El tema que abordaremos hoy son los medallones del Palacio Real de Valladolid, asique para ello creo conveniente centrar el tema mediante una pequeña introducción relativa al dicho edificio, aunque tampoco muy extensa puesto que podría ser objeto de nuevos posts. Antes de comenzar con el desarrollo: Quiero dedicarle este post a -Noelia-, espero que te guste.
El
palacio de don Francisco de los Cobos –posteriormente Palacio Real– fue
proyectado hacia los años 1525-1527 en plena plaza de San Pablo por el
prestigio arquitecto clasicista Luis de Vega, arquitecto del Emperador. Aunque
aún existen algunas dudas sobre la paternidad del edificio, no cabe duda de que
es obra suya pues encaja perfectamente dentro de su producción conocida. Por
los mismos años edificaba el palacio del Doctor Beltrán, luego de los Dueñas en
Medina del Campo. La afinidad entre ambos, no deja lugar a dudas.
El
palacio ha servido como alojamiento de la familia real en sus estancias en Valladolid.
Así, por ejemplo, en 1528 la emperatriz Isabel da a luz al infante Don Juan,
hijo de Carlos V. En 1592 se alojó Felipe II, cuando la jornada de Aragón, siendo
necesario que Pedro de Mazuecos realizara algunos aderezos.
El 17
de septiembre de 1600 se firmó la venta del palacio a favor del Duque de Lerma,
más poco tiempo retuvo la propiedad, pues a su vez éste se lo enajenó a favor
de Felipe III, una vez que el rey hubiera decidido el restablecimiento de la
Corte en Valladolid Pese a todo, el Duque conservó la alcaldía y ciertas
dependencias del edificio, hasta el extremo que en ellas murió, ya de Cardenal,
el 17 de mayo de 1625. Posteriormente seguirían alojándose en el palacio, o
bien visitándolo otros muchos monarcas o personajes de la familia real. Como
anécdota señalar que también vivió en él durante algunos días el emperador
Napoleón Bonaparte.
La
suntuosa casa realizada por Vega, fundamentándonos en la fecha en que se
construía, constituye una clave principal por la que con valor primerizo se
confina en el plateresco vallisoletano las dependencias goticistas del siglo
anterior y se abren con valerosa fuerza las características del primer
manierismo en la región. En la estructura y en la decoración de los capiteles
“itálicos” resurge la figura de Bramante, recordando aquellos otros del
claustro de Santa María de la Paz de Roma. Los que aparecen en el patio de la
abadía de Fiésole o los de la casa Falinetti de Bolonia tampoco son ajenos a
éstos. En España se encuentran muy parecidos en el monasterio de Lupiana, en el
colegio Fonseca de Salamanca, en el Convento de la Piedad de Guadalajara y en
Alcalá de Henares, donde Luis de Vega se formó; en el Palacio Arzobispal, en el
convento de los Carmelitas y en el colegio de San Ildefonso. Martín González ha
señalado la incidencia que produjeron éstos en numerosos patios de la ciudad de
Valladolid.
El
patio es sin ninguna dudo uno de los más importantes de todos los que se
construyeron en Castilla en la primera mitad del siglo XVI. Se trata de una
obra clave y significativa del primer manierismo español debido a sus
proporciones y capacidad expresiva. Siempre levantó la admiración de los
historiadores antiguos que lo consideraron como “imperial” unos, otros como el
más rico y hermoso de Valladolid, méritos a los que hay que añadir el de ser el
que posee mayores dimensiones de los que conserva la ciudad.
Mantiene
extraordinariamente su carácter primitivo, incluso a pesar de que Nicolás de
Campis labrara los antepechos de los balaustres que decoran la galería alta con
los escudos de los diferentes reinos que en tiempos de Felipe III comprendía
España, motivo por el que también aparece entre ellos el de Portugal. Con el
paso del tiempo sufrió sus inclemencias y también algunos graves incidentes,
tales como un incendio que se produjo en el año de 1683, y en el de 1926 tuvo
que someterse a serias reparaciones debido a que las columnas y galerías
amenazaban desplomarse por la contracción de fuerzas que entre sí ejercían,
pero en ambos casos la solución llegó con rapidez.
| Antepechos con los escudos de los reinos de Felipe III labrados por Nicolás de Campis |
Su
planta es cuadrangular, presentando en los pares alternancia de cinco y seis
huecos respectivamente. En altura se compone de dos órdenes de galerías
articuladas por esbeltas columnas que en la inferior portan basas de garras y
en ambas capiteles iconográficos sobre los que descansan arcos carpaneles.
Son muy
interesantes los capiteles que poseen decoración agrutescada, “itálicos” como
los denominó el tratadista toledano Diego de Sagredo. Su trazado es estilizado
y muestra labores minuciosas de trofeos, cintas, formas vegetales, etc., que
cubren sus frentes; los ángulos de estos capiteles están decorados a manera de
volutas por cabecitas de ángeles alados, monstruos, varias clases de animales,
infantes, etc., y los del piso inferior tienen de particularidad de que figuras
de niños arrancan de ellos enjarjándose en las piedra y ascendiendo por los
ángulos de los salmeres. En el piso superior, para dotarle de una mayor altura
y establecer con el de abajo la proporción de 1,6 : 1 sobre los capiteles
colocó el arquitecto ábacos decorados con triglifos.
El piso
superior se remata por una greca decorada con ovas y palmetas sobre las que
destaca una airosa cornisa que muestra gárgolas monstruosas para el desalojo de
las aguas de las lluvias, éstas se colocan en una cadencia rítmica alternante,
es decir: a: b: a: b:…
De
extraordinario interés se pueden clasificar los medallones figurados que ocupan
las enjutas de ambas galerías. Constituyen un rico muestrario de
representaciones humanas conferidas de un hondo sentido simbólico que se
complementa con la expresividad de los capiteles itálicos.
Su
calidad es muy irregular y desde el punto de vista estético se aprecia que no
formuló un criterio definido en la colocación estratégica de los mascarones ya
que en ambos pisos se entremezclan unos con otros. Técnicamente los del piso
inferior están labrados de forma plana, e incluso algunos aparecen rehundidos,
mientras que el resto llegan a alcanzar un medio relieve en la mayoría de los
casos, sin duda para equilibrar la perspectiva óptica que se infiere al
observarlos desde el suelo.
La
mayoría de estos medallones son de difícil interpretación ya que salvo algunos,
muy pocos, el resto carece de indicadores, además, los que los tienen, han sido
fuertemente erosionados por los agentes atmosféricos, aparece de que los
escultores que los labraron utilizaron para señalarlos cualquier parte del
ropaje. No obstante, en algunos, así como en un par de capiteles, se han podido
precisar conjunciones de letras similares a estas composiciones: “FORTUNE”,
“A:V:B:E”, “A:V:I:F”, OPUS PAULIO”, “A.V.”, “A:V:E”, etc. De todas las maneras
la identificación de estos personajes de ambos sexos es harto dudosa; tomando
por base los atuendos que muestran y el parecido que se aprecia al comprarlos
con grabados de los Promptuarios de
medallas de insignes barones que entonces circulaban por Europa con gran
profusión sirviendo de modelo para numerosos edificios platerescos, se puede
deducir con cierta proximidad que Lucrecia
parece estar figurada en un medallón que representa a una mujer suicidándose
con un puñal; que al aparecer otra figura con una inscripción que parece aludir
a la Fortuna junto a ella estarán las Virtudes; será Aquiles un varón coronado
con casco y con penacho de plumas; acaso sea Moisés otro en el que un hombre
porta una especie de tablero, y así sucesivamente un prelado que pudiera ser el
Cardenal Cisneros; Judith otra de las mujeres; Aníbal, Príamo, Carlomagno y
Augusto serían sendos guerreros e incluso podría ser que estuvieran
representados los propios patronos de la construcción, doña María de Mendoza y
don Francisco de los Cobos, así como el Emperador Carlos V, los reyes Católicos
y algunos de los familiares o ascendientes militares que en el pasado honraron
a la familia.
Entre los
tallistas, canteros y escultores que labraron los medallones capiteles, etc.,
se pueden citar algunos nombres conocidos, aunque es lástima no poseer la lista
completa, pues a buen seguro y tal como indica la calidad irregular de los
trabajos, debieron ser numerosos los que los realizaron. En primer lugar se
puede señalar aquél que firma un medallón de la galería alta y que representa a
una mujer, está firmado “OPUS PAULIO”, modismo que ha hecho pensar en un
maestro italiano. Por testimonio escrito de Cristóbal de Villalón (1539) es
sabido que el secretario del Emperador contó con varios italianos para decorar
su casa, certifica en fecha tan próxima a las obras que dos hábiles jóvenes
Julio de Aquiles y Alejandro Mayner, labraron en su casa “al gentil y antigüedad”.
También
del escultor Esteban Jamete se tiene constancia de que trabajara para el
arquitecto Luis de Vega en Valladolid, pues en una audiencia se le concedió
como reo en la causa de herejía que le incoó el tribunal de la Inquisición de
Cuenca declaró que hacia 1536 había residido en “Medina del Campo e estuvo allí
dos o tres meses labrando unas medallas en casa del doctor Beltrán e unas
gárgolas e armas e otras cosas de talla, e de allí se fue a Valladolid donde
estuvo fasta mes y medio e trabajó en las casas de Cobos a su oficio de
entallador”.
En
definitiva, es evidente que Francisco de los Cobos gracias a su cultura
pretendió rodearse de artífices avanzados y en buen número de los casos que
tuvieran serios conocimientos del arte italiano coetáneo. Zarco del Valle
documentó la tentativa que tuvo el poderoso comendador de traer a Valladolid a
Bartolomeo Ramenghi “il Bagna Cavallo” y Biagio delle Lame “il Pipini”,
pintores boloñeses, con la intención de que trabajaran en su palacio.
BIBLIOGRAFÍA
- MARTÍN GONZÁLEZ, Juan José: Catálogo Monumental de la provincia de Valladolid. Tomo XIII. Monumentos civiles de la ciudad de Valladolid, Diputación de Valladolid, Valladolid, 1983.
- RIVERA BLANCO, José Javier: El Palacio Real de Valladolid, Institución Cultural Simancas, Valladolid, 1981.


