martes, 10 de septiembre de 2013

LOS CRUCIFICADOS DE JUAN DE JUNI EN LA PROVINCIA DE VALLADOLID


La provincia vallisoletana cuenta entre su inmenso patrimonio con una buena colección de crucificados de Juan de Juni, tanto documentados como atribuidos. Aunque todos presentan el inconfundible estilo personal del maestro, es posible señalar entre ellas una diversidad, surgida no sólo de su diferente tamaño sino también del canon utilizado y del mayor o menor contenido expresivo, oscilante entre el más extremado patetismo y la serenidad clásica.
Las imágenes de Cristo en la cruz las podemos hallar de dos maneras, ya sea como escultura aislada o bien formado parte de un conjunto más amplio como es el Calvario, es decir junto a la Virgen y a San Juan. Las conservadas se incluyen fundamentalmente en el primer grupo.
La principal característica que tienen en común todos estos crucificados es que están tallados en madera, cosa que puede parecer sin importancia, pero es que Juni no solo trabajo este material, también utilizó el barro, la piedra, etc… Todos ellos, salvo una excepción, presentan a Cristo muerto aunque parecen que acaban de expirar, sin que a sus cuerpos, desplomados, haya llegado la laxitud de la muerte. La cuidada policromía, a pulimento, subraya el efecto de la sangre de una manera natural, tiñendo en parte el paño de pureza, las más de las veces blanco con borde dorado y dispuesto generalmente de forma diagonal aunque su relevancia es diversa: en algunos casos muy ostensible y de gran barroquismo; más blando y desapercibido en otros. Todos los crucificados tienen los pies cruzados, traspasados con un único clavo, de dedos muy crispados en ocasiones; las extremidades inferiores, por su disposición de notable retorcimiento, pueden parecer cortas muchas veces. Todos también tienen incorporada la corona de espinas, en la mayor parte de los casos muy integrada en el cabello. La mayoría de las réplicas no pueden fecharse exactamente. A falta de identificar -si es que se conserva- el Crucificado al que alude el cardenal Tavera, que parece estaba hecho en 1537, los demás que han llegado hasta nosotros fueron encuadrados por el profesor Martín González en el periodo central y en los últimos años de su producción.

CALVARIO (Valladolid. Museo Nacional de Escultura, 1556)
Este Calvario es el que en 1556 se comprometió a realizar Juni para la capilla funeraria que D. Antonio del Águila, obispo de Zamora, poseía en el convento de San Francisco, en Ciudad Rodrigo, podía considerarse como una de las obras más difíciles de su producción, hasta el punto que Gómez Moreno al referirse a ella dice que Juni "no supo crear aquel sino grotesca agitación sin profundidad ni alma". La razón principal estaba -ahora se puede constatar- en la espantosa policromía de chirriantes colores que, sobre una gruesa capa de yeso, recubría las figuras impidiendo apreciar su valor escultórico. Su eliminación ha supuesto que las imágenes de la Virgen y San Juan, cuya policromía estaba prácticamente perdida, hayan quedado "en blanco", es decir en el color de la madera de nogal en que están talladas, conservando sólo algunos restos de color. Se ha revelado así la calidad de las piezas, especialmente en el caso de la Virgen, que deben asignarse a la mano del maestro, desechando la idea de que pudiese ser obra de taller. El Cristo ha conservado en parte su excelente policromía original, con algún repinte. En consecuencia el Calvario resulta, a juicio de Fernández del Hoyo, obra destacadísima entre la producción juniana, precisamente por su profunda expresividad.

Parece lógico que Juni cuidara este encargo pues estaba destinado a un lugar donde la contemplación no sería muy lejana, a un cliente ilustre y a una Orden de su predilección: la franciscana. Se da la circunstancia de que en la escritura de concierto, fechada el 8 de junio de 1556, se incluye un compromiso autógrafo del propio Juni, el más largo escrito que de su mano se conserva, y datado dos días antes. Dio noticia del contrato de "ciertas obras" Llaguno, recogiéndola sin más precisión el conde de la Viñaza, pero lo publicó Martí y Monsó. En él se dice que  la obra debe ser "labrada estofada y encarnada y acabada en la perfección y buena orden... para que su señoría Reverendísima esté de mi satisfecho y de la obra muy contento" insistiendo en que "esté fecha conforme a la perfección de mi arte y habilidad que Dios me da a contento de su señoría". Las figuras serían "de proporción natural" que se estimaba en seis pies de vara (1,68 m.) de alto. Seguramente el comitente vería colmadas sus exigencias porque es obra de profundo sentimiento y muy representativa del momento de plenitud de Juni.
La figura de Cristo, que mide dos metros desde los pies hasta las manos, está entre las versiones más singularmente junianas de esta iconografía. Está muerto, con la poderosa cabeza ceñida con llamativa corona de espinas e inclinada sobre el hombro derecho y el cuerpo, de potente anatomía, muy desplomado. Especialmente llamativo es el detalle del paño de pureza, que aparece desanudado, sosteniéndose caprichosamente por delante y volando libremente tras el costado izquierdo, en un inverosímil equilibrio propio de la creatividad del escultor.

La imagen de la Virgen María es magnífica. Aparece envuelta en una cascada de abundosas y blandas telas que en sucesivas capas recubren su cabeza y su cuerpo pero sin ocultar su corporeidad. A ellas se aferra con sus manos convulsas, mientras que el rostro dolorido se eleva hacia su Hijo. Al poder apreciar la escultura sin la policromía disminuye la fuerza de la imagen devocional en beneficio de la pura técnica escultórica.
Quizá resulte más inquietante, por su rebuscada postura de forzado manierismo, la figura de San Juan que Azcárate tachó de "desagradable", y que sin embargo desempeña un importante papel en el drama sacro invitando al espectador a contemplarlo como lo hace José de Arimatea en el Entierro del obispo Guevara. El ademán de su mano derecha, que eleva la punta de su manto, es muy inequívocamente juniano.

Tras la Desamortización y la ruina del convento, el Calvario se trasladó al palacio que en esa población poseía el Marqués de Espeja, heredero de los Águila donde lo identificó Gómez Moreno. En 1997 fue adquirido por el Estado a sus propietarios y asignado a las colecciones del Museo Nacional de Escultura, de Valladolid. Mirad que bonito estaba el Calvario antes de llegar al museo y ser restaurado (la foto no está trucada):


CALVARIO (Valladolid. Catedral, 1545-1561)
Esta imagen ya fue tratada en. Se trata de uno de los Crucifijos más clásicos y serenos entre los realizados por Juni; en contraste, la Virgen, abatida por el dolor, se desploma en el suelo en total desmayo, de tal modo que su brazo derecho, abandonado, pende hacia el vacío; San Juan trata de incorporarle mientras que la Magdalena, a sus pies, solloza.


CRUCIFIJO (Valladolid. Monasterio de las Huelgas Reales)
Imponente obra, de tamaño natural (177 cm.). En el Tumbo Nuevo, que se conserva en el archivo monasterial, se cita en la Sala Capitular "Un Christo Crucificado de escultura muy grande y muy devoto, el cual está con mucha decencia por haberlo adornado de arquitectura suficiente la señora doña Aldonza de Navarra, hija de Juan de Navarra, monja de este monasterio". El Cristo, conservado hoy en una de las naves que sirven de deambulatorio al coro bajo, estuvo en la Sala Capitular, hoy desaparecida, que se construiría a mediados del siglo XVI y se adornaba con escudos en que figuraban las cadenas de Navarra. Acerca de doña Aldonza de Navarra, dice Masoliver que en 1572, por expreso deseo del rey Felipe II, fue enviada como abadesa al monasterio de San Clemente, de Toledo, con objeto de impulsar su observancia. De allí pasaría al cenobio de Jesús, de Salamanca, donde murió en 1587.

Identificado por García Chico, fue dado a conocer por Martín González quien lo supone realizado al final del periodo central. Muy manierista, es quizá el más estilizado de los realizados por el maestro, aunque musculoso, con las extremidades inferiores más largas de lo que suele hacer pero resultando los brazos  algo cortos. La cabeza difiere de otros por su rostro más juvenil, la barba rematada en dos puntas y el mayor relieve de la corona de espinas. Aunque tiene la herida del costado, parece acabar de expirar. La anatomía del trono es de potente modelado y el paño de pureza, que presenta un gran nudo frontal, vuela tras el muslo derecho.
En la actualidad, ubicado en el museo conventual, escoltan al Cristo de Juni, completando la representación del Calvario, las figuras de la Virgen, San Juan y la Magdalena, obras atribuidas al escultor romanista Adrián Álvarez.


CRUCIFIJO (Olivares de Duero. Iglesia parroquial de San Pelayo, h. 1550)
El presente Crucifijo (97 cm.), dado a conocer en 1955 por Martín González, estaba situado en un retablo barroco de la iglesia de Olivares de Duero (Valladolid). Al evidente patetismo de la escultura, se unía su lamentable estado de conservación porque, además de repinte y enyesado, había sufrido el corte de los brazos a la altura del hombro para, mediante un elemento introducido en la fractura, convertirlo en articulado seguramente con destino a una ceremonia de descendimiento y entierro. La completa restauración a que fue sometida la pieza por la campaña 1998-99 de restauraciones llevadas a cabo por la Diputación Provincial de Valladolid con la colaboración de la Junta de Castilla y León y el Arzobispado de Valladolid, ha devuelto a la obra toda la grandeza original. Hoy se venera en un retablo de la nave del evangelio en la parroquia de San Pelayo, donde forma un Calvario junto a un San Juan y una Virgen María de hacia 1600.

La escultura, que Martín González sitúa en el periodo central juniano, conceptuándola próxima al Cristo del Calvario de Ciudad Rodrigo, es dramática sobre todo en la crispación de las extremidades inferiores, muy nervudas; sin embargo el torso muestra sobre todo un apurado estudio anatómico, blandamente trabajado, y la expresión del rostro es serena. El paño de pureza, de notables dimensiones, se anuda en la parte delantera y vuela por detrás de la cadera derecha.

CRUCIFIJO (Valladolid. Museo Diocesano y Catedralicio)
Aunque hallado en la iglesia de San Andrés, este Crucifijo (95 cm.) procede de la desaparecida Cartuja de Aniago (Valladolid). Su estado de deterioro, debido al ataque de la carcoma -ahora controlado- dificulta pero no impide apreciar su cualidad de obra personalísima del escultor. Más enjuto que la mayoría de los tallados por Juni es también uno de los más patéticos su retorcida figura, en especial las combadas piernas, evocan el expresionismo de Grünewald. La policromía es mate.


CRUCIFIJO (Valladolid. Museo Nacional de Escultura, h. 1550)
Este crucifijo (101 x 81 cm.) de pequeño tamaño fue dado a conocer por Martín González en 1974, cuando pertenecía a una colección del escultor vallisoletano José Luis Medina de Castro, de quien lo adquirió el Estado, en 1981, con destino al Museo Nacional de Escultura. Aunque está sin documentar, es obra indudable de Juni, respondiendo a las características del arte del maestro, como muy acertadamente analiza Arias Martínez.
Para Martín González, que lo fecha en torno a 1550, dentro del periodo central de la producción del artista, presenta, no obstante, similitudes con el existente em Mojados, algo posterior. Se trata de un Cristo muerto, con el sereno rostro inclinado sobre el pecho, formas redondeadas y miembros cortos. La disposición del paño de pureza, más sucinto y blando en este caso, se subraya por la sangre que fluye del costado mezclándose con el orillo dorado que lo bordea y resbalando luego entre las piernas.

 

CRUCIFIJO (Mojados. Iglesia de Santa María, h. 1560)
Este pequeño crucifijo (88 cm.) fue dado a conocer, como otros muchos, por Martín González, en 1955, quien lo clasificó en el periodo central del artista y una fecha próxima a 1560, en razón a su gran parecido con el Cristo del Calvario situado en el retablo de la Antigua. No obstante, es de las tallas de mayor serenidad de esta iconografía, tanto en el cuerpo, de potente modelado, como en el tratamiento del paño de pureza, acusando la inclinación hacia el clasicismo que experimenta el estilo de Juni al avanzar su carrera. La policromía muestra algunas deficiencias de conservación.


CRISTO DE LA EXPIRACIÓN (Valladolid. Convento de Santa Teresa, h. 1570)
Pieza singular entre los crucificados de Juni es el Cristo, llamado de la Expiración (118 cm.), de tamaño menor del natural, que se encuentra en el claustro del convento de carmelitas descalzas de Valladolid. Es obra personal de Juan de Juni, que Martín González fecha en la década de los setenta. Le distingue de las restantes imágenes de esta iconografía creadas por Juni el hecho de que esté aún vivo, si bien parece al final de su agonía, quizá en el momento de pronunciar una de sus últimas palabras: "Padre ¿por qué me has abandonado?".
 
Entre la documentación conservada en el archivo conventual no hay constancia sobre la procedencia de la obra, sin embargo la historia del convento puede ayudar a esclarecer algunas circunstancias y a establecer una hipótesis. La fundación de Valladolid, realizada por Santa Teresa gracias al apoyo y mecenazgo de doña María de Mendoza, viuda de don Francisco de los Cobos y hermana de don Álvaro de Mendoza, obispo de Ávila y decidido protector de la reformadora, tuvo lugar en un primer emplazamiento, a las afueras de la villa el 15 de agosto de 1568. Sin embargo, muy poco después, en febrero de 1569, las monjas pudieron adquirir una casa para su establecimiento definitivo merced a los 2.600 ducados que la Mendoza donó. La estrecha relación que esta señora y su hermano el obispo mantuvieron con Santa Teresa y la protección que la dama dio al convento, adquiriendo el patronazgo de su capilla mayor, hacen razonable suponer que fuese ella también quien costease la escultura. En contra de esta hipótesis está el que no se menciona en los libros del convento, donde tantas veces aparece el nombre de doña María, pero a favor el hecho de que la dama fuese cliente de Juni a quien en 1572 encarga la realización de la escultura de San Segundo, patrono de Ávila, para la ermita de su nombre. En torno a esa fecha, antes o después pudo regalar a su amiga Teresa la impactante escultura.

Poco conocido precisamente por su permanencia en la clausura conventual, lo que ha favorecido también su buena conservación, este Crucifijo es obra de excelente calidad y profundo sentimiento. El cuerpo potente y crispado, realzado por una policromía muy clara, está lleno de tensión que se incrementa por el violento giro de la cabeza hacia arriba. No es posible saber si esta particularidad iconográfica pudo deberse a una sugerencia de la comitente o responder a un personal deseo de Teresa de Jesús, que vería así plasmada algunas de sus místicas revelaciones.

CRUCIFIJO (Valladolid. Convento de San Pablo [procedente del Convento de Santa Catalina])
Un valor añadido, de índole biográfica, tiene este Crucifijo, respecto a los demás: el ser hecho para el convento donde, aunque sin precisar el lugar, se encuentra sepultado Juni junto a parte de su familia, conforme a sus disposiciones testamentarias. Como se ha dicho, es posible que razones de índole familiar pesasen en esta decisión de enterrarse allí ya que su suegro, padre de María de Mendoza su tercera mujer, fue durante años mayordomo del convento. El Cristo estuvo hasta hace no mucho en un sencillo retablo de medio punto, en una pared del evangelio de la pequeña iglesia dominica, un lugar que no estaba pensado inicialmente para él sino para otro crucifijo de menor tamaño; por eso resulta excesivamente grande para el arco que lo cobijaba, superponiéndose a su moldura.

Fotografía de cuanto el Crucifijo se encontraba en la iglesia de Santa Catalina
La imagen, que había pertenecido a doña Elvira Rojas, marquesa de Alcañices, fue donada en 1584 por su hijo y heredero D. Luis Enríquez de Almansa, probablemente en razón de que su hermana doña Aldonza de Castilla, era entonces la priora del convento y que su propia hija, María, ingresó también en él. Aunque la voluntad del donante fue que el Cristo estuviese siempre en el retablo mayor "para que todos los que entraren en la iglesia le vean y recen a él", la adquisición del patronazgo de la capilla mayor por otra familia debió forzar el traslado a su nuevo emplazamiento, donde, por otra parte, era sumamente visible. La primera y segura atribución a Juni se debe a Gómez Moreno, quien lo comunicó a Agapito y Revilla.
Se cuenta esta escultura entre las versiones más clásicas y serenas de su autor, lejos del patético retorcimiento y del expresionismo de otras imágenes del Crucificado, como han destacado Weise y Martín González. Bastante estilizado, tiene un cuidado estudio anatómico que el paño de pureza deja ver generosamente, aunque quizá es excesivamente plano. La excelente policromía semimate y la buena conservación general contribuyen a la perfección de esta obra.
A causa del traslado de las religiosas de Santa Catalina, el Crucifijo se encuentra actualmente en la capilla mayor del convento dominico de San Pablo.


BIBLIOGRAFÍA
  • FERNÁNDEZ DEL HOYO, María Antonia: Juni de Juni, escultor, Universidad de Valladolid, Valladolid, 2012.

martes, 3 de septiembre de 2013

EL ESCULTOR JUAN GURAYA URRUTIA (1896-1965). Vida y obra del "maestro de la Sagrada Cena"


El escultor Juan Guraya Urrutia, aunque perteneciente a la escuela vasca, ocupa un lugar fundamental dentro de la imaginería vallisoletana del siglo XX al tallar, para mi gusto, el paso más importante y de mayor calidad después de todos los elaborados por la escuela vallisoletana durante los siglos XVII y XVIII.
Juan Guraya Urrutia ocupa un merecido lugar entre los maestros de la imaginería vasca, siendo su “gubia litúrgica”, como la denominó Mario Ángel Marrodán, de gran perfección. Cultivó fundamentalmente la escultura religiosa, aunque también tocó las obras de carácter civil y cultural entre las que cabe citar varias esculturas del Capitolio de la Habana o el monumento a los marinos mercantes de la misma capital cubana, el monumento a la Reina María Cristina en San Sebastián. De su legado quedan obras en Getxo (como las tallas de la parroquia de San José de Romo o las de la iglesia  de Las Mercedes), Elorrio, Deusto, Bilbao, La Habana, Texas, y por supuesto Valladolid.

Juan Guraya Urrutia
Juan Guraya Urrutia, que nació en Bilbao en 1896, inicia su formación artística a los once años, cuando circunstancias familiares obligaron a que dejara el Colegio en donde recibía enseñanza básica para ponerse a trabajar con su padre, un reconocido ebanista de cuyas manos salieron los espléndidos muebles que llenaron los salones de los palacios y chalets de Getxo y Bilbao a comienzos del siglo XX.
Fue precisamente en uno de estos palacetes, el perteneciente a la familia Lezama-Leguizamón, situada en la cornisa de Arriluce, entre Algorta y Las Arenas, donde las habilidades del joven Juan Guraya fueron percibidas por primera vez por alguien que, por fortuna para él, tenía los medios económicos y la intuición suficientes para considerar que las virtudes potenciales del aprendiz de ebanista Guraya debían ser desarrolladas y estimuladas.

Buen Pastor (La Peña-Bilbao. Iglesia del Buen Pastor)
Busto a mi nueva hija (Las Arenas)
Busto de Elosegui (Tolosa)
Busto de Insausti (Tolosa)
Esta persona fue la Sra. de Lezama-Leguizamón, la cual hizo reanudar los estudios al muchacho, tras pasar cuatro años como ayudante de su padre. En el Colegio de los Padres Salesianos de Barakaldo, en donde ingresó, empezó a manifestar su interés por la escultura y a evidenciar unas cualidades apreciables para su práctica. Hasta el punto estaba clara esta vocación que los propios Salesianos sugirieron que Juan Guraya fuera trasladado a su Colegio de Sarriá, en Barcelona, para dedicarse allí exclusivamente al arte. Ni él, ni su padre, ni su mecenas encontraron desacertada la propuesta, de modo que hacia los diecisiete años ya estaba en Barcelona especializándose.
Su aprendizaje catalán no duró más de tres o cuatro años, ya que tras ese tiempo regresó a Bilbao. Pudo deberse a su carácter independiente, deseoso de no sujetarse a demasiadas normas rígidas y a aprendizajes rutinarios, ya fuera por insatisfacción personal o por la distancia que le separaba del País Vasco, el hecho fue que puso fin a esa experiencia, con lo que perdió el amparo y la pensión de los que hasta entonces habían sido sus protectores.

Busto de San Francisco (Bilbao. Padres Franciscanos)
Busto de su hermana (Bilbao)
Cabeza de Cristo (Bilbao)
Cristo abrazando a San Bernardo (Bilbao. Padres Franciscanos)
No resulta apreciable en la escultura de Guraya una influencia catalana adquirida en estos momentos en que Barcelona era sede de una intensa actividad escultórica representada por Eusebi Arnau, Enric Clarasó, Josep Clará, Josep Llimona, Carles Maní y otros muchos. Referencias familiares, sin embargo, dan cuenta de una relación con Miquel Blay. Podría decirse que Guraya pudo adoptar de este grupo de artistas modernistas y simbolistas el gusto por dotar a la escultura de la capacidad transmisora de variados conceptos espirituales o religiosos.
De nuevo en Bilbao, con cerca de veinte años, se aproximó al entorno de la Escuela de Artes y Oficios de Achuri, en la cual vivían todo su apogeo una generación de escultores, como Quintín de la Torre, Moisés Huerta, con quien Guraya colaboró en Cuba erigiendo monumentos públicos, Higinio Basterra, a quien ayudó a partir de 1913 en el Monumento a los Niños del Ensanche, para el cementerio de Derio, así como en uno de los más populares Gargantúas de Bilbao y también en las cuadrigas del Banco de Bilbao en Madrid, Federico Sáenz… Trabajó, asimismo, durante 1918-1919 con León Barrenechea en la realización del Monumento a la Reina María Cristina, en San Sebastián.
Antes de asentar su carrera se esforzó por informarse en aquellos lugares en donde creía poder encontrar las claves que le ayudaron a centrarse para realizar “su escultura”. De esta manera, realizado el servicio militar, se trasladó a Madrid y colaboró con escultores como Mateo Inurria y Collaut Valera, quien en colaboración con el arquitecto Muguruza ganó en 1923 el concurso para el Monumento al Sagrado Corazón de Bilbao. No debió de sentirse muy satisfecho con lo que Madrid le proporcionaba y regresó a Bilbao, si bien fue únicamente para volver a salir, esta vez en dirección a París.

Cristo Crucifiacdo (Santurce. Colegio de San Francisco Javier)
Cristo Crucificado (Bilbao. Padres Franciscanos)
Cristo Crucificado (Etxebarri. Iglesia de San Esteban)
Cristo Crucificado (Romo-Getxo. Iglesia de San José Obrero)
Si París, tras Barcelona y Madrid, era en verdad la meta acertada por ser el centro artístico que más actividad renovadora y creativa desarrollaba en la Europa de aquel momento, sin embargo, ello no quiere decir que Guraya entrara de lleno en esos ambientes experimentadores. Bien al contrario, se mantuvo en un clima de relaciones bastante similar al que podía haberse creado en cualquier ciudad de provincias.
El paso por la capital francesa pone de manifiesto un hecho que merece la pena destacar: un artista puede encontrarse en el centro de la vorágine creativa y renovadora más potente y mirar tranquilamente en dirección contraría sin percatarse de qué está sucediendo a su alrededor, o bien de percatarse pero no llegar a sentir interés por ello.
El contacto más importante, por su posterior repercusión, fue el realizado con el escultor ruso-francés Droucker. Casi con seguridad él fue el responsable del viaje que Guraya realizó a Cuba en 1924. En la isla realizó varios monumentos públicos (al Maine, al General Máximo Gómez –ambos en colaboración con Moisés Huerta–, a la Marina Mercante…) y, sobre todo, colaboró en la decoración escultórica del Capitolio, llevada a cabo junto con Droucker y el también escultor Angelo Zanelli. Además, trabajó para diversos particulares, así como para órdenes religiosas como las Clarisas y los Franciscanos que ya le empezaban a demandar una iconografía religiosa que después se haría habitual en él. Con todo, el mundo de imágenes religiosas no le era ajeno, puesto que su primera obra conocida, aunque desaparecida, es un busto de Baltasar.

San Francisco Javier yacente (Elorrio. Panteón de la Familia González Lund)
Detalle de San Francisco Javier yacente
San José y el Niño (Santurce)
De la isla pasó al continente; México y Estados Unidos conocieron de su trabajo, y como prolongación de los encargos religiosos, realizó una Nuestra Señora de Fátima para la iglesia de los Padres Oblatos de San Juan, en Texas.
Al regresar a Bilbao recibió encargos para ejecutar él solo y otros paralelos para colaborar ocasionalmente con los Basterra, Huerta, Torre y otros, además de mantener relaciones con Victorio Macho, Julio Beobide, Enrirque Barros, Juan de Avalos, Garrós, Larrea… Como se puede observar, su círculo de amistades y relaciones explican parte del por qué de su escultura.
Su colaboración fue demandada por diversos arquitectos para detalles de ornamentación escultórica de los edificios que proyectaban, siendo concretamente edificios de carácter público en su mayoría. Así, Antonio Araulce le encargó el escudo de la fachada del Ayuntamiento de Getxo; Emiliano Amann le solicitó seis piezas para el Colegio de los Salesianos de Deusto, distribuidas por fachada, patios y capilla; colaboró también con Amann en el Hospital de San Juan de Dios, de Santurce, en la parroquia del Buen Pastor, en La Peña-Bilbao, en las Trinitarias de Deusto, en la parroquia de San Bartolomé y otras más; por encargo de Manuel María Smith trabajó para la parroquia de Echévarri, y para la de San Luis Beltrán, en Torre-Urizar, Bilbao; Ricardo Bastida le encomendó en 1916 el frontón con cuarenta y dos figuras de las Escuelas de Félix Serrano, en Indauchu-La Casilla, Bilbao.

Piedad Izaguirre de Urquijo (Deusto-Bilbao)
San Luis Beltrán (Bilbao. Iglesia de San Luis Beltrán)
Santísima Trinidad (Lejona. Iglesia de San Bartolomé)
Tuvo estudios y talleres en diversos emplazamientos: en Zabálburu, en la marmolería Ribechini, en el muelle de La Naja, en Zugastieta, en Neguri, naturalmente en La Habana, y por último, en el barro de Romo, en Getxo. Un singular taller montó transitoriamente en la segunda planta de la Escuela de Artes y Oficios al objeto de realizar su obra más importante: La Sagrada Cena.
Trabajó con alabastro, marfil y mármoles de Carrara, Bélgica y Almería. Las variadas maderas que utilizó procedían siempre de lugares concretos: el pino, de Soria y del norte de Europa; la caoba, de Cuba; el limoncillo, del Brasil; el ébano y el palosanto, de América Central; el tejo y el enebro, de las montañas de León; el boj, de Navarra; y el nogal, de Asturias y de León. Acostumbraba a abocetar y a modelar todas sus obras en barro.
Guraya gustaba de trabajar, siempre que podía, con modelos del natural. De ahí esa cierta sensación de fisionomía reconocible que se tiene ante sus figuras, de realismo extraído directamente del entorno inmediato, de caras escultóricas que uno sospecha ver cotidianamente en algún lugar de la calle. Bien es cierto que ese realismo está teñido, principalmente en las figuras religiosas más dramáticas –Cristos en la cruz, algún San Francisco…– de una soterrada tensión expresionista, lograda a base de afilar y enfatizar los rasgos corporales o faciales.

Sin embargo, los retratos de niños y familiares carecen de esta carga tensa y dura; por el contrario, muestran caras delicadas y facciones suaves ejecutadas en la mejor y más clásica tradición retratística del Durrio joven trabajando para la familia Echevarrieta.
Esta importancia concedida por Guraya al modelo le hizo viajar a Tetuán en busca de hombres norteafricanos, de origen judío, que pudieran servirle para la gran composición de La Sagrada Cena. El escultor valoraba la precisión y la exactitud de la imagen portadora de una idea. Si él era capaz de reproducir con nitidez la realidad –por puro dominio técnico–, la realidad tenía que aproximarse lo más posible a la idea. No le bastaba con que el modelo se pareciera a lo que quería reproducir, tenía que ser exactamente el mismo que había imaginado, y sí para encontrarlo era preciso viajar al Norte de África, viajaba allí.


BIBLIOGRAFÍA 
  • VV.AA.: Homenaje a Juan Guraya, escultor, Parroquia de San José Obrero, Getxo, 1990.