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miércoles, 18 de septiembre de 2019

EL RETABLO MAYOR DEL MONASTERIO DE SAN QUIRCE (Blas Martínez de Obregón, 1697)


La iglesia del Monasterio de San Quirce y San Julita posee uno de los más importantes conjuntos de retablos barrocos de la ciudad, ya no solo por su calidad sino por la variedad de los mismos, de suerte que a través de ellos podemos trazar perfectamente la evolución sufrida por la retablística barroca vallisoletana, la cual fue dividida por Martín González en cuatro fases (contrarreformista, prechurrigueresco, churrigueresco y rococó). Así, al excelente ejemplar churrigueresco que adorna la capilla mayor, se le suman los dos retablos colaterales del mismo estilo, el rococó situado frente a la entrada de la iglesia, y el prechurrigueresco localizado a los pies del templo junto a la reja del coro.
El retablo mayor del Monasterio de San Quirce fue realizado por Blas Martínez de Obregón (ca.1650-1716), uno de los ensambladores vallisoletanos más descollantes del momento junto con Alonso Manzano (1656-ca.1721) y Francisco Billota (1656-1728). A las más que fundadas sospechas sobre su autoría se suma el hecho de que en la escritura que otorgó el 9 de julio de 1689 para construir el retablo mayor de la iglesia de Nuestra Señora del Rosario se alude como modelos para realizarle los retablos mayores del Convento de San Quirce y del Colegio de San Albano de los Ingleses, este último también obra documentada de Martínez de Obregón. A pesar de todo, tampoco podríamos descartar que su construcción hubiera corrido a cargo de Francisco Billota, siguiendo la traza y condiciones redactadas por Martínez de Obregón, o viceversa. Como acertadamente señala Martín González, este retablo es “análogo al retablo de las Brígidas”, obra documentada de Francisco Billota. Hemos de tener en cuenta que los ensambladores vallisoletanos de la época adoptaron soluciones muy similares a la hora de diseñar los retablos, y además en muchas ocasiones el maestro que daba la traza no era finalmente el que se encargaba de materializar el proyecto dado que primero se elegía una traza y condiciones y posteriormente se sacaba la obra a subasta. Por regla general quién menos pidiera por su fabricación, ajustándose a las trazas y condiciones seleccionadas, ese era el que se la llevaba.

El retablo sigue un modelo muy difundido en el área vallisoletana. Se trata de una enorme máquina tetrástila estructurada en un amplio banco, cuerpo con tres calles y ático de remate semicircular. El cuerpo principal está articulado a través de cuatro columnas salomónicas gigantes apoyadas sobre ménsulas con hojas carnosas y mascarones de cuyas bocas surgen festones de fruta. Entre las ménsulas se sitúan netos con cartelas, delante de los cuales se han dispuesto las esculturas de San Quirce y Santa Julita, titulares del templo, y el sagrario. La calle central alberga la imagen del titular, San Bernardo, y detrás de él una hornacina repleta de espejos fechable en el segundo cuarto del siglo XVIII. A los pies del santo, y de la misma época que la hornacina, unas gradas escalonadas decoradas con espejos. Encima de la hornacina hay un pabellón descorrido y sobre él el escudo de la Orden del Císter enmarcado por fantasiosas decoraciones vegetales. En los intercolumnios, flanqueados por sendas columnas salomónicas, y rematadas por un amplio trozo de entablamento, se encuentran las hornacinas que contienen a San Benito y a Santa Escolástica. Estas hornacinas, apeadas sobre simples ménsulas formadas por decoraciones vegetales muy carnosas, están conformadas por otras dos columnas salomónicas de menor tamaño que sustentan arcos semicirculares encuadrados por marcos quebrados al modo de arrabá.
El ático, que según Martín González es el usual de los Billota, tiene una portada flanqueada por columnas salomónicas coronadas por angelotes que portan palmas del martirio en alusión a los que padecieron San Quirce y Santa Julita. Ocupa la portada un relieve de la Asunción de la Virgen. A los lados dos tableros decorados con rameados, y en los extremos las medallas del Sol y de la Luna, astros que suelen figurar en representaciones de temática mariana.

La parte escultórica del retablo ha sido atribuida indistintamente a los tres grandes maestros del momento: Juan Antonio de la Peña, Juan de Ávila y José de Rozas. Este no es un fenómeno extraño puesto que sus estilos poseen tal similitud, especialmente los de los dos primeros, que es difícil separar las obras que pertenecen a uno u a otro. Fue Martín González el primero en atribuir estas imágenes a Juan de Ávila, parecer que ratificaron posteriormente el propio Martín González y Plaza Santiago aunque matizándolo: “el estilo las aproxima también a José de Rozas”. Martín González se reafirmó una vez más afirmando que “son del mismo escultor [Juan de Ávila] las esculturas de los retablos mayores de Santa Brígida, San Quirce y otras varias en la iglesia del Colegio de Ingleses, de Valladolid”. Urrea y Brasas Egido han aportado un nuevo punto de vista, relacionándolas con la producción de Juan Antonio de la Peña. Por nuestra parte creemos que son obra de Juan de Ávila, aunque sin descartar a su consuegro De la Peña.
Las esculturas que conforman el retablo son cinco en bulto redondo (San Bernardo, San Benito, Santa Escolástica, San Quirce, Santa Julita) y un relieve (la Asunción). Desconocemos qué lugar ocuparían en él San Quirce y Santa Julita, no cabiendo duda de su pertenencia al mismo dado que en la escritura suscrita por Martínez de Obregón para fabricar los retablos colaterales se especifica que “los santos que intitulan San Quirce y Santa Julita que están puestos en el retablo del altar mayor se han de bajar y poner en el segundo cuerpo de cada uno de dichos dos colaterales”. Pudiera ser que ambas esculturas estuvieran en origen situadas sobre los dos trozos de entablamento más cercanos al relieve de la Asunción puesto que los otros dos están ocupados por los escudos del Sol y la Luna. Además, hemos de tener en cuenta que según la perspectiva del espectador, San Quirce gira la cabeza hacia la derecha y Santa Julita hacia la izquierda, de manera que ambos parecen estar observando la escena de la Asunción con gestos devotos: San Quirce con una mano el pecho y Santa Julita con las manos juntas en posición orante. Esta suposición se cimienta además en la comparación con el relieve en piedra situado sobre la portada de la iglesia. Tanto las esculturas de San Quirce y Santa Julita, como las de Virgen y los ángeles que la rodean, son prácticamente exactas.

La inclusión en el retablo del Doctor Melifluo y de los dos santos gemelos (San Benito y Santa Escolástica) está más que justificada al tratarse de un convento acogido bajo la regla del Císter. Por otro lado, la incorporación de San Quirce y Santa Julita se hace en su calidad de santos patronos del convento. La inclusión en el ático de un relieve representando a la Asunción, y no de un Calvario como era costumbre, tendrá su explicación en que San Bernardo, titular del retablo, fue uno de los más fervientes defensores del culto a la Virgen María, llegándose a auto apodar como “fiel capellán” o “caballero sirviente”.

SAN BERNARDO
San Bernardo de Claraval (1090-1153) fue un monje borgoñón cuya principal labor consistió en la reforma y expansión de la Orden del Císter, fundando en 1115 el monasterio de Claraval. También intervino en aspectos tan dispares como el desarrollo del canto gregoriano y de la vida monástica, y en la expansión de la arquitectura gótica. Tampoco podemos olvidar su faceta como místico puesto que fue el primero que formuló los principios básicos de la mística. Bernardo recibió dos grandes distinciones por parte de la Iglesia: en 1174 fue canonizado, y en 1830 fue nombrado Doctor de la Iglesia. Con San Bernardo ocurre lo mismo que con otros santos, y es que la forma de representarlo nada tiene que ver con su verdadero aspecto físico. Algunos testimonios de la época afirman que “era delgado, espiritualizado por el ayuno y las austeridades. Era pelirrojo de cabellera y barba”.

San Bernardo figura de pie, representado como abad de la orden del Císter, envuelto en una cogulla blanca de amplias mangas que están talladas con una delicadeza y finura maravillosa. A su preciosismo ayudan las fastuosas orlas que las ornan. En una mano porta el báculo abacial y en la otra un libro cerrado. Del cuello le cuelga una cruz. La escultura tiene un carácter monumental y su rostro está trazado mórbidamente, acusando bien las calidades de la piel, como es visible en las arrugas de la frente. Boca entreabierta que permite ver los dientes. Pelo muy escaso, tan solo un mechón sobre la frente y sobre las partes laterales. La barba está pintada. Según Martín González “en esta escultura se aprecia en Juan de Ávila una disyunción en el modo de hacer los pliegues. Estos se han ido haciendo progresivamente más suaves, constituyéndose unas líneas paralelas que se adhieren al cuerpo”.

SAN BENITO
Benito de Nursia (480-547) es considerado el iniciador de la vida monástica en Occidente. Hacia el año 500 comenzó a realizar vida de ermitaño en la gruta Sacro Speco, cerca del lago Subiaco. Entre los años 528-529 fundó la Abadía de Montecasino, lugar en el que redactó la “Santa Regla” que debía regir la vida monástica. Su éxito fue tal que sirvió de modelo a otras órdenes religiosas, como por ejemplo el Císter. Otros dos grandes hechos cuentan en su haber: la fundación de la Orden de San Benito (O.S.B.) y la creación de monasterios autosuficientes. La inclusión de San Benito en el retablo se debe, como ya hemos dicho, a que el monasterio de San Quirce, perteneciente al Císter, se encuentra regido por la Regla de San Benito. El fundador de la orden de los benedictinos comparte los mismos planteamientos estéticos y formales que San Bernardo. Aparece de pie, con la pierna derecha levemente adelantada. La imagen, que posee un ligero contrapposto, tiene lejanos ecos de la Santa Escolástica que Juan de Juni (1506-1577) talló para el retablo de San Juan Bautista del Monasterio de San Benito el Real de Valladolid. En su mano derecha porta un báculo abacial, mientras que con la izquierda sujeta un libro abierto que lee atentamente, se trata de su “Santa Regla”. El rostro es extremadamente expresivo y mórbido, captando muy bien la vejez del santo a través de las arrugas de la frente, de los laterales de los ojos y, sobre todo, de las mejillas. Viste una cogulla negra benedictina con amplias mangas y pliegues idénticos a los de San Bernardo. 


SANTA ESCOLÁSTICA
Santa Escolástica (480-547) fue la hermana gemela de San Benito, naciendo y muriendo ambos en los mismos años. Es muy frecuente que aparezcan asociados, como ocurre en este retablo. Fundó el convento de Piumarola, cerca de Montecasino, poniéndolo bajo la regla que había confeccionado su hermano. La imagen de Santa Escolástica no presenta novedades formales con respecto a las dos anteriores. Aparece revestida de abadesa, de suerte que es la versión femenina de San Benito. Al igual que él viste una cogulla negra benedictina de amplias mangas que dejan entrever la botonadura de la vestimenta interior. Porta en su mano derecha un báculo abacial y en la izquierda un libro. En este caso el libro no está abierto, sino cerrado. Dado que de los tres santos tan solo lo tiene abierto San Benito, pudiera significar que tanto Santa Escolástica como San Bernardo siguieron fielmente la Regla escrita por el fundador de los benedictinos. El rostro es más dulce e idealizado que los anteriores, pero no les iguala en calidad. Gira el cuello para mirar al cielo, como si estuviera observando una paloma, su atributo más característico. 


RELIEVE DE LA ASUNCIÓN
El tema de la Asunción, que vino a sustituir al de la Resurrección de la Virgen, no apareció en el Arte hasta finales del siglo XIII. Este pasaje no figura en los evangelios canónicos, sino que se trata “de una leyenda tardía, copiada en el siglo VI del Arrebatamiento del profeta Elías y de la Ascensión de Cristo. En el siglo VIII, la Iglesia de Roma todavía consideraba la Asunción corporal de la Virgen una opinión piadosa y no un dogma”. El dogma de la Asunción fue proclamado en 1950 por el papa Pío XII. Como ya hemos referido, la presencia de la Asunción en el retablo estará relacionada con la devoción que profesó San Bernardo hacia la Virgen. El santo “se había distinguido a lo largo de su vida por la promoción del culto a María, de la que no se cansaba de cantar sus alabanzas”. La escena resulta ser la fusión de dos episodios diferentes: el de la Asunción propiamente dicha y el de la Coronación. La composición goza de total simetría ya que a cada lado de la Virgen hay tres ángeles (cuatro le garran del manto y dos la coronan) cubiertos tan solo por una banda que les cruza el pecho. El relieve, que no es tal puesto que se trata de esculturas en bulto redondo pegas sobre el tablero, estará inspirado en alguno de los múltiples grabados o estampas que efigian esta iconografía, como por ejemplo los realizados por Federico Zuccaro en 1574 o por Johannes Wierix a comienzos del siglo XVII. La Virgen tiene una de las piernas y el torso ligeramente ladeados, lo que aporta dinamismo a la composición. Viste túnica roja con paños muy dulces y combados, y manto azul volado y con pliegues quebrados, lo que contribuye a simular el movimiento de ascensión de la Virgen a los cielos. Junta las manos en posición orante mientras Dios la corona.


SAN QUIRCE Y SANTA JULITA
San Quirce o Quirico fue hijo de Santa Julita y padeció martirio en Tarso junto a su madre. Su pasión apócrifa le atribuye al menos seis suplicios, cada uno de los cuales rebotaba en sus verdugos. Al igual que otros mártires niños, como San Guido y Santa Fe, San Quirico es efigiado con mayor edad de la que supuestamente tenía, que eran 3 años. Es una escultura muy pausada, pero ciertamente devota. El pequeño viste túnica azul y manto rojo abrochado al cuello. En su mano derecha porta la palma del martirio mientras que la izquierda la posa sobre el pecho. La disposición de las manos es muy elegante y delicada. La cabeza, ligeramente inclinada hacia la izquierda, emparenta de lleno con los quehaceres de Juan de Ávila, al igual que las amplias cabelleras rizadas a ambos lados del rostro. El modelado del rostro es muy blando y quedan perfectamente definidos tanto el mentón como las comisuras de los labios y el surco nasolabial.

Por su parte, Santa Julita fue una santa mártir nacida en Capadocia que junto con su bebe Quirico fue múltiplemente martirizada en tiempos de Diocleciano. Dice la leyenda que se negó a ofrecer sacrificios a los ídolos, por lo que se la condenó a ser atravesada por clavos y a ser sumergida en un caldero de pez hirviente. Logró sobrevivir a ambos tormentos, motivo por el cual sus asesinos decidieron decapitarla y trocearla en múltiples pedazos que posteriormente fueron dispersados. Unos ángeles se encargaron de reunirlos y darla sepultura. La santa aparece arrodillada, quizás para adaptarse a la altura de su hijo. Quiero recordar la hipótesis de que ambos santos estuvieran colocados primigeniamente en el ático, sobre los trozos de entablamento más cercanos al relieve de la Asunción, de tal manera que interactuaran con ella, a la manera del relieve de la portada de la iglesia. A todo ello habría que añadir que, en la vertical de las esculturas, rematando el retablo, hay dos angelotes con palmas del martirio que sin duda aludirán a los tormentos padecidos por madre e hijo. Es por ello que ambas esculturas fueron concebidas con un tamaño similar. La interactuación con la Asunción la percibimos en la ligera inclinación de la cabeza hacia la derecha, pero dirigiendo la mirada hacia ella, mientras que sus manos las une en actitud orante. Es decir, la santa queda admirada por la Virgen, a la cual se dispone a rezar. Julita, a diferencia de su hijo, no porta la palma del martirio. El rostro es muy dulce, sin duda una de las más bellas creaciones de Ávila. El pelo apenas es perceptible en unas pequeñas porciones que delimitan el rostro debido a que un velo blanco le cubre la cabeza, sobre la cual tiene echado un manto ricamente policromado. Viste túnica verde, con decoraciones doradas a punta de pincel, ajustada a la cintura por un ceñidor. La imagen denota una clara composición triangular.

BIBLIOGRAFÍA
  • BALADRÓN ALONSO, Javier: “Nuevas obras de Francisco Díez de Tudanca y otros datos de escultores barrocos vallisoletanos”, Boletín del Seminario de Arte y Arqueología. Arte (en adelante BSAA Arte) Nº 78, 2012, p. 161.
  • BRASAS EGIDO, José Carlos: Guía de Valladolid, Ediciones Lancia, León, 1984, p. 125.
  • LABRADOR GONZÁLEZ, Isabel María y MEDIANERO HERNÁNDEZ, José María: “Iconología del sol y la luna en las representaciones de Cristo en la cruz”, Laboratorio de Arte, Nº 17, 2004, p. 90
  • MARTÍN GONZÁLEZ, Juan José y DE LA PLAZA SANTIAGO, Francisco Javier: Catálogo Monumental de la provincia de Valladolid. Tomo XV. Monumentos religiosos de la ciudad de Valladolid (2ª parte), Institución Cultural Simancas, Valladolid, 2001, p. 272.
  • MARTÍN GONZÁLEZ, Juan José: Escultura barroca castellana, Fundación Lázaro Galdiano, Madrid, 1959, pp. 67-78.
  • MARTÍN GONZÁLEZ, Juan José: Escultura barroca en España, 1600-1770, Cátedra, Madrid, 1983, p. 81.
  • URREA, Jesús: Guía histórico-artística de la ciudad de Valladolid, Caja de Ahorros Popular de Valladolid, Valladolid, 1982, p. 73.

lunes, 30 de octubre de 2017

MATER DOLOROSA. La Virgen de los Dolores y la Piedad en la obra del escultor vallisoletano Pedro de Ávila (1678-1755)


Hoy os presento este artículo que escribí este año para la excelente revista cultural Atticus, la cual os recomiendo fervientemente. Si queréis descargaros el artículo pulsad aquí. Y si os interesa la figura del escultor Pedro de Ávila, podéis conocer más sobre su vida y obra en mi tesis doctoral, la cual podéis consultar aquí. Hace mucho que no os lo digo: si queréis que se trate de algún tema en particular, o tenéis cualquier tipo de sugerencia o propuesta, aquí os espero. Saludos y comenzamos.
Dos de las iconografías marianas más acendradas y que más éxito tuvieron en Castilla, y especialmente en Valladolid, fueron las de la Virgen de los Dolores y la de la Piedad. Y fue precisamente un escultor de la tierra, nacido en la populosa calle de Santiago, el que más y mejor supo representar ambas iconografías durante la etapa barroca, con la excepción del gran genio Gregorio Fernández. Si el escultor gallego dominó la estatuaria pucelana del siglo XVII, la primera mitad del siglo XVIII estuvo controlada por Pedro de Ávila, que éste era su nombre.
Aunque desconocido para el público en general, ya que cuando se habla de escultura vallisoletana todas las miradas se dirigen a esa triada mágica formada por Alonso Berruguete, Juan de Juni y Gregorio Fernández, Pedro de Ávila fue a buen seguro el escultor barroco vallisoletano autóctono más importante con el que contó la ciudad (aunque Gregorio Fernández y Luis Salvador Carmona fueron artistas de mucha mayor entidad, hay que reseñar que Fernández era gallego de nacimiento, y que Carmona realizó todo su magisterio en la Corte). Hijo del también escultor Juan de Ávila, nació en Valladolid en 1678, y desde muy pequeño se formó en el taller paterno, llegando a alcanzar el grado de oficial. Tras colaborar con su padre, a finales de la centuria mudó de taller y pasó a formar parte del de Juan Antonio de la Peña, su futuro suegro. Tras casi cuarenta años de trabajo tuvo que abandonar la práctica escultórica debido a una ceguera. Su fallecimiento debió de acontecer en junio de 1755 en el Hospital de San Juan de Dios.

PEDRO DE ÁVILA. Santa María Magdalena (1720). Museo Diocesano y Catedralicio. Valladolid
La personalidad artística de Ávila es compleja. Si en un primer momento sus modos apenas se diferencian de los de los escultores de la generación de su padre (José de Rozas, Juan Antonio de la Peña, o Antonio Vázquez), tras un par de años en los que carecemos de noticias acerca de su vida, nos encontramos con un escultor totalmente renovado y que incluso llega a introducir en Castilla el pliegue a cuchillo o pliegue berninesco (llamado así por su creador, Gian Lorenzo Bernini, quien lo concibió en la década de 1620 puesto que ya está presente en la Santa Bibiana que talló entre 1624-1626 para la iglesia romana homónima). Este plegado se caracteriza por unas aristas profundas y cortantes que proporcionan a las vestimentas gran dinamismo y claroscuros que aportan efectos pictóricos. Probablemente esta espectacular mutación que sufrió el estilo del escultor se encuentre en un hipotético desplazamiento a Madrid entre 1705-1707. Allí recibiría muchas influencias (madrileña, andaluza, italiana), dado que por entonces la capital de España era un crisol; pero sin duda lo que más le marcarían serían las creaciones de Pedro de Mena y José de Mora, además de diversas piezas napolitanas.

GIAN LORENZO BERNINI. Santa Bibiana (1624-1626). Iglesia de Santa Bibiana. Roma
Su obra documentada es escasa, si bien se le atribuyen con seguridad una ingente cantidad de imágenes debido a que posee un estilo muy definido y personal. No trabajó únicamente la madera, sino que también supo esculpir la piedra e incluso modelar en yeso. De su saber hacer son buen ejemplo las series de esculturas que ejecutó para la catedral y para el Oratorio de San Felipe Neri, siendo especialmente destacables la Magdalena conservada en el Museo Diocesano, y la Inmaculada del oratorio filipense. De la reputación que gozaba aún en vida bien hablan las palabras que le dedicó el historiador local Canesi: “Pedro de Ávila, estatuario insigne”. Sus esculturas son fácilmente reconocibles debido a que sus rostros están estereotipados, amén de perfectamente modelados, lo que les dota de gran blandura. Las cabezas tienden a la forma rectangular. Los ojos son almendrados y rehundidos, y poseen un abultamiento en la parte inferior. Las narices son rectas, potentes, geometrizadas, con el tabique nasal ancho y aplastado. Las aletas nasales están levemente pronunciadas. Por su parte, las bocas las concibe entreabiertas, apareciendo en ocasiones una pequeña porción de los dientes, e incluso la lengua. Los labios son finos y con las comisuras muy pronunciadas, pareciendo realizar una mueca. Por su delicadeza y expresividad juegan un papel muy importante los dedos.

PEDRO DE ÁVILA. San Miguel (1714). Catedral. Valladolid
En cuanto a las singularidades que encontramos en sus imágenes de la Dolorosa y de la Piedad, lo primero que cabe señalar es que, ya sean de busto o de cuerpo entero, se caracterizan por lo innovador. Aunque en ellas percibimos la huella de la Virgen de las Angustias de Juni y de la Dolorosa de la Vera Cruz de Fernández, las creaciones de Ávila son personales y diferentes unas de otras, puesto que en todas ellas introduce variantes, ya sea en los rostros o en la forma de disponer las indumentarias, los brazos o las manos. También se diferencia de ellas en un pequeño detalle: si en aquellas el velo las tapa el pelo, Ávila gusta de dotar a sus vírgenes de amplias cabelleras, uno de cuyos sinuosos mechones suele caer por el lateral izquierdo del rostro. Todas sus Dolorosas tienen puntos en común, como el enarcamiento de las cejas, detalle que dota a la Virgen de un profundo sentimiento de dolor, el cual se incrementa con la mirada suplicante al cielo y con la boca entreabierta; y la presencia de tres prendas (túnica roja, manto azul y toca blanca) policromadas con colores planos, si bien en determinadas ocasiones el borde del manto se enriquece con una fastuosa cenefa con motivos vegetales.

GREGORIO FERNÁNDEZ. Virgen de la Vera Cruz (1623). Iglesia Penitencial de la Santa Vera Cruz. Valladolid

VIRGEN DOLOROSA
Bajo la denominación “Virgen Dolorosa” se reúnen una serie de advocaciones como Virgen de los Dolores, Virgen de las Angustias y Virgen de los Cuchillos, que hacen referencia a la devoción medieval a los siete dolores de la Virgen. Estos Dolores, que fueron confirmados por la propia Virgen a Santa Brígida de Suecia (“Los dolores de Jesús eran mis dolores porque su corazón era mi corazón”) fueron: La profecía de Simeón en la Presentación del Niño Jesús en el templo, La huida a Egipto, Jesús perdido en el templo, El encuentro de María con Jesús con la cruz a cuestas, La Crucifixión, El Descendimiento, y El Entierro de Jesús. El número 7 no es baladí, y, de hecho, para algunos autores como el historiador del arte Jurgis Baltrušaitis el número siete está relacionado con los círculos astrológicos de los siete planetas que darían lugar a lo siete dones del Espíritu Santo. Estos dolores se representaron en un primer momento a través de una espada que hacía referencia a la profecía de Simeón: “una espada te atravesará el alma” (Lucas: 2, 15). Sin embargo, con el tiempo se pasó a representarla con tantas espadas como dolores. La multiplicación de espadas derivó en una nueva iconografía: la Virgen de las Angustias.
La devoción a la Virgen Dolorosa es muy antigua, si bien es en el siglo XIII cuando se populariza gracias a la orden de los Servitas, a los cuales se les apareció una Virgen completamente vestida de negro y acompañada por unos ángeles con los Arma Christi en una capilla de la Santissima Annunziata de Florencia. Su culto sufrió un fuerte impulso cuando se instituyó la fiesta de los Dolores de la Virgen en el Sínodo Provincial de Colonia en 1423, y también cuando a finales del siglo XV Jean de Coudenberghe, párroco de la iglesia del Salvador de Brujas, creó la primera cofradía puesta bajo esta advocación (Cofradía de Nuestra Señora de los Siete Dolores). Fue gracias al grabado como su culto se expandió a otros países como Francia, Alemania, e incluso al Reino de Castilla.
Iconográficamente, la Virgen Dolorosa es aquella que aparece sola, sin su Hijo ni otros personajes, con espadas en el pecho, o no, y con expresión de hondo dolor. En ocasiones también se suele llamar también Dolorosa a la Virgen que aparece al pie del Calvario (“Stabat mater”), si bien para diferenciarla se prefiere denominar a esta última “Virgen del Calvario”. Por regla general la Virgen figura derrumbada en el suelo, demostrando su profundo dolor llevándose una mano al pecho o bien abriendo los brazos.
JUAN DE JUNI. Virgen de las Angustias (ca. 1570). Iglesia Penitencial de Nuestra Señora de las Angustias. Valladolid
Fue un escultor francés, Juan de Juni, el que codificó el modelo de Virgen de los Dolores que más éxito tuvo en Castilla durante el Renacimiento y el Barroco. Su Virgen de las Angustias (ca. 1570) es la pura expresión del dolor de una madre que ha perdido a su hijo de la manera más cruel e injusta. Juni la representó sola, desmayada de tanto dolor. Está sentada encima de una roca, sobre la cual posa la mano izquierda. La otra se la lleva al pecho en símbolo de aflicción. Su mirada perdida la dirige hacia lo alto, realizando una violenta torsión con el cuello. Adopta una pose muy retorcida y teatral puesto que encoge una de las piernas y la otra la extiende de tal manera que se la llega a ver la punta del zapato. Medio siglo después Gregorio Fernández concibió su propio modelo de Dolorosa inspirándose en la de Juni. Fue la tallada en 1623 para el Descendimiento de la Cofradía de la Santa Vera Cruz. Aunque en un comienzo formó parte de un paso de varias figuras, la devoción popular la llevó a darla culto en solitario. A diferencia de la Virgen de Juni, no se lleva la mano al pecho, sino que abre los brazos para recoger el cuerpo de su Hijo.
Ambos modelos, el de Juni y el de Fernández, tuvieron tal éxito que las repercusiones y copias fueron innumerables, si bien es el del francés el que prevaleció. Aunque en la inmensa mayoría de las ocasiones suelen ser copias puntuales (todo dependiendo de la destreza del escultor), hay algún caso en el que existen ligeras variantes. Merecen ser reseñadas la de Medina de Rioseco (atrib. Tomás de Sierra, ca. 1720), la de la Cofradía del Santo Sepulcro de Palencia (Antonio de Amusco, 1607), la del Museo de Arte Sacro de Becerril de Campos (seguidor de Juan de Juni, último cuarto del siglo XVI), la del Convento del Corpus Christi de Segovia (Escuela vallisoletana, ca. 1700) y la de la iglesia de San Bartolomé de Astorga (José de Rozas, 1706). Pero, sin duda, las dos mejores repercusiones de la Virgen juniana fueron las que tallaron el valenciano Felipe del Corral para la Capilla de la Vera Cruz de Salamanca (ca. 1714-1718), y la que, atribuida a Juan Alonso Villabrille y Ron, se conserva en el retablo de la Buena Muerte de la iglesia de San Miguel de Valladolid. Por su parte, de la Dolorosa de Fernández encontramos copias en poblaciones vallisoletanas como Bercero, Mucientes o Velliza. Hay una diferencia significativa entre las copias de Juni y las de Fernández: mientras que las inspiradas en el francés figuran solas, las imbuidas del espíritu del gallego comparten retablo con un Crucificado, a cuyos pies se sitúan. A continuación, pasaremos a analizar las Dolorosas nacidas de la gubia de Pedro de Ávila.

JOSÉ DE ROZAS. Virgen de las Angustias (1706). Iglesia de San Bartolomé. Astorga
ANÓNIMO. Retablo Crucificado-Dolorosa. Iglesia parroquial de San Millán. Velliza (Valladolid)

BUSTO DE DOLOROSA (ca. 1700). Real Monasterio de San Quirce. Valladolid
En la clausura del Monasterio de San Quirce se halla el único Busto de Dolorosa (91 cm) que podemos encuadrar dentro de la primera etapa de Ávila. En sus vestimentas aún no han aparecido los drapeados a cuchillo, sino que están surcadas por pliegues suaves y redondeados. Asimismo, son característicos de este momento las anatomías voluminosas y unos rasgos faciales que preludian su segunda etapa, aquella en la que desarrolla un estilo plenamente personal. Se trata de un busto cortado horizontalmente un poco por debajo de la cintura. Este tipo de busto, que es más frecuente en Andalucía, hunde sus raíces en el renacimiento italiano. Esta prolongación sirve al escultor para poder desarrollar correctamente un pliegue curvado del manto, que además aporta mayor estabilidad a la talla. A pesar de que la Virgen intenta realizar un escorzo, la visión es totalmente frontal, a lo que ayuda la parte trasera del manto que actúa como fondo. La mano derecha, que parece copiar la de las Angustias de Juni, se la lleva al pecho; mientras que la izquierda, que recuerda la de la Dolorosa de Fernández, realiza un gesto declamatorio. Eleva levemente el rostro, aunque no llega a la violenta torsión de la Virgen juniana. Tanto por la gestualidad como por la concepción de los ropajes parece el precedente del Busto de Dolorosa conservado en el Museo Nacional de Escultura, que es más movido y elegante.

PEDRO DE ÁVILA (atrib.). Busto de Dolorosa (ca. 1700). Monasterio de San Quirce. Valladolid

VIRGEN DEL REFUGIO (ca. 1716-1717). Iglesia del Salvador. Valladolid
La Virgen del Refugio (64 cm), una de las piezas más personales e innovadoras que llevó a cabo Ávila a lo largo su vida, es quizás una de las imágenes de mayor calidad que salieron de los talleres escultóricos vallisoletanos del siglo XVIII. Aunque no está documentada, sabemos que fue realizada por Ávila entre los años 1716-1717 a petición de Pedro de Rábago, párroco de la iglesia del Salvador. Este generoso religioso, que costeó con su pecunio numerosos retablos e imágenes de la referida iglesia, encargó esta pequeña Virgen para conmemorar la fusión de las cofradías de San Pedro Regalado y de Nuestra Señora del Refugio (de ahí su advocación) en el año 1716. La nueva cofradía surgida de esta unión contaba ya con la efigie titular de San Pedro Regalado, tallada unos años antes por el propio Ávila, pero carecía de la de la Virgen, motivo que llevó a Rábago a encargar una efigie suya. Desde entonces ambas esculturas compartieron espacio físico en la capilla de San Pedro Regalado de la iglesia del Salvador, ya que la Virgen del Refugio se situó bajo el grupo de la Traslación de San Pedro Regalado. Conocemos la disposición gracias a un grabado del pintor local Bonifacio Quevedo Peti.
La Virgen del Refugio, que nuevamente nos trae a la mente las vírgenes de Juni y Fernández, de las cuales es heredera, resulta ser un dechado de elegancia, delicadeza, finura y virtuosismo. Pedro de Ávila ha conseguido en esta pequeña pieza magistral la síntesis ideal entre la belleza de los modelos fernandescos y el dinamismo y refinamiento propios del siglo XVIII. Aparece sentada sobre un paraje rocoso en pendiente al pie de la Cruz, en cuyo madero apoya la espalda. Adquiere una posición tan elegante como teatral. Extiende la pierna izquierda, cuya rodilla mantiene levemente flexionada, mientras que la otra la sitúa por debajo. Tanto el torso como el cuello hacen sendos escorzos que diversifican los puntos de vista. Así, el torso y las manos giran a la izquierda, y la cabeza hacia el hombro derecho, echándola hacia atrás y mirando al cielo desconsolada. Por su parte, levanta la mano derecha realizando un gesto declamatorio, mientras que la izquierda se la lleva al pecho transmitiéndonos un profundo dolor. Lo más destacable son los pliegues a cuchillo. Las tres prendas que viste se hallan surcadas por incontables concavidades. La finura de los pliegues llega a su máxima expresión en la cintura, en la cual simula perfectamente el efecto del ceñimiento del cíngulo. Pocas veces podremos ver tal destreza a la hora de concebir pliegues tan finos y aristados, los cuales crean un intenso juego de claroscuros que dota a la escultura de valores pictóricos.

PEDRO DE ÁVILA (atrib.). Virgen del Refugio (ca. 1716-1717). Iglesia del Salvador. Valladolid

BUSTO DE DOLOROSA (ca. 1714-1720). Museo Nacional de Escultura. Valladolid
En el Museo Nacional de Escultura le pertenece un excelente Busto de Dolorosa (92,5 x 92 x 55 cm) del que desconocemos todas sus circunstancias. Tan solo se sabe que perteneció a la Colección del Conde Güell hasta 1985, año en que lo adquirió el Ministerio de Cultura. Con seguridad el noble catalán lo compró en algún convento o iglesia castellana. Al igual que los otros bustos que se le atribuyen, esta Dolorosa también se encuentra seccionada horizontalmente por debajo de la cintura. Ya dijimos que parece una evolución del conservado en el Monasterio de San Quirce; pero es que, además, parece una recopilación de las características presentes en las otras Dolorosas que se le atribuyen. Así, emparenta con la Virgen del Refugio en el rostro y en los violentos escorzos de torso y cabeza; con la Dolorosa de Santa Brígida en la composición y colocación de las prendas y los paños; y con la Dolorosa de Santillana del Mar en la disposición de las manos. Ávila nos presenta a la Virgen en una posición muy movida y barroca puesto que dispone el torso en escorzo a la vez gira el cuello para mirar hacia el cielo infinito. Ese escorzo se ve reforzado por la disposición curva del manto. El brazo derecho, en cuya mano porta un paño de tela encolada que se lleva al pecho, lo tiene doblado.

PEDRO DE ÁVILA (atrib.). Busto de Dolorosa (ca. 1714-1720). Museo Nacional de Escultura. Valadolid. © Museo Nacional de Escultura

BUSTO DE DOLOROSA (ca. 1714-1721). Monasterio de Santa Brígida. Valladolid
En la clausura del Monasterio de Santa Brígida se conservan dos obras maestras de Pedro de Ávila: una pareja de bustos de Ecce Homo (95 cm) y Dolorosa (98 cm) que se complementan y contraponen a la perfección. El primero en ocuparse de estas dos magníficas obras de arte fue Martín González, el cual no dudó en asignárselas a Pedro de Ávila, señalando, además, que “responden al modelo de Pedro de Mena, de busto muy prolongado”. Esta apreciación concuerda bien con el hipotético viaje a Madrid en el cual conocería la obra de Pedro de Mena y José de Mora, entre otros. Su cronología debe rondar los años 1714-1721 en función a diversas razones estilísticas.
El busto de nuevo está prolongado hasta un poco más abajo de la cintura, aunque en esta ocasión el tamaño del abdomen es mayor. Por la abertura de los brazos queda patente la inspiración de Ávila en la Dolorosa de la Vera Cruz, de la cual también toma la manera de elevar la mirada al cielo. Las manos, tremendamente expresivas, aunque muy maltratadas, forman una diagonal barroca. En el pecho tiene clavada una espada de plata que sería deseable extraer para una mejor conservación de la pieza, puesto que, además, el agudo enarcamiento de las cejas, la boca entreabierta y la mirada perdida ya nos hablan del dolor de la Virgen. Los pliegues a cuchillo son muy cortantes y las telas, sobre todo los paños volados del manto, adquieren la típica finura a la que acostumbra el artista.

PEDRO DE ÁVILA (atrib.). Busto de Dolorosa (ca. 1714-1721). Monasterio de Santa Brígida. Valladolid

BUSTO DE DOLOROSA (ca. 1721). Fundación Caja Cantabria. Santillana del Mar (Cantabria)
Apenas poseemos datos acerca del excelente Busto de Dolorosa que, conservado en la Fundación Caja Cantabria, Urrea puso en relación con los otros bustos que estamos tratando. Tan solo sabemos que antes de recalar en la Fundación se encontraba en el Palacio de los Benamejís, que, mandado construir hacia el año 1700 por don Francisco Miguel de Peredo, es el mismo el edificio en el que Caja Cantabria conserva su colección.
El busto es similar al conservado en el Museo Nacional de Escultura, si bien parece más evolucionado por cuanto ha aumentado la destreza del escultor a la hora de multiplicar los paños y de representarlos con mayor naturalismo, detallismo y finura. El refinamiento con el que ha concebido la melena, que recuerda enormemente a las que poseen el Cristo Crucificado y la Magdalena que talló en 1721 para el Oratorio de San Felipe Neri, nos ayuda a fechar el busto en fechas próximas a ese año. La Virgen, representada hasta un poco por debajo de la cintura, dirige su mirada doliente hacia el cielo, sufrimiento que se ve remarcado por el enarcamiento de las cejas, la boca entreabierta, los ojos angustiados y la mano que se lleva al pecho. Ávila se ha recreado a la hora de captar la blandura de la piel y de crear un dinamismo continuo en sus ropajes, los cuales se mueven en las más diversas direcciones, en ellos no existe la pausa.

PEDRO DE ÁVILA (atrib.). Busto de Dolorosa (ca. 1721). Fundación Caja Cantabria. Santillana del Mar (Cantabria)

VIRGEN DE LAS ANGUSTIAS (1739). Iglesia de San Miguel. Íscar (Valladolid)
La Virgen de las Angustias que esculpió en 1739 para la iglesia de San Miguel de Íscar (Valladolid) es la única que le tenemos documentada, pero por desgracia también es la única que ha desaparecido Desconocemos tanto su actual paradero como su aspecto, si bien sabemos por Martín González que seguía fielmente el modelo juniano. Al parecer se encargó al escultor vallisoletano para situarla sobre el sagrario del retablo mayor, pasando en un momento indeterminado a arrinconarla en una trastera.

LA PIEDAD
La Piedad representa a la Virgen Dolorosa después de la Crucifixión. Es el momento en el que una vez se ha consumado la muerte de Cristo su madre le recoge en sus brazos. La representación de la Piedad hunde sus raíces en la Alemania medieval, donde se la denomina Vesperbild (imagen vesperal) debido a que “fue el viernes por la tarde cuando María recibió en sus brazos a su Hijo desclavado de la cruz”. Este pasaje es una creación de la mística medieval surgida a raíz de las Meditaciones del Pseudo Buenaventura, de las Efusiones del beato dominico Heinrich Seuse y de las Revelaciones de Santa Brígida. En todas ellas se alude a que la Virgen recogía sobre sus rodillas el cuerpo muerto de su Hijo. Las primeras representaciones de la Piedad proceden de los conventos de monjas místicas del valle del Rin. Con posterioridad el tema se extendió por Francia gracias a las cofradías de Nuestra Señora de la Piedad, las cuales encargaron grupos para decorar sus capillas. Los primeros ejemplos escultóricos se fechan en 1320. En Valladolid, la primera fue la regalada por el rey Juan II de Castilla al obispo Sancho de Rojas, quien la colocó en la capilla de los Condes de Fuensaldaña del Monasterio de San Benito. El grupo, realizado en piedra policromada entre los años 1406-1415, fue esculpido en algún taller centroeuropeo. A partir de entonces las representaciones de la Piedad se multiplicaron.

TALLER CENTROEUROPEO. Virgen de la Piedad (ca. 1406-1415). Museo Nacional de Escultura. Valladolid

VIRGEN DE LA PIEDAD (ca. 1700). Colegio de San Albano. Valladolid
En el Colegio de San Albano de Valladolid se conserva la única Virgen de la Piedad (138 cm) salida de las gubias de Pedro de Ávila, la cual fue tallada por orden de su suegro poco antes del año 1700. De esta Piedad, que en los documentos se la cita como “Nuestra Señora de la Pasión”, tan solo corresponde a Ávila la ejecución de la Virgen puesto que el Cristo Yacente le es ajeno. Este tipo de Piedad compuesta por dos imágenes diferentes no es muy usual en Castilla. Posiblemente, la efigie de Cristo proceda de tierras andaluzas, al igual que la titular del Colegio de San Albano, la Virgen Vulnerata. Por el tipo de anatomía y de rostro, así como por la forma de taller el bigote y la barba parecen remitirnos a la escuela andaluza del último tercio del siglo XVII; es decir, a la etapa romanista. No se puede especificar de qué taller procede, siendo por entonces los más pujantes los de Sevilla y Granada.
La Virgen aparece sentada, con los pies juntos y las piernas abiertas, como en forma de tijera, para poder sujetar mejor el cuerpo de su Hijo. El torso le tiene levemente girado hacia el lado derecho, para ver de cerca el rostro de su Divino Hijo. Los brazos parecen formar una diagonal puesto que el izquierdo lo eleva para agarrar el cadáver de Cristo por su brazo izquierdo, mientras que el otro le pasa por debajo del cuerpo yacente para sujetarlo por la espalda. Llama la atención el hecho de que con ninguna de las manos llega a tocar directamente el cuerpo de Jesús; y parece que tampoco llega a reposar éste sobre las rodillas de la Virgen (efecto bastante barroco y teatral). A pesar de que el rostro se sitúa en los parámetros de los escultores vallisoletanos de finales del siglo XVII, de no saber que fue realizada por Ávila habríamos tenido hartas dificultades para averiguarlo dado que en él no se ven los rasgos que definen el primer estilo del escultor. En definitiva, esta Piedad es una obra de plena juventud, en la que se muestra todavía bajo la egida de su maestro. La fealdad y la ausencia de emotividad en el rostro, así como la composición de un cuerpo demasiado cerrado, sin “conquistar el espacio” más que lo absolutamente necesario (los brazos), así lo sugieren.
PEDRO DE ÁVILA. Virgen de la Pasión (ca. 1700). Colegio de San Albano. Valladolid

BIBLIOGRAFÍA
  • BALADRÓN ALONSO, Javier: Los Ávila: una familia de escultores barrocos vallisoletanos [Tesis doctoral], Universidad de Valladolid, Valladolid, 2016.
  • BURRIEZA SÁNCHEZ, Javier: Civitatis Domina. La Virgen de las Angustias y las gentes de Castilla, Ayuntamiento de Valladolid, Valladolid, 2009.
  • GARCÍA MARTÍN, Enrique: Virgen de Pasión, Ayuntamiento de Valladolid, Valladolid, 2002.
  • RÉAU, Louis: Iconografía de la Biblia. Nuevo testamento, Ed. del Serbal, Barcelona, 2000.
  • TRENS, Manuel: María: iconografía de la virgen en el arte español, Plus Ultra, Madrid, 1946.
  • VV.AA.: Pequeñas imágenes de la Pasión en Valladolid [exposición abril-mayo 1987 Palacio de Villena], Ministerio de Cultura, Madrid, 1987.