sábado, 9 de febrero de 2019

LAS CABEZAS DE SANTOS DECAPITADOS EN LA HISTORIA DEL ARTE


Una de las iconografías más truculentas, a la par que atractivas, del Barroco español fue el de las “Cabezas de santos degollados”. Si queréis ver este artículo en PDF, lo tenéis pinchando aquíEl origen de este tipo de representaciones aconteció durante la alta Edad Media con el hallazgo de la reliquia de la cabeza de San Juan Bautista. A lo largo de los siglos decenas de iglesias, conventos y catedrales repartidas por toda Europa, y parte de Asia, han querido probar que la reliquia (el cráneo completo del santo) que ellos poseían era la verdadera, sin embargo parece que las dos que cuentan con más probabilidades de ser las auténticas son las de la iglesia de San Silvestro in Capite de Roma (se halla allí desde el pontificado de Inocencio II en el siglo XII) y la de la catedral de Amiens (desde 1206). La representación de la cabeza cortada del Bautista como tema independiente surge durante la época bizantina y cobró un vigor inusitado a finales de la Edad Media con infinitos ejemplares en Alemania, Inglaterra y Países Bajos. Aunque durante el Renacimiento se siguió cultivando esta temática, fue durante el Barroco cuando alcanzó nuevos bríos, pero esta vez en Italia y España.
JUAN ALONSO VILLABRILLE Y RON. Cabeza de San Pablo (1707). Museo Nacional de Escultura
La motivación que llevó a un hombre medieval y a uno del Barroco a representar la cabeza del Bautista fue distinta. Así, se piensa que en la Edad Media se utilizó como ofrenda votiva, y se creía que su simple vista ayudaba a paliar las enfermedades de cabeza y del cuello. Además a la propagación de esta iconografía contribuyó el auge general del culto a las reliquias y el debate existente por entonces acerca de la verdadera ubicación de la cabeza del Bautista. También durante el Barroco la propagación de esta iconografía se debió en buena parte al uso de las reliquias propugnado por el Concilio de Trento (1545-1563), que también habló sobre la conveniencia de utilizar imágenes como recurso para convertir, persuadir, conmover y estimular la práctica de la piedad. Asimismo, desde la Contrarreforma, en España se buscó acrecentar la piedad religiosa mediante la muestra de las escenas de la Pasión de Cristo, y de los pasajes místicos y de los martirios de los santos, y, además, de la manera más realistas posible, para de esta manera excitar las emociones de los fieles y conmoverles.
 
Relicario de la cabeza de San Juan Bautista. Catedral de Notre Dame. Amiens
Esta iconografía de la cabeza de San Juan Bautista sobre un plato, que como hemos visto comenzó a desarrollarse fundamentalmente en Alemania, recibe el nombre de Johannesschüssel y se desarrolló entre el siglo XIII y principios del siglo XVI, pasando posteriormente su centro de acción, durante el Renacimiento y Barroco a Italia y España, países en los que durante el Barroco, estas cabezas tomarían un significado diferente. A pesar de los cientos de ejemplares de este tipo que se conservan en Alemania y el norte d Europa, se piensa que el ejemplar más antiguo conservado es el que posee la catedral de Naumburg (ca. 1210-1220). También, por su calidad, merece ser reseñada la Cabeza de San Juan Bautista (1480) atribuida al círculo de Niclaus Gerhaert van Leyden y conservada en el Central Slovak Museum de Banská Bystrica (Eslovaquia).
 
ANÓNIMO. Johannesschüssel (ca. 1210-1220). Catedral de Naumburg
Ya durante el Barroco se amplió la nómina de santos decapitados. Así, a la cabeza del Bautista se unió la de San Pablo, y también la de otros santos menos comunes, como San Anastasio. Una modalidad diferente presentan los llamados “Santos Cefalóforos”, que son aquellos santos y mártires degollados o decapitados que llevan su cabeza entre las manos. Quizás los más conocidos sean San Dionisio de París, San Nicasio de Reims, San Lamberto de Zaragoza, la portuguesa Santa Quiteria o el burgalés San Vítores.

REPRESENTACIONES
Como no puede ser de otra forma, las cabezas nos muestran un semblante dramático en el que el sufrimiento del santo ha quedado inmortalizado. El impacto emocional que provocaba en el espectador, y el sentido de captación del instante hicieron de esta iconografía un tema predilecto del Barroco. Por lo general estas cabezas, ya estuvieran realizadas en madera o en barro cocido, van dispuestas sobre atriles dentro de escaparates. La cercana contemplación a la que serían sometidas obligaba al escultor a trabajar con minuciosidad para alcanzar un extremado realismo y patetismo, que aún se verían incrementados por el uso de la policromía –se utilizan colores verdosos o violáceos en el rostro para señalar el reciente óbito del santo, y regueros de sangre por el cuello– y de determinados postizos en dientes y ojos. Las carnes presentan un blando modelado que ofrece una perfecta captación de la piel y sus sinuosidades. También están trazadas con sumo virtuosismo las barbas y cabelleras. Suelen aparecer con las bocas abiertas, estando en la mayor parte de las ocasiones completamente horadadas, de suerte que el escultor ha tallado los dientes, la lengua, el paladar y casi hasta la campanilla. El dramatismo, y el consiguiente dolor sufrido por el santo en el momento del martirio, quedan patentes en la boca abierta, en los ojos angustiados y en el entrecejo arrugado. Sin embargo, el detalle más impactante es el cuello seccionado ya que se efigia con exacerbado realismo el interior del cuello, simulando los músculos, la columna vertebral, la tráquea y el esófago.
San Juan Bautista y San Pablo aparecen claramente diferenciados. Así, el Precursor es efigiado con piel tersa y amplias cabelleras castañas u oscuras que despliegan sus guedejas por la bandeja sobre la que posa la cabeza, llegando en ocasiones a convertirse en la versión sacra de la Medusa. Por su parte, San Pablo muestra una cara alargada con una amplia calva en la frente, y pelo y barba de tonos grisáceos. Asimismo, les diferenciará el lugar sobre el que asientan las cabezas, una bandeja en el caso del Bautista y un fondo rocoso en el de San Pablo.

ANDRÉS DE RADA. Degollación de San Juan Bautista (1579). Monasterio de San Quirce. Valladolid.
Escuela castellana
En el área vallisoletana, el ejemplar más antiguo que conservamos de esta tipología es la Cabeza de San Juan Bautista (ca. 1545. Museo Diocesano, Valladolid) que ejecutó Juan de Juni (1506-1577) para el relicario de la Cartuja de Aniago. En ella el escultor francés copia la cabeza del Cristo del Santo Entierro que él mismo había tallado para el Convento de San Francisco de Valladolid. La cabeza no tiene bandeja, o la ha perdido, aunque suple su función sustentadora las amplias masas rizadas de la cabellera.
El siguiente ejemplar destacable, cronológicamente hablando, es la cabeza que forma parte del “paso” procesional de la “Degollación de San Juan Bautista” (1579. Monasterio de San Quirce, Valladolid) que la Cofradía Penitencial de Nuestra Señora de la Pasión encargó al escultor Andrés de Rada. El motivo de este encargo es que la cofradía se encontraba bajo el patronazgo del Precursor debido a que su fin primordial era la asistencia a los condenados a muerte y su posterior entierro. Esta cabeza, que reposa sobre una bandeja, posee la particularidad de que tiene tallado el cuerpo completo del Precursor, que aparece arrodillado, con el cuello seccionado y las manos orantes.

ÁNÓNIMO. Cabeza de San Juan Bautista (siglo XVIII). Monasterio de las Huelgas Reales. Valladolid
FELIPE ESPINABETE. Cabeza de San Pablo (1778). Convento de San Pedro Mártir. Mayorga de Campos (Valladolid)
Ya en el siglo XVIII nos encontramos con la obra cumbre de esta temática, la Cabeza de San Pablo (1707. Museo Nacional de Escultura, Valladolid) que esculpió Juan Alonso Villabrille y Ron (1663-1732) para la capilla de las reliquias del Convento de San Pablo de Valladolid; y con el escultor que hizo de esta iconografía uno de sus motivos de ser. Se trata de Felipe Espinabete (1719-1799), a quien hemos llegado a relacionar con, al menos, doce cabezas (ocho documentadas y cuatro atribuidas) tanto de San Juan Bautista como de San Pablo. En todas sus cabezas Espinabete acostumbraba a firmar, detalle que nos revela a un escultor seguro de su talento. Estos encargos estuvieron motivados por la existencia, según Urrea, “de una clientela que aspiraba a poseer réplicas originales de la espléndida y espectacular cabeza de San Pablo”, realizada por Villabrille y Ron. Espinabete comenzó con la Cabeza de San Pablo (1760. Monasterio de Nuestra Señora de Prado, Valladolid) conservada en el Museo Nacional de Escultura, que es una copia sin concesiones de la de Villabrille y Ron, motivo que llevó a Martín González a tacharle de “secuaz del madrileño”. A esta siguieron diversos ejemplares de la Cabeza de San Juan Bautista para la iglesia de San Andrés de Valladolid (1773), para la parroquial de San Juan Bautista de Santibáñez del Val (Burgos) (1774), y para el Monasterio de la Santa Espina (1779). Asimismo, talló una pareja de Cabezas de San Juan Bautista y San Pablo (1778) para el Convento de Nuestra Señora de la Laura de Valladolid, tras el cierre del cual en la década de 1990 la primera marchó al Monasterio de Sancti Spiritus de Toro (Zamora) y la segunda al Convento de San Pedro Mártir de Mayorga de Campos (Valladolid). Otro par de Cabezas de San Juan Bautista y San Pablo se conservan en el Convento de las Mercedarias Descalzas de Toro (Zamora) (1778). Además, se le atribuyen cuatro Cabezas de San Pablo en el Museo de San Francisco de Medina de Rioseco (Valladolid), en la iglesia del Salvador de Tiedra (Valladolid), en la parroquia de Fuente de Santa Cruz (Segovia), y en el Monasterio de Santo Domingo el antiguo de Toledo; las dos primeras están modeladas en barro cocido.

FELIPE ESPINABETE. Cabeza de San Juan Bautista (1733). Iglesia de San Andrés. Valladolid

Escuela andaluza
El primer ejemplar importante conservado en Sevilla, es la Cabeza de San Juan Bautista (1591. Museo de Bellas Artes de Sevilla) que talló en terracota el escultor manierista abulense Gaspar Núñez Delgado (1551-1617), maestro de Martínez Montañés, basándose en el modelo juniano. Más inclinado al Naturalismo se nos muestra el genial Juan de Mesa (1583-1627) en su Cabeza de San Juan Bautista (ca. 1625. Catedral de Sevilla), en la cual realiza una versión dramática y de acusado realismo. Una versión muy curiosa es la que nos ofrece el Ángel con la cabeza de San Juan Bautista del Museo de Bellas Artes de Buenos Aires (Argentina), una obra realizada en barro cocido atribuida a Alonso Cano (1601-1667), donde la cabeza aparece sobre un paño que porta un ángel lloroso. Ya de finales de la centuria son las impresionantes Cabezas de San Pablo y San Juan Bautista (finales del siglo XVII) que, atribuidas a Luisa Roldán “La Roldana” (1652-1706), se custodian en la Hispanic Society of America, de Nueva York (Estados Unidos).

JUAN DE MESA. Cabeza de San Juan Bautista (ca. 1625). Catedral. Sevilla
GASPAR NÚÑEZ DELGADO. Cabeza de San Juan Bautista (1591). Museo de Bellas Artes. Sevilla
LUISA ROLDÁN. Cabeza de San Pablo (finales del siglo XVII). Hispanic Society of America. Nueva York
LUISA ROLDÁN. Cabeza de San Juan Bautista (finales del siglo XVII). Hispanic Society of America. Nueva York

Por su parte, la otra gran escuela andaluza, la granadina, cuenta con Torcuato Ruiz del Peral (1708-1773), uno de los escultores más interesantes del tardo barroco y que elaboró, al menos, dos Cabezas de San Juan Bautista para la catedral de Granada y para la iglesia de San Felipe Neri de Cádiz. Además, se le atribuyen otras dos en el Museo Nacional de Escultura de Valladolid, si bien una de ellas ha sido recientemente puesta en el haber con Villabrille por Jesús Urrea.

TORCUATO RUIZ DEL PERAL. Cabeza de San Juan Bautista (mediados del siglo XVIII). Museo Nacional de Escultura. Valladolid
TORCUATO RUIZ DEL PERAL. Cabeza de San Juan Bautista (mediados del siglo XVIII). Museo Nacional de Escultura. Valladolid

Escuela madrileña
Sin duda el escultor más descollante del Barroco madrileño fue el asturiano Juan Alonso Villabrille y Ron, de quien ya hemos señalado la Cabeza de San Pablo (1707) del Museo Nacional de Escultura de Valladolid. A este mismo artífice se atribuyen otros cuatro ejemplares. Urrea le asigna la Cabeza de San Juan Bautista de la iglesia parroquial de Aldeonte (Segovia) que ya había sido calificada como “de las mejores cabezas del arte español”; una Cabeza de San Juan Bautista del Museo Nacional de Escultura que se encontraba atribuida a Torcuato Ruiz del Peral; y otra Cabeza de San Juan Bautista que perteneció a la madrileña colección Peyronton. Finalmente, tendríamos la desaparecida Cabeza de San Anastasio que Elías Tormo mencionó detrás del tabernáculo de la capilla del Cristo de los Dolores de la V.O.T. de Madrid. Esta última es una efigie ciertamente dramática en la que la cabeza va cubierta con capucha y reposa sobre un fondo rocoso.

JUAN ALONSO DE VILLABRILLE Y RON. Cabeza de San Anastasio. Desaparecida

Resto de España
Para finalizar, no podíamos acabar este pequeño recorrido sin recordar las excelsas Cabezas degolladas de San Juan Bautista y San Pablo (José Ramírez de Arellano, ca. 1766-1769), de tamaño natural (30 cm) conservadas en la sacristía de la Virgen de la Basílica del Pilar de Zaragoza, cada una dentro de su urna y acompañadas por sus símbolos respectivos (cuchillo y espada).

JOSÉ RAMÍREZ DE ARELLANO. Cabeza de San Pablo (ca. 1766-1769). Basílica de Nuestra Señora del Pilar. Zaragoza. Fotografía tomada de https://maravillasdeespana.blogspot.com/2015/06/el-pilar-de-zaragoza.html

Apéndice
Además de esculturas aisladas también existieron otras, ya de bulto redondo ya de relieve, integradas física e iconográficamente en retablos o en otro tipo de construcciones dedicadas al Precursor. Así, podemos observar un relieve en piedra de la Cabeza de San Juan Bautista sobre una bandeja en los muros exteriores de Nuestra Señora de la Pasión de Valladolid (ca. 1577-1581). Ya de madera, y localizados en Sevilla, contamos con otros tres ejemplares. Se trata de los situados en los retablos dedicados al Bautista en los conventos de Santa Clara (Juan Martínez Montañés, 1614-1617), de San Leandro (Juan Martínez Montañés, 1621) y de Santa Paula (Felipe de Ribas, 1637). Finalmente, regresando a tierras castellanas, y más concretamente a la iglesia de San Juan Bautista de Arévalo (Ávila), observamos un relieve similar a los sevillanos, aunque de una calidad más modesta, en la línea de imposta de la curiosa puerta de acceso a la sacristía, en él la cabeza de San Juan Bautista (Anónimo, siglo XVIII) reposa sobre una bandeja rodeada de cueros recortados.

FELIPE DE RIBAS. Cabeza de San Juan Bautista (1637). Convento de Santa Paula. Sevilla
ANÓNIMO. Cabeza de San Juan Bautista. Iglesia de San Juan Bautista. Arévalo (Ávila)

BIBLIOGRAFÍA
  • ARELLANO AYUSO, Ignacio: “Cabezas cortadas y otros espectáculos: violencia, patetismo y truculencia en el teatro de Calderón”, Melanges de la Casa de Velázquez, Nº 44, 2014, pp. 199-213.
  • BAERT, Bárbara: “The Johannesschüssel as andachsbild: the gaze, the médium and the senses”. En CATRIEN SANTING, Baert y TRANINGER, Anita: Disembodied Heads in the Medieval and Early Modern Culture, Brill, Leiden-Boston, 2013, pp. 117-160.
  • BALADRÓN ALONSO, Javier: “El escultor Felipe Espinabete: nuevas atribuciones e hipótesis sobre su posible formación”, BSAA Arte, Nº 82, 2016, pp. 205-227.
  • BOLOQUI LARRAYA, Belén: Escultura zaragozana en la época de los Ramírez, 1710-1780, Ministerio de Cultura, Madrid, 1983, Tomo I, pp. 450-452.
  • GARCÍA CHICO, Esteban: Documentos para el estudio del arte en Castilla. 2, Escultores, Universidad de Valladolid, Valladolid, 1941, p. 115.
  • MARTÍN GONZÁLEZ, Juan José: “Cabezas de santos degollados en la escultura barroca española”, Goya: revista de arte, Nº 16, 1957, pp. 210-213.
  • MARTÍN GONZÁLEZ, Juan José: Escultura barroca castellana, Fundación Lázaro Galdiano, Madrid, 1959, pp. 350-355.
  • PLEGUEZUELO, Alfonso: Dos cabezas cortadas atribuibles a Luisa Roldán en la Hispanic Sociey of América, Archivo Español de Arte, Nº 89, 353, 2016, pp. 29-42.
  • URREA, Jesús: “El escultor Felipe Espinabete (1719-1799)”. En REDONDO, José, BAZÁN, Pedro y GARCÍA, Antonio María: Tordesillas a través de su Semana Santa, Diputación Provincial de Valladolid, Valladolid, 2000, pp. 119-122.
  • URREA, Jesús: “Entre Juan Alonso Villabrille y Ron y José Galbán. Notas sobre escultura madrileña del siglo XVIII”, Boletín de la Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción., Nº 48, 2013, pp. 87-88.
  • VÁZQUEZ GARCÍA, Francisco: “Esculturas de Felipe Espinabete en San Martín de Arévalo”, Cuadernos de Cultura y Patrimonio. La Alhóndiga, Asociación de Cultura y Patrimonio, Nº 22, 2013.
  • YARZA LUACES, Joaquín: “Un San Juan Bautista degollado de Felipe de Espinabete en Santibáñez del Val (Burgos)”, Boletín del Seminario y Arte y Arqueología., Nº 38, 1972, pp. 560-562.
  • http://domuspucelae.blogspot.com/2013/08/theatrum-cabezas-cortadas-en-valladolid.html

lunes, 21 de enero de 2019

EXPOSICIÓN. "Lo mejor de los nuestros. Luz y Paciencia en los Premios Castilla y León de las Artes"


Desde el 13 de diciembre del pasado año hasta el 28 de febrero del presente se puede visitar en la iglesia del Monasterio de Nuestra Señora de Prado, espacio sugerente (y poco conocido para el público en general) donde los hay, la exposición “Lo mejor de los nuestros. Luz y Paciencia en los Premios Castilla y León de las Artes”, en la que se muestra un recorrido por todos los artistas agraciados con este premio desde su creación. Entre ellos destacan nombres de escultores tan importantes como Baltasar Lobo o Venancio Blanco, o de pintores tan internacionales como Esteban Vicente, miembro de la primera generación neoyorquina del Expresionismo abstracto. La muestra se puede visitar en horario de Martes a Domingo de 11 a 14 h. A continuación inserto el texto que ha compuesto para la exposición el comisario de la misma, Fernando García Malmierca.
 
ANA JIMÉNEZ. Doña Juana (1981)
JOSÉ MARÍA GONZÁLEZ CUASANTE. Figuras (1977)
JOSÉ MARÍA GONZÁLEZ CUASANTE. Salón rojo (1993)
Como decía Antonio Machado, hay dos modos de conciencia: una es luz, y otra, paciencia.
El motivo de esta exposición es reunir a todos los premios de Castilla y León de las Artes en su modalidad de artes plásticas. El recorrido es un camino por la memoria a través de nuestros artistas, desde el primer premiado Juan Manuel Díaz-Caneja en 1984 han transcurrido treinta y cuatro años y precisamente en 2019 se cumple el 30 aniversario del fallecimiento del pintor.
A la hora de recopilar y reunir la obra de los autores premiados desde los años ochenta a la actualidad, veremos distintas tendencias artísticas: figuración, abstracción, informalismo, expresionismo, etc. Pero lo importante es rastrear el alma, ese punto de cohesión que recorre una región tan extensa, con tantas referencias culturales y con una historia tan rica como la reflejada en la muestra que presentamos.
 
ESTEBAN VICENTE. Melody (1993)
ESTEBAN VICENTE. Espacio (1999)
JUAN MANUEL DÍAZ-CANEJA. Nube blanca (1986)
A pesar del peso de la historia, nuestros artistas no se han quedado anclados en el pasado, en la tradición, han sabido renovarse, conservando, eso sí, el modus operandi, la paciencia, que da una mejor visión de conjunto, el trabajo bien hecho y el sello de lo meditado y lo reposado a conciencia.
A la hora de comisariar esta exposición, enseguida surgió el tema de lo heterogéneo de la misma, a la vez de la dificultad de reunir, por primera vez, la obra dispersa por toda Castilla y León y otras comunidades, de dieciocho artistas, pero en realidad es mucho lo que los une: su calidad formal y su factura impecable, con fuertes raíces en la tradición, más sin renunciar a la investigación y evolución formal y conceptual.
Si algo puede definir el espíritu, tanto artístico como existencial de Castilla y León, es esa dualidad que hace fluctuar el espíritu entre la grata iluminación, la chispa creativa, y el constante empecinamiento en el esfuerzo, la entrega, lucha solitaria y el amor al trabajo, que aunque sea ingrato lleva a arrancarle resultados a las Musas.
 
JOSÉ MARÍA MEZQUITA GULLÓN. Mesa verde (1992-1993)
BALTASAR LOBO. Torso (1958)
MODESTO CIRUELOS. Abstracción (1957)
VENANCIO BLANCO. Guerrero de Riace (1981)
Nuestros artistas han vivido los movimientos más punteros de las Vanguardias, la abstracción y el arte contemporáneo en general, pero teniendo siempre en cuenta sus raíces y su alma vinculada a la tierra, esta tierra de soñadores que tantas veces han tenido que irse lejos para encontrar su horizonte.
Los premios no lo son todo, pero son un indicio sobresaliente de lo que hay, del pulso creativo que subyace y a la vez permite que se articulen grandes figuras del arte.
En el acervo cultural castellano y leonés tenemos enormes figuras literarias, artísticas y del mundo de la cultura en general, a la vez su obra es sólida, trabajada, cincelada con esfuerzo y responsabilidad. Nuestros artistas no son tal vez tan mediáticos, pero podemos decir que duran en el tiempo, hacen trabajos sólidos que no se llevan los vientos de la moda.
 
JOSÉ VELA ZANETTI. Bodegón (1956)
ALBERTO BAÑUELOS FOURNIER. Del espacio C nº 5, Luna (1999)
ÁGUEDA DE LA PISA. Exhaustiva vigilia (1989)
CRISTÓBAL GABARRÓN. Serie Palma 41 (1992-1995)
JOSÉ SÁNCHEZ-CARRALERO. Vísperas II (1994)
La historia de los premios se remonta a los años ochenta del siglo XX, una época de gran ebullición de las artes y en la cultura en general, el honor del premio ha correspondido a figuras tan determinantes dentro del arte contemporáneo como Baltasar Lobo, amigo e interlocutor de Picasso, Díaz-Caneja, gran amante del paisaje castellano con sus múltiples interpretaciones, Vela Zanetti, que realizó el mural sobre La Paz para la ONU; Esteban Vicente, sensibilidad y matices cromáticos, con una gran trayectoria internacional o un Venancio Blanco enraizado en la cultura popular, así como Castilviejo, gran amante de nuestras raíces y sus gentes, Ana Jiménez y su investigación orgánica y existencial.
También José María Mezquita y sus obras en constante evolución, Cuasante, investigador formal de enorme sensibilidad o el escultor Alberto Bañuelos y su trayectoria hacia la geometría y la abstracción en sus formas cada vez más depuradas. Nuestros entrañables Gabarrón, con su interés sobre la multiculturalidad y el olimpismo o Luis Sáez Díaz con sus espacios oníricos. No podemos dejar de mencionar a José Núñez Larraz, auténtico maestro de generaciones de fotógrafos, nuestro Ángel Mateos que fue capaz de crear esas formas tan sugerentes en hormigón y otros materiales punteros para el arte. Enrique Seco San Esteban y su particular visión de nuestro entorno cotidiano y las costumbres más arraigadas. Águeda de la Pisa con sus formas puras y colores sutiles. También José Sánchez-Carralero y su fuerza expresiva aplicada a una tradición en continua evolución o Modesto Ciruelos y su trascendental trayectoria internacional.
JOSÉ SÁNCHEZ-CARRALERO. Urueña (2007)
JOSÉ SÁNCHEZ-CARRALERO. Por tierras de Valladolid (1998-2000)
JOSÉ MARÍA CASTILVIEJO. Casas de pueblo (S/D)
JOSÉ MARÍA GONZÁLEZ CUASANTE. Tren rojo (1993)
JOSÉ MARÍA CASTILVIEJO. Estibador (S/D)