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jueves, 14 de mayo de 2020

UN ESPACIO SACRO PARA LA DEVOCIÓN I: La Capilla de la Virgen de las Angustias en su iglesia penitencial


La colosal devoción profesada por los vallisoletanos hacia su Virgen de las Angustias “obligó” a la Cofradía Penitencial de Nuestra Señora de las Angustias a finales del siglo XVII a construir una nueva capilla de mayores dimensiones en el que la sagrada imagen pudiera ser venerada por un mayor número de fieles y de una forma más íntima que no provocara interrupciones en el culto ordinario del templo. Este nuevo ámbito tuvo y tiene una enorme importancia aún a día de hoy puesto que se trata de uno de los escasos “espacios barrocos” que se conservan casi intactos en la ciudad. A este podríamos añadir el Oratorio de San Felipe Neri o la Capilla de las Maldonadas de la iglesia de San Andrés.
 
Hasta entonces la Virgen se hallaba situada en la primera capilla del lado de la epístola, la cual gozaría de unas características similares a las de la mayoría de las aún existentes en el templo. Allí presidía un retablo que se había ofrecido a costear don Antonio de Tapia, según se indica en el cabildo de diciembre de 1663: “continuando el celo grande en servicio de nuestra Señora de los cuchillos y deseo de que su capilla estuviese con todo adorno y decencia y para esto hacía a su [propia] costa un Retablo muy suntuoso que se estaba dorando y que había ya más de ochocientos ducados”. Se trataría de un retablo prechurriguesco que no diferiría en demasía de los que aún hoy día observamos en las capillas de la Encarnación y de San José de la propia penitencial. Señala Burrieza que “la colocación de la imagen en su entonces nueva ubicación, era una demostración más de devoción, sacando en procesión a la imagen alrededor de lo que se conocía como plaza del Almirante, con la participación de otras cofradías a través de los habituales altares. Era el 5 de abril de 1664. Sin embargo, no era la transformación ni definitiva ni necesaria”.

La construcción de la nueva capilla o camarín fue, según Canesi, posible gracias a “la devoción que los fieles han tenido con esta Reina de los Ángeles y con más extremo sus diputados y cofrades”. Las gestiones para la edificación comenzaron con el cabido de 21 de abril de 1699 en el que se acordó adquirir al Cabildo catedralicio cinco casas colindantes al templo penitencial para una vez derribadas poder construir en el terreno resultante la nueva y flamante capilla de la Virgen. Ese espacio fue tan amplio que además se pudo también elevar una nueva sacristía y la casa del capellán. Hay que tener en cuenta que la construcción de la nueva capilla implicaba el derribo de la antigua, de la cual eran patronos los sucesores de los Aranzamendi, por lo que se hizo imprescindible la autorización de éstos. Este trámite no encontró inconvenientes y el acuerdo entre ambas partes se firmó el 20 de abril de 1703 en la notaria del escribano Lorenzo de Aguirre. En él dieron su “licencia para abrir esta obra magnífica don Alfonso Piñero como patrono que era entonces en la menor edad de su hijo don Anastasio”, a cambio de seguir siendo los patronos de la nueva capilla.
Arco de entrada a la capilla
No obstante, antes de llegar a este acuerdo las obras ya habían comenzado, concretamente el 11 de junio del año 1700, tardando en realizarse casi una década. La causa de tal demora fue la escasa liquidez de las arcas de la cofradía, si bien hubo devotos de especial relevancia social que contribuyeron decisivamente a la construcción de este nuevo espacio. Fue el caso del “Excelentísimo Sr. Duque de Osuna -Francisco de Paula Téllez-Girón y Benavides, sexto titular del ducado- y otros muchos caballeros y particulares vecinos de esta ciudad”, entre los cuales se encontró Agustín de Montiano, agente de negocios de la Chancillería, que en agosto de 1704 solicitó que no cesase la obra, por lo adelantada que estaba y la ausencia de medios para proseguirla: “en este Cabildo el Sr. D. Agustín de Montiano propuso como tenía un nieto que se llamaba Agustín Gabriel de Montiano y Luiando que se hallaba enfermo... y desde luego le dedicaba a Nuestra Señora para que la sirviese y fuese su cofrade y que sirviéndose la cofradía de reservarle y hacerla diputado ofrecía quinientos reales para que sirviesen de ayuda de dicha obra. Y por toda cofradía se admitió”.
A finales de 1708 la obra estaba ya casi concluida puesto que en el cabildo del 18 de octubre “se acordó por dicha cofradía, tratando en razón de la nueva obra y capilla de Nuestra Señora, se cerrasen y condenasen los siete nichos que están en el segundo cuerpo de la capilla, donde ha de asentar el tabernáculo”. El fruto según Canesi fue “una capilla tan primorosa que no pudo el arte adelantar más y aunque se entra por la iglesia principal a ella (en que está colocada en su tabernáculo dorado esta soberana Señora) también se puede entrar por otra parte a la capilla que está toda labrada con exquisitas molduras y altares por toda la redondez ochavada, y algunos cuadros de sus misterios de pincel sutilísimo”.
Bóveda de la primera estancia de la capilla
El resultado final fue una nueva capilla o camarín compuesto por dos espacios centralizados dispuestos de manera perpendicular al lado de la epístola de la iglesia y con entrada a través de un gran arco. El primer ámbito, que tiene forma de octógono alargado y recibe luz a través de una linterna rematada en su exterior por una aguja revestida de pizarra, es el lugar reservado para los fieles que se acercaban a orar a la Virgen de las Angustias, pero también para las autoridades y otros miembros de la cofradía puesto que se dispuso un pequeño coro y a los lados sendos balcones. Entre los nervios de la cúpula se abren dos pequeñas ventanas afrontadas mientras que en los otros seis lados se reproduce el escudo de la cofradía: una cruz con espadas en los extremos del travesaño que se clavan en un corazón portado por dos ángeles, tras esta escena se abre un rompimiento de gloria. Por su parte, el segundo ámbito también adopta la forma octogonal y viene a ser el espacio sagrado del conjunto ya que está completamente reservado a la Virgen. Con un esquema de camarín de tipo deambulatorio, el centro lo ocupa el tabernáculo en el que reposa la Virgen mientras que en las paredes se disponen siete retablillos con otras tantas pinturas que efigiaban los Siete Dolores de la Virgen.

A la vez que se iba finalizando la parte arquitectónica se emprendió la tarea de amueblamiento y decoración de la capilla. Para ello se contó con numerosos artífices, entre los cuales destacan cuatro: el escultor Pedro de Ávila, los ensambladores Francisco Billota y Gregorio Díaz de Mata, y el dorador y estofador Santiago Montes. Billota se encargó de labrar las puertas y las ventanas de la capilla, además de fabricar el tabernáculo en el que se entronizaría a la Virgen de las Angustias y que por desgracia desapareció en 1797 debido al cambio de gusto promulgado por la nueva fe neoclásica. Por su parte, Gregorio Díaz de Mata construyó los dos retablos ubicados en la primera estancia de la capilla y que sirven de marco a las esculturas de Pedro de Ávila del Ecce Homo y de Cristo atado a la Columna, las dos hornacinas planas en las que se encuentran el San Juan y la Magdalena del “paso” del Descendimiento (1616) tallado por Gregorio Fernández, y, los siete retablillos del camarín de la Virgen que enmarcan las pinturas de los Siete Dolores de la Virgen de Manuel Peti. Finalmente, en Santiago Montes recayó la labor del dorado y policromado de todos estos retablos y hornacinas, y seguramente también de otros elementos que decoran ambas estancias, como puede ser el arco de acceso al camarín.
La decoración de la capilla se remataría a finales del mes de agosto de 1710, momento en el que se terminan de abonar sus emolumentos al dorador Montes. Por entonces ya estaba todo preparado para la inauguración y postrera colocación de la Virgen en su nuevo trono. Relata Canesi que se celebraron diferentes festejos religiosos y profanos, destacando la procesión del día 6 de septiembre en la que se trasladó a la Virgen a la catedral y en la que participaron el corregidor y todas las cofradías penitenciales de la ciudad levantando altares a lo largo del recorrido. Se trataba de la típica mezcla de la fiesta barroca con el esplendor efímero: “trasladó esta cofradía esta gran Madre de las Angustias de su sagrada casa a la santa iglesia catedral, con mucho regocijo, estando todas las calles extraordinariamente adornadas de tafetanes y colgaduras, y allí fue venerada desde el día 10 de septiembre hasta el 14 en que por la tarde se formó la procesión y fue por la calle de los Orantes a Fuente Dorada en que la Cofradía de la Piedad tenía un altar ochavado. Prosiguió por la Cerería donde la de Jesús Nazareno elevó otro de preciosas molduras y toda la plazuela de los escribanos de provincia estuvo muy adornada, bajó a la Panadería y de allí al Ochavo en que la Pasión ideó otro muy vistoso altar en el aire, hizo tránsito a la Platería y en el templo de la Cruz se dejó admirar otro en el aire, también a costa de su cofradía que fue de mucha pompa y gusto, fue a la calle de Cantarranas y Cañuelo y con grandes aclamaciones ocupó su trono María Santísima, servida de todas las cofradías penitenciales que fueron alumbrando. Cerró tan noble unión la ciudad con su corregidor y aquella noche turbó la esfera de aire un excelente fuego con variada multitud de cohetes y teniendo ya dispuesta una corrida de toros se malogró su intento por haber llegado a Valladolid aquella misma noche nuestros católicos Reyes D. Felipe V y su carísima esposa, retirándose de los enemigos que con porfiada guerra les molestaban, por lo cual despojaron los altares a toda prisa, atajando los graves inconvenientes que se consideraron y todo el lucimiento de danzas y otras invenciones festivas que habían divertido mucho cesó, quedando las cofradías, que con liberalidad hicieron el gasto, muy mortificadas”.

Como deja patente Burrieza, “las circunstancias políticas no eran las más adecuadas para los fuegos de artificio, pues aquella misma noche entraba en Valladolid, huyendo del avance del archiduque Carlos de Austria hacia Madrid, el rey Felipe V y su esposa María Luisa Gabriel de Saboya. La ciudad del Pisuerga se convertía en corte de retaguardia, manteniéndose las personas reales por estos lugares hasta bien entrado el otoño. Sin embargo, en aquella fecha solemne de la traslación, las cofradías hubieron de recoger precipitadamente todas las joyas de los altares, habiendo realizado un gasto que no se pudo lucir”. Hemos de recordar que por entonces aún se estaba desarrollando la Guerra de Sucesión (1701-1714), y que, según señala Ventura Pérez, existía el rumor de que “el señor archiduque estaba en España, se sonaba que venía a esta ciudad a causa de haber enviado a un tambor a pedir las llaves, y la ciudad haberle respondido que las llaves eran de Felipe V; sin embargo, que si las quería que viniese por ellas. Con este motivo la gente empezó a decir que venía el enemigo, y en una noche desnudaron toda la plaza que había en la calle y en su lugar lo adornaron de pasta. Y el archiduque no vino”. También dejó patente, aunque de forma más escueta, que “en este año de 1710 se colocó a María Santísima de los Cuchillos en su nueva capilla; estaba toda la ciudad muy adornada de altares y mucha alhaja de plata”.
Por fotografías antiguas sabemos que encima de los retablos colaterales se situaban dos espejos de grandes dimensiones con marcos ricamente tallados con decoraciones vegetales, y también que entre el retablo del Ecce Homo y la hornacina de San Juan se dispuso a finales del siglo XIX un pequeño altarcito neogótico con la imagen de un Crucificado del que ignoro su época, autor y si aún se conserva. A continuación vamos a tratar de manera más pormenorizada los diferentes elementos que conforman las dos estancias de la capilla con excepción del tabernáculo de la Virgen pues de él realizaremos una monografía en el siguiente artículo.

Fotografía de la capilla de la Virgen de las Angustias realizada por el fotógrafo portugués Antonio Passaporte a comienzo del siglo XX
Primera estancia. Retablos colaterales
Los retablos colaterales de la primera estancia se adaptan perfectamente a la forma cóncava del muro, siendo idénticos tanto en estructura como en decoración. Se hallan embutidos en sendos arcos excavados en la pared, aunque el ensamblador ha concebido una especie de arco decorado con casetones que parece proteger al retablo. La decoración lo invade todo. Tienen un pequeño banco que se articula a través de netos y de las repisas de las columnas que estructuran el cuerpo del retablo, en el cual se abre una hornacina central -presididas por Cristo atado a la columna y el Ecce Homo, ambas obras de Pedro de Ávila- rematada en semicírculo y a los lados cuatro columnas salomónicas, dos a dos. Finalmente, el ático, que adopta forma semicircular, tiene en el centro un lienzo y a los lados dos tableros con decoraciones de rameados vegetales. La pintura del retablo del evangelio (Ecce Homo) representa la Oración en el Huerto, mientras que el de la epístola (Atado a la Columna) efigia las Lágrimas de San Pedro. A buen seguro que por su factura y calidad se deban a Manuel Peti, autor documentado de las pinturas del “deambulatorio” del tabernáculo de la Virgen. Como observamos se trata de una iconografía plenamente pasionista.
GREGORIO DÍAZ DE MATA. Retablo del Cristo atado a la columna (h. 1710)
MANUEL PETI (atrib.). La Oración en el Huerto o Cristo confortado por el ángel (h. 1710)
GREGORIO DÍAZ DE MATA. Retablo del Ecce Homo (h. 1710)
MANUEL PETI. Las lágrimas de San Pedro (h. 1710)
El historiador neoclásico Isidoro Bosarte fue el primero en aludir a las dos pequeñas esculturas atribuidas a Pedro de Ávila. El crítico señalaba en su Viage a España que en la capilla de la Virgen de los Cuchillos existía “un Señor a la columna, como de cinco cuartas de alto, cuya expresión es muy notable, y se atribuye a Gregorio Hernández no sin fundamento”. Posteriormente, Matías Sangrador llegó a afirmar que “el Señor atado a la columna [es] obra de Gregorio Hernández”; misma atribución que realizara Casimiro González García-Valladolid: “a los costados del arco de entrada al camarín de la Virgen hay dos repisas con las estatuas, hermosísimas y de gran unción religiosa, de Santa María Magdalena y San Juan Apóstol y Evangelista, obras de Gregorio Hernández, así como las dos efigies de Jesús atado a la columna que ocupan los retablos laterales de esta capilla”. En cambio, Agapito y Revilla no estaba de acuerdo con esas opiniones: “no creo, sin embargo, que esta talla sea del maestro. La considero una copia o imitación de los Cristos del mismo tema que Fernández labró, del que formó tipo. Tiene, ciertamente, expresión parecida a los otros Cristos del artista en la Cruz y Pasión (éste ahora en el Museo), igual actitud y composición semejante a los mencionados; pero es más falto de proporciones, más grueso y el modelado de las carnes no tiene el jugo y suavidad de los desnudos más característicos de las obras de Gregorio. Es verdad que es buena escultura; más no puede pasar de una copia, como digo, ejecutada a la vista de otra y, quizá, por un oficial que hubiera trabajado a las órdenes del maestro”.
PEDRO DE ÁVILA (atrib.). Cristo atado a la columna (h. 1710)
PEDRO DE ÁVILA (atrib.). Ecce Homo (h. 1710)
Posteriormente, Gratiniano Nieto no aportó demasiada luz al tema puesto que simplemente se limitó a repetir lo dicho hasta el momento y también a datar el Cristo atado a la columna, de forma errónea, a “comienzos del XVIII”; mientras que el Ecce Homo lo conceptuaba como “obra posible de Gregorio Fernández”. Por su parte, Martín González en su Guía histórico-artística de Valladolid (1972) se limitaba a aseverar que ambas piezas son “del tipo de la de Gregorio Fernández”, sin llegar en ningún momento a atribuírselas a ningún escultor. Serían Martín González y Urrea los que darían una atribución certera que con el paso del tiempo no ha sido discutida. Efectivamente, ambos escribieron en el respectivo tomo del Catálogo Monumental de Valladolid que “pudieran ser obras tempranas de Pedro de Ávila”. Dos años después esta atribución se vio reafirmada en el catálogo de la exposición Pequeñas imágenes de la Pasión en Valladolid. En él Hernández Redondo atribuía a Pedro de Ávila la imagen de Cristo atado a la columna, mientras que Luna Moreno hacía lo propio con la del Ecce Homo.

Primera estancia. Hornacinas laterales y Arco de acceso al camarín de la Virgen
El arco de acceso al espacio reservado a la Virgen se encuentra completamente forrado por talla decorativa dorada y policromada simulando elementos vegetales y también un amplio y aparatoso cortinaje rematado en un pabellón cuyas telas abren sendos ángeles alados. En sendas repisas situadas sobre la línea de imposta asientan dos elegantes y dinámicos ángeles turiferarios con las alas extendidas y ropajes movidos por el viento que prefiguran la gracia rococó. Extienden un brazo, en cuya mano exhiben un corazón, mientras que con la otra mano sujetan un incensario que actualmente sirve de lámpara. El intradós del arco se haya decorado con casetones, a la manera de los retablos colaterales, decorados con talla vegetal crespa, mientras que más abajo, casi a la altura de la cabeza de los fieles se disponen dos interesantísimos bustos de perfil Cristo y la Virgen en bajorrelieve, algo completamente extraordinario dentro de la escultura vallisoletana pues no encontramos ningún otro ejemplar. Es especialmente destacable y de una calidad muy subida el de Cristo. Debajo de los dos bustos encontramos dos graciosos torsos de angelitos hipermusculados coronados de flores y frutas que introducen los brazos entre la decoración vegetal que completa estos paneles.

Parte superior del arco de acceso al camarín de la Virgen
Detalle del pabellón descorrido por los ángeles
Ángel turiferario
ANÓNIMO. Busto de Cristo (h. 1710)
ANÓNIMO. Busto de la Virgen (h. 1710)
Flanquean este arco de acceso dos hornacinas laterales planas incrustadas en la pared. El cuerpo principal lo conforma un espacio que cierra en arco de medio punto y alrededor de él surge una riquísima decoración vegetal que en las partas bajas adquiere la forma de roleos. Remata todo en una especie de ático sobre la que asienta el emblema de la cofradía: la cruz con dos espadas que atraviesan un corazón. En el dicho cuerpo principal asientan las efigies de la Magdalena y San Juan Evangelista que Gregorio Fernández talló en 1616 para el paso del Descendimiento y que gracias a esta situación se salvaron de ir al Museo Provincial de Bellas Artes en 1842. Tanto estas dos hornacinas como el arco de acceso al camarín forman parte de un juego perspectivo en el que todas las miradas, incluidas las de la Magdalena y San Juan, convergen en la Virgen de las Angustias.
GREGORIO DÍAZ DE MATA. Hornacina de la Magdalena (h. 1710)
GREGORIO DÍAZ DE MATA. Hornacina de San Juan Evangelista (h. 1710)

Segunda estancia. Hornacinas de las pinturas
Finalizamos con los siete retablillos realizados por Gregorio Díaz de Mata y policromados por Santiago Montes que contienen en su interior otras tantas pinturas sobre lienzo realizadas por el pintor vallisoletano Manuel Peti Bander que efigian los Siete Dolores de la Virgen, ambientando de esta manera a la Virgen de las Angustias o de los Cuchillos, con sus siete espadas. Se trata de la Circuncisión, la Huida a Egipto, Cristo entre los Doctores, el Camino del Calvario, la Crucifixión con la Virgen y San Juan, la Piedad y el Entierro de Cristo. Son pinturas de remate de medio punto y de una enorme calidad que demuestra que el artista conocía las últimas novedades artísticas de la Corte y más concretamente las propuestas de Luca Giordano. A pesar de que en los documentos tan solo se habla de las “tres pinturas que faltaban” no cabe duda de que las siete son obra suya, al igual que los dos cuadritos de los áticos de los retablos colaterales que ya hemos citado.
MANUEL PETI. Cristo entre los doctores (h. 1710)
MANUEL PETI. Camino del Calvario (h. 1710)
MANUEL PETI. La Crucifixión con la Virgen, San Juan y la Magdalena (h. 1710)
MANUEL PETI. La Piedad (h. 1710)
Los siete cuadros rodean el elemento clave de este espacio, el tabernáculo en el que asienta la Virgen de las Angustias, pero eso es otra historia… concretamente la protagonista del próximo artículo.


BIBLIOGRAFÍA
AGAPITO Y REVILLA, Juan: La obra de los maestros de la escultura vallisoletana: papeletas razonadas para un catálogo. II, Fernández – adiciones y correcciones, Casa Santarén, Valladolid, 1929.
BALADRÓN ALONSO, Javier: Los Ávila: Una familia de escultores barrocos vallisoletanos [tesis doctoral], Universidad de Valladolid, Valladolid, 2016.
BOSARTE, Isidoro: Viage artístico a varios pueblos a España. 1, Viage a Segovia, Valladolid y Burgos, Imprenta Real, Madrid, 1804.
CANESI, Manuel: Historia de Valladolid (1750). Tomo II, Grupo Pinciano, Valladolid, 1996.
GONZÁLEZ GARCÍA-VALLADOLID, Casimiro: Valladolid, sus recuerdos y sus grandezas: religión, historia, ciencias, literatura, industria, comercio y política. Tomo I, Imprenta de Juan Rodríguez Hernando, Valladolid, 1900.
MARTÍN GONZÁLEZ, Juan José y URREA, Jesús: Catálogo Monumental de la provincia de Valladolid. Tomo XIV. Monumentos religiosos de la ciudad de Valladolid (1ª parte), Institución Cultural Simancas, Valladolid, 1985.
ORDUÑA REBOLLO, Enrique: Cofradías y sociedad urbana: la ilustre Cofradía Penitencial de Nuestra Señora de las Angustias de Valladolid (1563-2002), Ciudad Argentina, Buenos Aires, 2003.
PÉREZ, Ventura: Diario de Valladolid (1885), Grupo Pinciano, Valladolid, 1983.
PONZ, Antonio: Valladolid en el “Viaje a España” (1783), Grupo Pinciano, Valladolid, 1993.
URREA, Jesús y VALDIVIESO, Enrique: Pintura barroca vallisoletana, Editorial Universidad de Sevilla y Universidad de Valladolid, Sevilla, 2017.

viernes, 5 de mayo de 2017

LA PINTURA BARROCA EN VALLADOLID ENTRE 1665-1750


El tema que hoy vamos a tratar es uno de mis preferidos: la pintura barroca vallisoletana. Casualidades de la vida, voy a subir este post el mismo día en el que me he comprado el libro "Pintura Barroca Vallisoletana", obra de Jesús Urrea y Enrique Valdivieso, los dos mayores expertos en la materia. No vamos a hablar de todo el periodo, sino de lo que podemos denominar pintura barroca plena y tardobarroca, dejando los inicios del movimiento barroco para otra ocasión. Quiero dedicar esta entrada a Paula, gran amante del arte y patrimonio vallisoletano, a quien tuve el placer de conocer ayer y quién me comentó que era muy fan de este blog. Gracias.

Durante la segunda mitad del siglo, la actividad pictórica en Valladolid sufre un fuerte descenso tanto en cantidad como en calidad. Para Enrique Valdivieso las dos causas más importantes de esta crisis fueron “la falta de talento de los jóvenes pintores” y el “éxodo de los más hábiles a la Villa y Corte de Madrid”. También supone que influiría la “decadencia padecida por la ciudad del Pisuerga en todos los órdenes”. El mismo autor nos pinta un panorama desolador: “pésimos pintores, carentes de talento, que ejecuta toscamente sus obras y las concluyen de manera imperfecta y apresurada. Sus ideas artísticas son mediocres, sus composiciones aparecen torpemente amañadas, de aspecto vulgar, con una colectiva falta de gusto y de delicadeza pictórica. Son en suma pintores insignificantes, más modestos artesanos que artistas, con la única pretensión de sobrevivir a toda costa en el ejercicio de su profesión”.
Si bien Valladolid nunca se había caracterizado por poseer una importante escuela pictórica, debido en gran parte al éxito que alcanzó la escultura en Valladolid y en los territorios limítrofes, sí que durante la primera mitad del siglo la ciudad había disfrutado de algunos pintores de ciertos vuelos. Así, Diego Valentín Díaz (1586-1660) fue el pintor vallisoletano más importante, así como el artista más poderoso de la ciudad tras la desaparición de Gregorio Fernández. Otro magnífico exponente fue Francisco Martínez (1574-1626), hijo del gran pintor manierista Gregorio Martínez, del cual conservamos una serie de obras de muy desigual calidad. También hay que destacar al portugués Bartolomé de Cárdenas (c.1575-1628). En un escalón inferior a estos se situaban Jerónimo de Calabria (a.1584-1661), Blas de Cervera (a.1585-h.1663), Matías Velasco o Tomás Peñasco (h.1600-1677). Estos pintores tienen en común, según el parecer de Jesús Urrea, su falta de creatividad, lo que les llevaba a utilizar en multitud de ocasiones estampas de origen toscano, lombardo y flamenco.

FRANCISCO MARTÍNEZ. San Miguel con don Antonio de Aguilar (1614). Museo Diocesano. Valladolid
BLAS DE CERVERA. Degollación de San Antolín (Retablo de San Sebastián) (1637). Catedral. Palencia
BARTOLOMÉ DE CÁRDENAS. Vocación de San Pedro (1613). Convento de San Pablo. Valladolid
TOMÁS PEÑASCO. Retrato de doña Marina de Escobar. Centro de Espiritualidad. Valladolid
Aunque Valentín Díaz no fallece hasta 1660 su obra pertenece a la primera mitad del siglo. El pintor que sirve de nexo de unión con la segunda mitad del mismo, y que es el encargado de salvaguardar el “prestigio” de la escuela vallisoletana, es un discípulo de éste, Felipe Gil de Mena, el cual puede ser ya considerado, según la opinión de Valdivieso González, “como un verdadero pintor barroco por su decidido interés hacia la pintura naturalista”. Del prestigio de Gil de Mena bien nos habla la afirmación de Palomino de que “fue también muy excelente en los retratos y muy naturalistas”. Una de sus principales características fue la de la inclusión en sus composiciones, sean de la temática que sean, de bodegones.
A pesar de la referida decadencia, la escuela vallisoletana seguirá siendo la más importante del noroeste peninsular. Cuando un particular, una iglesia u otra institución de este territorio requerían de una pintura de cierta calidad, y no podía permitirse una obra del foco madrileño, acudían a la ciudad del Pisuerga, motivo por el cual veremos cuadros vallisoletanos diseminados por diferentes puntos de Castilla, Galicia, Asturias o incluso Navarra.

FELIPE GIL DE MENA. Retratos de Diego Valentín Díaz y doña María de la Calzada. Museo Diocesano. Valladolid
DIEGO VALENTÍN DÍAZ. Presentación de Jesús en tel Templo. Museo Nacional de Escultura. Valladolid. Fotografía tomada de la página web del M.N.E.
FELIPE GIL DE MENA. San Elías confortado por el ángel. Museo Nacional de Escultura. Valladolid. Fotografía tomada de la página web del M.N.E.
Este mismo fenómeno se vivió en Valladolid a la inversa: la recepción de obras de autores madrileños. Así, entre los pintores cortesanos representados en nuestras iglesias, conventos, etc… encontramos a Francisco Solís, Ignacio Ruiz de la Iglesia, Alonso del Arco o Acisclo Antonio Palomino. Un caso excepcional fue Mateo Cerezo el cual vivió cierto tiempo en la ciudad dejando en ella alguna de sus mejores obras. Así por ejemplo pinta los lienzos del retablo mayor del Convento de Jesús y María, y algunos otros cuadros para diversas parroquias e incluso para la catedral. Entre todos ellos destaca el Cristo yacente acompañado de ángeles conservado en la iglesia de San Lorenzo.

ALONSO DEL ARCO. Adoración de los Pastores. Iglesia de San Miguel. Valladolid
ANTONIO PALOMINO. Niño Jesús Salvador. Iglesia de San Miguel. Valladolid
Metiéndonos ya de fondo en la escuela vallisoletana lo primero que llama la atención es el hecho de que de la amplia nómina de pintores documentados tan sólo conservamos obras de unos pocos. Partiendo de la mediocridad general de los pintores activos en este momento quizás el más interesante sea Andrés Amaya “por su talante abierto a principios renovadores”, autor del que conservamos un escaso catálogo de obras. Tan sólo la obra de otros cuatro pintores será verdaderamente reseñable: Agustín Bara, Amaro Alonso, Bartolomé Santos y el prolífico pintor sevillano Diego Díez Ferreras, autor con una obra muy dispersa, buena prueba de su prestigio, prestigio que no siempre era sinónimo de calidad; un caso similar en el terreno escultórico lo tenemos en Francisco Díez de Tudanca, activo por estas mismas fechas. En un escalón ya claramente inferior se encuentran otros maestros que en algunas ocasiones demuestran ser casi unos artesanos: los hijos de Felipe Gil de Mena (Felipe y Manuel Gil de Mena y Muga), Antonio y Lucas Caniego, Antonio Novoa Osorio, Jerónimo Benete, etc….

FELIPE Y MANUEL GIL DE MENA Y MUGA. San Pedro in catedra (Retablo de la Virgen de los Remedios) (1676). Iglesia de Santa María Magdalena. Valladolid
Del resto de pintores documentados tan solo conservamos datos biográficos o profesionales (contratos de obras desaparecidas, asientos de aprendices…). Según se desprende de la documentación obtenida en diferentes archivos, algunos otros pintores pudieron llegar a tener alguna trascendencia en el panorama pictórico vallisoletano de la época; sin embargo, la pérdida de su memoria y de sus obras nos les muestran en la actualidad como fantasmas. Este grupo lo conformarían: Francisco Cocho, José Martínez de Ollora, Manuel y Lucas de Ocio, Manuel Juárez o Pedro de Calabria (no confundir con su hijo Pedro de Calabria Escudero, pintor y grabador vallisoletano emigrado a la Corte.
Como hemos repetido bastantes veces, en este momento la pintura vallisoletana no aspira a realizar lienzos de gran calidad sino a satisfacer el gusto popular y la piedad privada y colectiva. Un caso curioso de esta piedad es el del padre Jerónimo Benete, pintor de nula calidad aunque afamado por sus pinturas de la Virgen y de la Pasión de Cristo.

JERÓNIMO BENETE. La Virgen del Carmen. Santuario de Nuestra Señora del Carmen Extramuros. Valladolid
Un apartado especial dentro de la pintura de este periodo lo conforma la Cofradía de San Lucas, institución que agrupó a los pintores en un primer momento, pero que posteriormente admitió en su seno a escultores, ensambladores y tallistas. El principal objetivo de dicha cofradía era el defender “los derechos generalmente fiscales, adquiridos con anterioridad, haciendo hincapié en la liberalidad de su arte, preocupándose por vigilar la calidad de las pintura que se vendían en el comercio, festejando a su santo patrón, el evangelista pintor, o participando en las numerosas ceremonias religiosas que se celebraban en la ciudad”.
El siglo XVIII comenzó de la peor manera posible para la ya de por sí mermada pintura vallisoletana puesto que en 1704 fallece su mejor artífice: Andrés Amaya. El encargado de ocupar el puesto como pintor vallisoletano más destacado durante el primer tercio de siglo Manuel Peti Bander (1662-1736), hijo del pintor Simón Peti “el Viejo”, artista que se caracteriza por la utilización de los “métodos más avanzados y el que permitió entrever en la escena pictórica local el arte novedoso del napolitano Luca Giordano”. Otros dos pintores destacan en el mediocre panorama pictórico vallisoletano: Fray Diego de Frutos, del cual conservamos una abundantísima producción a raíz de sus extensas series de cuadros de temática franciscana, e Ignacio de Prado.

IGNACIO DE PRADO. Retrato de doña Magdalena de Ulloa (1737). Colegiata de San Luis. Villagarcía de Campos
IGNACIO DE PRADO. Apoteosis de la Compañía de Jesús (1703). Colegiata de San Luis. Villagarcía de Campos
Tras la muerte de todos estos maestros se creó un enorme vacío que nadie fue capaz de llenar. Por primera vez desde hacía mucho tiempo no existía una figura descollante. Hasta bien entrada la segunda mitad del siglo, es decir en los albores del Neoclasicismo, no volveremos a ver pintores de cierta categoría: Francisco de Prado (hijo de Ignacio de Prado), Diego Pérez Martínez, José y Leonardo de Araujo (padre e hijo respectivamente), José Pastrana, y Ramón y Joaquín Canedo (padre e hijo). Sin ningún género de dudas Diego Pérez y los Canedo serán los que piloten con mayor dignidad la escuela vallisoletana durante la segunda mitad del siglo XVIII.
A continuación, para formarnos una idea de las personalidades más significativas de este periodo, así como de sus producciones, se realizará una escueta biografía de los más importantes, así como una lista de sus obras documentadas.

AMARO ALONSO DE LLANOS (1640 – 1699)
Amaro Alonso de Llanos Valdés, en realidad Amaro Alonso Méndez, vio la luz en Valladolid. Bautizado en la parroquia de la Santa Iglesia Catedral el 23 de enero de 1640, sus padres fueron Amaro Alonso de Llanos, tendero de aceite y vinagre, e Isabel Méndez Redondo, ambos naturales “del lugar de San Simón cerca de la ciudad de Lugo”.
La primera noticia sobre el pintor se fecha en el 21 de octubre de 1662, día en el que otorga testamento tras haber sufrido una puñalada, de la cual culpaba la justicia al pintor Diego Díez Ferreras. Sin embargo, Amaro Alonso le exculpó puesto que vio perfectamente a las dos personas que perpetraron el ataque: el emballenador Juan González y el sastre Manuel Vázquez. No pudo precisar quién de los dos fue el que le agredió “porque con la oscuridad de la noche no puedo conocer cuál era”. Las cláusulas del testamento nos aportan valiosa información sobre su personalidad y parte de su producción artística perdida. Finalmente nombraba como testamentarios a su hermana, Teresa Alonso, y al bodegonero Felipe Viana. Entre los testigos que lo firmaron figura el pintor Diego Díez Ferreras, señal de que la acusación era falsa y de que ambos gozaban de una buena amistad.

AMARO ALONSO. Degollación de San Juan Bautista (1675). Iglesia de San Juan Bautista. Valladolid. Procedente de la Iglesia Penitencial de la Sagrada Pasión de Cristo
El 31 de marzo de 1665 ingresa en la Cofradía Penitencial de Nuestro Padre Jesús Nazareno. Un año después, el 4 de marzo de 1666, contrae matrimonio con Bernarda de Andrade en la iglesia parroquial de San Julián, templo en el que fueron bautizadas sus dos hijas: Josefa Gabriel, el 2 de abril de 1668, y María Benita, el 6 de abril de 1673. Su otro hijo, Simón Amaro, fue bautizado en la iglesia de San Miguel el día 10 de noviembre de 1678.
En el año 1681 vemos trabajar codo a codo a Amaro Alonso con el escultor Juan de Ávila. Mientras que el escultor realizaba una nueva imagen procesional de Santiago Matamoros y “unas perspectivas” –seguramente arquitecturas efímeras– con las que adornar dicho estreno, Amaro Alonso se ocuparía de policromar la “perspectiva”, tarea por la que percibió 180 reales. A partir de entonces, si no antes, surgiría una buena amistad cómo podemos volver a comprobar en el bautizo de José de Ávila, hijo de Juan, y donde Amaro Alonso actuó como padrino.

AMARO ALONSO. Salomé presentando la cabeza del Bautista a Herodes y Herodías (1675). Iglesia de San Juan Bautista. Valladolid. Procedente de la Iglesia Penitencial de la Sagrada Pasión de Cristo
Durante el año 1687 ostenta el cargo de mayordomo de fábrica secular de la antigua iglesia de San Miguel. Siete años después contrae matrimonio en segundas nupcias en la iglesia parroquial de Santiago Apóstol con Damiana Jalón y Gallo, viuda del también pintor Juan Sanz. Entre los testigos del enlace figura el pintor Andrés de Amaya.
El 6 de noviembre de 1695 accede a su taller el único aprendiz que hemos podido documentar: Leonardo Vázquez de Codesal. El padre del muchacho le asentó en el taller para que aprendiera el “arte de pintor como es a dibujar todo género de figuras y el más tocante y perteneciente del dicho arte”.
El 29 de abril de 1696 las vidas profesionales de Amaro Alonso y Juan de Ávila vuelven a cruzarse: se encargan de inspeccionar, junto con el también escultor Juan Antonio de la Peña, las labores de retoque de las figuras de los pasos de la cofradía de la Pasión que corrían a cargo del pintor Valentín Gómez de Salazar.

AMARO ALONSO. Cristo camino del Calvario (copia del "Pasmo de Sicilia" de Rafael". Catedral. Valladolid
Amaro Alonso de Llanos y Valdés fallece el 12 de julio de 1699, siendo enterrado en la desaparecida iglesia de San Miguel de Valladolid. Su cuerpo debía ser colocado en una sepultura propia (le fue obsequiada por dicha iglesia en agradecimiento a la donación que hizo de un busto de Ecce Homo) dentro de la capilla mayor. El Ecce Homo, que fue regalado “el año de 1698 (…) con otras alhajas”, era una imagen de “medio cuerpo de escultura admirable, con su peana de media talla dorada”, que se guardaba “en el archivo de los privilegios de Valladolid que está sobre la puerta de la torre”. El referido busto aparece en sucesivos inventarios del “Libro de Alhajas” de la iglesia de San Miguel. Sirvan de ejemplos los de los años 1702 y 1711. Atribuido a Manuel Pereira, en la actualidad forma parte del pequeño museo parroquial.
Catálogo
  • 1662. Seis pasajes con ermitaños, seis pasajes con historias y doce lienzos. Diversos comitentes. Paradero desconocido.
  • 1675. Lienzos de la Santa Cena, la Degollación del Bautista, Salomé presentando la cabeza del Bautista a Herodes y Herodías. Cofradía de Nuestra Señora de la Pasión. Valladolid. Los dos últimos se conservan en la iglesia de San Juan Bautista.
  • 1685-1686. “Retocar y hacer de nuevo los cuadros que están puestos en el altar mayor”. Iglesia de San Juan Bautista. Valladolid.
  • 1687. Pinturas encastradas de los cuatro Evangelistas, el Padre Eterno, la Asunción, San Felipe Neri con la Inmaculada, la Anunciación y el Arrepentimiento de San Pedro. Oratorio de San Felipe Neri. Valladolid.
  • 1690. Pintar “la capilla mayor y mejoras de pintar pilastras, cornisas y celosías de dicha obra”. Ermita de Nuestra Señora de la Peña. Tordesillas (Valladolid).
  • 1691. Cuadros de San Pedro, San Antonio y San Fernando. Iglesia parroquial de San Pedro. Zaratán (Valladolid). Desaparecidos.
  • 1696. Pinturas de la cúpula y de las pechinas. Ermita de Nuestra Señora de la Peña. Tordesillas (Valladolid).
  • 1698. Cuadro de la Asunción. Iglesia parroquial de La Overuela (Valladolid). Desaparecido.
AMARO ALONSO. La Asunción (pintura encastrada en la bóveda) (1687). Oratorio de San Felipe Neri. Valladolid
AMARO ALONSO. San Felipe Neri (pintura encastrada en la bóveda) (1687). Oratorio de San Felipe Neri. Valladolid


AGUSTÍN BARA (1650 – 1678)
Agustín Bara Portillo encarna perfectamente el caso paradigmático de pintor prometedor cuya carrera su trunca a una edad muy temprana. Vio la luz en la localidad vallisoletana de Olivares de Duero, en cuya iglesia parroquial de San Pelayo fue bautizado el día 19 de septiembre de 1650. Sus padres fueron el escribano “de su majestad” Juan Bara Gutiérrez e Isabel Portillo, ambos vecinos y naturales de Tudela de Duero. Seguramente la estancia de sus padres en Olivares de Duero tenga que ver con las obligaciones laborales del cabeza de familia.
Desconocemos tanto el momento en que llega a Valladolid como en el que entra al taller en el que se forma como pintor. Su escasa obra tampoco nos ayuda a averiguar la identidad de su mentor.
El 2 de julio de 1674 se desposa en la iglesia de San Martín, de Valladolid, con María Antonia Gavilán, nieta del gran genio de la escultura Gregorio Fernández. Un año después, el 19 de agosto de 1675, el matrimonio fue velado en la iglesia de San Lorenzo. Por entonces el matrimonio vivía en la plaza de la Santísima Trinidad.

AGUSTÍN BARA. El Nacimiento de San Juan Bautista (1675). Iglesia de San Juan Bautista. Valladolid. Procedente de la Iglesia Penitencial de la Sagrada Pasión de Cristo
El 29 de marzo de 1677 recibe como aprendiz en su taller a un tal Juan Fernández, al cual debería enseñar “el dicho arte de pintura y todo lo al tocante”. El tiempo de aprendizaje sería de seis años, cobrando a cambio Bara 800 reales.
El 2 de septiembre de 1678 muere su mujer, siendo enterrada según su deseo en el Convento del Carmen Calzado. El día 18 de ese mismo mes Agustín Bara “estando enfermo en cama” y, por lo tanto, no pudiendo disponer “mi testamento, mandas y legados”, decide comunicar sus disposiciones a su cuñado el pintor José Martínez de Ollora y a fray Francisco Fernández de Llano, religioso en el convento de Nuestra Señora de la Merced. También los instituyó como albaceas y testamentarios, y como heredera universal dejaba nombrada a su hermana Beatriz, esposa de Martínez de Ollora. Bara fallece cinco días después, el 23 de septiembre, siendo enterrado en la iglesia de San Lorenzo, a la cual estuvo tan vinculado durante su corta estancia en Valladolid.
Catálogo
  • 1675. Pinturas de El nacimiento de San Juan Bautista, La predicación de San Juan en el desierto y El bautismo de Cristo. Cofradía de Nuestra Señora de la Pasión. Valladolid. Las tres obras se conservan en la actual iglesia de San Juan Bautista.
  • Fecha indeterminada. Atribuidas. Pinturas del Nacimiento, la Adoración de los Magos y la Circuncisión.
AGUSTÍN BARA. La Predicación de San Juan Bautista en el desierto (1675). Iglesia de San Juan Bautista. Valladolid. Procedente de la Iglesia Penitencial de la Sagrada Pasión de Cristo


DIEGO DÍEZ FERRERAS (1640 – d.1701)
Diego Díez Ferreras fue el pintor más prolífico de la escuela vallisoletana de la segunda mitad del siglo XVII. Se puede afirmar que sucedió a Diego Valentín Díaz y a Felipe Gil de Mena en el papel de pintor más prestigioso de la capital castellana. Aunque nacido en Carmona (Sevilla), vivió durante casi toda su vida en Valladolid, ciudad en la que habitó en la acera de la Plaza Mayor entonces conocida como la de los “escribanos o del Caballo de Troya”.
Dispersó su obra por toda Castilla de la mano de los encargos que recibía de la orden Carmelita y de la Compañía de Jesús. Para los carmelitas trabajó en Medina de Rioseco, Soria o Peñaranda de Bracamonte. Asimismo, para los jesuitas lo hizo en Valladolid o Segovia. Cofradías (de la Pasión y Angustias), parroquias (Portillo, San Cebrián de Campos, etc.) e incluso varias catedrales (El Burgo de Osma o Palencia) solicitaron frecuentemente sus servicios.

DIEGO DÍEZ FERRERAS. Constantino con la Santa Cruz (1665). Iglesia de Santa Cruz. Medina de Rioseco
Desde su primera obra documentada, las pinturas del retablo mayor de la iglesia de Santa Cruz de Medina de Rioseco, aparece ya configurado plenamente su estilo sin que en sus pinturas posteriores se aprecien cambios. Aficionado a composiciones repletas de figuras, con las que intenta crear sensación de movimiento, el pintor vallisoletano recurre a grises, azules y rosas, que denotan su preferencia por las tonalidades frías que aplica con pinceladas sueltas. Respecto a esto último, el profesor Pérez Sánchez le define como “hijo de su tiempo en el color alegre y en la factura más suelta que las de sus predecesores locales”. Su estilo ingenuo y popular le debió de proporcionar fama y crédito artístico dado que son abundantes las obras documentadas como las que fácilmente se le atribuyen. Los fondos de paisaje, estereotipados y repetitivos, aparecen como telones sin que consiga integrar en ellos a los personajes.
Diego Díez Ferreras nace en Carmona (Sevilla) el 23 de enero de 1640. Sus padres fueron Diego Díez Ferreras (oriundo de Puebla de Lillo) y Catalina Fernández. El primer documento que nos indica su presencia en Valladolid son las capitulaciones matrimoniales con su primera esposa, efectuadas el 22 de diciembre de 1661. Tan solo dos años después, el 20 de agosto de 1663, fallece su esposa, siendo enterrada en la iglesia de Santiago. El luto no duraría mucho puesto que ese mismo año contrae matrimonio con Inés de Osorio en la iglesia parroquial de San Lorenzo.

DIEGO DÍEZ FERRERAS. El Hogar de Nazaret (1668). Iglesia Penitencial de Nuestra Señora de las Angustias. Valladolid
DIEGO DÍEZ FERRERAS. La Muerte de San José (1668). Iglesia Penitencial de Nuestra Señora de las Angustias. Valladolid
En el año 1662, como ya hemos visto, fue acusado de haber apuñalado al pintor Amaro Alonso, extremo que el propio Alonso negó en su testamento otorgado el día 21 de octubre de ese año. Posteriores documentos nos los sitúan como buenos amigos. Tres años después figura como testigo en el contrato que firmaron los ensambladores Cristóbal Ruiz de Andino y Juan Fernández para realizar el retablo de Nuestra Señora del Rosario para la iglesia de San Cebrián de Campos.
El 16 de noviembre de 1679 el mayordomo de la ciudad, don Juan Francisco de Rivera, paga a Díez Ferreras 300 reales de vellón “por retocar y componer la pintura de Nuestra Señora del consistorio”. Las últimas noticias datan del año 1701. Aunque no hemos logrado localizar su partida de defunción, es comprensible que falleciera por aquellas fechas.
Catálogo
  • 1665. Pinturas del retablo mayor. Iglesia de Santa Cruz. Medina de Rioseco (Valladolid).
  • 1668. La muerte de San José y El Hogar de Nazaret. Iglesia penitencial de Nuestra Señora de las Angustias. Valladolid.
  • 1672. La transverberación de Santa Teresa y San José con el Niño. Convento de Carmelitas Descalzos. Pamplona.
  • 1674. San Juan Bautista y San José con el Niño. Iglesia parroquial de Santa María. Portillo (Valladolid).
  • 1675. El Anuncio del ángel a Zacarías. Iglesia de San Juan Bautista. Valladolid.
  • 1675. Apoteosis de San Ignacio. Iglesia de San Miguel. Valladolid.
  • 1678. Pinturas de la Anunciación, la Visitación y la Inmaculada. Iglesia de San Cornelio y San Cipriano. San Cebrián de Campos (Palencia).
  • 1679. Pinturas del retablo mayor. Iglesia del Seminario Conciliar. Segovia.
  • 1679. Pinturas encastradas de la cúpula. Colegio de los Ingleses. Valladolid.
  • 1682. La Asunción. Colegiata de San Antolín. Medina del Campo (Valladolid).
  • 1682. Bautismo de Jesús. Museo Diocesano. Zamora.
  • 1685. La Asunción y la Coronación de la Virgen del retablo mayor. Iglesia de la Asunción. Laguna de Duero (Valladolid).
  • h. 1686-1690. Pinturas del antiguo retablo mayor. Iglesia de Santa Marina la Real. León.
  • 1686. Escudos de armas. Iglesia de San Miguel Arcángel. Valladolid.
  • 1689. Retrato de una beata fundadora. Convento de San Antonio el Real. Segovia.
  • 1695. Pinturas de los ángeles de las enjutas de la bóveda. Convento de Santa Brígida. Valladolid.
  • Sin datar. San Elías arrebatado por los aires en un carro de fuego. Museo de Almería. Almería.
  • Sin datar. San Elías arrebatado por los aires en un carro de fuego. Museo Nacional de Escultura. Valladolid.
  • Sin datar. San Elías confortado por el ángel. Museo Nacional de Escultura. Valladolid.
DIEGO DÍEZ FERRERAS. El Anuncio del Ángel a Zacarías (1675) Iglesia de San Juan Bautista. Valladolid. Procedente de la Iglesia Penitencial de la Sagrada Pasión de Cristo
DIEGO DÍEZ FERRERAS. Apoteosis de San Ignacio (1675). Iglesia de San Miguel. Valladolid
DIEGO DÍEZ FERRERAS. El Ángel de la Guarda (pintura encastrada en una de las pechinas) (1679). Colegio de los Ingleses. Valladolid
DIEGO DÍEZ FERRERAS. Escena de la Batalla de las Navas de Tolosa (Retablo de la Inmaculada) (h. 1679). Catedral. Palencia
DIEGO DÍEZ FERRERAS. La Conquista de Sevilla por Fernando III (Retablo de San Fernando) (h. 1677). Catedral. Palencia


ANDRÉS AMAYA (h.1645 – 1704)
La figura del pintor Andrés Amaya está cubierta por una enorme bruma. Desconocemos sus principales datos biográficos, aunque se piensa que pudo nacer en Burgos, Palencia o Valladolid. Su estilo no puede relacionarse con el de ningún artista vallisoletano. Ceán Bermúdez, primer escritor en dedicarle una biografía –por cierto, bastante breve –, comenta que fue discípulo de Vicente Carducho, extremo imposible si tenemos en cuenta las cronologías de ambos pintores. A Ceán debemos la documentación de “los lienzos del retablo mayor de la parroquia de San Martín de Segovia, y otros dos que están en el presbiterio, cuyos asuntos son de la vida del santo titular. Tienen mejor gusto de color que corrección en el dibujo”.
En sus primeros cuadros conocidos, conservados en la iglesia segoviana de San Martín (1682), presentan una concepción pictórica mucho más avanzada que impide relacionar su formación con cualquier pintor vallisoletano. Su estilo formado en aquella fecha, podría vincularse al de Francisco Solís o al del burgalés José Moreno y por supuesto con los pintores cortesanos de la segunda mitad del siglo.

ANDRÉS AMAYA. San José con el Niño. Museo Nacional de Escultura. Valladolid. Fotografía tomada de la página web del M.N.E.
Sus cuadros casi nunca se hallan fechados lo que nos impide establecer una cronología en su obra conocida, la cual, por otro lado, se encuentra sumamente dispersa: tenemos cuadros suyos en Valladolid (iglesias de San Pedro, San Miguel y de la Vera Cruz, convento de Agustinos y Catedral) hay que añadir otros conservados, en Toro, Palencia (iglesia de San Miguel), San Millán de la Cogolla, Villafranca del Bierzo o León (San Isidoro). Tal vez, el número de obras suyas conservadas en Valladolid permiten confirmar una estancia larga en esta ciudad.
Fue artista bien preparado para la composición, sabiamente estudiada, como en el color rico y vibrante. Muestra una gran habilidad en la agrupación y relación de las figuras. Sus obras conocidas son todas de asunto religioso, pero en ellas puede apreciarse un gusto por los detalles de naturaleza muerta y se sabe que también pintó retratos. Se esforzó en buscar una tipología para sus personajes y sus obras son fácilmente reconocibles por el modelo de cabezas de ángeles, de caras gordas y narices respingonas y por los perfiles de sus modelos femeninos.

ANDRÉS AMAYA. La Virgen apareciéndose a Fernando III el Santo. Museo Nacional de Escultura. Valladolid. Fotografía tomada de la página web del M.N.E.
Estuvo casado con doña Isabel Lozano, y vivía “fuera de la Puerta del Campo”, es decir aproximadamente en la actual plaza de Zorrilla. Sabemos que tuvo por discípulo al pintor vallisoletano Ignacio de Prado, al cual su viuda le nombró como su heredero por ser “persona de mi cariño y de que tengo entera satisfacción”. Falleció el 29 de octubre de 1704.
Catálogo
  • 1682. Pinturas del retablo mayor. Iglesia de San Martín. Segovia.
  • 1693. San Francisco y Santa Teresa. Iglesia Penitencial de la Vera Cruz. Valladolid.
  • Hacia 1693. Sagrada Familia. Iglesia Penitencial de la Vera Cruz. Valladolid.
  • Hacia 1700. San Joaquín. Iglesia de San Pedro. Valladolid.
  • Fecha indeterminada. San José con el Niño. Catedral. Valladolid.
  • Fecha indeterminada. La Virgen apareciéndose a Fernando III el Santo. Museo Nacional de Escultura. Valladolid.
  • Fecha indeterminada. San José con el Niño. Museo Nacional de Escultura. Valladolid.
  • Fecha indeterminada. Serie de lienzos sobre la vida de San Juan Bautista. Real Colegiata Basílica de San Isidoro. León.
ANDRÉS AMAYA. San Francisco y Santa Teresa (1693). Iglesia Penitencial de la Santa Vera Cruz. Valladolid
ANDRÉS AMAYA. Sagrada Familia (h. 1693). Iglesia Penitencial de la Santa Vera Cruz. Valladolid


MANUEL PETI BANDER (1662-1736)
Fue sin duda el pintor más destacado del primer tercio del siglo XVIII, el de métodos más avanzados y el que permitió entrever en la escena pictórica local el arte novedoso del napolitano Luca Giordano, como puede ser en las composiciones y en su abocetada forma de pintar una clara influencia del italiano Luca Giordano. En alguna ocasión se ha sugerido un posible viaje de Peti a la Corte, lugar en el que entraría en contacto con el pintor italiano, y, es más, algunos han supuesto que llegaría a ser discípulo suyo. Hoy en día, la idea más extendida es la de que el conocimiento de la obra de Giordano le venga a Peti a través de algunas pinturas que llegaron a Valladolid. Tanto en el dibujo como en el colorido, demuestra soltura y dominio de los matices. Movimiento y composición son estudiados con capacidad y acierto. Sus pinturas siempre se caracterizan por una entonación vibrante a base de manchas de color y por no prestar atención alguna al dibujo.
Manuel Simón Peti (Manuel Peti Bander) fue bautizado el 25 de junio de 1662 en la iglesia de la Antigua. Sus padres fueron el pintor Simón Peti “el viejo” y Ana Rodríguez. Otros miembros de la familia siguieron el oficio paterno: Simón Peti “el joven”, hijo de Simón Peti “el viejo” y Bonifacio Quevedo Peti, nieto de Simón Peti “el viejo”, y, por lo tanto, sobrino de Manuel y Simón Peti “el joven”.

MANUEL PETI. Santiago en la Batalla de Clavijo. Museo Diocesano. Valladolid
El 31 de marzo de 1676 ingresa como cofrade en la Cofradía Penitencial de Nuestro Padre Jesús Nazareno. A esta cofradía ya pertenecía su padre, el cual había ostentado diferentes cargos en ella.
El 11 de noviembre de 1683 recibe en su taller al, cronológicamente hablando, primer aprendiz. Se trata de Manuel Polanco, hijo del sangrador José Polanco. Peti, que debía enseñar los rudimentos de la pintura al joven durante tres años, enseñanza por la que cobraría 300 reales. Dos días después recibe como aprendiz a Manuel Álvarez, a quien debería formar en el arte de la pintura a lo largo de seis años.
En 1702 realiza el trabajo de reconocimiento de las pinturas murales que se realizaron en las pechinas y cúpula de la Ermita de Nuestra Señora de la Peña de Tordesillas. Las pinturas fueron hechas, en su mayor parte, por el pintor vallisoletano Amaro Alonso. Asimismo, Peti pintó, entre otras cosas, el coro de dicha iglesia, percibiendo por ello 34 reales.

MANUEL PETI. El obispo Don Diego de la Cueva y Aldana. Catedral. Valladolid
El 15 de octubre de 1710 encontrándose preso en la cárcel otorga poder a los procuradores Andrés de Arce, Cosme de Arellano y Pedro de Velasco para que le defiendan en el “pleito y causa fulminada contra mí por el caballero corregidor de esta dicha ciudad” sobre “suponer ser infidente en las cosas del gobierno y estado de esta monarquía”. Según Peti dichas acusaciones eran inciertas, para lo cual argumentaba que era “muy afecto y leal vasallo a nuestro rey y señor Felipe Quinto, que Dios le guarde a quien he conocido y conozco por tal mi rey y señor natural y no a otro alguno sino a ver cosa al contrario”. Por estas fechas debió de regentar una casa en la Plaza Mayor, concretamente en una casa situada en la acera del Caballo de Troya (también conocida como la de “los escribanos”).
Manuel Peti Bander falleció “a causa de un accidente que no dio lugar” el 4 de agosto de 1736. Por entonces vivía en la plazuela del Almirante, siendo un soltero “de crecida edad”. Unos días antes de fallecer, el día 27 de julio había testado ante el escribano Manuel de Mier y Terán. Ordenaba que su cuerpo se enterrase en la iglesia penitencial de Nuestra Señora de las Angustias, donde se rezarían doscientas misas por su alma; mientras que dejaba instituido como heredero universal a su sobrino Bonifacio de Quevedo Peti.
Catálogo
  • Hacia 1700. Caída de San Pablo. Catedral. Valladolid.
  • Hacia 1700. San Fernando entrando en Sevilla. Catedral. Valladolid.
  • 1710. Serie de lienzos sobre los Siete Dolores de la Virgen. Iglesia Penitencial de Nuestra Señora de las Angustias. Valladolid.
  • Fecha indeterminada. El taller de Nazaret. Catedral. Valladolid.
  • Fecha indeterminada. Santiago en la Batalla de Clavijo. Museo Diocesano y Catedralicio. Valladolid.
MANUEL PETI. San Fernando entrando en Sevilla (h. 1700). Catedral. Valladolid
MANUEL PETI. El Calvario (Serie de los Dolores de la Virgen) (1710). Iglesia Penitencial de Nuestra Señora de las Angustias. Valladolid
MANUEL PETI. El Calvario (Serie de los Dolores de la Virgen) (1710). Iglesia Penitencial de Nuestra Señora de las Angustias. Valladolid

BIBLIOGRAFÍA
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  • URREA, Jesús: “La pintura, la rejería y la platería en Valladolid en el siglo XVIII”. En ENCISO RECIO, Luis Miguel (et. al.): Valladolid en el siglo XVIII, Ateneo de Valladolid, Valladolid, 1984.
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