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martes, 28 de febrero de 2012

PINTORES VALLISOLETANOS OLVIDADOS: Miguel Jadraque y Sánchez de Ocaña (1840-1919)

Miguel Jadraque es un artista que siempre ha gozado de cierta fama entre los numerosos pintores que cultivaron el género histórico en la segunda mitad del siglo XIX, no sólo por su dedicación a ese oficialista género de la pintura de historia, sino porque algunos de sus cuadros de historia obtuvieron cierto éxito en las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes, como la tercera medalla en la de 1871 con Presentación de Cisneros a Isabel la Católica, o la segunda medalla en la de 1878 con Carlos V en Yuste que constituyó el mayor éxito en su carrera artística. A pesar de todo esto, como ocurre con otros pintores de la segunda mitad del siglo XIX, esta cierta fama o mediana vigencia historiográfica que conservan, no ha servido para animar a alguien a abordar su estudio monográfico, con la suficiente profundidad como para no tener que repetir siempre los mismos tópicos cada vez que necesitamos referirnos tanto al artista como a su obra.
Miguel Jadraque fue junto con Montero Calvo el más dotado de los pintores de historia vallisoletanos, y el que gozó de mayor prestigio en el panorama artístico de la época, obteniendo el mayor número de medallas en las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes. Dibujante minucioso y hábil, reproduce en sus cuadros todos los pormenores de la indumentaria y ambientación de sus escenas históricas. Su estilo pulcro y detallista, que nos evoca la pintura “pompier” de la época, su gusto por lo anecdótico y literario, así como la fidelidad con que estudia las vestimentas y escenarios de sus cuadros, le convierten en uno de los pintores de historia más característicos y representativos de la pintura decimonónica española.
Aunque es más conocido por sus obras de tema histórico a las que, además de las citadas, se pueden añadir la Visita del Cardenal Tavera a Berruguete. Cultivo, sin embargo, todos los géneros pictóricos con gran profusión: las obras de “casaca” como El brindis, Una lección de violín (0,46 x 0,58 m. Colección particular. Madrid), Curioso diálogo y Un pintor del siglo XVII; los interiores de iglesia, con Sillería de San Benito (dos versiones), Un monaguillo, etc. Entre los temas orientas es notable una Cabeza de árabe (0,27 x 0,21 m. Colección particular. Valladolid), obra de pequeño formato realizada sobre una paleta de pintor. También cultivó el retrato destacando el del Conde de Puñonrostro.

Cabeza de árabe
Conde de Puñonrostro
Los cuadros de historia de Miguel Jadraque suelen tener como asuntos escenas de la época de los Reyes Católicos y Carlos V, perfectamente ambientadas en todos sus detalles. Pero no suele tratarse de temas referentes a grandes hechos históricos, ya sean de tipo militar o político, sino que el artista gusta más de representar escenas alusivas a anécdotas intrascendentes de estas etapas históricas, lo que sin duda representa otro apoyo más a la calificación, por parte de Brasas, al carácter de Jadraque como pintor “pompier”- Y precisamente dos de sus cuadros más conocidos representan escenas anécdotas de dicha etapa histórica; cuadros que, asimismo, guardan una gran semejanza compositiva entre sí. Se trata de los titulados Carlos V en Yuste y Visita del cardenal Tavera al célebre Alonso Berruguete.
Una lección de violín
Miguel de los Santos Jadraque y Sánchez de Ocaña nace en Valladolid el 5 de julio de 1840, siendo bautizado por sus padres, Lorenzo Jadraque e Ildefonsa Sánchez de Ocaña, el día 10 de ese mismo mes en la parroquia de la Santa Iglesia Catedral, es decir, en la de San Juan Evangelista. Miguel Jadraque y Sánchez de Ocaña nace en Valladolid el 5 de julio de 1840.
Aficionado desde pequeño al mundo de la pintura, asistirá siendo muy joven a las clases de la Escuela de Bellas Artes vallisoletana, en donde recibe las enseñanzas del pintor Agapito López San Román, completando más tarde su formación en la Real Academia de San Fernando de Madrid, al lado de Joaquín Espalter, en donde –a decir de Ossorio y Bernard – “mereció por su aplicación diferentes premios”.

El Sagrado Corazón de Jesús
El Sagrado Corazón de María
Asiduo de las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes en 1862 concurre por primera vez a ellas, no obteniendo premio alguno por su obra La muerte de Aarón. Dos años después, en 1864, el joven pintor se da a conocer en el ambiente pictórico de su ciudad natal, presentando al Concurso de la Academia de Bellas Artes de Valladolid un Episodio de la vida del Conde Ansúrez. El tema obligado del cuadro era una escena de la vida del fundador de la ciudad, descrita de este modo en las bases de dicho concurso: “Habiendo fallecido la Reina Doña Costanza, mujer de Alfonso VI de Castilla y León, éste envió a su hija Doña Urraca, que se hallaba entonces en la menor edad, a la lealtad y cuidado de su favorito D. Pedro Ansúrez, señor de Valladolid, para que en unión de su virtuosa esposa Doña Eylo, se encargasen de darla la educación más prudente a su elevado nacimiento. A este fin D. Pedro se la entrega a su esposa en su morada de Valladolid, hoy Hospital de Esgueva…”. El cuadro, conservado en la Diputación vallisoletana, aunque muy convencional y pobre de recursos, sobre todo por lo que respecta a la rigidez y estatismo de las figuras, muestra ya las buenas cualidades de Jadraque como pintor de historia, utilizando en él por primera vez un esquema compositivo que volverá a repetir en obras posteriores. Con este cuadro ganará el primero premio del concurso convocado ese mismo año por la Diputación vallisoletana, que consistía en una beca para perfeccionar estudios en Roma. Allí concurre a la famosa Academia Chigi y conoce a Rosales y Fortuny, cuyos influjos se dejarán sentir, a partir de esos momentos, en su obra.
Episodio de la vida del Conde Ansúrez
En 1871 se presenta de nuevo a la Exposición Nacional de Bellas Artes con uno de sus cuadros de historia más característicos y elogiados, la Presentación de Cisneros a Isabel la Católica, que remitió desde Roma y que merecería tercera medalla. El asunto del cuadro se describía así en el Catálogo del certamen: “Elevado Tavera a la silla metropolitana de Granada, quedó vacante el puesto de confesor de la reina católica, consultó la reina con el Cardenal Mendoza acerca de la elección de sucesor y fue recomendado Jiménez de Cisneros, a quien el Cardenal Mendoza había conocido en Sigüenza. Llamóle el cardenal, y sin acuerdo alguno anterior, como por acaso, le llevó a la cámara de la reina, y al encontrarse tan de improviso en la presencia real, lejos de manifestar timidez y el embarazo que debían esperarse, Cisneros se presentó con dignidad y respondió muy discretamente a varias preguntas que le dirigió la señora...”. Dos años después, el cuadro figuró junto a otras obras de pintores españoles, en la exposición Universal de Bellas Artes celebrada en Viena, siendo muy elogiado por la crítica alemana. Para Tubino, el joven artista revelaba ya con esta obra “Preciosas aptitudes; conoce los secretos del colorido y revela gusto en la composición pero… es un ensayo, no puede calificarse de otro modo…”.

Presentación de Cisneros a Isabel la Católica
En la Exposición Nacional de 1876 presentó la obra titulada Una lectura interesante, con la que obtuvo otra medalla de tercera clase. El propio pintor describía así el tema de su cuadro en el Catálogo de la Exposición: “Después de una suculenta comida, un cardenal, que aparece sentado en ancho sillón de vaqueta, duérmese profundamente al arrullo monótono de la cascada voz de un fraile franciscano que leía una hoja impresa con las noticias de la semana, y el lector, al ver a Su Eminencia sumido en profundo sueño, deja caer los brazos y se queda también dormido. La lectura podría ser interesante, pero más interesante, por lo visto, para los dos reverendos padres es la práctica de aquel antiguo refrán monacal que dice Post praxum, parum dormiré”.

Una lectura interesante
En 1878 obtuvo el mayor éxito de su carrera artística al conseguir la segunda medalla en la Nacional de Bellas Artes con el cuadro titulado Carlos V en Yuste (Museo Nacional del Prado, depositado en Salamanca, Cámara de Comercio), que figuró también en la Universal de París de ese mismo año. El curioso asunto de esta obra lo tomaría el pintor de la Historia de Carlos V, de Robertson, siguiendo puntualmente el siguiente párrafo: “Había invitado a Turriano, uno de los más ingeniosos mecánicos de su siglo, a acompañarle en su soledad; trabajaba con él en construir modelos de máquinas… componía figuras que imitaban los movimientos humanos, con gran admiración de los monjes, que, viendo efectos superiores a su comprensión, a veces sospechaban a Carlos y a Turriano de tener comercio con potestades invisibles”. La composición del cuadro está inspirada en un cuadro del pintor italiano del siglo XIX Pietro Biasutti, titulado Miguel Ángel presentando una estatua a un patrono –óleo sobre lienzo de 1,365 x 1,80 m., firmado y fechado “P. Biasutti, 1866, Venezia”–. Seguramente Jadraque conociera el cuadro durante su estancia, como pensionado, en Roma. El pintor vivió allí entre 1864-1866, y el cuadro de Biasutti data de ese mismo año de 1866, por lo que Jadraque regresó a España teniendo muy reciente la visión del cuadro.
Carlos V en Yuste
Al término de la Exposición Nacional de 1878, el cuadro fue adquirido por el Estado, pasando al Senado, donde aún constaba en 1903, según el catálogo de las obras de arte que guardaba dicha institución que se editó en ese año. Sin embargo, en 1907, la Comisión de Gobierno Interior del Senado accedió a una petición de canje de este cuadro por otro del mismo Jadraque que representa la Visita del cardenal Tavera al célebre Alonso Berruguete. El cuadro sería unánimemente considerado como una de las mejores obras de la Exposición, ponderándose su esmerada ejecución que le lleva a reproducir los más nimios detalles. En él, Jadraque hacía gala de una extraordinaria laboriosidad y de un dibujo obsesivamente correcto. Sobre este cuadro escribía en El Imparcial Jacinto Octavio Picón: “el lienzo del señor Jadraque, Carlos V en Yuste, representa en su autor un progreso definitivo. La agrupación de las figuras, dibujadas con corrección y esmero, produce un bellísimo resultado. Como factura, excede con mucho a cuanto dicho artista ha pintado hasta ahora. Detenida prolija si se quiere, tiene trozos sin embargo de verdadero mérito”.
Visita del Cardenal Tavera al célebre Alonso Berruguete
Detalle de Alonso Berruguete y su escultura "San Sebastián"
Instalado el pintor en Madrid, crece su prestigio, siéndole otorgado en 1879, a propuesta del Ministerio de Fomento, la encomienda de Isabel la Católica. A partir de ahora, concurre casi todos los años a la Exposiciones Nacionales. En la de 1881 presentó dos Estudios del natural, y en la de 1884 un cuadro de género titulado Pensando asunto que en 1909 se remitió a la Academia de Bellas Artes de Oviedo. A la de 1892 concurrió con dos cuadros: un Retrato y Busto de aldeana, D. Quijote antes de su primera salida, pequeño lienzo tratado como una joya, en el que el pintor describía primorosamente la indumentaria y el mobiliario de la época.

Escena del Quijote
Su vinculación a Valladolid le motiva a presentarse a los escasos Certámenes que se celebraron en esa ciudad por aquellos años. Así en 1890 presentó dos obras a la exposición de Bellas Artes del Círculo de Calderón, tituladas Recuerdos del mundo y A la prueba del reclamo. Ambas se distinguían fundamentalmente “por la laboriosidad que acusan, pues no perdonan detalle por insignificante que sea, que no lo represente en sus jutas proporciones y en su verdadero tono de luz y color”.
En la exposición artístico-literaria de Madrid de 1885 presentó dos obras: Momentos de inspiración y un Fraile en oración. Este último es una pequeña tabla al óleo en la que se representa con extraordinaria minuciosidad a un dominico arrodillado, teniendo como fondo la sillería gótica del Monasterio de Santo Tomás de Ávila. Acudió asimismo con frecuencia a las exposiciones celebradas por la Sociedad de acuarelistas y el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Cuatro obras suyas figuraron en la muestra que organizó el Círculo en 1894: Guadajeq-el-Rumí, Amapola, La hija del tío Usía, y Consuelito.

Fraile en oración
Frailes ensayando
A la caza mayor... y menor
La muerte de Aarón
En 1895 es designado miembro del Tribunal calificador de los exámenes para la Academia Española en Roma, en representación de la Escuela Superior de Pintura, Escultura y Grabado. Finalmente, Miguel Jadraque muere en Madrid el 10 de enero de 1919.
Entre otras obras suyas dignas de mención, han de recordarse: el expresivo retrato de D. José García Barbón, así como un delicioso cuadrito de Don Quijote enfermo, conservado en la Casa de Zorrilla de Valladolid. También se tiene noticias de otros cuadros: Una cabeza, A la caza mayor… y menor, El estudio de un pintor, dos versiones de la Sillería de San Benito conservadas en el Misterio de Educación, Santa Teresa.
Don Quijote enfermo. Versión 1
Don Quijote enfermo. Versión2
Monjes
Sillería del coro del Monasterio de San Benito de Valladolid
Don José García Barbón

BIBLIOGRAFÍA
  • ARIAS ANGLÉS, Enrique: “Miguel Jadraque y Pietro Biassuti” en In sapientia libertas: escritos en homenaje al profesor Alfonso E. Pérez Sánchez, Museo Nacional del Prado, Madrid, pp. 704-709.
  • BRASAS EGIDO, José Carlos: La pintura del siglo XIX en Valladolid, Diputación Provincial de Valladolid, Valladolid, 1982.
  • BRASAS  EGIDO, José Caros: “Dibujos de Miguel Jadraque y Aurelio Arteta en la Escuela de Artes Aplicadas y Oficios Artísticos de Valladolid”, B.S.A.A., tomo LII, 1986, pp. 493-501.
  • BRASAS EGIDO, José Carlos: Pintores castellanos y leoneses del siglo XIX, Junta de Castilla y León, Valladolid, 1989.
  • GONZÁLEZ GARCÍA, Miguel Ángel: “Un retrato del pintor Jadraque en la parroquial de Verín”, Porta da aira: revista de historia del arte orensano, nº 4, 1991, PP. 321-323.
  • VV.AA.: Fondos artísticos de la Diputación de Valladolid: siglos XIX-XX: pintura y escultura, Diputación Provincial de Valladolid, Valladolid, 1996.

domingo, 8 de enero de 2012

ARTURO MONTERO Y CALVO (1859-1887), pintor vallisoletano

Montero y Calvo no es sólo una calle de Valladolid, Arturo Montero y Calvo fue sin duda el pintor vallisoletano más dotado del siglo XIX, cuya prometedora carrera truncó la muerte en plena juventud. Fue asimismo el pintor local más al tanto de las novedades que por entonces se impusieron en la pintura española desde mediados de siglo y quien más contactos muestra con la obra de la gran figura del momento, el madrileño Eduardo Rosales (1836-1873).

Arturo Montero Calvo
Nacido en Valladolid en 1859, realizó sus primeros estudios en la Escuela de Bellas Artes de Valladolid, en donde permaneció muy poco tiempo, pasando enseguida a la de San Fernando de Madrid. En Valladolid debió de recibir lecciones del valenciano Martí y Monsó, quien es posible que, antes las aptitudes del joven pintor, le recomendase a su amigo D. Federico de Madrazo. Lo cierto es que debió de vivir muy poco tiempo en la ciudad, trasladándose muy joven con su familia a Madrid en donde tuvo efecto su verdadera formación.
En Madrid asistió a las clases de dibujo y escultura de la Escuela en donde se distinguió como uno de los mejores alumnos. En el tiempo que duró su aprendizaje obtuvo catorce premiso en las asignaturas de Dibujo Natural, Perspectiva, Anatomía y Modelado. En la Academia de San Fernando estudió escultura y pintura con José Piquer y Federico de Madrazo respectivamente. Aunque nunca llegó a exponer en público, cultivó también con acierto la escultura, por la que sintió siempre gran afición. No obstante se vería obligado a renunciar a ella, absorbido totalmente por la pintura, su auténtica vocación. En su abandono de la escultura jugó un importante papel el fallecimiento de su primer maestro en la Academia de San Fernando, el escultor valenciano José Piquer quien, viendo sus facultades, trató de orientarle hacia el cultivo de este arte. Precisamente, en la Escuela de San Fernando dejaría Montero algunos altorrelieves en yeso de tema mitológico que por su calidad servirían de modelo para los estudiantes más jóvenes de dicho centro.
Flores de Ávila
En las clases de pintura, su maestro será sin embargo D. Federico Madrazo, una de las figuras más relieves del panorama pictórico español de entonces y sin duda el más prestigioso profesor de la Escuela, quien enseñaría al pucelano su seguridad y exquisitez en el dibujo. Además de ambos artistas, el joven pintor iba a dirigir su atención de una manera especial hacia la obra de Eduardo Rosales, figura clave del momento, a quien se debe una nueva orientación de la pintura española hacia un mayor realismo que entroncaba con la mejor tradición de la pintura española.
A lo largo de su breve carrera, Montero y Calvo sintió una profunda estimación por la pintura de Rosales, a quien siempre consideró como el mejor modelo a imitar. En los escasos cuadros que llegó a pintar Montero Calvo se nos mostrará en todo momento como un fiel seguidor del célebre autor del Testamento de Isabel la Católica. Su factura abocetada, su pincelada suelta, esa pintura “inacabada”, esa sobriedad e ideal de sencillez que los contemporáneos apreciaban en las obras de Montero procedían indudablemente de Rosales, que debe ser considerado como su verdadero maestro. Incluso su misma biografía –como veremos– guarda alguna semejanza con la del pintor madrileño. También fue Montero hombre frágil, constantemente enfermo, que moriría joven, victima asimismo de una cruel dolencia. Sin llegar siquiera a rozar la altura de Rosales, Montero fue como él un malogrado, cuya carrera se truncó cuando apenas si se había iniciado.
El Rapto
Vivió los años de mayor auge de la pintura de historia, género que tiene especial representación dentro de su obra, aunque tampoco desdeñó otros temas como la pintura de género y el paisaje. Asimismo le atrajeron los asuntos literarios. Aficionado a la lectura de Cervantes, especialmente del Quijote, en ocasiones tomaría como tema de sus obras algún pasaje de la célebre novela, así como de las Novelas Ejemplares.
En 1878, residiendo en Madrid, oposita, sin conseguir superar las pruebas, a una plaza vacante en la Academia Española en Roma, en la Sección de Pintura de Historia. Montero hubo de competir con otros treinta aspirantes, finalmente no conseguiría la plaza, la cual iría a parar al jienense Manuel Ramírez. En este mismo año se dará a conocer plenamente en la Exposición Nacional de Bellas Artes de dicho año con una escena del Quijote titulada ¿Señor Quijada quien ha puesto a vuestra merced de esta suerte?, no obteniendo ningún premio. Presentó además otros dos cuadros: el retrato de la señorita C.M.C. (por las iniciales posiblemente fuese una hermana del pintor), y un Estudio de una cabeza. También en este año acude al certamen artístico organizado por la prestigiosa revista “La Ilustración Española y Americana”, presentando el dibujo al temple titulado El rapto, que narraba un episodio de la Novela Ejemplar de Cervantes “La fuerza de la sangre”, que mereció el segundo accésit. Según el jurado: “… el grupo principal está muy bien entendido; la elección del asunto es acertada; hay en él un sentimiento poético que le hace merecedor de encomio, y es acreedor, por tanto, a la recompensa…”.
Rinconete y Cortadillo
En la Exposición Nacional de 1881 obtendrá su primer, aunque modesto, triunfo. A ella acude con Muerte de Abel, Una caricia, Callejón de los muertos en Toledo y Rinconete y Cortadillo. Con esta última obra, inspirada en una escena cervantina, obtuvo una Medalla de Tercera Clase. Montero situó la acción en el Patio de Monipodio, verdadera escuela del hampa sevillana, donde los dos pícaros recibieron sus primeras lecciones. A raíz de este galardón, la prensa madrileña comenzó a fijarse en el pintor, comentado su cuadro en términos bastante elogiosos. Así los críticos de entonces alababan la corrección del dibujo, el realismo de los tipos, la fidelidad en la indumentaria y la perfecta ambientación del cuadro.
No obstante, iba a ser el cuadro de historia, tan de moda por esos años, lo que más interesara a Montero Calvo. Así, en la Exposición de Bellas Artes de 1884, presentó un célebre tema de historia medieval, La muerte del Rey Don Pedro I de Castilla, su obra más ambiciosa hasta ese momento. La escena narra la lucha cuerpo a cuerpo entre Don Pedro el Cruel y su hermano bastardo Don Enrique de Trastámara y el momento en que el caballero francés Beltrán Duguesclin sujeta al monarca castellano para que Don Enrique pueda clavarle la daga, poco después de haber pronunciado la conocida frase: “Ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor”. La composición, largamente meditada por el pintor y el efecto dramático de la terrible escena, gustó tanto al tribunal que le concedió una Medalla de Tercera Clase. El lienzo, adquirido por el Estado, fue cedido a la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Zaragoza, en donde se encuentra en la actualidad.
La muerte del Rey Don Pedro I de Castilla
En la Exposición Artístico-Literaria de Madrid de 1885 participa con tres cuadros: una composición titulada Flores de Mayo, un paisaje, Desembocadura del Cifuentes, y un estudio de una Cabeza de Mujer. La primera, por la que obtuvo Diploma de Mérito, fue enviada en depósito de nuevo a Zaragoza, ignorándose su paradero.
La prensa vallisoletana se hace eco de los rápidos avances del joven pintor, congratulándose todos los periódicos de sus primeros triunfos. En consecuencia, la opinión pública pide a las autoridades ciudadanas protección y ayuda para el artista vallisoletana, que en 1885 consigue de la Diputación Provincial la anhelada pensión para estudiar en Roma. En noviembre de ese año marcha a Roma, instalando su modesto taller a orillas del Tiber, en Vía Ripetta. Con su amigo, el pintor vallisoletano Luis de Llanos, recorrió todos los museos, iglesias y ruinas de la capital italiana, admirando con entusiasmo el arte romano. De carácter bondadoso y afable, se sabe que era muy querido y estimado por sus compañeros de la colonia española de artistas, quienes le apodaron como “Beato Arturo”.
Estudio
En 1886, y precisamente en Zaragoza, se celebró una importante Exposición artística organizada por el Ayuntamiento zaragozano a la que concurrieron los más prestigiosos pintores del país. A ella concurrió con un cuadro titulado Futuros artistas, con el que consiguió medalla de primera clase. El pequeño lienzo se conserva en el Museo de Bellas Artes de Zaragoza, en donde figura con el título de Estudio.
En noviembre de ese mismo año mandó a la Exposición que anualmente organizaba la Academia de Bellas Artes de Valladolid, un cuadro al óleo de un Gladiador romano, que fue calificado como de “mérito relevante”. Era su primer envío como pensionado, y con él quería dar a conocer a sus paisanos toda la medida de su aplicación e interés. Para este cuadro, elige un desnudo de tamaño mayor del natural en el que estudia con acierto la musculosa anatomía de un atleta. La pintura obtuvo un premio especial del jurado.
Gladiador romano
Al poco de su estancia en Roma, el pintor enferma gravemente de asma, dolencia que le llevaría a la muerte en plena juventud. En 1887 Montero se afanaba en Roma por acabar la que iba a ser su obra póstuma y la que mayor prestigio le llegaría a proporcionar: Nerón ante el cadáver de su madre Agripina. Pintada con destino a la Exposición Nacional d ese mismo año y cuando ya la enfermedad minaba su cuerpo, puso en ella todas sus esperanzas. Su compañero, Luis de Llanos, escribía desde allí, refiriéndose al cuadro de Montero: “Es el que más se acerca de todos los de estos tiempos a la manera sincera, saludable y franca de Rosales, en el pensar, en el componer y hasta en la pincelada larga y potente del gran maestro contemporáneo”. Cuando le faltaba muy poco para terminarlo, el pintor empeoró en su enfermedad, siendo necesario trasladarle en junio de ese mismo año a Madrid. Con él vino su cuadro que amigos y parientes se encargaron de presentar al certamen nacional.
Nerón ante el cadáver de su madre Agripina
Para el tema se inspiró en el relato del historiador romano Suetonio, cuando Nerón en la Domus Aurea destapa con cinismo el cuerpo de su madre muerta, mostrándolo a sus compañeros de bacanal. El rostro del emperador lo copió directamente de un conocido busto de Nerón conservado en el Museo Capitolino de Roma. Montero buscaba en esta obra, pintada bajo la sugestión de la “Muerte de Lucrecia”, lo mismo que Rosales había pretendido con el célebre lienzo: un tema dramático tratado con sobriedad, que hiciese estremecer e impresionase al  público. Su estilo “poco concluido” –como decían los críticos de la época– pretendía igualmente imitar el de Rosales.
El vallisoletano no llegó a ver expuesto su cuadro, falleciendo a los pocos días de haber sido premiada su obra como una medalla de segunda clase. La pintura mereció además un dictamen favorable del jurado calificador y el elogio de la crítica y prensa madrileñas. El enorme lienzo, que se expuso sin concluir del todo y con la cabeza de Nerón abocetada, suscitó también la curiosidad morbosa del público, compadecido de la muerte del joven artista. Moría Montero y Calvo en Madrid, el 13 de julio de 1887, dejando tras de sí la desilusión de su ciudad que tantas esperanzas había puesto en tan prometedor artista.
Arturo Montero y Calvo a lo largo de su vida participó también en las Exposiciones del Círculo de Bellas Artes y en las organizadas en la Galería del Señor Hernández en Madrid con los cuadros Una devota, ¿Desafinará?, Abstracción y Un abanico.
En 1897 se dió su nombre a una céntrica calle de Valladolid, anteriormente conocida como calle de los "Caldereros", "del Lobo", o "del Verdugo", esta última por vivir éste en dicha calle.

BIBLIOGRAFÍA
  • BRASAS EGIDO, José Carlos; La pintura del siglo XIX en Valladolid, Diputación Provincial de Valladolid, Valladolid, 1982
  • BRASAS EGIDO, José Carlos: Pintores castellanos y leoneses del siglo XIX, Junta de Castilla y León, Valladolid, 1989
  • GONZÁLEZ GARCÍA VALLADOLID, Casimiro: Datos para la historia biográfica de la M. N. M. N. H. y Excma. ciudad de Valladolid, Tomo II, Maxtor, Valladolid, 2003