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viernes, 9 de diciembre de 2016

EL MONUMENTO A CRISTÓBAL COLÓN, ALMIRANTE DE LA MAR OCÉANA


Valladolid nunca ha sobresalido por homenajear a aquellas figuras históricas que la hicieron grande en siglos pasados. De hecho, todavía me parece mentira que genios como Gregorio Fernández, Juan de Juni o Alonso Berruguete no tengan su correspondiente monumento. Diversos azares del destino llevaron a que cierto genovés que murió el 20 de mayo de 1506 en el Convento de San Francisco de Valladolid sí que contara con un monumento más que merecido. Su nombre: Cristóforo Colombo aka Cristóbal Colón, nada más y nada menos que el descubridor de América.


La fiebre que se dio en España durante la segunda mitad del siglo XIX por levantar monumentos a las personalidades más destacadas tanto del país como de las diversas localidades llevó a Valladolid a querer erigir monumentos a algunos de sus hijos más ilustres, sin embargo pocos fructificaron, y los que lo hicieron fueron muchos años después. Ya en 1864 hay noticia de que la ciudad quería tributar un monumento o lápida conmemorativa a Cristóbal Colón, a Miguel de Cervantes y al Conde Ansúrez; en 1891, Rodríguez Carretero ofreció un modelo de estatua de Colón alusiva a sus últimos momentos; y en 1892 Darío Chicote presentó al Ayuntamiento un humilde boceto en yeso con el busto del Almirante “a quien un genio indicaba el derrotero para descubrir América”. Ninguno de estos proyectos llegó a materializarse. Unos años después, un golpe de suerte llevó a la ciudad a adquirir del Estado un monumento ya construido y de dignidad y altura más que destacables.

En enero de 1901 el alcalde, en sesión del Ayuntamiento, hace la primera referencia al Monumento que se iba a colocar en La Habana y había sido devuelto a España, agradeciendo la iniciativa de los periódicos El Correo y El Liberal en apoyar la conveniencia de que se instalara en Valladolid. Este monumento había sido realizado por el magnífico escultor sevillano Antonio Susillo (1857-1896) (su trayectoria se inscribe dentro de la corriente realista, de carácter naturalista y narrativo, aún todavía con ciertos ecos de un romanticismo que, por entonces, se hallaba en plena regresión.), tramitándose en 1891 por el Ministerio de Ultramar. En el Boletín de la Academia de San Fernando de dicho año aparece la Real Orden de convocatoria del concurso, destinando 50.000 pesos para la construcción de un sepulcro en el crucero de la Catedral de La Habana, donde se conservan los restos de Cristóbal Colón y 100.000 para la erección de un monumento conmemorativo del descubrimiento de América en el Parque central de la Catedral de La Habana. Será éste el que tras diversos avatares se instalará en Valladolid. Cuatro meses después de publicada la convocatoria, se da noticia en el mismo Boletín de los proyectos presentados. En la relación aparece el de Antonio Susillo, de Sevilla, Pablo Rodó, de Barcelona y Arturo Mélida, de Madrid. Se adjudica el premio a Susillo y se le encarga la construcción del monumento con arreglo al proyecto presentado. Fernández Duro dijo del poyecto del sevillano que “cuando un artista interpreta los hechos de manera tan sencilla como elocuente, consiguiendo hermanar con la idea de glorificación y componerlas en condición estética sin duda ha acertado. El modelo satisface al pensamiento del concurso abierto por el Gobierno de S. M.; es por tanto acreedor al premio ofrecido”.

Fotografía de Antonio Susillo
Proyecto de Antonio Susillo
El grupo de Colón dentro de la desaparecida iglesia del Convento de San Norberto antes de su emplazamiento en el Monumento
El Monumento, realizado en piedra y bronce, adopta una configuración escalonada que consta de una gradería sobre la que se alza el basamento. En el zócalo, en forma de pirámide truncada, se sitúan cuatro relieves de bronce de talla menuda y detallista que representan a Cristóbal Colón explicando su proyecto a los Padres de La Rábida, la Salida del Puerto de Palos, la Llegada a América y la Recepción a Colón en Barcelona. En los ángulos se disponen cuatro grandes figuras alegóricas, sentadas y recostadas, tratadas de forma naturalista y sumaria, que representan El Estudio, La Náutica, El Valor y La Historia. El segundo cuerpo consiste en una pirámide truncada que sustenta una esfera rodeada por faja elíptica de bronce con el lema “Non plus ultra”, el león español, el águila de San Juan sosteniendo el escudo de España, y dos medallones. Sobre el globo, y culminando el conjunto, surge la figura semiarrodillada de Colón en la proa de una pequeña barca; detrás en pie la alegoría de la Fe, mujer con rostro velado, cáliz y una cruz en las manos. Este remate fue modificado con respecto al proyecto, ya que éste reflejaba “una barca colocada sobre el globo, combatida por una ola. Esta barca lleva la Fe, conduciendo a un joven indio, que simboliza, el Nuevo Mundo, descubierto bajo la égida de la Cruz”. En el informe de la Academia se advierte que no parece adecuada la alegoría ya que la nave, gobernada por la Fe, va a descubrir Las Indias y no es el indígena el descubridor, “la composición ganaría mucho, dice Fernández Duro, sustituyendo la figura con la del descubridor verdadero, la de Colón, guiado por la excelsa virtud que más en él brilló y que sirvió de vínculo a su inteligencia con su inagotable voluntad; virtud que fue el rasgo característico del héroe, hasta el punto de inspirarle la ciega creencia de la dominación universal del Catolicismo para lo futuro”. La obra se acopla a un patrón narrativo, al gusto de la época, con participación de elementos simbólicos.

El Estudio
La Nautica
El Valor
La Historia
Recepción a Colón en Barcelona
Cristóbal Colón explicando su proyecto a los Padres de La Rábida
Salida del Puerto de Palos
Llegada a América
El monumento fue fundido en París por “Thiebaut Frères, fondeurs” y cuando se disponía su traslado a La Habana tuvo lugar la independencia de Cuba lo que determinó un cambio de destino. Numerosas poblaciones españolas solicitaron entonces la concesión del monumento, cuya parte escultórica había quedado en París, autorizada su exhibición en la Exposición Universal de 1900, mientras que los sillares del basamento se encontraban en Pontevedra. En principio, se pensó en colocarlo en el madrileño Parque del Retiro. Así también, el Ayuntamiento de Sevilla solicitó en 1898 la concesión. Precisamente, ese mismo año, comienza a leerse en la prensa una férrea defensa de la colocación del Monumento a Colón en Valladolid. El 20 de febrero se publica un artículo en El Norte de Castilla en esta línea, recogiendo a su vez otro artículo de El Correo en el que se dice: “Sólo la ciudad cuyo nombre va unido al nombre de Colón, carece de un monumento que perpetúe su memoria en ella. Esta ciudad es Valladolid donde murió Colón el 21 de mayo de 1506. Ningún sitio mejor para levantar ese monumento”. Al mismo tiempo el ayuntamiento vallisoletano recibe el ofrecimiento del escultor Aurelio Carretero para cooperar gratuitamente en la reconstrucción y emplazamiento del Monumento si el Estado lo concede a la ciudad. El Ayuntamiento nombra una Comisión para que gestione todo ello y el 26 de febrero se concede dicho monumento a Valladolid.

Monumento a Colón en la década de 1910
A partir de aquí surgen todo tipo de discusiones respecto a su emplazamiento y por ello se abre un concurso popular para que todo vallisoletano pueda opinar. En El Norte de Castilla se publican artículos con el título “Desfile de Opiniones”, destaca entre ellos el firmado por Pedro Miguel de los Santos en el que expone las ventajas del emplazamiento de este monumento al final del Campo Grande “ya que ofrece cuatro puntos cardinales de mira a grandes distancias que permiten admirar a satisfacción el grandioso monumento”. Hay también otras opiniones que se inclinan hacia la Plaza Mayor, Plaza Zorrilla, etc. En sesión de 3 de abril se aprueba la propuesta de emplazamiento en los siguientes términos; “El punto que se estima más a propósito es la Gran Plaza existente al final de los Paseos del Campo Grande, sirviendo como base de partida o centro el encuentro de los ejes del Paseo Central, de los referidos paseos y de la carretera vulgarmente llamada de los Filipinos; a muy poco coste puede lograrse una plaza circular cuyo centro ocupará el monumento de referencia, alrededor de la cual pueden disponerse anchas calzadas para los carruajes decorado y dando nuevo trazado además al extremo de los paseos”.

Monumento a Colón en 1962
La instalación siguió bastante de cerca las indicaciones expuestas y supuso un gran acierto urbanístico que da realce al grupo escultórico haciéndolo destacar en el marco ciudadano. Los problemas que surgen son numerosos, y todos ellos hacen que se retrase la inauguración. El primero que se plantea es a raíz de los sillares del pedestal. En agosto de 1901 se recibe, tras realizar bastantes gestiones, un informe del arquitecto sobre dichos sillares, en él se da cuenta de su paradero manifestando que están en Pontevedra y que su valor se eleva a 21.410 pesetas; por ello se aplaza la decisión hasta ver el proyecto de dicho arquitecto sobre un pedestal, con estos sillares o con otros, y hablar con los herederos del dueño de los sillares. Aparece también aquí la constante cortapisa económica y se plantea la necesidad de iniciar una suscripción popular para costear el monumento y poder comenzar la cimentación del pedestal. Junto con esta solución se acepta la propuesta de poner a la venta los solares sitos en el Portillo del Príncipe Alfonso, Calle de la Victoria, Paseo de San Lorenzo, Calle de Miguel Íscar y algunos más que fueran enajenables y del valor de éstos destinar lo necesario a la construcción del pedestal. Hasta 1902 no se llega a un acuerdo con los herederos de Susillo, finalmente en esta fecha se recibe la comunicación de que están dispuestos a la venta de los sillares por el precio de 15.00 ptas., cantidad que es aceptaba nombrándose una Comisión para efectuar el transporte de las piedras. Los expedientes de subasta son distintos para las tres secciones del monumento y por tanto distintos también los rematantes.

Monumento a Colón en 1979
El Norte de Castilla sigue en sucesivos artículos la marcha de la colocación del Monumento sobre todo en su fase final, son destacables las palabras de loa que acompañan a estas informaciones y así en julio de 1905 al hablar del grupo de Colón y la Fe se dice: “Las dos figuras están bien concebidas, hábilmente agrupadas y ejecutadas maravillosamente; el bronce no es allí bronce, es carne, cabellos, dedos… el arte de Susillo lo ha transformado a su antojo”. Finalmente se termina ya en septiembre de este año totalmente la instalación efectuándose la inauguración. En El Norte de Castilla el día 15 se da referencia del desarrollo del acto en los siguientes términos: “el Arquitecto Municipal leyó una memoria referente al curso de las obras y acto continuo el alcalde pronunció un breve discurso, enalteciendo el acto que se celebra y encargando al pueblo de Valladolid que sea el fiel custodio de tan hermoso Monumento”.

Terrenos en los que fue levantado el Monumento a Colón
Instantáneas del viaje de Alfonso XIII con motivo de la colocación de la primera piedra del Monumento
Inauguración del Monumento
En 1906 se intenta la construcción de una verja de hierro destinada a proteger el Monumento; las trazas son de Emilio Baeza Eguiluz y tras dos subastas fallidas se adjudican las obras en la tercera de D. Leandro Ramos. Hasta 1909 no se efectúa la negociación definitiva de dicha verja, los motivos que la componen son detalles vegetales, el escudo de Valladolid en los pilares y en los extremos se instalaron unas artísticas farolas. Posteriormente esta verja desaparecerá así como dichas farolas. En 1935 se producen cambios importantes en la decoración central de la plazuela que rodea al monumento, conforme al proyecto del entonces Director de Parques y Jardines, Francisco Sabadell Martínez. Se buscaba dar mayor esbeltez al conjunto, de siempre criticado por la escasa altura de su pedestal. Se suprimió entonces la verja que lo rodeaba y se dispusieron en su entorno unos jardines de sencillo trazado que rebajaban mediante ligero desmonte del terreno el nivel del suelo situado alrededor del pedestal. El monumento se incluía de esta forma en un todo, sin calzada de separación, integrado en el Paseo Central del Campo Grande, para lo que se le dotó en 1955 de farolas similares a las de la Plaza de Zorrilla y Paseo Central. Pero en 1969, el monumento volvió a desvincularse del Paseo, al ser creada una glorieta. Tras este cambio se sucedieron otros muchos hasta el día de hoy.

Proyecto de los jardines del Monumento a Colón (1935)
El Monumento a Colón con la verja que ealizó Emilio Baeza

BIBLIOGRAFÍA
  • AGAPITO Y REVILLA, Juan: Arquitectura y urbanismo del antiguo Valladolid (selección de textos e introducción de Jesús Urrea), Grupo Pinciano, Valladolid, 1991.
  • CUADRADO GUTIÉRREZ, Luis José: El monumento a Colón en Valladolid, Asociación Domus Pucelae, Valladolid, 2007.
  • FERNÁNDEZ DEL HOYO, María Antonia: Desarrollo urbano y proceso histórico del Campo Grande de Valladolid, Ayuntamiento de Valladolid, Valladolid, 1981.
  • VIRGILI BLANQUET, María Antonia: Desarrollo urbanístico y arquitectónico de Valladolid (1851-1936), Ayuntamiento de Valladolid, Valladolid, 1979.

viernes, 7 de diciembre de 2012

UNA PINTURA VALLISOLETANA EN PARÍS: Los "Desposorios de la Virgen y San José" de Antonio Pereda


Hoy vamos a hablar sobre una de las muchas obras de arte que existieron en Valladolid y que, por unas causas o por otras, desaparecieron de nuestra ciudad. Se trata del cuadro titulado Los Desposorios de la Virgen con San José, lienzo que presidía el presbiterio del humilde convento de San José de capuchinos. La pintura no solamente era importante por la calidad del mismo, sino porque fue realizado por uno de los mejores pintores de la época: el vallisoletano, afincado en la Corte, Antonio Pereda. Ójala algún día podamos ir recuperando nuestro patrimonio expoliado.
Vista del Convento de San José de puchinos en el plano de Diego Pérez (1788)
Vista frontal del convento realizada por Ventura Pérez hacia 1759
El retablo era solamente un enmarcamiento de madera, eso sí monumental debido a las gigantescas proporciones del óleo (6,00 x 3,85 m.). Este tipo de retablos se da en otros conventos de esta misma Orden (El Pardo, Sevilla, Cádiz, etc.).
El 27 de marzo de 1639 Antonio Pereda, que residía ya por entonces en Madrid, se obligaba a pintar un lienzo “del Desposorio de Nuestra Señora… conforme al borrón que ahora se ha de enviar a la ciudad de Valladolid y viniere corregido de allí”, con destino “a la iglesia nueva del convento de Capuchinos que se está haciendo en la dicha ciudad, a la puerta de la Pestilencia, junto al convento de Corpus Christi”. Se comprometió a entregarlo en un plazo de siete meses y por él recibió 500 ducados que costeó el regidor Juan de Zamora (200 reales al empezar el cuadro, 100 cuando esté a la mitad, y los 200 finales cuando lo entregase en Valladolid a satisfacción). El cuadro aparece firmado: “ANTONIO PEREDA F AÑO 1640”.

En 1804 Bosarte, que refería que en Valladolid no había podido encontrar más obras de Antonio Pereda, nos describe maravillosamente el lienzo. Comentaba que la pintura tenía más “de más de veinte y seis pies de alto, y forma el altar principal de la iglesia de los Capuchinos en el Campo Grande. Su asunto es los Desposorios de la Virgen. Las figuras de la parte superior del cuadro son el Padre Eterno en un trono de nubes con acompañamiento de ángeles; debajo el Espíritu Santo en un cerco o anillo de serafines; y en la parte inferior se figura un templo, en el que hay catorce figuras de tamaño natural y dos niños. El sacerdote une las manos de los esposos: a la virgen vienen acompañando varias doncellas, y a San Josef algunos varones con varas en las manos; pero no floridas como la del santo Esposo. En la primera grada del templo se lee en bien pintadas y abultadas letras la firma del autor: Antonio Pereda fecit, año de 1640. Creeré que sa esta su obra principal, así porque la hizo en su mejor tiempo, como por el empeño que dan a entender tomó en su composición y ejecución la hermosura y santidad de las cabezas, lo bien conducido de la historia, el tono y acorde general del cuadro y su bella tinta. No es de maravillar que en obsequio de su patria echase el resto”.
El cuadro fue robado, durante la invasión napoleónica, por el general de ingenieros Eblé (1758-1812), quien se lo llevó a París entre 1810-1811. En 1843 su viuda lo regaló a la iglesia de San Sulpicio de la referida ciudad. En una cartela del cuadro se lee: “Ce tableau, oeuvre du célebre peintre Antonio Pereda (sic) a éte acheté en Espagne par le General Conte Eblé et donné par la contesse sa veuve à l´Eglise St. Sulpice, en decembre 1843”. En la actualidad permanece en la sacristía de matrimonios.

Vista de San Sulpicio de París. François-Etienne Villeret

BIBLIOGRAFÍA
  • ANGULO IÑIGUEZ, Diego y PÉREZ SÁNCHEZ, Alfonso E.: Pintura madrileña del segundo tercio del siglo XVII: Pereda, Leonardo Rizi, Instituto Diego Velázquez, Madrid, 1983
  • FERNÁNDEZ DEL HOYO, María Antonia: Conventos desaparecidos de Valladolid: patrimonio perdido, Ayuntamiento de Valladolid, Valladolid, 1998
  • GAYA NUÑO, Juan Antonio: La pintura española fuera de España, Espasa-Calpe, Madrid, 1958