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martes, 16 de septiembre de 2014

EL SEPULCRO DE MARÍA DE MOLINA EN EL MONASTERIO DE LAS HUELGAS


En el centro del crucero de la iglesia monacal de las Huelgas Reales se sitúa el sepulcro de la reina María de Molina. La estructura actual del mismo –de tumba exenta con las caras laterales de la urna decoradas con relieves encuadrados lateralmente por pilastras estriadas y con figura yacente sobre la cara superior– debe de corresponder a la reforma realizada con ocasión de la restauración de la iglesia a partir de 1579 donde sería colocado antes de 1600, fecha de la bendición de la misma.
Las pilastras y molduras clásicas del sepulcro sirven únicamente como aglutinantes de una serie de elementos pertenecientes a un sepulcro anterior en alabastro. Las noticias que hay acerca del mismo antes de su restauración proceden de Ambrosio de Morales, cronista de Felipe II que lo vio y lo describe con las siguientes palabras: “La reina tiene corona, más está en hábito honesto sin tener letra alguna, tiene los escudos con castillo y león y otros, solo león y castilla por orla que parece fueron las armas de su padre, el Infante don Alfonso de Molina”.

Los elementos antiguos conservados actualmente, constituyen todo el repertorio ornamental del sepulcro. En el basamento hay seis cabezas de leones y una franja de decoración de hojarasca. En los frentes de la urna, varios relieves con temas iconográficos y motivos heráldicos. El que corresponde a la cabecera tiene un Calvario y a ambos lados del mismo, unas figuras de mayor tamaño que representan a San Juan Bautista y a San Cristóbal. Esta última constituye una pieza aparte, pues incluso va provista de una moldura distinta en la pieza inferior. El resto del relieve, aunque con diversas roturas pudo haber constituido una unidad en su origen.

Calvario con San Cristóbal y San Juan Bautista
En la cara lateral de la izquierda hay una representación de la Virgen sedente con el Niño sentado sobre la rodilla izquierda, entre cuatro grandes escudos que simulan estar colgados de clavos por correas. La parte alta de estas correas está rota, como si antes hubieran ocupado un espacio más elevado. Dos de ellos tienen cuatro cuarteles con castillos y leones alternados y los otros dos un león rampante en el campo y castillos en la orla.

Virgen con el Niño
En la cara lateral de la derecha, hay un monje sentado que apoya la mano en un libro. Se le identifica con San Bernardo fundador de la Orden de los Cistercienses, a cuya regla pertenecía el Monasterio de las Huelgas. Está colocado también entre cuatro grandes escudos con iguales blasones que en la cara opuesta.

San Bernardo
En la cara de los pies hay una escena de carácter narrativo, en la que puede verse a la reina sentada en una silla de tijera, dando a las monjas del convento la carta de fundación del mismo. Sobre la urna descansa la figura yacente de la reina, cuya cabeza se apoya en dos almohadas. No lleva la corona de reina que cita Morales, sino toca y rebozo. Las vestiduras se ajustan a la moda de los treinta primeros años del siglo XV. Aparece vestida con una saya ajustada, que ciñe un cinturón, bajo el pecho, y falda plegada, que se cubre con un manto largo. Lleva en las manos cruzadas sobre el regazo, un rosario y un libro. A los pies, hay un perrito echado.
La Reina María de Molina con las monjas durante la fundación del Monasterio
La estatua yacente está ligeramente levantada de la superficie superior de la urna. En el reborde lateral de esta plataforma hay decoración de tracerías formando variadas composiciones, interrumpidas en la parte central por pequeñas figuras de animales luchando.

El primer problema que plantea el sepulcro es el de su cronología. María de Molina falleció en 1321 y según costumbre de aquella época se ocupó en vida de su enterramiento. Por expresa voluntad de la reina se trasladó su cadáver al Monasterio de Santa María la Real de las Huelgas, encargando en su testamento a don Nuño Pérez de Monroy, Abad de Santander, su consejero y Canciller, la construcción de un sepulcro, para cuyos gastos y para atender a las obras del Monasterio, dejaba 55.000 maravedíes. Se ignora si este sepulcro se hizo antes del fallecimiento del Abad en 1326, pero entre las mandas que dejó en su testamento figura una, de 3.000 doblones de oro, para la construcción de una capilla que se había de hacer en dicho Monasterio, para depositar los restos de Doña María. Por estos mismos años ocurren graves acontecimientos en relación con el convento. Habiéndose levantado Valladolid contra Alfonso XI y las gentes de Alvar Núñez, éste último decidió entrar en Valladolid por la parte de las Huelgas y para hacer hueco prendió fuego al convento. El Rey había mandado sacar antes el cuerpo de la Reina para que no pereciese en el incendio. La única noticia referente al edificio antiguo, antes de la reedificación del mismo a fines del siglo XVI, la recoge Quadrado. Se trata de una escritura de venta del llamado Monte de la Reina, cercano a Toro, que otorgaron en 1403 las Huelgas de Valladolid, por la necesidad que el convento padecía “y por quanto había de reparar la iglesia, retejar el cabildo, facer una torre y reparar el palacio que está todo descubierto y se cayó”.
El estilo de las piezas de alabastro que se conservan en el sepulcro actual, hace descartar la posibilidad de que el primitivo se realizase en los años inmediatamente posteriores a la muerte de la Reina, y en cambio induce a pensar que podría haberse realizado con ocasión de las reformas que las religiosas deseaban hacer en el convento en la primera mitad del siglo XV, para ayuda de las cuales tuvieron que desprenderse del Monte de la Reina. Como se ha apuntado ya, la indumentaria de Doña María corresponde a la moda que seguían las damas de un periodo de tiempo comprendido entre 1390 y 1430. El estilo de los relieves que decoran la urna está dentro del espíritu del llamado “gótico internacional” o “estilo blando”. Las figuras son delicadas y van envueltas en vestiduras de abundantes pliegues que adoptan complicados ritmos curvos. Los rostros son suavemente idealizados y el tratamiento de las telas atiende más a las movidas composiciones lineales que al estudio de calidades. En la figura del Cristo Crucificado de la cabecera, el “perizonium” ya es corto y se proyecta hacia un lado en una voluta flotante. Los pies están cruzados en rotación interna y el cuerpo está fuertemente estirado como es habitual en las representaciones de crucificados del siglo XV. La figura de la Virgen sentada con el Niño en una de las caras laterales, hace recordar las dos esculturas de la Piedad, vistas anteriormente y las imágenes de la Virgen con el Niño ademanes que se relacionaban con ellas. El Niño aparece completamente desnudo. El relieve de los pies enlaza ya con la influencia francesa de origen borgoñón –si bien persiste en él el deseo anecdótico cortesano de su momento– que se manifiesta en una mayor preocupación por las calidades de las telas y sobre todo por el tipo de tocado que usan las religiosas, el característico “tocado de cuernos” de origen francés cuyo momento de máxima difusión en la moda española fue hacia 1450. Como consecuencia de todo esto podría sugerirse una fecha aproximada para la realización de estas esculturas que podría establecerse entre 1410 y 1440.

El segundo problema se plantea en el momento de intentar relacionarle con otras obras de la época, en la aspiración de buscar un autor o un taller. Ha sido ya apuntada la relación con obras del foco toledano de fines del siglo XIV y principios del XV. Algunos pequeños detalles ponen a este sepulcro en particular vinculación con el de Don Alonso Carrillo de Albornoz, Cardenal de San Eustaquio en la capilla mayor de la catedral de Sigüenza, siendo interesante destacar la semejanza entre el San Cristóbal que ayuda al Niño a cruzar el río en el sepulcro de María de Molina y la representación de San Eustaquio que baja del barco, en el del Obispo de Sigüenza. Sin embargo, las soluciones para el tratamiento de las telas en las esculturas yacentes es muy distinto. Mientras que en la figura de María de Molina existe una contradicción entre la postura yacente de la dama y la manera de pesar los vestidos –más apropiado si la escultura hubiera sido concebida para ser colocada en vertical–, en la del Cardenal de San Eustaquio no existe, ya que las telas se abaten sobre el cuerpo horizontal. También es muy diferente la concepción del rostro, idealizado y con los ojos abiertos en el primero, y con la relajación que impone la muerte en el segundo, aunque todavía no se advierta en él la crudeza de la representación de un cadáver.

BIBLIOGRAFÍA
  • ARA GIL, Clementina Julia: Escultura gótica en Valladolid y su provincia, Institución Cultural Simancas, Valladolid, 1977.

sábado, 21 de septiembre de 2013

LA PUERTA DE LA MAGDALENA O DEL PALACIO DE MARÍA DE MOLINA


La presente puerta es el único resto subsistente de arquitectura militar del Valladolid medieval. Su conocimiento viene de lejos, pues ya en el siglo XIX es representada por Parcerisa, como una de las construcciones más singulares de la ciudad, en una litografía en sus Recuerdos y Bellezas de España. La puerta fortificada del palacio de María de Molina fue declarada Bien de Interés Cultural el 3 de junio de 1931.
El rey Sancho IV nació en Valladolid, señorío tradicional de las reinas de Castilla. Aquí vivía su madre Violante de Aragón como, después de la muerte de Sancho, lo haría su mujer María de Molina durante largas temporadas. El Rey residió en unas casas cercanas a la iglesia de la Magdalena, aportación del propio monarca, aunque la tradición las haya vinculado a su esposa que, sin embargo, fue responsable de sus principales transformaciones. Dichas casas se ubicaban en un barrio rico poblado por canónigos, oficiales del rey y miembros de la oligarquía urbana a uno de los cuales se las adquirió el monarca en el tercer cuarto del siglo XIII para adaptarlas como residencia real, y no como alcázar, término que los textos antiguos aplican casi exclusivamente al situado en el ángulo SO de la muralla, en San Benito.
Don Sacho falleció en 1295 y las casas de la Magdalena dejaron de ser palacios urbanos, integrados en la ciudad, para convertirse en palacios fortificados, separados de la misma debido no sólo a la gran inestabilidad política durante la minoría de Fernando IV (regencia de María de Molina) sino al propio crecimiento de Valladolid en los siglos XII y XIII. Su testimonio más fidedigno es la puerta monumental mudéjar del monasterio de las Huelgas.

Su carácter militar, con acceso en recodo, se puso de manifiesto durante la inconclusa restauración de los años setenta, lo que hizo suponer a Martín González que formaría parte de la segunda de las cercas con las que contó la ciudad, construida a fines del XIII y principios del XIV. Por emplazamiento y orientación, la puerta se situaba, según Gutiérrez Baños, en el muro que separaba el entorno de la iglesia de la Magdalena de las casas del Rey. Se trataría de un acceso desde el interior de la ciudad al recinto murado del palacio lo que permitiría a la reina buscar el amparo de aquélla, pero también aislarse de la misma, situación nada descartable ya que Valladolid durante los primeros años de la regencia negó la entrada a María de Molina y a su hijo Fernando IV.
Se trata de una estructura defensiva, pero de carácter áulico, cuya fachada sirve hoy de divisoria de propiedades entre la iglesia de la Magdalena y el monasterio de Las Huelgas. El carácter defensivo que deriva de modelos almohades, resulta de su disposición en recodo, esto es, con cambio de eje entre la entrada y salida de la puerta, según costumbre islámica, en cuyo interior hay dos huecos a ambos lados que Martín González interpreta como garitas de guardia. Tiene planta rectangular y se alinea con el muro de la segunda cerca medieval de la ciudad, de ruda argamasa que contrastaría con la monumentalidad, diseño y materiales de la puerta. Su fábrica de ladrillo en la fachada, con zócalos de piedra y los más pobres tapiales de las otras tres caras, con cadenas latericias en las esquinas, irían enfoscados por revoco del que restan vestigios en el intradós den gran arco central.

Dicha fachada se ordena a partir de un monumental arco túmido ciego, con despiezo a la base del mismo que inscribe otro menor, puerta de acceso, con despiece horizontal a partir de los riñones, sobremontado por ventana, igualmente túmida, correspondiente a un adarve, según Represa. Los tres vanos se perfilan por recuadro rehundido a guisa de alfiz. Todo el conjunto, por fin, se flanquea por dos pilastras rematadas en canes de piedra para recibir alero de madera –organización típica de las puertas toledanas posteriores– que culminaría en un almenado.

BIBLIOGRAFÍA
  • DUQUE HERRERO, Carlos: Rutas del Mudéjar en la Provincia de Valladolid, Castilla Ediciones, Valladolid, 2005.