jueves, 14 de mayo de 2020

UN ESPACIO SACRO PARA LA DEVOCIÓN I: La Capilla de la Virgen de las Angustias en su iglesia penitencial


La colosal devoción profesada por los vallisoletanos hacia su Virgen de las Angustias “obligó” a la Cofradía Penitencial de Nuestra Señora de las Angustias a finales del siglo XVII a construir una nueva capilla de mayores dimensiones en el que la sagrada imagen pudiera ser venerada por un mayor número de fieles y de una forma más íntima que no provocara interrupciones en el culto ordinario del templo. Este nuevo ámbito tuvo y tiene una enorme importancia aún a día de hoy puesto que se trata de uno de los escasos “espacios barrocos” que se conservan casi intactos en la ciudad. A este podríamos añadir el Oratorio de San Felipe Neri o la Capilla de las Maldonadas de la iglesia de San Andrés.
 
Hasta entonces la Virgen se hallaba situada en la primera capilla del lado de la epístola, la cual gozaría de unas características similares a las de la mayoría de las aún existentes en el templo. Allí presidía un retablo que se había ofrecido a costear don Antonio de Tapia, según se indica en el cabildo de diciembre de 1663: “continuando el celo grande en servicio de nuestra Señora de los cuchillos y deseo de que su capilla estuviese con todo adorno y decencia y para esto hacía a su [propia] costa un Retablo muy suntuoso que se estaba dorando y que había ya más de ochocientos ducados”. Se trataría de un retablo prechurriguesco que no diferiría en demasía de los que aún hoy día observamos en las capillas de la Encarnación y de San José de la propia penitencial. Señala Burrieza que “la colocación de la imagen en su entonces nueva ubicación, era una demostración más de devoción, sacando en procesión a la imagen alrededor de lo que se conocía como plaza del Almirante, con la participación de otras cofradías a través de los habituales altares. Era el 5 de abril de 1664. Sin embargo, no era la transformación ni definitiva ni necesaria”.

La construcción de la nueva capilla o camarín fue, según Canesi, posible gracias a “la devoción que los fieles han tenido con esta Reina de los Ángeles y con más extremo sus diputados y cofrades”. Las gestiones para la edificación comenzaron con el cabido de 21 de abril de 1699 en el que se acordó adquirir al Cabildo catedralicio cinco casas colindantes al templo penitencial para una vez derribadas poder construir en el terreno resultante la nueva y flamante capilla de la Virgen. Ese espacio fue tan amplio que además se pudo también elevar una nueva sacristía y la casa del capellán. Hay que tener en cuenta que la construcción de la nueva capilla implicaba el derribo de la antigua, de la cual eran patronos los sucesores de los Aranzamendi, por lo que se hizo imprescindible la autorización de éstos. Este trámite no encontró inconvenientes y el acuerdo entre ambas partes se firmó el 20 de abril de 1703 en la notaria del escribano Lorenzo de Aguirre. En él dieron su “licencia para abrir esta obra magnífica don Alfonso Piñero como patrono que era entonces en la menor edad de su hijo don Anastasio”, a cambio de seguir siendo los patronos de la nueva capilla.
Arco de entrada a la capilla
No obstante, antes de llegar a este acuerdo las obras ya habían comenzado, concretamente el 11 de junio del año 1700, tardando en realizarse casi una década. La causa de tal demora fue la escasa liquidez de las arcas de la cofradía, si bien hubo devotos de especial relevancia social que contribuyeron decisivamente a la construcción de este nuevo espacio. Fue el caso del “Excelentísimo Sr. Duque de Osuna -Francisco de Paula Téllez-Girón y Benavides, sexto titular del ducado- y otros muchos caballeros y particulares vecinos de esta ciudad”, entre los cuales se encontró Agustín de Montiano, agente de negocios de la Chancillería, que en agosto de 1704 solicitó que no cesase la obra, por lo adelantada que estaba y la ausencia de medios para proseguirla: “en este Cabildo el Sr. D. Agustín de Montiano propuso como tenía un nieto que se llamaba Agustín Gabriel de Montiano y Luiando que se hallaba enfermo... y desde luego le dedicaba a Nuestra Señora para que la sirviese y fuese su cofrade y que sirviéndose la cofradía de reservarle y hacerla diputado ofrecía quinientos reales para que sirviesen de ayuda de dicha obra. Y por toda cofradía se admitió”.
A finales de 1708 la obra estaba ya casi concluida puesto que en el cabildo del 18 de octubre “se acordó por dicha cofradía, tratando en razón de la nueva obra y capilla de Nuestra Señora, se cerrasen y condenasen los siete nichos que están en el segundo cuerpo de la capilla, donde ha de asentar el tabernáculo”. El fruto según Canesi fue “una capilla tan primorosa que no pudo el arte adelantar más y aunque se entra por la iglesia principal a ella (en que está colocada en su tabernáculo dorado esta soberana Señora) también se puede entrar por otra parte a la capilla que está toda labrada con exquisitas molduras y altares por toda la redondez ochavada, y algunos cuadros de sus misterios de pincel sutilísimo”.
Bóveda de la primera estancia de la capilla
El resultado final fue una nueva capilla o camarín compuesto por dos espacios centralizados dispuestos de manera perpendicular al lado de la epístola de la iglesia y con entrada a través de un gran arco. El primer ámbito, que tiene forma de octógono alargado y recibe luz a través de una linterna rematada en su exterior por una aguja revestida de pizarra, es el lugar reservado para los fieles que se acercaban a orar a la Virgen de las Angustias, pero también para las autoridades y otros miembros de la cofradía puesto que se dispuso un pequeño coro y a los lados sendos balcones. Entre los nervios de la cúpula se abren dos pequeñas ventanas afrontadas mientras que en los otros seis lados se reproduce el escudo de la cofradía: una cruz con espadas en los extremos del travesaño que se clavan en un corazón portado por dos ángeles, tras esta escena se abre un rompimiento de gloria. Por su parte, el segundo ámbito también adopta la forma octogonal y viene a ser el espacio sagrado del conjunto ya que está completamente reservado a la Virgen. Con un esquema de camarín de tipo deambulatorio, el centro lo ocupa el tabernáculo en el que reposa la Virgen mientras que en las paredes se disponen siete retablillos con otras tantas pinturas que efigiaban los Siete Dolores de la Virgen.

A la vez que se iba finalizando la parte arquitectónica se emprendió la tarea de amueblamiento y decoración de la capilla. Para ello se contó con numerosos artífices, entre los cuales destacan cuatro: el escultor Pedro de Ávila, los ensambladores Francisco Billota y Gregorio Díaz de Mata, y el dorador y estofador Santiago Montes. Billota se encargó de labrar las puertas y las ventanas de la capilla, además de fabricar el tabernáculo en el que se entronizaría a la Virgen de las Angustias y que por desgracia desapareció en 1797 debido al cambio de gusto promulgado por la nueva fe neoclásica. Por su parte, Gregorio Díaz de Mata construyó los dos retablos ubicados en la primera estancia de la capilla y que sirven de marco a las esculturas de Pedro de Ávila del Ecce Homo y de Cristo atado a la Columna, las dos hornacinas planas en las que se encuentran el San Juan y la Magdalena del “paso” del Descendimiento (1616) tallado por Gregorio Fernández, y, los siete retablillos del camarín de la Virgen que enmarcan las pinturas de los Siete Dolores de la Virgen de Manuel Peti. Finalmente, en Santiago Montes recayó la labor del dorado y policromado de todos estos retablos y hornacinas, y seguramente también de otros elementos que decoran ambas estancias, como puede ser el arco de acceso al camarín.
La decoración de la capilla se remataría a finales del mes de agosto de 1710, momento en el que se terminan de abonar sus emolumentos al dorador Montes. Por entonces ya estaba todo preparado para la inauguración y postrera colocación de la Virgen en su nuevo trono. Relata Canesi que se celebraron diferentes festejos religiosos y profanos, destacando la procesión del día 6 de septiembre en la que se trasladó a la Virgen a la catedral y en la que participaron el corregidor y todas las cofradías penitenciales de la ciudad levantando altares a lo largo del recorrido. Se trataba de la típica mezcla de la fiesta barroca con el esplendor efímero: “trasladó esta cofradía esta gran Madre de las Angustias de su sagrada casa a la santa iglesia catedral, con mucho regocijo, estando todas las calles extraordinariamente adornadas de tafetanes y colgaduras, y allí fue venerada desde el día 10 de septiembre hasta el 14 en que por la tarde se formó la procesión y fue por la calle de los Orantes a Fuente Dorada en que la Cofradía de la Piedad tenía un altar ochavado. Prosiguió por la Cerería donde la de Jesús Nazareno elevó otro de preciosas molduras y toda la plazuela de los escribanos de provincia estuvo muy adornada, bajó a la Panadería y de allí al Ochavo en que la Pasión ideó otro muy vistoso altar en el aire, hizo tránsito a la Platería y en el templo de la Cruz se dejó admirar otro en el aire, también a costa de su cofradía que fue de mucha pompa y gusto, fue a la calle de Cantarranas y Cañuelo y con grandes aclamaciones ocupó su trono María Santísima, servida de todas las cofradías penitenciales que fueron alumbrando. Cerró tan noble unión la ciudad con su corregidor y aquella noche turbó la esfera de aire un excelente fuego con variada multitud de cohetes y teniendo ya dispuesta una corrida de toros se malogró su intento por haber llegado a Valladolid aquella misma noche nuestros católicos Reyes D. Felipe V y su carísima esposa, retirándose de los enemigos que con porfiada guerra les molestaban, por lo cual despojaron los altares a toda prisa, atajando los graves inconvenientes que se consideraron y todo el lucimiento de danzas y otras invenciones festivas que habían divertido mucho cesó, quedando las cofradías, que con liberalidad hicieron el gasto, muy mortificadas”.

Como deja patente Burrieza, “las circunstancias políticas no eran las más adecuadas para los fuegos de artificio, pues aquella misma noche entraba en Valladolid, huyendo del avance del archiduque Carlos de Austria hacia Madrid, el rey Felipe V y su esposa María Luisa Gabriel de Saboya. La ciudad del Pisuerga se convertía en corte de retaguardia, manteniéndose las personas reales por estos lugares hasta bien entrado el otoño. Sin embargo, en aquella fecha solemne de la traslación, las cofradías hubieron de recoger precipitadamente todas las joyas de los altares, habiendo realizado un gasto que no se pudo lucir”. Hemos de recordar que por entonces aún se estaba desarrollando la Guerra de Sucesión (1701-1714), y que, según señala Ventura Pérez, existía el rumor de que “el señor archiduque estaba en España, se sonaba que venía a esta ciudad a causa de haber enviado a un tambor a pedir las llaves, y la ciudad haberle respondido que las llaves eran de Felipe V; sin embargo, que si las quería que viniese por ellas. Con este motivo la gente empezó a decir que venía el enemigo, y en una noche desnudaron toda la plaza que había en la calle y en su lugar lo adornaron de pasta. Y el archiduque no vino”. También dejó patente, aunque de forma más escueta, que “en este año de 1710 se colocó a María Santísima de los Cuchillos en su nueva capilla; estaba toda la ciudad muy adornada de altares y mucha alhaja de plata”.
Por fotografías antiguas sabemos que encima de los retablos colaterales se situaban dos espejos de grandes dimensiones con marcos ricamente tallados con decoraciones vegetales, y también que entre el retablo del Ecce Homo y la hornacina de San Juan se dispuso a finales del siglo XIX un pequeño altarcito neogótico con la imagen de un Crucificado del que ignoro su época, autor y si aún se conserva. A continuación vamos a tratar de manera más pormenorizada los diferentes elementos que conforman las dos estancias de la capilla con excepción del tabernáculo de la Virgen pues de él realizaremos una monografía en el siguiente artículo.

Fotografía de la capilla de la Virgen de las Angustias realizada por el fotógrafo portugués Antonio Passaporte a comienzo del siglo XX
Primera estancia. Retablos colaterales
Los retablos colaterales de la primera estancia se adaptan perfectamente a la forma cóncava del muro, siendo idénticos tanto en estructura como en decoración. Se hallan embutidos en sendos arcos excavados en la pared, aunque el ensamblador ha concebido una especie de arco decorado con casetones que parece proteger al retablo. La decoración lo invade todo. Tienen un pequeño banco que se articula a través de netos y de las repisas de las columnas que estructuran el cuerpo del retablo, en el cual se abre una hornacina central -presididas por Cristo atado a la columna y el Ecce Homo, ambas obras de Pedro de Ávila- rematada en semicírculo y a los lados cuatro columnas salomónicas, dos a dos. Finalmente, el ático, que adopta forma semicircular, tiene en el centro un lienzo y a los lados dos tableros con decoraciones de rameados vegetales. La pintura del retablo del evangelio (Ecce Homo) representa la Oración en el Huerto, mientras que el de la epístola (Atado a la Columna) efigia las Lágrimas de San Pedro. A buen seguro que por su factura y calidad se deban a Manuel Peti, autor documentado de las pinturas del “deambulatorio” del tabernáculo de la Virgen. Como observamos se trata de una iconografía plenamente pasionista.
GREGORIO DÍAZ DE MATA. Retablo del Cristo atado a la columna (h. 1710)
MANUEL PETI (atrib.). La Oración en el Huerto o Cristo confortado por el ángel (h. 1710)
GREGORIO DÍAZ DE MATA. Retablo del Ecce Homo (h. 1710)
MANUEL PETI. Las lágrimas de San Pedro (h. 1710)
El historiador neoclásico Isidoro Bosarte fue el primero en aludir a las dos pequeñas esculturas atribuidas a Pedro de Ávila. El crítico señalaba en su Viage a España que en la capilla de la Virgen de los Cuchillos existía “un Señor a la columna, como de cinco cuartas de alto, cuya expresión es muy notable, y se atribuye a Gregorio Hernández no sin fundamento”. Posteriormente, Matías Sangrador llegó a afirmar que “el Señor atado a la columna [es] obra de Gregorio Hernández”; misma atribución que realizara Casimiro González García-Valladolid: “a los costados del arco de entrada al camarín de la Virgen hay dos repisas con las estatuas, hermosísimas y de gran unción religiosa, de Santa María Magdalena y San Juan Apóstol y Evangelista, obras de Gregorio Hernández, así como las dos efigies de Jesús atado a la columna que ocupan los retablos laterales de esta capilla”. En cambio, Agapito y Revilla no estaba de acuerdo con esas opiniones: “no creo, sin embargo, que esta talla sea del maestro. La considero una copia o imitación de los Cristos del mismo tema que Fernández labró, del que formó tipo. Tiene, ciertamente, expresión parecida a los otros Cristos del artista en la Cruz y Pasión (éste ahora en el Museo), igual actitud y composición semejante a los mencionados; pero es más falto de proporciones, más grueso y el modelado de las carnes no tiene el jugo y suavidad de los desnudos más característicos de las obras de Gregorio. Es verdad que es buena escultura; más no puede pasar de una copia, como digo, ejecutada a la vista de otra y, quizá, por un oficial que hubiera trabajado a las órdenes del maestro”.
PEDRO DE ÁVILA (atrib.). Cristo atado a la columna (h. 1710)
PEDRO DE ÁVILA (atrib.). Ecce Homo (h. 1710)
Posteriormente, Gratiniano Nieto no aportó demasiada luz al tema puesto que simplemente se limitó a repetir lo dicho hasta el momento y también a datar el Cristo atado a la columna, de forma errónea, a “comienzos del XVIII”; mientras que el Ecce Homo lo conceptuaba como “obra posible de Gregorio Fernández”. Por su parte, Martín González en su Guía histórico-artística de Valladolid (1972) se limitaba a aseverar que ambas piezas son “del tipo de la de Gregorio Fernández”, sin llegar en ningún momento a atribuírselas a ningún escultor. Serían Martín González y Urrea los que darían una atribución certera que con el paso del tiempo no ha sido discutida. Efectivamente, ambos escribieron en el respectivo tomo del Catálogo Monumental de Valladolid que “pudieran ser obras tempranas de Pedro de Ávila”. Dos años después esta atribución se vio reafirmada en el catálogo de la exposición Pequeñas imágenes de la Pasión en Valladolid. En él Hernández Redondo atribuía a Pedro de Ávila la imagen de Cristo atado a la columna, mientras que Luna Moreno hacía lo propio con la del Ecce Homo.

Primera estancia. Hornacinas laterales y Arco de acceso al camarín de la Virgen
El arco de acceso al espacio reservado a la Virgen se encuentra completamente forrado por talla decorativa dorada y policromada simulando elementos vegetales y también un amplio y aparatoso cortinaje rematado en un pabellón cuyas telas abren sendos ángeles alados. En sendas repisas situadas sobre la línea de imposta asientan dos elegantes y dinámicos ángeles turiferarios con las alas extendidas y ropajes movidos por el viento que prefiguran la gracia rococó. Extienden un brazo, en cuya mano exhiben un corazón, mientras que con la otra mano sujetan un incensario que actualmente sirve de lámpara. El intradós del arco se haya decorado con casetones, a la manera de los retablos colaterales, decorados con talla vegetal crespa, mientras que más abajo, casi a la altura de la cabeza de los fieles se disponen dos interesantísimos bustos de perfil Cristo y la Virgen en bajorrelieve, algo completamente extraordinario dentro de la escultura vallisoletana pues no encontramos ningún otro ejemplar. Es especialmente destacable y de una calidad muy subida el de Cristo. Debajo de los dos bustos encontramos dos graciosos torsos de angelitos hipermusculados coronados de flores y frutas que introducen los brazos entre la decoración vegetal que completa estos paneles.

Parte superior del arco de acceso al camarín de la Virgen
Detalle del pabellón descorrido por los ángeles
Ángel turiferario
ANÓNIMO. Busto de Cristo (h. 1710)
ANÓNIMO. Busto de la Virgen (h. 1710)
Flanquean este arco de acceso dos hornacinas laterales planas incrustadas en la pared. El cuerpo principal lo conforma un espacio que cierra en arco de medio punto y alrededor de él surge una riquísima decoración vegetal que en las partas bajas adquiere la forma de roleos. Remata todo en una especie de ático sobre la que asienta el emblema de la cofradía: la cruz con dos espadas que atraviesan un corazón. En el dicho cuerpo principal asientan las efigies de la Magdalena y San Juan Evangelista que Gregorio Fernández talló en 1616 para el paso del Descendimiento y que gracias a esta situación se salvaron de ir al Museo Provincial de Bellas Artes en 1842. Tanto estas dos hornacinas como el arco de acceso al camarín forman parte de un juego perspectivo en el que todas las miradas, incluidas las de la Magdalena y San Juan, convergen en la Virgen de las Angustias.
GREGORIO DÍAZ DE MATA. Hornacina de la Magdalena (h. 1710)
GREGORIO DÍAZ DE MATA. Hornacina de San Juan Evangelista (h. 1710)

Segunda estancia. Hornacinas de las pinturas
Finalizamos con los siete retablillos realizados por Gregorio Díaz de Mata y policromados por Santiago Montes que contienen en su interior otras tantas pinturas sobre lienzo realizadas por el pintor vallisoletano Manuel Peti Bander que efigian los Siete Dolores de la Virgen, ambientando de esta manera a la Virgen de las Angustias o de los Cuchillos, con sus siete espadas. Se trata de la Circuncisión, la Huida a Egipto, Cristo entre los Doctores, el Camino del Calvario, la Crucifixión con la Virgen y San Juan, la Piedad y el Entierro de Cristo. Son pinturas de remate de medio punto y de una enorme calidad que demuestra que el artista conocía las últimas novedades artísticas de la Corte y más concretamente las propuestas de Luca Giordano. A pesar de que en los documentos tan solo se habla de las “tres pinturas que faltaban” no cabe duda de que las siete son obra suya, al igual que los dos cuadritos de los áticos de los retablos colaterales que ya hemos citado.
MANUEL PETI. Cristo entre los doctores (h. 1710)
MANUEL PETI. Camino del Calvario (h. 1710)
MANUEL PETI. La Crucifixión con la Virgen, San Juan y la Magdalena (h. 1710)
MANUEL PETI. La Piedad (h. 1710)
Los siete cuadros rodean el elemento clave de este espacio, el tabernáculo en el que asienta la Virgen de las Angustias, pero eso es otra historia… concretamente la protagonista del próximo artículo.


BIBLIOGRAFÍA
AGAPITO Y REVILLA, Juan: La obra de los maestros de la escultura vallisoletana: papeletas razonadas para un catálogo. II, Fernández – adiciones y correcciones, Casa Santarén, Valladolid, 1929.
BALADRÓN ALONSO, Javier: Los Ávila: Una familia de escultores barrocos vallisoletanos [tesis doctoral], Universidad de Valladolid, Valladolid, 2016.
BOSARTE, Isidoro: Viage artístico a varios pueblos a España. 1, Viage a Segovia, Valladolid y Burgos, Imprenta Real, Madrid, 1804.
CANESI, Manuel: Historia de Valladolid (1750). Tomo II, Grupo Pinciano, Valladolid, 1996.
GONZÁLEZ GARCÍA-VALLADOLID, Casimiro: Valladolid, sus recuerdos y sus grandezas: religión, historia, ciencias, literatura, industria, comercio y política. Tomo I, Imprenta de Juan Rodríguez Hernando, Valladolid, 1900.
MARTÍN GONZÁLEZ, Juan José y URREA, Jesús: Catálogo Monumental de la provincia de Valladolid. Tomo XIV. Monumentos religiosos de la ciudad de Valladolid (1ª parte), Institución Cultural Simancas, Valladolid, 1985.
ORDUÑA REBOLLO, Enrique: Cofradías y sociedad urbana: la ilustre Cofradía Penitencial de Nuestra Señora de las Angustias de Valladolid (1563-2002), Ciudad Argentina, Buenos Aires, 2003.
PÉREZ, Ventura: Diario de Valladolid (1885), Grupo Pinciano, Valladolid, 1983.
PONZ, Antonio: Valladolid en el “Viaje a España” (1783), Grupo Pinciano, Valladolid, 1993.
URREA, Jesús y VALDIVIESO, Enrique: Pintura barroca vallisoletana, Editorial Universidad de Sevilla y Universidad de Valladolid, Sevilla, 2017.

martes, 5 de mayo de 2020

ESCULTORES VALLISOLETANOS OLVIDADOS: Claudio Tordera Antolín (1865-1935)


Claudio Tordera Antolín nació en Valladolid el 7 de julio 1865. Sus padres, Francisco Tordera y Juana Antolín, le llevaron a bautizar tres días después a la iglesia de San Pedro Apóstol. Desde muy joven mostró una clara vocación por la práctica artística, lo que le llevó a ingresar como alumno de la Escuela de Bellas Artes de la ciudad –“en cuyos concursos anuales, organizados por la Academia, obtuvo algunos premios”–, institución a la que volvería a estar ligado en el futuro, pero en esa ocasión como profesor.
Debió de ser un alumno brillante que progresó rápidamente en sus estudios, destacando principalmente como tallista y dibujante, según expone Ortega Rubio en sus Investigaciones acerca de la Historia de Valladolid: “Entre los jóvenes que han manifestado más talento en nuestra Escuela de Bellas Artes, descuella D. Claudio Tordera, notable tallista y dibujante, y escultor de grandes esperanzas”. Como vemos se tenían puestas muchas ilusiones en su persona, añorando quizás volver a reflorecer la magnífica escuela escultórica que se desarrolló en Valladolid desde comienzos del siglo XVI y que se prolongó tres décadas hasta que en 1809 falleció Claudio Cortijo y se dio por amortizada hasta que resurgió nuevamente, pero ya sin los bríos de épocas anteriores, de la mano de la Real Academia de la Purísima Concepción.

Claudio Tordera (nº 20) en una fotografía de los profesores de la Escuela Superior de Artes Industriales de Valladolid de 1909
De estos años de aprendizaje datan sus obras conocidas, todas ellas destinadas a los diversos certámenes que anualmente venía celebrando la Academia. En 1881 presentó a la sección de modelado y vaciado un Friso de ornamentación, copiado de un dibujo, que le valió la obtención de un accésit; y en 1882 un busto modelado en yeso titulado Húngaro que también había copiado de una estampa. En 1883 cambió de sección y decidió enviar una Cabeza de Niño a la de obras originales, sin embargo, y a pesar de que mereció la consideración de “obra de mérito”, no se le admitió debido a “la existencia de un modelo que el Jurado conoce y el cual parece copia en su parte principal, si bien con algunas variaciones y aumentos que la mejoran y teniendo presente además que en la convocatoria se exigen obras originales para los premios”. Tampoco le fue admitida la obra que presentó en 1884 por no ajustarse a las “condiciones del concurso por estar ejecutada en barro no cocido”, a pesar de ello el jurado reconoció que la escultura mostraba “cualidades dignas del mayor aprecio”.
Y llegamos al concurso del año 1885, en el que presentó una de sus obras más célebres: la figura alegórica titulada Patria (55 cm.), busto realizado en yeso imitando bronce que le valió el premio de primera clase. Se trata de una obra de discreta calidad en la que el escultor se ha centrado más en la representación de las formas externas que en su caracterización psicológica. El personaje muestra a un hombre joven, más concretamente a un aragonés durante la Guerra de la Independencia, en cuyo rostro “destacan los pómulos salientes, el mentón pronunciado y la mirada hacia lo alto; lleva camisa abierta dejando ver una medalla de la Virgen del Pilar y, para mayor caracterización, su rizado cabello queda semicubierto por un pañuelo anudado a la manera aragonesa, alusivo todo ello a la destacada participación de Zaragoza durante la guerra de la Independencia en defensa de la Patria”.

Patria (1885). Academia de BB.AA. de la Purísima Concepción, Valladolid
Parece que el concurso del año 1886 fue el último en el que participó. A el presentó una dramática Cabeza de Medusa (47 x 50 cm.) que nuevamente le hizo ganar el premio de primera clase. Desde entonces, y según el parecer del sobredicho Urrea, “Tordera a realizar ninguna obra importante en el género escultórico, pese a las esperanzas de Ortega y Rubio que aquel mismo año le recuerda como “notable tallista y dibujante”.


Cabeza de Medusa (1886). Academia de BB.AA. de la Purísima Concepción, Valladolid
Desconocemos las motivaciones que le condujeron a emigrar a América, así como la cronología de este viaje. Urrea aduce que serían “necesidades materiales” las que “le impulsaron a abandonar España”. Sea como fuere, en 1893 le encontramos residiendo en La Habana (Cuba) y participando en la Exposición Colombina de Chicago celebrada ese mismo año, en la cual obtuvo en su faceta de tallista “un gran éxito al conseguir la medalla de bronce, única recompensa que se otorgaba en aquel certamen”. La aventura americana fue breve puesto que en 1895 se encontraba nuevamente en Valladolid realizando dos “confesionarios monumentales” neogóticos para la parroquia de Santiago Apóstol, templo en el que, según el testimonio que aporta González García-Valladolid, se acometieron en el referido año “importantes obras de pintura y decorado en toda la iglesia y sus capillas, por el acreditado pintor adornista de esta Ciudad Don Andrés Gerbolés Villán”.

Aspecto de la Exposición Colombina de Chicago de 1893
Confesionario neogótico (1895). Iglesia de Santiago, Valladolid
En 1899 ya se había reincorporado a la vida de la Academia, pero esta vez formando parte del claustro de profesores de la Escuela de Bellas Artes. El año 1900, en el que ya “figuraba como profesor ayudante emérito de la misma, realizando al mismo tiempo diversas labores referentes al arte de la talla ornamental”, fue importante desde el punto de vista laboral puesto que realizó su primera incursión en la Semana Santa de Medina de Rioseco ejecutando esculturas en madera policromada, producción residual dentro de su escaso catálogo productivo. Efectivamente, en el ejemplar de El Norte de Castilla del 3 de abril de 1900, en su sección titulada “Notas Artísticas”, se da a conocer que Tordera había esculpido dos sayones para el paso del Nazareno de Santiago de Medina de Rioseco y que por entonces se encontraban expuestas en su taller, localizado en la calle del Sábano nº 3. Muchas personas se acercaron “para admirar la obra que ligeramente queda descrita y muchas son las felicitaciones que con este motivo recibe su autor”.
El citado artículo periodístico nos aporta otros detalles interesantes, como por ejemplo que, debido a “la premura del tiempo por un lado y la modestia del precio en que ha sido ajustado la obra, han impedido al Sr. Tordera el realizar ésta con los necesarios estudios preliminares tanto en bocetos como modelos, y a pesar de haber ejecutado la obra en tan difíciles circunstancias, el resultado no ha podido ser más lisonjero, viviendo a robustecer una vez más la reputación de verdadero artista que su autor tiene adquirida”. Continuaba señalando que como complemento de la labor escultórica y “para el buen resultado de estas obras, Gabriel Osmundo Gómez ha puesto también un poquito de su genio de artista el encargarse del colorido de estas figuras y puesto que todos conocemos como maneja el color, puede suponerse desde luego lo que en las tallas del Sr. Tordera, habrá hecho aquel artista”.

Sayones del "Nazareno de Santiago" (1900). Museo de Semana Santa, Medina de Rioseco (Valladolid). Fotografía tomada de http://nazarenosantiago.org
Fotografía tomada de https://www.semanasantaenrioseco.com
Fotografía tomada de https://www.flickr.com/photos/e2e4media/
Ambos personajes sustituyeron a otros anteriores, probablemente fabricados en cartón piedra, que cumplían las mismas funciones: un soldado en la parte delantera tirando del cuello de Cristo con una soga y tañendo una trompeta (anteriormente un cuerno, lo que le valió el mote de “el cornudo”) para anunciar el “cortejo” y otro en la parte trasera con una lanza. Señalan Asensio Martínez y Pérez de Castro que la sustitución de aquellos sayones por los tallados por Tordera se debió al “mal estado de las figuras, la descompensación de alturas (el Cristo es de mayor tamaño) y la decisión del obispado de eliminar tan malsonante apelativo motivaron su sustitución”. Señala Gómez Pérez que "el soldado romano que toca la trompeta copia la disposición del primitivo, desaparecido, y éste a su vez seguía la disposición del famoso Paso Camino del Calvario realizado por Gregorio Fernández para al Cofradía de la Pasión de Valladolid".
Un año después, en 1901, Tomás Alonso Serrano, hermano y secretario de la Hermandad del Ecce Homo de Medina de Rioseco, “compartiendo el espíritu de mejora de los conjuntos procesionales”, se decidió a costear la “escultura de una figura en madera tallada que representa a Pilatos así como también un antepecho de madera calada o balconada donde aquel se apoya”. Como ocurriera con los dos sayones del paso del Nazareno de Santiago, en esta ocasión también El Norte de Castilla, en su edición del 30 de marzo de 1901, recogió la noticia de la ejecución del Pilatos: “En uno de los pasos se estrenará una preciosa escultura que ha de llamar mucho la atención”. Como vemos el famoso diario vallisoletano no cita la autoría de esa “preciosa escultura”, conociéndola gracias a la crónica redactada por Antonio de Nicolás en el Boletín de la Sociedad Castellana de Excursiones en 1904. Relata que en la iglesia de Santa Cruz observó: “un hermoso Pilatos de tamaño natural, tallado en pino por Don Claudio Tordera y pintado por D. Antonio Aparici, ambos distinguidos consocios”. A pesar de no tratarse de una obra maestra, es, como señala Gómez Pérez muy importante "la presencia del praefectus Poncio Pilatos en el Paso del "Ecce Homo" (...) Piltos parece como un un personaje importantísimo y necesario para el relato de la Pasión". Pilatos aparece delante de Cristo, señalando su rostro con la mano derecha mientras que la izquierda la apoya en la barandilla del Pretorio, simulando que se dirige a las masas para pedir el veredicto del reo. Se trata de una imagen que peca de ser ciertamente envarada e inexpresiva. La escultura de Cristo, que en ocasiones ha sido asignado erróneamente también a Tordera, es una buena escultura de vestir de mediados del siglo XVII salida de algún taller vallisoletano, como queda patente por la deuda que mantiene el rostro con la estética fernandesca. Asimismo, viene a copiar tanto en su postura como en la disposición de los brazos al Ecce Homo ejecutado por Gregorio Fernández en 1620 para la Cofradía Penitencial de la Santa Vera Cruz de Valladolid.

Pilatos del paso del "Ecce Homo" (1901). Museo de Semana Santa, Medina de Rioseco (Valladolid). Fotografía tomada de https://www.flickr.com/photos/e2e4media/
Fotografía tomada de https://www.flickr.com/photos/e2e4media/
En una fecha indeterminada, pero en todo caso anterior al año 1902 se encargó de ampliar convenientemente la biblioteca del antiguo edificio del Círculo de Recreo para adaptarlo al nuevo. El mueble original era una estantería de nogal tallado y estilo Luis XV. De 1903 data la labra de unas “tapas de madera sicomoro” para un “hermoso álbum de 40 por 28 centímetros” que la “casa-comercio de los señores P. Guillén e Hijo, ha ofrecido a su majestad [el rey Alonso XIII], con conducto de su socio nuestro querido amigo don Enrique Guillén”. Tordera representó en esas tapas “un retrato de su majestad y el escudo de España, en talla y bajorrelieve, con grecas modernistas” en la tapa superior, y en la inferior “además de las grecas, una banda de flores”. El álbum, que se cerraba con unos broches de plata y se guardaba dentro de un “hermoso estuche de palo santo y tojo, forrado de peluche rojo y gualda”, contenía una dedicatoria, “que es una preciosa acuarela del señor [Ricardo] Huerta, y 25 vistas al platino de los monumentos más notables de Valladolid ejecutados por el fotógrafo señor Varela”.

Aspecto de la librería en una fotografía publicada en 1911
La librería en la actualidad. Fotografía tomada de https://jesusantaroca.wordpress.com/2018/03/07/el-circulo-de-recreo-evocacion-de-un-valladolid-burgues
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En 1904 presentó a la Exposición Nacional de Arte Decorativo de Madrid un Oratorio de estilo renacimiento con el que obtuvo una mención honorífica, y una Medalla conmemorativa del IV Centenario de Isabel la Católica modelada en plastilina al concurso de la Academia de Bellas Artes de Valladolid que le valió otra mención honorífica, calificación que compartió con Moisés de Huerta y Ayuso (1881-1962), uno de los grandes escultores españoles del siglo XX, Mariano Izquierdo y Sixto Morey. Además, en este mismo año fabricó un retablo para el altar mayor del Monasterio de San Benito el Real. En un principio se había contratado uno muy suntuoso con los hermanos Chicote, afamados escultores, pintores y ensambladores locales, sin embargo finalmente se optó por uno “más sencillo y económico”, obra de Todera, que se vio acompañado en el altar mayor, por la mesa de altar, gradillas, sagrarios y tabernáculo tallados por los Chicote.


Al fondo, en el altar mayor, se puede apreciar el retablo que creemos que fabricó Tordera para el Monasterio de San Benito
Ya de 1913 data un Retrato alegórico de un caballero, relieve en yeso firmado y fechado que se conserva en colección particular vallisoletana. Por esas mismas fechas, en todo caso con anterioridad a 1915, labró una sillería para el Colegio de los Ingleses. Realizada en nogal e “inspirada en el Renacimiento”, se dispuso “bajo la cúpula”. Desconozco si aún se conserva en la actualidad.
El 8 de julio de 1916 fue nombrado, en virtud de concurso, profesor auxiliar de la clase de Modelado de la Escuela de Artes y Oficios. En 1923 lograría un ascenso del que se dio eco El Norte de Castilla en su ejemplar del día 25 de septiembre: “El Boletín oficial de ayer publica una Real orden aprobando el plan de adaptación de la Escuela de Artes y Oficios de Valladolid (…) dos plazas de profesores de entrada del segundo grupo (Modelado y Vaciado), el profesor de entrada don Darío Chicote Recio y el ayudante meritorio don Claudio Tordera Antolín, ambos con la gratificación anual de 750 pesetas”.


Sillería (antes de 1915). Colegio de los Ingleses, Valladolid
Apenas tenemos datos de su biografía, desconociéndose cuando se desposó con su mujer, Ángeles Soto, y cuantos hijos procrearon, en el caso de que lo hicieran. Tan solo tenemos conocimiento de que a comienzos de 1917, el 21 de enero, fallece su esposa, noticia que se recogió incluso en el diario barcelonés La Vanguardia dos días después. Un año después de este luctuoso acontecimiento se la recordaba en las páginas de El Norte de Castilla con la siguiente necrológica: “Hoy se cumple el primer aniversario del fallecimiento de la señora doña Ángeles Soto, cuya muerte fue muy sentida. Al recordar aquella desgracia, reiteramos nuestro pesar a su esposo don Claudio Tordera y a los demás parientes de la finada”. Otras noticias de carácter puramente biográfico son su asistencia a dos bodas señeras: en 1919 estuvo invitado al enlace entre María Teresa Zorrilla, hija del senador por Segovia don Francisco Zorrilla, y Antonio Rico, a quienes obsequió con una “estatua con pie” -no sería descabellado suponer que fuera una obra de su creación-; y en 1932 a la de Ángela Garnacho y el industrial don José María de Moya, boda en la que firmó el acta.


Anuncio que publicó en prensa
La llegada al arzobispado vallisoletano en 1920 de Remigio Gandásegui trajo consigo la revitalización de una Semana Santa que llevaba más de un siglo de capa caída. Una de las consecuencias positivas de este impulso fue la reconstitución de numerosos pasos de varias figuras que se encontraban por entonces desperdigadas por las salas del museo. El arquitecto e historiador Agapito y Revilla, quizás la figura esencial que llevó a cabo esa labor comenta en su imprescindible volumen Las cofradías, las procesiones y los pasos de Semana Santa en Valladolid que también tuvieron un notable papel en la reconstitución de los pasos “el canónigo Don José Zurita, el Director entonces del Museo, Don Francisco de Cossío, el Conserje, Don Felipe Galván y Galván, y el tallista Don Claudio Tordera con sus oficiales”. Efectivamente, nuestro artista fue una de las personas que desarrollaron un papel más importante a la hora de esta reconstitución puesto que a su cargo corrió allá por el año de 1921 o 1922 “la reparación y restauración de las figuras que componían los conjuntos”. Inicialmente se centraron en seis “pasos”: el Azotamiento -se contaba con la dificultad de que había dos pasos casi idénticos, uno de la Cofradía de la Vera Cruz y otro de la de la Pasión- (“El Azotamiento”), Camino del Calvario (“El Cirineo”), “El Despojo”, “La Crucifixión”, La Sexta Angustia de la Cofradía de las Angustias, el Entierro de Cristo de la Cofradía de la Piedad (Cristo muerto”, y el Santo Sepulcro de la Cofradía de las Angustias (“El Santo Sepulcro)”. Una vez montados todos estos pasos, que no pudieron desfilar en la Semana Santa de 1922 debido a las inclemencias meteorológicas se trasladaron al museo para su exposición en una sala especial, y posteriormente en 1923 se acometió la recomposición de otros dos pasos: la “Elevación de la Cruz” y el llamado “paso nuevo de Nuestra Señora y San Juan o paso de las Siete Palabras”.


Los pasos de Semana Santa resturados por Tordea en una fecha cercana a aquel hecho
Claudio Tordera falleció el 13 de mayo de 1935 según recoge el tantas veces enunciado periodo regional El Norte de Castilla en su edición del día postrero: “Ha fallecido ayer en esta capital el profesor auxiliar de la Escuela de Artes y Oficios artísticos don Claudio Tordera Antolín, que gozaba de general estimación, por lo que su muerte ha sido sentidísima. Por esta desgracia significamos nuestro sincero pesar a su atribulada familia, y muy especialmente a su hermana doña Dolores Tordera, deseándola resignación para soportar tan dolorosa pérdida”.
Como hemos observado, nuestro escultor compaginó a lo largo de toda su vida una labor puramente escultórica con otras más propias de un tallista o un ebanista -de hecho, en numerosas ocasiones se le denomina tallista y en un anuncio publicitario figura también como “Constructor de muebles”-, sin olvidar, por supuesto, su faceta pedagógica como profesor de la Escuela de Artes y Oficios, e incluso de restaurador de esculturas procesionales, como veremos más adelante. Como escultor vemos que trabajó el yeso para las diferentes piezas que presentó a los concursos de la Academia (Busto de Húngaro, Busto de Niño, Patria, Cabeza de Medusa) pero también la plastilina -para la Medalla conmemorativa del IV Centenario de Isabel la Católica que envió al concurso de la Academia de 1904-, y la madera, material este último que utilizó para sus incursiones en la imaginería procesional (dos sayones y Pilatos para la Semana Santa de Medina de Rioseco). Por su parte en la talla decorativa, disciplina en la que se desempeñó desde sus inicios -de hecho su primera obra conocida es el Friso de Ornamentación que presentó al concurso de la Academia de 1881-, contamos con algunos ejemplares como las Tapas de madera labrada para un álbum obsequiado al rey Alfonso XIII (1903), el Oratorio estilo renacimiento (1904) o la ampliación de la Biblioteca del Círculo de Recreo (1902). Estas dos últimas obras también podrían incluirse dentro de su faceta como “constructor de muebles”, tal y como él mismo se define en el anuncio publicitario anteriormente citado. A este grupo pertenecerían también, entre otros, los dos confesionarios neogóticos y bancos para la iglesia de Santiago (1895), la Sillería para el Colegio de los Ingleses (antes de 1915) o el retablo mayor del Monasterio de San Benito el Real (1904).


Cabeza de Niño (1883). Real Academia de BB.AA de la Purísima Concepción, Valladolid
Finalizamos este repaso a la vida del escultor señalando que gozó del aprecio de sus contemporáneos y de las esperanzas de muchos de ellos que vieron en él, pero también en otros (Ángel Díez o Dionisio Pastor Valsero), la posibilidad de que en Valladolid volviera a renacer la fecunda y portentosa escuela escultórica que dio fama universal a la ciudad entre los siglos XVI-XVIII. Esperanzas, todo sea dicho, que quedaron frustradas. Es una verdadera lástima que estos artistas en general, y Tordera en particular, no tuvieran la oportunidad de la que sí disfrutaron otros artistas de poder demostrar su valía en la imaginería procesional de su ciudad como ocurrió en esa misma época con otros artífices de ciudades con celebraciones procesionales de Semana Santa de importancia similar, como fueron Sevilla o Zamora. Así, cuando aún era joven Ortega y Rubio se refirió a él con estas elogiosas palabras: “Entre los jóvenes que han manifestado más talento en nuestra Escuela de Bellas Artes, descuella D. Claudio Tordera, notable tallista y dibujante, y escultor de grandes esperanzas”. Y años después, en El Norte de Castilla se le calificó como “El reputado tallista Claudio Tordera, tan conocido ya en Valladolid, donde tiene infinidad de obras que patentizan sus envidiables aptitudes para el arte a que se dedica”.

BIBLIOGRAFÍA
AGAPITO Y REVILLA, Juan: Catálogos del Museo de Bellas Artes de Valladolid. I, Escultura, Casa Santarén, Valladolid, 1930.
AGAPITO Y REVILLA, Juan: Las cofradías, las procesiones y los pasos de Semana Santa en Valladolid. Estudio introductorio de Javier Burrieza, Editorial Maxtor, Valladolid, 2007.
GONZÁLEZ GARCÍA-VALLADOLID, Casimiro: Valladolid, sus recuerdos y sus grandezas: religión, historia, ciencias, literatura, industria, comercio y política, Imprenta de Juan Rodríguez Hernando, Valladolid, 1900-1902.
ORTEGA RUBIO, Juan: Investigaciones acerca de la Historia de Valladolid, Imprenta y Librería Nacional y Extranjera de H. de Rodríguez, Valladolid, 1887.
URREA FERNÁNDEZ, Jesús: La escultura en Valladolid (1850-1936), Caja de Ahorros Popular de Valladolid, Valladolid, 1984.
URREA FERNÁNDEZ, Jesús: La escultura en Valladolid de 1800-1936, Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción de Valladolid, Valladolid, 1980.
URREA FERNÁNDEZ, Jesús: Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción. Pinturas y Esculturas, Diputación de Valladolid, Valladolid, 1998.