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jueves, 3 de abril de 2014

EL RETABLO MAYOR DE LA IGLESIA DE SANTA MARÍA DE CURIEL DE DUERO


Hoy volvemos a tierras de Peñafiel para ver otra obra maestra de nuestra retablística. Se trata del retablo mayor de la iglesia de Santa María de Curiel de Duero, que en origen no pertenecía a dicha iglesia, sino que procede de la iglesia de San Martín, también de esta localidad, desde donde fue trasladado en la década de 1950 al arruinarse aquélla.

El retablo se estructura a través de un pequeño sotabanco, banco, dos cuerpos, tres calles y ático. El estrecho sotabanco sobre el que se asienta el retablo presenta decoración plateresca. Así, en el lado epistolar apreciamos “putti” volanderos que sujetan cintas colgantes, guirnaldas con frutos y tarjas dentro de cueros recortados. En cambio, en el lado opuesto se divisan dos mujeres desnudas tenantes de una tarja encuadrada igualmente dentro de cueros recortados. En las esquinas, dos dados más avanzaos que el resto del basamento exhiben bustos.

El banco o predela contiene dos bajorrelieves alusivos a Adán y Eva: El Pecado Original en el lado del Evangelio, y la Expulsión del Paraíso en el de la Epístola. Entre los relieves corren en los extremos del banco unas pilastras con exedras aveneradas en las que se alojan una Santa Lucía en el borde derecho, en tanto que en el borde izquierdo se ha perdido la estatuilla original.

En el centro del banco tiene cabida el Sagrario, proveniente de otro retablo diferente aunque al compartir estilo resulta un conjunto muy armonioso. En la puerta figura un relieve de Cristo atado a la columna, escoltado a los lados por sendas figuras de San Pedro y San Pablo. Limitando con la custodia, dos plintos sirven de apoyo a los órdenes de los cuerpos y que, en el de la banda del Evangelio, luce un busto femenino en el centro encima del cual se coloca una mujer de cuerpo entero con “putti” y, el de la banda contraria, se decora con matronas, trofeos y cabezas de serafines desde las que parten guirnaldas con frutas. Los enveses están revestidos de calaveras, trapos colgantes, cintas entrelazadas y cabezas de querubines.
El relieve el Pecado Original está formado por las figuras desnudas de Adán y Eva, con las partes pudendas ya cubiertas. En el centro de la escena se halla el Árbol de la Ciencia el Bien y del Mal, aquel del que Dios les prohibió comer. Es el instante de la tentación en el que el diablo, en forma de serpiente con forma de mujer enroscada en un árbol frutal, se dirige en términos engañosos a una Eva que está a punto de tomar la manzana. Un segundo episodio pintado al fondo de la tabla nos muestra el instante de la creación de Eva.

En la Expulsión del Paraíso encontramos otra vez Adán y Eva desnudos aunque con sus “partes” cubiertas por unos troncos quebrados. Un ángel que blande una espada bajo el quicio de la puerta del paraíso les está echando del mismo. La puerta aparece representada por un arco de medio punto.

Hablando ya del primer cuerpo. El Nacimiento de Jesús ocupa el lado del Evangelio. San José figura en primer plano, algo infrecuente en las composiciones del siglo XVI, apoyando u mano diestra en un cayado. Es una imagen manierista, en movimiento, como la de María, que adora a su Hijo con las manos juntas en ademán devoto. El Niño descansa sobre el suelo rocoso y mira complaciente a su Madre, pero un ángel le tiende una sábana de suaves pliegues a modo de cuna en una bonita y singular forma de describir el evento.

La hornacina central de este primer piso debería cobijar a San Martín de Tours como santo titular de la parroquia de procedencia, pero desapareció. En la actualidad ocupa su lugar una Asunción gótica, flanqueada por seis ángeles, datable en la segunda mitad del siglo XV.

La Adoración de los Reyes Magos completa el primer cuerpo. Los personajes irradian elegancia, aunque llama poderosamente la atención la exquisita belleza de la Virgen y de sus ricas vestiduras de brocados. Los Magos también se atavían con distinción, particularmente el Rey blanco de pie, que alardea, además, de un refinado casco. El recién nacido mira al espectador y es, asimismo, una imagen de dulce faz. San José, en cambio, rompe la armonía reinante en el encasamiento, pasa a una discreta posición y queda distanciado anímicamente de la situación.

Ascendiendo al sobrecuerpo, en los plafones de los lados nos topamos con un San Marcos que está escribiendo en un pergamino sentado sobre lajas de piedra, acompañado de su animal distintivo, el león. En la casilla de la Epístola, distinguimos a un San Andrés con la cruz aspada donde fue martirizado que atraviesa todo el espacio. Ambos tableros tienen en común unos fondos arquitectónicos que solamente se insinúan.

En el centro de este segundo cuerpo descubrimos la Anunciación, en la que actúa en Arcángel San Gabriel volandero con la vara de azucenas en su mano izquierda en la que se enrolla una filacteria con la leyenda “Ave María Gratia Plena”. La otra mano está gesticulando, con el dedo índice curvado, en el momento de pronunciar el anuncio a María. Con el búcaro de flores en el suelo, símbolo de la castidad mariana, una cabeza de serafín alado descorre un telón, aunque falta el ángel simétrico del otro lado porque este panel está amputado en el extremo derecho. La imagen de la Virgen es también deliciosa en sus facciones y manto y describe una línea serpentinata en la forma de volverse hacia el mensajero, girando, pies, sobre su eje de izquierda a derecha, postrada ante un reclinatorio con un libro abierto. La paloma del Espíritu Santo preside el suceso desde las alturas.

En el ático, vemos el Calvario de rigor dentro de un frontispicio, con el Crucifijo, la Virgen y San Juan. El casillero está definido mediante columnas pareadas a los lados y en el tímpano la figura de Dios Padre, que bendice con una mano y con la otra sostiene la bola del mundo. Dos tondos con pinturas, que representan a Jesús Nazareno con la Cruz a cuestas y a una Dolorosa se asientan a modo de remate en las calles laterales. Sobre los ejes de las pulseras se aposentan unos jarrones con flores.

Las esculturas han sido atribuidas por el profesor Parrado del Olmo a Manuel Álvarez, concretamente a su primera etapa. Se trata de figuras de refinada belleza, que se mueven, donde la búsqueda de la perfección formal es norma. Las imágenes se ensalzan con carnaciones a pulimento que depuran sus facciones. Mejillas sonrosadas aumentan el atractivo de los tipos empleados, a lo que contribuye no poco la aplicación de la técnica de relieve aplastado que Álvarez copia de Alonso Berruguete y, sobre todo, de Juan de Juni.
Posteriormente, Parrado del Olmo habla de dos maestros que intervienen en esta fábrica. A Manuel Álvarez le adjudica el bajorrelieve de San Marcos, el de la Expulsión del Paraíso y, con dudas, el de San Andrés. A Juan Ortiz Fernández le asigna el Pecado Original, Nacimiento, Anunciación y Epifanía, matizando, además, que en estas tablas hay un menor interés por los fondos arquitectónicos que en las talladas por Álvarez. Asimismo propone el año 1560 como el de creación del retablo.

BIBLIOGRAFÍA
  • MARTÍN JIMENEZ, Carlos Manuel y MARTÍN RUIZ Abelardo: Retablos Escultóricos: renacentistas y clasicistas, Diputación de Valladolid, Valladolid, 2010.
  • VALDIVIESO, Enrique: Catálogo Monumental de la provincia de Valladolid. Tomo VIII. Antiguo partido judicial de Peñafiel, Diputación de Valladolid, Valladolid, 1975.

viernes, 13 de diciembre de 2013

MONUMENTOS DESAPARECIDOS: El Palacio-Fortaleza de los Estúñiga en Curiel de Duero


El Palacio-Fortaleza de los Estúñiga (declarado Bien de Interés Cultural el 22 de abril de 1949) en la localidad de Curiel de Duero, antiguamente citada como Curiel de los Ajos, fue uno de los más enteros y mejor conservados de España hasta bien entrado el siglo XX, por lo que su ruina provocó una gran indignación.  La villa de Curiel no era una población cualquiera puesto que desde el siglo XII, hasta comienzos del XIX, fue cabeza de comunidad de Villa y Tierra.
El palacio fue mandado levantar por don Diego López de Estúñiga, nombrado en 1386 Justicia Mayor de Castilla por Juan I, y en el desempeño del mismo cargo bajo el reinado de Enrique III. Curiel era el solar del linaje, casa fuerte y "casa de morada", como él mismo la define, donde residió varios años, hasta 1412, y donde debió de morir su esposa.

Vista del Palacio-Fortaleza de Curiel en 1867
Según Martínez Alcubilla, habilitó importantes obras en el palacio entre 1386 y 1412 de las que había constancia epigráfica en una inscripción sobre la puerta principal, hoy desaparecida, la cual rezaba así: “ESTA OBRA MANDÓ FACER DIEGO LOPE / S DE STUÑIGA IUSTICIA MAYOR / DEL REY… VILLA E ACABOSE EN EL ANNO DEL NACIMIENTO / DEL NUESTRO SENNOR JESUCRISTO DE / MILL E CCC E X ANNOS”. Hasta ese año de 1410, el castillo fue engalanado con soberbios artesonados, con galerías de piedra y, muy sobre todo, con decoraciones de yesería mudéjar, todo ello más o menos distante, dentro del siglo, de la dicha fe de conclusión del exterior.
Este modelo de alcázar-palacio que desarrolló la nobleza castellana Trastámara a imitación de sus soberanos, solía combinar estructuras fortificadas propias del gótico europeo, con frecuencia de buena cantería, e interiores muy lujosos de ambiente mudéjar directamente inspirados en los palacios andalusíes; de esta forma demostraban nuestros aristócratas su calidad social y la ostentación de su linaje. Muy comunes en el siglo XV, se conocen también algunas casas señoriales de fines del siglo XIV; la de los Tovar construida en Cevico de la Torre (Palencia) hacia 1390 que conserva dos alfarjes con decoración pintada; la de los Fernández de Velasco en Medina de Pomar (Burgos), entre 1367 y 1385, con restos de yesería con inscripciones en árabe y latín y la que nos ocupa de Curiel, de pérdida si cabe más dolorosa pues se conserva íntegra hasta 1920.

En fecha tan tardía, la construcción adoptó mayor empaque de palacio que de fortaleza, pero simultaneando ambos oficios, uno en el interior, otro en el aspecto externo. Por fuera, el castillo de Curiel era una robusta y sobria mesa de sillería, muy cúbica de líneas, con matacanes y ventanas geminadas con arquitos – recortados en un mismo sillar– sobre parteluz. Su planta, prácticamente cuadrada, con torres en los ángulos, la más importante y sólida la del Oeste. Las puertas, de arcos apuntados, situada la principal en el muro septentrional, y, sobre ella, con blasón del fundador, la inscripción copiada. La distribución del castillo era ingeniosa, descentrado su patio hacia el Sur y dispuesto de manera que por este lado se lograse una vista escalonada del paisaje. Este patio era de columnas ochavadas, bajo zapatas y modillones de madera, de indudable sabor morisco. Al sur llevaba dos puertas ojivales sin adornos, con matacanes de defensa superiores, la principal, de "estilo árabe, forrada con cuero de buey y encima barrotes de yerro y grandes clavos", al decir de Martínez Alcubilla. Los huecos de mayor interés, al sur, dos pertenecientes al gran salón de la casa, ajimezados, otro abierto en la torre suroeste que domina el conjunto, más pequeño e igualmente geminado. Las restantes ventanas, rectangulares, con rejas, son posteriores.
En el interior del palacio contrastaba la solidez del sillarejo granítico empleado en el exterior con una indudable modestia de materiales –adobe y ladrillo– en la organización interna. Lo destinado a palacio se organizaba en tres crujías a lo largo de otros tantos lados del patio. Eran tres los salones decorados, y el más importante o de honor, uno de 60 x 25 pies, cubierto por artesonado y decorado con yeserías moriscas, bellísimas en el molduraje de sus cuatro puertas.

Patio del Palacio-Fortaleza
Portada con yeserías del Gran Salón
Puerta principal del Gran Salón
Al inmueble se accedía a través de un zaguán en cuyas puertas y frisos, como en los de un aposento a la izquierda. Antón recuerda yeserías mudéjares muy dañadas, con alfiz e inscripciones arábigas. Similar ornato presentaba el ingreso que del portal daba al patio, elemento ordenador de la casa, que no debía de encontrarse en buen estado en 1862 cuando adquiere el inmueble Martínez Alcubilla pues "extrajo más de quinientos carros de escombros". Patio de dos pisos "y buenos sótano", recompuesto el siglo XVI, con columnas ochavadas bajo zapatas y modillones labrados de madera; descentrado hacia el este, se disponía de forma que por este lado, más bajo, se lograse una vista escalonada del paisaje, vista a pleno campo que se realizaba desde una galería de arcos con antepechos abiertos en el muro de levaje. Según Antón dicha galería -o solana- se cubría con una riquísima armadura policromada, con las armas de Castilla y León.

Puerta con yeserías del Gran Salón
Yeserías de uno de los aposentos
Fragmento de yesería en el Museo Etnográfico de Curiel
En el segundo piso y tras cruzar alguna estancia en ruinas, se entraba en el gran salón de 58 pies de largo por 24 de ancho, verdaderamente magnífico, bien iluminado por los antedichos ajimeces y con una soberbia techumbre, "donde resplandece el lujo de aquel tiempo especialmente en pinturas" (Martínez Alcubilla). Poco debía quedar de todo ello cuando escribía Antón en 1918, pues sólo describe las yeserías, de fuerte sabor toledano, de las puertas que se conservaban "regularmente". La principal, túmida, trasdosada de lóbulos y con ataurique y leones pasantes en las enjutas. Paños a izquierda y derecha con círculos entrelazados y por bajo de cada uno de estos paneles, decoración geométrica con cardinas, arquillos ciegos y apuntados. Por cima, panel de tres registros rectangulares, el central con ataurique y círculos entrelazados, los laterales con lacería. Enmarcándolo todo, cinta epigráfica a guisa de alfiz con "Ave María" en caracteres góticos. Una segunda puerta adintelada lucía el mismo panelado tripartito, el centro, esta vez, con lazo y los laterales con círculos adornados con cardinas. En las jambas paños con flores y pájaros revoloteando, de tradición califal. Frente a ella se encontraba la chimenea, desaparecida ya en 1918. La techumbre parece que fuera de par y nudillo (artesón con tirantes).
Otras armaduras, más o menos maltrechas, registra Antón en el palacio, entre las que destaca el alfarje de la denominada Sala Dorada que "se conserva bien" y otro "con pinturas de pajes, caballeros y damas en el friso..." que quizás corresponda con los aliceres polícromos de temas similares del Museo Arqueológico Nacional. Pérez Higuera lo interpreta como una adaptación de las galerías reales en el arrocabe de ciertas techumbres como la del Salón Real en el Alcázar de Segovia, metáfora de la bóveda celeste asociada al poder del soberano.

Armadura del Palacio
Restos de armaduras y aliceres del Palacio
Foto tomada de http://ceres.mcu.es
Foto tomada de http://ceres.mcu.es
El abandono administrativo y destrucción del palacio de los Estúñiga ya en pleno siglo XX fue uno de los mayores atropellos patrimoniales que se han producido en Valladolid, y no es que hayan sido, y sean, pocos precisamente.
A finales del siglo XV, los Estúñiga, señores y duques también de Béjar, fijaron aquí definitivamente su residencia y el palacio comenzó un proceso de fosilización que, a pesar de las inevitables reformas, se mantuvo intacto hasta 1920. La Casa de Béjar fue absorbida por la de Osuna en 1777. Mariano Téllez-Girón, XII duque de Osuna, acabaría vendiendo el edificio en 1862 -íntegro y ricamente amueblado- a Indalecio Martínez Alcubilla que lo guardó con esmero y escribió en 1866 una cuidadosa monografía presentada a la Academia de la Histórica. En 1869 donó al recién creado Museo Arqueológico Nacional un conjunto de siete aliceres pintados precedentes de una de las techumbres. Porque, dice Alcubilla: "Los monumentos de mucha antigüedad y notables hechos históricos que en ellos han tenido lugar, deben adquirirse por el estado para procurar su conservación. Tiempo es todavía de ello...".

Detalles de los aliceres y armaduras. Foto tomada de http://ceres.mcu.es
Foto tomada de http://ceres.mcu.es
Foto tomada de http://ceres.mcu.es
Foto tomada de http://ceres.mcu.es
Pero no hubo tiempo: Alcubilla enajenará sus propiedades de Curiel al valenciano Rafael Yagüe. Yagüe muere en 1899 y sus hijos venden primero el castillo (1904) y luego el palacio (1909), justamente el momento en que Francisco Antón lo describe y fotografía sus yeserías para terminar diciendo que "pronto será sólo un montón de polvo y un recuerdo más".
En 1920, sin cortapisa alguna, fueron pulverizadas brutalmente -al decir de Gaya Nuño- las yeserías mudéjares que hoy yacen sepultadas entre los escombros de la fortaleza, algunos de cuyos vestigios han podido ser recuperados por Salvador Repiso y se custodian en el Museo Etnológico de Curiel. Las armaduras, por su parte, fueron adquiridas por el anticuario madrileño Lafora (que años antes había protagonizado otro caso muy sonado de expolio con la venta del bote califal de la catedral de Zamora) y actualmente se encuentran en el Alcázar de Segovia, sala vizconde de Altamira y en sus talleres de restauración, y en colecciones particulares de California y de Santiago Estepona (Barcelona); restan además algunas tablas de peor calidad en el pueblo (Museo) y reaprovechadas en casas particulares donde también se han reutilizado las puertas. Por fin, la columnata del patio fue comprada por el conde de Las Almenas que la montó en su finca "Canto del pico", en Torrelodones (Madrid). Ni una sola autoridad, se duele Gaya Nuño, movió un dedo por detener tamaño desaguisado. Aparte alguna protesta desde Valladolid, en publicaciones dedicadas al arte, no se editaron sino póstumas lamentaciones en la revista Arquitectura, de García Piñel en 1920 y Torres Balbás en 1923.

Estado actual de lo que subsiste del Palacio-Fortaleza
A día de hoy no se conservan más que los cuatro paredones externos, se han cegado algunos vanos y, arruinados los tejados que cubrían el conjunto, es posible observar el parapeto de almenas en su disposición original. Hace años se construyó intramuros la casa del maestro y médico, hoy abandonada..
Comentaba, con toda la razón, el ilustre historiador del arte Juan Antonio Gaya Nuño que “un palacio morisco del porte y calidad del de Curiel, no hubiera debido permanecer ignorado por las altas esferas de la política española de Bellas Artes. Pero, aun admitiendo semejante ignorancia, el hecho del derribo, en tiempos ya tan recientes como los años 1919 y 1920, imposible de consumarse sin conocimiento de toda clase de autoridades vallisoletanas, debiera haber sido parado a tiempo, con toda la firmeza y aún dureza que el caso exigía (…) desapareció así, no un castillo, que como tal no reunía demasiados méritos aparte los de su buena conservación, sino un delicioso palacio cuatrocentista mudéjar cuya finura de mano le deparaba posición preeminente en dicho momento artístico”.

BIBLIOGRAFÍA
  • DUQUE HERRERO, Carlos: Rutas del Mudéjar en la Provincia de Valladolid, Castilla Ediciones, Valladolid, 2005.
  • GAYA NUÑO, Juan Antonio: La arquitectura española en sus monumentos desaparecidos, Espasa-Calpe, Madrid, 1961.
  • REGUERAS GRANDE, Fernando y SÁNCHEZ DEL BARRIO, Antonio (coord.): Arte mudéjar en la provincia de Valladolid, Diputación de Valladolid, Valladolid, 2007.