miércoles, 12 de agosto de 2015

LAS SEIS PINTURAS DE PERSPECTIVA DEL PINTOR MADRILEÑO FRANCISCO GUTIÉRREZ CABELLO EN LA COLEGIATA DE VILLAGARCÍA DE CAMPOS


En la galería contigua al museo de la Colegiata de San Luis de Villagarcía de Campos se custodian seis grandes lienzos (165 x 165 cms.), con magníficos marcos, que pasan por ser obra de uno de los pintores de perspectiva más importantes de la España del siglo XVII: el madrileño Francisco Gutiérrez Cabello. La calidad de estas seis obras así como su total desconocimiento por el público en general me ha llevado a querer redactar este post, ojalá sirva para difundir otra de las maravillas que conserva esa colegiata en particular, y Valladolid en general. Y es que, lo que no se conoce no se valora, y estos seis maravillosos y atractivos cuadros merecen valorarse y mucho. Antes de pasar a hablar de ellos trazaremos una pequeña biografía tomada del magnífico libro de Pintura barroca en España de Pérez Sánchez y de la web del Museo del Prado.

Vista general de los seis cuadros de la Colegiata
Francisco Gutiérrez Cabello (h. 1616- 1670) fue uno de los pintores de perspectivas españoles más cualificados de su tiempo, sino el más. Su arte, heredero del también perspectivista Juan de la Corte, le lleva a crear grandes perspectivas arquitectónicas fantasiosas trufadas de historias generalmente bíblicas. Fue un hombre de cierta cualificación social, pues usó siempre el don, y que conoció y estimó mucho a Velázquez, en cuyas pruebas para la concesión del hábito de Santiago en 1658 testificó. En el testimonio emitido, Gutiérrez declaraba ser de edad de cuarenta y dos años y natural de Madrid, aunque originario “de la casa de su apellido en el valle de Bárcena, montañas de Burgos»”. También declaraba conocer a Velázquez desde hacía 28 años, es decir, desde 1630 cuando Gutiérrez, con catorce años, se estaría formando como pintor, una formación de la que nada se sabe pero que, dada su especialización, podría haber tenido lugar en el taller de Juan de la Corte. En 1639 era ya pintor y asiste a la almoneda de Vicente Carducho. Se desconoce la fecha de su fallecimiento, pero en mayo de 1670 doña Clara de Tovar se decía ya su viuda.
La primera obra firmada que se le conoce es, sin embargo, una Inmaculada en colección particular de Logroño, fechada en 1654, de composición bastante arcaica. Es posible, por tanto, que fuese el fracaso como pintor convencional el que determinase su orientación hacia la pintura de género. Y es en este aspecto en el que brilló, componiendo hábilmente amplias y ricas perspectivas arquitectónicas, aunque inspiradas generalmente en grabados de Hans Vredeman de Vries, en las que se desenvuelven numerosas y pequeñas figuras formando escenas tomadas de la Biblia y más raramente de la historia troyana.

Inmaculada (Colección particular. Logroño. 1654)
En este orden destacan las series de asuntos bíblicos y evangélicos de la Colegiata de Villagarcía de Campos, fechada en 1662, y la del convento del Cristo de la Victoria de Serradilla, de 1666. El número de pinturas de este carácter es relativamente abundante y en los últimos tiempos se han ido incorporando algunas más al catálogo de sus obras, generalmente firmadas con el anagrama “FGz”, como la Caída de Troya del Museo de Bellas Artes de Sevilla, el Hallazgo de Moisés del Museo de Bellas Artes de Bilbao, muy semejante a un asunto análogo conservado en el Palacio Real de Madrid, probablemente también suyo, o el no firmado Juicio de Salomón del Museo del Prado, próximo al lienzo de igual asunto de Villagarcía de Campos. A este museo pertenecen otras dos obras de Gutiérrez: José mostrando a su padre y sus hermanos al faraón y Proyecto de un templo, procedentes todas ellas de la colección real.

José mostrando a su padre y sus hermanos al faraón (Museo del Prado. Madrid)
José recibido en Heliópolis (Museo de Bellas Artes. Sevilla. 1657)
Moisés salvado de las aguas (Museo de Bellas Artes. Bilbao)
El incendio de Troya (Museo de Bellas Artes. Sevilla. 1657)
El Juicio de Salomón (Museo de Bellas Artes. Santander. 1650)

Cuadros de perspectivas de la Colegiata de Villagarcía de Campos
Antes de que se conociera que habían sido realizados por Francisco Gutiérrez tras la localización de su firma, el padre Pérez Picón los asignó a la escuela veneciana del siglo XVII. Diciendo de ellos que se distinguían “por la brillantez de colorido, por la perfección del dibujo, por los contrastes del claroscuro y el esfuminado de las lejanías. La escena principal está representada en estos lienzos, aunque colocada en primer plano, queda como relegada a segundo término por el fantástico fondo arquitectónico en que está encuadrada, produciendo un maravilloso efecto por su riqueza y pompa teatral. Los seis lienzos representan escenas bíblicas del antiguo y nuevo testamento”. Los cuados se hallaban forrados y se resatauraron en 1970, momento en el que se observó al dorso de los lienzos 1, 3 y 4 el monograma “F. GZ” y la fecha de 1662.
El primer lienzo representa a José recibido en Heliópolis por el ministro del Faraón. Allí vivía Putifar, sacerdote de aquella ciudad, y su hija Asenet, la que el Faraón había dado como esposa a José, después que éste le interpretó los sueños de las vacas gordas y las vacas flacas, y los de las espigas llenas y lozanas y las espigas delgadas y quemadas. En el frontis del templo que llena el fondo del cuadro están inscritos los nombres de Asenet y Putifar; y al pie del lienzo se dice: “Al gran Virrey Joseph con alegre triunfo recibe la ciudad de Heliópolis”. El pintor trasladando la escena a su tiempo, nos presenta a José en una carroza descubierta, tirada por seis cabellos blancos, precedida y seguida de una escolta de soldados también a caballo; y cubierta la carrera por una multitud abigarrada que se agolpa respetuosa y le hace reverencia doblando la rodilla a su paso, como lo había mandado Faraón.

El segundo lienzo representa el Traslado del Arca de la Alianza a Sión, la ciudad de David, en medio de una numerosa comitiva, al son de las trompetas. En el centro aparece el candelabro de los siete brazos, que lucía siempre en el tabernáculo. Delante del Arca de la Alianza, llevada bajo palio por los Levitas, va David danzando y tocando la cítara. El fondo está formado por una serie de columnatas de un grandioso templo, que ofrece una magnífica perspectiva en todas las direcciones; y a través de los arcos e intercolumnios se adivinan las galerías y los atrios del templo. En los ángulos superiores, repartida en dos óvalos, tiene esta leyenda: “Con religiosos cultos coloca en Sión / tañe y baila David delante del Arca”.

El tercer lienzo es el Juicio de Salomón. Aparece el Rey Sabio a mano izquierda, sentada en un trono bajo dosel, pronunciando su famosa sentencia de dar la mitad del niño vivo a cada una de las mujeres para conocer quién era la verdadera madre. El palacio de Salomón es un verdadero monumento renacentista con columnas salomónicas; no le falta ni el detalle del reloj de la fachada. Por el canal, que pasa lamiendo los muros del palacio de Salomón, aparece la elegante proa de una góndola veneciana.

En el cuarto lienzo efigia la Visita de la Reina de Saba a Salomón. El pintor reproduce la escena del libro tercero de los Reyes, en que la Reina de Saba viene a comprobar por sí misma la fama de la sabiduría de Salomón, y le trae regalos de oro, piedras preciosas y aromas de Oriente. En vez de los camellos de que nos habla la Sagrada Escritura, trae la Reina una carroza de seis caballos blancos con sus palafreneros vestidos de librea. Queda la carroza a un lado, y la Reina con su tez morena y sus grandes pendientes, se dispone a subir la escalinata del palacio. Salomón dejando el solio instalado en la fachada, sale a recibirla a la escalera con corona y cetro. Salomón satisfizo plenamente a todas sus consultas; y la Reina le dijo: “Tu sabiduría y tus hechos son mucho más de lo que habían contado”.

El quinto lienzo es el de los Desposorios de la Virgen. La acción transcurre en el interior de un magnífico templo, de cuya cúpula descienden los rayos sutiles del Espíritu Santo, que bendice la unión, presidida por el Sumo Sacerdote. En el fondo se ve el Arca de la Alianza. Está inspirado en el de Rafael.

El sexto lienzo es La Cena en Casa del Fariseo. Representa el momento en el que entró la Magdalena en casa de Simón el fariseo, donde estaba Jesús comiendo; le ungió los pies con ricos perfumes y se los enjugó con sus cabellos. Un doctor de la ley señala con el dedo a la Magdalena diciendo: “si supiese quién es esa mujer…”.  El grupo central está directamente tomado de una composición de Ludovico Cardi “Cigoli”, que fue sin duda grabada y muy conocida en España. El original, firmado en 1596, se conserva en la galería Doria Pamphilj de Roma, otros ejemplares se señalan en Italia y en España y una copia firmada por Luciano Salvador Gómez hay en el Colegio del Patriarca de Valencia.
La casa del Fariseo está decorada con profusión de cuadros y en los aparadores están colocadas las copas, las ánforas y bandejas de oro y plata. Y aquí también, como en el palacio en que se celebraba el juicio de Salomón, pasa rozando los muros de la casa uno de los canales de Venecia, donde se van a cruzar dos góndolas de elevada y artística proa. Al pie de la escena está grabada en latín la inscripción con las palabras del evangelio de San Lucas: “Et ecce mulier, ut cognovit quod Iesus accubuisset in domo pharisei…”.

La cena en casa del fariseo, original de Cigoli (Galería Doria-Pamphilj. Roma. 1596)
El padre Pérez Picón piensa que la elección de los temas no fue casual: “Esta serie de cuadros parecen estar encargados expresamente para Villagarcía en memoria de sus fundadores don Luis Quijada y doña Magdalena de Ulloa. Evidentemente la escena de la Magdalena es una alusión a doña Magdalena de Ulloa, a la que se recuerda además en muchos cuadros y bustos que hay en la Colegiata. Los desposorios de la Virgen y San José son una evocación del matrimonio de doña Magdalena y don Luis Quijada, quien repite varias veces que “querían tener después de la muerte la buena compañía que tuvieron en vida”. Y los otros cuadros de José, David y Salomón se refieren a Luis Quijada que fue mayordomo y hombre de confianza del Emperador Carlos V, como José lo fue del Faraón de Egipto. Luis Quijada aportó su hacienda para construir un templo en Villagarcía como David reunió todos los materiales para construir el de Jerusalén. Se distinguió como Salomón por su prudencia y consejo, como lo prueban los cargos que le confiaron de la crianza y educación de don Juan de Austria y de la Presidencia del Consejo de Indias”.
 
BIBLIOGRAFÍA
  • ANGULO ÍÑIGUEZ, Diego: Historia de la pintura española. Escuela madrileña del segundo tercio del siglo XVII, Instituto Diego Velázquez, Madrid, 1983.
  • GUTIÉRREZ PASTOR, Ismael: “Francisco Gutiérrez: una Inmaculada fechada en 1654”, B.S.A.A., Tomo LIII, 1987, pp. 408-411.
  • PÉREZ PICÓN, Conrado (S. J.): Villagarcía de Campos: estudio histórico-artístico, Institución Cultural Simancas, Valladolid, 1982.
  • PÉREZ SÁNCHEZ, Alfonso Emilio: Pintura barroca en España (1600-1750), Cátedra, Madrid, 2010.
  • VALDIVIESO GONZÁLEZ, Enrique: “Dos nuevas pinturas de Francisco Gutiérrez”, Revista de Arte Sevillano, nº 2, 1982, pp. 71-73.
  • VALDIVIESO GONZÁLEZ, Enrique: “Francisco Gutiérrez, pintor de perspectivas”, Boletín del Museo del Prado, Vol. 3, Nº 9, 1982, pp. 175-180.
  • VALDIVIESO GONZÁLEZ, Enrique: “Nuevos datos y obras de Francisco Gutiérrez”, Boletín del Museo del Prado, Vol. 13, Nº 31, 1992, pp. 7-10.
  • VALDIVIESO GONZÁLEZ, Enrique: "Francisco Gutiérrez, un soñador de arquitectura fantásticas", ARS Magazine, Nº 11, 2011, pp. 104-118.

viernes, 7 de agosto de 2015

El retablo mayor de la Colegiata de San Luis de Villagarcía de Campos (Juan Sáez de Torrecilla, 1579-1582)


Uno de los retablos de suma importancia del Renacimiento en Valladolid es el retablo mayor de la Colegiata de San Luis de Villagarcía de Campos. Su trascendencia va más allá de la propia calidad que posee, que es bastante reseñable, más bien tiene que ver con el hecho de que es una de las primeras repercusiones del retablo mayor del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial (Madrid), el cual inauguró la última tipología retablística del retablo renacentista: el retablo herreriano. Se le ha llegado a definir como “obra de capital importancia en el arte castellano del momento porque inaugura un nuevo estilo de hacer retablos en nuestra tierra al ser el primero en seguir fielmente los designios del erigido en el Monasterio de El Escorial, coincidiendo ambos en la fecha de su inicio 1579– y en el artista que los diseñó, Juan de Herrera. Será a partir de este instante cuando comience a hablarse de retablos herrerianos, escurialenses, contrarreformistas o clasicistas, ya dentro de la fase final del Renacimiento en Castilla, que se caracterizan por la distribución en cuadrícula de calles y cuerpos, la superposición de órdenes dórico, jónico y corintio o la práctica desaparición de la ornamentación de frisos y pilastras, a excepción del friso dórico, que se adorna con triglifos y metopas, como acaece en el que nos ocupa (…) Así, se elimina la decoración que se labraba en el tercio inferior del fuste de las columnas de los retablos platerescos puristas y romanistas que ya empleaban los órdenes clásicos, de modo que aquéllas exhiben ahora una austera caña acanalada sin más aditamentos. La sobria ornamentación de la nueva corriente artística utiliza bolas y pináculos habitualmente, aunque no en el de Villagarcía de Campos. Los encasamientos de éste se visten con dinteles acasetonados con florones”.
El retablo fue contratado por la patrona de la Colegiata, doña Magdalena de Ulloa, por entonces viuda del verdadero impulsor del establecimiento religioso, don Luis Méndez de Quijada, mayordomo imperial y preceptor de Don Juan de Austria. Efectivamente, la noble se concierta el 15 de febrero de 1579 con el escultor palentino Juan Sáez de Torrecilla para realizar el retablo, que debía de cubrir toda la pared de la cabecera del templo y que su disposición habría de seguir la traza facilitada por Juan de Herrera, “arquitecto de su majestad”. Se le señalan tres años para entregar la obra “hecha y acabada en perfección”; sin embargo le ponía como condición que “la custodia del dicho retablo se haga luego; de modo que esté hecha y acabada y asentada para el fin del mes de mayo primero que viene de este presente año”. Y añade la condición, “que el dicho retablo y custodia ha de ser a contento del Hermano Jusepe Valeriano; e cuando no lo estuviere alguna cosa a su contento, que el dicho Juan de Torrecilla está obligado a lo tornar a hacer otra vez lo que se le tachare”. Y al final se vuelve a insistir en que el escultor ha de atenerse a la manera, forma y traza contenida en el contrato, “sin poner excusa ni dilación alguna”. Estas condiciones serían muy “a contento del Hermano Jusepe Valeriano”; el cual era amigo y admirador de Juan de Herrera, y veía que este retablo de Villagarcía era una reproducción –servata proportione– del retablo del altar mayor del templo de El Escorial, obra maestra del arquitecto de su Majestad.

Desgraciadamente no se conserva este sagrario, que sería magnífico a imitación del tabernáculo de El Escorial, que es una de las más ricas joyas y la obra más perfecta en este género. Iba asentado sobre la mesa del altar, ocupando el intercolumnio del centro, llegando hasta el arquitrabe en que se apoyan las columnas dóricas del primer cuerpo del retablo. De este retablo no se queja el Hermano Valeriano; en cambio en un Memorial dirigido a la Congregación General denuncia otros tabernáculos de iglesias jesuíticas de Italia por ser de una grandeza excesiva y motivo de gastos inútiles, que eran objeto de escándalo y murmuración de parte de algunos religiosos y párrocos que los consideraban como innovaciones introducidas por los jesuitas, a donde no podían llegar muchas iglesias de religiosos y parroquias. “Como estaban hechos de madera y eran tan amplios –nos dice– ocurrió que parió allí una gata, y estando diciendo la misma salieron los gatines maullando”. Esto sucedió en Florencia.

El retablo se alzaría sobre una base de piedra y el primer cuerpo tendría seis columnas dóricas con sus basas y capiteles, sobre los que descansaría un entablamento del miso orden. Encima de éste, vendrían otras seis columnas jónicas, también con su entablamento y encima, a su vez, sendas columnas corintias y cuatro pedestales para otras tantas figuras. Además, habrían de disponerse seis historias hechas en alabastro de Cogolludo “bien blanco y escogido más limpio que se pudiere”. El referido sagrario, las cuatro esculturas del ático, las otras cuatro “que vienen en los encasamentos redondos” de los dos cuerpos y el Cristo –que no se llegaría a hacer–  serían de madera de pino. Asimismo, se estipulaba que los relieves de alabastro tendrían figuras “de pie y medio de relieve” y que fuesen “al natural poco más o menos”. Saéz de Torrecilla percibiría por toda esta obra 2.100 ducados. Firmó el finiquito el 8 de noviembre de 1582, en el cual se declaraba satisfecho de lo cobrado de doña Magdalena de Ulloa, añadiendo que además había recibido otros cien ducados por las mejoras y cosas que había hecho “de más de lo que era obligado”.
El retablo destaca por su austeridad ornamental y pureza de líneas, siguiendo los caracteres generales del referido del monasterio de El Escorial, que fue diseñado por Juan de Herrera también en 1579, si bien su ejecución corrió a cargo de Jâcome Trezzo, Pompeyo Leoni y Juan Bautista Comane. Sin embargo difieren en varios detalles: las dimensiones son menores (26 x 14 m. el de El Escorial y 15,40 x 9,52 m. el de Villagarcía de Campos), lo que también lleva a que solo tenga dos cuerpos, por los tres que posee el madrileño. El retablo asienta sobre un alto zócalo de piedra de las cercanas canteras de Urueña, la parte central de este basamento estaba destinada a la custodia, que, conforme preceptuaba el contrato, habría de ser hecha de acuerdo con “la traza y planta y montea que para ello está dada de mano del dicho juan de herrera”, traza en la que aparecían “quatro figuras”.

El primer cuerpo del retablo, de orden dórico romano, presenta tres amplias calles y dos intercolumnios menores en los extremos, con lo que se mantiene el reparto del de El Escorial, con la única diferencia de que aquí, en las entrecalles, hay un lienzo y una hornacina con escultura, en tanto que en el de la fundación filipense, hay dos hornacinas. Los intercolumnios albergan las esculturas en madera pintada de blanco para dar la apariencia de alabastro de San Lucas y San José. Sigue la historia de la Anunciación, en la que la Virgen, de aspecto muy juvenil, aparece orando ante un reclinatorio en el momento en que se le presenta el arcángel, a la izquierda, portado la vara de azucenas. El fondo del escenario es una colgadura ante la que desciende el Espíritu Santo. Muchas veces se ha criticado esta escena por su mala composición de la mano diestra del ángel, pero, en su defensa, hay que alegar que la postura actual parece producto de una equivocada restauración, ya que la mano presenta huellas de fractura. Más difícil resulta, sin embargo, ejercer la defensa del escultor en el modo de componer la figura del arcángel, cuyo torso no parece tener relación con la parte inferior de su cuerpo. La calle central contiene la historia de la Adoración de los pastores, con la Virgen en primera posición postrada de hinojos ante el Niño aposentado en un pequeño lecho, con dos pastores, uno de ellos con la oveja sobre los hombros, y una bellísima representación de San José apoyado en un cayado, de hermosa cabeza barbada y que, como era casi norma en el siglo XVI, aparece desplazado frente al protagonismo de las demás imágenes. En el bajorrelieve –segundo plano del episodio– cuatro ángeles volanderos sostienen una cartela con la leyenda “Gloria in Excelsis Deo” y, como decíamos más arriba, se insinúan las cabezas del buey y la mula casi a la altura de los ángeles. Finalmente, el relieve de la Circuncisión, figura el Niño Jesús llevado por sus padres a presencia del venerable Simeón, la profetisa Ana y el portador de los dos pichones o tórtolas de precepto. Es éste un relieve concebido con poca calidad, en el que, además San José ha perdido ese rostro lleno de vida que presentaba en el relieve anterior. En la hornacina inferior de la entrecalle de la Epístola, se encuentra la imagen de San José, de madera pintada de blanco.

San Lucas
San José
La Anunciación
La Adoración de los Pastores
La Circuncisión
Tras un friso salteado de triglifos y metopas, encontramos un detalle singular de los retablos jesuíticos: la existencia de un banco que separa los dos cuerpos de la obra. De hecho, Adrián Álvarez, escultor que trabajó para la Compañía de Jesús y elaboró los retablos de la actual iglesia de San Miguel y San Julián de Valladolid y de Santiago de Medina del Campo, que en su día pertenecieron a la Orden, recurre a este método en esas realizaciones suyas. En Villagarcía, esta predela presenta seis plintos sobre los que descansan las columnas jónicas con cuatro pinturas de mujeres mártires en los extremos y el símbolo de la Compañía “JHS” en los dos netos centrales. Debajo de los episodios en relieve del segundo cuerpo campean pinturas de la Fe, Esperanza y Caridad.
El segundo cuerpo, de orden jónico, presenta análoga estructura al anterior. Las entrecalles albergan a los Santos Juanes exhibiendo sus atributos –el Bautista en el lado del Evangelio, y el Evangelista en el de la Epístola– con los respectivos lienzos encima de ellos y encerrados en una casilla también de medio punto. Las cuatro esculturas exentas de los intercolumnios no han asimilado el romanismo imperante en la época y, de hecho, son piezas todavía expresivas.

San Juan Bautista
San Juan Evangelista
El primer relieve de esta altura contiene la Oración en el huerto, que resulta ser el mejor de los seis relieves en cuanto a sentido pictórico por la gradación de la intensidad del relieve de las figuras; en primer plano, se encuentran Pedro, Juan y Santiago dormidos, en tanto que, en una zona más retrasada, está arrodillado el Salvador. El plafón del centro es para el Noli me Tangere o Aparición de Jesucristo a la Magdalena –el Noli me tangere–, tema que, posiblemente, aparezca aquí como homenaje al nombre de la fundadora del templo y costeadora del retablo, Doña Magdalena de Ulloa. Es un composición de calidad, con unos rostros apacibles y donde el Redentor se nos muestra configurado de un modo infrecuente, tocado con un gorro y vestido con una túnica de suaves pliegues en vez de la casi desnudez o sucinto atuendo con que se le suele labrar o pintar. En el fondo de este tablero se vislumbran árboles y vegetales someramente esculpidos y una rudimentaria casa que parece casi sólo dibujada, tal es su escasísimo volumen. Finalmente, la Flagelación cierra este último piso con Cristo atado a la columna, elemento, este último, que divide en dos el recuadro. La escena presenta a un sayón de pie que va a empezar a azotar al Señor en tanto que el de la izquierda está arrodillado en el momento que está amarrando las manos de la víctima al fuste. Esta historia irradia un relativo dramatismo, menor, no bastante, que el de otros retablos donde se refuerza la brutalidad de la narración con una exagerada caricaturización y semblantes sañudos de los esbirros o las aparatosas heridas en la carne de Jesús, lo que aquí no acontece puesto que la impresión es que el castigo no ha hecho sino comenzar. Es, sin duda, una manera novedosa de tratar esta manida escena que la diferencia notablemente de su monótono diseño en la mayoría de los polípticos. En los pedestales sobre que asientan  las columnas jónicas, hay cuatro pinturas de santas mártires y bajo las historias en relieve, se encuentran la Esperanza, la Fe y la Caridad.

La Oración del Huerto
Noli me Tangere
La Flagelación
En el ático, se disponen, a los extremos, sendos pares de figuras de apóstoles, talladas en madera y pintadas de blanco, que representan a Santiago el Menor y San Pedro, a la izquierda; y a San Pablo y San Andrés, a la derecha. Encuadrado por grandes escudos de los Quijada y Ulloa, el encasamiento central, de orden corintio, está ocupado por una majestuosa figura de San Luis, rey de Francia, que sin duda aludirá a Don Luis Méndez de Quijada, el fallecido protector de la Colegiata. Según algunos esta talla no es del momento de la realización del retablo, sino que sería colocada con posterioridad. Son varias las razones quedan: En primer lugar, en el contrato se estipula la colocación de un “cristo puesto en la cruz” y este tipo de imagen conviene al fondo de pintura con paisaje de ciudad que se aprecia tras la actual figura de San Luis. Además, la imagen del santo monarca presenta un canon de proporciones muy distinto al de los cuatro apóstoles que le acompañan en el ático, sobresaliendo por su mayor altura. Finalmente, los pedestales sobre los que asientan los cuatro apóstoles y las dos columnas corintias del ático están decoradas con los símbolos de la Pasión, lo que emparejaría mejor con un Calvario como remate. Portela Sandoval cree que la imagen pensada para aquí fuera, quizás, la del Crucificado que, obra ya del último tercio de la centuria, se encuentra en un altar barroco en la primera capilla de la nave del Evangelio. El retablo remata con un frontón semicircular, en cuyo tímpano se muestra la media figura de Dios Padre en actitud de bendecir.

Santiago el Menor y San Pedro
San Pablo y San Andrés
San Luis, rey de Francia
En los Libros de Cuentas, se mencionan varias partidas pagadas a los pintores vallisoletanos Jerónimo Vázquez y Gaspar de Palencia, a quienes se deberá el dorado del retablo y las pinturas de los pedestales. Estas son las siguientes: el cuadrito superior del lado del evangelio representa a San Esteban protomártir, con gran realismo se ven las piedras que van a parar sobre su cabeza; en el lado opuesto San Lorenzo, a quien se le identifica por la parrilla, instrumento de su martirio. Encima de la estatua de San Lucas, con el símbolo del toro, hay un mártir arrodillado, a quien el verdugo ha hundido el hacha en el cráneo abriéndoselo en dos partes; en el lado opuesto aparece San Jerónimo en una cueva, en el desierto, con un león que le hace compañía, y en el suelo la mitra que le ofreciera el Papa San Dámaso. También pudieran ser de estos dos pintores los motivos vegetales, flores de lis y cruces que, en tono dorado, exornan los mantos de las figuras del retablo, las cuales hubieran quedado más acordes con la estética herreriana sin tales labores ornamentales.
Como ya dijimos al principio, el retablo mayor de esta Colegiata fue repetido posteriormente en varios templos jesuíticos, tales como el que, en 1594 realizó Adrián Álvarez para la Casa Profesa de San Antonio de Valladolid (hoy, en la iglesia de San Miguel) y el que, en 1597, harían Sebastián López y, posiblemente también, Adrián Álvarez para el noviciado de jesuitas de Medina del Campo, jugando así un papel importando en la difusión del estilo trentino en la comarca vallisoletana, de mismo modo que, en arquitectura, cumpliera tal cometido el propio edificio colegial.

Retablo mayor del antiguo colegio jesuita de San Ignacio de Valladolid, actual iglesia de San Miguel
Retablo mayor de la antigua iglesia de la Compañía de Medin del Campo, hoy iglesia de Santiago. Fotografía obtenida en el gran blog "Viajar con el arte" http://viajarconelarte.blogspot.com.es/2013/08/la-iglesia-de-santiago-el-real-de.html
BIBLIOGRAFÍA
  • MARTÍN JIMENEZ, Carlos Manuel y MARTÍN RUIZ Abelardo: Retablos Escultóricos: renacentistas y clasicistas, Diputación de Valladolid, Valladolid, 2010.
  • PÉREZ PICÓN, Conrado (S. J.): Villagarcía de Campos: estudio histórico-artístico, Institución Cultural Simancas, Valladolid, 1982.
  • PORTELA SANDOVAL, Francisco José: La escultura del siglo XVI en Palencia, Diputación Provincial de Palencia, Palencia, 1977.