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sábado, 13 de agosto de 2016

EXPOSICIÓN: GOYA. Los Desastres de la Guerra


Durante todo el verano, y hasta el 28 de agosto, se puede visitar en la Sala Municipal de Exposiciones de la Casa Revilla una magnífica exposición que viene a ser una especie de “continuación” de una acontecida hace unas semanas en la Sala Municipal de Exposiciones de Las Francesas. Me explicó, hace un par de meses en esta última sala de exposiciones tuvo lugar una muestra que abordaba los Caprichos de Goya (pinchando aquí puedes revisitar esta exposición). Ahora, en la Casa Revilla se expone otra de las grandes series de grabados de Goya: Los Desastres de la Guerra (las otras dos son La Tauromaquia y Los Disparates) Ambas exposiciones han tenido el mérito de reconciliarme con Goya, especialmente con sus grabados, a quién cogí bastante manía durante la carrera.
La visita a la muestra es especialmente recomendable puesto que no todos los días tenemos al lado de casa una de las series de grabados más importantes de la historia, los cuales se han llegado a considerar como un precedente de los reporteros de guerra. Pero, ¿sabemos que ilustran los Desastres de la Guerra?.

INTRODUCCIÓN
En 1808 estalló la Guerra de la Independencia Española (1808-1814), la primera guerra de guerrillas de la historia de la humanidad. Las tropas de Napoleón entraron en España para atacar a Portugal, aliada de Inglaterra en el bloque continental. En un primer momento, las tropas francesas fueron saludadas jubilosamente. Se pensó que venían a derrocar al odiado favorito de la reina, Manuel Godoy. Pero cuando Napoleón obligó a abdicar a la familia real después de los acontecimientos del 3 de mayo y nombró rey a su hermano José, la situación cambió por completo. El supuesto liberador se convirtió de golpe en usurpador. Al igual que en el resto de Europa, la oposición creció a medida que se prolongaba la ocupación. La brutal y sangrienta represión del levantamiento realizada en Madrid fue la señal para iniciar las sublevaciones contra los franceses a lo largo y ancho de todo el país. Partiendo de Navarra, primer puesto norteño que entró en contacto con las tropas, se multiplicaron las acciones de resistencia hasta la parte más extrema del sur de España.
El 31 de mayo y bajo las órdenes del capitán general José Rebolledo de Palafox, Zaragoza, patria chica de Goya, comenzó una lucha encarnizada contra los franceses. La ciudad fue bombardeada desde mediados de junio, pero resistió valerosamente. A mediados de agosto se retiraron los sitiadores para hacer una pausa en la lucha. En aquel momento, el general Palafox encargó al artista que viajase a la capital maña para realizar una serie de obras que reflejasen el estado en el que había quedado la ciudad de Zaragoza tras los Sitios. La ciudad cayó el 21 de febrero de 1809, después de un bombardeo ininterrumpido durante 42 días. La población estaba casi extinguida cuando las tropas de Napoleón entraron en Zaragoza. Una epidemia de tifus, provocada por los numerosos cadáveres putrefactos a los que nadie podía enterrar, quebró la encarnizada resistencia de la población. Goya quedó marcado por la crueldad de las batallas, y así lo reflejó en las estampas de Los Desastres de la Guerra. No sabemos cuántas de las escenas horripilantes fueron contempladas personalmente por el pintor. Únicamente debajo de los Desastres 44 y 45, que representan a personas huyendo, escribió: “Yo lo vi”. “Y esto también”.

FRANCISCO DE GOYA. El General José de Palafox, a caballo (1814)
Este conflicto armado fue acogido en España de distintas formas y con sentimientos encontrados, rebeliones, batallas, pero también con esperanza por parte de algunos intelectuales que veían esta invasión como una vía de escape del absolutismo borbónico y podría permitir un nuevo liberalismo con ideas desconocidas hasta entonces en España.
La posición de Goya frente a esta guerra no podía ser clara. Por una parte, conocía el valor dudoso de la dinastía española y sintió alegría cuando se produjo su derrocamiento. Aplaudió las reformas largo tiempo ansiada e introducidas por José Bonaparte. Pero, por otra parte, Napoleón oprimía la casi totalidad de Europa.


CRONOLOGÍA DE LOS “DESASTRES DE LA GUERRA”
La historiografía clásica considera que la serie comenzó a ser grabada en 1810 y se concluyó en 1820. La fecha de 1810 ha sido admitida como válida al aparecer en algunas de las primeras láminas. Sin embargo, la controversia afecta al año de conclusión de la obra. La propuesta de 1820, admitida por gran parte de la crítica tradicional, se basa en la explicación de la leyenda "¿Si resucitará [la verdad]?" del Desastre 80, como el deseo de Goya de que fuera restaurado el orden constitucional promulgado en Cádiz y suprimido después de la vuelta del Borbón, dos años más tarde. Con este título el artista expresaría algo más que un deseo: la certeza de que dicho orden iba a ser resucitado, certeza que pudo tener en 1820 a partir del levantamiento de Riego y de la consecuente jura de la Constitución por el rey. Las fechas de ejecución de las dos primeras partes en las que se estructura la serie –las consecuencias de la guerra y el hambre en Madrid– no plantean demasiadas dudas, pues remiten a situaciones acaecidas durante la contienda; es decir, habrían sido grabadas antes de la restauración fernandina en 1814. El problema afecta a la datación de la última parte, los Caprichos enfáticos. Hay unanimidad en que dichas estampas finales critican la política absolutista impuesta por el rey tras su retorno, lo que podría justificar la interpretación del Desastre 80 en el sentido propuesto: la resurrección de los ideales constitucionales durante el Trienio Liberal, iniciado tras el levantamiento de Cabezas de San Juan en 1820. A partir de la misma argumentación, también se ha propuesto datar los Caprichos enfáticos durante ese trienio, no en los albores del mismo, de modo que la ejecución de las estampas finales sería posterior incluso a las Pinturas negras.

LOS DESASTRES DE LA GUERRA
La serie de los Desastres de la guerra, que el artista tituló, muy de acuerdo con el sentido que quiso dar a la obra, Fatales consecuencias de la sangrienta guerra en España con Bonaparte y otros caprichos enfáticos, fue dibujada y grabada entre 1810 y 1815. Los grabados fueron ejecutados a la sanguina casi todos los primeros, y al aguafuerte los segundos, pero, por razones políticas, no fue publicada en vida del pintor, habiendo tenido que esperar hasta 1863 para salir a la luz la primera edición.
En el espacio de tiempo que va desde la retirada de los franceses de Madrid, 17 de mayo de 1813, hasta el retorno de Fernando -cuando aún existían aún esperanzas de una monarquía constitucional-, Goya pensó en publicar los Desastres. Había enumerado en secuencia la serie compuesta por todas las láminas que había preparado hasta entonces. Comenzaba con las que presentaban a los hombres ajusticiando con el “garrote”: Por una navaja y No se puede saber por qué (Desastres 34 y 35). Puesto que los franceses formaban pelotones de ejecución (Desastre 26), debemos ver aquí una censura de españoles por españoles. Tal vez se trata de una alusión a las contradicciones de esta guerra. La serie termina, probablemente, con el Desastre 69, en el que un cadáver transmite a los vivos el escalofriante mensaje sobre la muerte: Nada. Así se llama. Los editores de los Desastres suavizaron este ateísmo manifiesto de Goya en la primera edición del ciclo, aparecida en 1863, y pusieron por subtítulo: Nada. Ello dirá.

La depuración inmediata de la Corte, ordenada por Fernando VI, y la caza brutal de los que simpatizaba con los franceses prohibía, de momento, pensar en la publicación de la serie. Ni siquiera las imágenes con las escenas del 2 y 3 de mayo, colgadas en el arco de triunfo levantado en la calle engalanada para la entrada triunfal el rey, fueron capaces de despejar la duda de si Goya era fiel al rey o no. Ante la nueva situación, tal vez reconsideró con mirada el patriotismo de los Desastres y del 2 y 3 de mayo. En cualquier caso, a partir de este momento la ampliación de los Desastres de la Guerra caminó en dirección a la sátira. Al final añadió los Caprichos enfáticos, sátiras de situaciones contemporáneas del artista, principalmente anticlericales.
Aprovechando la promulgación de una amnistía solicitó un permiso y salió de España. Los Desastres desaparecieron en una caja que fue ocultada en casa de su hijo. Un año antes de su muerte, en 1853, Javier Goya vendió ochenta estampas de los Desastres a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, que fue la institución que las publicó por primera vez en 1863 bajo el título Desastres de la Guerra. La preparación de las láminas para la edición fue asignada a los grabadores Carlos de Haes y Domingo Martínez, quienes retocaron algunas de ellas, eliminaron arañazos superficiales, remarcaron varios márgenes y añadieron otros, borrando la parte inferior de ciertos cobres para grabar la leyenda. Las actuaciones no fueron tan profundas como muchos críticos han apuntado, pero lo verdaderamente importante es que la necesidad de preparar las láminas permite deducir que, a diferencia de las otras series, Goya no había pensado publicar ésta. La estampación fue realizada aplicando los criterios de estampación vigentes en el último cuarto del siglo XIX y no en época de Goya, es decir, renunciando a la estampación natural, lo que provoca una visión matizada en sus dramáticos contrastes de luz y sombra.

Puesto que se han conservado dos colecciones completas de pruebas de estado, compiladas por el propio Goya, sabemos que la serie constaba originalmente de 85 láminas. Goya envió una de estas series a su amigo e historiador del arte Ceán Bermúdez. Deseaba que éste la revisara y corrigiera. El título impreso era: “CAPRICHO”. El subtítulo decía: “Consecuencias funestas de la guerra sangrienta en España contra Bonaparte y otros caprichos patéticos en 85 láminas”. Cada una de ellas estaba numerada y llevaba un comentario: es decir, una leyenda escrita a mano por Goya. El frontispicio que aún hoy abre la serie nos muestra a un hombre de rodillas que, con gesto humilde, extiende y levanta sus brazos al cielo, simbolizando “Tristes presentimientos de lo que ha de acontecer” (Desastre 1), tal como reza la inscripción que se encuentra debajo de la estampa.
Desde octubre de 1808 Goya dibujó bocetos preparatorios (conservados en el Museo del Prado) y, a partir de estos y sin introducir modificaciones de importancia —aunque estas leves variaciones hicieron desaparecer elementos anecdóticos en favor de una mayor universalización y mejoraron la composición a la par que incidieron en el rechazo de los aspectos convencionales de la muerte heroica—, comenzó a grabar las planchas en 1810, año que aparece en varias de ellas.

Las estampas tuvieron inicialmente el propósito de constituir un álbum patriótico, en consonancia con la petición de Palafox, pero, conforme adelantaba su trabajo Goya amplía los temas para abordar todo tipo de desgracias y sucesos de la guerra provenientes de cualquiera de los dos bandos, pues en muchas de las estampas no es posible identificar quienes son los autores de los horrores. Incluso se acerca a la situación política de la posguerra en las últimas estampas, como las de los denominados «Caprichos enfáticos».
La serie de 82 grabados que conforman los Desastres de la Guerra pueden ser divididos en tres grandes grupos:

Primer grupo (Estampas 2 a 47)
Se trata de estampas que efigian los horrores de la guerra: escenas de violaciones, de fusilamientos, carnicerías, mutilaciones, campos sembrados de cadáveres, heridos, muertos, ejecuciones con el garrote, hombres que huyen, saqueos de iglesias. Ninguna de las láminas de Goya presenta escenas de lucha militar. No presentan la guerra como maquinaria abstracta, como “inoacua continuación de la política con otros medios”. Se la presenta, por el contrario, tal como la experimenta el hombre concreto. Toda su crueldad, que mata inútilmente la vida, se despliega en el destino individual.

Segundo grupo (Estampas 48 a 64)
Los grabados se centran en el hambre, bien sea consecuencia de los Sitios de Zaragoza de 1808 o de la carestía de Madrid entre 1811 y 1812. Durante este tiempo murieron 20.000 personas. Goya describe, en cuadros impresionantes, los avances del hambre, la retirada de los muertos de hambre, la peana que producían los cadáveres consumidos, las fosas comunes, la servicialidad con la que se prestaban ayuda los pobres. En un conjunto de diecisiete grabados censuró duramente a los ricos que pasaban junto a la miseria sin experimentar el menor sentimiento de solidaridad (Desastres 54, 55, 58 y 61).

Tercer grupo “Los Caprichos enfáticos (Estampas 65 a 82)
Fueron añadidos a la serie después de la guerra. Son una especie de colofón alegórico-satírico que se refieren al periodo absolutista tras el regreso de Fernando VII. Esta última sección pone de manifiesto el rechazo de Goya hacia la representación iniciada tras la restauración de Fernando VII. Presentan una crítica anticlerical revestida de simbolismo, emparentada con los Caprichos y con los Disparates. Es probable que la similitud temática llevara a Goya a colocar en este grupo la lámina Nada. Ello dirá (Desastre 69), nacida antes que sus compañeras de grupo, pero cuyo mensaje desde el más allá alcanzará a todo lo religioso como locura vacía y charlatanería. Las últimas cuatro láminas de este grupo se refieren a la restauración reaccionaria monárquica de Fernando VII y reflejan las esperanzas que renacieron con el levantamiento de Riego: Murió la Verdad (Desastre 79), Si resucitará (Desastre 80). Todo el baile de disfraces se ha congregado en torno al cadáver, aún bello y resplandeciente de la muerte. Acompañado por los desconsolados gestos fúnebres de la “Justicia” se empeña febrilmente en enterrar a los muertos (Desastre 79). Las dos últimas láminas de este grupo -cuyas planchas pertenecen a la Calcografía de Madrid, pero que, no obstante, jamás fueron editadas con los ochenta restantes Desastres- confieren a la serie un final optimista. El Fiero monstruo vomita a su víctima. A continuación, triunfa la dicha humana: la juvenil y vivaz “Verdad” representada por una bella mujer, se entretiene, en familiaridad íntima, con la “Paz”, hombre anciano de origen rural. Una corona destellante brilla alrededor de la pareja: Esto es lo verdadero (Desastre 82).

Las tres últimas láminas enviadas por Goya a Ceán Bermúdez representan prisioneros. Goya las numeró del 83 al 85. A pesar de que se distinguen claramente de las restantes por su formato y contenido, pertenecen claramente a la serie tal como fue planeada en principio. Exigen la supresión y desaparición de las torturas físicas.
De todas las series de Goya, la de los Desastres de la Guerra es la menos unitaria, tanto por lo que se refiere al tema como a la técnica y dimensiones de las láminas de cobre empleadas. Una de las explicaciones radica en que Goya trabajó en ésta durante largo tiempo desde 1810 hasta, aproximadamente, 1820. Además, durante los años que duró la guerra no encontró los materiales que habría deseado, y se vio obligado a utilizar los que estaban a su alcance, que no eran siempre los más adecuados. Para cuatro de las estampas de los Desastres (13, 14, 15 y 30), tuvo que partir las dos grandes planchas de sus dos únicas ilustraciones de paisajes y las grabó al aguafuerte por la cara posterior. En tres de estas láminas se dejó grabado el año: 1810. Esa fecha nos sirve para datar el estilo “primitivo” de la serie. Probablemente tenemos que atribuir al material inadecuado el tono grave, de tosco granulado, oscuro, de aguatinta, presente en muchas de las láminas que representan la ola de hambre a la que nos hemos referido anteriormente.

Lejos de cualquier intento de glorificación bélica, la serie, representativa de la posición espiritual de Goya, es un vivo testimonio, de validez universal, de su profundo dolor y repulsa ante las consecuencias de la bestialidad e irracionalidad humanas, afloradas a través de la guerra. En los Desastres de la guerra Goya muestra una actitud muy diferente a la de los Caprichos porque las referencias a la realidad, a un hecho concreto que afecta empíricamente al ser humano, son directas. La crueldad, el fanatismo, el terror, la injusticia, la miseria, la muerte... son las "fatales consecuencias" de la guerra y de la represión política, y su gravedad es tal que el artista no las oculta tras opciones anecdóticas y retratos heroicos de individuos particulares.

Lo único que aparece en Goya es una serie de víctimas, hombres y mujeres sin atributos de representación, que sufren, padecen y mueren en una gradación de horrores. Se trata de una visión de denuncia de las consecuencias sufridas por el hombre en tanto que ser civil, despojado de simbología y parafernalia bélica. En este sentido se puede ver como una obra precursora de los reportajes de guerra de la prensa actual comprometida con las catástrofes humanitarias.

BIBLIOGRAFÍA
  • ARIAS ANGLÉS, Enrique: Goya, Círculo de Lectores, Madrid, 1996.
  • PAAS-ZEIDLER, Sigrun: Goya: Caprichos, Desastres, Tauromaquia, Disparates: reproducción completa de las cuatro series, Gustavo Gili, Barcelona, 1980.
  • www.wikipedia.es

martes, 17 de mayo de 2016

EXPOSICIÓN: GOYA Y DALÍ. Capricho surrealista


Pocas veces una exposición logra unir tan íntimamente a dos genios separados por un lapso de tiempo tan grande, casi dos siglos. Pues bien, la muestra "Goya y Dalí. Capricho surrealista" lo consigue. Entre el 6 de abril y el 29 de mayo se está celebrando en la Sala de Exposiciones de Las Francesas una exposición en la que se contraponen los archiconocidos "Caprichos" de Francisco de Goya con las reinterpretaciones que hizo de ellos Salvador Dalí, ese loco genial.

Dalí admiraba tanto a Goya que decidió hacer una reinterpretación surrealista de sus “Caprichos”. Así, entre los años 1973-1977, realiza réplicas exactas de los grabados del aragonés mediante la técnica del heliograbado, y los modifica, añadiéndoles color y elementos típicamente dalinianos, fácilmente reconocibles, como son los relojes blandos, la perspectiva profunda o las escenas sexuales. De esta manera, y según la comisaria de la exposición, da lugar “a un viraje en el matiz de la obra de la crítica al surrealismo”. Además, cambió el titulo de los grabados para darles un nuevo significado. ¿De todos los grabados? No, no modificó todos los títulos, respetó el "Capricho" número 43, "El sueño de la razón produce monstruos", dado que esta estampa es considerada un antecedente del surrealismo.

Como acertadamente expresa la comisaria de la exposición, “La muestra recoge la serie completa de Los Caprichos reinterpretados por Salvador Dalí y, junto a algunos de ellos, se encuentra el original de Francisco de Goya, permitiendo así una comparativa paralela del arte de los dos maestros. Asimismo, junto a cada una de las estampas se observa también el comentario en forma de leyenda que el propio Goya grabó al pie de los originales para facilitar la comprensión de los mensajes visuales, haciéndonos disfrutar así de interpretación más personal y definidora de tal novedad pictórica”. Continúa explicando que Dalí “utilizó esta serie para introducir referencias de su visión de otros pintores, como Cézanne, Millet y Velázquez; y también de su interés por descubrimientos del siglo XX, como la mecánica cuántica”. “Una doble lectura, un doble diálogo”.

Pero, ¿sabemos bien que son los “Caprichos” de Goya? Pues bien, los “Caprichos” es una serie de grabados, la primera de todas las que llevó a cabo el pintor aragonés, que consta de 80 láminas realizadas entre 1796-1799 y que representa una sátira de la sociedad española, especialmente de la nobleza y del clero, de finales del siglo XVIII. En el año 1799 decide poner a la venta la colección de ochenta estampas y para ello las anuncia en el ejemplar del Diario de Madrid del miércoles 6 de febrero de 1799. Goya titula esa serie de grabados Colección de estampas de asuntos caprichosos, inventadas y grabadas al aguafuerte, y explica que con ellas se ha propuesto censurar los errores y vicios humanos, que hasta entonces había sido el objeto peculiar de la poesía o de la elocuencia. El anuncio ocupaba toda la primera plana y diez líneas más de la segunda del Diario, anuncio desde luego importante, y termina con los detalles concretos de la venta: “se vende en la calle de Desengaño, nº 1 tienda de perfumes y licores, pagando por cada colección de á 80 estampas 325 rs. Vn.”. El precio era el corriente de cuatro reales por grabado, pero las estampas solían venderse en las librerías o en la Real Calcografía establecida en la misma Imprenda Real; Goya, por lo visto, no quería perder de vista las suyas y las ofrecería a la venta en la indicada tienda de perfumes y licores por encontrarse ésta al lado de su casa, en la calle de Valverde, número 15. Con las mismas indicaciones volvió a aparecer el Anuncio, bastante abreviado, en la Gazeta de Madrid del 19 de febrero. Solo estuvo a la venta 14 días. En 1803, por temor de que los Caprichos cayeran en manos extranjeras, decidió ofrecer las planchas y los 240 ejemplares disponibles al rey, con destino a la Real Calcografía, a cambio de una pensión vitalicia de 12.000 reales anuales para su hijo Javier.

Para conocer la génesis de los Caprichos es preciso remontarse unos años, concretamente a la década de 1780, en la cual Goya comenzó a relacionarse con algunos de los más importantes intelectuales del país, Gaspar Melchor de Jovellanos, Juan Meléndez Valdés, Leandro Fernández de Moratín y Juan Agustín Ceán Bermúdez que lo introdujeron en los ideales de la Ilustración. Compartió con ellos la oposición al fanatismo religioso, a la superstición, a la Inquisición y a algunas órdenes religiosas. Pretendían leyes más justas y un sistema educativo acorde con el individuo. Todo ello lo criticó humorísticamente y sin piedad en estas láminas. Consciente del riesgo que asumía y para protegerse, dotó a algunas de sus estampas con rótulos imprecisos, sobre todo las sátiras de la aristocracia y del clero. También diluyó el mensaje ordenando ilógicamente los grabados. De todas formas, sus contemporáneos entendieron en los grabados, incluso en los más ambiguos, una sátira directa a su sociedad y también a personajes concretos, este último aspecto el artista siempre lo rechazó.

Por “asuntos caprichosos”, Goya quería decir asuntos inventados por la fantasía, o sea, por el capricho, y no copiados ni de la naturaleza ni de otras obras, e insiste en que él “ha tenido que exponer a los ojos formas y actitudes que sólo han existido hasta ahora en la mente humana, oscurecida y confusa por la falta de ilustración o acalorada con el desenfreno de las pasiones”. Goya pretende, pues, presentar al público una serie de ochenta estampas originales, más o menos fantásticas, en las cuales ridiculiza los errores humanos comunes en toda sociedad y consagrados por “la autoridad, la ignorancia o el interés”. Al declarar su propósito de censurar errores y vicios humanos, Goya repite lo que siempre han declarado los escritores satíricos y cómicos, a saber, que sus composiciones no ridiculizaban los defectos particulares de uno u otro individuo, puesto que “la pintura (como la poesía) escoge en lo universal lo que juzga más a propósito para sus fines: reúne en un solo personaje fantástico circunstancias y caracteres que la naturaleza presenta repartidos en muchos…”.

Los Caprichos, que fueron realizados mediante una técnica mixta de aguafuerte, aguatina y retoques de punta seca, carecen de una estructura organizada y coherente, pero posee importantes núcleos temáticos. Los temas más numerosos son: la superstición en torno a las brujas, que le sirve para de forma tragicómica expresar sus ideas sobre el mal; la vida y el comportamiento de los frailes; la sátira erótica que relaciona con la prostitución y el papel de la celestina; y en menor número la sátira social de los matrimonios desiguales, de la educación de los niños, de la Inquisición. Algunos Caprichos satirizan vicios universales como la borrachera y la gula, la ociosidad o la lujuria, la vanidad o la hipocresía por medio de escenas o acciones reales o posibles en la actualidad; otros versan sobre tópicos del momento, la defectuosa educación de los niños o los perjuicios que resultan de la ignorancia y la superstición; pero todos ellos están concebidos desde el mismo punto de vista ilustrado, es decir, como aberraciones o enfermedades de la razón humana que se pueden y se deben corregir y desterrar. Goya se limitó a mostrar escenas tenebrosas aparentemente cotidianas ideadas en unos escenarios extraños e irreales.
Prácticamente en la primera mitad presentó sus grabados más realistas y satíricos criticando el comportamiento de los seres humanos desde el prisma de la razón. En la segunda parte muestra grabados fantásticos donde abandonó el punto de vista racional y siguiendo la lógica del absurdo pintó visiones delirantes con seres extraños. El grupo más original donde la fantasía goyesca alcanzó la máxima expresión con las invenciones más desbordantes se conoce como Brujerías o Sueños.

En la primera parte, uno de los grupos más numeroso y más autobiográfico es el dedicado a la sátira erótica. El amargo desengaño amoroso con la duquesa de Alba está planteado en varias estampas donde principalmente critica la inconstancia de la mujer en el amor y su impiedad con los amantes. La feminidad es planteada como señuelo donde la dama seduce sin comprometer su corazón. Además y como contrapunto aparece en segundo plano la confidente y guía de la amores femeninos, la vieja celestina.
Un segundo grupo critica los convencionalismos sociales, Goya lo hace deformando hasta la exageración los rasgos de los que encarnan los vicios y torpezas humanas. La contemplación de estos individuos no ofrece lugar a dudas, la ferocidad con que están presentados nos lleva de forma irremediable a condenarlos sin remisión. En las imágenes que se presentan a continuación se critican los matrimonios de conveniencias y la lascivia masculina.

BIBLIOGRAFÍA