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martes, 30 de abril de 2013

ESCULTORES VALLISOLETANOS OLVIDADOS: Manuel Adeba Pacheco (1720-1791)


Manuel Adeba Pacheco nació en Medina de Rioseco (y no en Segovia como se ha repetido muchas veces) el día 3 de mayo de 1720. Sus padres fueron el segoviano Juan Adeba Pacheco y Josefa García San Miguel. El nombre del artista a veces ha llevado a equívocos, tal es así que Ossorio y Bernard al escribir una pequeña biografía sobre el escultor en su Diccionario, lo denomina Arévalo en lugar de Adeba, lapsus que fue advertido por Sánchez Cantón.
No conocemos en que taller se formaría inicialmente, aunque Urrea piensa que, debido a que nació en Rioseco, pudo asistir a los talleres de Pedro o Francisco de Sierra. Otra opción es Segovia, concretamente con los artistas de Valsaín y de La Granja –allí se había formado también Pedro de Sierra–. Esta segunda opción tomaría más fuerza debido a que estos artistas podrían haber influido en Adeba Pacheco para que éste decidiera completar su aprendizaje en Italia.
Según Juan Agustín Ceán Bermúdez, en su diccionario de artistas señala que “pasó después a Italia en clase de soldado, pero su afición a la escultura le llevó al taller de don Francisco Gutiérrez que a la sazón se hallaba pensionado en Roma, quien le protegió y dirigió como paisano viendo su gran aplicación. De allí pasó a Nápoles y se estableció en esta ciudad, casándose y ejerciendo su profesión”. No existe ningún dato que afirme que trabajó en el taller de Francisco Gutiérrez, si bien no ha de descartarse pues la ausencia documental no significa que lo que dice Ceán Bermúdez sea un error.

San Marcos. Catedral de Segovia, costados del coro
La siguiente noticia que poseemos de Adeba lo sitúa ya en Italia. En 1750 el embajador español en Roma, Cardenal Portocarrero, realizó un censo de todos los españoles que se encontraban residiendo en aquella ciudad para informar al Ministro de Estado de las actividades y circunstancias personales que concurrían en cada uno de ellos, se tomó declaración a Manuel Adeba Pacheco, que confesó contar veintinueve años de edad, estar soltero y ser natural de Rioseco. Residía en Roma desde hacía ocho años, lo cual permite fijar su salida de España en 1742, cuando contaba veintiún años. Fue a Italia por sus propios medios, como hicieron también Preciado de la Vega y los escultores Felipe de Castro y Francisco Vergara, que luego recibirían apoyos oficiales, y en su declaración ante el embajador español reconoció que se trasladó a Roma para “perfeccionarse en la escultura, cuyo motivo subsiste en esta corte con ánimo de volverse a España”.
Se desconocen los círculos artísticos que frecuentó durante los años que permaneció en Roma, probablemente serían los mismos en que se movieron Castro y Vergara, acudiendo a las académicas públicas o a los estudios que mantenían abiertos Filippo della Valle o Pietro Bracci, aunque sus primeros obras conocidas denotan un mayor interés por modelos menos apasionados y una búsqueda de serenidad académica que le relaciona con los que defendían una postura más clasicista, entre los que se encontraban Slodtz y L´Estache.
De Roma pasaría a Nápoles, seguramente atraído por la actividad artística que se desarrollaba allí por entonces. Esta actividad se encontraba patrocinada por el soberano don Carlos de Borbón y por las numerosas parroquias y órdenes religiosas que reforman y construyen de nuevo sus templos. En el año 1752 le encontramos trabajando en el Palacio de Portici, donde restaura una estatua antigua de Baco y aunque se le había atribuido la autoría de varias esculturas de la capilla real del mismo Palacio, hoy se sabe que los trabajos más importantes correspondieron a Agostino Corsini (San Genaro y Santa Amalia), Andrea Violani (Inmaculada y Santa Rosalía) y Giuseppe Canart (San Carlo Borromeo), perteneciéndole tal vez al escultor español trabajos secundarios u ornamentales no identificados o bien su participación quedó reducida a presentar algún modelo que no se aceptó para las mencionadas estatuas, ya que en una nota escrita por el arquitecto Luigi Vanvitelli, fechada el 20 de mayo de 1755, se afirma que este artista trabajó alguna estatua para la mencionada capilla palatina.
La misma nota de Vanvitelli confirma también como obras de Adeba dos esculturas conservadas en la iglesia napolitana de Santa Teresa all´Arco Mirelli, que representan a San Juan de la Cruz y Santa Teresa, además de los dos frontales de las respectivas mesas de altar, con relieves dedicados a la Anunciación y al Sueño de San José además de diez cabezas de querubines distribuidas sobre las ménsulas de las mesas y en los tabernáculos o custodias. El juicio que emitió el arquitecto sobre estas esculturas, por encargo del ministro Tanucci, no fue muy bueno, ya que consideró que “non erano opere molto felici”.

San Juan de la Cruz
Santa Teresa
Sueño de San José
Después de haber permanecido en Italia más de quince años regresaría a España. En 1758 se hallaba en Madrid trabajando en la decoración del Nuevo Palacio Real. Se le encargó esculpir, en mármol de Badajoz, una de las medallas con las que se pensó decorar las sobrepuertas de todos los huecos correspondientes a los muros interiores de las galerías del piso principal del Palacio. El relieve debía representar el Martirio de San Vicente (0,84 x 1,23 m.), que se integraría sobre uno de los huecos de la pared norte de la galería, decorada toda ella con relieves de temática religiosa, por formar medianería con la capilla real. La medalla tallada por Adeba se habría colocado entre la que representa a San Ildefonso y Santa Leocadia, original de Roberto Michel y la que alude al Pontífice San Dámaso con San Jerónimo, de Luis Salvador Carmona. El relieve, que fue muy bien acogido por el escultor Felipe de Castro, le sirvió para que le nombraran Escultor de Cámara Honorario.

Martirio de San Vicente
Según Serrano Fatigati, en 1768 presenta a la Academia de San Fernando un relieve que estaba trabajando. Azcue aclara que este relieve, realizado en cera con pátina verdosa, representaba el tema de Diógenes en la cuba (0,46 x 0,57 x 0,10 m.). Una vez examinada la obra, la Junta de la Academia procedió a votar, por votos secretos su admisión. Y de los diez y nueve vocales tuvo a su favor quince, “por cuya pluralidad quedó creado y declarado Académico Supernumerario por la Escultura”.

Diógenes en la cuba
Al ser nombrado Académico de Mérito de la Real de San Fernando, el 3 de enero de 1773, presentó, según Serrano Fatigati, una medalla que “estaba trabajando para Palacio”, que sería probablemente el modelo de la que hizo años atrás, ya que el programa decorativo de la galería principal del edificio había sido interrumpido.
La mayor parte de la obra realizada por Adeba Pacheco se encuentra en Segovia, y más concretamente en la catedral. Posiblemente fueron sus vínculos familiares con Segovia los que constituyeron el motivo por el que el obispo de aquella diócesis D. Juan José Martínez Descalzo le eligiera para encomendarle en 1770 las esculturas de San Gregorio obispo, San Juan Bautista y San Vicente Ferrer, que se colocaron en el retablo de la capilla de San Geroteo, obra del tallista Juan Maurat.

Retablo de la capilla de San Geroteo
La misma circunstancia favorecería también su elección cuando se construyó el retablo mayor de la catedral, costeado por Carlos III y diseñado en 1768 por Sabatini. El retablo, que se realizó en los talleres del Palacio Real de Madrid, consta de banco, cuerpo central con cuatro columnas corintias, de una variante muy del gusto del arquitecto, y un pesado ático con el anagrama de María en una gloria de nubes y ángeles. A Adeba le encomendaron las esculturas, en madera estucada, de los intercolumnios del primer cuerpo, que  representan a San Geroteo y a San Frutos, en tanto que flanqueando el medallón del ático con el anagrama mariano dispuso sentados sobre el entablamento a San Valentín y Santa Engracia. En el frontón superior dos ángeles arrodillados veneran la cruz sostenida por un angelote. Suyos son igualmente los restantes ángeles y cabezas de querubines que aparecen distribuidos sobre nubes en el ático y sobre la hornacina principal del retablo. En la hornacina central preside la Virgen, bajo la advocación de Nuestra Señora de la Paz. Se trata una magnífica escultura gótica, tal vez francesa, que según la tradición fue regalada por el rey Enrique IV.

Retablo mayor
Este aparatoso retablo, muestrario de todos los mármoles de las canteras españolas, en consonancia con el sentir económico de potenciar los recursos patrios, se comenzó en 1770 y concluyó el 28 de julio de 1775. Se consagró el 7 de septiembre y al día siguiente se oficiaba la primera misa, para cuya ocasión Juan Montón y Mallen, maestro de capilla, compuso una misa.
En la misma catedral se le atribuyen otras obras. Así, en la capilla de San Ildefonso se cree de su mano el gran relieve de la Imposición de la Casulla a San Ildefonso, obra en madera estucada. Es réplica, casi exacta, del de la catedral de Toledo. En la capilla de San José se le atribuyen las esculturas del retablo, realizado a imagen y semejanza del retablo mayor de la catedral en 1791. En su hornacina central la imagen de San José (existen ciertas dudas sobre su autoría, pues podría ser obra documentada del escultor burgalés Julián de San Martín) y en el ático las de Santa Teresa y San Juan de la Cruz, santos carmelitas muy unidos a la historia local, que acompañan a un relieve de San Juan Bautista, las tres en madera pintada de blanco. También se cree que pudo realizar las esculturas de los cuatro Evangelistas sitas en los costados del coro, cuya arquitectura fue realizada en 1792 por el arquitecto local Juan de la Torre y López, siguiendo fielmente una propuesta de Juan de Villanueva.

Retablo de San Ildefonso
Retablo de San Ildefonso. Detalle del relieve de la Imposición de la casulla a San Ildefonso
Retablo de San Ildefonso. Detalle del ático
Retablo de San José
San Mateo
Otra imagen que se le puede atribuir con toda seguridad es la también estucada Asunción de la Virgen del testero del Coro, que pertenece al proyecto dado por Juan Estévez en marzo de 1788 como solución para el reverso del ático del altar del trascoro que facilitó cuatro años antes Ventura Rodríguez. Cronológicamente se sitúa así entre la ampliación del retablo y la realización de los laterales del trascoro, en la que todos los elementos figurativos corresponden a Adeba Pacheco (Dios Padre y Dios Hijo, dos ángeles adorando al Espíritu Santo, San Pedro, San Pablo, dos ángeles sujetando una corona, y dos pebeteros), excepción hecha de las imágenes originales de San Felipe y Santa Isabel, salidas del taller de Dumandré y Thierry. Es figura movida, de gesto arrobado, sobre un trono de querubines y de ángeles, resuelta con mayor convicción y expresividad que las de los cuatro Evangelistas. La ausencia de elementos letánicos evidencia que no ha de entenderse como una representación inmaculista, que habría demandado una imagen con la cabeza descubierta y con aire más juvenil. Su académica sobriedad no oculta referentes del clasicismo barroco romano, pareciendo evocar con distintos recursos retóricos –los brazos abiertos, el cuerpo en movimiento, con la pierna doblada, y su gesto estático–, la muy conocida imagen de Santa Inés en la hoguera de Ercole Ferrata (Roma, Santa Agnese). Posee una expresión anhelante y el trono de ángeles concuerda en lo figurativo con el remate del retablo de San José.

Coro. Asunción de la Virgen
ERCOLE FERRATA. Santa Inés
Trascoro de la Catedral de Segovia
Trascoro de la Catedral de Segovia. Detalle del ático
Todavía en la Catedral segoviana, Ceán Bermúdez le atribuye “en la portada de este templo al lado de poniente, una estatuita de San Hieroteo”. En la actualidad la escultura no se conserva.
La siguiente obra sitúa a Adeba Pacheco trabajando en Madrid, concretamente en la decoración del convento de San Francisco El Grande. Allí realiza en estuco “dos niños de 7.50 pies sobre el frontispicio del altar mayor”, otras cuatro cabezas de ángeles para el mismo altar y seis más para colocar en las restantes capillas de la iglesia. Además, y en colaboración con el murciano Alfonso Bergaz modeló doce angelotes dispuestos sobre seis ventanas abiertas en la gran cúpula, siguiendo en todo la ordenación de motivos similares existentes en iglesias romanas.

San Francisco el Grande. En el círculo rojo los dos ángeles que realizó para el frontispicio del altar mayor
San Francisco el Grande. Angeles alrededor de las ventanas
San Francisco el Grande. Detalle de uno de los ángeles que flanquean las ventanas
En 1781 volverá a trabajar para el Palacio Real de Madrid. En esta ocasión tallará “diez mascarones e igual número de conchas de escultura” en mármol, recibiendo un importe de 10.000 reales de vellón. Estas decoraciones tendrían como destino la fachada del ala sudeste de Palacio, concretamente los tímpanos de los huecos de las ventanas del piso superior. Están ejecutadas dentro de un estilo decorativo muy realista.
El último encargo de que se tiene noticia también tuvo patrocinio regio. Las iglesias de las nuevas poblaciones de Sierra Morena precisaban esculturas para sus retablos y al menos en una ocasión se recurrió a Adeba Pacheco para que hiciese las necesarias. Para la iglesia de la Carolina hizo cuatro efigies cuyo pago recibió en 1785: “15.168 rs. a Manuel Adeba y Pacheco en conformidad de la R. Orden de 5-II-1785… de quatro efigies que ha hecho para la Iglesia de la capital de las Poblaciones de Sierra Morena”.
En 1788 el escultor estaba convaleciente a causa de un accidente, aunque se encontraba capacitado para esculpir, por lo que solicita se le conceda algún trabajo con que poder sustentarse. Así, entre 1788 y 1790 ejerce como Escultor Restaurador del Real Sitio de Aranjuez, restaurando, durante este último año, las estatuas del Jardín de la Isla, concediéndole el monarca 6.000 reales de vellón por tales trabajos En sucesivas instancias y memoriales volverá a solicitar que a pesar de ser un pobre anciano, trémulo y paralítico, desea que el monarca le ponga a trabajar “para la restauración de estatuas, composición de fuentes, y otras cosas”, con alguna pensión para poderse mantener. También es su deseo poder modelar y tallar en cualquier material, ya sea piedra, madera y estucos. Falleció, seguramente en Madrid, el día 9 de mayo de 1791.
Se le atribuyen otras obras. Así Ossorio y Bernard asegura que realizó “el escudo del monasterio de la Encarnación”. Se trata de un escudo, esculpido en piedra, de arnas reales de estilo académico decorativo.
Adeba Pacheco si bien no llegó a ser un escultor notable, si que gozó una técnica lo suficientemente digna como para obtener encargos de cierto nivel. A pesar de recibir una formación excelente, sobre todo en Italia, esto no se plasmo en su obra, lo que nos demuestra que sus dotes personales fueron limitadas. En sus obras no caló con fuerza el espíritu barroco más exaltado de Camilo Rusconi o Pierre Legros, sino que, al igual que Felipe de Castro, prefirió aceptar un espíritu más sosegado en el que los gestos quedan estereotipados y la pasión no embarga los rostros de las figuras; los paños de los hábitos y atuendos se pliegan con docilidad y repetición cansina; insiste continuamente en los mismos modelos repitiendo, sin demasiada imaginación, la forma de trabajar los cabellos. Utiliza un canon esbelto en sus figuras y en sus manos puede apreciarse cierta rudeza.
La obra de Adeba Pacheco contribuyó, por una parte, a la corriente neoclásica, y por otra la barroca berninesca propia de la época. Sus materiales predilectos fueron el estuco, la madera, y la piedra, dentro de un estilo decorativo.

BIBLIOGRAFÍA
  • ALBARRÁN MARTÍN, Virginia: “Escultores  académicos del siglo XVIII en el Diccionario de Ceán Bermúdez: nuevas adiciones (I), Archivo Español de Arte, tomo LXXVIII, nº 310, 2005, pp. 145-162
  • COLLAR DE CÁCERES, Fernando: “Imágenes para una catedral” Estudios Segovianos, nº 108, 2008, pp. 287-327
  • MELENDRERAS GIMENO, José Luis: “El escultor segoviano Manuel Adeba Pacheco”, Estudios segovianos, nº 86, 1989, pp. 385-393
  • URREA, Jesús: “El escultor Manuel Adeba Pacheco en Italia y España”, El arte en tiempos de Carlos III / IV Jornadas de Arte, Alpuerto, Madrid, 1989, pp. 277-283

miércoles, 28 de septiembre de 2011

MONUMENTOS DESAPARECIDOS: La Puerta del Carmen o de Madrid


Sobre el solar de la primitiva Puerta del Carmen o de Puente Duero, erigida a mediados del siglo XVII, se levantó durante el reinado de Carlos III una nueva puerta monumental que, por su situación, fue conocida indistintamente con los nombres de “Puertas del Carmen” o “Puertas de Madrid”. En menos ocasiones se la mencionó como “Puerta del Campo” o “Puerta del Campo Grande”, confundiéndose de esta manera con el Arco de Santiago, situado a comienzo de esa calle. Su situación en la actualidad sería en el Paseo Zorrilla a la altura del antiguo Hospital Militar.

Las primeras noticias acerca de su construcción datan de 1758, fecha en la que los Libros de Actas municipales recogen las primeras gestiones encaminadas a edificar una puerta, contigua al Convento del Carmen Calzado, correspondiente a lo que se merecía esta ciudad, con sus casas de registro, dado que la que existía allí entonces se encontraba en muy mal estado. Sería el gremio del vino, según costumbre, el encargo de costear la obra, para la que había adelantado ya 100 doblones. En octubre de ese año había comenzado ya el señalamiento de línea, puesto que se solicitaba permiso para cortar el Pinar de Antequera 150 machones de 18 pies (3,78 m.) necesarios “para la obra que se está trazando en las Puertas del Carmen".

Puertas del Carmen. No recuerdo de donde la tomé, créditos a quien corresponda
Situación de la Puerta de Madrid según el plano de Ventura Seco (1738)
Situación de donde estaría la Puerta de Madrid en la actualidad. Según la web www.valladolidweb.es
Desde este momento hasta 1774 hay absoluto silencio acerca de la marcha de estos trabajos, por lo que debió existir una paralización en los mismos. En esta fecha los Procuradores del Común de Valladolid solicitaron de la Hacienda Real se les concediera, “para continuar la obra de la Puerta que dice del Campo Grande, ciertas porciones de ladrillo y piedra de que están revestidas las paredes interiores de dos antiguos pozos que hay fuera de la ciudad y sirvieron para encerrar nieve” y que se consideraban de propiedad real.
De nuevo se produce el silencio hasta 1776. En agosto de este año, por una cuestión de pagos, aparece por primera vez el nombre del autor de la obra. Se trata de Anacleto Tejeiro, maestro de obras, “con quien se remató la de los Arcos de la Puerta el Carmen”. El Concejo debía tener dificultades para financiar la prosecución de la obra, porque los Diputados y Procuradores del Común solicitaron permiso para aplicar el producto de las Comedias “en las dos temporadas de Pascua de Resurrección de este año hasta la Cuaresma del próximo, a fin de concluir la obra principiada de la Puerta del Carmen”.

Aunque los problemas financieros parece que se solucionaron y la obra prosiguió su marcha, dos años más tarde, en abril de 1778, se plantearon otros de índole técnica. El Municipio no debía estar satisfecho de la labor de Tejeiro porque encargó a los arquitectos Francisco Álvarez Benavides y Pedro González Ortiz que reconocieran la obra de la puerta. Su informe fue desfavorable pues consideraron que “la mayor parte de la fábrica que tiene asentada se halla sin arreglo al proyecto, por no haber hecho montea general”, instándose a que la hiciera, “de la misma magnitud que ha de quedar la obra”. Se ignora si Tejeiro se ajustó a lo indicado.

Situación de la Puerta de Madrid en el plano de Diego Pérez (1787)
En junio de 1779 notificó el ayuntamiento “que sólo faltaba para la conclusión de la obra de la Puerta del Campo el poner la suscripción”. En vista de ello el Ayuntamiento decidió un nuevo reconocimiento, que fue realizado también por Francisco Álvarez Benavides, acompañado ahora por el arquitecto Juan Manuel Rodríguez. Sus declaraciones fueron discordantes y hubo de acudirse a un tercero, Juan de Sagarvinaga, “maestro arquitecto de los Reales Cuarteles de Medina del Campo”. Se debió de aceptar la obra después de escuchar a los tres peritos, ya que la inscripción de la puerta se consignó el año de 1780 como fecha de su terminación. Todavía en abril de 1781 hubo una última declaración de dos maestros de obras, Manuel Rodríguez y Gabriel Mozo, que informaron favorablemente acerca de la construcción, por lo que recomendaron se pagase “al dicho Anacleto el resto que alcanza en la obra principal y accesoria”.
En enero de aquel año estaban hechas las puertas de madera que habían de cerrar los arcos pero faltaba colocar los sillares sobre los que debían jugar y también “la coronación y adorno que es preciso sobre ellas”. Fue Juan Abella, maestro carpintero, quien hizo la obra de madera, reconocida por el citado Manuel Rodríguez. En abril se mencionada a José Miguel, pintor, que pide 447 reales “por haber pintado las Puertas del Carmen”, y a José Terán, maestro herrero, “por la obra ejecutada” en ella. Nada se dice sin embargo, del maestro que llevó a cabo la parte escultórica, tan importante por otra parte. Así se concluye la construcción. La inscripción se hará en letras fondeadas rellenas de betún negro para que se pueda percibir con toda nitidez.
Ya en el siglo XIX, en 1808 según los cronistas, se sustituyeron las puertas de madera de los tres arcos, por verjas de hierro dulce procedentes del Convento de San Pablo, ante cuya capilla mayor habían estado colocadas.
Fotografía de B. Maeso (1865)
Quedan abundantes testimonios gráficos y documentales sobre este edifico que no llegó a alcanzar el siglo de vida. Constituyó en su momento una de las puertas municipales y sin duda la más monumental de la ciudad. Fue estimada por casi todos los historiadores locales como una muestra arquitectónica de correcta factura neoclásica, reflejo, a nivel provincial, de la que por aquellos mismos años se habían en Madrid, donde en el siglo XVIII surgieron o se reformaron una serie de puertas como las de Atocha, Recoletos, San Vicente y Alcalá. Idéntico sentido tuvieron otras construcciones levantadas en provincias como el Arco del Mercado en Palencia, un poco más tardío.
La del Carmen de Valladolid tenía tres entradas dispuestas bajo arcos de medio punto, ligeramente de mayor luz y altura el central; construida con sólida fábrica de sillería; su fachada principal, de orden dórico, miraba al camino de Madrid. Los pilares entre los arcos se adornaban con pilastras rehundidas. Un entablamento adornado con triglifos y cornisa sobresaliente soportaba un ático abalaustrado en sus lados y macizo en el centro, donde se situaba un frontón conteniendo un gran escudo real, con las armas de Castilla y León, orlado de carnosas guirnaldas. El ático se rematada por doce floreros colocados a plomo sobre las pilastras y un gran pedestal central sobre el que se erguía la estatua de Carlos III, a cuyos pies, entre trofeos militares, descansaba el león español. En su pedestal se leía la inscripción conmemorativa: “Reinado Carlos III, año MDCCLXXX, a costa de los caudales de los propios”.
Vista de Valladolid según Alfred Guesdon. En la parte inferior la Puerta de Madrid

La opinión de Antonio Ponz, que vio la puerta tres años después de ser construida, es la primera vez que conocemos y, seguramente, por su exigencia, fue la menos favorable. La calificó de poco apropiada para su función de carecer de la robustez que, a su parecer, debían tener estos edificios de entrada a las ciudades, juzgando además que la estatua real que la remataba no era el elemento decorativo más idóneo para este tipo de construcciones en las que, según él, deberían colocarse “figuras alegóricas, representaciones de ángeles, etc.”. Ciertamente, su remate se apartaba de la imagen habitual en este tipo de construcciones. Sangrador y González Moral alabaron la solidez de su fabricación y lo proporcionado de sus dimensiones. Alonso Cortés la reputó como la más notable de la ciudad; Agapito y Revilla consideró que en realidad se trataba de un monumento en homenaje a Carlos III, reconociendo su monumentalidad y valor decorativo, aunque calificó de “no bella” su línea arquitectónica; Gaya Nuño la ha comparado con las puertas monumentales de Madrid, ensalzando el perfecto dibujo clásico del friso de triglifos y del frontón en que se situaba el escudo.
A ambos lados de la puerta se alzaban sencillas tapias, y junto al Convento de Sancti Spiritus se encontraba la casilla del fielato. Esta fue, como hemos señalado, la principal entrada de la ciudad, cuya existencia, sin embargo, iba a resultar efímera.
Ya en 1844 fue reparada y un año después, con motivo de la apertura de la nueva carretera de Madrid, se pretendió trasladarla a la entrada de ésta. Pero fue en 1854 cuando se propuso el derribo de “todo el edificio de piedra que constituye la entrada por la carretera antigua dejando sólo un portillo bien decorado”. A pesar de esta amenaza, todavía sobrevivió unos años hasta que en 1873, por motivos supuestamente “urbanísticos”, en los que no es difícil percibir un trasfondo político, se decidió hacerla desaparecer. Efectivamente, el 4 de noviembre de este año, el ayuntamiento republicando presidido por Manuel Pérez Terán acometió una política de amplias transformaciones urbanísticas acordando varias disposiciones relativas a obras públicas, solares, construcciones, etc., entre las que se presentó la proposición, suscrita por varios regidores, de derriba “la parte de muralla y fachada del Hospital Militar”. Por fin, el 17 de noviembre comenzó el derribo de las tapias colindantes para continuar después con la puerta.

BIBLIOGRAFÍA
  • AGAPITO Y REVILLA, J., Las Calles de Valladolid: Nomenclator histórico, Tip. Casa Martín, Valladolid, 1937
  • GAYA NUÑO, J.A., La arquitectura española a través de sus monumentos desaparecidos, Madrid, 1961
  • FERNÁNDEZ DEL HOYO, María Antonia: Desarrollo urbano y proceso histórico del Campo Grande, Ayuntamiento de Valladolid, Valladolid, 1981
  • SANGRADOR, Matías, Historia de Valladolid (1851), tomo I, Grupo Pinciano, Valladolid, 1979