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jueves, 18 de julio de 2013

LA CAPILLA DEL RELICARIO DE LA COLEGIATA DE VILLAGARCÍA DE CAMPOS II: Los retablos colaterales


Al ya comentado retablo mayor de la Capilla del Relicario, acompañan otros dos retablos colaterales. Uno, en el lado del evangelio, dedicado a Santa Inés, y otro en el lado de la epístola, dedicado a Santa Lucía. Ambos fueron realizados en 1670 por el mismo ensamblador que el retablo mayor, Cristóbal Ruiz de Andino, el cual cobró por su ejecución 6.300 reales. Los dos retablos son idénticos. Aunque poseen una traza similar al retablo mayor, ambos están tallados con un mayor resalto. Componen un admirable conjunto, donde arquitectura y escultura armonizan admirablemente. Las hojas carnosas, henchidas de vitalidad, se retuercen gustosamente, creando acentuado claroscuro. Resalta orgullosamente la gran tarjeta central, colocada sobre una placa recortada. En las enjutas se encrespan abultados cogollos. Todos estos motivos vegetales, pintados de rojo, verde y azul, apagan moderadamente el rico destellar del dorado.
La escultura invade ambos retablos. En la hornacina principal se sitúa la santa titular. En su ático se coloca una escena de martirio de un santo, y a cada lado otro santo. En cada intercolumnio del cuerpo principal se sitúan otras dos imágenes, una encima de la otra. Finalmente en la parte baja del retablo cinco hornacinas con otros tantos santos.

Retablo de Santa Lucía
Retablo de Santa Inés
Salvando a las santas titulares de ambos retablos, Santa Inés (1673) y Santa Lucía (1682), realizadas, respectivamente, en 1673 por Alonso de Rozas y en 1682 por Juan Antonio de la Peña, el resto de esculturas son obra de Tomás de Sierra. El trabajo del riosecano, realizado en 1696, comprende 26 esculturas: 24 pequeñas estatuillas de santos y dos grupos de santos en su martirio, en un tamaño algo mayor que las anteriores. Sierra cobró 4.400 reales “en que se concertaron (…) todas las estatuas de los nichos de los dos colaterales del Sagrario”.

RETABLO DE SANTA INÉS
La advocación del retablo a Santa Inés tiene su razón de ser por cuanto la fundadora de esta capilla, llamada Inés de Salazar, mandó en su testamento que se hiciese una imagen de la santa, de mediana estatura, tallada en madera.
La hornacina central está presidida por la imagen de la Santa Inés, obra del escultor Alonso de Rozas, realizada en 1673. A Rozas “se le pagaron mil reales por cuenta de las estatuas de Santa Inés y otros dos mártires que está haciendo”. La escultura es de líneas correctas, pero sin especial relieve. El plegado de los vestidos está hábilmente dispuesto. El cordero que tiene en su brazo izquierda tiende hacia la Santa con ese naturalismo propio del barroco, en el derecho portaría seguramente la palma del martirio.

Las doce pequeñas estantes restantes del retablo son obra de Tomás de Sierra, que fue el gran artífice de la obra escultórica de la Capilla del Relicario. En la parte central del ático está representado el martirio de San Bartolomé, cuya composición está tomada del conocido grabado de José de Ribera, y no sólo la composición, sino hasta los tipos y la indumentaria. El santo se encuentra atado a un madero, mientras los verdugos comienzan a desollarle; ya se ve el brazo izquierdo en carne viva con gran realismo. Sin lugar a duda, Sierra tuvo presentes los barros que Juan de Juni realizó para la iglesia de San Francisco de Medina de Rioseco. Los verdugos con su risa diabólica reproducen las actitudes de los sayones en los pasos de Semana Santa. Del dorado y estofado de la historia de San Bartolomé, y de la de San Esteban se encargó Jerónimo de Cobos, el cual percibió 600 reales.

A uno y otro lado de este grupo, en los extremos del ático, se hallan las estatuas de San Cosme y San Damián, médicos, tocados con el birrete de Doctores. En las hornacinas superiores, cerradas con cristal, que se corresponden simétricamente, están los huesos de dos cráneos de Las once mil vírgenes; envueltos en finos paños de seda. En las hornacinas formadas por las columnas se encuentran el apóstol San Felipe y el centurión San Marcelo. En los dos nichos inferiores están los apóstoles Santo Tomás y San Mateo, a uno y otro lado. En las hornacinas situadas al nivel de la mesa de altar se sitúan otras cinco estatuas de pequeño tamaño, de unos 37 cms.: San Francisco de Asís, San Antolín, San Vicente, San Buenaventura y San Agustín. La policromía y el dorado tan fino y delicado de todas estas imágenes se debe a Jerónimo de Cobos; en las dalmáticas de los diáconos San Antolín y San Vicente se pueden apreciar unos paisajes.

RETABLO DE SANTA LUCÍA
Al igual que en el otro retablo, la imagen de la santa titular se encuentra en la hornacina central. La escultura, de tamaño natural, fue realizada en 1682 por el escultor Juan Antonio de la Peña. Se la representa al modo tradicional, en pie, con los ojos en una bandeja. Conserva el convencionalismo de pliegue duro en sus vestidos.

Las demás estatuas del retablo, realizadas por Tomás de Sierra, se distribuyen de la siguiente manera: en las cinco hornacinas de la parte baja del retablo se pueden admirar cinco bellísimas imágenes, con las mismas características que las del retablo frontero de Santa Inés: San Bernardo, San Benito, San Antonio Abad, San Antonio de Padua y San Ambrosio. En las hornacinas del intercolumnio de la izquierda están San Judas Tadeo y Santiago el Menor. En las hornacinas del lado derecho San Lorenzo y San Calixto. En las dos hornacinas superiores, envueltos en paños de seda, se conservan huesos de nueve cráneos de Las once mil vírgenes. En los extremos del ático aparecen dos reyes, uno vestido a la usanza de la época y otro con indumentaria militar romana. Son San Luis Rey de Francia y San Enrique, Emperador de Alemania y Rey de Romanos. En el centro del ático está la escena del martirio de San Esteban protomártir. Es una composición barroca, llena de vida y movimiento. El Santo es una figura fina y elegante. A sus lados están los verdugos: uno de ellos se agacha a coger las piedras para lanzárselas, mientras el otro se dispone a tirarle las que tiene recogidas en su jubón. Este grupo escultórico es “claramente juniano” a juicio de Martín González. También según Martín González, la obra maestra de todas estas pequeñas estatuas es San Benito, la cual “reencarna el San Bruno de Gregorio Fernández. Embriagado en la santa lectura, su corazón salta de alegría, apareciendo en su faz una  dulce sonrisa; aquí no es solamente la iluminación mística, sino el santo deleite que prefigura el matrimonio espiritual con Dios”.



SI TE INTERESÓ PUEDES VER:
LA CAPILLA DEL RELICARIO DE LA COLEGIATA DE VILLAGARCÍA DE CAMPOS I: El retablo mayor
LA CAPILLA DEL RELICARIO DE LA COLEGIATA DE VILLAGARCÍA DE CAMPOS III: Otras obras de arte

BIBLIOGRAFÍA
  • MARTÍN GONZÁLEZ, Juan José: Escultura barroca castellana, Fundación Lázaro Galdiano, Madrid, 1959.
  • PÉREZ PICÓN, Conrado: Villagarcía de Campos: estudio histórico-artístico, Institución Cultural Simancas, Valladolid, 1982.

domingo, 9 de junio de 2013

LA CAPILLA DEL RELICARIO DE LA COLEGIATA DE VILLAGARCÍA DE CAMPOS I: El retablo mayor


La Capilla del Relicario es un conjunto del tercer cuarto del siglo XVII, que tiene una gran unidad estética e iconográfica a pesar del variado número de manos que intervinieron en ella, tanto arquitectónica como escultóricamente. Dicha capilla, de un tamaño mucho mayor al resto de capillas de la iglesia, se sitúa a los pies del templo, en el lado de la epístola. Dicha capilla rompe la rigidez de la planta jesuítica.
El retablo mayor fue realizado en 1665 por el ensamblador Cristóbal Ruiz de Andino, aunque siguió las trazas diseñadas por el escultor riosecano Lucas González. Andino contrató el retablo en Valladolid, lugar donde residía, por un precio de 6.600 reales. Se trata de una “maquina” tetrástila, de columnas corintias, “robadas” las de los extremos. Presenta cogollos en el friso y en las enjutas del arco principal. Al modo gigante, abarcan estas columnas tres cajas para contener esculturas. El ático ofrece una portada principal, flanqueada por machones decorados con festones y una cartela voluminosa en el tambanillo. Toda la parte arquitectónica está decorada con motivos vegetales pintados en rojo, verde y azul, que suavizan el brillo del dorado. Las hojas carnosas de abultado relieve cactiforme crean un acentuado claroscuro. El retablo fue dorado y estofado en 1667 por el estofador vallisoletano Felipe Gutiérrez, el cual percibió 2.885 reales.

En el ostentorio de este retablo hay una arqueta de color rojo con reliquias de diversos Santos, envueltas en papel, cada una con su nombre.
El retablo está presidido por una imagen de la Inmaculada, realizada por el escultor Alonso de Rozas en 1666, y policromada por Tomás de Peñasco. La imagen sigue de cerca el modelo creado por Gregorio Fernández, con una media luna a sus pies y tres cabezas de angeles. También se debe a Alonso de Rozas la talla de la puerta del tabernáculo, que representa en su parte superior al Espíritu Santo en forma de paloma, rodeado de cuatro ángeles y en la inferior al simbólico Cordero del Apocalipsis sobre el libro de los siete sellos, inmolado. Un ángel recoge su sangre en un cáliz. Se le pagaron al escultor 650 reales por la imagen de la Concepción y 250 por la puerta del sagrario.

En el ático se disponen las imágenes de San Pedro, en el nicho central, y a los lados San Lucas y San Marcos. Las tres imágenes fueron realizadas en 1678 por el escultor gallego, aunque afincado en Valladolid, Juan Antonio de la Peña. La imagen de San Pedro, de mayor tamaño que las laterales, está colocada sobre una peana decorada con hojas de acanto y dos brazos relicarios. De la policromía de estas tres estatuas se encargó en 1682 el dorador vallisoletano Alonso Gutiérrez.

San Pedro
San Lucas
San Marcos
En los intercolumnios de cuerpo principal se sitúan otras ocho imágenes: cuatro esculturas y cuatro relieves. Ambos intercolumnios siguen una disposición de un relieve en la parte superior y otro en la inferior, mientras que en los dos pisos intermedios se sitúan otras tantas esculturas.
En el segundo piso de esculturas se sitúan San Pablo, a un lado, y Santiago el mayor al otro. Ambas imágenes están atribuidas a Juan Antonio de la Peña. San Pablo apoyado en la espada, símbolo de su martirio (al ser ciudadano romano no le crucificaron como a San Pedro, sino que murió decapitado al filo de la espada). Santiago el Mayor aparece caracterizado con su esclavina, las dos conchas y el bordón de peregrino en forma de cruz. Las cinco esculturas relacionadas de una manera u otra con Juan Antonio de la Peña forman parte de un encargo que se le realizó, en el citado año de 1678, por el cual debía de esculpir treinta y siete estatuas para esta capilla de las reliquias a cambio de 15.240 reales. Solo consta que realizó las referidas y la de Santa Lucía del retablo colateral de la epístola. Se desconoce el motivo por el que no cumplió con su compromiso, puesto que siguió trabajando para otros muchos lugares.

San Pablo
Santiago el Mayor
El resto de imágenes del retablo mayor, fechadas en 1695, pertenecen a la gubia del riosecano Tomás de Sierra. En las hornacinas situadas debajo de las de San Andrés y Santiago el Mayor, están San Andrés y San Matías; el primero aparece recostado de una forma muy naturalista sobre la cruz aspada, instrumento de su martirio; mientras que el segundo, con un ademán oratorio, porta en su mano izquierda la palma del martirio. En las hornacinas extremas de cada intercolumnio se sitúan cuatro deliciosos relieves que nos muestran a otros tantos santos en escenas de interior. En las superiores aparecen San Jerónimo y Santo Tomás de Aquino, mientras que en las inferiores Santa María Egipciana y Santa María Magdalena.

San Andrés
San Matías
Santo Tomás de Aquino se encuentra escribiendo en su celda. Sierra capta el momento en el que el santo ha recibido la inspiración divina, encaminando la mirada hacia arriba, mientras su rostro se enciende. Merece recalcarse el valor de este relieve por cuanto representa una escena de interior, algo muy escaso en la escultura castellana. Haciendo juego con este relieve, en el lado del evangelio aparece San Jerónimo penitente en la cueva, con un león a sus pies, al que, según la leyenda, había sacado una espina.

Santo Tomás de Aquino
María Magdalena y María Egipciana se hallan en sus respectivas cuevas entregadas a la penitencia. La primera viste el típico traje de espadaña con el que se la suele representar. Sus cabellos se deslizan largamente; medita, empuñando la cruz y la calavera. Santa María Egipciaca cubre su cuerpo con su propia cabellera. Aparece leyendo, con el rostro compungido. La mano derecha la lleva al pecho con toda unción. Las rocas y los arbustos se retuercen suavemente, con la blandura del arte juniano, que influyó intensamente en Sierra.

Santa María Magdalena
Santa María Egipciaca
Finalmente, en las hornacinas abiertas en los basamentos de las columnas corintias del retablo, están las estatuillas de los dos Santos Juanes. San Juan Evangelista tiene a sus pies el águila, y escucha extático la revelación divina en la isla de Patmos; pluma en mano, se dispone a ir escribir en un libro abierto, que sostiene en su mano izquierda. Es una imagen con una actitud muy elegante. San Juan Bautista parece predicar; técnicamente está bien esculpido, pero su rostro resulta insípido; viste con la consabida piel de camello. En la iglesia de San Fructuoso, de Villada (Palencia), hay una réplica de mayor tamaño, en la que el artista apuró más el detalle y dio al rostro más profunda emoción. Por cada una de las ocho imágenes que realizó, Sierra recibió 250 reales excepto el relieve de San Jerónimo que costó 300. La pintura corrió a cargo de Jerónimo de los Cobos. Todas ellas son figuras de primer orden.

San Juan Evangelista
San Juan Bautista

BIBLIOGRAFÍA
  • PÉREZ PICÓN, Conrado: Villagarcía de Campos: estudio histórico-artístico, Institución Cultural Simancas, Valladolid, 1982.
  • MARTÍN GONZÁLEZ, Juan José: Escultura barroca castellana, Fundación Lázaro Galdiano, Madrid, 1959.
  • PARRADO DEL OLMO, Jesús María: Catálogo Monumental de la provincia de Valladolid. Tomo XVI. Antiguo partido judicial de Medina de Rioseco, Diputación de Valladolid, Valladolid, 2002.