lunes, 11 de septiembre de 2017

EXPOSICIÓN: ALONSO BERRUGUETE EN PAREDES DE NAVA. A propósito de una exposición


En la localidad palentina de Paredes de Nava, villa natal de los Berruguete, y más concretamente en la iglesia parroquial de Santa Eulalia, en cuya pila bautismal recibieron las aguas sacramentales Pedro y Alonso Berruguete, se está realizando una pequeña exposición acerca de la figura de los tres miembros de esta excelente saga: el fundador, el pintor Pedro González Berruguete (c.1445-1503); su hijo, el pintor y escultor Alonso Berruguete (c.1489-1561); y el sobrino de éste, el escultor Inocencio Berruguete (h.1520-1575).

Paredes de Nava. Iglesia de Santa Eulalia
La exposición, que viene a ser un complemento ideal de la celebrada en el Museo Nacional de Escultura: “Hijo del Laocoonte. Alonso Berruguete y la antigüedad pagana”, reúne unas pocas obras a través de las cuales se repasa de manera global la carrera de estos tres artistas. En ella se concitan, además, piezas de otros artistas contemporáneos o que trabajaron con ellos, caso de Alejo de Vahía, excelente artífice con el que laboró Pedro Berruguete en, al menos que sepamos, los retablos de Santa Eulalia de Paredes de Nava y Santa María de Becerril de Campos. Sin duda la pieza estrella de la muestra es el retablo mayor de la iglesia, el cual no tiene ya nada que ver con el original creado por Pedro Berruguete y Alejo de Vahía puesto que fue modificado unas décadas después por Esteban Jordán, quien es el autor del grupo que preside actualmente el conjunto: el martirio de Santa Eulalia, con esas potentes figuras romanistas clásicas, rotundas y poderosas derivadas del clasicismo, de Juni y de Miguel Ángel.

INOCENCIO BERRUGUETE Y ESTEBAN JORDÁN. Retablo mayor (1561). Iglesia de Santa Eulalia. Paredes de Nava (Palencia). Se le añadieron las pinturas sobre tabla del retablo precedente, realizadas por Pedro Berruguete
ESTEBAN JORDÁN. La Degollación de Santa Eulalia
PEDRO BERRUGUETE. Tres profetas
Aunque se supuso que los Berruguete llegaron a Paredes de Nava de mano de los Manrique, señores de la villa, consta sin embargo el apellido Berruguete en Paredes de Nava mucho antes de la llegada de los Manrique, formando parte del pequeño patriarcado urbano de la villa, y ya en 1403 un García González Berruguete ocupó cargos en el concejo de Paredes. Se ha querido vincular a un “Alfonso, pintor”, activo a mediados del siglo XV en Paredes, con la familia, haciéndole incluso padre de Pedro Berruguete.
El hecho es que Pedro González Berruguete. Conocido como Pedro Berruguete (+ 1503), su hijo Alonso (+ 1561) y el sobrino de éste y nieto de Pedro, Inocencio Berruguete (+ h. 1575), sobresalieron en el panorama artístico de la Corona de Castilla. La familia siempre estuvo vinculada con Paredes de Nava, donde Pedro y seguramente Inocencio tuvieron taller abierto y para cuyas iglesias, especialmente Santa Eulalia, realizaron algunas de sus principales obras.

ALEJO DE VAHÍA. Abrazo ante la Puerta Dorada. Iglesia de Santa Eulalia. Paredes de Nava (Palencia)
A continuación se insertan las breves biografías de Pedro y Alonso Berruguete que figuran en la exposición, así como una cita muy sumaria de los discípulos más aventajados del “Hijo del Laocoonte”: Francisco Giralte, Manuel Álvarez e Inocencio Berruguete.

Pedro Berruguete
Pedro Berruguete nació hacia 1445 en la villa de Paredes de Nava, señorío de la importante familia Manrique en la Tierra de Campos palentina. Es un artista del que se conocen pocos datos biográficos, lo que contrasta con la importancia y calidad de su obra conservada, y del lugar que ocupa en la historia del arte español.
Se había supuesto que, tras una formación en algún taller castellano, trabajó con un pintor de Gante, Joos van Wassenhove, a quien llamamos en España Justo de Gante. Ambos artistas intervinieron en la decoración del “studiolo” de Federico de Montefeltro en su palacio ducal de Urbino. Lo aceptado por la crítica es que Berruguete viajó a Italia, probablemente antes de 1473, y ello le llevó a trabajar a Urbino. Parece que tras la muerte de Federico de Montefeltro, regresó a Castilla, donde ya se encontraba en 1483.

PEDRO BERRUGUETE. Santa Elena encuentra la Santa Cruz (h. 1490). Iglesia de Santa Eulalia. Paredes de Nava (Palencia)
Debió de tener taller abierto en su villa natal, a juzgar por los numerosos encargos que realizó para algunas iglesias del obispado de Palencia: además de las tablas del retablo de Santa Eulalia de Paredes de Nava que se reputan como su obra maestra, y las del retablo de Santa María de Becerril en el que también colaboró con el escultor Alejo de Vahía, realizó obras para Frechilla, Guaza de Campos y otras de la zona, especialmente en la Tierra de Campos. Es de resaltar que buena parte de su producción se hiciera para lugares más vinculados al patrocinio real o del entorno de los Reyes Católicos (Santo Tomás de Ávila, Cartuja de Miraflores, Capilla Real de Granada, díptico de la catedral de Palencia, San Ildefonso de Toro y Santa Cruz de Segovia).
Sus encargos y obras en la Corte de los Reyes Católicos demuestran la alta estima que tuvo su arte entre sus contemporáneos. Sus trabajos, encargados por personajes altos dignatarios de la Iglesia o de la Corte, culminarán con los tres retablos para la iglesia dominica de Santo Tomás de Ávila, panteón del primogénito de los Reyes Católicos, el infante don Juan, obra financiada por el Inquisidor General, cardenal Torquemada. Las pinturas de dos de estos retablos pueden admirarse en el Museo del Prado de Madrid, permaneciendo en el monasterio el mayor.
Todo parece indicar que Pedro Berruguete gozó de una posición desahogada, y de gran reputación en su tiempo, eclipsada después durante siglos por la fama de su hijo, el escultor Alonso Berruguete. Desconocemos la fecha de su muerte, aunque es probable que falleciera, quizás en Madrid, en los últimos años de 1503.

En la Provincia de Palencia se conservan algunas de sus principales obras: en la catedral, en el Museo Diocesano, en la Diputación Provincial, además de las señaladas en Becerril de Campos y en Paredes de Nava. Muchas obras suyas se conservan en museos y colecciones privadas, así en París (Louvre), Londres (National Gallery), Cleveland, Cincinatti (Ohio, USA), Madrid (Museo Municipal), Barcelona (Fundación Godia), entre otros.
En su estilo, Berruguete, une a las habituales influencias de las corrientes hispanoflamenca dominadora del panorama pictórico castellano en el último cuarto del siglo XV, algunas novedades extraídas del Quattrocento italiano, junto a un excelente dibujo, un color muy limpio, con unos verdes muy característicos y una gran capacidad de realismo, especialmente en sus personajes, lo que ha hecho que sea tenido como el precursor del gran retrato español y el primer pintor renacentista de Castilla.


Alonso Berruguete
Alonso González Berruguete (c.1489-1561) fue el hijo mayor del famoso pintor Pedro Berruguete (+ 1503). Sin embargo, por encima del hecho gremial de llevar a la continuidad el oficio paterno, Alonso alcanzó al entrar en contacto con la realidad italiana, proporcionó una dimensión genial.
Cuando en la década de 1920 el pintor José Moreno Villa decía que Alonso Berruguete no era hijo de Pedro, sino del Laocoonte, estaba poniendo de manifiesto la influencia que la escultura clásica y el aprendizaje de todas las novedades que acontecían en Italia, habían terminado por modelar al artista y a su obra.
El fallecimiento temprano de su padre, provocó que el primogénito emprendiera su carrera formativa con aspiraciones de un aprendizaje de mayor trascendencia, para abordar incluso su patria. En las declaraciones del expediente para ingresar en la orden de Santiago de uno de sus descendientes, el cura de Paredes don Jerónimo Aguilar, de 84 años, decía en 1603, que Alonso Berruguete “se fue mozo de aquí a Roma y a otras partes”, señalando un acontecimiento crucial, que tuvo una decisiva influencia en su trabajo como en su fama posterior.

ALONSO BERRUGUETE. San Jorge (1526-1532). Museo Naciona de Escultura. Valladolid
El viaje, el contacto con los grandes genios que renovaban la creación artística europea, el estudio de las antigüedades y la particular manera de entender las formas, dio como resultado un regreso fructífero en 1518. Alonso Berruguete, primero vinculado a la corte de Carlos I, que había llegado a España el año anterior y después como artista con taller independiente, se asentaba en Valladolid, donde construía su casa palaciega desde la que atendería a una selecta clientela, gravitando entre aquella ciudad y Toledo.
El uso del dibujo, como base de toda la creación, le permitió disponer de un importante grupo de oficiales que le ayudaron a plasmar su obra y a realizar conjuntos de tan extraordinarias dimensiones como el retablo de San Benito el Real de Valladolid o la sillería coral de la catedral de Toledo. Un lenguaje nuevo, un código diferente en las proporciones y en el vocabulario ornamental hizo de su producción una referencia obligada en la creación plástica del siglo XVI.
Berruguete además, cumplió un importante papel en la consideración del artista en la sociedad moderna. Su afán por dignificar la profesión le llevó a disponer de una considerable fortuna y a incorporarse al status de la pequeña nobleza española, adquiriendo la villa de Ventosa de la Cuesta, de la que serían señores sus sucesores, después del infructuoso intento de ser señor de Villatoquite. Una figura singular en fin, que tuvo en Paredes su patria y que es obligado recordar por tratarse de una de las personalidades más insignes del panorama artístico español de todos los tiempos.

ALONSO BERRUGUETE. Virgen con el Niño. Iglesia de Santa Eulalia. Paredes de Nava (Palencia)
FRANCISCO GIRALTE. Virgen con el Niño
INOCENCIO BERRUGUETE (atr.). Santa Eulalia. Iglesia de Santa Eulalia. Paredes de Nava (Palencia)

Discípulos de Alonso Berruguete
Alonso Berruguete, a pesar de figurar en mucha documentación como “pintor de su majestad”, fue mucho más alabado por su obra escultórica, sin embargo tuvo seguidores en las dos artes. En el campo de la pintura, Juan de Villoldo (c.1516-1562) es el principal seguidor de Berruguete, hasta el punto que durante años muchas de sus obras han sido atribuidas al propio maestro.
Los escultores Francisco Giralte (h.1510-1576) y Manuel Álvarez (¿1517?-1587) colaboraron con él en la sillería de Toledo y después Álvarez se quedó en la diócesis de Palencia controlando la producción escultórica en la segunda mitad del siglo XVI, mientras que Giralte, tras perder el pleito de la Antigua con Juan de Juni en Valladolid, alcanzó fama en la corte de Madrid. Sus obras más destacadas son el retablo de San Eutropio del Espinar y la capilla del Obispo en Madrid. Estos dos escultores, además del vínculo común con el maestro Berruguete, estaban emparentados, ya que Isabel Giralte fue esposa de Manuel Álvarez.
Inocencio Berruguete (h.1520-1575) se inició con su tío, colaborando con él en las obras toledanas, y posteriormente desarrolló lo fundamental de su trabajo en tierras palentinas y vallisoletanas. Por su parte Esteban Jordán (c.1530-1598), que acabó la reforma del retablo de Santa Eulalia de Paredes de Nava iniciada por su cuñado Inocencio Berruguete, muestra ya el influjo del clasicismo y de Juni en su obra.

MANUEL ÁLVAREZ. Llanto sobre Cristo muerto. Museo Diocesano. Palencia
JUAN DE VILLOLDO. Resurrección de Cristo. Iglesia parroquial. Alba de Cerrato (Palencia)
JUAN DE VILLOLDO. Martirio de Santa Lucía. Iglesia de Santa Eulalia. Paredes de Nava (Palencia)
ESTEBAN JORDÁN (atr.). Santo Tomás. Iglesia de Santa Eulalia. Paredes de Nava (Palencia)

lunes, 4 de septiembre de 2017

MONUMENTOS DESAPARECIDOS: LA ERMITA DE NUESTRA SEÑORA DEL VAL


Con cariño, gratitud y admiración, este post va dedicado a don José Luis Velasco.
Una de las pérdidas más lamentables de nuestro patrimonio arquitectónico, no ya solo por su valor artístico sino por el inmaterial, fue la ermita de Nuestra Señora del Val, en la cual estuvo radicada la Cofradía de San Eloy. Esta hermandad la componían los maestros plateros vallisoletanos, los cuales veneraban en dicha ermita a su patrona, la Virgen del Val. La ermita se localizaba junto al actual Mercado del Val, en el lugar que hoy ocupan las dos primeras casas de la actual calle de Francisco Zarandona, esquina a Zapico. El pequeño templo, que contaba tan solo con una pequeña nave, fue derribado en 1868 con objeto de hacer las alineaciones y ensanches necesarios.
Al parecer la ermita tomó la denominación del “Val” de otra vieja ermita llamada también de Nuestra Señora del Val o Valdón, situada fuera del Puente Mayor, a una legua de la ciudad, en el camino a Fuensaldaña, y en donde la cofradía de los plateros de Valladolid tributaba un culto especial a la antigua imagen de la Virgen del Val. La nueva ermita fue fundada en los principios del reinado del Emperador Carlos V, pero no fue consagrada hasta el año 1547 bajo la doble advocación de Nuestra Señora del Val y San Eloy, santo patrono del gremio de los plateros, según una inscripción que figuraba en un cuadro situado sobre la pila de agua bendita y en la que se leía: “PRESIDIENDO LA IGLESIA ROMANA PAULO III, Y REINANDO EN ESPAÑA EL EMPERADOR CARLOS V SE CONSAGRÓ ESTA IGLESIA DE NUESTRA SEÑORA DEL VAL Y S.n ELOY, COFRADÍA DE LOS PLATEROS, AÑO DE 1547”. La Virgen del Val fue objeto de especial devoción por parte de los vallisoletanos dado que se la atribuían numerosos milagros.
 
Reconstrucción hipotética de la ermita de Nuestra Señora del Val realizada por Juan Carlos Urueña Paredes
Al parecer, la cofradía cedió su primitiva ermita a los padres del convento de San Basilio hacia el año 1592, los cuales tan solo estuvieron allí tres días, por haberlo resistido el abad de la Colegiata, por lo cual se restituyó a ella la ilustre cofradía. Posteriormente, en 1603 se establecieron en la vieja ermita de fuera del Puente Mayor los mercedarios descalzos y junto a ella fundaron su convento, permaneciendo cuatro años en aquel lugar hasta que decidieron mudarse, dejando abandonada dicha ermita. En 1608, deseando los plateros llevarse la imagen de la Virgen a Valladolid, decidieron sustraerla de la antigua ermita, trasladándola a su nueva iglesia, situada a orillas del Esgueva, en el Malcocinado, que a partir de ese momento se llamaría también del Val y en la que tenían establecida su cofradía. No se hizo esperar el litigio entre los plateros y los frailes mercedarios que protestaron del robo ante el obispo, alegando que todavía estaba la ermita bajo su cuidado. La disputa se resolvió acordándose que la imagen de la Virgen sería restituida a su ermita de fuera del Puente Mayor y nuevamente traslada, esta vez con gran solemnidad, a la iglesia que los plateros tenían en Valladolid, lo que se hizo el 10 de agosto de 1610. La Virgen del Val fue colocada entonces en un altar provisional y el día 8 de septiembre del mismo año se la instaló en el trono principal del retablo mayor. Desde entonces la iglesia de los plateros tomó el título de Nuestra Señora del Val y San Eloy, dependiendo de la cercana de San Miguel y siendo asistida por su cura párroco.
 
Situación de la Ermita de Nuestra Señora del Val en el plano de Bentura Seco (1738)
Por desgracia apenas conocemos el aspecto del templo ya que tan solo ha llegado hasta nosotros un dibujo bastante sumario de su fachada, el cual fue realizado por Ventura Pérez para la famosa copia de la Historia de Valladolid de Antolínez de Burgos. El dibujo muestra la iglesia tal y como se encontraría en su época, en la segunda mitad del siglo XVIII. La fachada, analizada por Martin González, estaba realizada en piedra de cantería y presentaba un primer cuerpo del siglo XVI, destacando la portada enmarcada por un alfiz, y un cuerpo superior en la que se rastreaba la evidente huella del Clasicismo. En las enjutas se abrían dos nichos vacíos y en medio figuraba una inscripción que aludía al poder milagroso de la imagen y en la que se podía leer la siguiente quintilla:
“Sois remedio universal

De los que esperan en vos

Sagrada Virgen del Val;

Tengo Fe que por vos Dios

Me libró de un grave mal”
Sobre dicho letrero se abría una hornacina con una pequeña reja. Centraba el segundo cuerpo la ventana del coro, situándose a los lados pilastras rehundidas. Remataba la fachada un frontón y dos espadañas a los lados. Su interior debía de ser bastante pobre, pues tenía una sola nave de pequeñas proporciones, aunque en palabras de Canesi era “uno de los mejores santuarios que hay en Valladolid”. Según este mismo historiador, el interior del templo se renovó en 1675 colocando la imagen de la Virgen en el altar mayor, en medio de grandes fiestas y procesiones, celebrándose incluso una corrida de toros en la Platería. Posteriormente, al verse aumentada la devoción hacia la Virgen, en 1702 se reedificó por completo el templo y se fabricó un nuevo retablo mayor, el cual se doró a expensas de su celo, en cuyo centro se colocó a la Virgen sobre un trono. En un retablo lateral, que en origen sería el mayor, iría la escultura de San Eloy que en 1587 había tallado Manuel Álvarez. En la iglesia también se veneraba una preciada reliquia de San Mauricio mártir, cuya fiesta celebraba la cofradía el día 22 de septiembre con gran solemnidad. En la ermita se hallaban radicadas las Hermandades de San Antonio de Padua y de Santa Lucía, santos que gozaron de gran veneración.
 
La ermita de Nuestra Señora del Val según el dibujo realizado por Ventura Pérez (h. 1756)
En 1754 la ermita debió de sufrir otra reforma de gran calado puesto que el día 15 de ese mismo año “pusieron el Santísimo Sacramento en la ermita de Nuestra Señora del Val, cofradía de los artífices plateros. Se hizo su procesión del mismo modo que se hace la de la Octava del Corpus en la parroquia de San Miguel: estuvo toda la Platería muy bien colgada, lo mismo que cuando trajeron la reliquia de San Pedro Regalado. Asistieron todas las cofradías de la parroquia de San Miguel y la de la Cruz; hubo tres días de función de iglesia; estuvo grandemente colgada la iglesia; hubo sus fuegos en la Platería y estuvo toda esta calle iluminada de hachas de aceite”.
El fin de la ermita comenzó a vislumbrarse 1868, momento en el que se pretendía derribar el edificio para llevar a cabo la alineación de la calle Malcocinado, “dando vista desde la iglesia de la Cruz, a la fachada y torre de San Benito”. La justificación del derribo estaba, según La Crónica Mercantil, en que era un “pequeño templo de ningún mérito y en el que rara vez se celebra culto”. Sin embargo, aunque un año más tarde se comienza su demolición, ésta se interrumpe por motivos desconocidos. En este sentido, la prensa vallisoletana publica que el templo sería propiedad de una sola persona, correspondiendo, sólo a ella, tal derribo. Así, las pretensiones del Ayuntamiento de conseguir el ensanche de aquella zona de la ciudad, y la alineación de las calles de la misma, quedaban en el aire. En 1870 se vuelve a anunciar la completa demolición de la ermita para prolongar la calle Conde Ansúrez hasta San Benito. Sin embargo, el edificio permanecería en pie hasta 1873, año en que, finalmente, se ejecutaron las obras de demolición. En 2015 los restos de la ermita salieron a la luz durante el proceso de excavación del renovado Mercado del Val.
Ortega del Río dio a conocer, a través de una gacetilla publicada en El Norte de Castilla, la intención de algunos vecinos, en 1871, de levantar una capilla que sustituyese a la antigua ermita. Sabido es que se llegó a pedir permiso al Ayuntamiento, pero nada se conocía sobre la solicitud de licencia de obras. El arquitecto Antonio Iturralde realizó unos planos en marzo de ese año. El resultado era un edificio de sobrio clasicismo. El protagonismo de la sencilla fachada radicaría, básicamente, en una gran ventana tripartita, conformada a partir de arcos de medio punto moldurados, que permitiría iluminar el interior del templo.

Proyecto de la nueva ermita del Val realizado en 1871 por el arquitecto Antonio Iturralde y dado a conocer por José Miguel Ortega del Río y Francisco Javier Burrieza Domínguez
BIENES ARTÍSTICOS
Muy poco conocemos acerca de los bienes artísticos (pintura, escultura, retablos) que poseía la ermita, quizás lo más destacable fuera la Virgen del Val (58 x 24 x 22 cm), la cual tras el derribo del edificio fue trasladada a la iglesia de San Esteban el Real (actual Santuario Nacional de la Gran Promesa). Se trata de una interesante escultura románica de principios del siglo XIII, de estilo bizantino. Viste túnica de color rojo y manto azul con orla dorada, calza chapines puntiagudos, y se conserva en la actualidad muy repintada. Para Julia Ara se trata de una tipología de Virgen con el Niño repetida en la provincia de Valladolid, la llamada Virgen entronizada, con una policromía propia del siglo XIII y con corona tallada, en madera, la cual desapareció siendo sustituida por una corona de plata muy posteriormente. La Virgen sufrió también la modificación de sus manos, con ausencia del Niño en su regazo; y la colocación de ojos de cristal. En origen la imagen bien pudo presidir la denominada Puerta de la Costanilla o Puerta del Sol de la antigua cerca medieval en la confluencia de la Platería con Macías Picavea. Su destino final con la desaparición de la puerta medieval fue la ermita edificada en 1547 por el gremio de plateros. Nada sabemos del retablo mayor que se le construyó en 1702, el cual, a no dudarlo, estaría compuesto por columnas salomónicas.
 
A los lados de dicho altar mayor había dos grandes cuadros, pinturas al óleo, representando a los emperadores Carlos V e Isabel de Portugal.
Otra pieza muy interesante, y que por desgracia ha debido de desaparecer ¿?, fue el retablo de San Eloy, el cual se situaría en el lado de la epístola de la ermita y que probablemente en origen se contrató para que fuese el retablo mayor. Tanto el retablo como la escultura de San Eloy que lo presidía fueron realizados en 1587 por el destacado escultor palentino Manuel Álvarez. Señala Parrado del Olmo que parecía ser “un retablo pequeño, de 1,96 metros de altura por algo más de 3 metros de alto, aproximadamente. En el cuerpo iría una escultura de San Eloy, con peana y mitra, que tendría 1,68 metros de altura, y en el frontispicio, tres virtudes, la del centro de pie y en bulto redondo. Las dos laterales, acostadas y de altorrelieve. Por lo tanto, sería un retablo que constaría de un solo cuerpo, con hueco de medio punto, para alojar la escultura de San Eloy en el centro, y flanqueado por columnas. Los remates de Virtudes serían semejantes a soluciones existentes en retablos en la provincia de Valladolid, y en la propia escuela de Valladolid (por ejemplo, el citado de Villabáñez, obra de Francisco de la Maza)”. Asimismo, señala “que la imagen del titular sea la existente hoy en una capilla del lado del Evangelio de este templo, que le atribuye Brasas Egido, que es una correcta escultura de rostro expresivo”. Casualidades de la vida, según se pública este post, la imagen de San Eloy acaba de terminar de ser restaurada por los restauradores Jaime Tesón y Hugo Pastor. El cambio ha sido más que notable, aparte de la limpieza del rostro y demás, se han rescatado las magníficas policromías doradas que anteriormente no se podían apreciar. La restauración de esta escultura nos ha vuelto a demostrar una vez más como el polvo y la suciedad pueden llegar a trastocar la apreciación de la calidad de una escultura. Se trata de una imagen magnífica tanto por su labra como por su policromía.
San Eloy tras la restauración
San Eloy antes de la restauración
San Eloy a medio restaurar
Otras imágenes que pertenecieron a la ermita fueron las esculturas titulares de las cofradías de San Antonio de Padua y de Santa Lucía. Al ser derribada la ermita, la primera se trasladó a la iglesia del Salvador; por su parte, la imagen y la hermandad de Santa Lucía se establecieron en 1862 en la iglesia parroquial de Santiago. Si bien en la iglesia del Salvador se conservan dos esculturas, una de mayor tamaño en una capilla y la otra bastante más pequeña en la sacristía, parece claro que la procedente de la ermita es la conservada en una de las capillas del Templo. Este San Antonio de Padua (128 cm), que parece fechable en el segundo tercrio del siglo XVIII, nos muestra al santo portugués según su tradición iconografía: con el Niño Jesús sobre un libro que sostiene sobre su mano izquierda, mientras que co la otra sujetaría un ramo de lirios. Por su parte, la imagen de Santa Lucía hasta hace poco presidió el retablo de la Inmaculada, si bien hace un par de años que se la sacó de allí y se recolocó el lienzo titular del retablo: una preciosa Inmaculada atribuida al magnífico pintor Sánchez Cotán. La efigie de la santa, que podría fecharse por las mismas fechas, también exhibe sus atributos más usuales: en una de las manos porta la palma del martirio, mientras que con la otra haría lo propio con una bandeja con sus ojos arrancados, la cual actualmente no se conserva. Se trata de dos interesantes piezas que sin duda se deberán a dos escultores de la escuela vallisoletana, siendo de mayor calidad la segunda de ellas. La imagen de Santa Lucía era venerada en la ermita por los maestro tejedores de lienzos.
 
San Antonio de Padua. Probablemente el procedente de la ermita de Nuestra Señora del Val
San Antonio de Padua conservado en la sacristía
Santa Lucía
Finalizo el post de hoy con una noticia inédita: el 29 de enero de 1727 Antonio Canesi, hermano del famoso cronista vallisoletano, declara en su testamento que dejaba “a la dicha Cofradía de Nuestra Señora del Val el Rey Felipe Quinto y la Soberana que tengo con marcos dorados los cuales se pongan en la capilla mayor de la iglesia de dicha cofradía sin que se saquen de ella por vía de empréstito vendan ni enajenen cuya manda se ejecute después de los días de ambos otorgantes”. Es solo una hipótesis pero podría ser que estos dos lienzos fueran los que actualmente se conservan en el museo del Monasterio de San Joaquín y Santa Ana. Los únicos fundamentos que tengo para lanzar esta hipótesis es que en la actualidad son los únicos retratos que se conservan en Valladolid de los reyes Felipe V e Isabel de Farnesio.
 

BIBLIOGRAFÍA
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  • GONZÁLEZ MORAL, Mariano: El indicador de Valladolid ó sea reseña de todo lo más notable que contiene esta ciudad, con un plano topográfico del mismo (1864), Editorial Maxtor, Valladolid, 2005.
  • MARTÍN GONZÁLEZ, Juan José y URREA FERNÁNDEZ, Jesús: Catálogo Monumental de la provincia de Valladolid. Tomo XIV. Monumentos religiosos de la ciudad de Valladolid (1ª parte), Institución Cultural Simancas, Valladolid, 1985.
  • ORTEGA DEL RÍO, José Miguel: El siglo en que cambió la ciudad. Noticias artísticas de la prensa vallisoletana del XIX, Ayuntamiento de Valladolid, Valladolid, 2000.
  • PARRADO DEL OLMO, Jesús María: Los escultores seguidores de Berruguete en Palencia, Universidad de Valladolid, Valladolid, 1981.
  • REBOLLO MATÍAS, Alejandro: “Nuestra Señora del Val”. En REBOLLO MATÍAS, Alejandro (coord.): Corpus Christi: Historia y celebración, Arzobispado de Valladolid, Valladolid, 2016, p. 128.