martes, 8 de abril de 2014

COFRADÍA DE LA PASIÓN: La Elevación de la Cruz (Francisco del Rincón, 1604)


Y he aquí también cómo Rincón puede conceptuarse como el gran innovador de los pasos vallisoletanos, formados por figuras numerosas y monumentales de madera, en sustitución de los viejos pasos de papelón o lino, de figuras múltiples y reducidas”. Con estas palabras se refería Juan José Martín González al hito logrado por Francisco del Rincón con su paso La Elevación de la Cruz. Como bien dice Martín González, el gran mérito que posee este paso es que fue el primero que, estando compuesto por varias imágenes de tamaño natural, realizadas en madera policromada, desfiló por las calles vallisoletanas (ya existían precedentes de imágenes aisladas, con carácter procesional, realizadas en madera policromada, por ejemplo la Virgen de las Angustias de Juan de Juni). Esto suponía, además de una gran novedad, un desafío por cuanto hasta entonces las escenas procesionales se realizaban en papelón. Se puede decir que con este cambio, el concepto de teatro sacro callejero pasó a tener un carácter más permanente.
 
La característica fundamental de los pasos realizados en papelón era la ligereza que poseían, lo que permitía sacar a la calle composiciones con numerosas figuras, alcanzando alguna de estas escenas una gran altura (este hecho nos los subraya el cronista portugués Pinheiro da Veiga, el cual afirma, con exageración, que los pasos, muchos y muy hermosos, están armados sobre unas mesas, algunas tan grandes como casas ordinarias”. En contra del papelón jugaba la escasa calidad artística que se lograba con él, y sobre todo los problemas de conservación que traía un material tan endeble. Esta fragilidad, que la comprobamos en las continuas reparaciones que se realizaban en los pasos, fue, quizás, el punto de inflexión hacia los pasos realizados completamente en madera policromada, los cuales aseguraban una mejor conservación y perdurabilidad. Además, la madera también permitía realizar esculturas más monumentales y de mayor calidad artística. En cambio, la pesadez de la madera no favorecía la carga a hombros de los pasos. Este problema se solucionó gracias al ahuecamiento.

El paso fue realizado por Francisco del Rincón en 1604. Antes de que se descubriera la paternidad del paso, Agapito y Revilla se lo atribuyó, sin ninguna duda, a Gregorio Fernández, para ello se apoyaba en la forma de resolver los cabellos y los desnudos de los brazos. Agapito no andaba muy desencaminado en su apreciación puesto que algunos investigadores ven en las figuras de este paso el germen del primer estilo del gallego, y hasta se ha llegado a apuntar que Fernández pudiera haber colaborado. Fue José Martí y Monsó quien en el año 1901 documenta el paso como obra de Rincón tras consultar unas anotaciones de los libros de la Cofradía de Nuestra Señora de la Pasión en las que se citaban unos pagos al escultor. Las cantidades desembolsadas, en total 1.260 reales, efectuadas en el año 1604, hacían referencia a la hechura de un paso procesional, aunque nada se concretaba en cuanto a la temática del mismo.

Resulta bastante extraño que el cronista portugués Pinheiro da Veiga al relatar las procesiones vallisoletanas del año 1605 no cite el paso, el cual debía de estar ya acabado el año anterior, año en que se le terminaron de abonar a Rincón las últimas cantidades que se le debían. En cambio sí que nombra otros que poseía la cofradía: la Oración del Huerto, la Prisión (que debe ser el Prendimiento) y el de Nuestra Señora al pie de la Cruz, con Cristo Nuestro Señor en brazos, y las Marías. El que sí lo cita es Manuel Canesi, que le describe como “Cristo en la Cruz y los judíos tirando con unas sogas de ella para enarbolarla y los dos ladrones a su vista en el suelo de pie”.

LA RECOMPOSICIÓN DEL PASO
El siglo XIX fue el periodo más oscuro para las penitenciales, pues a la casi desaparición de la Semana Santa se añadió la desamortización llevada a cabo con las imágenes de sus pasos, las cuales pasaron a formar parte de las colecciones estatales. No todas las imágenes que conformaban los pasos procesionales corrieron la misma suerte: mientras que las titulares seguían en sus iglesias para el culto diario, las que formaban parte del historiado (sayones, santos, etc…) se almacenaron sin ningún cuidado en los sótanos de las penitenciales, lo que a la postre contribuyó a su deterioro y, en algún caso, a su desaparición. A raíz de esto, la Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción de Valladolid decidió recoger todas las imágenes, las cuales en 1842 pasaron a engrosaron los fondos del recién creado Museo Provincial de Bellas Artes.
Aunque en el museo las esculturas estaban mejor cuidadas, seguían estando desordenadas y sin catalogar. Todo cambió en la década de 1920 en la que se produjo un resurgimiento de las procesiones vallisoletanas, lo que contrajo la reconstrucción de los antiguos pasos procesionales. Agapito y Revilla realizó entonces el montaje del paso tal y como lo vemos en la actualidad. Para ello se sirvió, además de su criterio estilístico, de las instrucciones para formar los pasos de la Cofradía de la Pasión. El conjunto quedaba incompleto pues faltaba el Crucificado, el cual, según su opinión, se había perdido. En 1925 propuso que el paso se completaría “si se encontrase un Cristo crucificado, pero vivo y sin la lanzada, que no he podido hallar”. En 1929 comentaba que había localizado en la iglesia penitencial de la Pasión un Cristo con estas características, cuyo estilo creía que correspondía al de Rincón, de forma que ese habría de ser el titular. Agapito y Revilla estaba totalmente equivocado puesto que este Crucificado era la imagen titular del Paso nuevo de la Virgen y San Juan, obra atribuida a Francisco Díez de Tudanca.

El paso se terminó de completar en 1993, año en el que Luis Luna, durante una recomposición de los conjuntos procesionales que se guardaban en el Museo Nacional de Escultura, encontró el Crucificado original del paso en la clausura del Convento de San Quirce, erróneamente identificado hasta entonces como San Dimas. Seguramente, el Crucificado llegó, junto con otros bienes de la Cofradía de la Pasión, tras el cambio de sede de la cofradía debido al cierre de su templo penitencial en 1926. El Cristo de la Elevación, que Agapito y Revilla llegó a ver en su emplazamiento original, se alojaba en un nicho que flanqueaba el retablo mayor, “en lo que viene a ser crucero”.


ANALISIS ESTILÍSTICO
El episodio de la Elevación de la Cruz no es descrito en los Evangelios. En el mundo del arte no existen representaciones anteriores al Concilio de Trento, y aún después tampoco es muy frecuente, concentrándose la mayor parte de ellas en pintura y grabado. Según Louis Réau, el episodio de la Elevación de la cruz tiene su prefiguración en el Antiguo testamento, concretamente en la colocación por parte de Moisés de la serpiente de bronce en una pértiga. José Ignacio Hernández Redondo señala que Rincón pudo tomar como referencia el grabado titulado La Elevación de la Cruz, realizado por Aegidius Sadeler II en 1590 sobre composición de Christoff Schwartz.

Como hemos visto, la casi inexistente iconografía de La Elevación de la Cruz suponía un hándicap para Rincón, a lo que se sumaba la problemática de tener que trasladar esta escena al mundo de la escultura. Rincón se enfrentaba a dos grandes problemas a la hora de diseñar el paso: primeramente el cómo componer una escena teatral que transmitiera de forma creíble el esfuerzo que estaban realizando todas las esculturas, y a la vez la interconexión entre ellas mediante la utilización de diversas actitudes (miradas, posturas, flexiones, etc…). El otro problema consistía en lograr una visión completa, pues el paso en su discurrir por las calles de Valladolid sería visto desde multitud de puntos de vista. Como señala Martín González en referencia a los pasos de varias figuras, “la verdadera problemática se manifiesta a partir de tres figuras. Conforme el número aumenta, las dificultades de composición, se complican”.

Para la composición del paso, Rincón se sirvió de un esquema piramidal, siendo el vértice la cabeza del Cristo. A pesar de la aparente desorganización, el paso está distribuido de una manera simétrica: en la parte trasera se contraponen dos sayones, mientras uno parece empujar la escalera hacia arriba el otro tira su cuerpo hacia atrás para impulsarse y levantar la cruz; en la parte central un sayón separa a los dos ladrones; finalmente en la parte delantera se encuentran, también contrapuestos, los sayones denominados como “los reventados”, mientras uno avanza la pierna derecha, el otro hace lo propio con la izquierda. Todo ello contribuye a que el paso posea tres perspectivas: la frontal, la desarrollada en altura y la diagonal (esta última marcada por la cruz vista desde los costados).

Francisco del Rincón acredita un gran conocimiento de la puesta en escena, puesto que supo crear una escena teatral completamente compensada, en la que cada sayón está calculado dentro de la acción general. A ello hay que sumar una serie de elementos a través de los cuales el escultor logra la sensación de movimiento: los dos sayones “reventados” intentando elevar la cruz mediante las sogas, movimiento que logra plasmar a través de las fuertes torsiones de las cabezas, tocadas con gorros frigios, o con la colocación de las extremidades (detalle bastante expresionistas) en un juego de contrapuestos. Algo similar ocurre con el resto de personajes, los cuales están concebidos en posturas arriesgadas pero al mismo tiempo en actitudes compensadas. Otro elemento que ayuda a que el conjunto posea cierto dinamismo, además de un plus de realidad, es la inclusión en el Crucificado de un paño de pureza realizado en lienzo, y no tallado en la madera. Este paño produciría ondulaciones en su transcurrir por las calles vallisoletanas

El paso lo componen ocho esculturas: Cristo vivo siendo elevado en la cruz; los dos ladrones esperando su turno para ser crucificados; y cinco sayones, en muy diversas y movidas posiciones, que se afanan en realizar la elevación de la cruz. En la actualidad el paso se encuentra expuesto en el Museo Nacional de Escultura, salvo la imagen del Crucificado que se guarda en la clausura del Convento de San Quirce.
Las esculturas conjugan a la perfección un elegante manierismo romanista y un incipiente naturalismo. Son figuras calmadas, elegantes, surcadas de ritmos curvos (quizás debidos al influjo de Pompeyo Leoni). Entre las características que definen la obra de Rincón, y que podemos vislumbrar en las imágenes de este paso se encuentran: los pliegues paralelos de las calzas, la manera de recoger la camisa en el brazo, la manera de gesticular con los dedos (rasgo este último que heredará Gregorio Fernández). Según Jesús Urrea, la posible colaboración de Fernández en el paso la percibimos a través de una serie de particularidades que posteriormente serán utilizadas por él: elegantes actitudes, blando modelado, cabellos ensortijados…. Los distintos personajes están caracterizados fisionómicamente, presentando los sayones rostros burlescos, además de actitudes grotescas. Los ropajes poseen un colorido ciertamente llamativo. En contraposición a estos ropajes encontramos los cuidados desnudos de Dimas y Gestas, cubiertos solamente por un paño de pureza.
El Crucificado es quizás la imagen más interesante del conjunto. Representa a un Cristo vivo, con el cuerpo totalmente lacerado. Rincón tuvo la brillante idea de tallarle con una anatomía completa, incluido el sexo, lo que dotaba a la imagen de un mayor dramatismo. Este recurso será usado posteriormente por Gregorio Fernández (por ejemplo, se pueden reseñar el Cristo Yacente de la iglesia de San Miguel, o el Arcángel San Gabriel conservado en el Museo Diocesano y Catedralicio de Valladolid), el cual llegará a lograr unos excepcionales estudios anatómicos, lo que dota a la imagen de un mayor efecto dramático. El cuello y la cabeza realizan una violenta torsión, motivada por la ascensión de la cruz, lo que otorga a la escena una mayor sensación de movimiento y de teatralidad. La torsión del cuello que plasma Rincón en el Crucificado tiene su precedente en otro Crucifijo tallado por Juan de Juni que se conserva en la clausura del Convento de Santa Teresa de Valladolid.

Los sayones, que gozan de una gran fuerza expresiva, eran según palabras de Agapito y Revilla “de los que yo califico de muy buenos”. Asimismo, distinguía dos tipos de sayones, por una parte unos buenos “con figuras de actitudes violentas y rostros expresivos de bajas pasiones”, y por otra, otros de calidad “medianeja, no sólo en la traza, sino hasta en la técnica de la labor”.
El sayón de la escalera (1,96 x 0,60 x 1,08 m.) es una figura muy elegante. Mira hacia lo alto de la cruz observando el correcto desarrollo de la elevación. Agarra la escalera con las dos manos, teniendo el brazo izquierdo elevado y el derecho a la altura del estómago. Se encuentra tocado con un gorro frigio. El guerrero de la pértiga (1,63 x 0,54 x 1 m.) viste como un militar romano. La toracata posee decoraciones florales, todo ello tamizado por una policromía dorada. En la cabeza lleva un casco, el cual se encuentra sujeto a la cabeza mediante una cinta que pasa por debajo del mentón. El sayón que utiliza su hombro para elevar la cruz (1,40 x 0,64 x 1,11 m.) se encuentra también tocado con un gorro frigio. Viste toracata, calzas y botas, al igual que el resto de sayones. Mientras que con el brazo izquierdo realiza el esfuerzo para elevar la cruz, con la mano derecha parece indicar a los “sayones esforzados” que realicen el último impulso para izar la cruz. Finalmente tenemos a los sayones que tiran de las cuerdas (1,51 x 0,47 x 0,89 m. y 1,51 x 0,42 x 0,83 m.), idénticos salvo la comentada diferencia en el adelantamiento de las piernas.

Dimas (1,67 x 0,52 x 0,65 m.) y Gestas (1,65 x 0,60 x 0,68 m.) se complementan a la perfección mediante el giro brusco de sus cabezas. Esa complementación la podemos ver en otros aspectos: Dimas mira hacia el Crucificado en actitud serena, además de tener las manos atadas por la parte delantera del cuerpo. En cambio Gestas lleva las manos atadas a la espalda y dirige su mirada en actitud burlona hacia el público. Ambos están completamente desnudos a excepción de un paño que les cubre sus partes pudendas. Agapito y Revilla describía a los ladrones como “hechos con soltura, y no apuran el modelado; pero tienen rasgos que acusan la labor de artista entendido, y, sobre todo, unos rostros cínicos y burlones”.


REPERCUSIONES ARTÍSTICAS
El grupo procesional tuvo tal éxito que la Cofradía de Jesús Nazareno de Palencia decidió encargar una copia del mismo al escultor palentino Lucas Sanz de Torrecilla en el año 1614. Antes de encargar el paso, el alcalde de la cofradía visitó Valladolid para ver de cerca el modelo vallisoletano, su impresión no deja lugar a dudas: “es una cosa muy buena y que edifica mucho”. Aunque copia el modelo vallisoletano, en el palentino no se llegaron a tallar ni el sayón de la pértiga ni los dos ladrones.

Las tres fotos han sido obtenidas de: http://jesusario.blogspot.com.es/2014/03/la-ereccion-de-la-cruz.html

BIBLIOGRAFÍA
  • AGAPITO Y REVILLA, Juan: Las cofradías, las procesiones y los pasos de Semana Santa en Valladolid, Imprenta Castellana, Valladolid, 1925.
  • AGAPITO Y REVILLA, Juan: Catálogos del Museo de Bellas Artes de Valladolid. I, Escultura, Casa Santarén, Valladolid, 1930.
  • GARCÍA CHICO, Esteban: Los grandes imagineros en el Museo Nacional de Escultura, Gráficas Andrés Martín, Valladolid, 1965.
  • CANESI, Manuel: Historia de Valladolid (1750), Grupo Pinciano, Valladolid, 1996.
  • MARTÍ Y MONSÓ, José: Estudios histórico-artísticos relativos principalmente a Valladolid, Imprenta de Leonardo Miñón, Valladolid, 1898-1901.
  • MARTÍN GONZÁLEZ, Juan José: Escultura barroca castellana, Fundación Lázaro Galdiano, Madrid, 1959.
  • MARTÍN GONZÁLEZ, Juan José: “Los “pasos” procesionales de varias figuras en Castilla y León”, Primer congreso nacional de cofradías de Semana Santa, Diputación Provincial de Zamora, Zamora, 1987, pp. 123-133.
  • URREA FERNÁNDEZ, Jesús: “El escultor Francisco Rincón”, Boletín del Seminario de Estudios de Arte y Arqueología, tomo XXXIX, 1973, pp. 491-500.
  • VV.AA.: Pasos restaurados, Museo Nacional de Escultura, Valladolid, 2000.
  • VEIGA, Tomé Pinheiro da: Fastiginia: vida cotidiana en la corte de Valladolid, Ámbito, Valladolid, 1989.

jueves, 3 de abril de 2014

EL RETABLO MAYOR DE LA IGLESIA DE SANTA MARÍA DE CURIEL DE DUERO


Hoy volvemos a tierras de Peñafiel para ver otra obra maestra de nuestra retablística. Se trata del retablo mayor de la iglesia de Santa María de Curiel de Duero, que en origen no pertenecía a dicha iglesia, sino que procede de la iglesia de San Martín, también de esta localidad, desde donde fue trasladado en la década de 1950 al arruinarse aquélla.

El retablo se estructura a través de un pequeño sotabanco, banco, dos cuerpos, tres calles y ático. El estrecho sotabanco sobre el que se asienta el retablo presenta decoración plateresca. Así, en el lado epistolar apreciamos “putti” volanderos que sujetan cintas colgantes, guirnaldas con frutos y tarjas dentro de cueros recortados. En cambio, en el lado opuesto se divisan dos mujeres desnudas tenantes de una tarja encuadrada igualmente dentro de cueros recortados. En las esquinas, dos dados más avanzaos que el resto del basamento exhiben bustos.

El banco o predela contiene dos bajorrelieves alusivos a Adán y Eva: El Pecado Original en el lado del Evangelio, y la Expulsión del Paraíso en el de la Epístola. Entre los relieves corren en los extremos del banco unas pilastras con exedras aveneradas en las que se alojan una Santa Lucía en el borde derecho, en tanto que en el borde izquierdo se ha perdido la estatuilla original.

En el centro del banco tiene cabida el Sagrario, proveniente de otro retablo diferente aunque al compartir estilo resulta un conjunto muy armonioso. En la puerta figura un relieve de Cristo atado a la columna, escoltado a los lados por sendas figuras de San Pedro y San Pablo. Limitando con la custodia, dos plintos sirven de apoyo a los órdenes de los cuerpos y que, en el de la banda del Evangelio, luce un busto femenino en el centro encima del cual se coloca una mujer de cuerpo entero con “putti” y, el de la banda contraria, se decora con matronas, trofeos y cabezas de serafines desde las que parten guirnaldas con frutas. Los enveses están revestidos de calaveras, trapos colgantes, cintas entrelazadas y cabezas de querubines.
El relieve el Pecado Original está formado por las figuras desnudas de Adán y Eva, con las partes pudendas ya cubiertas. En el centro de la escena se halla el Árbol de la Ciencia el Bien y del Mal, aquel del que Dios les prohibió comer. Es el instante de la tentación en el que el diablo, en forma de serpiente con forma de mujer enroscada en un árbol frutal, se dirige en términos engañosos a una Eva que está a punto de tomar la manzana. Un segundo episodio pintado al fondo de la tabla nos muestra el instante de la creación de Eva.

En la Expulsión del Paraíso encontramos otra vez Adán y Eva desnudos aunque con sus “partes” cubiertas por unos troncos quebrados. Un ángel que blande una espada bajo el quicio de la puerta del paraíso les está echando del mismo. La puerta aparece representada por un arco de medio punto.

Hablando ya del primer cuerpo. El Nacimiento de Jesús ocupa el lado del Evangelio. San José figura en primer plano, algo infrecuente en las composiciones del siglo XVI, apoyando u mano diestra en un cayado. Es una imagen manierista, en movimiento, como la de María, que adora a su Hijo con las manos juntas en ademán devoto. El Niño descansa sobre el suelo rocoso y mira complaciente a su Madre, pero un ángel le tiende una sábana de suaves pliegues a modo de cuna en una bonita y singular forma de describir el evento.

La hornacina central de este primer piso debería cobijar a San Martín de Tours como santo titular de la parroquia de procedencia, pero desapareció. En la actualidad ocupa su lugar una Asunción gótica, flanqueada por seis ángeles, datable en la segunda mitad del siglo XV.

La Adoración de los Reyes Magos completa el primer cuerpo. Los personajes irradian elegancia, aunque llama poderosamente la atención la exquisita belleza de la Virgen y de sus ricas vestiduras de brocados. Los Magos también se atavían con distinción, particularmente el Rey blanco de pie, que alardea, además, de un refinado casco. El recién nacido mira al espectador y es, asimismo, una imagen de dulce faz. San José, en cambio, rompe la armonía reinante en el encasamiento, pasa a una discreta posición y queda distanciado anímicamente de la situación.

Ascendiendo al sobrecuerpo, en los plafones de los lados nos topamos con un San Marcos que está escribiendo en un pergamino sentado sobre lajas de piedra, acompañado de su animal distintivo, el león. En la casilla de la Epístola, distinguimos a un San Andrés con la cruz aspada donde fue martirizado que atraviesa todo el espacio. Ambos tableros tienen en común unos fondos arquitectónicos que solamente se insinúan.

En el centro de este segundo cuerpo descubrimos la Anunciación, en la que actúa en Arcángel San Gabriel volandero con la vara de azucenas en su mano izquierda en la que se enrolla una filacteria con la leyenda “Ave María Gratia Plena”. La otra mano está gesticulando, con el dedo índice curvado, en el momento de pronunciar el anuncio a María. Con el búcaro de flores en el suelo, símbolo de la castidad mariana, una cabeza de serafín alado descorre un telón, aunque falta el ángel simétrico del otro lado porque este panel está amputado en el extremo derecho. La imagen de la Virgen es también deliciosa en sus facciones y manto y describe una línea serpentinata en la forma de volverse hacia el mensajero, girando, pies, sobre su eje de izquierda a derecha, postrada ante un reclinatorio con un libro abierto. La paloma del Espíritu Santo preside el suceso desde las alturas.

En el ático, vemos el Calvario de rigor dentro de un frontispicio, con el Crucifijo, la Virgen y San Juan. El casillero está definido mediante columnas pareadas a los lados y en el tímpano la figura de Dios Padre, que bendice con una mano y con la otra sostiene la bola del mundo. Dos tondos con pinturas, que representan a Jesús Nazareno con la Cruz a cuestas y a una Dolorosa se asientan a modo de remate en las calles laterales. Sobre los ejes de las pulseras se aposentan unos jarrones con flores.

Las esculturas han sido atribuidas por el profesor Parrado del Olmo a Manuel Álvarez, concretamente a su primera etapa. Se trata de figuras de refinada belleza, que se mueven, donde la búsqueda de la perfección formal es norma. Las imágenes se ensalzan con carnaciones a pulimento que depuran sus facciones. Mejillas sonrosadas aumentan el atractivo de los tipos empleados, a lo que contribuye no poco la aplicación de la técnica de relieve aplastado que Álvarez copia de Alonso Berruguete y, sobre todo, de Juan de Juni.
Posteriormente, Parrado del Olmo habla de dos maestros que intervienen en esta fábrica. A Manuel Álvarez le adjudica el bajorrelieve de San Marcos, el de la Expulsión del Paraíso y, con dudas, el de San Andrés. A Juan Ortiz Fernández le asigna el Pecado Original, Nacimiento, Anunciación y Epifanía, matizando, además, que en estas tablas hay un menor interés por los fondos arquitectónicos que en las talladas por Álvarez. Asimismo propone el año 1560 como el de creación del retablo.

BIBLIOGRAFÍA
  • MARTÍN JIMENEZ, Carlos Manuel y MARTÍN RUIZ Abelardo: Retablos Escultóricos: renacentistas y clasicistas, Diputación de Valladolid, Valladolid, 2010.
  • VALDIVIESO, Enrique: Catálogo Monumental de la provincia de Valladolid. Tomo VIII. Antiguo partido judicial de Peñafiel, Diputación de Valladolid, Valladolid, 1975.