martes, 22 de agosto de 2023

Retablos vallisoletanos reconstruidos I

 

El patrimonio vallisoletano ha sido y aún es muy rico en el arte de la retablística desde el Renacimiento hasta el Neoclasicismo, pasando por el Barroco y el rococó. A pesar de ello la retablística vallisoletana ha sufrido numerosísimas pérdidas debido a diferentes avatares históricos, como guerras, revoluciones, cambios de gusto, razones económicas, etc. Por su parte, entre los retablos conservados se ha dado la situación de los cambios de imágenes y devociones, apartándose o perdiéndose las efigies con las que fueron concebidos originalmente. En las próximas líneas nos hemos propuesto reconstituir una serie de retablos conservados en diferentes templos de la capital, alguno de los cuales se conservan actualmente en un ámbito desacralizado, caso de la iglesia del ex monasterio de Santa Cruz de las Comendadoras de Santiago, hoy en día sala de exposiciones de Las Francesas.

Nuestro propósito es el de reconstruir virtualmente una serie de retablos, volviendo a unir sus arquitecturas con las imágenes que los compusieron. El recorrido que vamos a emprender consta de cinco hitos: las iglesias de San Andrés Apóstol, de San Miguel y San Julián, del Santísimo Salvador, la penitencial de la Santa Vera Cruz, y de una sala de exposiciones que antaño fuera el opulento monasterio de la Santa Cruz de las Comendadoras de Santiago.


Este texto fue publicado en un artículo en el nº 11 de la revista Read & Made (2023).

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1- Iglesia de San Andrés Apóstol

Retablo mayor de la capilla de las Maldonadas (Melchor de Beya y Francisco Alonso de los Ríos, 1631)

El primero de los retablos que vamos a abordar es el mayor de la capilla de Nuestra Señora de los Ángeles [Fig. 1], también conocida como de las Maldonadas por ser sus fundadoras las hermanas Isabel y doña Catalina Enríquez Maldonado, las cuales no escatimaron recursos para erigirla y amueblarla con retablos, esculturas, pinturas y bultos orantes con sus retratos y los de otros dos familiares. Del retablo mayor se ocupó Melchor de Beya (ca. 1567-1640), célebre ensamblador que formó parte del círculo laboral de Gregorio Fernández (1576-1636), el escultor Francisco Alonso de los Ríos (ca. 1585-1660) y el pintor Diego Valentín Díaz (1586-1660), tres de los mejores artífices que por entonces trabajaban en la ciudad. Así, el 12 de abril de 1631 los patronos de las memorias de las hermanas Maldonado se concertaron con Melchor de Beya para que construyera el retablo mayor y los colaterales, los cuales se concibieron en armonía con la arquitectura de la capilla. Ese mismo día también contrataron con Francisco Alonso de los Ríos la ejecución de las esculturas que debían de ornar el retablo, que debían esculpirse en madera de Cuéllar «escogida y seca a satisfacción del dicho Melchor de Beya y huecas por dentro». Desconocemos el nombre del dorador y policromador, aunque a buen seguro sería el pintor Pedro Fuertes (a. 1605-d. 1604) dado que figura como fiador en el contrato.

El retablo presenta una traza clasicista basada en un banco, un único cuerpo con tres calles y ático rematado en frontón triangular. Tanto el cuerpo como el ático se estructuran a través de columnas compuestas con el fuste estriado. La separación entre ambos espacios se realiza por medio de un entablamento que lleva pintado un friso con decoraciones vegetales. En los extremos del ático se sitúan pedestales que sostienen las típicas bolas herrerianas, tan en boga durante el clasicismo. El retablo combina a la perfección la escultura y la pintura. Así, en el banco encontramos cuatro pinturas a cada lado de la custodia, la cual no deja de ser una micro arquitectura presidida por la efigie en relieve de la Fe en la puerta del sagrario, y dos imágenes de San Pedro y San Pablo que la flanquean. Las pinturas que caen justo debajo de las columnas representan a San Antonio de Padua, Santo Domingo de Guzmán, San Jerónimo y San Antonio Abad, por su parte las dos grandes pinturas de los netos efigian la Anunciación y la Adoración de los Reyes Magos, finalmente las adyacentes al sagrario son la Circuncisión y el Nacimiento. Como vemos, todas estas imágenes hacen referencia al ciclo de la infancia de Cristo, tema al que también alude la «pala de altar» que preside el retablo: Nuestra Señora de los Ángeles, obra debida a los pinceles de Diego Valentín Díaz. Flanquean la pintura dos efigies de San Juan Bautista y San Esteban, cuya presencia en el retablo se explica por cuanto dos de los patronos de las memorias de las Maldonadas se llamaban fray Juan de Torreblanca, prior del monasterio de San Pablo, y don Esteban Sarmiento Maldonado. Ambos santos aparecen con sus atributos más célebres: el precursor con un libro sobre el que asienta el Agnus Dei, mientras que el protomártir exhibe la palma del martirio y sujeta un libro sobre el que irían las piedras de su martirio. Finalmente, en el ático se dispuso un Calvario y a los lados Santa Isabel de Hungría y Santa Catalina de Alejandría, santas patronas de las Maldonadas (Isabel y Catalina Enríquez Maldonado).

Desconocemos el momento en el que se retiró el Calvario, que recaló en la capilla del Seminario Mayor Diocesano, inaugurado en 1965. Para sustituirlo se trajo un Crucifijo de Pedro de la Cuadra (ca. 1572-1629) de la iglesia parroquial de La Cistérniga (Valladolid). En la reconstrucción virtual hemos procedido a sustituir el crucifijo por el  calvario original, con el cual el retablo recupera todo el empaque con el que fue concebido y que con la solitaria presencia del crucificado quedaba desvirtuado.

 

Retablo de San Severo (anónimo vallisoletano, ca. 1747)

Señala José Colón de Larreátegui en su Informe sobre los gremios de Valladolid (1781) que la Cofradía de San Severo «se erigió en 1647, y se aprobó en dicho año por el provisor, los cofrades, son de la parroquia». Por entonces la hermandad debió de encargar una escultura del santo a la que dar culto, disponiéndola en un humilde altar, tal y como se desprende de la visita parroquial efectuada el 13 de septiembre de 1699: «Altar de San Severo. Ítem visitó su merced el altar de San Severo y asimismo se halló con su ara, sábana y frontal con decencia».

El origen del retablo [Fig. 2] lo encontramos en un memorial presentado a la junta de fábrica de la parroquia celebrada el 26 de diciembre de 1746. En él se señala que «la Cofradía de San Severo por memoria que presentó a la dicha fábrica, como tenía determinado hacer un retablo decente a su patrono San Severo y el sitio que pareciese más conveniente; a cuyo memorial y representación se respondió por todos que se les concedía el mismo sitio y lugar para erigir el nuevo retablo en que está el antiguo que es al salir de la sacristía sobre mano derecha, en el frontis de la capilla que llaman de las Maldonadas». El retablo se construiría por entonces, y también se renovaría la efigie del santo, desconociéndose que se haría con la primitiva. Una vez acabado, se doraría a lo largo de 1758, al mismo tiempo que el retablo mayor del templo, cuyo dorado lo ejecutó Gabriel Fernández de Tobar (a. 1716-1795) entre el 2 de mayo y el 6 de septiembre. Quizás este maestro fuera también el artífice del dorado del retablo de San Severo, que se realizó «a expensas de Isidro Amaya y su mujer». El 8 de septiembre, según relata Ventura Pérez en su Diario de Valladolid, se celebró una procesión con motivo de la colocación del Santísimo Sacramento en el retablo mayor de San Andrés, «nuevamente dorado». En dicha procesión participaron «todas las cofradías de la parroquia, con muy lucidos claros; asistió la cofradía de la Santa Veracruz con un claro de cien hombres, con sus hachas; se la dio el sitio delante de la sacramental, las demás cofradías por sus antigüedades: llevaron en la procesión a San Andrés, el mismo que se colocó en el retablo, a Nuestra Señora de las Nieves y San Severo, que también a un mismo tiempo doraron su retablo y le sirvió de colocación».

El retablo, actualmente bajo la advocación de la Virgen del Carmen, es un estimable ejemplar protorrococó que destaca por el movimiento de su planta con las calles laterales dispuestas de forma oblicua. El retablo consta de un estrecho banco, un cuerpo con tres calles y otras tantas hornacinas, separadas por columnas compuestas con el fuste estriado y decorado por rocallas y otros elementos, que acogen, de izquierda a derecha, a San Blas (anónimo vallisoletano, ca. 1640), la Virgen del Carmen (anónimo, ca. 1900) y San Sebastián (atribuido a Alejo de Vahía, ca. 1500), y un ático compuesto por un gran cuerpo central con dos columnas compuestas que sujetan un entablamento partido. Dicho cuerpo, flanqueado por dos volutas sobre las que montan sendos ángeles, está presidido por una efigie de San Isidro (anónimo vallisoletano, ca. 1725) que viene a recordar que la cofradía vallisoletana homónima se fundó en esta parroquia. Por Casimiro González García-Valladolid sabemos que, a comienzos del siglo XX, el retablo presentaba «las efigies de Nuestra Señora del Carmen, San Blas Obispo, San Francisco Javier y San Isidro Labrador, todas de talla». Desconocemos tanto al autor del retablo como al de la escultura de San Severo, que bien pudieron ser la misma persona y que esta hubiera sido Pedro Correas (1689-1752) o algún maestro de su entorno.

Asimismo, ignoramos el momento en el que fue retirado San Severo de su retablo. Quizás acaeciera cuando en la parroquia se estableció, hacia 1861, la devoción a la Virgen del Carmen, que es quien actualmente preside el retablo. Sea como fuere, San Severo se mantuvo desplazado en dependencias parroquiales hasta que se fundó en el barrio de las Delicias la iglesia de Santo Toribio de Mogrovejo, momento en el que la escultura fue trasladada allí y reconvertida en el citado santo mayorgano.

 

Retablo del Cristo del Consuelo (anónimo vallisoletano, ca. 1772-1776)

Señala el libro de becerro antiguo que la parroquia se «fundó en su principio en ermita, por los años de 1236 y entonces colocaron en una pequeña capilla un Cristo Crucificado con el título del Consuelo, a quien todos los vecinos de esta Ciudad (en aquel tiempo Villa) devotamente se encomendaban a su patrocinio por sus continuas maravillas». Este primitivo Cristo del Consuelo debía de encontrarse muy deteriorado ya que, a finales del siglo XV, la parroquia decidió renovarlo, siendo el que actualmente se conserva. Quizás esta renovación se llevó a cabo en 1482 con motivo de la conversión de la ermita en parroquia «ya era muy numeroso el vecindario de sus nobles feligreses, y honrados labradores, y resolvieron condecorarla con el título de parroquia, y lo consiguieron del Ilustrísimo obispo de Palencia». Tiempo después, y según da a conocer Colón de Larreátegui en su Informe sobre los gremios de Valladolid (1781), se fundó la Cofradía del Santísimo Cristo del Consuelo: «se erigió en 1624, y se aprobó su regla por el visitador eclesiástico en 14 de diciembre de 1652».

Antes de tener capilla propia ocupó un simple altar, tal y como se desprende de la visita parroquial efectuada el 13 de septiembre de 1699: «Altar del Santo Cristo del Consuelo. Ítem el altar del Santo Cristo del Consuelo que también halló su merced con ara, sábana y frontal con decencia». Cinco lustros después se le dispuso en un retablo, según relata Ventura Pérez: «Año de 1749, día 26 de mayo, colocaron al Santísimo Cristo del Consuelo en San Andrés, en el retablo nuevo y dorado: hubo procesión por la parroquia, que fue por la Mantería, calle de Zurradores y por la calle frente de la Cruz de piedra de los Panaderos a casa: salieron todas las cofradías de la parroquia». En ninguno de ambos casos se llega a detallar su localización dentro del templo, que por entonces poseía unas dimensiones mucho más reducidas.

Entre los años 1772 y 1776 fray Manuel de la Vega y Calvo, hijo de pila de la parroquia y por entonces comisario general de Indias de la orden franciscana, realizó numerosos obsequios a la iglesia, entre ellos la construcción de los últimos dos tramos del templo, así como el amueblamiento de las cuatro nuevas capillas que se abrieron. La segunda del lado del evangelio se dedicó al Santísimo Cristo del Consuelo, y allí acertó a verle Floranes: «el Santísimo Cristo del Consuelo que estaba ya en esta iglesia cuando era ermita y entierro de ajusticiados, efigie antigua; y encima Santo Domingo de Guzmán, y a los lados en los rincones el del Evangelio San Francisco Javier y en el otro Santa Teresa de Jesús». El retablo [Fig. 3] fue realizado en un momento de transición entre el rococó, presente en detalles como las rocallas o el ligero movimiento de la planta, y el Neoclasicismo, con la recuperación de los elementos arquitectónicos clásicos y la casi total desornamentación. La calle central está dominada por una gran hornacina que acogería al Cristo del Consuelo, sustentada por dos columnas clásicas, mientras que en los extremos de las entrecalles el anónimo ensamblador ha utilizado pilastras cajeadas. El ático, al que se accede a través de un entablamento muy sencillo y desornamentado, se compone de un gran cuerpo central con una hornacina en la que apea Santo Domingo, y rematado por un frontón curvo partido en cuya parte central exhibe el emblema franciscano de los brazos cruzados de Cristo y san Francisco sobre una cruz. A los lados del ático, para cerrar la composición, se ha dispuesto un frontón triangular partido.

Ignoramos en qué momento fue desplazado de su retablo el Cristo del Consuelo por el fantástico Calvario (1606) de Gregorio Fernández que actualmente lo ocupa y que procede del desaparecido retablo mayor de la primitiva iglesia de San Miguel Arcángel. Nuestro crucificado pasó a ocupar un sencillo retablo de piedra en la aneja capilla de San Antonio de Padua, cambio que también afectó a su advocación que pasó a ser la de Cristo del Refugio. Esta es nuestra hipótesis puesto que en los libros parroquiales no se habla de la capilla del Refugio hasta 1794. Teniendo en cuenta este hecho, el de que el Calvario de la iglesia de San Miguel llegaría probablemente tras el cierre de aquella parroquia en 1775, y de que en el templo solo existió desde sus orígenes un único Cristo —amén del que formaba parte del Calvario del retablo de las Maldonadas—, podemos colegir que el Cristo que nos ocupa es el del Consuelo y, quizás, el del Refugio fuera el que preside el Calvario de Fernández. Como se puede observar en la reconstrucción virtual, se ha procedido a restituir al Cristo del Consuelo a su retablo original, tal y como lo concibió fray Manuel de la Vega.

 

2- Real Iglesia de San Miguel y San Julián

Retablo de Nuestra Señora del Rosario (Juan Saco, 1744-1745; y Juan Obispo, 1762-1763)

El retablo que la Cofradía de Nuestra Señora del Rosario [Fig. 4] de la iglesia de San Miguel construyó en el primitivo templo resulta ser el conservado en el lado de la epístola del crucero de la actual parroquia de San Miguel y San Julián. En origen, la cofradía dispuso su retablo en la pared del lado del evangelio de la primitiva iglesia, lugar que ocupó muy poco tiempo puesto que, en 1775, se trasladó al nuevo templo parroquial. La pista clave para su identificación ha sido un grabado anónimo del mismo realizado en 1809.

La historia constructiva del retablo (1744-1763) comienza el 23 de agosto de 1744 cuando la Hermandad de Nuestra Señora del Rosario encarga su ejecución al ensamblador Juan Saco (1719-1781), que debía realizarlo según la planta, traza y condiciones diseñadas por el escultor y tallista Pedro Bahamonde (1707-1748). Asentado en el mes de febrero de 1745, su dorado no se efectuó hasta 1751 por el pintor y dorador Mateo Prieto (1722-1772). Ignoramos si el retablo tuvo algún percance o si simplemente no agradó su aspecto, pero el caso es que, el 18 de abril de 1762, la hermandad se concertó con el ensamblador Juan Obispo (1709-d. 1762) para «la obra de ensanche y compostura del retablo de Nuestra Señora del Rosario [...], y la hechura y asiento de una mesa de altar a la romana». Obispo, que debía ajustarse a la traza diseñada por Antonio Bahamonde (1731-1783), tenía que tenerlo acabado para finales de julio. Unos meses después se procedió al dorado definitivo del retablo. Así, el 18 de marzo de 1763 el pintor y dorador Manuel de Urosa (1720-d. 1780) se comprometió a efectuar «la obra del dorado, que se ha de hacer de todo lo añadido y saltones, que tenga el retablo de Nuestra Señora del Rosario».

El resultado fue un retablo rococó de traza muy movida tanto en planta como en alzado, de suerte que la planta marca un juego de curvas y contracurvas. El retablo se estructura en un banco, un cuerpo con una calle y dos entrecalles, y un ático muy desarrollado. El cuerpo se articula por medio de cuatro columnas compuestas y con el fuste estriado y decorado con elementos vegetales estilizados. Las columnas centrales, así como los trozos de entablamento que apean sobre ellas y sus ménsulas, están colocadas en esviaje, proporcionando un juego de curva y contra curva que da al retablo un aspecto alabeado. La hornacina central queda enmarcada por otras dos columnas idénticas, aunque de menor tamaño, que a su vez sujetan un arco apuntado que se incrusta en el ático. Abajo, dos ángeles en ademán de haber portado algún atributo. Por su parte, las hornacinas laterales tienen escasa profundidad, siendo apenas unos simples marcos compuestos a partir de dos sencillas pilastras que sujetan un arco de medio punto con decoraciones mixtilíneas y vegetales. Finalmente, el ático se compone de un gran cuerpo central flanqueado por sendas volutas que permiten salvar la anchura entre el cuerpo principal del retablo y el ático. En el centro figura una hornacina con la parte superior avenerada, y encima de ésta un frontón curvo partido, en cuyos extremos campean ángeles con las palmas del martirio. En la parte central remata en una airosa peineta de caprichosas formas vegetales que contiene un anagrama de la Virgen: «A.M.». Toda la superficie está decorada con festones de frutas, ornamentaciones vegetales y geométricas, y pseudo rocallas.

Originariamente el retablo lo presidió una Virgen del Rosario (atribuida a José de Rozas, ca. 1700) de vestir y de bastidor, actualmente conservada en el relicario y a la cual restituimos a su lugar primigenio en la reconstrucción virtual. Tan solo tiene talladas la cabeza y las manos. Se encuentra muy dañada, tal es así que le falta un ojo, exhibe numerosas rozaduras en el rostro y está manca del brazo izquierdo. Gracias al grabado sabemos que, en su mano izquierda, sujetaba a un Niño Jesús que bendecía y agarraba un orbe terráqueo. Es probable que este Niño (35x16 cm.) sea el que se conserva también en el relicario. Sin embargo no se trataría del original sino que, vistas sus características estilísticas, sería uno nuevo realizado durante la época en que se construyó el retablo. Completan el conjunto las esculturas de Santo Domingo y San Pedro Regalado en las hornacinas laterales, y de San Miguel venciendo al demonio en el ático, todas ellas atribuibles a Pedro Correas.

Desconocemos el momento en el que se desplazó a la Virgen del Rosario de su retablo. Cuando se redactó el Catálogo Monumental de Valladolid su lugar lo ocupaba una Inmaculada Concepción, y con posterioridad llegó la Virgen del Desconsuelo (Ángel Trapote, 1979), imagen que, tras diversos avatares, fue cedida a la parroquia por la hija del escultor.

 

3- Iglesia del Santísimo Salvador

Retablo de San Francisco de Paula (Anónimo, 1792)

La capilla hornacina del segundo tramo del muro del evangelio cobija un retablo neoclásico [Fig. 5] que en origen acogió a San Francisco de Paula y que en la actualidad hace lo propio con la Virgen del Buen Suceso (anónimo vallisoletano, ca. 1649). La efigie de San Francisco de Paula preside desde un momento que no podemos concretar —en 1838 aún seguía en su retablo— el retablo colateral de la epístola. Anteriormente a este ejemplar neoclásico existió otro barroco erigido en 1715, año en el que también fue labrado el San Francisco de Paula (atribuido a Pedro de Ávila, 1715). Dicha fecha figuraba escrita en una de las seis tarjetas que Floranes llegó a observar en esta capilla, llamada de San Francisco de Paula y Nuestra Señora de la Valvanera —por entonces no se había construido la capilla de la Valvanera y el citado altar poseía esa doble advocación—. Ese retablo, al igual que las seis tarjetas, desaparecerían tras el remozamiento de la capilla en época neoclásica, momento en el que se dispusieron dos lápidas a los lados. La de la izquierda reza así: «Jesús, María, y José. Año de 1792. Reinando en España por el año de 1504 los Reyes Católicos Don Fernando y Doña Isabel; se erigió la Cofradía de Ánimas, y San Ildefonso sita en esta parroquia de El Salvador dueña de esta capilla y retablo de San Francisco de Paula y de dos sepulturas para los cofrades y sus mujeres». El año 1792 es una fecha que concuerda a la perfección con el estilo del retablo, por lo que es plausible que el remozamiento de la capilla realizado en dicho año trajera consigo la fabricación del retablo. Se trata de un mueble muy sencillo compuesto por una hornacina de remate semicircular flanqueada por pares de columnas corintias, las extremas retranqueadas, que sostienen un entablamento clásico que remata en un ático triangular decorado con tres jarrones. A pesar de estar labrado en madera está policromado, según la doctrina neoclásica de imitar materiales nobles como mármoles y bronces.

 

CONTINUARÁ...

 

BIBLIOGRAFÍA

BALADRÓN ALONSO, Javier: “A propósito del retablo de Nuestra Señora del Rosario de la primitiva iglesia de San Miguel de Valladolid”, Arte y Patrimonio, Nº 4, 2019, pp. 10-29.

BALADRÓN ALONSO, Javier: “Una escultura reencontrada: el San Fernando del retablo mayor del monasterio de las comendadoras de Santiago de Valladolid”, BSAA Arte, Nº 87, 2021, pp. 177-198.

COLÓN DE LARREÁTEGUI, José: Informe sobre los gremios de Valladolid, Valladolid, 1781.

FERNÁNDEZ DEL HOYO, María Antonia: “Las Comendadoras de Santa Cruz: de monasterio a colegio”, Conocer Valladolid. XI Curso de patrimonio cultural 2017/2018, Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción, Valladolid, 2019, pp. 65-116.

FLORANES, Rafael: Inscripciones de Valladolid, Biblioteca Nacional, Manuscrito 11.246.

GONZÁLEZ GARCÍA-VALLADOLID, Casimiro: Valladolid, sus recuerdos y sus grandezas: religión, historia, ciencias, literatura, industria, comercio y política. Tomo III, Imprenta de Juan Rodríguez Hernando, Valladolid, 1902.

MARTÍN GONZÁLEZ, Juan José y URREA, Jesús: Catálogo Monumental de la provincia de Valladolid. Tomo XIV. Monumentos religiosos de la ciudad de Valladolid (1ª parte), Institución Cultural Simancas, Valladolid, 1985.

PÉREZ, Ventura: Diario de Valladolid (1885), Grupo Pinciano, Valladolid, 1983.

URREA FERNÁNDEZ, Jesús: “Nº 9 San Juan Nepomuceno”, Luis Salvador Carmona (1708-1767), Diputación de Valladolid, Valladolid, 2009, p. 42.

URREA, Jesús y SOLÉ ELVIRA, Gloria: Cuadernos de Restauración, Nº 3: Retablo mayor de San Miguel de Valladolid, Fundación del Patrimonio Histórico de Castilla y León, Valladolid, 2007.

URREA, Jesús: Estudios de arte y sociedad en Valladolid (siglos XVI-XIX), Ayuntamiento de Valladolid, Valladolid, 2020.

URREA, Jesús y VALDIVIESO, Enrique: Rescatar el pasado. Retablos vallisoletanos perdidos, alterados o desplazados, Universidad de Valladolid, Valladolid, 2022.

martes, 24 de enero de 2023

El retablo mayor del Convento de las Comendadoras de Santiago de Valladolid y su reencontrada escultura de rey San Fernando

 

El 22 de enero de 2021 se publicitaba desde el Twitter de Suite Subastas, una casa de subastas radicada en Barcelona, la adquisición de una formidable escultura de “San Francisco de Borja como Duque de Gandía” (171 x 100 x 70 cm) que iba a ser subastada el 4 de marzo siguiente. Asimismo, la pieza se atribuía al escultor gaditano, aunque activo en el Virreinato de Nueva Granada, Pedro de Laboria (ca.1700-ca.1781). La escultura pudo ser vista con anterioridad en al menos otras dos ocasiones: entre el 28 de junio y el 5 de julio de 2017 en el stand de Colnaghi de la “Masterpiece Fair London 2017”, en la que figuró reseñada como “A polychromed and gilded wood sculpture of a Spanish Nobleman, circa 1610 by Gregorio Fernández”; y a finales de 2019 (el 18 de diciembre) cuando la iba subastar la casa de subastas sevillana Isbilya. Aquí el “Caballero español”, que figura con unas dimensiones ligeramente diferentes (173 x 101 x 50 cm), volvió a ser atribuido sin ningún fundamento a Gregorio Fernández. A lo largo del texto veremos como la escultura no solo no es obra del citado escultor andaluz, sino que se trata de la efigie del rey San Fernando que el escultor vallisoletano Pedro de Ávila (1678-1755) labró hacia 1734 para el retablo mayor del Convento de Santa Cruz de las Comendadoras de Santiago de Valladolid.

Aspecto actual de San Fernando con su nueva cabeza

 1. EL RETABLO MAYOR DEL CONVENTO DE SANTA CRUZ DE LAS COMENDADORAS DE SANTIAGO DE VALLADOLID

Hacia 1732-1734 las madres Comendadoras de Santiago de Valladolid requirieron los servicios del escultor Pedro de Ávila, de cuyas gubias estarían plenamente satisfechas tras haberle encomendado en los años precedentes la ejecución de las Virtudes de las pechinas de la cúpula (ca. 1729) y las esculturas de la Inmaculada Concepción, San Agustín y Santa Mónica de la fachada de la iglesia (1732), para confiarle la realización de las imágenes del nuevo retablo mayor que por entonces se estaba construyendo, quizás bajo las órdenes de Pedro Correas (1689-1752), maestro a cuyo cargo había corrido la custodia (1724) que se había dispuesto en el antiguo retablo mayor. Este nuevo retablo, cuya elaboración estaría relacionada con el deseo de las madres comendadoras de lograr la unidad estética barroca de su nuevo templo, vino a sustituir al primitivo retablo romanista tallado en 1574 por Esteban Jordán (ca. 1530-1598), el cual las monjas considerarían demasiado pequeño para las enormes proporciones que poseía la nueva capilla mayor. Es por ello que se decidieron a construir uno nuevo y éste lo vendieron por entonces (1732-1734) a la parroquia de la cercana localidad de Ciguñuela, que pagó por él a “las señoras comendadoras de Santa Cruz de la ciudad de Valladolid” la cantidad de 2.220 reales.

Puerta de entrada al antiguo Convento de las Comendadoras de Santiago, actual Sala Municipal de Exposiciones
Inmaculada Concepción
Cúpula con las Virtudes realizadas en yeso en las pechinas
La Justicia
La Fortaleza

De este nuevo retablo mayor barroco, que fue costeado por la Marquesa de Castrofuerte –benefactora que ya había corrido con los gastos originados por la conclusión del templo–, apenas sabemos nada más allá de que se trataba de “un retablo grande para el altar mayor con el Triunfo de Santiago Apóstol y otras efigies”. Aunque Floranes no aporta demasiada información, puesto que lo describe someramente como “el altar mayor advocación de Santiago”, nos consta que estaba compuesto por tres imágenes: Santiago Matamoros, San Fernando y San Francisco de Borja. Teniendo en cuenta este dato, el tipo de retablos que por entonces se erigían en los talleres locales, y la posibilidad de que su autor fuera Pedro Correas, éste sería un retablo tetrástilo compuesto por un estrecho banco, un cuerpo con tres calles separadas por cuatro columnas –corintias o compuestas con el tercio inferior tallado, y, quizás, con el fuste estriado-, y un ático de remate semicircular en cuya parte central se abriría una portada y en la superior un rompimiento de gloria con el Espíritu Santo o el Padre Eterno. En la hornacina principal se dispondría al titular del templo, Santiago Matamoros, mientras que en las de las calles laterales se haría lo propio con San Fernando y San Francisco de Borja. Nos queda la duda de en dónde iría un Crucifijo “que se hallaba colocado en él” según se recogía en la cuenta general del convento del año 1800. Quizás esta imagen de Cristo Crucificado sería la que ocupara la portada del ático, pero es una mera suposición sin base documental. El retablo, que ya estaba instalado en el altar mayor el 2 de mayo de 1734, día en el que relata Ventura Pérez que se dispuso el Santísimo en el templo, tuvo escasa vigencia puesto que apenas transcurridos sesenta años la renovadora mentalidad ilustrada, enemiga acérrima de toda manifestación barroca, acabó con él sustituyéndole por otro construido conforme a lo que para ellos eran las reglas del buen gusto.

Santiago Matamoros
San Francisco de Borja

Como paso previo a la erección del nuevo retablo mayor neoclásico, en 1793 se construyó “un tabernáculo de talla que se ha hecho para la iglesia por orden de la Señora Comendadora y Comunidad por estar el que había indecente para colocar el Santísimo”. En 1794 los visitadores del Consejo de las Órdenes, don Alonso Pérez Minayo y don Tomás Getino, solicitaron a la comunidad monástica realizar un nuevo retablo que se adaptase “al tabernáculo que se colocó el año anterior” ya que observaron “que el retablo estaba muy viejo y de fea y horrorosa arquitectura; y para que se manifiesta o sobresalga la decencia y hermosura del referido tabernáculo, mandaron que se apeara dicho retablo; que para colocar la historia de Santiago, con San Fernando y San Francisco de Borja, se hiciese nueva fábrica a imitación del tabernáculo”.

El retablo mayor a mediados del siglo XX. Fotografía tomada del artículo "Las Comendadoras de Santa Cruz: de convento a colegio

Para su fabricación se contactó con el arquitecto Pedro García González (1768-1832), descartándose a Francisco Álvarez Benavides (1743-1804), maestro del mismo oficio, por cuanto “personajes inteligentes le aseguran que dicho maestro es demasiado caro”. El retablo, que se construyó entre abril y junio de 1795 previa aprobación del plano por parte del Consejo de las Órdenes, y cuyo coste ascendió a los 6.500 reales, se fabricaría en madera de Soria “pues el pensar que sea de verdadero mármol y bronce es sumamente costoso y aun para hacerlo escayola imitando a jaspes no hay más o menos”. Además, se aprovecharían “en él todo lo que se tuviere por conveniente del retablo viejo, así de madera como de talla o escultura”, y se repasarían “los daños que tienen las estatuas que componen la historia del Santo, volviéndola a colocar en su sitio”. Aunque el proyecto se estimó en 5.500 reales al final el precio se incrementó en otros 1.000 reales debido a que la Comendadora solicitó que se añadieran “añadir varios remates y escudos para mayor hermosura”. A continuación, el pintor y dorador Martín Mayo (1748-1798) se ocupó del “dorado e imitado de jaspes del retablo mayor”, así como de “componer en la historia de Santiago toda faltadura o abertura que se note, como asimismo en San Fernando y San Francisco de Borja”. Mayo también habría de pintar las esculturas con una imitación “a mármol blanco de carrara bruñendo lo que se acostumbre y las carnes”, y “en el respaldo de la caja de Santiago se ha de pintar un campo de batalla y en el arco se demostrará un celaje”.

Gracias a la descripción que de este retablo neoclásico realizó Elías Tormo en 1941 sabemos que éste estaba compuesto por el grupo de Santiago Matamoros en la hornacina principal y las esculturas de San Fernando y San Francisco de Borja a ambos “pero en unidad artística con él, sobre pedestales”. Esta misma composición escultórica es la que encontramos citada en el inventario “de objetos de arte y libros” redactado hacia 1837-1838 con motivo de la desamortización en los conventos femeninos existentes y suprimidos de la ciudad: “Altar mayor. Una medalla de Santiago a caballo de tamaño menos del natural en su centro. Dos estatuas al natural en el pedestal y San Fernando y San Francisco de Borja”.

Reconstrucción virtual realizada por Javier Baladrón Alonso

Efectivamente, Tormo señaló que el retablo estaba presidido por “el gran grupo de Santiago, el Apóstol, luchando, el “Santiago matamoros” a caballo, los vencidos moros derribados al suelo y caminando delante de él, y, cosa curiosa, no como enemigo, sino como contra religionario, un morito negro con tambor, redoblándolo, como animando a la batalla y marcando el paso de ataque: arte, el del grupo, no tan neoclásico comparado con la arquitectura que preside, y polícromo”. Sobre las esculturas de San Fernando y San Francisco de Borja dictaminó que eran “artísticamente interesantes, y muy bella y sugestiva la última”, la cual, además, atribuyó sin ningún fundamento a Felipe Espinabete (1719-1799) debido a las supuestas similitudes que encontró entre el rostro del jesuita y la Cabeza degollada de San Juan Bautista del escultor tordesillano conservada en la iglesia de San Andrés de Valladolid.

Tanto la imagen del santo titular como la de San Francisco de Borja agradaron a Sangrador y Vítores, que aseveró: “muy notable la efigie de Santiago que ocupa el centro del retablo, y también son muy apreciables las esculturas de Virgen de la Paz y San Francisco de Borja que están en los colaterales”. Algo similar describió González García-Valladolid: “también había en los colaterales de esta iglesia dos imágenes de Nuestra Señora de la Paz y San Francisco de Borja, bastante buenas”). Ambos historiadores se confundieron a la hora de identificar a este último santo puesto que no se trataba de San Francisco de Borja sino de San Luis Gonzaga, imagen que también recaló en el Museo Nacional de Escultura y que, aunque en la exposición Almacén. El lugar de los invisibles (2019-2020) celebrada en dicha institución museística figuró como atribuida a Pedro de Ávila hemos de descartar completamente dicha asignación, siendo más plausible adjudicarla a algún destacado escultor madrileño de mediados del siglo XVIII.

Con la elección de estos tres santos queda claro que las comendadoras idearon para su retablo mayor un diáfano programa de exaltación de la Orden de Santiago ya que en él figurarían Santiago Matamoros, el santo bajo quien se instituyó la Orden; San Francisco de Borja, caballero y comendador de la misma; y San Fernando, apodado el “Alférez del Apóstol Santiago” y uno de los personajes claves de la Reconquista, al igual que lo fue de manera legendaria el propio Santiago en la batalla de Clavijo. Además de eso San Fernando fue inducido a sitiar Sevilla por Pelayo Pérez Correa, comendador de Santiago. En la actualidad tan solo subsiste in situ el retablo y la efigie de Santiago Matamoros, habiéndose perdido por el camino tras el cierre del cenobio y la conversión del templo en sala de exposiciones municipal la gran custodia cupulada neoclásica que se situaba bajo el santo ecuestre, y las imágenes de San Fernando, de la que ignorábamos su paradero, y de San Francisco de Borja, que fue adquirida en 1982 por el Museo Nacional de Escultura. 


2. LA ESCULTURA DE SAN FERNANDO DE LAS COMENDADORAS

La canonización del rey Fernando III de Castilla (1199-1252), a la sazón San Fernando, en 1671 por el papa Clemente X vino a culminar el deseo de la monarquía hispánica de contar con un rey santo a la manera de Luis IX de Francia, primo de San Fernando, que se había iniciado en 1629 gracias al impulso del rey Felipe IV. Esta “subida a los altares” con la que la institución monárquica buscaba otorgarse un sello de prestigio trajo consigo aparejada la necesidad de crear imágenes escultóricas y pictóricas del nuevo santo a las que dar culto, algunas de las cuales se utilizaron para presidir los actos y fastos celebrados con motivo de su canonización. Desde entonces su fiesta quedó fijada el 30 de mayo, día de su fallecimiento.

Parece fuera de toda duda el hecho de que Ávila se inspiró para su ejecución en el modelo de San Fernando codificado décadas atrás por el escultor Alonso de Rozas (ca. 1625-1680/1681), quien utilizó para ello “la estampa del libro de la Información del Santo, volumen que no era otro que el Memorial de la excelencia santidad y virtudes heroicas de don Fernando III publicado por el jesuita Juan de Pineda en Sevilla en 1627. Según Urrea, la referida estampa sería la abierta por el grabador francés Claude Audran “el viejo” (1597-1675) en Roma en 1630 y dedicada por el padre Bernardo de Toro al rey Felipe IV. Rozas creó su prototipo fernandino en 1671, año en el que tanto él como su taller emprendieron la realización de, al menos, cuatro efigies del Santo Rey para las catedrales de Palencia, Zamora y Valladolid, y para el Tribunal de la Santa Inquisición instalado en esta última urbe. El modelo iconográfico alcanzó tal éxito que se expandió con rapidez, de tal forma que hallaremos diversas copias en Medina del Campo, Nava del Rey, Tordesillas e, incluso, en tierras asturianas gracias a Antonio Borja (1660-1730), discípulo de Rozas. También utilizó dicho modelo su hijo José de Rozas (1662-1725) cuando en 1705 ejecutó un San Fernando para el retablo mayor de la iglesia de San Bartolomé de Astorga.

San Fernando a mediados del siglo XX. Fotografía tomada del artículo "Las Comendadoras de Santa Cruz: de convento a colegio
El Rey San Fernando realizado por Alonso de Rozas para la catedral de Palencia
El rey San Fernando realizado por Alonso de Rozas para la catedral de Valladolid

El rey San Fernando realizado por José de Rozas para la iglesia de San Bartolomé de Astorga (León)

San Fernando ha sido concebido en su doble vertiente de guerrero (armadura y espada) y monarca (corona, cetro y esferamundi), personificando así la viva imagen del virtuoso rey cristiano que obtuvo victorias decisivas contra los musulmanes durante la Reconquista. Figura de pie sobre un terreno triangular rocoso en una posición notablemente estática a pesar del dinamismo que el escultor ha intentado imprimirle al disponerle con la pierna derecha en claro avance y con numerosos pliegues cortantes en la capa. La escultura presenta una composición abierta ya que tanto las piernas como los brazos se lanzan en diferentes direcciones, conquistando así el espacio como es habitual durante el Barroco. Para compensar el peso de las piernas utiliza la capa a manera de “contrafuerte”.

Viste, según dejó escrito Tormo, el traje europeo de mediados del siglo XVI, el que a fines del XVII se le vistió a su cuerpo momificado en Sevilla cuando la canonización pontificia”: gorguera al cuello, una armadura sustanciada en brazaletes negros con el ribete dorado, peto y espaldar, una capa sobre los hombros -lo más frecuente era vestirle con un manto real de armiño decorado con las armas de la Corona de Castilla en cuadrícula: castillos dorados y leones bermejos- que a finales del siglo XVIII se policromó de blanco y se pintó en su parte superior la cruz de la Orden de Santiago (se daba la doble circunstancia de que el cenobio pertenecía a las Comendadoras de Santiago y que el rey se hacía llamar “Alférez del Apóstol Santiago”), unos greguescos rojos (exterior) y azules (interior) con decoraciones vegetales doradas, calzas grisáceas y botas doradas. Llama especialmente la atención la decoración del peto, en el que el policromador ha logrado simular a la perfección su naturaleza metálica, a base de motivos vegetales dorados en la parte superior y en la inferior de dos clípeos-láureas dorados en los que se inscriben sendos bustos de perfil togados y con la cabeza tocada por una corona de laurales que parecen representar a emperadores romanos. Estas prendas resultan completamente anacrónicas puesto que se le ha representado como un caballero cristiano de comienzos del siglo XVII en vez de como uno de la Baja Edad Media. No creo que este hecho obedezca a un desconocimiento de la moda medieval por parte del escultor puesto que, como veremos, supo recrear a la perfección el tipo de corona utilizada en la época del rey Fernando, y si ser se tratará de “una consecuencia más de las ideas de actualización y renovación salidas de las consignas de Trento”, tal y como señalara Julián Gallego.

La cabeza presenta todos y cada uno de los rasgos faciales que conforman la poética de la etapa madura del escultor, siendo además casi idéntico a los que dispuso en los dos moros caídos del grupo de Santiago Matamoros que preside el retablo: rostro de formato rectangular con la parte inferior levemente curvada, ojos ligeramente achinados, nariz de tabique ancho y aplastado, aletas nasales suavemente pronunciadas, boca pequeña y entreabierta con labios finos y comisuras pronunciadas, y sus típicas orejas. A todo ello hay que sumar la caracterización que hace del monarca castellano con una cabellera muy corta, barba de escaso resalte y unos finos bigotes de apariencia velazqueña que solo veremos repetidos de nuevo en toda su producción en las imágenes de los moros que conforman el grupo de Santiago Matamoros del mismo retablo mayor de las Comendadoras. Asimismo, también abunda en la asignación a Ávila la forma de labrar las manos, especialmente las venas y las uñas, y la manera inconfundible de disponer los dedos.

Lleva la testa tocada por la corona real, uno de los “de los ornamentos de mayor significación, ya que cubrir la cabeza se consideraba honrar al hombre en su parte más noble. Iconográficamente, es un símbolo de autoridad e insignia de distinción real”. Ávila ha logrado reconstruir de manera fidedigna la corona que pudo llevar ceñida en su testa el monarca castellano puesto que, como señala Cintas del Bor, “las coronas de entonces remataban en florones, siguiendo a los modelos franceses o bien, las más antiguas, en formas redondeadas y caprichosas”. Este tipo de corona no fue muy frecuente durante el Barroco puesto que se prefirió representar al rey santo con la corona de la monarquía contemporánea, esto es, “de oro y pedrerías, con ocho flores y ocho perlas intercaladas, cerrada por ocho diademas y rematada en una cruz sobre un globo”.

En la mano izquierda blandía una espada que, además de ser el “símbolo de la guerra y de la justicia”, es “el arma por excelencia de los caballeros cristianos” y la “señal divina del dominio sobre el enemigo”; mientras que con la derecha sujetaba un cetro que aludía a su condición de gobernante, aunque antiguamente, y según el testimonio de Tormo, portó una Esferamundi u orbe crucífero que “es la insignia máxima de poder y simboliza el dominio sobre el imperio. El estar rematada por una cruz, indica su potestad sobre la cristiandad”. Actualmente el santo ha perdido, además de la cabeza original, todos estos atributos.

Gracias a una buena fotografía de la escultura de San Fernando publicada por la profesora Fernández del Hoyo en 2019 en su artículo Las Comendadoras de Santa Cruz: de monasterio a colegio podemos asegurar que la imagen del rey santo –excepción hecha de la nueva cabeza que se le ha integrado en el cuerpo– puesta a la venta en Suite Subastas es la misma que Pedro de Ávila talló hacia 1734 para el retablo mayor del Convento de Santa Cruz de las Comendadoras de Santiago y la que tras el cierre del cenobio desapareció misteriosamente. Ignoramos lo que sucedió con la imagen, pero resulta extraño que no recalara en el Museo Nacional de Escultura al igual que lo hicieron su compañero de retablo, San Francisco de Borja, y la mayoría de las piezas de escultura y pintura que existieron en el templo, algunas de las cuales, no muchas, también recalaron en el Convento de las Salesas.

Si analizamos minuciosamente la escultura puesta a la venta en Suite Subastas abstrayéndonos de la nueva cabeza llegamos a la conclusión de que se trata de la misma pieza: comenzando por la disposición del cuerpo, brazos, piernas y dedos de las manos, siguiendo por los pliegues de la capa, la forma de los brazaletes o las arrugas que se forman sobre y bajo las rodillas, y finalizando por la similitud de las botas, de los greguescos y de un detalle que creemos definitivo como es la completa identidad de las decoraciones del peto, tanto de los motivos vegetales de la parte superior como de los curiosos clípeos-laureas con emperadores coronados en su interior. Bien es cierto que la capa ya no presenta el repolicromado blanco y la cruz de Santiago que se efectuaron a finales del siglo XVIII, si bien no debe extrañarnos su desaparición puesto que también lo tuvo el San Francisco de Borja en su manto y tras su restauración en el Museo Nacional de Escultura se le retiró pues no hemos de olvidar que el policromador primigenio de ambas imágenes no las concibió con el manto blanco de la Orden de Santiago sino que éste fue invención del repolicromador neoclásico Martín Mayo.

 

3. TESTAS CORONADAS Y SIN CORONAR

Desconocemos el rumbo que tomó la escultura de San Fernando tras su salida del Convento de las Comendadoras de Santiago, así como las vicisitudes que sufrió durante las últimas cuatro décadas y que le llevaron a perder la cabeza. Ignoramos por completo cuándo desapareció la testa coronada original tallada por Ávila y si ésta se destruyó (fortuitamente o a posta) o bien si se retiró por su mal estado de conservación o por otro motivo que no alcanzamos a adivinar. Tampoco tenemos ninguna noticia acerca de la actual cabeza que presenta el monarca castellano: ignoramos qué le ocurrió a su cuerpo original, así como el autor que la labró y al personaje que representaba. De lo que no parece haber ninguna duda es que el personaje retratado no era San Fernando puesto que no suele efigiársele con un rostro tan maduro y tamaña calvicie. Estas características faciales concuerdan más con un San Cayetano, un San Francisco de Borja o un San Ignacio de Loyola, de hecho, nuestra cabeza posee un lejano parecido con las que labró en 1610 el “Lisipo Andaluz”, Juan Martínez Montañés (1568-1649) para las esculturas de estos dos santos que le encargaron los congregantes de la Santísima Trinidad de Sevilla establecidos en la Casa Profesa de los jesuitas, actual iglesia de la Anunciación, templo en el que aún se les puede admirar en los extremos de la capilla mayor. Por el momento es imposible conocer la procedencia de esta cabeza y bastante complicado establecerla una filiación con un maestro o escuela concreta. Por la forma de labrar el pelo y la barba, y la presencia de un cierto recuerdo del estilo de Gregorio Fernández, hay bastantes posibilidades de que se trate de una obra vallisoletana de finales del siglo XVII, aunque tampoco habría que descartar que se tratara de una pieza más temprana.

Podéis ampliar datos pinchando AQUÍ, que os llevará a un artículo que publiqué sobre este tema en el BSAA Arte de la Universidad de Valladolid.

También se hizo eco de mi hallazgo la periodista Alba Camazón en eldiario.es. No quiero acabar sin antes recomendaros que echéis un vistazo a la web de Suite Subastas, que siempre tienen unas piezas exquisitas.


BIBLIOGRAFÍA

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