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jueves, 14 de mayo de 2020

UN ESPACIO SACRO PARA LA DEVOCIÓN I: La Capilla de la Virgen de las Angustias en su iglesia penitencial


La colosal devoción profesada por los vallisoletanos hacia su Virgen de las Angustias “obligó” a la Cofradía Penitencial de Nuestra Señora de las Angustias a finales del siglo XVII a construir una nueva capilla de mayores dimensiones en el que la sagrada imagen pudiera ser venerada por un mayor número de fieles y de una forma más íntima que no provocara interrupciones en el culto ordinario del templo. Este nuevo ámbito tuvo y tiene una enorme importancia aún a día de hoy puesto que se trata de uno de los escasos “espacios barrocos” que se conservan casi intactos en la ciudad. A este podríamos añadir el Oratorio de San Felipe Neri o la Capilla de las Maldonadas de la iglesia de San Andrés.
 
Hasta entonces la Virgen se hallaba situada en la primera capilla del lado de la epístola, la cual gozaría de unas características similares a las de la mayoría de las aún existentes en el templo. Allí presidía un retablo que se había ofrecido a costear don Antonio de Tapia, según se indica en el cabildo de diciembre de 1663: “continuando el celo grande en servicio de nuestra Señora de los cuchillos y deseo de que su capilla estuviese con todo adorno y decencia y para esto hacía a su [propia] costa un Retablo muy suntuoso que se estaba dorando y que había ya más de ochocientos ducados”. Se trataría de un retablo prechurriguesco que no diferiría en demasía de los que aún hoy día observamos en las capillas de la Encarnación y de San José de la propia penitencial. Señala Burrieza que “la colocación de la imagen en su entonces nueva ubicación, era una demostración más de devoción, sacando en procesión a la imagen alrededor de lo que se conocía como plaza del Almirante, con la participación de otras cofradías a través de los habituales altares. Era el 5 de abril de 1664. Sin embargo, no era la transformación ni definitiva ni necesaria”.

La construcción de la nueva capilla o camarín fue, según Canesi, posible gracias a “la devoción que los fieles han tenido con esta Reina de los Ángeles y con más extremo sus diputados y cofrades”. Las gestiones para la edificación comenzaron con el cabido de 21 de abril de 1699 en el que se acordó adquirir al Cabildo catedralicio cinco casas colindantes al templo penitencial para una vez derribadas poder construir en el terreno resultante la nueva y flamante capilla de la Virgen. Ese espacio fue tan amplio que además se pudo también elevar una nueva sacristía y la casa del capellán. Hay que tener en cuenta que la construcción de la nueva capilla implicaba el derribo de la antigua, de la cual eran patronos los sucesores de los Aranzamendi, por lo que se hizo imprescindible la autorización de éstos. Este trámite no encontró inconvenientes y el acuerdo entre ambas partes se firmó el 20 de abril de 1703 en la notaria del escribano Lorenzo de Aguirre. En él dieron su “licencia para abrir esta obra magnífica don Alfonso Piñero como patrono que era entonces en la menor edad de su hijo don Anastasio”, a cambio de seguir siendo los patronos de la nueva capilla.
Arco de entrada a la capilla
No obstante, antes de llegar a este acuerdo las obras ya habían comenzado, concretamente el 11 de junio del año 1700, tardando en realizarse casi una década. La causa de tal demora fue la escasa liquidez de las arcas de la cofradía, si bien hubo devotos de especial relevancia social que contribuyeron decisivamente a la construcción de este nuevo espacio. Fue el caso del “Excelentísimo Sr. Duque de Osuna -Francisco de Paula Téllez-Girón y Benavides, sexto titular del ducado- y otros muchos caballeros y particulares vecinos de esta ciudad”, entre los cuales se encontró Agustín de Montiano, agente de negocios de la Chancillería, que en agosto de 1704 solicitó que no cesase la obra, por lo adelantada que estaba y la ausencia de medios para proseguirla: “en este Cabildo el Sr. D. Agustín de Montiano propuso como tenía un nieto que se llamaba Agustín Gabriel de Montiano y Luiando que se hallaba enfermo... y desde luego le dedicaba a Nuestra Señora para que la sirviese y fuese su cofrade y que sirviéndose la cofradía de reservarle y hacerla diputado ofrecía quinientos reales para que sirviesen de ayuda de dicha obra. Y por toda cofradía se admitió”.
A finales de 1708 la obra estaba ya casi concluida puesto que en el cabildo del 18 de octubre “se acordó por dicha cofradía, tratando en razón de la nueva obra y capilla de Nuestra Señora, se cerrasen y condenasen los siete nichos que están en el segundo cuerpo de la capilla, donde ha de asentar el tabernáculo”. El fruto según Canesi fue “una capilla tan primorosa que no pudo el arte adelantar más y aunque se entra por la iglesia principal a ella (en que está colocada en su tabernáculo dorado esta soberana Señora) también se puede entrar por otra parte a la capilla que está toda labrada con exquisitas molduras y altares por toda la redondez ochavada, y algunos cuadros de sus misterios de pincel sutilísimo”.
Bóveda de la primera estancia de la capilla
El resultado final fue una nueva capilla o camarín compuesto por dos espacios centralizados dispuestos de manera perpendicular al lado de la epístola de la iglesia y con entrada a través de un gran arco. El primer ámbito, que tiene forma de octógono alargado y recibe luz a través de una linterna rematada en su exterior por una aguja revestida de pizarra, es el lugar reservado para los fieles que se acercaban a orar a la Virgen de las Angustias, pero también para las autoridades y otros miembros de la cofradía puesto que se dispuso un pequeño coro y a los lados sendos balcones. Entre los nervios de la cúpula se abren dos pequeñas ventanas afrontadas mientras que en los otros seis lados se reproduce el escudo de la cofradía: una cruz con espadas en los extremos del travesaño que se clavan en un corazón portado por dos ángeles, tras esta escena se abre un rompimiento de gloria. Por su parte, el segundo ámbito también adopta la forma octogonal y viene a ser el espacio sagrado del conjunto ya que está completamente reservado a la Virgen. Con un esquema de camarín de tipo deambulatorio, el centro lo ocupa el tabernáculo en el que reposa la Virgen mientras que en las paredes se disponen siete retablillos con otras tantas pinturas que efigiaban los Siete Dolores de la Virgen.

A la vez que se iba finalizando la parte arquitectónica se emprendió la tarea de amueblamiento y decoración de la capilla. Para ello se contó con numerosos artífices, entre los cuales destacan cuatro: el escultor Pedro de Ávila, los ensambladores Francisco Billota y Gregorio Díaz de Mata, y el dorador y estofador Santiago Montes. Billota se encargó de labrar las puertas y las ventanas de la capilla, además de fabricar el tabernáculo en el que se entronizaría a la Virgen de las Angustias y que por desgracia desapareció en 1797 debido al cambio de gusto promulgado por la nueva fe neoclásica. Por su parte, Gregorio Díaz de Mata construyó los dos retablos ubicados en la primera estancia de la capilla y que sirven de marco a las esculturas de Pedro de Ávila del Ecce Homo y de Cristo atado a la Columna, las dos hornacinas planas en las que se encuentran el San Juan y la Magdalena del “paso” del Descendimiento (1616) tallado por Gregorio Fernández, y, los siete retablillos del camarín de la Virgen que enmarcan las pinturas de los Siete Dolores de la Virgen de Manuel Peti. Finalmente, en Santiago Montes recayó la labor del dorado y policromado de todos estos retablos y hornacinas, y seguramente también de otros elementos que decoran ambas estancias, como puede ser el arco de acceso al camarín.
La decoración de la capilla se remataría a finales del mes de agosto de 1710, momento en el que se terminan de abonar sus emolumentos al dorador Montes. Por entonces ya estaba todo preparado para la inauguración y postrera colocación de la Virgen en su nuevo trono. Relata Canesi que se celebraron diferentes festejos religiosos y profanos, destacando la procesión del día 6 de septiembre en la que se trasladó a la Virgen a la catedral y en la que participaron el corregidor y todas las cofradías penitenciales de la ciudad levantando altares a lo largo del recorrido. Se trataba de la típica mezcla de la fiesta barroca con el esplendor efímero: “trasladó esta cofradía esta gran Madre de las Angustias de su sagrada casa a la santa iglesia catedral, con mucho regocijo, estando todas las calles extraordinariamente adornadas de tafetanes y colgaduras, y allí fue venerada desde el día 10 de septiembre hasta el 14 en que por la tarde se formó la procesión y fue por la calle de los Orantes a Fuente Dorada en que la Cofradía de la Piedad tenía un altar ochavado. Prosiguió por la Cerería donde la de Jesús Nazareno elevó otro de preciosas molduras y toda la plazuela de los escribanos de provincia estuvo muy adornada, bajó a la Panadería y de allí al Ochavo en que la Pasión ideó otro muy vistoso altar en el aire, hizo tránsito a la Platería y en el templo de la Cruz se dejó admirar otro en el aire, también a costa de su cofradía que fue de mucha pompa y gusto, fue a la calle de Cantarranas y Cañuelo y con grandes aclamaciones ocupó su trono María Santísima, servida de todas las cofradías penitenciales que fueron alumbrando. Cerró tan noble unión la ciudad con su corregidor y aquella noche turbó la esfera de aire un excelente fuego con variada multitud de cohetes y teniendo ya dispuesta una corrida de toros se malogró su intento por haber llegado a Valladolid aquella misma noche nuestros católicos Reyes D. Felipe V y su carísima esposa, retirándose de los enemigos que con porfiada guerra les molestaban, por lo cual despojaron los altares a toda prisa, atajando los graves inconvenientes que se consideraron y todo el lucimiento de danzas y otras invenciones festivas que habían divertido mucho cesó, quedando las cofradías, que con liberalidad hicieron el gasto, muy mortificadas”.

Como deja patente Burrieza, “las circunstancias políticas no eran las más adecuadas para los fuegos de artificio, pues aquella misma noche entraba en Valladolid, huyendo del avance del archiduque Carlos de Austria hacia Madrid, el rey Felipe V y su esposa María Luisa Gabriel de Saboya. La ciudad del Pisuerga se convertía en corte de retaguardia, manteniéndose las personas reales por estos lugares hasta bien entrado el otoño. Sin embargo, en aquella fecha solemne de la traslación, las cofradías hubieron de recoger precipitadamente todas las joyas de los altares, habiendo realizado un gasto que no se pudo lucir”. Hemos de recordar que por entonces aún se estaba desarrollando la Guerra de Sucesión (1701-1714), y que, según señala Ventura Pérez, existía el rumor de que “el señor archiduque estaba en España, se sonaba que venía a esta ciudad a causa de haber enviado a un tambor a pedir las llaves, y la ciudad haberle respondido que las llaves eran de Felipe V; sin embargo, que si las quería que viniese por ellas. Con este motivo la gente empezó a decir que venía el enemigo, y en una noche desnudaron toda la plaza que había en la calle y en su lugar lo adornaron de pasta. Y el archiduque no vino”. También dejó patente, aunque de forma más escueta, que “en este año de 1710 se colocó a María Santísima de los Cuchillos en su nueva capilla; estaba toda la ciudad muy adornada de altares y mucha alhaja de plata”.
Por fotografías antiguas sabemos que encima de los retablos colaterales se situaban dos espejos de grandes dimensiones con marcos ricamente tallados con decoraciones vegetales, y también que entre el retablo del Ecce Homo y la hornacina de San Juan se dispuso a finales del siglo XIX un pequeño altarcito neogótico con la imagen de un Crucificado del que ignoro su época, autor y si aún se conserva. A continuación vamos a tratar de manera más pormenorizada los diferentes elementos que conforman las dos estancias de la capilla con excepción del tabernáculo de la Virgen pues de él realizaremos una monografía en el siguiente artículo.

Fotografía de la capilla de la Virgen de las Angustias realizada por el fotógrafo portugués Antonio Passaporte a comienzo del siglo XX
Primera estancia. Retablos colaterales
Los retablos colaterales de la primera estancia se adaptan perfectamente a la forma cóncava del muro, siendo idénticos tanto en estructura como en decoración. Se hallan embutidos en sendos arcos excavados en la pared, aunque el ensamblador ha concebido una especie de arco decorado con casetones que parece proteger al retablo. La decoración lo invade todo. Tienen un pequeño banco que se articula a través de netos y de las repisas de las columnas que estructuran el cuerpo del retablo, en el cual se abre una hornacina central -presididas por Cristo atado a la columna y el Ecce Homo, ambas obras de Pedro de Ávila- rematada en semicírculo y a los lados cuatro columnas salomónicas, dos a dos. Finalmente, el ático, que adopta forma semicircular, tiene en el centro un lienzo y a los lados dos tableros con decoraciones de rameados vegetales. La pintura del retablo del evangelio (Ecce Homo) representa la Oración en el Huerto, mientras que el de la epístola (Atado a la Columna) efigia las Lágrimas de San Pedro. A buen seguro que por su factura y calidad se deban a Manuel Peti, autor documentado de las pinturas del “deambulatorio” del tabernáculo de la Virgen. Como observamos se trata de una iconografía plenamente pasionista.
GREGORIO DÍAZ DE MATA. Retablo del Cristo atado a la columna (h. 1710)
MANUEL PETI (atrib.). La Oración en el Huerto o Cristo confortado por el ángel (h. 1710)
GREGORIO DÍAZ DE MATA. Retablo del Ecce Homo (h. 1710)
MANUEL PETI. Las lágrimas de San Pedro (h. 1710)
El historiador neoclásico Isidoro Bosarte fue el primero en aludir a las dos pequeñas esculturas atribuidas a Pedro de Ávila. El crítico señalaba en su Viage a España que en la capilla de la Virgen de los Cuchillos existía “un Señor a la columna, como de cinco cuartas de alto, cuya expresión es muy notable, y se atribuye a Gregorio Hernández no sin fundamento”. Posteriormente, Matías Sangrador llegó a afirmar que “el Señor atado a la columna [es] obra de Gregorio Hernández”; misma atribución que realizara Casimiro González García-Valladolid: “a los costados del arco de entrada al camarín de la Virgen hay dos repisas con las estatuas, hermosísimas y de gran unción religiosa, de Santa María Magdalena y San Juan Apóstol y Evangelista, obras de Gregorio Hernández, así como las dos efigies de Jesús atado a la columna que ocupan los retablos laterales de esta capilla”. En cambio, Agapito y Revilla no estaba de acuerdo con esas opiniones: “no creo, sin embargo, que esta talla sea del maestro. La considero una copia o imitación de los Cristos del mismo tema que Fernández labró, del que formó tipo. Tiene, ciertamente, expresión parecida a los otros Cristos del artista en la Cruz y Pasión (éste ahora en el Museo), igual actitud y composición semejante a los mencionados; pero es más falto de proporciones, más grueso y el modelado de las carnes no tiene el jugo y suavidad de los desnudos más característicos de las obras de Gregorio. Es verdad que es buena escultura; más no puede pasar de una copia, como digo, ejecutada a la vista de otra y, quizá, por un oficial que hubiera trabajado a las órdenes del maestro”.
PEDRO DE ÁVILA (atrib.). Cristo atado a la columna (h. 1710)
PEDRO DE ÁVILA (atrib.). Ecce Homo (h. 1710)
Posteriormente, Gratiniano Nieto no aportó demasiada luz al tema puesto que simplemente se limitó a repetir lo dicho hasta el momento y también a datar el Cristo atado a la columna, de forma errónea, a “comienzos del XVIII”; mientras que el Ecce Homo lo conceptuaba como “obra posible de Gregorio Fernández”. Por su parte, Martín González en su Guía histórico-artística de Valladolid (1972) se limitaba a aseverar que ambas piezas son “del tipo de la de Gregorio Fernández”, sin llegar en ningún momento a atribuírselas a ningún escultor. Serían Martín González y Urrea los que darían una atribución certera que con el paso del tiempo no ha sido discutida. Efectivamente, ambos escribieron en el respectivo tomo del Catálogo Monumental de Valladolid que “pudieran ser obras tempranas de Pedro de Ávila”. Dos años después esta atribución se vio reafirmada en el catálogo de la exposición Pequeñas imágenes de la Pasión en Valladolid. En él Hernández Redondo atribuía a Pedro de Ávila la imagen de Cristo atado a la columna, mientras que Luna Moreno hacía lo propio con la del Ecce Homo.

Primera estancia. Hornacinas laterales y Arco de acceso al camarín de la Virgen
El arco de acceso al espacio reservado a la Virgen se encuentra completamente forrado por talla decorativa dorada y policromada simulando elementos vegetales y también un amplio y aparatoso cortinaje rematado en un pabellón cuyas telas abren sendos ángeles alados. En sendas repisas situadas sobre la línea de imposta asientan dos elegantes y dinámicos ángeles turiferarios con las alas extendidas y ropajes movidos por el viento que prefiguran la gracia rococó. Extienden un brazo, en cuya mano exhiben un corazón, mientras que con la otra mano sujetan un incensario que actualmente sirve de lámpara. El intradós del arco se haya decorado con casetones, a la manera de los retablos colaterales, decorados con talla vegetal crespa, mientras que más abajo, casi a la altura de la cabeza de los fieles se disponen dos interesantísimos bustos de perfil Cristo y la Virgen en bajorrelieve, algo completamente extraordinario dentro de la escultura vallisoletana pues no encontramos ningún otro ejemplar. Es especialmente destacable y de una calidad muy subida el de Cristo. Debajo de los dos bustos encontramos dos graciosos torsos de angelitos hipermusculados coronados de flores y frutas que introducen los brazos entre la decoración vegetal que completa estos paneles.

Parte superior del arco de acceso al camarín de la Virgen
Detalle del pabellón descorrido por los ángeles
Ángel turiferario
ANÓNIMO. Busto de Cristo (h. 1710)
ANÓNIMO. Busto de la Virgen (h. 1710)
Flanquean este arco de acceso dos hornacinas laterales planas incrustadas en la pared. El cuerpo principal lo conforma un espacio que cierra en arco de medio punto y alrededor de él surge una riquísima decoración vegetal que en las partas bajas adquiere la forma de roleos. Remata todo en una especie de ático sobre la que asienta el emblema de la cofradía: la cruz con dos espadas que atraviesan un corazón. En el dicho cuerpo principal asientan las efigies de la Magdalena y San Juan Evangelista que Gregorio Fernández talló en 1616 para el paso del Descendimiento y que gracias a esta situación se salvaron de ir al Museo Provincial de Bellas Artes en 1842. Tanto estas dos hornacinas como el arco de acceso al camarín forman parte de un juego perspectivo en el que todas las miradas, incluidas las de la Magdalena y San Juan, convergen en la Virgen de las Angustias.
GREGORIO DÍAZ DE MATA. Hornacina de la Magdalena (h. 1710)
GREGORIO DÍAZ DE MATA. Hornacina de San Juan Evangelista (h. 1710)

Segunda estancia. Hornacinas de las pinturas
Finalizamos con los siete retablillos realizados por Gregorio Díaz de Mata y policromados por Santiago Montes que contienen en su interior otras tantas pinturas sobre lienzo realizadas por el pintor vallisoletano Manuel Peti Bander que efigian los Siete Dolores de la Virgen, ambientando de esta manera a la Virgen de las Angustias o de los Cuchillos, con sus siete espadas. Se trata de la Circuncisión, la Huida a Egipto, Cristo entre los Doctores, el Camino del Calvario, la Crucifixión con la Virgen y San Juan, la Piedad y el Entierro de Cristo. Son pinturas de remate de medio punto y de una enorme calidad que demuestra que el artista conocía las últimas novedades artísticas de la Corte y más concretamente las propuestas de Luca Giordano. A pesar de que en los documentos tan solo se habla de las “tres pinturas que faltaban” no cabe duda de que las siete son obra suya, al igual que los dos cuadritos de los áticos de los retablos colaterales que ya hemos citado.
MANUEL PETI. Cristo entre los doctores (h. 1710)
MANUEL PETI. Camino del Calvario (h. 1710)
MANUEL PETI. La Crucifixión con la Virgen, San Juan y la Magdalena (h. 1710)
MANUEL PETI. La Piedad (h. 1710)
Los siete cuadros rodean el elemento clave de este espacio, el tabernáculo en el que asienta la Virgen de las Angustias, pero eso es otra historia… concretamente la protagonista del próximo artículo.


BIBLIOGRAFÍA
AGAPITO Y REVILLA, Juan: La obra de los maestros de la escultura vallisoletana: papeletas razonadas para un catálogo. II, Fernández – adiciones y correcciones, Casa Santarén, Valladolid, 1929.
BALADRÓN ALONSO, Javier: Los Ávila: Una familia de escultores barrocos vallisoletanos [tesis doctoral], Universidad de Valladolid, Valladolid, 2016.
BOSARTE, Isidoro: Viage artístico a varios pueblos a España. 1, Viage a Segovia, Valladolid y Burgos, Imprenta Real, Madrid, 1804.
CANESI, Manuel: Historia de Valladolid (1750). Tomo II, Grupo Pinciano, Valladolid, 1996.
GONZÁLEZ GARCÍA-VALLADOLID, Casimiro: Valladolid, sus recuerdos y sus grandezas: religión, historia, ciencias, literatura, industria, comercio y política. Tomo I, Imprenta de Juan Rodríguez Hernando, Valladolid, 1900.
MARTÍN GONZÁLEZ, Juan José y URREA, Jesús: Catálogo Monumental de la provincia de Valladolid. Tomo XIV. Monumentos religiosos de la ciudad de Valladolid (1ª parte), Institución Cultural Simancas, Valladolid, 1985.
ORDUÑA REBOLLO, Enrique: Cofradías y sociedad urbana: la ilustre Cofradía Penitencial de Nuestra Señora de las Angustias de Valladolid (1563-2002), Ciudad Argentina, Buenos Aires, 2003.
PÉREZ, Ventura: Diario de Valladolid (1885), Grupo Pinciano, Valladolid, 1983.
PONZ, Antonio: Valladolid en el “Viaje a España” (1783), Grupo Pinciano, Valladolid, 1993.
URREA, Jesús y VALDIVIESO, Enrique: Pintura barroca vallisoletana, Editorial Universidad de Sevilla y Universidad de Valladolid, Sevilla, 2017.

jueves, 9 de abril de 2020

COFRADÍA DE NUESTRA SEÑORA DE LAS ANGUSTIAS: El Descendimiento o "La Sexta Angustia" (Gregorio Fernández, 1616-1617)


El paso de “El Descendimiento” o de “La Sexta Angustia” de la Cofradía Penitencial de Nuestra Señora de las Angustias fue una de las más bellas y monumentales creaciones que las calles de Valladolid han tenido la oportunidad de ver en Semana Santa durante siglos. Y hablamos en pasado porque desde hace un siglo no ha vuelto a hacerlo de manera completa, si bien desde 2003 se volvió a sacar una parte de él: el San Juan y la Magdalena, conservados en la iglesia penitencial de las Angustias, y las dos copias de los ladrones que posee la Cofradía de las Siete Palabras; es decir, faltaban los Ladrones reales y el grupo principal del paso, la Piedad o Sexta Angustia, todo ello conservado en el Museo Nacional de Escultura. Ojalá en un día no muy lejano el paso vuelva a poder salir en procesión tal y como fue concebido por Gregorio Fernández.

Salida del paso en 1923 por primera vez tras la recomposición efectuada por Juan Agapito y Revilla

HISTORIA
El conjunto fue realizado por Gregorio Fernández en el año 1616 y vino a sustituir a uno anterior fabricado en papelón, el cual con motivo de su mal estado de conservación o bien por el deseo de la cofradía de unirse a la moda de pasos ejecutados a tamaño natural y en madera policromada, se acordó venderlo en 1618. A este antiguo paso debieron pertenecer las figuras de Nicodemo y José de Arimatea que Pedro de Ibarguren había policromado en 1573.
Si Gregorio Fernández había esculpido el paso a lo largo de 1616, un policromador de su máxima confianza, así como uno de los más prestigiosos del momento, y perteneciente a una importante familia de pintores, Marcelo Martínez, fue el encargado de dar vida a esas magistrales imágenes a través de un excelente policromado a comienzos de 1617, de suerte que sabemos que el 22 de marzo ya había finalizado su trabajo. A Martínez se le abonaron, entre otros conceptos, 60 reales “para comprar 30 conchas de oro, para pelotear los cabellos de la Magdalena y San Juan del paso nuevo”. A estos dos profesionales se unió el concurso de otro, el lapidario Hervás García, que fue el encargado de tallar los ojos de las esculturas. Antes de proseguir hemos de señalar que si bien no se ha conservado, o eso parece, el contrato para la ejecución del paso, no cabe ninguna duda de que el conjunto fue labrado por Fernández, ya no solo por la magistral calidad del mismo, y que ningún otro podía lograr en aquellos momentos, sino también porque consta que se pagaron 28 reales “a los hombres que trajeron el paso desde la casa de Gregorio Fernández”.

En el libro nuevo de cabildos de la cofradía (comenzado en 1618) aparecen las plantas de las procesiones de 1620, 1623 o 1625, en las que figura el paso del Descendimiento (nombre con el que se le conoció tradicionalmente) pero su primera descripción procede de Canesi, que al hablar de la procesión de las Angustias del Jueves Santo de 1750, se refiere a éste como “otro de Cristo en el regazo de su Madre Santísima, cuando descendió de la cruz, y los dos ladrones puestos en sus cruces”. Desde entonces han sido numerosas las descripciones vertidas por diferentes eruditos, historiadores y viajeros, ya no solo del grupo procesional sino también del lugar en el que se encontraba dispuesto en el templo y también, algunos de estos personajes, se atrevieron a efectuar la atribución del grupo, o de parte de esas figuras, a diferentes autores: Leone Leoni, Pompeyo Leoni, Gregorio Fernández… Hemos de tener en cuenta que por entonces se desconocía la paternidad del paso procesional.
Así, el abate Antonio Ponz, ilustrado de gustos neoclásicos y recalcitrante odiador del Barroco en cualquiera de sus expresiones, señaló que el grupo de la Piedad se encontraba en una capilla del lado del Evangelio, e incluso se atrevió a atribuir las efigies de los Ladrones a Leone Leoni ("en una capilla al lado del Evangelio se ve también, del mismo Hernández, Jesucristo difunto, del natural, en los brazos de la Virgen; y los dos Ladrones, que allí hay, se atribuyen a Leon Leoni, que hizo tan buenas obras en el Escorial como usted sabe"). Como podemos comprobar no cita en dicha capilla las imágenes de San Juan y la Magdalena, y eso es porque en hacia 1710, fecha de la construcción de la capilla de la Virgen de las Angustias, fueron trasladadas a ese recinto, en el que aún se encuentran, para ocupar sendas peanas hornacinas barrocas -talladas por el ensamblador Gregorio Díaz de Mata- que a buen seguro causaron un buen dolor de estómago al amigo Ponz, al igual que toda esa capilla en general, y el primitivo baldaquino churrigueresco que por entonces presidía la “señora de Valladolid”. Sin duda el hecho de encontrarse en las referidas hornacinas fue lo que libró a ambas imágenes de ser llevadas al Museo cuando se recogieron las esculturas procesionales de las penitenciales.

Capilla en la que se encontró el paso completo hasta 1710, y en el que se mantuvieron la Piedad y los ladrones hasta 1842

Una visión simular tuvo Ceán: "... y un grupo de la Virgen con el Señor difunto en los brazos, colocado en una capilla del lado del evangelio". Por su parte, Isidoro Bosarte no tragó con la atribución de los Ladrones a Leoni que había efectuado Ponz, y desde luego demostró su buen ojo: a mí me parece que son de Hernández, no porque están cercanos a este grupo, sino porque Leoni no se ajustaba a la morbidez del natural como Hernández; y también porque las fisionomías de los Ladrones de esta historia coinciden en sus formas con otras figuras de Hernández, y con ningunas de las que hemos visto de Leoni”. Asimismo, describió el grupo de la Piedad: “La principal de la iglesia de las Angustias está en una capilla del crucero en el lado del evangelio. La Señora está sentada y el cuerpo del Señor difunto casi todo extendido a lo largo; la Virgen sostiene el brazo izquierdo del Señor, oprimiéndole con un canto de la sábana sobre que está echado el cuerpo difunto. Mira la Virgen al cielo, la toca le cae hasta cerca de las cejas, y tiene la boca entreabierta. Muestra la Virgen un poco el pie izquierdo calzado de negro como los de Juni. La belleza de este grupo se dejaría ver enteramente sino estuviera repintado. Sin embargo debe ser aún según se halla un objeto de admiración. Fue un pintor, mediocre y no dorador el que repintó este grupo ya hace años, según nos han informado".

Desde siempre ha sido uno de los pasos más admirados y fotografiados del Museo. ¡Eres Pura Maravilla de Arte!
En abril de 1842, la “Comisión de Arbitrios de Amortización de la Provincia acordó privar a los fieles de algunas meritísimas efigies", y se llevó para enriquecer el Museo, entre otras figuras, "la incomparable Dolorosa con Jesús en el regazo". Ya en el Museo, cuando éste se organizó por la Comisión clasificatoria, y con los números 28 y 30 de la sala 2ª de Escultura, se catalogaron en 1843 los Ladrones y con el 23 a la 3ª La Virgen con el Señor en el regazo, atribuyéndoselas a Fernández. Lo mismo hizo Martí en su Catálogo, donde dio los números 65, 66 y 67 de Escultura a El mal ladrón, La Virgen con el Señor difunto y El buen ladrón. Cuando en a comienzos de la década de 1920 se empezó a revitalizar la Semana Santa vallisoletana, y Agapito y Revilla emprendió la tarea de reconstruir los pasos a partir de las figuras que estaban en el Museo Provincial colocó para la procesión de 1922 las imágenes de la Magdalena y San Juan delante del grupo de la Piedad, mirando hacia los protagonistas. El paso salió completo solo ese año pues para el siguiente decidió suprimir las figuras de los Ladrones “por ciertas dificultades en el armado, al salir las procesiones de 1924 y 1925, en que quedó formado sólo con la Piedad y el San Juan y la Magdalena”. Una composición diferente fue la planteada por el recordado Luis Luna Moreno, ex director del Museo Nacional de Escultura, en 1986, según la cual en el paso se colocarían originariamente los Ladrones adelantados, casi en el mismo plano que la Virgen y Cristo, la Magdalena y San Juan detrás, a ambos lados de éstos, desde donde Magdalena miraría a Cristo y a su madre, y Juan dirigiría la vista hacia la cruz desnuda. A pesar de todo, ambas reconstrucciones son discutibles, mientras no existan otros datos que precisen la verdadera composición.

Reconstrucción en la exposición "Sexta Angustia" en 1991
Reconstrucción planteada por Luis Luna en 1986
Faltan por referir dos detalles: durante algunos años, allá a mediados del siglo XX, las esculturas de San Juan y la Magdalena formaron parte del paso de Nuestra Señora de la Piedad de la cofradía del mismo nombre, como podéis ver en las fotografías que pondré a continuación; y también hay que repetir que a comienzos del siglo XXI la Cofradía de las Angustias volvió a sacar en su Procesión de Regla, en la madrugada del Viernes Santo, los restos del paso del Descendimiento, es decir San Juan y la Magdalena flanqueando una cruz desnuda, si bien años después la Cofradía de las Siete Palabras decidió cederles sus copias de los Ladrones, y así hasta el día de hoy. Ojalá un día no muy lejano este acto de generosidad no sea necesario porque la Ilustre Cofradía ha conseguido volver a sacar el grupo original completo.

Reconstrucció virtual efectuada por José Miguel Travieso para la web Domus Pucelae

ANÁLISIS DEL “PASO”
Señala Manuel Trens que la Piedad representa a la Virgen dolorosa (Virgen de la Pasión) después de la Crucifixión de Jesucristo. Es el momento en el que una vez se ha consumado la muerte de Jesús, su madre se reúne con él y lo recoge en sus brazos. Es un momento de soledad puesto que “es un momento de trágica dispersión (…) desaparecen los personajes históricos (…). La Virgen, pues, se quedó sola, víctima de su grandeza y sumergida en su dolor, entregada exclusivamente a la piadosa contemplación de sus devotos”. La Piedad viene a ser una representación en la que se ensalza el papel dual de la Virgen como Madre y como Redentora de la humanidad. A veces se ha pensado que esta iconografía es una simplificación del “Llanto sobre Cristo muerto”, si bien para Réau “la Virgen de la Piedad deriva más bien del tipo tradicional de la Virgen sentada, por simple sustitución del Niño Jesús por el Crucificado”.
La representación de la Virgen de la Piedad hunde sus raíces en la Alemania medieval, concretamente entre los siglos XIII-XIV. Allí se la denomina Vesperbild, que significa “imagen vesperal”, según Trens debido a que “fue el viernes por la tarde cuando María recibió en sus brazos a su Hijo desclavado de la cruz”. Este pasaje no figura en los Evangelios sino que es una más de las creaciones de la mística medieval, como lo fueron la Virgen de la Misericordia o el Varón de Dolores. Esta temática en concreto, “realista y visionaria a la vez”, surge a raíz de las Meditaciones del Pseudo Buenaventura, de las Efusiones del beato dominico Enrique Susón (Heinrich Seuse) y, como no, de las Revelaciones de Santa Brígida. En todas ellas se refería a que la Virgen tenía sobre sus rodillas a Cristo muerto. Susón en su Minnebüchlein (atribuido) describe a Cristo en ese instante con “sus ojos, que brillaban como carbunclos, ahora están apagados. Sus labios, que parecían rosas rojas recién abiertas, están secos y su lengua pegada al paladar. Su cuerpo sangrante ha sido tan cruelmente estirado sobre la cruz que pueden contarse todos sus huesos”. Por su parte, Santa Brígida relata este momento según las palabras que, según ella, le había dictado la Virgen: “Lo recibí sobre mis rodillas como un leproso, lívido y magullado, porque sus ojos estaban muertos y llenos de sangre, su boca fría como la nieve, su barba rígida como una cuerda”.

Las primeras representaciones de Piedad proceden de Alemania, concretamente de los “conventos de monjas místicas del valle del Rin”, algo muy lógico dado que se trata de un “tema tan femenino y maternal”. Ya con posterioridad, el tema se extendió por toda Francia gracias a las cofradías de Nuestra Señora de la Piedad que “encargaron grupos para la decoración de sus capillas”. Los primeros ejemplos escultóricos se fechan en 1320, siendo por lo tanto “muy anteriores a las Visiones del Pseudo Buenaventura y de Santa Brígida (1303-1373)”. Las más antiguas conservadas son una localizada en Coburgo (h. 1330) y otra en el Convento de las Ursulinas de Erfurt (h. 1340). Señala Réau dos maneras de disponer el cuerpo muerto de Cristo sobre las piernas de su madre: “A veces el cadáver está dispuesto horizontalmente, como el cuerpo de un nadador que flota de espaldas, con la herida del costado bien visible; otras, por el contrario, se presenta oblicuamente, en diagonal, apoyando los pies magullados en el suelo”.
En Valladolid, la primera representación de la Virgen de la Piedad hace su acto de aparición en el Monasterio de San Benito el Real, concretamente en la capilla que poseía en el claustro (actual capilla de los Condes de Fuensaldaña) don Sancho de Rojas, obispo de Palencia. La escultura, actualmente conservada en el Museo Nacional de Escultura, era propiedad del rey Juan II de Castilla, el cual accedió a la petición del prelado palentino para que se la entregara. El grupo, realizado en piedra policromada, no es obra autóctona sino que procede de Centroeuropa, en alguno de cuyos talleres fue esculpida entre 1406-1415. A partir de entonces las representaciones de la Piedad se multiplicaron, siendo la obra sobre la que tratamos una de las piezas señeras del barroco vallisoletano.

VIRGEN DE LA PIEDAD. Taller germánico (h. 1406-1416). Museo Nacional de Escultura, Valladolid
Como bien señala Margarita de los Ángeles González, el grupo reúne las características más genuinas del estilo de Fernández: un acentuado naturalismo en los cuerpos, y numerosas y profundas angulosidades en la representación de los ropajes (sus famosos pliegues metálicos), una de sus señas de identidad. Respecto a este último aspecto el crítico ilustrado Orueta no puede evitar su censura, aunque elogia al grupo: “no cabe duda de que ha querido dar más flexibilidad y más finura a la toca de la Virgen y al sudario de Cristo que al manto y a la túnica…, sin que haya más diferencia que una mayor delgadez en los pliegues de los primeros y una mayor abundancia de quebraduras. La única tela que sabe [hacer], y no bien del todo, es la de lana, y muy gruesa… y cuando trata de hacerla más fina… le resulta papel u hojalata”.
La composición es simétrica y con una acentuada claridad narrativa ya que el artista contrapone en los malhechores miradas y gestos, les asigna diferentes actitudes corporales e incluso trata de distinto modo los cabellos de cada uno: así Dimas, el buen ladrón, inclina suavemente hacia Cristo el exánime cuerpo y la cabeza, cubierta de corto y ordenado pelo, mientras Gestas, con el cuerpo tenso, la boca abierta, el entrecejo fruncido y el cabello alborotado aparta su rostro de los protagonistas. Todos estos recursos se insertan en una representación anatómica impecable, convirtiendo a estas esculturas en admirables. En medio se sitúa el grupo de la Piedad. Pero curiosamente este grupo se aparta de la ordenación simétrica, ya que entraña un retorno al goticismo, dada la posición diagonal de Cristo. La visión del grupo es frontal, pero el triángulo es disimétrico. Otras dos figuras se dispondrían a los lados del eje: San Juan y la Magdalena, ya que las miradas convergen hacia el centro. Ahora bien, sin duda se evitaba la rigidez de esta ordenación. Si Dimas mira hacia afuera, poseído de rabia. María Magdalena miraría a la Virgen y Cristo. En cambio, San Juan tiene la vista levantada, sin duda dirigida hacia la cruz desnuda. Finalmente habría que señalar la famosa leyenda, que más bien creo que es una realidad, por la cual Gregorio Fernández habría decidió dotar al Buen Ladrón del rostro del Duque de Lerma debido a una serie de cantidades que le adeudaba. Si observamos los rasgos faciales de Dimas y los comparamos con las pinturas que retrataban el noble veremos que bien podría tratarse de la misma persona.

Grupo de la Piedad (1,75 m. x 2,18 m. x 1,40 m.)
Se trata, sin lugar a dudas, de una de las Piedades más bellas de la estatuaria policromada española debido a su calidad y a la fuerza expresiva que emana de ella. Serrano Fatigati la describió de la siguiente manera: “Hay líneas en el Jesús yacente del grupo de la Piedad que tienen la corrección clásica; así como la expresión dramática del rostro de su divina Madre no ha sido excedida en otras famosas representaciones análogas. Si alguna efigie le es comparable y aún pudiera estimarse superior por algunos, es la de las Angustias, salida de las mismas manos que se conserva también en Valladolid, en la capilla de Santa Cruz”. También es altamente interesante la expuesta por Dieulafoy, uno de los mayores entusiastas de Gregorio Fernández: “La Piedad expuesta en el museo provincial en el amontonamiento de estatuas y cuadros coleccionados después del saqueo (sic) de los conventos es ya una obra sin par. El rostro y las manos de la Virgen son pálidos, de una palidez de sufrimiento; el dolor ha retirado la sangre. La túnica, de un encarnado oscuro un poco basto, está en parte recubierta por un manto, en el azul del cual entra un poco de blanco y una fuerte proporción de índigo. La toca de la Virgen, el sudario donde va a ser envuelto el Cristo, la cintura que se ataba en la cruz, son blancos, pero el pintor ha hecho notar sus valores, pues la batista de la toca, el hilo del sudario y la lana de la cintura se distinguen y prestan un mutuo apoyo lejos de perjudicarse. En cuanto al Cristo, cuyos cabellos están pintados en una gama muy oscura, tiene la palidez cadavérica, muy diferente al de la Virgen, con gris muy fino, contusiones lívidas e hilillos de sangre alrededor de las llagas. La flexibilidad y la libertad del modelo no tienen iguales más que en la variedad y armonía discreta de las pinturas".

Fernández trabajó el tema de la Piedad en cinco ocasiones aunque su punto de partida parece encontrarse en los ejemplares realizados por Juan de Juni. En todos ellos mantiene dos elementos: la Virgen elevando los brazos, y la incrustación del cuerpo de Cristo en el regazo de la Virgen. Cristo aparece como colgado de la pierna derecha de la Virgen, de manera que la axila se acomoda en la rodilla. Es una hábil y compacta organización plástica. A pesar de poder encontrar precedentes en Juni y Gaspar Becerra, el modelo más cercano para Fernández es el maravilloso altorrelieve de la Piedad del retablo mayor de la iglesia de las Angustias, obra de su maestro, Francisco Rincón.
La Virgen tiene el brazo derecho extendido en señal de dolor. Con la mano izquierda sostiene el cuerpo de Cristo. Pero no toca directamente su cuerpo, sino que exquisitamente emplea un pañuelo. Mantiene el rostro ladeado y la boca entreabierta. Viste toca blanca, enmarcándole el rostro, con borde listado, una túnica roja y un manto azul con borde imitando encaje dorado. El cuerpo de Cristo se encuentra rígido, como la de los Yacentes, y tendido sobre un sudario blanco. Posee un elegante desnudo, de delgada musculatura. El brazo izquierdo de Cristo cae verticalmente mientras que el otro sigue el perfil del cuerpo. La pierna de la Virgen queda oculta por los pliegues del manto, asomando sólo la punta del zapato negro. Se finge un suelo de rocas, con matas de plantas. Por la parte posterior el grupo tiene abultados pliegues y está pintado, como corresponde a figura procesional. Sin duda tendría la cruz, pues se imagina la escena al pie de la roca del Calvario.


Los Ladrones
Por la compostura, por el magnífico modelado, por el rostro más sereno, se distingue enseguida la estatua del Buen ladrón de la del Mal ladrón, en postura más violenta y de protesta o rebeldía, con el rostro contraído como muriendo renegado. Desnudos hermosos en que se ve la carne viva como en ninguna otra obra del maestro. Orueta se deshizo en elogios hacia esos “admirables ladrones”: “En ellos, tal vez por no representar a personajes divinos, ha acentuado el autor las masas musculares, y ha dado a las proporciones una perfección y una virilidad y una elegancia que es raro encontrar, no sólo en sus otras obras, sino en casi ningún otro desnudo castellano. Esencialmente, el de San Dimas muestra claramente la fuerza expresiva tan enorme que tiene este hombre al modelar la carne. Por el asunto, no ha habido gran necesidad de sugerir un sentimiento religioso, y el modelado del cuerpo no tenía, por lo tanto, que acentuar lo que dijera la cabeza; no era preciso idealizar la proporción, ni extenuar los miembros, ni darle gravedad a esa actitud. No se trataba más que de hacer un hombre, tal como el artista quisiera, y en plena libertad para escoger la forma que más sintiera y para revelarla a su placer. Y lo ha hecho hartándose de sentir la carne viva, la carne humana, con un fondo de humanidad y una fuerza tan grande, que aquello no da la impresión de imagen, ni de escultura, sino de simple estatua de un hombre en cueros; impresión rara, que sorprende y agrada por su novedad; porque parece que no se ha sentido nunca nada de igual índole ante ninguna obra de arte. Y aquel cuerpo es, además hermoso: una de las pocas obras realmente hermosas que ha labrado Gregorio Hernández, está movido con justeza y con arte; observando muy bien el esfuerzo que hace en su cruz y que le contiene la sujeción de los clavos. Y está, por último, perfectamente dibujado desde cualquier punto de vista que se tome”.

Gestas. El mal ladrón
Ambas imágenes fueron las elegidas para ser vaciadas en yeso con objetivo pedagógico, regalando ejemplares al Rey por mediación del primer ministro. Esos vaciados sirvieron de enseñanza en la Real Academia. El secretario de la misma, José Berdonces, señaló en 1803: “Arriba a esta ciudad un perito en el arte de vaciar en yeso, llega a noticias de la Academia por medio de su individuo don Leonardo Araujo, no se pierden de vista las apreciables perfecciones de las Estatuas de los dos Ladrones correspondientes a uno de los pasos de la Pasión del Salvador existentes en la iglesia penitencial de las Angustias de esta ciudad, obra de Pompeyo Leoni; acuerda este Real Cuerpo vaciarlas a expensas de sus individuos; una generosa porfía facilita los medios; comisionase a Araujo para que presencie la operación, resulta esta un éxito envidiable, no pierde el encargado tan feliz coyuntura para proporcionarse este ramo de instrucción, lógrala en efecto al favor de sus felices disposiciones, y ya se lisonjea la Academia de poseer un individuo habilitado para decorarla con los dignos modelos que enriquecieron el Reinado del Señor Felipe II". De esos vaciados se conservaban en época de Agapito y Revilla algunos restos: en la clase de Dibujo artístico de la Escuela de Artes y Oficios artísticos estaban el medio cuerpo superior del vaciado del Buen Ladrón, al que faltaban los brazos, y otro medio cuerpo de la Magdalena.

Dimas. El buen ladrón
Gestas (2,22 m. x 1,75 m. x 0,48 m) presenta un enorme expresionismo y agitación. Tiene los brazos más inclinados y el cuerpo caído. Paño de pureza más quebrado. Dos cortes del crurifragium en el muslo y pierna izquierdos. Si los clavos de Dimas están a la misma altura, en Gestas se colocan desnivelados para forzar el cruzamiento y el movimiento de las extremidades inferiores. Pero además, como alma en pena, aún no ha expirado. Se niega a contemplar a Cristo. Tiene los ojos abiertos y se proyecta con fuerza su lengua. Cabellos, bigote y barba de mechones gruesos. Entrecejo violentamente fruncido. Una contraposición muy estudiada entre los dos Ladrones.
Por su parte, San Dimas (2,13 m. x 1,63 m. x 0,52 m), posee un desnudo naturalista, un verdadero estudio anatómico. Encarnación mate, lo más adecuado para valorar la anatomía. Tonalidad oscura, broncínea. Acaba de morir y tiene la cabeza inclinada suavemente, en señal de descanso. Cabello corto y plástico, recordando la cabeza del Duque de Lerma. Ojos cerrados, boca entreabierta; bigote y perilla, todo con la mayor elegancia. Paño de pureza quebrado, blanco y con listas. Piernas cruzadas, y pies con sendos clavos. Fernández ha valorado el efecto del dolor, pues los dedos se retuercen. Muslo derecho con la herida del crurifragium; y para dar variedad, también herida en la pierna izquierda. Pero no hay señal de fractura; no se ha alterado la bella anatomía de este desnudo.





















Santa María Magdalena (1,68 m.)
María Magdalena se retuerce sobre sí misma, llorando mientras miraría al grupo de la Piedad. En la mano derecha porta el tarro de perfumes con los que se embalsamó el cuerpo de Cristo, mientras en la otra hace lo propio con un pañuelo que se lleva al rostro para secarse las lágrimas. La talla es exquisita y la policromía también, de suerte que el pintor, Marcelo Martínez, ha simulado en el brazo izquierdo y en el pecho puntillas como si la Magdalena tuviera encajes en los referidos sitios. Se trata de una imagen bien plantada, con una composición en zigzag que busca por oposición la verticalidad de San Juan. Peina largas cabelleras que le dejan al descubierto la oreja derecha. Viste una túnica azulada, sujeta con cinta y una banda cruzando el pecho. completamente surcada de los característicos pliegues de Fernández; los mismos drapeados se observan en el manto color crema. Asoma la punta del zapato.

Santa Juan (1,68 m.)
Por su parte San Juan presenta una disposición erecta y extremadamente elegante. Eleva la mirada hacia la cruz del martirio que en el paso se sustanciaría en una cruz desnuda similar a la que hoy sale en dicho paso. A pesar de la serenidad que presenta en el rostro queda patente un dolor contenido. En la mano derecha sostiene la espinas y en la izquierda un paño con el que limpiaría la sangre de Cristo. Exhibe un rostro juvenil y un cabello desordenado que forma un copete de pelo sobre la frente. Los pliegues de los ropajes, túnica verde y manto rojo, son menos complicados que en el caso de la Magdalena, aquí tienen una caída más suave y vertical. La ropa llega hasta el suelo, pero asoma la punta del pie desnudo.


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