos pero en el que todavía había lugar para el deleite de la conversación o del ameno paseo.

Bar "Los Cristales" (Madrid)
Calle Cartagena (Madrid)
Calle de López de Hoyos (Madrid)
Su vocación por el paisaje urbano halló en la capital de España el escenario ideal para su cultivo. Buena parte de su obra la consagró a captar el alma de las calles y viejos rincones de los barrios madrileños. Una ciudad inmersa en un clima de soledad, quietud y silencio, alejada del bullir cotidiano. Un Madrid singular, minucioso, impregnado de un raro encanto e íntima poesía. Los suburbios madrileños, vacíos y mudos, se nos muestran en su soledad dominguera con una grandeza impresionante.
Al igual que hemos visto en sus lienzos parisinos, las calles aparece casi siempre desiertas, las plazas y espacios urbanos se nos muestran como petrificados, sin nadie o con alguna figura solitaria que intensifica aún más su triste desolación. Al decir de Chueca Goitia “son expresión del mundo solitario del pintor que los convierte en paisajes del alma. Su pupila transfigura lo vulgar y lo impregna de un hálito de melancolía que tiene el desgarro de un adiós, de una cruel despedida”.

Calle de Segovia (Madrid)
Plaza madrileña (La Guindalera)
Iglesia de San Pedro (Madrid)
Fue su profunda amistad con Juan Esplandiú y Eduardo Vicente lo que le llevó a cultivar el paisaje madrileño, a partir de la década de los años cincuenta y posteriormente, en la última etapa de su vida. Esplandiú, del que se han de recordar sus espléndidos dibujos y acuarelas que sirvieron de ilustraciones del conocido libro de Pedro de Répide, Las Calles de Madrid, fue quien más influyó en el pintor vallisoletano. A Galicia le interesa la ciudad por sí misma. Persigue captar la íntima poesía y la emoción de sus calles y esquinas que son los únicos protagonistas de sus telas. Ello no implica que su pintura sea algo deshumanizado y sin alma. Se trata de una visión limpia y pura del paisaje urbano, pero no fría ni desangelada.
El Madrid que nos ha transmitido Galicia en sus lienzos lo integran preferentemente las calles en donde vivió o próximas a su residencia y estudio: las calles de Francisco Silvela, de Cartagena, Segovia, Suero de Quiñones, General Zabala, López de Hoyos, el Bar Los Cristales, el quiosco de la plaza de los Sagrados Corazones…, el Madrid de las proximidades del Viaducto y de la plaza del Alamillo.

CASTILLA, GUIPUZCOA Y OTROS ESCENARIOS
Aunque el paisaje urbano constituyó el asunto más querido y el tema más peculiar de la pintura de Francisco Galicia, también le atrajo el ámbito rural, y más concretamente el paisaje castellano, descubierto y puesto de moda en la pintura española desde comienzos de siglo, gracias a la Generación del 98.
La visión tópica de Castilla con sus desoladas llanuras y campos yermos, con sus interminables trigales y remotos pueblos sedujo a escritores y artistas. La temprana lección de Aureliano de Beruete y de Darío de Regoyos fue pronto secundada por otros muchos pintores que, entusiasmados con el paisaje esencial y ascético de Castilla, plantaron su caballete en medio de los ácidos páramos o en sus silenciosos y vetustos pueblos. El paisaje de la Meseta, juzgado hasta ahora como impintable, se convierte por su sentido de la espiritualidad y su carácter tan sobrio, en una verdadera revelación para los artistas de las primeras décadas de siglo, que vieron en él lo más puro y acendrado de la esencialidad de las tierras de España.

Castrojeriz (Burgos)
Cigales (Valladolid)
Iglesia de Celada del Camino (Burgos)
Iglesia de Celada del Camino (Burgos)
Iglesia de Santiuste (Burgos)
Iglesia de Santiuste (Burgos)
Santiuste (Burgos)
Tordesillas (Valladolid)
La pintura de Francisco Galicia no fue ajena a la corriente de exaltación de las tierras castellanas, si bien su interés por el paisaje meseteño fue algo tardío dentro de su obra. Su arte, silencioso, puro y despojado de ornamentos se avenía bien con esta valoración del terruño castellano. Por otra parte, él siempre hizo gala de su profunda castellanidad que se reflejaba en la serenidad y ponderación de su carácter, así como en la afabilidad y propensión a la ironía un tanto seca.
No gusta a Galicia de pintar a plein-air, sino que prefiere tomar rápidos apuntes y construir posteriormente sus paisajes en la soledad de su estudio. Sabemos por su amigo Luis Calvo que rara vez plantaba su caballete en medio del campo para copiar directamente del natural, sino que por el contrario, solía contemplar con detenimiento el  paisaje elegido; reteniéndolo en su mente, para después y delante del lienzo interpretarlo fielmente con sus pinceles. Son tal vez estos pequeños cuadros sus obras más íntimas, pueblos solitarios y como petrificados, pueblos sumidos en un apacible clima de silencio por cuyas calles nadie transita y en las que reina una calma especial y una serena melancolía. A partir de 1965, hará frecuentes viajes a su Castilla natal, pintando la Plaza Mayor de Tordesillas con sus soportales, la majestuosa iglesia de Cigales con sus poderosas torres gemelas, la innegable belleza de los campos son dorados trigales de Castrojeriz, las iglesias medievales y el blanco caserío de Santiuste, Celada del Camino, Lerma, el castillo de Turégano, etc.
Sus primeras obras conocidas, fechadas en 1928 tuvieron por escenario el ameno paisaje de Guipúzcoa, en donde solía veranear con su familia. Su vieja amistad con Arteta y su profundo conocimiento de la pintura vasca le llevaron a acusar cierto impacto, en estos primeros lienzos, de la gran escuela vascongada. Sus delicadas visiones del Puerto de San Sebastián o del Viaducto de Herrera en Guipúzcoa refleja el conocimiento de la obra de los maestros vascos, como Regoyos, Arteta, Echevarría u Olasagati, entre otros. Chueca Goitia ha observado igualmente cierta proximidad con el estilo de Daniel Vázquez Díaz –por entonces, el más influyente maestro de la pintura española–, cuyo influjo es comprobable en el artista vallisoletano tanto por el sentido riguroso de la forma, como por su gusto por una paleta suave y plateada.

Herrera (Guipúzcoa)
La ría de Pasajes
Puerto viejo de San Sebastián
Rincón de un pueblo de Guipúzcoa
Menos importancia, dentro de su obra, tuvieron otros marcos geográficos. El Sur apenas si le llegó a interesar, y tan sólo conocemos algunos cuadros de La Chanca, en Almería, así como un lienzo de una de las puertas de la Alhambra de Granada. Por el contrario, Ibiza, en donde veraneó algunos años, le cautivó intensamente, pintando hermoso rincones de la isla, en los que son de admirar la exquisita luminosidad y pureza de los tonos blancos del caserío, destacando sobre el intenso cielo azul.
 
La Charca (Almería)
Adra (Almería)
Ibiza
Figura del paisaje, apenas si le atrajeron otros temas. No aparece prácticamente en su obra la figura humana y tampoco le interesó el retrato. Tan sólo conocemos algunos floreros y naturalezas muertas, de un arte escueto y esencial, en donde sin embargo da rienda suelta a su gusto por el color, engrosando la materia, que el pincel desliza generoso y con opulencia de empastes.

Cesto con nueces
Jarrón mallorquín
BIBLIOGRAFÍA
  • BRASAS EGIDO, José Carlos: Francisco Galicia, 1895-1976: exposición organizada por el Banco Bilbao Vizcaya en su Sala de Exposiciones de Valladolid: octubre-noviembre, 1988, Banco Bilbao Vizcaya, Valladolid, 1988.

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