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viernes, 5 de febrero de 2021

EXPOSICIÓN: "Félix Cuadrado Lomas. Pinturas. Homenaje a Pilar Benavente"

 

El jueves 14 de enero de 2021 se inauguró en la Sala de Exposiciones de la Diputación Provincial de Valladolid del Palacio de Pimentel, llamada “Sala Ortega Coca” en honor de la ilustra profesora de Historia del Arte de la Universidad de Valladolid María Teresa Ortega Coca, la exposición “Félix Cuadrado Lomas. Pinturas. Homenaje a Pilar Benavente”, en la cual la institución provincial homenajea al insigne pintor vallisoletano, el más destacado de la ciudad desde mediados del siglo pasado, reuniendo una cuidada selección de su obra que abarca sus más de 60 años de profesión. Sin embargo de lo dicho, la exposición resulta ser un doble homenaje, de la Diputación al pintor, y del propio artista a su mujer, fallecida recientemente y a la cual podemos observar en el magnífico retrato que su marido la hizo: Pilar Benavente retratada con flores (1993).

A través de las pinturas podemos observar a la perfección la evolución que el pintor ha efectuado a lo largo de tantas décadas dedicadas a este noble arte. Nada tienen que ver sus primeras pinturas, en las cuales percibimos la influencia de Van Gogh, Dufy o Utrillo a un maestro que ha concebido un universo personal con un estilo propio que él mismo define como “Línea, forma y color”. Pero no sólo ha creado un estilo propio, sino que ese “Universo Lomas” también hace referencia a las temáticas que trató en su obra, alguna de las cuales es creación propia. Así, tenemos sus paisajes apodados “Tierras construidas”, los retratos, los desnudos, los toreros -en los cuales lo último que le interesa es el mundo del toreo sino el barroquismo de la fiesta-, los bodegones, “carnes y huesos”, sus queridas mulas, las barcas de Nazaré, las viñas, los borrachos de las tabernas, amén de otros cuadros alegóricos en los cuales homenajeó a algunos de sus pintores predilectos: Homenaje a Valdés Leal (1959), Homenaje a los Manieristas (1987), Homenaje a Antonio Pereda (1991), Homenaje a Berruguete (1992).

Primavera postimpresionista en Castilla (2014)
Chopos en el regato (2016)
Paisaje con Roble (1988)

Sin lugar a dudas la pintura más importante de la exposición es Toreros antes del paseíllo (1987), un retrato colectivo del Grupo Simancas, del cual nuestro pintor fue el miembro más célebre. Cuadrado Lomas tuvo la ocurrencia de retratar a sus amigos -en el Grupo Simancas todos eran amigos- de forma conjunta y original, por lo que decidió caracterizarles de toreros, y aprovechar los trajes de luces y los capotes para introducir determinados simbolismos.

Toreros antes del paseíllo (1987)

Félix Cuadrado Lomas nació en Valladolid, en la actual calle de Panaderos junto a la Plaza del Caño Argales, el 4 de diciembre de 1930. Primogénito del matrimonio formado por Crescencio Cuadrado y María Lomas, su primer contacto con el dibujo, y por lo tanto con la pintura, estuvo propiciado por su abuelo paterno, Epifanio, que le dibujaba animales para entretenerle cuando le venía a visitar. Sus inicios “profesionales” estuvieron marcados por la realización de modestos trabajos relacionados con la pintura aplicada al escaparatismo: pancartas para las rebajas o rótulos de precios. Sin embargo, todo cambió a principios de 1957 ya que montó en la Casa Galicia, en compañía de su amigo el pintor Luis Sanz, la que sería su primera exposición. En ella mostró alguna de sus obras más célebres como la Cabeza de mi tía Leocricia (1957) y el Bodegón de los chorizos (1956). Meses después presentó otra exposición en el Ayuntamiento en la que dio a conocer una serie de pinturas que representaban diversos enclaves de Valladolid (Paisaje del Campo Grande, 1957; Paisaje del Poniente, 1957; o Fin de Feria, 1958) y en las que quedaba patente una clara influencia postimpresionista, especialmente de Van Gogh, pero también de otros artistas como Raoul Dufy o Maurice Utrillo, este último famoso por sus paisajes urbanos de París. Para rastrear los inicios de su estilo más característico y personal hubo que esperar hasta 1959 en que pintó Cortados de Cabezón: “Esta pintura que parece tan simplona tiene gran importancia. De la mitad del cuadro para abajo es cuando interpreto ya la tierra en planos, con una visión ya moderna. Fue como una revelación con el caballete delante del paisaje”.

Desde entonces su vida se convirtió en una sucesión interminable de exposiciones (hasta hace poco organizaba al menos una al año) y viajes (Las Hurdes, León, Nazaré, Francia, Italia, México), pero también en un largo camino en el que fue adquiriendo un estilo y sello propio inconfundible que le ha llevado a convertirse en uno de los grandes maestros de la pintura castellanoleonesa. A lo largo de seis décadas de incansable oficio ha creado una obra de temática heterogénea en la cual ha sabido evolucionar desde un realismo convencional, muy sui generis, mezclado con una poética postimpresionista y expresionista de potente colorido, hacia un estilo propio cuyas bases son la geometría, la pureza constructivista, “la línea, la forma y el color”. Él mismo reconoce que esa frase podría ser “una buena definición de mi pintura. En el paisaje, en el retrato y en todo. El remate de todo es el color plano o con volumen”. En otra ocasión refirió que “siempre pinto lo que quiero expresar usando la línea, la forma y el color, me basta con ellos. Si no puedes expresar con eso es que no puedes expresar nada. Pero también hay que tener en cuenta la gracia, la armonía, la composición, el equilibrio, la perspectiva y muchos elementos más. Es muy importante saber componer”. También ahí destaca puesto que estructura sus lienzos de una manera audaz mediante una compleja simplicidad compositiva basada en la compartimentación geométrica de las superficies.

Bodegón con membrillos, maíz y pared encalada (2012)
Bodegón de pan, vino y mantel (2013)
Bodegón de guindas, osamentas y espigas en trampantojo (2013)

Debido a esa pureza geométrica y desnudez volumétrica no sería descabellado definirle como “el Cézanne castellano”. De hecho, su visión del paisaje parece entroncar con la del francés: “La arquitectura popular de los pueblos es geometría. Las formas geométricas de los tejados a dos aguas, a una, son conos truncados, a veces una pirámide… mira los palomares. Para comprender esto hay que conocer la geometría euclidiana: observa las casas de Castilla, sus aristas y puntos”. “Tanto el paisaje como las casas son formas creadas que existen geométricamente, el tetraedro, un cilindro, una esfera, que son los cuerpos puros. Las formas puras cristalizan en paralelepípedos”.

A la limpieza espacial y a la importancia dada al dibujo también hemos de sumar el despliegue cromático, con combinaciones bellamente matizadas llenas de armonía a base de gamas suaves y tonalidades hábilmente contrastadas. Si en sus inicios aplicaba unos colores potentes que lo inundaban todo y predominaban sobre el dibujo, con el paso del tiempo los colores quedarán encapsulados en el interior de las formas geométricas separados por potentes líneas negras, y, además habrá una tendencia no sólo hacia la monocromía sino también hacia el color plano. Cuadrado Lomas señala que los colores que predominan en su obra son “el ocre y el amarillo porque son los que más se dan en el paisaje que pinto. También se dan los verdes. Pero cada color tiene sus cualidades y sus perspectivas. El color nunca es puro porque actúa con la luz, siempre hay grises es el valor, si los analizas, todos son grises, que es el color que predomina”. Recientemente, en el documental Tierras construidas (Arturo Dueñas, 2015), declaraba que ya poco le importa el color porque utiliza el que le da la gana, aunque desde nuestra óptica no corresponda a lo usual, por ejemplo, un rostro en color verde en vez de color carne.

Retrato de castellana "Leocricia Lomas" (1958)
Desnudo (2017)
Meretriz durmiendo (1959)

Otra de las notas distintivas de su estilo es que nunca se aparta de la realidad, por muy abstracta que pueda parecer la obra. Lo que sucede es que la ha adaptado a su visión y la ha sintetizado al extremo, realizando en ella un importante ejercicio de pureza constructivista. De hecho, en alguna de sus series más recientes, estoy pensando en estos momentos en los diez dibujos de Tierras construidas, ha concebido el paisaje mediante unas simples líneas quebradas sabiamente acompañadas por un total dominio del color.

Mulas en campo castellano (1959)
Bodegón de cabeza de lechazo (1976)
Asador de castañas (1962)
Caballo muerto (1960)

Aunque nunca suelo compartir mis sentimientos en el blog, en esta ocasión quiero señalar que el día de la inauguración de la exposición fue uno de los días más felices de mi vida por cuanto al fin pude conocer, gracias a la mediación de una amiga, al ilustre pintor al que tanto admiro, tal es así que es el artista por el que siento una mayor devoción. Así, tuve la fortuna de poder compartir unas breves palabras con él, y también agradecerle el detallazo que tuvo conmigo unas semanas antes de firmarme el artículo que le dediqué en la revista Read & Made Nº 8 (Diciembre 2020) que publica la Asociación Reunart de la Universidad de Valladolid, asociación compuesta por historiadores del arte de la referida universidad y amantes de la Historia del Arte en general. Aprovecho para dejaros la portada de la revista y señalaros que si deseáis conseguir un ejemplar os pongáis en contacto conmigo. Su precio es tan solo de 5 euros.

miércoles, 28 de septiembre de 2016

EXPOSICIÓN: PEDRO MONJE. Memoria y símbolo


Si hay una fuente popular en Valladolid, y en la que desean hacerse fotos tanto los pucelanos como los visitantes, esa es la de "los Colosos", situada en la Plaza de la Rinconada, en las traseras del precioso Ayuntamiento historicista. Pues bien, la ejecución de los dos "colosos" se debe a uno de los mejores artistas con los que ha contado Valladolid en las últimas décadas, y que por desgracia nos dejó hace unos pocos años. Se trataba de Pedro Monje Lara, un jienense de Lopera (1945), aunque vallisoletano de adopción, ya que aquí vivió gran parte de su vida, concretamente desde que en 1978 se trasladara a la capital del Pisuerga para trabajar en la empresa automovilística Fasa Renault. Fue por entonces cuando este polifacético artista polifacético (escultor, pintor, ceramista, grabador...) abrió su primer taller en la calle Mota, nº 3. Su formación se llevó a cabo en Cataluña, donde consiguió importantes éxitos antes de su matrimonio con una vallisoletana.

A manera de homenaje a este excelente escultor (no en vano se alzó con un premio tan importante como la Medalla Lorenzo el Magnífico, en la II Bienal de Florencia de Arte Contemporáneo) la Diputación de Valladolid ha decidido en este mes de septiembre organizar una magna exposición que contiene alguna de las piezas más significativas que a lo largo de unos 40 años elaboró Pedro Monje, tempranamente desaparecido en 2012. Como señala Montserrat Acebes, esta exposición muestra un recorrido por las diferentes facetas y etapas de su obra. Al mismo tiempo pretende dejar constancia del afecto que el artista sintió por esta ciudad, con la que ha mantenido una constante relación a lo largo de su trayectoria profesional. Son tantos los acontecimientos culturales que relacionan a Pedro Monje con esta Institución, que es imposible enumerarlos. Por encima de todos ellos sobresale, por la excepcional resonancia que obtuvo y por el impulso que supuesto en su carrera artística, la exposición "Tierra y Fuego" llevada a cabo en 1992. La exposición, que se desarrolla entre el 2 de septiembre y el 2 de octubre de este año se puede admirar en la Sala de Exposiciones de la Diputación de Valladolid, en el Palacio de Pimentel.
 
A continuación, se analizará brevemente su obra, tanto escultórica, pictórica como cerámica, siguiendo puntualmente las palabras que Montserrat Acebes ha plasmado en el catálogo de la muestra. Se trata de una de las mejores conocedoras de la obra del artista ya que ha sido la autora de la única monografía existente sobre Monje, la cual se puede adquirir en la exposición,:
Pedro Monje, aunque de procedencia andaluza (Lopera, Jaén 1945 – Valladolid 2012), en todo momento supo sintetizar y armonizar los valores e impresiones de aquellos otros lugares en los que ha transcurrido parte de su vida, en particular de Valladolid, donde fijó su residencia. De ahí que su huella esté presente en diversos espacios públicos de nuestro entorno. Es inevitable señalar La Fuente de los Colosos, en la plaza de la Rinconada, lugar de referencia para los vallisoletanos y los visitantes que se acercan a nuestra ciudad. También podemos ver su estela en los numerosos murales realizados por encargo del Ministerio de Educación y Ciencia para diferentes centros de enseñanza, a los que se suman Poesía del Sol y del Agua en el Parque Fuente del Sol y otros muchos realizados a lo largo de Castilla y León como La puerta del Cielo para el proyecto europeo Artecampos en Mayorga (Valladolid) o el elaborado para el Centro de Investigación de las Aves Lagunas de Villafáfila (Zamora).

En el plano artístico destaca por su versatilidad: pintor, escultor, ceramista y grabador. Su afán de investigar con nuevos materiales, técnicas y estilos ha hecho posible una obra en constante evolución que se debate, a lo largo de su trayectoria, entre la figuración y la abstracción. La fuerza del color y el carácter táctil son notas que definen la expresión del artista. Concretamente, el carácter táctil se impone, tanto en la pintura y en el grabado, como en el acabado de los bronces de ricas y diversas texturas, y por supuesto en las piezas de cerámica que, en este caso, va implícita en su propia naturaleza. En lo relativo a la temática, hay una corriente humanística que da coherencia a los diferentes géneros. En ella trata de expresar los sentimientos inherentes al ser humano como son: la ternura, la pasión o el deseo de libertad. Sentimientos que irradian en torno a la familia. Entre los motivos, cobra protagonismo la figura femenina que se manifiesta en toda su dimensión: elegante y sofisticada en las damas con sombrero; llena de ternura en las maternidades; también proyecta su faceta intelectual en La lectora o la mitológica en Diosa Luna. A veces, la presencia inmersa en el paisaje, pasando a ser, éste, escenario de vivencias, a la par que adquiere un carácter intimista con cierto matiz idílico. El género animalístico gira en torno al caballo que lo aborda desde el plano mitológico y como símbolo de fuerza y belleza, en el que subyace un claro referente a su Andalucía natal.

La pintura de Pedro Monje ha ido evolucionando desde el Impresionismo y el Modernismo hasta las tendencias más vanguardistas, acercándose en particular a las corrientes matéricas y en algunos momentos se impone lo gestual a una abstracción geométrica. Su admiración por la poesía constituye una constante vital. De ahí que el carácter lírico vaya implícito en el juego de elementos plásticos. Sus lienzos albergan infinidad de símbolos que le conectan con lo onírico, y, por ello, con un surrealismo también de matiz poético. Con él, configura un lenguaje propio e intransferible que explica el universo inasequible de su obra. Ese lenguaje, con su magia, le ha permitido establecer un diálogo entre sentimiento y razón, entre lo ingenuo y lo profundo, poniendo el acento en el aspecto particularmente literario, como se observa en muchos de sus títulos. En lo referente al color se intuye una interrelación con los espacios vividos, en particular con sus raíces andaluzas que están presentes en los azules profundos y en los blancos radiantes de sus lienzos. En la primera etapa, la gama fría se manifiesta en intensos verdes, azules y violetas en cuyo sustrato permanece el mar y la luz del Mediterráneo. A finales de los ochenta, su encuentro con Castilla implicó un giro hacia los tonos tierra, dominando los ocres luminosos.

Diana con pamela (1981)
Caballos alados (1997)
Sin título (1996)
En cerámica trabaja el gres y las tierras refractarias que somete a altas temperaturas para conseguir obras de carácter escultural dotadas de una fuerza totémica. El artista pone su mirada en culturas ancestrales de lugares lejanos, a la vez que deja constancia de su admiración por los estadios prehistóricos de la Península Ibérica, a los que suma un entramado de corrientes actuales con el fin de fusionar tradición y modernidad. Se observa en estas piezas una síntesis de contrarios, el carácter tosco de la materia les imprime una fuerza que irradia monumentalidad, pero al mismo tiempo la delicadeza con que trata a esas tierras refractarias y la variedad de texturas hacen que el artista consiga toda la sobriedad y elegancia que encierra lo clásico. Otras piezas, muy personales y de carácter bulboso, toman formas femeninas de esbeltos cuellos y ricos tocados. También son de destacar, como homenaje a Velázquez, sus particulares versiones de Las Meninas. Estas piezas se caracterizan por la gran minuciosidad de detalles y los ricos toques vidriado, notas que las hacen inconfundibles y ser muy consideradas por los coleccionistas.

Menina V (2008)
Paraíso encontrado (2007)
Tótem I (1991)

En lo relativo a la escultura en metal se observa un componente clásico en cuanto a la concepción de volúmenes y proporciones, que apreciamos en las pequeñas piezas de bronce o en aquellas que han pasado a formar parte de los espacios públicos, como El cavador o El monumento a los emigrantes para el Parque de la Verja de Lopera (Jaén). En las obras que denomina “paternidades” y “maternidades”, sirva de ejemplo Jugando en el espacio, sus figuras atléticas contrastan con la sensibilidad y ternura que proyectan sobre otras infantiles. En ellas advertimos un juego de equilibrios, cuyos ritmos ondulantes dejan al descubierto un carácter lúdico. En otras esculturas, como El gran lector y Los colosos, el artista logra una concentración de fuerzas y un poderoso estudio anatómico que evocan a Rodin. También queremos destacar la impronta que dejan en algunas piezas los referentes a la arqueología ibérica, tan próxima a los yacimientos andaluces de Jaén. A todo esto se suma la frescura e ingenuidad de las imágenes, que en ocasiones rompen el canon clásico para enlazar con la vanguardia y las tendencias de suma actualidad. Esta fusión realizada con ingenio e inteligencia hace que la obra adquiera personalidad propia.
Autorretrato (1997)
Diosa Luna (2000)
Domador (2000)
El gran lector (2002)
El último viaje (1997)
Emigrantes (2007)
Jugando en el espacio (1989)
Maternidad flotante (1987-1991)
Maternidad jugando (2001)
Mujer atleta I (1990)
Zapatos de niño (2008)
Ángel con sexo (1987-2006)
Desde este blog no puedo por menos que dar las gracias a la Diputación de Valladolid por darnos la posibilidad de disfrutar de esta exposición tan interesante, y que a su vez homenajea a uno de los grandes artistas con los que ha contado la ciudad en las últimas décadas, artista por el cual he profesado desde hace años mi total admiración. Por si no podéis pasaros a ver la exposición, la cual os recomiendo fervientemente, podéis descargaros en PDF el catálogo de la misma pinchando en este enlace.

BIBLIOGRAFÍA
  • ACEBES DE LA TORRE, Montserrat: Pedro Monje. Memoria y símbolo, Diputación de Valladolid, Valladolid, 2016.
  • ACEBES DE LA TORRE, Montserrat: Pedro Monje: poética del símbolo y la materia (escultura, pintura, cerámica y grabado), Diputación de Jaén, Jaén, 2014.
  • LÓPEZ ANTUÑANO, José Gabriel: Valladolid, arte y cultura: Guía cultural de Valladolid y su provincia (2 tomos), Diputación de Valladolid, Valladolid, 1998.
  • PLAZA SANTIAGO, Francisco Javier de la y ORTEGA COCA, María Teresa: “La pintura del siglo XX, en Valladolid”. En LÓPEZ ANTUÑANO, José Gabriel: Valladolid, arte y cultura: Guía cultural de Valladolid y su provincia (2 tomos), Diputación de Valladolid, Valladolid, 1998, pp. 933-966.