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lunes, 10 de abril de 2017

SEMANA SANTA EN VALLADOLID: La Recuperación del boceto del Cristo Despojado de la Cofradía de N.P. Jesús Nazareno


Una de las grandes noticias, si no la mejor, con la que se ha inaugurado la Semana Santa 2017 de Valladolid es la “aparición” y recuperación por parte de la Insigne Cofradía Penitencial de Nuestro Padre Jesús Nazareno del primitivo boceto que se mandara tallar en 1801 al escultor y académico Pedro León Sedano (1736-1809) para realizar la nueva escultura de Cristo Despojado que sustituyera a la que había esculpido en 1679 Juan de Ávila, pero que por desgracia ardió, junto con buena parte de los retablos del templo nazareno en 1799. Pero, esa historia la contaremos después. Lo primero es lo primero, y lo primero es hablar brevemente acerca del feliz acontecimiento de la recuperación del boceto.
 
La presentación del pequeño Despojado tuvo lugar en la sala de cabildos de la Cofradía en la mañana del día 5 de abril. Allí estaban presente el Alcalde de la Cofradía, Ramón Alonso-Manero; el conservador del Museo Nacional de Escultura, José Ignacio Hernández Redondo; y Andrés Álvarez, profesor de la Escuela de Arte y Superior de Conservación y Restauración de Valladolid, y restaurador de la pieza junto a algunos de sus alumnos. Según relató el actual Alcalde-Presidente de la Cofradía, hace unos meses un hermano cofrade, Domingo González, contactó con el anterior Alcalde-Presidente para comentarle que deseaba entregarle una imagen, pero sin especificar de cuál se trataba. Cuando finalmente quedaron para la entrega la sorpresa fue mayúscula ya que al desembalarla vieron que se trataba del boceto previo a la ejecución del Cristo del Despojo, del cual tan solo existía una imagen, que fue la publicada en 1940 por Filemón Arribas en su imprescindible libro acerca de la Cofradía de N.P. Jesús Nazareno.
 
Según recoge El Norte de Castilla en sus páginas: «Él nos contó que la viuda de otro cofrade le había entregado casi en secreto de confesión la talla, para que la conservara y con la condición de que no la malvendiera. Entonces consideró que lo mejor es que la tuviera la cofradía y por eso nos la entregó», comentó el alcalde-presidente, quien precisó que no se ha podido conocer cómo la imagen salió de la cofradía. «Suponemos que era una época en la que algunas imágenes salían por devoción a la casa de los cofrades y en alguna de esas salidas no regresó», añadió.
La imagen se puso en octubre en manos de la Escuela de Arte y Superior de Conservación y Restauración de Bienes culturales de Valladolid para su restauración cuyo director, Andrés Álvarez, destacó que se trata de una pieza «excepcional». «Es una pieza que ya estaba restaurada, que tenía dos dedos que no eran suyos y le faltaban los meñiques. Tenía repintes. Es una imagen muy curiosa, hay muchas incógnitas pero me llama la atención la calidad técnica, los ojos de cristal, la policromía con mimo. Con mucho detalle», incidió este profesor, quien se decanta por que la autoría de la misma sea de Claudio Cortijo.
El conservador del Museo Nacional de Escultura, José Ignacio Hernández, se mostró contrario a que el autor sea Cortijo, pues ve el modelo con otros rasgos diferentes a los que caracterizaban a este autor. «El modelado es distinto y el rostro es más afilado, coincide más con otras obras de Pedro León de Sedano», señaló, y añadió que Filemón Arribas habla en el libro de 1940 sobre un boceto que realizó el escultor Pedro León de Sedano y que se adquirió por más de cien reales.
 
Yo coincido plenamente con Andrés Álvarez en que la talla pueda ser de Cortijo, sin embargo, el que una persona que admiro tanto como José Ignacio Hernández Redondo suponga que pueda ser de Pedro León Sedano me crea ciertas dudas, puesto que se trata de uno de los grandes conocedores de la escultura barroca castellana, y, sobre todo, de la procesional. Sea como fuere, Cortijo o Sedano (dos caras de una misma moneda: escultores casi contemporáneos, que mientras que uno se decantó por ser el último maestro vallisoletano barroco -Cortijo-, el otro lo hizo decididamente por las reglas académicas del neoclasicismo -Sedano-. Llama la atención que el más joven fuera el que apostara por el barroco, al cual ya se consideraba por entonces caduco y pasado de moda), a continuación trataremos de la pieza de la cual fue modelo: el Cristo Despojado que Cortijo talló en 1801 y que es venerado desde entonces en al retablo colateral de la Epístola de la iglesia penitencial de N.P. Jesús Nazareno. No quiero olvidarme de reseñar el acertadísimo lugar en el que ha sido colocado el pequeño Despojado: en una hornacina horadada dentro de la pared de la escalera de la casa de hermandad de la cofradía. Además se le han colocado detrás sendos espejos para que así se pueda tener una visión de la pieza de 360º.
El Cristo tallado por Claudio Cortijo (1748-1813) fue el resultado de la necesidad de contar con una nueva figura del Despojado que presidiera el paso del “Despojo” o “Redopelo” que fue encargado en 1679 al escultor y hermano cofrade Juan de Ávila (1652-1702). Tanto el Cristo del Despojo tallado por Ávila como su retablo desaparecieron en el transcurso del pavoroso incendio acaecido en la iglesia penitencial en el año 1799. En cabildo celebrado después de la procesión del Corpus de 1801 se delegó al pintor (más bien policromador) Anastasio Chicote y al escultor, ensamblador y tallista Eustaquio Bahamonde (1757-1830/1837), la gestión para realizar una nueva imagen de Cristo que sustituyera a la malograda de Ávila. Finalmente se le encargó la tarea a Claudio Cortijo, si bien debía de seguir puntualmente el modelo elaborado por el escultor (también realizó retablos y otras labores propias de ensambladores y tallistas) Pedro León Sedano. La policromía de la escultura corrió a cargo de Anastasio Chicote, mientras que las tres potencias de plata de la cabeza fueron confeccionadas por el platero Manuel Torices. El resultado fue un Cristo que aún mantiene las formas barrocas pese a lo avanzado de la fecha (1801), siendo uno de los últimos ecos de este periodo. Cristo aparece desnudo, de pie y en actitud inclinada. Tiende los brazos al frente, con los codos y rodillas ensangrentados. En esta imagen, Cortijo, se tuvo que enfrentar a un desnudo, lo que conllevaba la realización de un buen estudio anatómico, labor en la que fracasó, pues le representa de una forma excesivamente rígida. La cabeza es lo mejor del conjunto, destaca por el minucioso tratamiento del cabello y la barba. El tratamiento del paño nos introduce ya de pleno en el mundo neoclásico. Es sin ninguna duda su obra maestra.
 
Tras el citado incendio, también hubo necesidad de sustituir la mayoría de los retablos. En el caso que nos ocupa no fue hasta 1811 cuando lo construyó el ensamblador José Bahamonde (1777-1852), último miembro de una extensa saga de escultores y ensambladores que se inició con Pedro Bahamonde (1707-1748). Se trata de un sencillo retablo neoclásico formado por un solo cuerpo flanqueado por dos columnas corintias. En el entablamento figura una grisalla efigiando a la Sagrada Familia, y a ambos lados ángeles de escultura (madera estucada para que parezcan de mármol).
 
El Cristo tallado por Cortijo procesionó desde el momento de su ejecución hasta la desaparición de las procesiones a finales del siglo XIX. Posteriormente, desfiló de manera intermitente durante el siglo XX: en un principio presidiendo el paso para el que fue realizado (fue sustituido por un Ecce Homo atribuido a Francisco Alonso de los Ríos), y, posteriormente, en la procesión de Regla de la cofradía, de manera individual. Sería todo un acierto que se volviera a contar con ella ya que, queramos o no, se trata de una de las esculturas históricas de nuestra Semana Santa.
 

BIBLIOGRAFÍA
  • ARRIBAS ARRANZ, Filemón: La Cofradía Penitencial de N.P. Jesús Nazareno de Valladolid, Imprenta y librería Casa Martín, Valladolid, 1946.

jueves, 5 de abril de 2012

COFRADÍA DE LA SANTA VERA CRUZ: El "paso" del Descendimiento "El Reventón" (Gregorio Fernández, 1623-1624)


El Reventón, así se le conoce a este paso del Descendimiento desde 1741 cuando "reventón" a un hombre al que pilló justo a la entrada de la iglesia de la Vera Cruz. El diarista vallisoletano Ventura Pérez lo relata de la siguiente manera:
Procesión de las Angustias y desgracia

Año de 1741 salió la procesión de las Angustias la que había puesto en jueves santo por la mañana el presidente. A las cinco de la tarde del miércoles santo y el jueves santo al meter el paso grande de la Cruz en su casa, cogieron debajo de él a un hombre, y por aprisa que levantaron el paso le sacaron casi reventado y le llevaron al hospital general.
Por fortuna es el único paso de la Semana Santa vallisoletana que se conserva armado e íntegro en la iglesia de la Vera Cruz, a excepción de la escultura de la Dolorosa, que ocupa el nicho central del retablo mayor.
Ya consignó Palomino el paso como obra de Gregorio Fernández, siguiéndole Ponz y Ceán. Pedro el dato documental lo aporta Martí y Monsó. En el testamento de la viuda de Fernández, María Pérez, de 1661, se refiere que su marido había realizado para la cofradía de la Vera Cruz el paso del Descendimiento, habiendo quedado por cobrar la cantidad de mil ducados, poco más o menos, y sobre esta cobranza se había suscitado pleito. Sin embargo, la viuda no percibió el importe de la deuda. En 1667 Juan Rodríguez Gavilán, cuarto marido de Damiana Fernández, manifiesta que sigue aspirando a percibir la deuda, en razón a que su mujer era "hija y heredera de Gregorio Fernández, escultor".


El contrato se formalizó el 16 de junio de 1623, obligandose en él el maestro a entregar el paso para "el día de las Carnestolendas primero que vendrá del año venidero de 1624". Se debía de componer de siete figuras: Cristo, Nicodemo, José de Arimatea, la Virgen, San Juan, la Magdalena y otra figura. Fernández entregaría la obra a los alcaldes de la cofradía, Juan Jimeno y Francisco Ruiz. No se especifica el precio, pero se indica que se le había de entregar todo lo que se le entregó por el paso que anteriormente había hecho del Azotamiento, más lo que Francisco Díez, "escultor de oro", dijere que valía más que aquél, figura por figura. No hay duda de que Fernández se emplea a porfía, ya que se viene a comprometer a hacer mejor este paso que el del Azotamiento. Fernández debía entregar las esculturas ya asentadas sobre una plataforma, con cruz y escaleras, es decir, plenamente montado, todo conforme “a la dicha traza y zeras”. Nada se indica a propósito de la policromía, pero debió de hacerse seguidamente, porque el paso salía ya en las procesiones de 1625.
A lo largo de los siglos se consideró que el paso se conservaba íntegro, pero sabemos que en 1757 se retiraba la Dolorosa, que se colocaba en el retablo mayor. El motivo de esta retirada no fue otro que el propósito de que esta imagen cerrara la procesión de la cofradía, ya que con alguna frecuencia el paso aludido “por falta de gente y su gran volumen, no ha podido seguir dichas procesiones”. Pedro León Sedano fue el encargado de realizar la copia de la Virgen de los Dolores para que el paso no quedara incompleto. La imagen original iría, por tanto, cerrando la procesión, “para mayor culto y veneración”. Surgió, no obstante, un inconveniente: que la cofradía de las Angustias se opuso, por estimar que se imitaba su precesión, que se cerraba con la Virgen de las Angustias. La cofradía de la Vera Cruz nombró abogados para defender su causa. Pero al fin se impuso su voluntad.
El paso en sí tiene unas dimensiones gigantescas. La particularidad del paso radica en lo ingenioso de su escenificación. La composición es diagonal, a la manera barroca, y a la vez existen dos focos de atención: la Virgen y Cristo. Las esculturas contribuyen a mantener el equilibrio de la cruz. No hay duda de que Fernández se inspiró en alguna estampa. Quizá lo más próximo fueran los Descendimientos pintados por Pedro de Campaña. Pero lo importante es que lo que era fácil para un pintor, era difícil para un escultor, por cuanto al escena la tenía que componer en el espacio y el paso había de ser llevado a hombros.


La Virgen aparece entada, con los brazos abiertos. Esta representación se opone a la firmeza con que Nuestra Señora estuvo junto a la cruz, es decir, a pie firme (Stabat mater). Pero en cambio, desde el punto de vista emocional y la “puesta en escena”, se aumenta el interés, ya que el ángulo de incidencia se amplía. Las actitudes se hacen naturalistas. Abunda la línea abierta; los brazos se disparan, en amparo de la gesticulación.


La meticulosidad analítica llega a lo más exigente. Baste ver el tratamiento de cabellos y barbas. Los pliegues son amplios; ya muy angulosos. Pero junto a ellos vemos otros pliegues suaves y ondulados. Llama la atención el empleo de pliegues amplios, acanalados, en José de Arimatea, que recuerdan los del Cirineo.


Dolorosa
Es sin duda pieza de esencial significación, por el esmero puesto por el escultor, que la ha situado destacada, en primer término. Mide 1,30 metros. Fue ensalzada por Bosarte: “por lo que hace a la hermosura de la cabeza, si los ángeles del cielo no bajan a hacerla más bella, de mano de hombres no hay más que esperar”. Más alabancioso fue Dieulafoy: “la obra maestra de Gregorio Hernández, acaso incluso la obra maestra de la estatuaria polícroma”. Está sentada sobre un banco de baja altura. Abre sus brazos, recordando la actitud en los grupos de la Piedad. La espada que hiere su corazón es un añadido, aunque sin duda ha tenido que influir la Virgen de los Cuchillos, y ello sería cuando la imagen se independizó, a mediados del siglo XVIII. Posee dos tocas, verde claro la de abajo y blanco la de encima, ambas con borde listado. Peculiar pliegue recurvado sobre la frente. Ojos de cristal, que pudieran haber sido colocados en el siglo XVIII, cuando se retocó toda la cara. Encarnación a pulimento. Túnica de color rojo y manto verde, ambos de tono muy oscuro. La foto aquí incluida corresponde a la imagen original, no a la copia realizada en 1757.


San Juan
Mide 1,76 metros. Con los brazos abiertos, como dispuesto a ayudar en la recepción del cuerpo de Cristo. Túnica verde, sujeta con cinto; manto rojo, dejando el brazo izquierdo libre, y formando quebradísimos pliegues. Calza sandalias. Magnífica cabeza; ojos naturales, con cejas y pestañas pintadas. Encarnación mate. Cabellera con matas de pelo, rizadas, de profunda talla, y de terminación exenta.


María Magdalena
Mide 1,82 metros. Muy cerca de la cruz. Brazo derecho extendido y mano izquierda sobre el corazón, sosteniendo a la vez el manto. Túnica verde claro, sujeta con cintillo. Manto rojo, sujeto desde atrás, formando un nudo, según la moda de la época. Pañuelo blanco en la mano. Larga cabellera, con moño detrás de la cabeza en forma de rueda, sujeta con cintas (“colonia”) de color rojo. Ojos naturales, encarnación a pulimento y lágrimas pintadas sobre el rostro. Viste conforme a las damas de la época. Así el moño y la forma de colgar el manto, que para evitar se arrastrara, quedaba recogido por detrás mediante un alfiler, lo que determinaba un reguño de tela, conforme están las Inmaculadas.


Sayón
Mide 1,69 metros. Está al pie de la cruz, junto a los pies de Cristo, con un martillo en la diestra, pero será para ayudar a desclavar. Lleva gorra, de color tostado, pequeña, que le permite lucir crespa y acaracolada caballera. Rostro vivaz, ojos naturales con pestañas pintadas. Jubón corto, de color marrón, ajustado con cintillo; mangas amarillas. Calzón ajustado a la rodilla, con botonadura recta, a los lados, conforme a la moda de los caballeros de la época. Zapato oscuro y calcetas ceñidas a la pierna.


Cristo
Ya desclavado, sostenido por Nicodemo y José de Arimatea, en suave descenso. Cabellera de ondulados y abiertos mechones. Barba y bigote de finas madejas. La oreja al descubierto. Lastimada la ceja izquierda. Encarnación mate. Ojos de cristal, entreabiertos.
Desnudo total. La policromía alcanza a la parte oculta, lo que testifica el naturalismo de la escena. Sin duda, Fernández contó con una tela postiza adicional. Sexo levemente insinuado. Policromada por el dorso. Amplísimas manchas de sangre, de un rojo vivísimo. Una enorme herida en la espalda, como en el Cristo de la Caña, de la misma iglesia.


Nicodemo
Tamaño del natural, como las tres figuras de la parte superior. Se cubre con turbante blanco, listado. Ojos naturales y orejas al descubierto. Sayo rojo y largo, abotonado delante, con cuello amarillo. Mangas amplias en el antebrazo y ceñidas en el brazo, con botonadura. Calzón y botas de color marrón. Escultura de gran calidad. El turbante le da un carácter oriental. Espesísimas barbas, de menudas guedejas.


José de Arimatea
Tamaño del natural. Contrapuesto, por razón de equilibrio y aprovechando la segunda escalera, a Nicodemo. Se sujeta a la escalera con una mano y con la otra ayuda al descendimiento. Sombrero muy extraño, blanco, sujeto con cintas. No hay duda de que Fernández procuraba ambientarse en los tipos orientales. Rostro de carnes blandas, arrugadas, recordando al José de Arimatea del Entierro, de Juan de Juni. Un amplísimo sayo verde, ajustado al talle, formando cañones en la caída. Los pliegues son finísimas láminas que acreditan la habilidad de Fernández. Mangas de color rojo. En el brazo forman un abollanado a base de cintas en sentido longitudinal; en el antebrazo se ciñen al miembro. Botas de color vede, altas, con vuelta amarilla; calzón rojo.

BIBLIOGRAFÍA
  • MARTÍN GONZÁLEZ, Juan José: Gregorio Fernández, Ministerio de Cultura, Madrid, 1980.