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martes, 6 de febrero de 2018

EL RETABLO MAYOR DE LA IGLESIA PARROQUIAL DE GERIA


En la capilla mayor de la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción de Geria, localidad muy próxima a Valladolid capital, existe un interesantísimo retablo de finales del siglo XVI que será el protagonista del presente post, esperando que un día os acerquéis a verlo en vivo y en directo dado que tanto el retablo como el pueblo bien merecen una visita. Entrada dedicada a una geriana de pro, Laura.

Como la inmensa mayoría de los retablos resulta ser una obra de colaboración de diversos maestros pertenecientes a diferentes artes. Así, los encargados de ejecutar la parte arquitectónica, es decir la mazonería, fueron los entalladores palentinos Cobos de Flandes, Jerónimo de Amberes, Antón de Santa Clara y Juan Ortiz el Viejo II, los cuales realizaron su trabajo hacia 1574, no efectuándose la tasación de esta parte hasta 1580, momento en el que se estimó la obra en unos 920 ducados. Casi dos décadas después, 1598-1604, el dorador Luis Aguirre de Villoldo procedió a dorar el retablo y policromar sus imágenes. Hasta aquí llega la documentación, la cual guarda silencia acerca de quienes fueron los maestros que llevaron a cabo la escultura y la pintura. Actualmente, se viene atribuyendo la escultura al palentino Manuel Álvarez, el gran factótum de imaginería palentina de la segunda mitad del siglo XVI; y la pintura al segoviano Alonso de Herrera.
Como datos generales, lo primero que debemos saber es que es un retablo renacentista plateresco de tipo purista con influencias romanistas en su traza. El retablo, que se adapta perfectamente a la altura del templo y a la disposición poligonal de la cabecera, posee una concepción ascensional, es decir verticalista. Se compone de un banco, dos cuerpos con cinco calles y un ático. Esta disposición es muy similar a la de los retablos mayores de las parroquiales de Villaprovedo y Melgar de Yuso.

A continuación veremos el programa iconográfico que compone el retablo: en el banco observamos una serie de relieves de personajes sagrados (los cuatro Evangelistas y otras cuatro figuras femeninas que quizás pudieran ser virtudes), así como de la Adoración de los Pastores y de la Epifanía; completan el banco dos esculturas de San Pedro y San Pablo en sendas hornacinas. A finales del siglo XVIII o comienzos del XIX se procedería a renovar el tabernáculo, cambiándose quizás uno contemporáneo del retablo por el actual neoclásico.

La Adoración de los Pastores
San Pablo
Epifanía
Los dos siguientes cuerpos combinan escultura en relieve y en bulto redondo, y tablas pintadas. Así, el primer cuerpo lo preside una graciosa representación de la Asunción de la Virgen, en la que figura una ingenua María rodeada de ocho angelitos; en las hornacinas inmediatas, que son bastante estrechas y están flanqueadas por columnas figuran las esculturas de San Gregorio y San Agustín; mientras que las calles laterales las copan las pinturas de la Anunciación y la Visitación.

San Agustín
Asunción
San Gregorio
Pasando al segundo cuerpo, en el centro se dispone un relieve de la Transfiguración del Señor en el monte Tabor, el cual como sucedía en el cuerpo inferior se haya flanqueado por los otros dos Padres de la Iglesia San Ambrosio y San Jerónimo; finalmente en los extremos figuran las otras dos pinturas: los Desposorios y la Huida a Egipto. Estos dos cuerpos se hayan animados por dos pulseras con decoraciones renacentistas en los laterales.

San Ambrosio
La Transfiguración
San Jerónimo
Ya en el ático centra la composición un Calvario, que tiene a sus lados dos hornacinas con las imágenes en escultura de San Sebastián y un Santo Obispo (¿San Blas?), concebidas en una escala inferior al resto. Justo encima del Calvario, en el tímpano, se halla un busto del Padre Eterno bendiciendo; mientras que a los lados tenemos dos clípeos en los que figuran bustos femeninos. Todo el ático se halla animado con niños recostados que juguetean con guirnaldas de frutas.

La parte escultórica posee en su mayor parte bastante calidad, aunque se observan distintos estilos. Como señala Parrado: los relieves y esculturas del banco son de gran calidad. Se trata de esculturas de canon alargado, con mucho movimiento. Los tipos y la tensión existente en esta obra proceden del estilo de Alonso Berruguete: los cabellos echados hacia atrás y pegados del estilo de Cobos de Flandes, las barbas alargadas. Sin embargo, los plegados son pesados, dispuestos de manera elegante, enrollados al cuerpo, en lo que se advierte la influencia de Manuel Álvarez. Se relacionan con estos relieves del banco, la Asunción, elegante figura femenina y el relieve de la Transfiguración, en donde algunos tipos recuerdan los de algunas figuras del retablo de Melgar de Yuso.
Por su parte, las esculturas de los Padres de la Iglesia y en las del ático se eliminan las influencias de Berruguete, y se destacan por una fuerte monumentalidad y una fijación en los tipos avanzados de Álvarez, relacionados con figuras del retablo de Tudela de Duero, aunque tienen menor fuerza que aquéllas y el plegado es menos elegante. En cambio, el San Jerónimo presenta una técnica de pliegues pesados, cayendo de forma desigual, muy similar al San Sebastián del ático. Un estilo más vulgar, con menor gracia, se observa en las esculturas de San Ambrosio y el Santo Obispo del ático.
Pasando a la parte pictórica, las cuatro tablas que hoy se pueden ver, y que son las originales del retablo, estuvieron ocultas hasta 1973 por cuatro lienzos de idénticas medidas y temáticas realizados en el siglo XVIII. Desconocemos el motivo para tapar las originales, y más si tenemos en cuenta de que estos lienzos dieciochescos, que actualmente se encuentran colgados en las paredes de la capilla mayor, son de una calidad pésima. Posiblemente la razón fuera de que las tablas originales estuvieran bastante deterioradas y se quiso preservarlas lo mejor posible.

El retablo mayor cuando aún conservaba las pinturas del siglo XVIII tapando las originales. Fotografía propiedad del Departamento de Historia del Arte de la Universidad de Valladolid
La Anunciación del siglo XVIII que sirvió para tapar la homónima del siglo XVI
La Visitación del siglo XVIII que sirvió para tapar la homónima del siglo XVI
Señala Urrea que en un principio se consideró que las tablas podrían haber sido pintadas por Luis Aguirre de Villoldo en 1598. Sin embargo, tras la consulta de los libros de cuentas de la iglesia parece claro que este maestro se ocupó de dorar el retablo. En una visita parroquial se alude a que “el retablo de esta iglesia está dado a dorar a Luis Aguirre de Villoldo escultor vecino de Valladolid”. El proceso de dorado del retablo y policromado del mismo y de las esculturas se demoró entre 1598-1603, año este último en el que los pintores Pedro Díaz Minaya y Gabriel Vázquez de Barreda dieron el visto bueno al dorado y policromado efectuado por Aguirre de Villoldo, el cual no llegaría a cobrar sus emolumentos.

La Visitación
La Huida a Egipto
Finalmente, en cuanto a la calidad de las tablas, que es excelente, refiere Urrea que pueden “relacionarse con la de una personalidad de formación muy italiana, tanto por su elegancia y colorido como por su composición, conociéndose aún muy poco sobre los pintores que trabajan en Valladolid durante el último tercio del siglo XVI si se exceptúa la figura de Gregorio Martínez de cuya primera creativa no se conocen obras documentadas. No obstante es muy probable que su autor sea el segoviano Alonso de Herrera que por estas mismas fechas pintaba las tablas del retablo de Santa María de Mojados”. Por mi parte, me gustaría señalar que algunos tipos físicos y colores parecen recordar muy lejanamente al arte de El Greco.

BIBLIOGRAFÍA
  • PARRADO DEL OLMO, Jesús María: Los escultores seguidores de Berruguete en Palencia, Universidad de Valladolid, Valladolid, 1981.
  • URREA FERNÁNDEZ, Jesús (coord.): Retablos: Patrimonio restaurado de la provincia de Valladolid. 1, Diputación de Valladolid, Valladolid, 2008.

martes, 7 de junio de 2016

LA ESCULTURA DE "SANTA CATALINA" (Pedro de Ávila, 1711-1712) DE LA IGLESIA PARROQUIAL DE GERIA


Hoy toca moverse de la capital, pero no mucho ya que nos vamos a la hermosa localidad de Geria, distante tan solo a unos cuantos kilómetros de la villa del Pisuerga. Antes de nada deseo dedicar este post a Laura, historiadora del arte y geriana de pro. Pues bien, en la iglesia parroquial de Geria se conserva una escultura de Santa Catalina de Alejandría que, aunque pasa bastante desapercibida por su colocación, es una obra indudable de Pedro de Ávila (1678-1755), el escultor vallisoletano más importante del primer tercio del siglo XVIII. Cuando se redactó el Inventario Artístico de Valladolid, en el cual se la definía como “Santa Catalina Virgen y Mártir, del siglo XVIII”, la imagen estaba situada bajo el coro.

Actualmente, Santa Catalina preside la hornacina del ático de un retablo situado en el lado de la Epístola junto a la puerta de entrada al templo. El retablo, que se encuentra articulado a través de cuatro estípites, está compuesto por un pequeño banco, un cuerpo con tres calles (las laterales más estrechas) y un ático rematado en semicírculo. En la cúspide del ático se exhibe una medalla adornada en la cual figura un anagrama que aludirá a la Virgen, decorado con tallos y una cabeza de angelote. El retablo puede ser fechado en el primer cuarto del siglo XVIII, si bien desconocemos que esculturas le integrarían en origen. Probablemente este retablo será el que figura reseñado en el Catálogo Monumental de Valladolid como “retablo barroco del siglo XVIII. Contiene una Virgen de vestir de este siglo”. Si hacemos caso del anagrama del medallón del ático, y a que Martín González refiere que el retablo estaba presidido por una Virgen de bastidor, parece claro que se realizó ex profeso para esta imagen mariana.

Llama la atención el hecho de que tanto el fondo de la hornacina principal como el de la del ático el fondo van pintado. La pintura del ático presenta un paisaje con árboles y un amplio cielo nublado; mientras que la de la hornacina principal es un paisaje parecido, aunque en el cielo aparecen unas cabezas aladas de serafines, lo que parece reforzar la idea de que esta hornacina la ocupó la referida Virgen de bastidor. Alrededor del hueco hay un marco formado por cabezas de angelotes separadas por sus propias alas. Es probable, tanto por tamaño como por su adaptación al marco, que la escultura de Santa Catalina que tratamos se encontrara en origen en esta misma hornacina del ático. En la actualidad, completa el retablo unas imágenes modernas de la Virgen de Fátima en la hornacina principal, y de San Cristóbal y el Niño Jesús de Praga en las laterales.

Como decíamos, Santa Catalina es obra, a no dudarlo, de Pedro de Ávila a la vista de los rasgos estilísticos que presenta su rostro. Además no falta su típica manera de disponer los pies (en un ángulo de 90º y separados por un pliegue afilado de la túnica) y la presencia del característico pliegue a cuchillo. Este pliegue no se está desarrollado en su totalidad, por lo que la escultura pertenecerá a los primeros años de su segunda etapa (1707-1713). Así lo confirma uno de los libros de fábrica de la parroquia, el cual nos señala que su ejecución se efectuó en el año 1711 o comienzos del siguiente. En 1711 el visitador general del obispo, don Andrés de Orbe y Larreátegui “colegial en el mayor de Santa Cruz de la ciudad de Valladolid”, realiza una Visita a la parroquia durante la cual examina los diferentes retablos y señala que en el “altar de Santa Catalina halló que su efigie de talla por antiguo y deslucido no estaba de suerte que causare devoción al pueblo mandó se quitase y en su lugar y nicho se pusiese otra imagen de talla de la misma santa que se hiciese con la mayor brevedad a costa del caudal de la Cofradía sita en su altar y capilla”. Esta antigua “efigie” de Santa Catalina que se encontraba en tal mal estado debía de estar situada, si hacemos caso de la visita realizada por el citado visitador el 2 de julio de 1702, en el colateral del Evangelio: “Altares. Visitó el altar mayor y halló ser de la advocación de Nuestra Señora de la Asunción y el altar con su ara, sábana y frontal con toda decencia. Visitó el altar colateral del lado del Evangelio que es su título de Santa Catalina y halló estar con su ara, sábana y altar y por ser el ara pequeña mando su merced que cuando se halla de decir misa en él se ponga otro portátil. Visitó el altar colateral del lado de la Epístola su título es de Nuestra Señora de la Purificación y halló estar con su ara, sábana y frontal con toda decencia”.

Santa Catalina de Alejandría (que posee cierto parecido en su disposición con la santa homónima que se atribuía a Juan de Ávila en el vallisoletano Convento de Santa Catalina, tras el cierre de este cenobio desconozco a cual otro fue a parar) aparece de pie, con la pierna derecha levemente adelantada, conformando el típico contraposto al que acostumbra el escultor. Eleva su mano derecha, en la cual porta la espada con la cual fue martirizada, mientras que el brazo izquierdo lo dispone oblicuamente. En esta última mano quizás pudo portar la palma del martirio, al igual que el citado modelo de su padre. A sus pies se sitúa una corona, que quizás la llevara puesta en la testa, y la cabeza cortada del Emperador Maximiano, su perseguidor y asesino. Según Santiago de la Vorágine, ese verdugo no fue Maximiano sino el emperador Majencio. La cabeza apenas es visible debido a su posición y a la altura a la que se encuentra; a pesar de ello observamos que va coronada y que el rostro es el de un personaje bastante moreno con largos bigotes. Extraña que no figure su atributo más característico: la rueda con cuchillas en la cual fue martirizada.

JUAN DE ÁVILA (atrib.). Santa Catalina (finales del siglo XVII). Convento de Santa Catalina. Valladolid
Viste una túnica verde hasta los pies, de los cuales tan solo observamos las puntas. El cuello de la túnica tiene las solapas vueltas. Por encima un ampuloso manto rojo, recorrido por una esplendorosa cenefa dorada sobre la que figuran motivos botánicos en diferentes colores, que le cubre gran parte del cuerpo, sujetándose una parte en su axila izquierda y el otro extremo sobre el hombro derecho (este detalle lo observamos en muchísimas ocasiones, parece que lo pudo tomar de los San Juan Bautista de su padre y de Gregorio Fernández). Los pliegues son berninescos como podemos observar en el acuchillamiento presente en las dobladuras que forman la rodilla adelantada, los pliegues que chocan contra el suelo o los situados en la parte derecha a la altura de la cintura, los cuales se doblan sobre sí mismos dejándonos ver el envés. Concibe el manto a través de grandes concavidades situadas en diversos planos. También está presente el pliegue incurvado en la túnica y en ciertas partes del borde del manto. Sea como fuere, la combinación de ambos pliegues dota a la escultura de un movimiento muy naturalista y una apariencia delicada muy dieciochesca.
El rostro, que sigue los parámetros generales a los que nos tiene acostumbrados Ávila durante su segunda etapa, es muy similar al de la de la Virgen de la Anunciación conservada en Renedo (Valladolid), al del San Miguel de Castil de Vela (Palencia) y al del San Juan Evangelista de la catedral vallisoletana. El pelo se distribuye simétricamente desde su nacimiento hasta las puntas, las cuales se recogen en la parte trasera de la cabeza, a la altura del cuello. Como en la mayoría de las ocasiones, las melenas se distribuyen a ambos lados del rostro en sinuosos mechones que ocultan ambas orejas.

En definitiva, estamos ante una excelente escultura que bien merecería la plena contemplarse más de cerca. Se trata de otro ejemplo más de escultura vallisoletana dieciochesca de calidad que ayuda a romper esa creencia (totalmente falsa) de que la escultura del siglo XVIII en la escuela de Valladolid no vale la pena.

BIBLIOGRAFÍA
  • MARTÍN GONZÁLEZ, Juan José (dir.): Inventario artístico de Valladolid y su provincia, Ministerio de Educación, Valladolid, 1970, p. 139.
  • MARTÍN GONZÁLEZ, Juan José: Catálogo Monumental de la provincia de Valladolid. Tomo VI. Antiguo partido judicial de Valladolid, Diputación de Valladolid, Valladolid, 1973, p. 45.